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13 DE OCTUBRE DE 1985

Noelia Sullcani abandonó los juzgados de la plaza de Castilla acompañada por su abogado. Acababan de abonar la fianza que le permitiría permanecer en libertad hasta que se celebrara el juicio. No había corrido la misma suerte su marido, al que el juez había impuesto la permanencia en prisión hasta que se demostrase que la pistola, su Beretta, no había sido disparada por él mismo.

Un taxi los recogió a pocos pasos para conducirlos a La Moraleja.

―Seré claro contigo, Noelia ―habló con rotundidad el abogado, un hombre de cabeza afeitada y pómulos tan sobresalientes que hacía que sus rasgos resultasen grotescos―: si mantenemos la versión que le has dado a la policía, te caerán como mínimo cinco años por encubrimiento.

―No me lo puedo creer… ―susurró ella desviando la mirada hacia la plaza encharcada, mientras el taxi enfilaba por el paseo de la Castellana.

―Si queremos evitarlo, necesitaremos demostrar que tu marido y tu hermano te coaccionaron. Y no estoy seguro de que tu palabra sea suficiente, ni de que Vicente siga manteniendo su apoyo para librarte de los cargos. Al fin y al cabo, está en la cárcel por culpa de tu hermano, así que en cualquier momento puede arrepentirse y decidir compartir contigo responsabilidades.

―Pues me dejas pocas opciones…, por no decir ninguna.

―Tu hermano está muerto, pero he pensado que tenemos una opción.

―¿Cuál?

―Podríamos utilizar el crimen de tus padres en el juicio.

―El crimen de mis padres ―musitó con desconsuelo―. Sabes que eso no podemos hacerlo público. Arruinaría mi reputación y nuestros negocios.

―Hazte a la idea: la mierda siempre sale a flote en los juicios. No sería extraño que alguien lo filtrara a la prensa, sobre todo si tenemos en cuenta que ese detective al que contrataste lo averiguó. O que tu propio marido podría contar lo que sabe. Además, la policía está al corriente también. Ya no es un secreto, aunque no se conozcan los pormenores. Así que sería beneficioso utilizarlo a nuestro favor. Tenemos pruebas, sentencias, todo cuanto necesitamos para justificar que tu hermano ya te coaccionó anteriormente y que pagaste por ello. Lejos de dañar tu reputación, quedarías como una víctima de cara a la opinión pública.

―¿Y volver a pasar por todo aquello? ¿Verme de nuevo delante de un juez contándole los detalles de una tragedia que enterré hace treinta años?

―Noelia, tienes que ser fuerte ―sugirió él tras un silencio prudente―. Es la única opción que tenemos para asegurarnos tu libertad.

Cruzaron por delante del hospital de la Paz y se desviaron hacia la carretera de Burgos. Convencida de que lo que le aconsejaba su abogado era la vía que le quedaba para evitar ir a prisión, se preparó para cruzar el viejo puente imaginario que la conduciría directamente a su pasado. Iba a ser duro regresar para revivir los detalles macabros que habían condicionado su vida, pero no tenía otra elección. De modo que tomó aire y empezó a caminar sobre las chirriantes tablas de aquel puente ficticio, avanzando lentamente entre la nebulosa de fantasía con la que la memoria envuelve los recuerdos lejanos. Cuando esta se disipó, se vio de nuevo con diecisiete años. Era una chica grácil, entonces; llamativa por su cabello pelirrojo y su cara colmada de graciosas pecas. Se encontraba en el hall de la mansión donde se había criado: una construcción de tres plantas levantada en una villa con vistas al mar, en la ciudad de Nettuno. El momento exacto también le fue fácil de identificar: era la noche en la que se produjo «el accidente». Y es que aquel suceso se había quedado grabado en su subconsciente como un punto de conexión entre sus dos vidas: la que vivió como Rebecca Delucchi y la actual, como Noelia Sullcani. Un punto de conexión que siempre había estado presente en sus recuerdos, y, especialmente, tras el crimen de Eva Gonzalvo, pero solo como un concepto abstracto. A eso se había reducido después de tantos años. Sin embargo, al cruzar el puente esta vez, «el accidente» se representó en su cabeza con una imagen en movimiento, como el pase de una película: un muchacho de pelo rojizo cayendo al vacío desde la tercera planta. Mauro había proferido un grito mientras la barandilla de madera se rompía y él se precipitaba por el hueco sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Todo sucedía tan rápido que, para cuando su madre empezaba a desgañitarse y su padre daba el primer paso hacia las escaleras, su cuerpo ya se había estampado contra la mesa de cristal que ocupaba parte del vestíbulo y que servía de expositor de varias piezas decorativas.

