23

Sarna nos dejó en la parte de atrás del café, y Milo pasó otra media hora hablando con Asa Skaggs, charlando de naderías y tratando de averiguar si recordaba haber visto a alguien que se ajustase a la descripción de Jamey, Chancellor o a cómo era Gary en el pasado reciente. El viejo dejó de limpiar la fría parrilla y pensó, rascándose la cabeza y sorbiéndose sus vacías encías.

—Yamaguchi… eso es un apellido japonés, ¿no es cierto?

—Así es.

—Por aquí acostumbrábamos a tener japoneses, en un campo de concentración cerca de Mojave.

—¿Durante la Segunda Guerra Mundial?

—Claro. Luego los soltaron y los metieron en el Ejército, y creo que lo hicieron bastante bien… Son unos monitos muy duros.

—Yo estaba pensando en una época más reciente, señor Skaggs.

—Humm. No, no he visto a ningún japonés desde entonces. Sin embargo, hay muchos de ellos en la ciudad. Cerca de San Pedro Street. Ahora le llaman al barrio el Pequeño Tokio. Conozco a una señora en la ciudad, Alma Bachma, a la que le gusta ir allá en coche para comer pescado crudo. Dice que eso la hace sentirse más joven, lo que no tiene demasiado sentido, ¿no les parece?

—No mucho —asintió Milo.

—Recuerda muy bien esos días, ¿no es así señor Skaggs? —le dije—. Los tiempos de la guerra y de la postguerra…

—Ya lo creo.

—¿Recuerda al hombre que compró la base del Ejército?

—¿Al señor Black Jack Cadmus? Es difícil olvidarlo. ¡Ese sí que era todo un caballero, del estilo que ya no se ve! Tenía el aspecto de un rey: ropa muy elegante, hasta llevaba botines. Algunas veces, subía allá arriba a ver el lago y se detenía aquí para llenar el depósito y que le limpiara los cristales. Me acuerdo del coche: un Bugatti del veintisiete, tipo Cuarenta y uno Royale, ese que tiene un gran monobloque de ocho cilindros y un carburador doble. Negro como el carbón y tan grande como un autobús. Se lo había hecho restaurar en Italia y luego lo había traído en barco hasta aquí. Del modo en que aquello estaba construido, uno tenía que desmontar todo el motor si necesitaba trabajar en las válvulas. Solo lo que le costaba de mantenimiento debía de haber sido lo que gastaba una docena de familias en un año, pero así era él. Tenía mucho estilo, solo quería lo mejor de lo mejor. De vez en cuando, si yo le estaba cambiando el aceite o comprobando el aire de los neumáticos, entraba aquí dentro, se sentaban justo donde están ustedes sentados y se tomaba una taza de café y un pastelillo de chocolate… Al hombre le chiflaba el chocolate. Sal acostumbraba a decir que, con aquel cabello tan negro y los dientes tan blancos, podría haber sido una estrella de cine.

—¿Traía alguna vez a alguien con él?

—No. Siempre iba solo. Conducía el Bugatti hasta donde le era posible llegar con él, luego caminaba un par de horas. Y les digo esto porque a veces volvía todo cubierto de polvo y bromeaba con él: «¿Subiendo montañas y metiéndose en líos, coronel Cadmus?» Uno podía hablar con él así, porque tenía sentido del humor. Y él te devolvía la sonrisa y te contestaba: «Estaba comulgando con la Naturaleza, Asa. Regresando a lo básico».

El viejo hizo un guiño y bajó la voz:

—Nunca se lo pregunté, pero creo que iba allá arriba a escribir poesías.

—¿Y por qué lo cree?

—Siempre llevaba con él aquel librito y una de esas estilográficas de lujo, chapadas de oro. En una ocasión, cuando le estaba limpiando los cristales, vi que había dejado el libro abierto sobre el asiento. Le eché una mirada rápida y vi que estaba cubierto de esos párrafos pequeños, como de poesía. Cuando me descubrió mirándolo, lo cerró al momento. Probablemente no quería que pensasen de él que era uno de esos tipos relamidos.

