16
Llegué a casa a las siete y recogí un mensaje de Sarita Flowers que había llegado dos horas antes: si aún lo deseaba, podía verme con los sujetos del Proyecto 160 a las ocho de la mañana siguiente. Que por favor lo confirmara. Llamé al servicio de mensajes del Departamento de Psicología y lo confirmé. Robin llegó a las siete cuarenta y cenamos algunas sobras. Después, nos llevamos una cesta de fruta a la terraza y mordisqueamos mientras mirábamos a las estrellas. Una cosa llevó a otra y nos metimos pronto en la cama.
Yo estuve en pie a las seis de la mañana siguiente, y una hora más tarde ya estaba caminando hacia el campus. Una bandada de palomas se había posado en las escalinatas del edificio de Psicología. Se arrullaban, picoteaban y ensuciaban el cemento, bienaventuradamente ignorantes del peligro que acechaba dentro: los laboratorios en el sótano, repletos de hileras de celdas, de cajas skinnerianas. La peor de las penitenciarías para palomas.
La puerta de la oficina de Sarita estaba cerrada. Karen oyó mi llamada con los nudillos y apareció girando una esquina, deslizándose como si fuera una princesa de los Ibo. Frunció el entrecejo y me entregó dos trozos de papel unidos por una grapa.
—No va a necesitar usted a la doctora Flowers, ¿verdad?
—No. Solo a los estudiantes.
—Bien. Porque está ocupada con los datos.
Tomamos el ascensor, subimos dos pisos hacia la sala de grupo. Ella abrió la puerta con llave, giró sobre sus tacones y se marchó.
Miré en derredor. En cinco años el lugar no había cambiado nada: las mismas paredes de verde bilioso, tapizadas de posters y de dibujos; los mismos sofás desvencijados de tienda de baratillo y mesas barnizadas en plástico. Dos altos ventanales, cubiertos de polvo, dominaban una pared. A través de ellos, yo sabía que se tenía una vista del muelle de carga del edificio de Químicas, la extensión de asfalto aceitoso en donde yo le había entregado a Jamey sus zapatos y le había dejado que me expulsase de su vida.
Me senté en uno de los sofás y examiné los papeles grapados. Con su característica minuciosidad, Sarita había preparado un resumen escrito a máquina, sobre los logros de los que estaban a su cargo.
MEMORÁNDUM
A: Dr. A. Delaware
De: Directora, Dra. S. Flowers
Tema: Estatus de logros de los sujetos del Proyecto 160.
Prefacio: Como ya sabes, Alex, seis niños, de edades comprendidas entre los diez y los catorce, fueron aceptados al proyecto en el otoño de 1982. Todos ellos, excepto Jamey, participaron en el mismo hasta el verano de 1986, cuando Gary Yamaguchi lo abandonó para seguir su carrera como artista. En ese momento Gary tenía dieciocho años y había completado tres cursos de sus estudios para lograr un título en Psicología en la Universidad de California en Los Ángeles. Su última valoración revelaba un Cociente de Inteligencia, según el test Stanford-Binet, de 167 y habilidades verbales y cuantitativas a nivel de postdoctorado. Los esfuerzos hechos para contactarle, con el fin de que participase en la reunión de hoy no han sido coronados por el éxito. No tiene teléfono y no respondió a una postal que le fue enviada a su última dirección conocida.
Hablarás con los sujetos siguientes:
1. Felicia Blocker: Ahora tiene quince años de edad, cursa sus estudios en la Universidad de California en Los Ángeles y debería recibir su título en Matemáticas hacia finales de este año. Ha sido aceptada en programas doctorales en numerosas universidades y siente tendencia a ir a Princeton. Recibió un Premio Hawley-Deckman por sus logros en Matemáticas el año pasado. Su CI Stanford-Binet más reciente ha sido de 188. Sus habilidades verbales están a nivel postdoctoral, sus habilidades cuantitativas están más allá de cualquier escala de medición conocida.
2. David Krohnglass: Ahora tiene diecinueve años de edad y ha conseguido titularse en Física y en Fisioquímica en la Cal Tech. Se encontró entre los diez primeros clasificados en el test efectuado, a nivel nacional, para la admisión a facultades de Medicina. Planea iniciar un programa conjunto de Medicina y Física en la Universidad de Chicago en el próximo otoño. Su más reciente CI S-B ha sido de 177. Sus habilidades verbales están a nivel postdoctoral, sus habilidades cuantitativas están más allá de cualquier escala de medición conocida.
3. Jennifer Leavitt: Ahora tiene diecisiete años de edad y es estudiante de primer año como graduada de Psicología en la Universidad de California en Los Ángeles. Ha publicado ya tres ensayos científicos en revistas especializadas, dos de ellos en solitario. Está considerando matricularse en la Facultad de Medicina, después de terminar sus actuales estudios, y muestra un fuerte interés por la Psiquiatría. Su más reciente CI S-B ha sido de 169. Sus habilidades verbales y cuantitativas se hallan a nivel postdoctoral.
4. Joshua Marciano: Ahora tiene dieciocho años de edad y estudia en la UC en LA, debiendo recibir próximamente su titulación en Lengua Rusa y Ciencias Políticas. Ha creado un programa para ordenador, que efectúa análisis simultáneos de tendencias en los cambios en la economía, salud mundial y relaciones internacionales, y está negociando su venta al Banco Mundial. Ha sido aceptado en numerosos programas doctorales, y planea tomarse un año sabático para trabajar como interino en el Departamento de Estado, antes de iniciar estudios en la Escuela Kennedy de Relaciones Internacionales en Harvard, en donde se doctorará, tras lo que hará lo mismo en Leyes. Su más reciente CI S-B ha sido de 171. Sus habilidades verbales y cuantitativas se hallan a nivel postdoctoral.
