5

Despertándome pronto, tuve el diario en mis manos tan solo un minuto después de que me lo hubieran lanzado hacia la puerta de casa. Había un recuadro en la parte inferior de la primera página: «POSIBLE SOLUCIÓN AL CASO DEL CARNICERO LAVANDA», pero no contenía ninguna información nueva, aparte de decir que se esperaba que, en una conferencia de prensa anunciada para este mismo día, el Departamento de Policía de Los Ángeles, la Policía de Beverly Hills y el Departamento del sheriff anunciasen conjuntamente nuevos avances en el caso. El resto era ropa vieja: hechos pasados resumidos, entrevistas con las dolientes familias de las víctimas, una cronología desapasionada de la serie de asesinatos que se había iniciado un año antes y que continuaba con una regularidad bimestral.

Las víctimas del Carnicero eran prostitutos jóvenes, con edades que iban desde los quince a los diecinueve. La mayoría de ellos eran chicos de clase media fugados de sus casas. Los seis habían sido asesinados por estrangulación con una tira de seda azul lavanda, y luego mutilados una vez muertos. Los asesinatos habían sido llevados a cabo en algún lugar desconocido, y los cadáveres habían sido abandonados en sitios diversos por la ciudad. Había una tendencia hacia el oeste en esos abandonos, con el primer cadáver hallado en un container de la basura en un callejón trasero junto al Santa Mónica Boulevard, en el corazón del barrio de la prostitución masculina, mientras que el sexto lo había sido en un sendero de excursión en el Parque Estatal Will Rogers. Cuatro de los cuerpos habían sido encontrados en West Hollywood, que era jurisdicción del sheriff, mientras que los dos últimos habían sido hallados en el territorio de la División Oeste de Los Ángeles. Geográficamente, Beverly Hills se hallaba colocado entre ambas jurisdicciones, como la tajada dentro de los panes de un bocadillo, pero no había pasado nada allí.

Dejé el diario y llamé a la oficina de Horace Souza. Debía de ser una línea privada, porque él mismo tomó el teléfono.

—Gracias por contestar tan pronto a mi solicitud, doctor.

—¿Qué es lo que puedo hacer por usted, señor Souza?

—Un antiguo paciente suyo, James Cadmus, es cliente mío; lo represento en un caso criminal y le quedaría muy agradecido si pudiéramos hablar al respecto.

—¿De qué se le acusa?

—Preferiría hablar del asunto en persona, doctor.

—De acuerdo. Puedo estar en su oficina dentro de una hora. ¿Dónde está?

—No se preocupe por las direcciones, doctor. Haré que alguien lo pase a buscar.

A las ocho sonó el timbre de la puerta. Abrí y me di de cara con un chófer de uniforme gris. Tenía poco más de treinta años, era alto y huesudo, con una fuerte nariz y una débil mandíbula. A la sombra de la nariz había brotado un espeso bigote negro, que cubría la mayor parte de su boca. Su rostro era pálido y estaba recién afeitado y mostraba varios cortes de la maquinilla a lo largo de la línea de la mandíbula. Su gorra de plato había sido echada hacia atrás, de modo que colgaba precariamente de una mata de cabello marrón, largo, que iba hasta más abajo del cuello de su camisa. Unos pantalones con una tira lateral decorativa de satén se metían por la caña de unas botas de vaquero de aguzada punta y buen cuero. Sus ojos eran oscuros y, a primera vista, adormilados. Pero cuando se clavaron en los míos, noté un detallado análisis, a pesar de la carencia de movimiento.

—¿Doctor Delaware? Soy Tully Antrim, y he venido para llevarle con el señor Souza. No quería rayar el coche, así que lo he aparcado antes de llegar.

Lo seguí hasta salir de mi propiedad y bajé rápidamente por el camino de acceso, para ir al ritmo de sus largos pasos.

A un centenar de metros por encima de Beverly Glen había un ensanchamiento para girar, sombreado por los árboles. Allí se hallaban casi siete metros de Rolls-Royce: una brillante limusina negra Phantom IV. Había visto una foto de otra igual en un artículo gráfico sobre la boda del príncipe Charles y Lady Di. El coche de la foto pertenecía a la madre del novio.

El chófer abrió la puerta del compartimento para viajeros y, cuando me hube aposentado, la cerró cuidadosamente, dio la vuelta al coche y se metió en el asiento del conductor.