Milo sonrió.

—¿Qué aspecto tenía ese libro? —pregunté.

—Pequeño, en cuero.

—¿Cuero negro?

—Lo único que recuerdo es que era oscuro. Pudo haber sido negro.

—¿Leyó alguna vez lo que había dentro?

—No. Jamás lo tuve tan cerca.

—Pero está usted seguro de que parecía ser poesía.

—Claro. ¿De qué otra cosa podría haberse sentido avergonzado un hombre de verdad?

Salimos del café. Los técnicos de la Criminal se habían marchado, y el camino estaba tan en silencio como un cementerio.

—¿A dónde querías llegar? —me preguntó Milo—. ¿Con eso de la poesía y demás cosas?

—El libro que ha descrito Skaggs coincide con el que había en El acto despreciable —le dije—. Un libro que, ahora que pienso en ello, no concordaba con el resto del diorama. Todo lo demás que había en la escena estaba miniaturizado, pero el libro era a tamaño natural. Muy desproporcionado con el resto. Y, además, parecía más bien una antigüedad que el diario de un quinceañero; Gary había escrito en la portada «Diario» en letras color lavanda, pero era un trabajo mal hecho…, totalmente fuera de contexto con su estilo. Es todo un compulsivo, Milo. En todas las otras cosas se tomó mucho trabajo, para que fueran precisas.

Un halcón se alzó sobre las cada vez más oscuras colinas y comenzó a volar en círculos. Milo alzó la vista para mirarlo.

—Lo sé —acepté—, hay millares de libros negros en este mundo. Pero lo del cañón de cristal era una de las frases favoritas de Jamey cuando alucinaba. La usó la noche en que me llamó; eso significa que tiene este lugar en su mente. Normalmente, uno podría dejar eso de lado, porque él es un psicótico y un montón de expertos, incluido Mainwaring, no le dan demasiada importancia a la charla de los psicóticos. Pero a Radovic lo mataron aquí. ¿Es eso una coincidencia?

Milo se pasó las manos por la cara, hizo una mueca y se aclaró la garganta:

—Echemos hacia atrás la película por un momento —me dijo—. En un tiempo, el viejo Cadmus acostumbraba a venir hasta aquí arriba, al cañón de cristal; subía a pie arriba de todo, y escribía poesía en un librito negro. Cuarenta años más tarde su nieto, que es un loco por la poesía y alucina con cañones de cristal, abre las tripas de su amigo y de un chiquito de los de alquiler y con eso descubre las interioridades de un crimen repetitivo. Luego, el guardaespaldas del amigo compra una obra de arte punk, para hacerse con el librito negro; lo usa para hacer chantaje a dos moteros y se lo cargan por intentarlo.

Me miró.

—Es lo bastante complicado como para hacer que a uno le duela la cabeza, ¿no?

Caminó hacia el Matador, se metió dentro y cerró la puerta. Le vi tomar el micrófono de la radio y hablar por el mismo durante varios minutos asintiendo con la cabeza y apartándose el cabello que le caía sobre los ojos. Luego colgó y salió del coche, con aspecto preocupado.

—La División del Pacific ya ha empezado el registro del bote de Radovic. Alguien ya ha estado allí y lo ha puesto todo patas arriba. Ha dejado sin tocar armas de fuego, cuchillos y un rollo de dinero que él había ocultado bajo la base de la rueda del timón. Y también hay un taladro eléctrico, un montón de trozos y polvo de plástico transparente, así como el resto de los juguetitos del diorama… Al tipo con el que he hablado le había impresionado mucho el Ken que se había hecho el harakiri. Pero no había ningún libro negro. Según Skaggs, nada cambió de manos entre Radovic y los moteros, lo que en sí no basta para convencerme a mí de nada. Pero el hecho de que alguien se tomó la molestia de registrar todo el barco significa que aún no lo habían encontrado. Así que, o bien lo encontró el que fue antes, o Radovic lo escondió en algún sitio realmente difícil, y aún sigue allí.

