12

Un Ferrari Dino se había averiado en la esquina de Westwood y Wilshire. Dos tipos playeros de mediana edad, con pantalones cortos y camisetas de tirantes luchaban por empujarlo hasta la acera del paseo, ignorando los gestos obscenos de los automovilistas y los bocinazos, convirtiendo en tanto al tráfico en un verdadero puré. Sentado en el Seville estuve rumiando la entrevista con Cadmus y llegué a la conclusión de que solo había obtenido algunas cosillas interesantes, más bien pocas. Había pasado demasiado tiempo enfrentándome a su defensa y no el bastante a cosas sustanciales: había un montón de temas que ni siquiera habían sido abordados. Me pregunté qué secretos estaría intentando proteger… Son aquellos que más tienen que esconder quienes se construyen tales fortalezas psíquicas. Pero, no disponiendo de una respuesta adecuada, me decidí a seguir otros caminos antes de volver a por él.

El Dino llegó finalmente a la acera, y el lío automovilístico se fue desenredando lentamente. A la primera oportunidad giré a la izquierda y corté por las calles laterales de Westwood, hasta llegar a la Sunset. Cinco minutos más tarde estaba en casa.

En el buzón, junto con un montón de basura propagandística había un sobre de un servicio de mensajeros de Beverly Hills. Dentro del sobre estaba el cheque por cinco mil dólares de Souza y una nota pidiéndome que llamara a alguien de nombre Bradford Balch, en su oficina.

La entrevista improductiva y los ceros del cheque se combinaron para hacerme sentir intranquilo. Había aceptado la oferta de Souza con una ambivalencia que jamás se había disipado. Y ahora la duda crecía en mí como un río tras una fuerte lluvia.

Había razonado que, mediante las entrevistas, al conocer el pasado de Jamey sería capaz de comprenderle mejor y así podría ayudarle. Me lo había creído cuando yo mismo lo había explicado, pero ahora mis palabras me sonaban a vacías. Aunque un historial puede facilitar el beneficio de una mayor comprensión, pocas veces puede desvelar por sí solo el misterio de la locura. Y me pregunté si lograría llegar a acumular los bastantes conocimientos como para poder comprender de un modo adecuado su deterioro. Y, lo que aún era más importante, si lo lograba…, ¿qué uso se le daría a este conocimiento? ¿Para jugar al retroprofeta, como deseaba Souza? ¿Usaría mi doctorado para recubrir la brujería con una fina capa de ciencia?

Un acusador de solo moderada capacidad puede hacer que, incluso el más brillante psiquiatra o psicólogo, parezca un completo idiota en el estrado de los testigos cuando este abandona el rigor científico para hundirse en el lodazal especulativo llamado capacidad disminuida. Y, sin embargo, no faltan los psiquiatras y psicólogos dispuestos a someterse a este tipo de humillación. Algunos de ellos son prostitutas, comprados para hacer aquello, pero la mayoría de ellos son hombres y mujeres honorables, a los que han seducido, haciéndoles creer que son auténticos lectores de mentes. Yo siempre había considerado ese tipo de testificación como poco menos que curanderismo institucionalizado…, y ahora corría el riesgo de unirme a sus filas.

Yo no podía prestar juramento y decir luego algo definitivo sobre el estado de mente de Jamey de hacía una semana, ni un día, ni un minuto antes. Nadie podía hacerlo.

¿En dónde infiernos me había metido?

Y justo entonces supe, como ya había sabido muy dentro de mí desde el principio, que Souza no obtendría de mí lo que deseaba. Aunque no le había hecho ninguna promesa, había dejado la puerta abierta para la colaboración, y continuar con tal pretensión sería manipulado…, lo que era su tipo de juego, no el mío. Tendría que enfrentarme pronto con esto, pero aún no. Simplemente, aún no estaba preparado…, quizá por mi necesidad de seguir adelante, o por sentimentalismo, incluso quizá por complejo de culpa… El caso es que todavía no podía apartarme del caso, dejar abandonado a Jamey.

Seguí allá en pie, contemplando mis opciones, abriendo y cerrando el cheque, doblándolo y desdoblándolo, hasta que empezó a parecer un fallido experimento papirofléxico. Finalmente llegué a una especie de compromiso: acabaría mis entrevistas, sabiendo durante todo el tiempo que estaba trabajando para mí mismo, pero no aceptaría el dinero. Volviendo a meter el cheque en su sobre, fui a la biblioteca y lo cerré en el cajón del escritorio. Cuando llegase el momento adecuado, lo devolvería.