Una sinopsis muy impresionante, más propia de una petición de concesión económica y, considerando el propósito de mi visita, excesivamente detallada, incluso tratándose de Sarita. Pero el verdadero mensaje del memorándum se insinuaba entre líneas: Jamey fue un fallo, Alex. Mira lo que he logrado con el resto de ellos.
La puerta se abrió, y entraron dos jóvenes.
David, a quien recordaba como bajito y regordete, se había convertido en todo un atleta: uno ochenta y cinco, sobre los ochenta kilos, la mayor parte de los cuales eran de músculo. Su cabello jengibre estaba cortado al estilo nueva ola, muy cortito en la parte de arriba, con una zona más larga, a modo de flequillo, en la parte de atrás de la coronilla…, y ya había producido la suficiente pelusa rubia como para dejarse un bigote caído y una barbilla de chivo. Usaba gafas redondas sin aro, pantalones caqui abombados, zapatillas de carrera negras con rebordes en verde fosforescentes, una camisa de cuadros abierta por el cuello y una delgada corbata de cuero que solo le llegaba hasta varios centímetros por encima del cinturón. Su mano aferró la mía como si fuera un cepo a vapor.
—Hola, doctor D.
Josh había crecido hasta un enjuto tamaño medio, con su encanto de ídolo de las quinceañeras solidificándose en la apostura de todo un hombre: los brillantes rizos negros peinados en una perfecta cabellera, una barra de espesa ceja sobre los ojos castaños, mandíbula cuadrada, fuerte y perfectamente hendida, una piel aparentemente sin poros. Estaba vestido como un perfecto maniquí del universitario: pantalones de franela con doble en la parte de abajo, unos mocasines sucios, una camisa con el cuello abotonado asomando por encima de un jersey marrón de cuello redondo. Lo recordaba como a uno de esos seres afortunados, bendecidos con buen tipo, cerebro y encanto, y aparentemente desprovistos de dudas acerca de sí mismos; pero esta mañana parecía tenso.
Se forzó a sonreír y dijo:
—Es estupendo volver a verle de nuevo —la sonrisa se borró—. Lástima que deba de ser bajo estas circunstancias.
David asintió en acuerdo:
—Es incomprensible.
Les dije que se sentasen, y se derrumbaron frente a mí.
—Es incomprensible —repetí—. Y tengo la esperanza de que vosotros, chicos, me podáis ayudar a encontrarle algún sentido.
Josh frunció el ceño.
—Cuando la doctora Flowers nos dijo que quería usted vernos para saber más acerca de Jamey, me di cuenta de lo poco que nosotros sabíamos acerca de él, de lo mucho que él había elegido distanciarse del grupo.
—Fue más allá del simple distanciarse —dijo David, hundiéndose aún más en su asiento y estirando las piernas—. Nos excluyó. Dejó bien claro que no le servían de nada los seres humanos en general, y nosotros en particular.
Se acarició el bigote y frunció el ceño.
—Lo que no quiere decir que no deseemos ayudarle, sino que probablemente somos una mala fuente de información.
—El único con el que hablaba de vez en cuando era con Gary —dijo Josh—, e incluso eso era en raras ocasiones.
—Lástima que Gary no estará aquí —dije.
—Hace ya tiempo que desapareció —comentó David.
—¿Tenéis alguna idea de dónde podría encontrarle?
Intercambiaron miradas de incomodidad.
—Se marchó de casa de sus padres el pasado verano. Lo último que supimos de él fue que andaba vagabundeando por el centro de la ciudad.
—La doctora Flowers dijo que había desarrollado un interés por el arte. Es todo un cambio en él, ¿no es así?
—No lo reconocería ahora —afirmó Josh.
Recordaba a Gary como un cuidadoso chico sansei, un perfeccionista con una auténtica pasión por la ingeniería y la planificación urbana. Su afición había sido el construir megacomunidades meticulosamente planificadas, y el apodo privado que Sarita le daba era el Pequeño Buckminster Fuller. Me pregunté qué cambios habría provocado el tiempo en él pero, antes de que pudiera preguntar más al respecto, la puerta se abrió y una chica bajita de cabello en punta entró en la habitación. Llevaba un gran bolso de tela en una mano y un suéter en la otra y parecía confusa. Dubitativa, se miró los zapatos y luego, azarada, comenzó a caminar hacia mí. Me alcé y me encontré con ella a mitad de camino.
—Hey, doctor Delaware —dijo, tímidamente.
—Hey, Felicia. ¿Qué tal te van las cosas?
—Todo marcha bien —canturreó—. ¿Y cómo le van a usted?
—Muy bien. Gracias por haber venido.
Me di cuenta de que había bajado la voz y de que estaba hablando de un modo especialmente suave, como si lo hiciera con una niña atemorizada, que era exactamente lo que ella parecía.
Se sentó a un lado, separada de los chicos. Colocándose el bolso sobre el regazo, se rascó la barbilla y se examinó los zapatos. Luego empezó a moverse nerviosa.