Una repentina oleada de aire frío sopló desde el sur. Milo se apretó la corbata, y ambos nos abrochamos las chaquetas. El cielo se había oscurecido hasta tomar el color del carbón, pero moteado de índigo y coral. El halcón se convirtió en una pequeña media luna y luego desapareció. Alrededor había un silencio primigenio.

—Ya puedo verlo —dijo Milo—. Los arcos dorados de la MacDonald’s estarán por allí, justo al lado del Taco Bell, que estará puerta con puerta con la Antigua Tienda de Recuerdos de Bitter Canyon: con postales de esas de broma y modelos en yeso de la central eléctrica. El progreso.

Me sentí atrapado por la imagen que él había creado, visualizando altas torres de cemento, surgiendo descaradamente por sobre las colinas, bajas y silenciosas, con las garras modulares de un pueblo prefabricado ahogando la soledad. Luego me acordé de algo que me había dicho Heather Cadmus.

—Milo, Jamey y Chancellor se conocieron en una fiesta que daba Dwight Cadmus a la gente que había puesto dinero para un proyecto de construcción de la Cadmus. Era un trato de mucha importancia, y Chancellor era uno de los mayores inversores. Sería interesante saber de qué proyecto se trataba, ¿no crees? Y la naturaleza exacta de la relación de Chancellor con el mismo.

Sus ojos se agrandaron por el interés.

—Mucho —juntó los dedos de sus manos tras la nuca y pensó en voz alta—. Lo que representa el lograr acceso a todos los archivos financieros de Chancellor. Lo que, además de ser un lío de papeleo y crearles problemas a un montón de los jefazos, tendrá que pasar por las manos de Dickie Cash…, porque el banco de Chancellor está en Beverly Hills. Y dado el nivel de laboriosidad de Cash, habrá que contar con que pase al menos un mes. Y si está metido en el asunto, Whitehead también tendrá que participar. Al igual que muchos de los llamados superiores nuestros; lo que, en el caso de Trapp, tal denominación es de una total inexactitud. Ya conocerás a esos tipos, Alex. En lo que ellos respecta, el caso del Carnicero está resuelto. Van a mostrarse muy entusiastas al tener que lidiar todo esto.

—¿La muerte de Radovic no les preocupa?

—Radovic es un caso sin importancia, un EAO: encuéntralo, archívalo, olvídalo. Te citaré lo que le dijo el Encantador Cal a Dickie cuando se suponía que yo no estaba escuchando: «El marica tuvo suerte. Esto fue más rápido que el SIDA. Juojuojuo».

Hizo una mueca.

—Debe ser bonito el poder tenerlo todo tan claro, ¿no? El poder meterlo todo en su pequeña casilla.

—Creo que puedo descubrir cosas acerca del proyecto de la presa sin necesidad de todo ese papeleo —le dije.

Cuando le expliqué cómo, se sintió complacido.

—Muy bien. Hazlo. Si logras alguna cosa, escarbaremos más hondo.

Miró su reloj.

—Será mejor que volvamos.

—Una cosa más —le dije—. Sé que estás convencido de la culpa de Jamey, pero no creo que te hiciera ningún daño el considerar otras alternativas.

—Si tienes alguna pásamela.

—Para empezar, alguien debería estar dándole una mirada más detenida al Hospital de Canyon Oaks. La noche en que Jamey se escapó, no había nadie de guardia. Quizá sea típico este tipo de incompetencia, pero tal vez no lo sea. La enfermera jefe que estaba al mando había acumulado un montón de deudas. Y dejó el trabajo, poco después de que detuvieran a Jamey, y se largó de la ciudad con un coche flamante.

Sonrió débilmente.

—¿Has estado haciendo el detective?

—Un poquito.