De repente me di cuenta de que la casa estaba caliente y con el ambiente cargado. Desnudándome, me puse unos pantalones cortos de deporte, abrí unas ventanas y saqué una Grolsch de la nevera. Con la botella en la mano llamé a Bradford Balch, que resultó ser uno de los socios de Souza. Sonaba a hombre joven, muy ansioso por hacer las cosas bien, con una voz atiplada y nerviosa:

—Oh, sí doctor. El señor Souza me pidió que le llamara para hacerle saber que la policía ha aprobado la visita de usted a la propiedad del difunto señor Chancellor. ¿Aún quiere ir allá?

—Sí.

—De acuerdo, pues. Por favor, esté allá mañana a las nueve.

Me dio la dirección, me agradeció la llamada y colgó.

Pensé en aquella llamada telefónica: era la primera vez que no me llamaba Souza directamente, y creía saber el porqué.

Durante la pasada semana me había cortejado como un cazatalentos de un equipo de baloncesto que va tras un quinceañero de dos metros de altura y reflejos de rayo: con alabanzas, con el Rolls con chófer, con la comida en su comedor privado y, lo más importante, con el dejar a un lado a toda su corte de esbirros para mostrarse personalmente accesible. Me deseaba en su equipo, pero bajo sus condiciones: él era el capitán y se suponía que yo tenía que saber cuál era mi lugar. Mi insistencia en ver el lugar del asesinato había sido una indeseable muestra de independencia, y aunque la había aceptado, había tenido buen cuidado de mostrarme su desaprobación a base de hacer que un subordinado me transmitiera su mensaje.

Sutil pero afilado. Esto me daba una pequeña muestra de lo que podría significar el encontrarse en el lado contrario.

Cuando la niebla es especialmente densa en el Sur de California, el terreno toma el ilusorio aspecto de una fotografía hecha a través de una lente impregnada de vaselina. Los cielos se oscurecen hasta ser de un bronce sucio, los contornos de los edificios se disuelven en la nebulosidad y la vegetación adquiere un maligno tono fosforescente.

Fue en esta clase de mañana cuando conduje hacia el este, por la Sunset, hacia los límites de Beverly Hills. Hasta las más majestuosas mansiones parecían desdibujarse y borrarse en el sucio calor, como si fueran fundentes columnas de helado italiano, guarnecidas con decoraciones de mazapán.

La mansión de Chancellor se alzaba en cinco millones de dólares de terreno sito en una colina al norte del paseo, dominando el Beverly Hills Hotel. Un par de metros de pared de piedra coronada por otro metro de verja de hierro labrado rodeaban la propiedad. Los barrotes terminaban en puntas de lanza doradas, que parecían lo bastante afiladas como para desventrar a un escalador excesivamente entrometido.

Unas puertas en arco, de hierro, seccionaban la pared. Estaban abiertas de par en par y guardadas por un policía de Beverly Hills de uniforme. Conduje el Seville hasta un centímetro de su palma extendida y me detuve. Caminó hasta el lado del conductor y, cuando le hube dicho mi nombre, dio un paso atrás y murmuró algo por una radio portátil. Un momento más tarde me hizo un gesto afirmativo con la cabeza y me indicó que pasara.

Lo único que resultaba inmediatamente visible tras la puerta era una cerrada curva de sendero de grava, oscurecida por paredes de eugenias de color borgoña. Al doblar la curva las eugenias cedieron el sitio a setos bajos de azaleas blancas y el sendero se convirtió en una amplia ese que cortaba a través de una ascendente extensión de césped esmeralda. En la cúspide del prado se hallaba una mansión estilo griego renovado del tamaño de un estadio: una escalinata de mármol que llevaba hasta una amplia columnata, un estanque perfectamente perpendicular a las escaleras, estatuas estratégicamente colocadas, todas ellas honrando a la figura masculina. A pesar de la neblina, el lugar resplandecía con un blanco deslumbrante.