El vehículo era lo bastante grande como para poder bailar dentro de él. El interior era de fieltro gris, con el tacto de cachemira y mucha madera, toda ella frotada y pulimentada hasta tener la lisura del vidrio. Unos floreros de cristal sostenidos por soportes en filigrana de plata estaban clavados a la ropa tras cada una de las puertas para pasajeros. Cada uno de ellos tenía una rosa de campeonato, recién cortada. Los cristales de las ventanillas laterales estaban suavemente grabados con motivos florales y parcialmente ocultos por cortinas de terciopelo que podían ser corridas.

El cristal que separaba al chófer de los pasajeros estaba cerrado. Encerrado en hermético silencio, contemplé cómo el chófer iniciaba una serie de pantomimas: enderezarse la gorra, girar la llave del encendido, juguetear con la radio…, y moverse con lo que yo suponía que era la música resultante.

El Rolls rodó suavemente hacia Beverly Glen. El tráfico matutino de los que iban a trabajar desde el Valle empezaba a espesarse; Antrim era hábil, culebreando sin problemas el enorme coche por entre el flujo. Condujo hacia el sur, en dirección a Wilshire y se dirigió al este.

Yo me arrellané, sintiéndome como un crío, por la enorme escala de la limusina. La cabeza peluda del chófer estaba moviéndose con la música. No la podía oír. Había varios botones de marfil en el apoyabrazos, cada uno de ellos marcado con una pequeña placa de plata. Apreté el que decía CONDUCTOR.

—¿Sí, señor? —me contestó, sin mirar hacia atrás ni perder el ritmo.

—¿Por qué no abre la separación? Me gustaría escuchar la música.

—Tiene usted un sistema musical automático ahí detrás. Con una grabación de música variada, de esa de fácil escucha.

—Eso me va a volver a dar sueño. ¿Qué es lo que está escuchando usted?

—La KMET. Tocan los ZZ Top.

—Me vale.

—De acuerdo —apretó un botón, que hizo que el cristal se corriera. El coche se llenó con un rock-and-roll del que hace saltar los tímpanos… Mientras el trío de Texas cantaba acerca de una chica con unas piernas que sabía cómo usar. Antrim los acompañaba, cantando con tono de tenor algo agudo.

La canción fue seguida por un comercial acerca de una clínica de abortos que quería pasar por ser un centro de salud feminista.

—Vaya un coche —comenté.

—Ajá.

—Debe de ser muy poco común.

—Probablemente. Antes era de un tipo español, un amigacho de Hitler.

—¿De Franco?

—Justo de ese.

—¿Qué tal es de conducción?

—Bien, para un coche grande.

Van Halen llegó a la radio y acabó con cualquier posibilidad de más conversación. Nos topamos con una luz roja en Rexford durante una pausa para las noticias. Mientras él encendía un cigarrillo, le pregunté:

—¿Es este un tratamiento típico?

—¿Qué es lo que quiere usted decir?

—El ir a recoger a la gente en una limusina.

—Si el señor Souza me dice que haga algo, yo lo hago —dijo, irritado; luego halló otra emisora de rock y subió el volumen.

Pasamos a través de Beverly Hills y la Miracle Mile y entramos en el distrito financiero de Wilshire. Los edificios que se alineaban en el paseo eran columnas de granito gris y rosa, con motivos de Art Deco, de siete a diez pisos de alto, construidos en los cuarenta o los cincuenta, cuando la gente se tomaba en serio los terremotos y se alejaba de los auténticos rascacielos.

La estructura ante la que aminoramos la marcha era más antigua y pequeña, cuatro plantas de italianada de techo de teja roja y aspecto de pastel, un raro recuerdo del cambio de siglo, cuando Wilshire había sido un barrio residencial. El chófer se metió en el camino semicircular que había frente a la casa y aparcó. La puerta de entrada era un nido, de casi tres metros, de gárgolas en madera tallada. A su derecha había dos discretas placas en bronce. La primera decía SOUZA Y ASOCIADOS, BUFETE DE ABOGADOS. La segunda listaba el nombre de Souza y el de otra docena de abogados.

Antrim me hizo pasar a un vestíbulo de arcos, decorado con plantas secas y arte del Oeste, luego me llevó por un pasillo con suelo de mármol blanquinegro y a través de las puertas abiertas de un pequeño ascensor. Lo hizo funcionar, con una palanca de las de los ascensores antiguos y descorrió la puerta en el cuarto piso.

Salimos a un descansillo tapizado con moqueta plateada, en la parte alta de una escalera de caracol de madera tallada. Unas ventanas altas, de cristales impolutos, me ofrecieron una vista de lo que en otro tiempo debió de ser un cuidado jardín y ahora servía como aparcamiento. A la distancia se veían las elegantes y umbrías avenidas del Hancock Park.