—¿Cómo se llama ella? —me preguntó, sacando su bloc de notas.

—Andrea Vann. Es una divorciada que anda por ahí con un crío pequeño —le di la dirección que había tenido en Panorama City.

—¿Qué clase de coche se ha comprado?

—Un Mustang.

—Haremos una investigación en el registro de matrículas, para ver lo que sale. ¿Algo más?

—Mainwaring: tiene la reputación de ser muy flexible cuando se puede ganar un dólar. No es una mala elección, si lo que uno anda buscando es quitar a alguien de la circulación sin que le hagan preguntas al respecto. Ya se saltó las normas, al dejar que los Cadmus llevaran allí a su propia enfermera. Quizá se saltara algunas otras reglas.

—Tú has hablado con el tipo ese. ¿Te pareció que había algo más que resultase raro?

—No —admití—. Su tratamiento no resultaba demasiado creativo, pero era adecuado.

—¿Hay algo que él no hiciera y que tú hubieses hecho?

—Yo hubiera hablado más con Jamey, y hubiese intentado conseguir hacerme una idea de lo que tenía dentro de la cabeza…, lo cual no quiere decir que con seguridad lo hubiera logrado. Pero Mainwaring ni siquiera lo intentó. Jamey tenía unas alucinaciones habituales; meses antes de que lo hospitalizasen ya estaba diciendo las mismas cosas que dijo la noche que me llamó. Alguien con una mente más abierta hubiera sentido curiosidad al ver eso —hice una pausa—. O quizá Mainwaring sabía lo que pasaba, y prefirió acallarlo.

Milo alzó las cejas.

—Ahora estás acusándole de conspiración, amigo mío.

—Solo estoy pensando en voz alta.

—Volvamos a esas alucinaciones habituales. Además de cañones de cristal, ¿de qué otras cosas hablaba Jamey?

—Usaba mucho la palabra hedor. La tierra hedía y sangraba. Un hedor rancio. Plumas ensangrentadas. Zombis blancos. Juegos de agujas.

Esperó unos momentos.

—¿Algo más?

—Estos eran los elementos más repetitivos.

—¿Algo de ello tiene sentido para ti?

—Ahora que sé lo de la central de energía, supongo que podría tener una intencionalidad ecológica: el sangrar de la tierra, el mal olor como símbolo de la polución.

—¿Y cómo se acopla a esto lo de los «juegos de agujas»?

—Juegos de agujas y kilómetros de cañerías —recordé—, cuando oí eso por primera vez, supuse que estaba expresando su miedo al tratamiento. Naturalmente, en ese momento creía que «el cañón de cristal» se refería al hospital.

—¿Y qué me dices de las «plumas» y los «zombis»?

—No sé…

Esperó algo antes de preguntarme:

—¿Es esto todo?

Cuando asentí con la cabeza, él se guardó el bloc.

—No sé —acepté—. Quizá Mainwaring tenga razón y yo me esté pasando con mis interpretaciones. Quizá solo sean des varios de un loco, que no signifiquen nada.

—¿Quién sabe? —dijo Milo—. A lo largo de los años he aprendido a respetar tu intuición, amigo. Pero no quiero dar pie a esperanzas irreales. Estás muy lejos de restaurar la virginidad de Cadmus.

—Olvida la virginidad. Me conformo con la verdad.

—¿Estás seguro de eso?

—¿De veras?, no.

Cuando atravesé la puerta, Robin me dedicó una sonrisa maliciosa.

—Una nena encantadora llamada Jennifer te ha llamado cada media hora.

Le besé y me quité la chaqueta.

—Gracias. La llamaré después de cenar.

—La cena es pizza y una ensalada de Angelino’s. ¿Es tan mona como suena?

—Mucho más. Y además es una antigua estudiante mía. Y tiene diecisiete añitos.

Haciendo ver que contaba con los dedos, sonrió y dijo:

—Menos de la mitad de tu edad.