El diseño del jardín favorecía a la geometría por encima de la espontaneidad: lechos circulares de rosas blancas, setos perfectamente podados, matorrales simétricamente dispuestos, hileras perfectas de cipreses italianos. Era el tipo de jardín que precisaba de una atención constante, y esta atención había fallado recientemente, como quedaba en evidencia por las ramas que surgían irregulares, las hojas sin recoger por los senderos, las flores marchitas y, sobre todo, por las manchas amarilleantes, de sequedad, que destacaban de un modo especial en la sedosa textura del césped.

Un Plymouth blanco y negro sin marca alguna y un Madza RX-7 gris perla estaban aparcados en la base de la escalinata. Me coloqué junto al Madza, salí, y caminé a través de un patio abierto hacia unas puertas dobles, lacadas de blanco. Un hombre y una mujer estaban en pie junto a las puertas, apoyados junto a una copia del David de Miguel Ángel, riendo y fumando. La mujer vestía el uniforme de la policía de Beverly Hills, arreglado por un sastre para que le quedase como una segunda piel, el hombre una chaqueta deportiva sobre pantalones negros. Escuché un trozo de conversación: «Sí, los de Sagitario siempre son así», antes de que me oyesen y se volvieran hacia mí. Los ojos del hombre estaban oscurecidos por unas gafas de sol de piloto. Le reconocí: Richard Cash, el detective que había venido a mi casa con Whitehead.

—¡Hey, Doc! —me dijo amablemente—. ¿Dispuesto para la gran visita?

—Si lo está usted…

—Vale —dijo y pisó el cigarrillo contra el suelo de mármol. Volviéndose hacia la agente que era rubia y joven, le sonrió y se alisó el cabello—. De acuerdo, Dixie, vamos a hacerlo. Luego volveré a por ti.

—Me suena a algo realmente excepcional, Dick —ella le dedicó una mueca sonriente y, tras meterse un mechón rebelde de su cabello bajo la gorra, le saludó y se marchó.

Cash observó la forma que se retiraba y lanzó un suave silbido.

—Me encantan las acciones decididas —dijo, y abrió de un tirón una de las puertas.

Entramos en una especie de tormenta de nieve: todo, las paredes, los suelos, los techos, incluso la obra en madera, había sido pintado de blanco. Y no en un blanco sutil, suavizado por trazas de marrón o azul, sino con el puro y despiadado brillo de la cal.

—Muy virginal, ¿no? —comentó Cash, mientras me llevaba más allá de una escalinata circular, bajo un arco de mármol y a través de un amplio y luminoso atrio que separaba una cavernosa sala de estar de un igualmente cavernoso comedor. El baño de leche continuaba: mobiliario blanco, alfombras blancas, chimenea blanca, jarrones de porcelana blanca repletos de plumas de avestruz albino. Las únicas excepciones a las superficies glaciales eran ocasionales retazos de cristal o espejo, pero los reflejos que proyectaban solo acentuaban la ausencia de color.

—Hay treinta y cinco habitaciones en este lugar —dijo Cash—. Supongo que no querrá verlas todas.

—Solo el sitio en el que sucedió.

—Correcto.

El atrio acababa en una pared de cristal. Cash dobló hacia la derecha, y le seguí a un patio interior acabado en una logia en columnata. Tras la logia se veía una gran extensión de prado y más plantas. Bajo la terraza una piscina rectangular de dimensiones olímpicas destellaba turquesa. La superficie que la rodeaba era de puro mármol blanco, y a cada lado se hallaban querubines desnudos. Cada uno de ellos alzaba una urna repleta de petunias blancas. Un caballito de mar blanco había sido pintado en el fondo de la piscina, que iba hasta el borde de la propiedad y parecía flotar en el cielo. El horizonte ciudadano de abajo estaba oscurecido por un vapor marrón rosado.

—Aquí estamos —dijo Cash con voz aburrida.

No había plantas en aquella sala. Tenía el techo muy alto, suelo de madera pintada de blanco y muebles de mimbre también blancos. Varias de las sillas estaban derribadas por el suelo y la pata de uno de los sofás estaba rota. Suspendidas del techo se veían vigas que se entrecruzaban, encaladas. Una mancha grisácea de un par de centímetros de ancho rodeaba una de ellas.

—¿Fue ahí de donde estaba colgada la cuerda?

—Ajá.