El chófer me indicó con un gesto una puerta y me llevó a una antesala en la que colgaba más arte del Oeste. En el centro de la habitación había un pequeño escritorio, desocupado. A la derecha había un gran óleo de un indio de cara deprimida montado en un caballo no menos abatido; a la izquierda, una puerta tallada. Golpeó en ella.

El hombre que respondió a la llamada era de tamaño mediano, unos sesenta años y se estaba quedando calvo. Tenía un cuerpo ancho y cuadrado y grandes y gruesas manos. Era grandote sin llegar a ser gordo, y su bajo centro de gravedad sugería que sería difícil tumbarlo. Sus facciones eran anchas y fuertes, seguro que daba mejor en fotografía que al natural, su cutis era del color sonrosado que se tiene al salir de la sauna, y el cabello que le quedaba era áspero, rebelde y color arena. Estaba en mangas de camisa. Esta era de algodón egipcio, marcada en el bolsillo del pecho con sus iniciales y metida en unos pantalones de un corte exquisito y color azul marino. Unos tirantes de este mismo color enmarcaban un pecho como un barril. Su corbata era un estampado suave, en azules y amarillos; sus zapatos eran tan negros y brillantes como el Rolls.

—Aquí está el Doc —le informó Antrim.

—Gracias, Tully —dijo el calvo sonoramente—, ya te puedes ir.

Dio un paso al frente, emitiendo un suave aroma a limón, y me aferró la mano.

—Soy Horace Souza, doctor Delaware. Muchas gracias por haber venido a verme con tan poca antelación en el aviso.

—No hay problema. ¿Cómo está Jamey?

Le dio a mi mano un fuerte apretón y la soltó.

—He visto al chico hace un par de horas. Psicológicamente está en lo más profundo. Y esto es tan solo el principio. Una vez que la policía dé su conferencia de prensa, dejará de ser James Cadmus y adquirirá una nueva personalidad: el Carnicero Lavanda, el Monstruo del Mes.

Noté una repentina sensación como de derrumbe, cual si me hubieran dejado caer en uno de esos pozos sin fondo que se abren en los sueños. No era ni shock ni sorpresa, puesto que, desde que había estado hablando con Milo, la peor de las posibilidades había estado entrando y saliendo de mi mente, como una asquerosa serpiente que va reptando. Pero, ahora, la serpiente había salido a la luz, mostrando sus colmillos y mordido, matando mi esperanza.

—No puedo creérmelo —fue todo lo que pude decir.

—Yo mismo he tenido problemas para creérmelo. Estuve en su bautizo, doctor. Era un bebé regordete, que hacía lo que es una mano y media.

Se sobó la mandíbula con su pulgar e índice.

—Estoy muy preocupado por él, doctor. Ya lleva algún tiempo inestable y, una vez que se haga pública su detención, va a marchitarse cualquier coherencia que aún quede en él. Ya sabe los tiempos en que estamos viviendo. La gente pide sangre y él será carnaza para una multitud linchadora. El fiscal del Distrito está preparando dos acusaciones de asesinato en primer grado, con cuatro más que seguirán de inmediato. El homicidio múltiple significa circunstancias muy especiales, lo que representa la cámara de gas si el asunto no es manejado muy correctamente. Y, por correctamente, me refiero a una buena organización, a trabajo de equipo. ¿Puedo contar con usted para mi equipo, doctor?

—Y, exactamente, ¿qué es lo que cree que yo puedo hacer?

—Hablemos de eso. Entre, por favor.

Su sanctum era una gran habitación que hacía esquina, a la que daban brillo unas puertas francesas y que estaba rodeada por un balcón. En este habían macetones repletos de azaleas y camelias. Las paredes eran de paneles en maderas nobles, alegradas por más arte del Oeste…, y estas pinturas tenían el aspecto de ser auténticos Remingtons. Las paredes estaban coronadas por molduras blancas y el techo era blanco y en forma de domo. El suelo era de madera blanqueada sobre la que se había colocado una alfombra de los indios navajos. En un rincón se encontraba una mesa Chippendale en la que estaba dispuesto un juego de té de porcelana. El resto era lo estandard en un bufete de abogado caro: un escritorio enorme, sillones de cuero, muchos metros cuadrados de diplomas, testimonios, fotografías y mazas sobre placas, así como un armario de cristal repleto de tomos legales de anticuario.

Un hombre de mi edad estaba sentado muy erguido en uno de los sillones, mirándose los zapatos. Se volvió al escuchar que nos acercábamos, se alzó incierto y se ajustó la corbata.

Souza fue a su lado y colocó una mano paternal sobre su hombro.