—Ese es un golpe bajo.

Se me acercó y me dio un beso en la oreja.

—No te preocupes. Te seguiré amando cuando seas viejo y canoso —tocó mi cabello—. Bueno, más canoso aún.

—Hombre, gracias.

—Pero, dime ¿todas tus antiguas estudiantes te llaman Alex de ese modo, tan ansiosamente jadeante?

—Solo las guapas.

—Gorrino.

Me mordió la oreja.

—Huy.

Se apartó, riendo.

—Voy a meter la pizza en el horno y a darme un baño mientras se calienta. Aquí tienes el número de Jenny la linda. ¿Por qué no la llamas, Alex, y cuando estés lo bastante caliente vienes a reunirte conmigo?

Entregándome el número, se alejó contoneándose.

Marqué y se puso la señora Leavitt.

—¡Oh, acaba de marcharse! Pero regresará en un par de horas.

—Lo intentaré de nuevo más tarde.

—Hágalo por favor, doctor. Sé que tiene mucho interés en hablar con usted.

Oí correr el agua del baño. Había otra llamada que deseaba hacer, así que fui a la biblioteca y busqué en el fichero.

Inseguro sobre si Lou Cestare estaría aún sorbiéndoles el seso a los ricachones a bordo de El Incentivo o de vuelta a su casa de Willamette Valley, marqué el número del yate y me contestó una grabación diciéndome que llamase a Oregón. En el número de Willamette había otra cinta, que me informó de que ya no era horario de oficina pero que, en caso de emergencia, al señor Cestare se le podía contactar a través de un código de buscapersonas. Marqué el código y me respondió una voz infantil, de un preescolar.

—Aló, soy Brandon Cestare. Por favor, ¿quién llama?

—Hola, Brandon. Me llamo Alex. Por favor, ¿puedo hablar con tu papá?

—¿Es usted un cliente?

—Sí. Me llamo Alex.

—Hola, Alex.

—Hola. ¿Está ahí tu padre?

—Está en el baño.

—¿Y qué hay de tu mamá?

—Está dando de mamar a Hillary.

—Oh. ¿Cuántos años tienes, Brandon?

—Cinco y medio.

—¿Sabes escribir?

—Solo copiar letras.

—Si te digo las letras de mi nombre, ¿podrías copiarlas en un pedazo de papel y dárselo a tu papá cuando salga del baño?

—Seguro. Déjeme buscar un pedazo de…

El final de la frase fue cortado por la voz de Lou («¿Quién es, Bran?… Gracias, tigre… No, está bien, yo hablaré con él… ¿Cómo?… No, no tienes que… Brandon, no es necesario, ya voy a… De acuerdo, de acuerdo, no te cabrees, seguro, déjame quise lo explique»).

Cestare se puso al aparato, riendo entre dientes.

—Soy Lou, Alex. Brandon insiste en escribir tu nombre.

—Pónmelo —dije riendo.

El chico volvió a ponerse y me dijo:

—¿Cuáles son las letras?

Le dicté mi nombre, y él me lo leyó al acabar.

—Perfecto, Brandon. Ahora, ¿me harías el favor de ponerme con tu papá?

—Claro. Está aquí.

—Gracias. Adiós.

—Adiós.

—Hola de nuevo —dijo mi agente financiero.

—Tienes a un equipo muy concienzudo, Lou.

—Hay que entrenarlos desde pequeños. ¿Qué es lo que pasa?

—Necesito una información acerca de una emisión reciente de bonos. De la Central de Energía de Bitter Canyon.

—Unos buenos bonos, pero ya tienes bastantes de los de a largo plazo en tu portafolio.

—No estoy interesado en comprar, solo quiero averiguar algunos detalles.

—¿Qué clase de detalles?

—Algo de lo que hay tras esa emisión. Como quién la ha comprado a lo grande.

Una repentina nota de precaución apareció en su voz:

—¿Por qué quieres saber eso?