Era el sujeto más joven y precoz del proyecto, y la única que se parecía al típico arquetipo del genio: pequeña, soñadora y timorata, vivía en un mundo etéreo de abstracciones numéricas. A diferencia de Josh y David, había cambiado poco. Había crecido un poquito…, quizá hasta llegar a un metro y medio, y se le notaba alguna evidencia de haber madurado físicamente: un par de capullos esperanzados afirmándose a través del algodón blanco de su blusa, y su frente picada por zonas de acné. Pero, por lo demás, aún tenía un aspecto infantil, con su pálido rostro ancho e inocente, la nariz respingona aguantando gafas de gruesos cristales que hacían parecer que sus ojos estuvieran a kilómetros de distancia. Su cabello en punta no tenía estilo alguno, y lo llevaba atado en una suelta cola de caballo; y sus cortas piernas aún estaban tapizadas por capas de grasa infantil. Me pregunté qué sería lo primero que conseguiría, si su doctorado o la culminación de su pubertad.
Traté de que nuestras miradas se cruzaran, pero ella ya había sacado un bloc en espiral y hundido su nariz en él. Como Jamey, ella era una solitaria; pero así como el mantenerse lejos en él era algo nacido de la rabia y la amargura, en ella era producto de su constante actividad mental. Tenía un carácter muy dulce y siempre estaba ansiosa por complacer a los demás, y aunque sus intentos por mostrarse amistosa eran generalmente abortados por una tendencia a perderse en altos vuelos de imaginaciones teóricas, lo cierto es que deseaba desesperadamente relacionarse con los demás.
—Estábamos hablando de Gary —le dije.
Alzó la vista, como si estuviera pensando en algo que decir, luego volvió a su bloc. Los chicos empezaron a hablar el uno con el otro en voz baja.
Miré mi reloj, eran las ocho y diez.
—Esperaremos unos minutos más a Jennifer, y luego empezaremos.
Josh se excusó un momento, para hacer una llamada telefónica, y David se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación, chascando los dedos y canturreando desafinadamente. Un minuto más tarde llegó Jennifer, sin aliento y excusándose.
—¡Hey, Alex! —me dijo, dando un saltito y plantándome un beso en la mejilla.
—Hola, Jen.
Dio un paso atrás, me examinó detenidamente y dijo:
—¡Tienes exactamente el mismo aspecto!
—Tú no —sonreí.
Se había cortado su largo cabello a un estilo de chico y lo había aclarado de su color agua sucia a un dorado viejo. Unos gruesos pendientes de plástico colgaban de sus orejas, enmarcando un rostro de pilluela con prominentes mejillas. Vestía una camiseta muy corta y suelta, color azul cielo, como si fuera un sarape y cortada para mostrar un hombro desnudo. Bajo esta parte alta había una muy apretada minifalda tejana que dejaba al descubierto largas y bien torneadas piernas que acababan en sandalias de tacón en plástico. Las uñas de sus manos, muy largas, eran de un brillante color rosa; su piel tenía el color del café con mucha leche. A primera vista parecía una más de esas chicas monas californianas, solo preocupadas por estar a la moda.
—Eso espero —contestó ella, y se sentó en una silla plegable, luego miró en derredor por la habitación—. Bien, al menos no he sido la última en llegar.
—Te equivocas —le sonrió David, y se fue a buscar a Josh.
—Lo siento —dijo, poniendo cara de falso terror—. Estaba calificando unos exámenes y me atranqué con uno que era totalmente ilegible.
—No te preocupes.
Los chicos regresaron. Una descarga de nerviosas bromas fue cruzada de un lado a otro de la habitación, seguida por silencio. Contemplé cuatro jóvenes y solemnes rostros y empecé:
—En primer lugar quiero deciros que me alegra mucho volveros a ver otra vez. La doctora Flowers me hizo un resumen de lo que habéis estado haciendo, y resulta impresionante.
Sonrisas obligadas. Vamos al grano, Alex.
—Estoy aquí porque me han pedido que participe en la defensa de Jamey, y parte de mi trabajo consiste en recoger información acerca de su estatus mental. Vosotros sois la gente con la que pasó su tiempo durante cuatro de los últimos cinco años, así que pensé que quizá pudierais recordar algo que me ofreciera alguna luz respecto a su hundimiento. Pero, antes de que pasemos a eso, quiero deciros que ya sé que todo esto os ha resultado muy molesto. Así que, si alguien quiere hablar de ello, por favor hacedlo sin trabas.
El silencio continuó. Sorprendentemente, fue Felicia quien lo rompió:
—Creo que resulta obvio —dijo, hablando casi con un susurro—, que todos nos sentimos muy sobresaltados por lo que sucedió…, a múltiples niveles. Simpatizamos con Jamey y nos identificamos con él, pero al mismo tiempo nos resulta aterrador el pensar que hemos pasado cuatro años con él. ¿Estuvimos en peligro durante todo este tiempo? ¿Se podría haber tomado alguna precaución para prevenir lo que sucedió? ¿Pudimos nosotros, sus compañeros, haber hecho algo al respecto? Y, finalmente, hay una cuestión más egocéntrica: sus crímenes han creado el riesgo de que se produzca una publicidad adversa, que acabe con el proyecto e interrumpa el desarrollo normal de nuestras vidas. No sé lo que habrá pasado con el resto de vosotros, pero a mí me han estado persiguiendo continuamente los periodistas.
Josh negó con la cabeza:
—El número de mi casa no está en el listín.