Con un poco de voluntad, «el accidente» permitió a Noelia adentrarse más allá en sus recuerdos, y el primero en aparecer fue su padre, Doménico. Lo recordó siendo joven, con el pelo negro engominado y su característico bigote a lo Errol Flynn; un soldado condecorado que, a su regreso de la batalla de Vittorio Veneto, había triunfado como diseñador en su ciudad natal. Su participación en la Primera Guerra Mundial con dieciocho años, donde luchó ayudando a su país a derrocar al Imperio austrohúngaro, le sirvió para lograr un reconocimiento que luego, en su vida profesional, se tradujo en amistades influyentes. Esa fue la clave de su éxito, además de su dedicación y su talento para el negocio de la moda. Así fue como, en los años 20, nació la firma Nettuno. Pero no todo lo que la guerra le aportó a Doménico fue positivo. El precio que tuvo que pagar a cambio fue un trastorno que su nueva vida no conseguiría mitigar: la muerte, la sangre, el horror de la batalla, en definitiva, regresaron impresos en el subconsciente y en el alma de un joven cuya mente, frágil aún, se desmoronaría con el tiempo como un castillo de naipes. Pero eso se iría fraguando lenta y sigilosamente hasta manifestarse una década más tarde, momento para el que ni el diseñador ni la familia aparentemente idílica que había formado estaban prevenidos.

Doménico conoció a Giulia en una fiesta, a comienzos de los años 30; una pelirroja diez años más joven que él, que supo enamorarlo con su belleza, su clase y su vasta cultura. Giulia era hija de un diplomático y había sido educada con esmero para forjarse su futuro como esposa de algún hombre importante; quizá más importante que Doménico. Sin embargo, el amor es irracional e imprevisible, y terminó por escogerlo a él entre otros pretendientes que hubieran sido de mayor agrado para sus padres, gente cuyo futuro estaba en la política, principalmente. Aunque tampoco pusieron demasiadas pegas a un empresario de éxito como él. La pareja contrajo matrimonio pronto y, apenas un año después, Giulia se quedó embarazada de su primogénita.

Los recuerdos de Noelia sobre su padre durante la etapa infantil eran escasos, quizá porque este tuvo poca presencia en su día a día. Se iba a trabajar temprano y regresaba, casi siempre, cuando ellos ya dormían. Su madre se encargaba de todo, y estaba permanentemente al lado de sus dos hijos, así que era de ella de quien guardaba más momentos en la memoria: una mujer cariñosa pero estricta, muy religiosa y más inteligente de lo que se esforzaba por aparentar. Les inculcó disciplina a través de su amor y de sus valores cristianos y, aunque se volcó más en Mauro (Rebecca se esforzó en demostrar su autosuficiencia, adoptando el papel de hermana mayor desde el momento en que su hermano nació; y su madre, satisfecha por el carácter que su hija apuntaba y por la ayuda que le prestaba, se convenció de que tenía que dedicarle más tiempo y atención a él), ambos crecieron con la seguridad de vivir amparados bajo su cálido manto de protección.

Sin embargo, Giulia no solo tuvo que encargarse de sus hijos, sino también de la estabilidad mental de su marido que, con el paso de los años, fue acusando las consecuencias de la guerra, algo que lo fue transformando gradualmente en un ser irritable, despótico, violento e impredecible. Doménico desarrolló una psicosis que, a día de hoy, Noelia estaba segura de que no había podido gestarse durante su etapa de soldado, sino mucho antes, quizá en su propia infancia. Y estaba segura de ello a razón de que su hermano, Mauro, heredó un carácter similar al suyo desde muy temprana edad.

El peso que supuso para Giulia toda aquella responsabilidad fue tan grande que ni siquiera el cobijo que encontraba en la fe bastó para ayudarla a soportarlo, y poco a poco se fue distanciando de sus hijos, mirando más por ella misma, refugiándose en amistades, actividades altruistas, fiestas y ocupaciones varias que la mantenían fuera del hogar. Para entonces, Rebecca ya había cumplido doce años y fue consciente del cambio, asumiendo casi de manera instintiva el papel que su madre dejaba vacante con respecto a Mauro.