Las paredes blancas estaban punteadas con manchas color herrumbre, que se repetían en el brillante suelo como si fueran dibujos de Rorschach y conjuntos de puntitos. ¡Tanta sangre! Por todas partes, como si una mujer de la limpieza hubiera entrado con una bayeta empapada en ella y la hubiera estado sacudiendo descuidadamente. Cash me observó contemplándolo y me dijo:

—Al fin algo de color, ¿eh?

La silueta de un cuerpo humano había sido dibujada en el suelo, pero en lugar de hacerla con tiza blanca, habían empleado un carboncillo. El perímetro exterior de la figura estaba manchado de herrumbre. Una mancha oscura especialmente grande se hallaba situada bajo la marca de la cuerda, mientras que manchitas de sangre tachonaban la viga. Aún en este desecado estado, las manchas de sangre evocaban imágenes terribles.

Caminé hacia delante. Cash me retuvo con uno de sus brazos.

—Mirar, pero no tocar —sonrió. Estrellitas de luz rebotaban de sus gafas oscuras. Su brazo olía a Brut.

Me eché hacia atrás.

Al fondo había unas puertas correderas de cristal. Una había sido dejada entreabierta, pero no entraba por ella ni un soplo de aire. La sala olía a rancio y metálico.

—¿Todo pasó aquí?

—Básicamente.

—¿Encontraron algo de desorden en otra parte?

—Ajá. Pero eso está fuera de límites.

—¿Se llevaron algo?

Sonrió, con aire condescendiente.

—Esto no fue un robo.

—¿De dónde salió la cuerda?

—De la piscina. Era de uno de los salvavidas.

—¿Qué clase de armas fueron empleadas?

—Cosas de la cocina: un cuchillo de carnicero, un hendedor, una hacheta. Y un poco de seda púrpura añadida en plan de broma. Una escena realmente húmeda.

—¿Docenas de heridas?

—Ajá.

—¿Igual que en los otros asesinatos del Carnicero?

Los delgados labios de Cash se entreabrieron. Sus dientes eran cosméticamente perfectos, pero estaban manchados por la nicotina.

—Me encantaría comentar esto con usted, pero no puedo.

Miré un poco más por la habitación, dejando que mi mirada vagase a través de las puertas de cristal. En la superficie del agua de la piscina flotaban hojas muertas y pétalos de petunia de bordes marrones. A alguna distancia croó un cuervo.

Cash sacó un cigarrillo y lo encendió. Con aire casual dejó caer la cerilla al suelo.

—¿Ya está? —preguntó.

Asentí con la cabeza.

Volví a casa, bajé al jardín, me senté sobre una roca cubierta de musgo y alimenté a los koi. El sonido de la cascada me amodorró en una especie de torpor parecido a un trance…, el estado alfa, como el de los niños hiperactivos que jugaban con los trenes eléctricos de Sarita Flowers. Algún tiempo después, el sonido de unas voces humanas me arrancó del mismo.

El sonido llegaba de la parte de delante de la casa. Subí hasta medio camino de la terraza…, lo bastante alto como para poder ver, pero aún sin ser visto.

Milo y otro hombre estaban hablando. No podía oír lo que estaban diciendo, pero por las posturas de sus cuerpos y las expresiones de sus rostros se veía que no era una charla amistosa.

El otro hombre se hallaría a principios de la cuarentena, estaba muy bronceado, tenía un tamaño medio y una constitución muy sólida. Usaba unos tejanos de marca y un cortavientos de color negro brillante, sobre una camiseta color carne que casi lograba imitar la piel desnuda. Sus cabellos eran ásperos y estaban arreglados a lo militar, muy cortitos. Una poblada y espesa barba cubría dos tercios de su rostro. Los pelos de la barbilla eran blancos, los del resto marrón rojizos.

El hombre dijo algo.

Milo le contestó.

El hombre resopló y dijo algo más. Llevó su mano hacia el interior de su chaqueta, y Milo se movió con increíble rapidez.

En un segundo el hombre estaba en el suelo, tirado sobre su estómago, con la rodilla de Milo entre sus omoplatos. Con mano experta, el detective tiró de su brazo hacia atrás y lo esposó, y luego le sacó un cuchillo de lanzar y una pistola de feo aspecto.

Milo tomó las armas y dijo algo. El hombre arqueó la espalda, alzó la cabeza y se echó a reír. Se había arañado en la boca al ser derribado al suelo, y su risa surgió de entre labios ensangrentados.