—Tampoco el mío —añadió Jennifer—. Hubo un par de llamadas al laboratorio del doctor Austin, pero él les dijo que yo estaba fuera del país.
—Yo sí que estoy en el listín, y anduvieron tras de mí durante tres días completos —dijo David—. La mayoría de los que llamaban eran de la prensa amarilla, periodicuchos de mala muerte. Y no les impresionaba el que les dijeras que no. Volvían a llamar… Así que empecé a contestar al teléfono en latín, y eso sí que funcionó.
Se volvió hacia Felicia:
—Inténtalo tú la próxima vez.
Ella lanzó una risita nerviosa.
—Has resumido las cosas perfectamente —le dije yo a mi vez—. Podemos discutir cualquiera o todos los puntos que has presentado. ¿Alguna preferencia?
Alzarse de hombros y miradas al suelo. Pero no estaba dispuesto a dejarlos escapar tan fácilmente.
Eran unos genios, pero de todos modos seguían siendo adolescentes, atrapados en todo el narcisismo y las fantasías de inmoralidad que aparecen en esta época de la vida. Una y otra vez se les había hablado de sus dones mentales, de cómo podían enfrentarse a cualquier cosa que les reservase la vida. Y ahora había sucedido algo que había hecho añicos su omnipotencia. Debía de resultar traumático.
—Bueno, pues —les dije—, empezaré por aquí: ¿alguno de vosotros cree que podría haber hecho algo para impedir lo que le pasó a Jamey? Y, si así es, ¿siente culpabilidad por ello?
—No es culpabilidad exactamente —dijo Jennifer—. Pero me pregunto si yo podría haber hecho más.
—¿En qué modo?
—No lo sé. Estoy segura de que fui la primera que me di cuenta de que algo andaba mal. Quizá podría haber actuado antes, para conseguirle ayuda.
Nadie la contradijo.
—Siempre me fascinó —explicó—, porque estaba muy enrollado en sí mismo, aparentemente no necesitando el contacto con otras personas, pero obviamente infeliz en lo más profundo de sí. Las pocas veces que traté de hablar con él me rechazó, realmente con malos modos. Al principio me sentí herida, pero luego quise llegar a comprenderle. Así que rebusqué por entre los textos de psiquiatría anormal algo que concordase con sus modos de comportamiento. La personalidad esquizoide era lo que le parecía ir como anillo al dedo. Los esquizoides son incapaces de establecer relaciones, pero eso no les preocupa. Son islas humanas. Los primeros psicoanalistas los consideraban como preesquizofrénicos y, aunque la posterior investigación mostró que la mayoría de ellos no se convierten en psicóticos, sí siguen siendo considerados como vulnerables.
Se detuvo, azarada.
—Pero no sé por qué te cuento todo esto a ti, que ya lo sabes.
—Por favor, sigue.
Dudas.
—De veras.
—Vale. En cualquier caso, lo cierto es que me descubrí a mí misma observándole, buscando en él signos de psicosis, pero no esperando encontrarlos. Así que, cuando empezó realmente a mostrar síntomas, me quedé estremecida.
—¿Cuándo fue eso?
—Varios meses antes de que la doctora Flowers le pidiera que se fuese. Fue durante un período en el que parecía más ensimismado de lo habitual…, en lo que luego he aprendido que puede ser un comportamiento prepsicótico… Pero la primera vez en que le vi hacer algo realmente extraño fue unos tres o cuatro meses antes de que se marchara. Fue un martes, y estoy segura de esto porque el martes era mi día libre y yo estaba estudiando en la sala de lectura. Era ya tarde y yo estaba sola en la habitación. Él entró, se fue a una esquina, se puso cara la pared y comenzó a mascullar entre dientes. Luego, los murmullos se fueron haciendo más fuertes y pude ver que estaba siendo paranoico, en plena discusión con alguien que no estaba allí.
—¿Recuerdas lo que decía?
—Estaba muy alterado a causa de esta persona imaginaria, a la que acusaba de estar tratando de hacerle daño, de desparramar plumas sangrientas. Al principio no comprendía la palabra que usaba, pero al cabo la empleó varias veces: plumas. También repitió numerosas veces la palabra hedor, empleada como un nombre. Aquella persona imaginaria estaba llena de hedor, la tierra estaba llena de hedor. Era fascinante y yo deseaba seguir escuchándole; pero me daba miedo, así que me marché de allá. No se dio cuenta de que yo me iba. De hecho, no creo que ni siquiera se hubiera dado cuenta de que estaba allí.
—¿Dijo algo en sus alucinaciones acerca de zombis o cañones de cristal?
Tamborileó con sus dedos sobre las rodillas y se quedó pensativa:
—Lo de cañones de cristal me suena familiar —pensó un poco más—. Sí, definidamente recuerdo el haber pensado que esto sonaba más a poesía que a alucinación. Era casi prístino. Lo cual es, probablemente, el motivo por el que al principio no lo capté. ¿Cómo has sabido esto, Alex?
—Me llamó la noche que se escapó. Estaba alucinando y empleando frases idénticas a las que tú acabas de mencionar. Una de las cosas de las que hablaba era de un cañón de cristal y la necesidad que tenía de escaparse de él. El otro día lo visité en la cárcel y dijo cristal varias veces.
—¿Qué tal aspecto tenía?
—Nada bueno —contesté.
—Entonces —resumió Jennifer—, suena como si hubiera alguna consistencia en el contenido de sus alucinaciones.