Durante los siguientes cinco años, la situación de la familia Delucchi se recrudeció. El matrimonio dejó de entenderse y de respetarse, si bien Giulia hizo todo lo posible por aparentar normalidad de cara al exterior, valiéndose de su inteligencia y de su arte innato para la manipulación. Doménico empezó a tener aventuras con otras mujeres, algo que ella supo de inmediato. Aun así, lo consintió. No le convenía un escándalo ni renunciar a la vida que le proporcionaba su marido. Al menos, esa fue la conjetura que Rebecca extrajo de su actuación. Pero, de puertas para adentro, las discusiones entre ambos eran frecuentes. Discusiones en las que se intercambiaban gritos e incluso, de cuando en cuando, algún golpe.

La noche que tuvo lugar «el accidente», Rebecca tenía diecisiete años. Como en otras ocasiones, su padre había llegado a casa con evidentes muestras de ebriedad y su madre se lo recriminó. Ya ni siquiera esperaba a quedarse a solas con él; consideraba que sus hijos tenían edad para enterarse de lo que hacía su padre, y tampoco importaba si el personal de servicio lo sabía. Esa noche lo persiguió escaleras arriba hasta la tercera planta, donde se ubicaba su dormitorio, reprochándole su actitud, increpándolo y tildándolo de adúltero. Los gritos fueron en aumento, como era costumbre, y, una vez arriba, pareció inevitable que llegaran de nuevo a las manos. Mauro, a sus quince años, había asumido la responsabilidad de ser el segundo hombre de la casa desde que empezó a trabajar en la firma junto a su padre. Este quería que estuviera preparado para llevar el negocio cuando llegase el momento, y se había preocupado por exigirle más que a su hija, a la que el futuro deparaba seguir los pasos de su madre: una mujer culta, elegante, con don de gentes y capacidad para seducir a un hombre importante con el que formar una familia. Doménico y Giulia se habían puesto de acuerdo, al menos, en las pretensiones que tenían para sus hijos. Por eso, mientras Rebecca pasaba parte de su tiempo libre acompañando a su madre en sus cotidianas actividades sociales, Mauro lo empleaba en conocer los entresijos de la moda, la alta costura y el mundo empresarial, lo que le imprimió una madurez prematura. Así que aquella noche fue él quien, asumiendo su compromiso como el adulto que tenía que demostrar que era ya, decidió subir para apaciguar el ánimo de ambos o, directamente, tratar de impedir que Doménico recurriera de nuevo a la dolorosa violencia de la que echaba mano cada vez que se veía incapaz de manejar una situación.

Rebecca trató de detenerlo. «Es mejor que no te metas ―le había aconsejado―. Que lo arreglen entre ellos, como siempre». Pero Mauro no le hizo caso. Harto de aquella situación, el chico subió, y ella fue testigo desde el hall de cuanto sucedió después: su hermano se unió a los gritos pidiéndoles a sus padres que se calmaran, que acabaran con aquella pelea. Doménico estaba tan exaltado que lanzó la mano sobre Giulia y esta no pudo evitar la bofetada. Mauro lo asió por el hombro y tiró de él hacia atrás, pero no tenía tanta fuerza como su padre cuando entraba en un estado de descontrol como aquel, de modo que este se zafó de sus manos para acercarse de nuevo hasta su esposa con la intención de golpearla por segunda vez. Giulia gritó, asustada, y Mauro volvió a arrojarse sobre Doménico para inmovilizarlo en un abrazo mientras le exigía que se detuviese. Pero él no pareció oírlo. Se revolvió, empujó a su hijo y, cuando Mauro se trastabilló aflojando su presa, lo asió por la camisa y lo lanzó contra la barandilla.

De haber tomado otra dirección, Mauro habría caído al suelo o se habría golpeado contra una pared. Pero el azar lo condujo hacia la fatídica barandilla de madera, y, al llegar a ella, la fuerza con la que había sido empujado la hizo quebrarse. El chico cayó acompañado por un grito breve, mezcla de sorpresa y de angustia, y tardó apenas un segundo en recorrer los metros que lo separaban del suelo, donde la mesa de cristal aguardaba, como si hubiera sido colocada estratégicamente, para recibir el impacto. Las esquirlas saltaron en todas direcciones, llegando alguna a cortar a Rebecca, que quedó inmóvil ante el cuerpo inerte de su hermano mientras contemplaba cómo la sangre manaba de su cabeza. Luego hubo un silencio que, desgraciadamente, ella tendría la oportunidad de volver a escuchar más veces en su vida: el silencio que sucede al horror y que parece engullirlo todo. Y a este le siguió un nuevo caos de gritos, de dolor, de arrepentimiento y de súplica. Rebecca lloró; lloró como si le hubiesen arrancado un pedazo de su alma, y en ese momento fue consciente de lo que Mauro significaba para ella: era su hermano, su hijo, su amigo, su confidente… Era el mayor amor que jamás encontraría en otra persona.