—Doctor, este es el señor Dwight Cadmus, tío del chico y su tutor legal. Dwight, el doctor Alexander Delaware.

No mostrando señal alguna de reconocer mi nombre, Cadmus tendió una mano que era blandengue y húmeda. Era alto, pero cargado de espaldas, con escaso cabello marrón y ojos suaves y derrotados, desdibujados por gruesas gafas y enrojecidos por el dolor. Sus facciones eran regulares pero vagas, como las de una escultura desgastada. Vestía con un traje marrón, camisa blanca y corbata marrón. Sus ropas eran caras, pero parecía como si hubiera dormido con ellas.

—Doctor —dijo, sin apenas mirarme. Luego, inexplicablemente, sonrió, y vi, en el alzarse de aquellos labios, petulantes y sin humor, un parecido con Jamey.

—Señor Cadmus.

—Siéntate Dwight —dijo Souza, ejerciendo presión con su mano—. Descansa.

Cadmus se hundió como una piedra.

Souza me hizo un gesto, indicándome un sillón.

—Póngase confortable, doctor.

Él se sentó tras el escritorio y descansó sus codos en la carpeta de cuero repujado.

—Déjeme que, ante todo, le explique los hechos, doctor. Si cubro terrenos que le suenan a familiares, por favor sopórtelo en bien de mi exposición. Ayer, a primera hora de la mañana, James se escapó de su habitación en el hospital. Poco después le telefoneó a usted desde una sala de reuniones que estaba vacía. ¿Recuerda usted la hora de la llamada?

—Hacia las tres y cuarto.

Asintió con la cabeza.

—Eso concuerda con los informes del personal del hospital. Infortunadamente, no nos ayuda en nuestro caso desde la perspectiva del marco horario. En cualquier caso, los esfuerzos subsiguientes de localizarlo en los terrenos del hospital fueron inútiles. Así que se hizo una llamada a Dwight, que se encontraba en México, y él voló inmediatamente de vuelta, junto con su familia. Al aterrizar se pusieron en contacto conmigo. Tuvimos una conferencia de emergencia con el doctor Mainwaring, durante la cual se compiló una lista de direcciones que se sabía habían sido frecuentadas por Jamey. Y se efectuaron intentos de contactarle por teléfono.

—¿Qué clase de direcciones?

—Principalmente las casas de conocidos suyos.

—Era una lista corta —dijo Cadmus con un casi susurró—. Durante largo tiempo no le ha gustado la gente.

Hubo un breve e incómodo silencio. El abogado miró a Cadmus, quien mantuvo su mirada en los zapatos.

—Hemos luchado durante largo tiempo con los problemas emocionales del chico —me explicó Souza—. Ha sido agotador.

Asentí con simpatía.

—Una de las personas con las que tratamos de ponernos en contacto fue un tal Ivar Digby Chancellor de Beverly Hills. Jamey había establecido con él…, una amistad, aunque, por lo que nosotros sabíamos, esta parecía haber terminado hacía tiempo.

—¡Maldito homosexual! —murmuró Cadmus.

Souza le miró severamente y prosiguió:

—A pesar de que esta amistad se había enfriado, nos parecía posible que regresase a casa de Chancellor. No obstante, nadie nos respondió allí. Tampoco obtuvimos frutos con ninguna de las otras llamadas. Finalmente llamamos a la policía. Esta tomó nuestra lista y fueron visitando cada una de las direcciones. Algo más tarde…, hacia las ocho de la mañana, el chico fue localizado en la residencia de Chancellor.

Souza se detuvo y miró al tío, como si esperase otra interrupción. Cadmus se mantuvo en silencio, aparentemente no dándose cuenta de la presencia de ninguno de nosotros dos.

—La policía se encontró con un cuadro sangriento, doctor. Chancellor estaba muerto, estrangulado y acuchillado repetidamente, lo mismo que una segunda persona, un prostituto de dieciséis años conocido como Uñas Oxidadas…, su verdadero nombre era Richard Ford. Según los informes, el cuerpo de Chancellor había sido colocado en cuclillas, el de Ford estaba postrado y Jamey estaba sentado, con las piernas cruzadas, entre ambos cadáveres, aferrando un cuchillo de hoja larga y una tira de seda color lavanda. Parecía estar en trance, murmurando incoherentemente algo acerca de arterias que estallaban y zombis. Pero se puso como loco al ver a los agentes. Fueron necesarios varios policías para dominarlo y antes de llevárselo tuvieron que esposarlo.

Recordé la llamada telefónica del chico, las terribles imágenes.