—Alguna.
—¿Podría esto indicar que las alucinaciones tenían algo que ver con una crisis o conflicto de primera magnitud?
No, según el doctor Guy Mainwaring, pensé.
—Es posible —acepté—. ¿Alguno sabe de cualquier acontecimiento de su vida que pudiera estar relacionado con plumas o con mal olor?
Nada.
—¿Y qué me decís de zombis o de cañones de cristal?
Negaron con las cabezas.
—Yo le veía hablando consigo mismo —comentó Felicia—, pero nunca me acerqué lo bastante a él como para escuchar lo que estaba diciendo. Me asustaba, así que, cuando lo veía llegar a un sitio, yo me iba de inmediato. Un día me di cuenta de que estaba llorando.
Se abrazó a sí misma y miró a su regazo.
—¿Alguno de vosotros le mencionó todo esto a la doctora Flowers? —le pregunté.
—No de inmediato —dijo Jennifer—. Esto es lo que me molesta: yo debería haberlo hecho en esa ocasión. Pero, cuando lo vi dos días más tarde, parecía bastante normal, incluso me saludó. Así que pensé que debió de ser una cosa ocasional, quizá la reacción a alguna droga. Pero unos pocos días más tarde lo estaba haciendo de nuevo: alucinando y poniéndose muy agitado. En esta ocasión fui directa a la oficina de Sarita, pero estaba fuera de la ciudad. Yo no sabía a quién llamar y no quería meterle en problemas, así que esperé hasta que pasó el fin de semana y se lo conté a la doctora. Ella me dio las gracias y me dijo que se daba cuenta de que Jamey tenía problemas y que debía mantenerme alejada de él. Yo deseaba discutirlo con ella, pero me despidió, lo que me pareció en aquel momento muy poco considerado. Luego me enteré que fue porque tenía que mantener la confidencialidad.
—Yo iba a decírselo, pero no lo hice —dijo Felicia, luchando por contener las lágrimas—. Sentía pánico por lo que él pudiera hacer si se enteraba de que había sido yo.
—Yo también me fijé en él hablando consigo mismo —intervino Josh—. Varias veces. Sabía que algo pasaba, y ahora me doy cuenta de que debería de haber dicho algo, pero él ya estaba con problemas porque no se había matriculado en cursos, y pensé que solamente iba a lograr ponerle peor las cosas —hizo una pausa y apartó la vista—. Sé que, retrospectivamente, todo esto suena a puras excusas y a escurrir el bulto, pero así fue como razoné las cosas en aquel momento.
—Pues yo nunca vi nada de nada —dijo David—. Siempre me provocaba escalofríos. Era algo visceral, así que me cuidaba de apartarme de él. La primera vez que me di cuenta fue cuando le dio el ataque en medio de la reunión de grupo.
—Eso fue horrible —afirmó Jennifer, y los otros asintieron en silencio—. ¡La forma en que aullaba, cómo enrojeció, la mirada de sus ojos…! No deberíamos haberle dejado llegar tan lejos.
El humor de la habitación fue oscureciéndose. Elegí cuidadosamente mis palabras, sabiendo que el camino adecuado estaba en hacer una llamada a sus intelectos, al mismo tiempo que a sus emociones.
—Prácticamente todo aquel con el que he hablado respecto a este caso está consumido por la culpa sin motivo —dije—. Un ser humano se deterioró y nadie sabe el porqué. Desde el punto de vista científico, la psicosis sigue siendo un gigantesco y trágico agujero negro y nada hace que la gente se sienta más inerme que una tragedia sin resolver. Todos deseamos creer que controlamos nuestros destinos, y cuando ocurren acontecimientos que nos roban esa sensación de estar al control, buscamos respuestas, buscamos un significado…, a menudo irracionalmente y a veces autodestructivamente, castigándonos a nosotros mismos con «yo debería» y con «yo podría». Y la realidad es que nada de lo que vosotros hicisteis o dejasteis de hacer ocasionó que Jamey enloqueciese. Ni tampoco importa si se lo dijisteis o no a la doctora Flowers, porque la esquizofrenia no funciona así.
Y repetí las seguridades que le había dado el día antes a Heather Cadmus. Ellos me escucharon y lo digirieron, aquellos cuatro maravillosos sistemas de procesado de datos.
—De acuerdo —dijo David—. Esto tiene sentido.
—Comprendo lo que está diciendo, pero eso no me hace sentirme mejor —afirmó Felicia—. Supongo que nos llevará un tanto el integrar emocionalmente esa información.
—¿Podemos pasar a otra cosa? —preguntó Jennifer, inspeccionándose las uñas.
Nadie estuvo en desacuerdo, así que yo dije que seguro.
—Hace tiempo que tengo una cosa en mente —prosiguió ella—. Después de que lo detuvieron, fui a la biblioteca y leí todo lo que encontré acerca de crímenes repetitivos. Sorprendentemente, es muy poco lo que hay sobre el tema, pero todo lo que encontré indicaba que esos tipos de asesinato son efectuados por sociópatas sádicos, no por esquizofrénicos. Sé que hay algunos expertos que creen que los sociópatas son en realidad psicóticos ligeramente velados… Clackley escribió que ellos llevaba puesta una máscara de normalidad, pero no es normal que se descompensen y se conviertan en psicóticos, ¿no es cierto?
—No es demasiado habitual.
—Así que eso no tiene sentido, ¿no?