Aquella noche podría haber terminado todo, pero, paradójicamente, marcó el comienzo de algo mucho peor. Mauro tardó dos meses en salir del hospital. «El accidente» le había destrozado varios huesos y le había producido cortes con los cristales de la mesa que bien podrían haber complicado su recuperación, pero ningún órgano vital fue afectado y, en consecuencia, una buena labor de los cirujanos fue suficiente para que pudieran decir que había vuelto a nacer. La versión oficial de los hechos, expuesta por su padre, se limitó a asegurar que se había caído cuando trataba de ayudarlo a cambiar una bombilla. Nadie hizo preguntas. Por su parte, su madre aceptó secundar aquella versión y, en lo sucesivo, no volver a sacar el tema. Jamás.

Pero hay ciertos episodios que, para enterrarlos, no basta con proponerse olvidarlos.

Un año después, ciertos comportamientos de Mauro delataban que algo en él había cambiado. En una ocasión, sufrió un ataque de ira y la emprendió a golpes con un empleado de la tienda. Fue el primer aviso de las secuelas de la caída. Después de eso, su padre decidió que se tomara una temporada de descanso. Sin embargo, no le dieron la suficiente importancia como para que un especialista lo examinara. Doménico estaba demasiado ocupado entre el trabajo y el tiempo que dedicaba a sus amantes, y Giulia se preocupaba más por buscar consuelo en su fe, acudir a fiestas y pasar la mayor parte del tiempo ebria. Pero a los cambios de humor y la irritabilidad cada vez más acentuada que mostraba el menor de los Delucchi, se añadían síntomas de una personalidad que, si bien no era nueva, parecía haberse agudizado: la arrogancia, la impulsividad, la ausencia de empatía por otras personas… Además, se fue volviendo manipulador y mentiroso. Solo Rebecca fue capaz de percibirlo, y tentada estuvo de hablar con su madre al respecto, pero sabía que a ella no le interesaría. Había dejado de interesarle todo lo referente a sus hijos y a su marido, siempre y cuando la apariencia que dieran hacia el exterior fuera la de una familia modélica. Por lo demás, con Rebecca, Mauro se comportaba como siempre: la respetaba, la escuchaba y confiaba en ella. A su lado, él nunca perdía los papeles; siempre parecía sereno. Seguían siendo dos almas unidas. Así que, en el fondo, creyó que no había motivos suficientes para alarmarse.

Se equivocaba. Y cuando se dio cuenta, ya fue demasiado tarde.

Una noche de verano, Mauro se presentó en la habitación de Rebecca. Sus padres llevaban fuera una semana, por viaje de negocios, y ellos se habían quedado en la villa con el único miembro del servicio que no los había acompañado: una joven criada que había entrado como refuerzo unos meses atrás. Para la chica, haber sido contratada por la familia Delucchi con dieciocho años había supuesto algo más que un golpe de fortuna. Hasta aquel día. Cuando Rebecca vio a su hermano parado en el umbral de su puerta, con las manos caídas a los lados del cuerpo, la expresión perdida y manchas de sangre en la ropa y en las manos, el corazón le dio un vuelco. Lo primero que pensó fue que había sufrido otro «accidente». Mauro tardó en responder a sus preguntas; en reaccionar a sus estímulos, provocando en ella una ansiedad que era incapaz de controlar a medida que pasaban los minutos. Pero, al fin, lo hizo: pronunció el nombre de la sirvienta y el tono con el que lo hizo anunció la tragedia.