Souza seguía recitando:

—Lo ficharon y lo metieron en la cárcel del condado, en una celda en solitario, y me telefonearon. Inmediatamente me puse a emplear todos los trucos legales que tenía a mi disposición para obstruir la investigación: presenté una demanda para prohibir su interrogatorio en base a su incompetencia mental, protesté por la falta de cuidados médicos adecuados en la cárcel, y pedí su inmediata liberación bajo fianza y traslado a una entidad psiquiátrica. Me aceptaron la demanda, lo que fue una victoria pequeña, puesto que de todos modos era demasiado incoherente como para ser interrogado. La cuestión del cuidado médico fue resuelta a base de permitir que el doctor Mainwaring le visitase en prisión y le suministrase medicamentos bajo supervisión. En vista de la fuga del chico y la enormidad de las acusaciones, ya se puede usted imaginar cómo recibieron la petición de la puesta en libertad bajo fianza. Permanece en la cárcel, enroscado en su celda como un feto, mudo y sin responder a nada.

El abogado se recostó en su sillón, tomó una estilográfica y la suspendió entre sus dedos índices. Tal como había prometido, había expuesto los hechos con la precisión con la que un delineante traza un plano. Y el resultado era el diagrama de una pesadilla. Busqué una reacción en el rostro de Dwight Cadmus, pero solo hallé una inmovilidad ártica.

Souza se alzó de detrás de su escritorio y movió un poco una de las tazas del juego de té. En lugar de regresar a su sitio, se quedó dando la espalda a una de las puertas francesas, recortado masivo contra el cristal.

—He llevado a cabo alguna investigación acerca de su historial, doctor. Sus credenciales científicas son impecables, tiene usted una gran reputación de honestidad y una experiencia impresionante en lo que se refiere a apariciones ante los tribunales como testigo experto…, aunque me parece que nunca lo ha hecho en un juicio por un crimen.

—Así es —dije—. Atestigüé en los juicios del caso de La Casa de los Niños como testigo presencial. Mi testimonio como experto ha estado limitado a cuestiones de custodia de niños y casos de injurias personales.

—Ya veo —pensó por un momento—. Si le suena como si le estuviera interrogando, perdóneme. ¿Hasta qué punto está familiarizado con la idea de la capacidad disminuida?

—Sé que es un concepto legal, no médico ni psicólogo.

—Exactamente —aceptó, obviamente complacido—. Un acusado puede ser un loco de atar, de los que echan espumarajos y aun así ser considerado legalmente cuerdo. La cuestión esencial es la capacidad para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo. Una capacidad disminuida para ello dicta la ausencia de culpabilidad. Quiero su ayuda para construir una defensa de capacidad disminuida para James.

—Creía que la legislación eliminaba los testimonios psiquiátricos en los casos de capacidad disminuida.

Sonrió tolerantemente.

—¿Se refiere a todo lo que se dijo del caso de la defensa de Twinkie? Pues no. Ya no se les permite a los psiquiatras y psicólogos que suban al estrado y extraigan conclusiones acerca de la capacidad disminuida, pero se les permite presentar datos clínicos a partir de los cuales puede llegarse a esa conclusión. Y, para los propósitos de este caso, esa distinción resulta insignificante.

—A pesar de ello —le dije—. Tengo muchos problemas con el concepto de capacidad disminuida.

—¿Realmente? ¿Que es lo que le preocupa, doctor?

—Para empezar, se nos pide que vayamos más allá de lo que nos han enseñado y realicemos lo imposible…, que nos metamos a rastras en el interior de la mente de alguien y reconstruyamos el pasado. Es poco más que adivinación, oficialmente aprobada, y todo el mundo está empezando a entenderlo así. Adicionalmente, deja que demasiados tipos malos escapen a su castigo.

Souza asintió, sin parecer preocupado.

—Todo eso está muy bien, en teoría. Pero, dígame, ¿cómo sonaba Jamey cuando habló usted con él por teléfono?

—Agitado, confuso, alucinando.

—¿Psicótico?

—No puedo diagnosticar a partir de una llamada telefónica, pero probablemente sí.

—Aprecio su cautela profesional. Pero, créame, es psicótico. Esquizofrenia paranoide grave. Lleva enfermo bastante tiempo. Oye voces, ve visiones, claramente vive en un mundo de ilusiones y ha estado empeorando de un modo continuo. El doctor Mainwaring no ha sido nada esperanzador en su prognosis. El chico está fuera de control. ¿Cree usted que es justo que se le haga responder por actos que están enraizados en este tipo de locura? ¿Que lo vean como un tipo malo? Necesita cuidados, no castigados. La defensa en base a una ausencia de cordura es su única esperanza.