—Se relaciona con un caso en el que estoy trabajando.

Eso le silenció por un momento.

—¿Qué es lo que la psiquiatría tiene que ver con una central de energía?

—No estoy autorizado a revelarte eso, Lou.

—¿Sabes algo acerca de esa emisión que yo debiera de saber?

—No. Yo…

—Porque yo estoy bastante metido en eso, tan metido, que podría quemarme si algo fuera mal. Si hay siquiera la más leve sugerencia de que pueda haber un problema, quiero saberlo. Ahora mismo.

—¿Es una emisión poco firme?

—¡Infiernos, no! Es de primera calidad, certificada como tal por todos los expertos —hizo una pausa—. Pero eso era lo mismo que pasaba con los bonos de la Washington Power y mira cómo acabaron. Todo el maldito negocio de las inversiones está basado en la fe. Y, considerando los desastres de los últimos años, no se necesita demasiado para hacer perder esa fe. Si va a haber una repentina venta de los Bitter Canyon, yo quiero estar a la cabeza de la cola. Así pues, dime, ¿qué relación tienes tú con esto?

—No te lo puedo decir, Lou.

—¡No puedo creérmelo! Me llamas a casa con el fin de sacarme datos y luego te niegas a decirme el motivo. Alex, tú y yo…

—Lou, esto no tiene nada que ver con las finanzas. No he oído nada que ni siquiera sugiera que esos bonos tengan problemas. De hecho, no tengo la menor idea acerca de todo eso. Lo que me interesa es la gente que está detrás de esa emisión.

—¿Qué gente?

—Ivar Digby Chancellor. El Beverly Hills Trust. La familia Cadmus. Todas las conexiones que hay entre ellos.

—¡Oh! Es ese caso…

—Ese caso.

—¿Cuál es tu conexión con el mismo?

—Soy consultor de la defensa.

—¿No es culpable, a causa de su locura?

—Algo así.

—Por lo que he oído, te han hecho ya todo el trabajo: parece que ese chico está loco de verdad.

—¿Has leído eso en el Wall Street Journal?

—Por la radio macuto de las finanzas. Cada vez que una de las grandes empresas se ve envuelta en algo feo, nosotros, los que trabajamos con el dinero, nos ocupamos de averiguar cuál puede ser el impacto de tal situación.

—¿Y?

—Y el consenso general es que el impacto en este caso es nulo. Si el chico tuviera el control de la empresa y planease convertir el lago en un jacuzzi gigante, entonces quizá habría algo de lo que preocuparse. Pero esa es una situación que es poco probable que se produzca, ¿no es cierto?

—Poco probable.

—¿Pasa algo, Alex?

—No. Acerca de Chancellor…

—Toda una loca maricona, pero un tipo listo y muy duro a la hora de apretar los tornillos… La combinación correcta de creatividad, cautela y cojones. La Beverly Trust es uno de los más fuertes bancos pequeños de la Costa Oeste. Chancellor cuidaba bien de sus imponentes. Llevaba a cabo los suficientes tratos inteligentes como para poder ganar a los grandes en cuestión de tasas de interés, sin pasarse en los riesgos. Hacía el dinero al modo tradicional: primero lo heredas, luego lo cuidas y lo trabajas hasta que crece y crece. Y si eres lo bastante rico, puedes permitirte el que te gusten los chicos y el llevar maquillaje de un dedo de grueso en la cara. ¿Qué más quieres saber?

—¿Tuvo él relación en la preparación del asunto de Bitter Canyon?

—Muy probablemente. Como engrasador de los engranajes. Durante años había estado negociando con los Cadmus, y tenía mucha fuerza sobre la gente de las hidroeléctricas, así que su influencia no podía ser más que beneficiosa. Pero su intervención principal se produjo a la hora de comprar. El Beverly Hills Trust fue uno de los principales compradores de los bonos iniciales a corto plazo. Lo recuerdo, porque, cuando apareció la oferta, todos los de corto plazo habían sido adquiridos ya. Sentí curiosidad acerca de quién se los habría quedado e hice algunas averiguaciones. El Trust también compró de los de a largo plazo. Déjame que me cambie al teléfono que tengo al lado del ordenador, y te miraré los datos.