—Quizá cometió esos crímenes antes de descompensarse —sugirió Josh.
—Ni hablar de eso —dijo ella vehementemente—. Los asesinatos comenzaron sobre medio año después de que él abandonase el proyecto, y por ese entonces ya estaba muy ido. Y los dos últimos ocurrieron después de que se hubiera escapado del hospital mental. A menos, claro está, que tuviera algún tipo de retroceso.
Se volvió hacia mí, esperando una respuesta.
—Presentaba un comportamiento de recaída y retrocesos —le dije—. Tú misma me has descrito algo de esto: cómo actuaba paranoide y desorientado un día y podía saludar un par de días más tarde. Pero lo que has indicado acerca de que raras veces, si es que alguna, los psicópatas se transforman en psicóticos es muy cierto. Y jamás observé nada sádico o psicopático en su naturaleza, ni tampoco lo hizo nadie con quien yo haya hablado. ¿Lo observó alguno de vosotros?
—No —afirmó Josh—. Era antisocial y un maleducado, pero no había nada cruel en él. Por el contrario, su conciencia estaba demasiado desarrollada.
—¿Por qué dices eso?
—Porque después de decir o hacer algo desagradable, siempre se quedaba muy ensimismado. No se excusaba, pero uno podía ver que se encontraba mal.
—No se amaba demasiado a sí mismo —intervino Felicia—. Parecía pesarle demasiado la vida.
Mientras los chicos asentían su acuerdo, Jennifer se agitaba impaciente.
—Volvamos hacia atrás la cinta —dijo—. Parece obvio que había una discrepancia significativa entre su diagnosis y aquello de lo que le acusan haber hecho. ¿Ha estudiado alguien, seriamente, la posibilidad de que no fuera él quien hizo esas carnicerías? ¿O es este uno de esos casos de ceguera burocrática, en los que eligen a un chivo expiatorio y nada les hace desistir?
Su rostro se había llenado de indignación. Y esperanza, que me supo muy mal tener que negar.
—A pesar de las contradicciones teóricas, Jen, las pruebas indican seriamente que estuvo involucrado en esos asesinatos.
—Pero…
—Yo no veo la menor contradicción conceptual —intervino David—. Veamos que os parece esta hipótesis: él era un psicótico, y su amigo, Chancellor, era un psicópata, que lo manipuló para que matase gente. Y, tachán, se acabó vuestra discrepancia.
Me senté más tieso.
—¿Qué es lo que te ha llevado a esto?
—No es ninguna deducción brillante —se alzó de hombros—. Ese tipo acostumbraba a venir a recoger a Jamey. Era espectacularmente extraño…, pero tenía influencia sobre Jamey.
—¿De qué modo era extraño?
—Físicamente y en su comportamiento. Era enorme…, y tenía unos músculos como el Schwartzenegger. Se vestía como un banquero, pero llevaba el cabello de un permanente teñido rubio; usaba maquillaje y se pintaba los ojos. Y se movía y olía como una mujer.
—Lo que estás diciendo —le interrumpió Jennifer—, es que era un gay. ¡Vaya un descubrimiento!
—No —insistió David—. Gay es una cosa. Esto era más que eso. Era…, conspicuo al respecto. Teatrero. Calculador. No puedo explicar exactamente el porqué, pero me parecía alguien que disfrutaba manipulando a los demás.
Hizo una pausa y me miró.
—¿Tiene sentido esto?
—Seguro. Pero ¿por qué crees que tenía tanta influencia sobre Jamey?
—Para cualquiera que los viera juntos quedaba claro que allí había una relación de adoración al héroe. Estoy seguro de que todos recordamos el tipo de persona que era Jamey. La gente no le interesaba para nada. ¡Jo!, si convirtió el estar de mal humor en todo un arte. Pero, en el mismo momento en que Chancellor entraba por la puerta, se le iluminaba la cara y comenzaba a charlotear como una cotorra.
—Es cierto —añadió Josh—. El cambio era notable. Y, después de conocerle, Jamey varió toda su orientación intelectual. De la poesía a la economía y los negocios, en un abrir y cerrar de ojos, así…
Chasqueó los dedos.
—Eso no es un cambio normal —añadió.
—Chancellor incluso lo puso a hacer investigaciones para él —añadió David—. Estudiando libros a los que ni se hubiera acercado un año antes.
—¿Qué tipo de libros?
—De economía, supongo. Jamás los miré de cerca. Esas cosas también me aburren a mí.
—Yo me encontré con él un día, en las mesas de la biblioteca de empresariales —dijo Josh—. Cuando se dio cuenta de que estaba allí, cerró sus libros y me dijo que estaba muy ocupado. Pero vi que había estado haciendo gráficas y compilando columnas de datos. Parecía como si hubiera estado investigando los índices de valores…, de acciones y bonos.
—Atontador —sonrió David—. Si Chancellor pudo meterlo en esto, el hacerle asesinar no le debió costar nada.
—Eso es una estupidez —espetó Jennifer. El chico barbudo le hizo un gesto obsceno y se alzó de hombros.
—¿Qué es lo que piensas de la teoría de David, Jen? —le pregunté.
—Supongo que tiene sentido —dijo, sin ningún entusiasmo—. Conceptualmente liga.
Esperé que dijera más. Cuando vi que no lo hacía, proseguí:
—Hace unos minutos mencionaste el haber pensado que podría estar teniendo algún tipo de reacción a las drogas. ¿Qué tipo de droga tomaba?