—Entonces, usted asume que él cometió los ocho asesinatos.

Llevó un sillón con orejas ante mí y se sentó tan cerca, que nuestras rodillas casi se tocaban.

—Doctor, he conseguido dar una mirada previa a todo lo que la policía ha puesto sobre el papel. El marco horario es incriminante, y la evidencia física es avasalladora. Tras una violenta fuga de Canyon Oaks, fue hallado en el escenario del crimen, con el arma del crimen en la mano. Sus huellas digitales estaban por toda la casa de Chancellor. Y seguirán más pruebas, eso se lo aseguro. No van a resbalar en este caso. No vamos a poder combatir contra los hechos. Si queremos apartarlo del cadalso, nuestra estrategia tiene que ser el demostrar que su estado mental se había deteriorado hasta un punto en el que ya no era posible en él el libre albedrío.

Permanecí en silencio, Souza se inclinó lo bastante cerca de mí como para que pudiera olerle el aliento.

—No será una expedición pesquera de eso puede estar seguro. Hay claros historiales médicos y sociales, una proclividad establecida de anterior deterioro. Adicionalmente, la genética está de nuestra parte. Su abuela y su padre…

Cadmus se alzó de su sillón de un salto.

—¡Apártate de ese ángulo, Horace! ¡Ya vamos a vernos bastante arrastrados por el lodo sin necesidad de meternos en eso!

Souza estiró sus gruesas piernas, se puso en pie y se enfrentó al hombre más joven. Sus ojos destellaban por la ira, pero habló con voz suave.

—Olvídate de la intimidad en el futuro inmediato, Dwight. Ahora te has convertido en una figura pública.

—No veo el porqué…

Souza le cortó con un gesto de la mano.

—Vete a casa y descansa, hijo. Has estado sometido a terribles presiones.

Cadmus protestó, pero débilmente.

—Lo único que quiero saber es lo que está pasando. Él es mi…

—Y lo sabrás. El doctor y yo tenemos que hablar de asuntos técnicos. Cuando hayamos llegado a un acuerdo en principio, serás el primero en saberlo. Ahora vete a dormir un poco. Haré que Tully te lleve a casa.

Fin de la discusión.

El abogado fue tras su escritorio y apretó un botón. Momentos más tarde apareció el chófer. Souza dio la orden y Cadmus siguió a Antrim por la puerta.

Cuando estuvimos solos, Souza agitó la cabeza apesadumbrado:

—Tendría que haber conocido usted a su padre —dijo—. Un hombretón que parecía un toro resoplante. Se comía la vida, tragándosela entera.

Hizo una pausa.

—A veces me pregunto si la sangre no será como la riqueza, diluyéndose progresivamente con cada generación que pasa.

Apretó otro botón que atrajo a una joven de aspecto inteligente, ataviada con una versión feminizada del traje de hombre de negocios.

—Algo de té, por favor Verónica. ¿Café para usted, doctor?

—El té me iría bien.

Y a la secretaria:

—Una tetera llena, por favor.

—Desde luego, señor —tomó la tetera del juego de encima de la mesa, con tanto cuidado como si fuera algo impalpable y salió.

Souza la contempló irse, antes de volver su atención hacia mí.

—Como le estaba diciendo, no nos van a faltar datos para apoyar un caso de capacidad disminuida. No le estoy pidiendo que haga milagros.

—Tiene usted a Mainwaring —le dije—. ¿Por qué me necesita a mí?

—Usaré el testimonio del doctor Mainwaring si lo necesito, pero hay problemas con él como testigo.

—¿Qué clase de problemas?

Eligió sus palabras:

—En primer lugar y lo más importante, es que el chico se escapó mientras estaba a su cuidado, lo que le dejaría abierto a una buena serie de ataques por parte de la acusación.

Se alzó, metió sus pulgares por detrás de los tirantes y comenzó a hacer una perorata en una voz profunda y teatrera:

—Doctor Mainwaring, acaba usted de afirmar que el señor Cadmus es incapaz de distinguir entre el bien y el mal. Si es así, ¿cómo infiernos permitió usted que quedase en libertad? ¿Cómo le dejó que fuera por ahí, totalmente loco y cometiendo horribles crímenes? Aquí hará una pausa para dar énfasis dramático, durante la que yo objetaré vociferantemente, pero el daño ya habrá sido hecho. El jurado lo verá como alguien que no tiene un buen juicio, y su testimonio irá en contra nuestro.

Cuando estuve seguro de que había terminado la representación, dije:

—Se refirió a problemas en plural. ¿Qué más hay?