Me dejó en línea muerta y regresó al momento.

—De acuerdo, le estoy pidiendo la información al aparato: Bonos de la Empresa Consolidada de Energía del Bitter Canyon, Series de 1987…, aquí estamos. Es un bono estatal, no municipal, porque en el Bitter Canyon no hay municipio… aún. Estamos hablando de una emisión de setenta y cinco millones de dólares: quince mil lotes de bonos a cinco mil dólares, a la par. Dieciocho millones eran a corto plazo, liquidables desde 1988 hasta el 2000; el resto a largo plazo: un tercio a veinte años, otro tercio a veinticinco y otro a treinta. Diecinueve millones de cada.

—¿Qué es lo que compró Chancellor?

—Espera un segundo, eso lo tengo en otro archivo. Justo, aquí está. Bueno, esto no es totalmente exacto, porque pueden haber habido algunas ventas bajo el mostrador, pero es bastante aproximado. De acuerdo con mis datos, el Trust se quedó con diez millones a corto plazo, incluyendo los más cortos de todos, que son los más deseables…, y otros diez a largo. Esto fue como banco. Chancellor pudo haber comprado más para él personalmente; pero esto puede ser muy difícil de averiguar.

Calculé mentalmente.

—Más de la cuarta parte del total. ¿No es esa una compra muy grande para un banco pequeño?

—Seguro que lo es. Y también es atípico para cualquier tipo de banco el verse envuelto tan seriamente en bonos a largo plazo, especialmente considerando la tendencia descendente del mercado de valores en las últimas décadas. Pero Chancellor era tenido por alguien que adquiría de una forma muy agresiva aquello en lo que creía. Sin duda, se imaginó que podría vender con beneficios en el mercado secundario.

—¿Cómo pudo hacerse con una parte tan grande?

—Los Cadmus y el gobierno le dieron el soplo anticipado, porque una gran compra por parte del Beverly Hills Trust era mutuamente beneficiosa. Cuando un inversor con vista muestra ese tipo de confianza en una emisión, eso hace que crezca el nivel general de entusiasmo.

—¿Y a dónde fue a parar el resto?

—Los a corto plazo fueron distribuidos en partes bastante iguales entre varias instituciones financieras importantes: otros bancos, cajas de ahorros, financieras, compañías de seguros… Como también sucedió con una buena parte de los de a largo plazo, con un pequeño resto, que pudo ser adquirido por algunos independientes de vista de águila, como su seguro servidor.

—Parece una emisión calentita.

—Al rojo vivo. Para cuando se acabó el período de peticiones ya no quedaba nada disponible. Pero ¿qué tiene que ver todo esto con defender al chico Cadmus?

—Probablemente nada. Déjame preguntarte una cosa más: ¿podría haber influido en la aprobación de la emisión el que hubiera un acuerdo previo por parte de Chancellor para comprar una buena parte de los bonos?

—¿Cómo garantía? Seguro. Si hubiera habido alguna discusión a priori sobre la factibilidad del proyecto, no hubiera hecho ningún daño el tener aseguradas una buena parte de las necesidades monetarias del mismo. Pero ese no es el caso con Bitter Canyon, Alex. La razón por la que esa emisión era calentita era porque el asunto era un caramelo para todo el mundo: la familia Cadmus poseía esas tierras desde los tiempos de la guerra; las consiguieron a un precio ridículo del Ejército y podían permitirse el venderlas a un precio muy razonable y, aún así, sacar una beneficio fantástico. A su vez, ese beneficio les permitía presentar una postura muy competitiva en el concurso para la edificación de la central. Y cuando digo muy, es muy. Eso a su vez permitía que el beneficio del bono fuera de medio a un punto por encima del mercado. En estos días eso es realmente mucho, y como todo el mundo vaticina intereses menores en el previsible futuro, esa cantidad resultaba apetitosa.