Volví a bajar, rápidamente atravesé el jardín y fui hasta la parte delantera de la casa.

El hombre en el suelo seguía riéndose. Cuando me vio, aún se rio más.

—¡Hey, doctor Delaware! ¡Fíjese en esta jodida muestra de brutalidad policial!

Su barba estaba púrpura por la sangre y, mientras hablaba, escupía gotitas rosas. Irguiéndose hacia atrás para mirar a Milo, le retó:

—¡Oh, cariñito mío, qué brutal eres!

—Beretta nueve dos seis —dijo Milo, ignorándole y examinando el arma—. Dieciséis balas. ¿Te imaginabas que iba a haber un tiroteo, Ernie?

—Es legal y tengo licencia, so marica.

Milo se guardó las armas y sacó su 38 reglamentario. Poniéndose en pie, tiró del barbudo para hacerle alzarse.

—Échate atrás, Alex —dijo, y le clavó el cañón de su pistola en los riñones al otro.

—¿Alex? —se carcajeó el tipo—. ¡Qué bonito! ¿También es uno de los tuyos?

—¡Muévete! —ladró Milo. Con una mano en la nuca del hombre y la otra en su arma, empujó al prisionero colina abajo. Yo les seguí varios pasos más atrás.

Dos coches estaban aparcados en la curva: el Matador color bronce, sin marcas oficiales de Milo, y el RX-7 gris que había visto en casa de Chancellor. Los ojos de Milo atisbaron el lugar y luego se fijaron en un eucalipto. Manteniendo el 38 apretado contra el sacro iliaco del barbudo, lo empujó hacia el tronco del árbol, cara hacia el mismo y le dio patadas entre de sus pies hasta que se los hizo tener bien separados. Entonces abrió las esposas y le aplastó uno de los brazos contra el tronco.

—Abrázalo —le ordenó.

El hombre se abrazó al eucalipto, y Milo lo volvió a esposar y metió su mano en el interior del bolsillo de los tejanos del hombre.

—¡Oh, qué sensación más encantadora! —se mofó este.

Habiéndole cogido las llaves del coche, Milo fue hasta el RX-7 y abrió la puerta del lado del conductor.

—¡Registro ilegal! —aulló el hombre.

—¡Vete a hacer una queja oficial! —le contestó Milo, apretando su corpachón en el interior del coche deportivo. Tras varios minutos de trastear salió con las manos vacías y caminó hacia la parte de atrás. Tras abrir el maletero levantó la tapa del suelo del mismo y del interior sacó una caja dura. Dentro de la misma había un subfusil Uzi desmontado.

—Tienes todo un arsenal, Ernie. El llevar esto oculto te va a meter en un buen lío.

—¡Qué te den por el culo! Está a nombre del señor Chancellor. Y él hizo que se lo aprobasen los mandamases.

—¿Era Chancellor un loco por las armas?

—No, dado por el culo. Lo único que quería era una protección de primera.

—Que era lo que tú le dabas.

—¡Anda a hacer el amor con un plátano, desviado!

Milo sonrió tenso.

—Si yo fuera tú, empezaría a preocuparme por mi propio esfínter anal, Ernie. Vas a pasar esta noche entre rejas, y ya sabemos lo que acostumbra a pasarles a los antiguos policías, cuando acaban en chirona.

El hombre apretó las mandíbulas con fuerza. Sus ojos parecían enloquecidos.

Milo tomó las armas y las cerró en el maletero del Matador. Luego pasó al asiento delantero y pidió refuerzos por radio.

El hombre empezó a gruñir. Luego me miró y se rio.

—Tú eres testigo, Alex. Vine aquí sólo para hablar contigo, y el marica ese me derribó a puñetazos.

Milo salió del coche y le dijo que se callase. El hombre le respondió con un torrente de insultos. Yo traté de hablar con mi amigo…

—Milo…

Alzó la mano para acallarme, sacó un bloc de notas y empezó a escribir. Un momento más tarde, un coche blanco y negro con las luces del techo encendidas y girando subió la colina rugiendo y se detuvo en seco. Un segundo coche patrulla llegó detrás, segundos más tarde. Dos policías salieron del primer coche y otro del segundo. Los tres llevaban las manos sobre las pistoleras. Milo les hizo una seña y les dio instrucciones. Mientras hablaba miraron al hombre esposado al árbol y asintieron con las cabezas. El hombre comenzó a blasfemar. Uno de los policías fue hasta el árbol y se quedó junto a él.