Un viento gélido de silencio sopló por la habitación. Sonreí.
—Chicos, no estoy interesado en vuestras vidas privadas.
—No se trata de nuestras vidas —me contestó Josh—. Se trata de la de alguien que no está aquí.
Me llevó un momento asimilar esto.
—¿Fue Gary quien le aficionó a la droga? —pregunté.
—Ya le he dicho antes que no lo reconocería.
—Tuvo un montón de cambios el verano pasado —me explicó Jennifer—. Es un tema que quema por aquí.
—¿Y por qué?
David rio cínicamente.
—Se nos ha informado desde lo alto que no está bien visto el hablar del señor Yamaguchi, que es malas relaciones públicas —me dijo—. Un porcentaje de estropicio de dos entre seis no augura nada bueno en lo referente a la renovación del presupuesto.
—Tampoco me interesan las relaciones públicas —le tranquilicé—. Ni el buscarle problemas a Gary. Pero si fue él quien metió a Jamey en las drogas, tengo que saberlo.
—No tenemos pruebas —afirmó Josh.
—Me basta con una suposición fundamentada.
—Te daré la mía —intervino Jennifer—. Cuando Gary decidió dejar de ser un niño bueno, se metió de cabeza en las drogas: anfetas, ácido, coca, tranquis, todo… Se pasó la mayor parte del último año en un viaje sin paradas. Era la primera vez en su vida que se rebelaba, y se pasó de la raya, como siempre sucede con los nuevos conversos: cada vez que tenía una pasada era para él una revelación cósmica, y todo el mundo tenía que experimentarlo. Jamey no tenía amigos, pero Gary era lo que más se parecía a uno. Ambos eran ajenos al grupo y, cuando no se estaban insultando el uno al otro, les gustaba acurrucarse en un rincón a hacernos mala cara a los demás. Por tanto, resulta razonable el pensar que Gary enganchó a Jamey en algo.
Josh parecía incómodo.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Vi algo que indica que estaban más unidos que eso. En una de las ocasiones cuando Chancellor fue a recoger a Jamey a la biblioteca, Gary se presentó y se marchó con ellos. Al día siguiente le escuché burlarse de Jamey diciéndole que era el muchachito del harén de Chancellor.
—¿Es gay Gary? —inquirí.
—Nunca lo creí. Pero ¿quién sabe?
—¿Cómo reaccionó Jamey a que lo ridiculizase así?
—Simplemente mostró esa mirada desorientada, de estar en las nubes, y no dijo nada.
—Tengo que hablar con Gary. ¿Dónde lo puedo encontrar?
Esta vez la respuesta fue más clara:
—Lo vi hace un par de meses —dijo David—. Vendiendo yerba en el North Campus. Se ha vuelto un punk y se muestra muy hostil, fanfarroneando de lo muy libre que es él, mientras nosotros somos los esclavos de la doctora Flowers. Dijo que estaba viviendo en un almacén, por la parte vieja, con un grupo de artistas. Y que le iban a montar una exposición en una galería.
—¿En qué clase de arte anda metido?
Un alzarse de hombros generalizado.
—Nunca vimos nada suyo —dijo David—. Probablemente sea como el traje nuevo del emperador…
—Alex —inquirió Jennifer—, ¿estás implicando que las drogas pudieron tener algo que ver con el hundimiento de Jamey?
—No. En este punto aún no sé lo bastante como para poder afirmar nada.
Era una clara huida por la tangente, y no la dejó satisfecha. No obstante, no siguió con ello. Poco después di por terminada la reunión, y les di las gracias por haberme dedicado su tiempo. Felicia y los chicos se marcharon en seguida, pero Jennifer se quedó remoloneando, sacando una lima y haciendo todo un espectáculo del arreglarse las uñas.
—¿Qué es lo que pasa, Jen?
Dejó la lima y alzó la vista.
—Nada de todo esto tiene sentido. Conceptualmente.
—Específicamente, ¿qué es lo que te preocupa?
—Todo el asunto de Jamey como asesino repetitivo. No me gustaba y sabía que tenía problemas. Pero, simplemente, no se ajusta al perfil.
El animal humano tiene un modo perverso de resistirse a las tentativas de meterlo en cuidados y predecibles paquetes, como son los perfiles psicológicos. No se lo dije: unos pocos años más de estudio y ya lo aprendería por ella misma. Pero las cuestiones que había planteado durante la discusión iban más allá de las teorías y estaban muy acordes con la que yo me planteaba.
—Así que, ¿no te gusta el planteamiento de David?
Negó con la cabeza y sus pendientes de plástico se movieron pendularmente.
—¿El que lo manipuló Chancellor? No. Jamey podía admirar mucho a Chancellor, pero era un individualista, alguien a quien no se podía programar. No me lo imagino de simple peón.
—¿Y si la psicosis debilitó su individualidad y lo hizo más vulnerable?
—Los psicópatas eligen como sus presas a los tipos de voluntad débil, con poca autoestima y que tienen problemas de la personalidad, ¿no es así? No a esquizofrénicos. Una vez Jamey se convirtiese en psicótico, sería demasiado impredecible para ser programado, ¿no es cierto?
Era brillante y muy atenta, con sus preguntas alimentadas por la ira juvenil.
—Estás planteando unos buenos puntos —le dije—. Me gustaría poderlos contestar.