—El típico caso de yo me lo guiso y yo me lo como…

—Exacto. Esto es lo que hace que el mundo siga rodando.

—He oído que hubo alguna oposición. Cuestiones de conflictos de intereses.

—Nada importante. Algunas de las otras empresas constructoras trataron de liar el asunto, pero todo se quedó entre bastidores. La mayor parte de ellas no eran lo bastante grandes como para acometer un proyecto de ese tamaño. Las dos compañías que sí lo eran no podían llegar, con mucho, a ofertas competitivas. El haber seguido con una objeción seria hubiera sido arriesgarse a contraer la ira popular acerca de sobornos, una cuestión de la que todas estas empresas son culpables, y provocado retrasos muy importantes. Las municipalidades del entorno y la compañía eléctrica deseaban que el proyecto fuera aprobado con rapidez y estaban ejerciendo presiones para acelerar el papeleo. El ser visto como obstruccionista hubiera sido muy malo, políticamente hablando, para quien lo hubiera intentado.

—El que cree problemas puede olvidarse de futuros contratos.

—Estaba planteado de un modo un poco más sutil que eso, pero esa es la idea general. Aquí las cosas estaban fáciles, Alex… Nada de ecologistas gritando acerca de especies vegetales que proteger. Además, con las altas tasas de desempleo de la zona, van a haber muchas caras sonrientes cuando empiecen a excavar el terreno.

—¿Cuándo se supone que va a suceder eso?

—A principios del año próximo. Justo en el plazo previsto.

—¿Y la muerte de Chancellor no ha tenido ningún afecto en el asunto?

—¿Por qué iba a hacerlo? Seguro, la gente va a estar atenta para ver quién se hace cargo del banco. Si es un imbécil, verás un lento pero continuo goteo de retiradas de cuentas… Nada repentino, pues todo el mundo sale dañado en una estampida. Pero ese es un asunto interno que nada tiene que ver con la emisión. O con el proyecto.

—¿Y qué es lo que podría afectar al proyecto?

—Nada por debajo de una auténtica catástrofe. Supongamos que el lago se evapora de la noche a la mañana; o que la Cadmus Construction se vuelve comunista e invierte todo su capital en una fábrica de bolillos… Oye, no me gusta nada el tono de esta conversación. ¿A dónde infiernos quieres llegar, Alex?

—No lo sé, Lou. Realmente no lo sé.

—Escucha, no quiero parecer histérico, pero déjame que te explique mi posición. En general, yo trato de mantenerme apartado de los bonos. Tanto para mí, personalmente, como para los portafolios que controlo. Históricamente no han funcionado nunca bien y, lo más que logras con ellos, es protegerte los flancos. Pero tengo algunos clientes que insisten en tenerlos: gente conservadora en sus ideas como tú, y tontos que son tan ricos, que han llegado a creerse que ya tienen suficiente dinero. Así que yo mantengo el ojo abierto para las buenas emisiones y compro al momento lo que puedo de las mismas. No es cosa que suceda todos los días, pero cuando apareció lo de Bitter Canyon fue una de esas ocasiones ideales, así que me metí muy de lleno en su compra. Hasta el momento, tengo a mucha gente contenta con ese trato; pero si se va al traste, esa misma gente va a estar muy descontenta. Hasta el punto del asesinato. No importará que el día antes yo fuera el Rey Midas; si cometo un solo error, puedo volverme tan popular como lo es Arafat en la sinagoga local. Todos estos años de irme montando una buena reputación se irían, como se dice popularmente, a tomar viento.

—Como ya te he dicho, Lou, no he oído nada al respecto. Si lo oigo, te llamaré.

—Hazlo —me dijo con aire fiero—. A cobro revertido. A cualquier hora del día o de la noche.