Souza sonrió, como para admitir: «Me ha cazado».

—A lo largo de los años, el doctor Mainwaring ha adquirido una reputación como psiquiatra de la defensa, un profesional que presenta teorías biológicas que excusan una multitud de pecados. Y esas teorías no siempre han encontrado el acuerdo de otros expertos o de los jurados.

—En otras palabras, él es una puta que ha estado demasiadas veces del lado de los perdedores.

—En otras palabras.

—Entonces, ¿por qué es él quien ha estado tratando a Jamey? —la ira en mi voz nos sorprendió a los dos.

—No se ha cometido error en eso, doctor. Está muy bien considerado como especialista clínico. Sin embargo, como experto legal deja mucho que desear.

La secretaria llamó a la puerta y entró con la tetera. Sirvió dos tazas y nos las trajo en una bandeja de plata, le sirvió crema, que yo decliné, a Souza, y se marchó.

El abogado dio un sorbo. La delicada taza no casaba con la carnosa mano.

—Usted, en cambio, sería una gran adquisición para nuestro equipo, doctor Delaware.

—Me siento halagado —le dije—, pero no tiene ningún sentido. No tengo experiencia alguna en casos criminales, no se puede decir que sea un verdadero experto en psicosis, y ya le he dicho lo que opino acerca de la defensa por capacidad disminuida.

Souza me miró con suspicacia por entre las volutas de vapor.

—Supongo —dijo— que ahora se requiere una absoluta sinceridad.

—Sin ella no tenemos nada más de lo que hablar.

—De acuerdo. Entonces tendremos absoluta sinceridad. En primer lugar, déjeme enfatizar que, cuando he hablado de haber estudiado su historial y comprobado que sus credenciales eran de primera, estaba diciendo la verdad. He averiguado bastante acerca de usted: logró su doctorado a los veinticuatro, escribió un libro de texto importante a los veintinueve, podría haber sido todo un catedrático a los treinta y cuatro. Estaba en la cima de una carrera impresionante, cuando lo dejó correr. Me ha sido descrito usted, repetidamente, como brillante, pero muy tozudo, a menudo hasta el punto de lo obsesivo. El que sea usted brillante es importante, porque significa que podrá llenar usted en seguida los huecos que haya en sus conocimientos. Lo obsesivo también me atrae, porque significa que, si consigo atraerlo a usted a mi lado, será usted un gladiador infernalmente bueno. Pero, siendo absolutamente sincero, le diré que no faltan expertos en psiquiatría en esta ciudad y que, incluso aunque se una usted a mi equipo, quizá llame a otros para ampliar su testimonio.

Se inclinó hacia adelante.

—Doctor Delaware, hay factores, además de sus atributos profesionales, que son relevantes para mi estrategia. En primer lugar, usted trató a Jamey hace años, antes de que se tornara psicótico. No tengo duda alguna de que, si dejo pasar la ocasión, la acusación tratará de llevárselo para su equipo, tratará de hacerle testificar que el chico estaba en posesión de sus facultades y tenía perfecto control de sus acciones. Usarán su testimonio para apoyar su alegato de que esta psicosis es un invento reciente: la típica defensa de la capacidad disminuida, algún tipo de truco legal. Como usted ha mencionado antes, el ciudadano medio es suspicaz ante los testimonios psiquiátricos, así que el peso de las pruebas recaerá sobre nosotros. Voy a tener que demostrar que las raíces de la locura fueron plantadas hace ya mucho. Y usted puede jugar un papel muy valioso en ese aspecto.

Sonrió.

—En segundo lugar, usted tiene lazos con la policía, les ha servido de consultante. Incluso tiene usted una relación personal con uno de los que investigan el caso, el detective Sturgis. Esto me permitirá presentarle a usted como un hombre en pro de la ley y el orden, un cabeza dura al que no es fácil engañar. Si usted cree que la capacidad estaba disminuida, así debe de ser.

Volvió a colocar la taza sobre el plato.

—Puesto de una manera simple, doctor Delaware, quiero atraerle a mi bando.

—Está usted hablando de enfrentarme a un amigo. ¿Por qué tendría que hacerlo?

—Porque a usted le importa Jamey. Usted salió en coche, a las tres y treinta de la madrugada en respuesta a su petición de ayuda. A pesar de todo su escepticismo, usted sabe que es un ser enfermo, no malvado. Y no podría seguir viviendo tranquilo si lo llevasen a la muerte y usted no hubiera hecho todo lo posible para impedirlo.

—¿Muerte? Hace mucho tiempo que no han ejecutado a nadie en este estado.