El prisionero se echó a reír y empezó a burlarse de su guardián, que permaneció impasible.

Acabó la conferencia. Un segundo patrullero se unió al policía de guardia al lado del hombre. Juntos le soltaron las esposas, le liberaron los brazos, se los volvieron a poner a la espalda, lo esposaron de nuevo y lo empujaron hasta la parte de atrás del Matador. Uno de ellos se sentó junto a él. Milo esperó a que hubieran acabado y luego se metió en el asiento delantero. El agente restante caminó hacía mí. Era joven y moreno y tenía una mandíbula muy hendida. Su chapa decía que se llamaba DesJardins.

—Me gustaría tomarle declaración, señor.

—No hay mucho que le pueda contar.

Le conté lo poco que sabía y le pregunté qué era lo que estaba pasando.

—Una pequeña alteración del orden, señor.

Se volvió para marcharse.

—¿Quién es ese tipo de la barba? —le pregunté.

—Un mal tipo —me contestó, y se alejó.

Milo salió del Matador. Los uniformados sacaron al barbudo de ese coche y lo trasladaron a uno de los blancos y negros. Un policía se metió con él en la parte de atrás, el otro tomó el volante. Milo le dio a DesJardins las armas que había confiscado y el joven agente las metió en el maletero de su coche patrulla, lo cerró y se sentó en el sitio del conductor. Ambos conductores pusieron en marcha sus motores y se fueron.

De pronto, el camino estuvo en silencio. Milo se recostó contra el Matador, lanzó un profundo suspiro y se pasó las manos por la cara.

—¿Qué infiernos es lo que sucede? —le pregunté.

—Se llama Erno Radovic, y es un psicópata de primera categoría.

—¿El guardaespaldas de Chancellor?

—Eso —afirmó, sorprendido.

—Horace Souza mencionó su nombre. Dijo que era inestable.

—Eso es decir poco. Te siguió a casa desde la mansión de Chancellor. Le vi y vine detrás.

—¿Estabas allí? No te vi.

—Estaba aparcado al otro lado. Radovic sigue siendo sospechoso y he estado vigilándolo.

—Cuando estabas hablando por radio, él me dijo que había venido aquí a hablar conmigo. ¿Sabes qué era lo que quería?

—Si uno se puede fiar de su palabra, te diré que afirmó estar investigando la muerte de Chancellor por su propia cuenta y que quería que le dieras información sobre el chico.

—Tiene que saber que yo no le iba a decir nada.

—Alex, cuando se trata de este tipo, la lógica hay que dejarla a un lado. Hace mucho tiempo que lo conozco. Antes era policía; estuvimos en la misma clase en la Academia. Incluso de cadete, ya era un loco a lo John Wayne, utilizando su pistola como un sustituto del pene para demostrar su virilidad. Y una vez llegó a las calles, era un desastre esperando el momento adecuado para estallar… Tuvo cinco tiroteos con muertes en siete años y un montón de casos en los que la cosa estuvo a punto de suceder. Y siempre con negros. Lo trasladaron a la brigada del vicio, y se dedicó a maltratar prostitutas. Le dieron un trabajo administrativo y se peleó con sus superiores. Nadie le quería, así que lo fueron trasladando de departamento en departamento. Su última parada fue en el Oeste de Los Ángeles; pasó tres meses allí, en Archivos, antes de que le dieran la patada por incompatibilidad psíquica. El día que apareció allí y se enteró de lo mío, ya no me dejó en paz: notas perfumadas en mi taquilla, dirigidas al detective Mariposón y ese tipo de cabronadas.

—Parece raro que un tipo como ese trabajara para alguien como Chancellor.

—En realidad no. Yo siempre pensé que era un homosexual latente. Quizá llegó a enfrentarse con la realidad y eso le hizo estallar la mente. Esta era una de las razones por la que le estaba vigilando. En cualquier caso, es peligroso. Si te lo encuentras por ahí, más vale que te apartes de él.

—¿Cuál se supone que es la razón que tiene para investigar el caso?