—Oh, no —afirmó ella—. No espero que lo hagas. La psiquiatría es una ciencia demasiado imprecisa como para lograr unas respuestas que encajen a la perfección.
Le sonreí y le pregunté:
—¿Acaso te molesta eso?
—¿Molestarme? ¡Si eso es lo que me intriga de ella!
Karen me vio caminando hacia la oficina de Sarita y se adelantó, indignada, con el lenguaje corporal que indicaba disposición al combate.
—Pensé que había dicho usted que no la iba a necesitar.
—Han surgido unas cuantas cosas. No me llevará mucho.
—Quizá pueda ayudarle yo.
—Gracias, pero no. Tengo que hablar con ella.
Le temblaron las aletas de la nariz y sus gruesos labios se apretaron. Fui hacia la puerta de la oficina pero ella me bloqueó el camino con su cuerpo. Luego, tras un mínimo instante de silenciosa hostilidad, se deslizó apartándose grácilmente, se dio la vuelta y se marchó. Un observador no muy atento no se hubiera dado cuenta de lo sucedido.
Mi golpe con los nudillos fue contestado por el chirriar y rascar de ruedas de goma sobre vinilo y luego por el abrirse hacia fuera de la puerta. Sarita esperó a que yo hubiera entrado, luego ella misma cerró. Dándose un empujón hacia atrás, rodó hasta el escritorio, que estaba apilado con papel continuo de ordenador.
—Buenos días, Alex. ¿Te ha sido de utilidad la reunión?
—Son unos chicos que piensan mucho.
—¿Lo son? —sonrió maternalmente—. ¡Se han desarrollado de un modo tan bello! Unos especímenes magníficos.
—Eso tiene que serte de una gran satisfacción.
—Lo es.
Sonó el teléfono. Lo tomó, dijo sí y ajá varias veces y luego lo colgó, sonriendo.
—Era Karen que me ha hecho saber que te dijo que yo estaba ocupada, pero que de todos modos tú entraste a la fuerza.
—Muy protectora, ¿no es cierto?
—Leal. Lo que es realmente raro en estos tiempos —hizo girar en círculo su silla—. La verdad es que es una joven muy notable. Muy brillante, pero creció en Watts y dejó los estudios cuando tenía once años. Entonces se escapó de casa y vivió durante cinco años en las calles, haciendo cosas que a ti y a mí ni se nos ocurrirían. Cuando tuvo dieciséis sentó la cabeza, se fue a la escuela nocturna y acabó el bachillerato en tres años. Luego leyó un artículo acerca de este proyecto, pensó que sería una buena oportunidad para seguir educándose y apareció una mañana, pidiendo que le hicieran las pruebas. Su historia era fascinante y parecía lista, así que le seguí la corriente. Sacó un coeficiente muy alto, en los ciento cuarenta, pero naturalmente no lo bastante como para ser elegible. No obstante, era demasiado buena como para dejarla escapar, así que la contraté como auxiliar de investigaciones y la hice apuntarse como estudiante libre. Está sacando buenas notas y quiere matricularse en la Facultad de Leyes de Boalt o de Harvard. No tengo ninguna duda de que lo conseguirá.
Sonrió de nuevo y se sacudió un polvo inexistente de su solapa.
—Y, ahora, ¿qué puedo hacer por ti?
—Quiero entrar en contacto con Gary Yamaguchi, así que necesito su última dirección conocida.
Su sonrisa murió.
—Te la daré, pero no te servirá de nada. Ha estado vagando de aquí para allí durante los últimos seis meses.
—Lo sé, pero quiero hacer un intento.
—Estupendo —me dijo con frialdad. Tras dar un abrupto giro, abrió de un tirón un archivador y sacó una carpeta—. Aquí la tienes. Cópiala.
Tomé mi bloc de notas. Antes de que lo hubiera abierto, ella recitó apresuradamente una dirección en Pico, cerca de Grand, justo al oeste del centro… Un sucio barrio de clase baja, que ofrecía a los inmigrantes ilegales y a la gente que vive en las calles una selección de edificios inhabitables, talleres de la economía sumergida y bares de mala muerte. Durante el último año, algunos artistas y aspirantes a serlo habían establecido, vulnerando las leyes, sus viviendas en espacios industriales, tratando de crear el Soho del Oeste. Hasta el momento, Los Ángeles no estaba aceptando la idea.
—Gracias.
—¿Qué esperas lograr hablando con él? —inquirió.
—Estoy tratando, simplemente, de obtener una base de datos tan amplia como me sea posible.
—Bueno, pues no llegarás muy lejos utilizando…
El teléfono sonó de nuevo. Ella lo levantó de un tirón.
—¿Sí? —dijo secamente. Mientras escuchaba, la irritación se rindió a la sorpresa que, muy pronto, se hinchó hasta convertirse en espanto—. ¡Oh, no…, eso es terrible! ¿Cuándo…? Sí, está aquí, frente a mí. Sí, se lo diré.
Colgó el teléfono.
—Era Souza, que llamaba desde la cárcel. Esta mañana, a primera hora, Jamey trató de matarse, y Souza quiere que vayas allí, en cuanto te sea posible.
Me puse en pie de un salto y me guardé el bloc.
—¿Es muy grave?
—Está vivo —dijo estremecida—. Es todo lo que sé.
Se movió con su silla de ruedas hacia mí y empezó a decir algo apologético y conciliador, pero yo me iba ya, demasiado deprisa como para oírla.