—Venga ya, doctor. No me dirá que cree que el chico pueda sobrevivir a una penitenciaría, ¿eh? Está loco. Es suicida. Como le estaba contando antes de que Dwight se pusiera tan nervioso, la autodestrucción es algo que va con la familia. En unas pocas semanas encontraría un modo con el que abrirse las venas o colgarse con las sábanas. Ya estoy muy preocupado, en estos momentos, por su encierro en la cárcel, pero al menos Mainwaring puede darle un trato adecuado y personal. En San Quintín el único cuidado personal que tendría sería una violación anal cada noche —bajó la voz—. Necesita estar en un hospital. Y lo que le estoy pidiendo es que me ayude a meterle en uno.

Me llevó un momento digerir todo lo que me había dicho, y luego le contesté:

—Me ha puesto usted en una posición difícil. Tengo que pensar sobre todo esto.

—Me parece muy bien —me dijo con rapidez—. No esperaba que se decidiese al momento.

—Si acepto trabajar con usted, señor Souza, tendrá que ser bajo mis condiciones. Tengo una tremenda aversión a hacer las cosas a medias. Me está pidiendo usted que reconstruya el marco mental de Jamey; para hacer eso necesitaré reconstruir su vida, para lograr dar sentido a los acontecimientos que han llevado hacia su deterioro. Aún no estoy convencido de que esto sea posible, pero si lo es, necesitaré acceso a todos: a los miembros de la familia, a Mainwaring, a cualquiera que yo considere significativo…, y a todos los informes.

—Todas las puertas estarán abiertas para usted.

—Habrá ocasiones en que mis preguntas llegarán a parecer intrusivas. Por lo que acabo de ver, Cadmus podría tener problemas con ello.

—No se preocupe por Dwight. Usted simplemente dígame lo que quiere y cuándo lo quiere y ya me ocuparé yo de que él coopere.

—Hay algo más que debe de ser considerado. Aunque trabaje con usted, no puede prometerle cuál será el resultado. Es posible que investigue y llegue a la conclusión de que la capacidad no estaba disminuida.

Asintió con la cabeza.

—Ya he pensado en ello, doctor. Claro, no deseo que eso suceda, y estoy seguro de que los hechos me darán la razón. Pero, si llegara usted a decidir que no puede apoyarme, lo único que le pido es que se acoja usted a la confidencialidad, para que la acusación no pueda usar esa información.

—Me parece justo.

—Bien. Entonces, ¿puedo contar con su ayuda?

—Deme veinticuatro horas para decidirme.

—Excelente, excelente. También está, naturalmente, la cuestión del pago por sus servicios. ¿Cuáles son sus honorarios?

—Ciento veinticinco dólares por hora, incluyendo las llamadas telefónicas y el tiempo empleado de ir de puerta a puerta. Justo igual que un abogado.

Se echó a reír.

—Como tiene que ser. ¿Le parecería aceptable un adelanto de diez mil dólares?

—Dejémoslo en suspenso hasta que esté claro el que vamos a trabajar juntos.

Se alzó y me estrechó la mano.

—Lo haremos, doctor, lo haremos.

Apretó el timbre de Antrim, le dijeron que el chófer aún no había regresado de dejar a Cadmus, le telefoneó al Rolls y le encomendó la nueva misión. Mientras esperábamos, sirvió más té. Cuando hubo terminado su taza, me dijo:

—Una cosa más. La policía sabe lo de la llamada de Jamey y probablemente querrá charlar con usted al respecto. Siéntase en libertad de hablar con ellos del tema. Si cree usted que es correcto el enfatizar el aspecto psicótico de la conversación, por favor hágalo. Pero preferiría que no hablase del modo en que había tratado al chico.

—Esto no lo habría hecho ni aunque me lo hubieran preguntado. Nuestras sesiones eran confidenciales.

Asintió, con aire aprobador.

Con estas dos cuestiones aclaradas, nuestra conversación fue cayendo en la pura charla, que no era disfrutada por ninguno de los dos. Finalmente apareció en la puerta el chófer, la gorra en la mano, materializándose súbitamente, como si surgiera de la nada.

Souza me acompañó hasta la antesala. El escritorio estaba ahora ocupado por la chica de aspecto inteligente. Me dio de nuevo las gracias, mientras se alisaba inexistentes mechones de cabello sobre su brillante coronilla y sonreía. Parecía como un huevo que se abre al partirse.

Seguí a Tully Antrim fuera del edificio, ansioso por volver a casa. Toda aquella charla de equipos y estrategia me había calado hondo. Tenía mucho en lo que pensar y lo último que deseaba era jugar a juegos.