—Él dice que es por pura lealtad a Chancellor; que ese tipo tuyo, Souza, se está preparando para ensuciar el nombre de su jefe y que él quiere dejar las cosas en su sitio. Pero ¿quién infiernos sabe? Además de estar loco, ese tipo es un conocido mentiroso. Quizá se está guardando su propia espalda, porque sabe que seguimos interesados en él, o quizá simplemente esté hundido en su mundo de fantasías, jugando a detectives. También ha sido detective privado… Después de ser echado a patadas de la Fuerza, consiguió que le dieran una licencia, y antes de que Chancellor lo contratase y así contribuyese a hacer de esta ciudad un lugar más seguro, él había hecho algún trabajo para abogados. Pero no le duró mucho. Es demasiado voluble, usaba los músculos en lugar de los buenos modales. ¿No te diste cuenta de que estaba todo el tiempo riéndose?

Asentí con la cabeza.

—Lo hace siempre que está muy cabreado. Es realmente extraño —se palmeó la cabeza—. El cableado no lo tienen bien aquí, Alex. Tú debes saber más de esto que yo. En cualquier caso, lo importante es que te mantengas alejado de él. Ya lo he empapelado ahora para que lo tengan tras las rejas al menos durante un par de días, pero al final lo dejarán suelto. Así que ándate con ojo.

—Ya veo.

—Mira, sé que en este momento quizá me harás caso…, pero ambos sabemos que tienes tendencia a dejarte obsesionar y olvidarte de las cosillas sin importancia como tu seguridad personal. No lo hagas en esta ocasión, ¿vale?

Me lanzó una agria mirada y abrió la puerta del Matador.

—¿Y a dónde vas ahora? —le pregunté.

—De vuelta al trabajo —me contestó, sin mirarme.

—Así de fácil, ¿eh?

Se alzó de hombros, se metió en el coche y cerró la puerta. El cristal de la ventanilla estaba bajado, así que metí la cabeza por la abertura.

—Milo —le dije airadamente—, ¿qué infiernos ocurre contigo? Pasa un mes sin que sepa nada de ti. Trato de ponerme en contacto contigo, y no contestas a mis llamadas. Por lo que a mí respecta, es como si te hubieras metido dentro de una caverna y colocado una roca para tapar la entrada. Ahora apareces, detienes a un maníaco en mi casa, y haces como si todo fuera pura rutina, el trabajo de cada día.

—No puedo hablar de esto.

—¿Y por qué demonios no?

—Porque estamos trabajando en bandos opuestos en el caso Cadmus. Y no puedo ni dejarme ver contigo. Si Radovic no fuese un loco tan peligroso, habría solicitado ayuda y hubiese hecho que fuese otro quien lo hubiera detenido.

—Quizá tengas razón, pero eso no explica el porqué te mantenías incomunicado, ya antes de que yo me viera envuelto en el caso.

Se mordisqueó el labio y metió la llave en la ignición. Conectando la radio, la escuchó eructar unas cuantas llamadas policiales, antes de volverla a apagar.

—Es algo complicado —me dijo.

—Tengo todo el tiempo del mundo.

Levantó la muñeca, miró su Timex y luego a través del parabrisas del coche.

—De verdad que no me puedo quedar aquí, Alex.

—Entonces veámonos en otro lugar. En un sitio en que no nos descubra nadie.

Sonrió.

—¿Como si fuéramos agentes secretos?

—Haré lo que sea preciso, amigo mío.

Mirando al tablero de instrumentos, usó sus manos para realizar un tamborileo nervioso contra sus caderas. Pasaron unos momentos.

—Hay ese lugar —dijo por fin—, que está cerca del aeropuerto, en la calle Aviation. Se llama el Golden Eagle. Uno está allí sentado, emborrachándose, y mientras escucha cómo los pilotos charlan con la torre de control. Estaré allí a las nueve.

Mi primera idea fue: ¿una coctelería? Aquí hay algo que no marcha bien.

—Te veré allí —le dije.

Puso en marcha el Matador, y yo le tendí la mano. Él la miró como si fuera algún tipo de raro espécimen. Luego, de pronto, su nuez subió y bajó rápidamente, y tendió sus dos grandes manazas, apretó con mucha fuerza mis dedos y luego los soltó. Un minuto más tarde ya había desaparecido.