Rebecca llegó al dormitorio de la muchacha, en la vivienda anexa a la mansión, y la encontró tendida sobre la cama. Estaba desnuda, con las piernas abiertas en una posición que delataba lo que acababa de suceder, y cubierta de sangre. Tuvo que acercarse hasta el cuerpo para comprobar que tenía la cara desfigurada y que no respiraba. Mauro se mantuvo detrás todo el tiempo, alejado como si aquello no formara parte de su realidad. Dijo no saber bien lo que había sucedido ni qué lo había conducido hasta aquella habitación. Después, poco a poco, empezó a recordar fragmentos en los que se veía a sí mismo a horcajadas sobre la sirvienta, forzándola, golpeándola, violándola…

Lo contó sin sentimiento, y quizá eso fue lo que más aterrorizó a Rebecca. Pero luego, Mauro se arrepintió y mostró el lado humano que provoca el miedo. Se preguntó por qué lo había hecho. Lloró como un niño y le suplicó a Rebecca que lo ayudara. Había vuelto en sí completamente, y ella no fue hábil para discernir si aquel miedo y aquel arrepentimiento que intentaba transmitirle su hermano eran sinceros o solo se trataba de una estrategia creada por su carácter manipulador. De cualquier modo, al mirarlo se dio cuenta de que, a pesar de haber cometido tal atrocidad, Mauro seguía siendo su hermano, su hijo, su amigo, su confidente…, el mayor amor que jamás encontraría en otra persona. Él no podía ser el culpable de aquello, sino la víctima de los horribles seres en los que se habían convertido sus padres. Ellos habían sido los responsables del «accidente». Su padre, al empujarlo, y su madre, silenciándolo y encubriéndolo. No era justo que fuera él quien tuviera que pagar por ello. Así que accedió a ocultar el crimen, y con un «Confía en mí», Rebecca se convirtió en su aliada fiel.

Enterraron el cuerpo de la sirvienta en el jardín, de madrugada, en un rincón alejado de la mansión donde se levantaban algunos árboles y por el que ni sus padres ni la servidumbre solían transitar, y negaron que supiesen algo de ella cuando los interrogaron en los días sucesivos. Rebecca inventó una historia sobre la tarde que la chica había desaparecido y descubrió entonces que había heredado el talento de su madre a la hora de mentir. Pero un día, la mala suerte llevó a Giulia a descubrir los restos. Ambos estaban en el jardín cuando ella apareció fuera de sí, con el rostro desencajado, llorando y gritando como una posesa en busca de Mauro. Aquello solo podía ser obra de un enfermo; su propio hijo, que ya había dado muestras más que suficientes en los últimos meses de que no era capaz de controlar su agresividad.

Rebecca sintió por primera vez un pánico que no era capaz de controlar. Y tuvo la impresión de que no podría remendar lo que ya estaba hecho; que ahora el camino bajaba en cuesta pronunciada y que se despeñaría al final. Giulia se abalanzó sobre Mauro y lo zarandeó recriminándole su enfermedad, incluso el haber nacido; maldiciéndolo por todo. Los gritos de histeria cruzaban el jardín, y Rebecca los recordaría siempre martilleando su cabeza como un mazo contra una piedra. Pum, pum, pum. Mientras tanto, él permanecía sentado en el banco de piedra, cabizbajo, soportando la incesante tormenta de reproches que, de vez en cuando, su madre dirigía hacia un Dios que, a pesar de haberlo servido con fervor e idolatrado desde su infancia, le había enviado un castigo inmerecido. Pero Rebecca fue dejando gradualmente de escuchar otra cosa que no fuera aquel martilleo, convertido después en un latido sordo como el que se experimenta debajo del agua. Se sumió así en un letargo que la mantuvo ajena a lo que sucedía, como mera espectadora de aquel drama, del que solo fue capaz de despertar cuando Giulia pasó de las palabras a la acción, y abofeteó a Mauro descargando sobre él toda su cólera. Entonces ella, haciendo acopio de valor, intercedió en defensa de su hermano, reteniendo a su madre y reprochándole haber callado la verdad sobre «el accidente». Además, la hizo responsable del mal que ahora sufría su hijo y la acusó de haberse comportado como un ser egoísta y horrible que solo miraba por su propio interés. Giulia recibió las recriminaciones de su hija como si le hubiesen tirado un jarro de agua gélida por la espalda. El impacto de aquellas palabras la dejó desorientada unos segundos, hasta que la ira volvió a dominar sus actos. Había perdido la razón, y aquello provocó que acabase perdiendo el control definitivamente. Levantó una mano. Sus ojos, inyectados en sangre, se incendiaron de rabia antes de lanzarla contra el rostro de su hija. Pero aquella bofetada no llegó a su destino. Rebecca no había advertido que Mauro se había ausentado de la escena hasta que, en aquel preciso instante, este apareció detrás de su madre, en un segundo plano, con la mirada perdida. Ni siquiera podría asegurar que no hubiera estado allí todo ese tiempo, pues no había sido consciente de lo que sucedía a su alrededor. Pero lo cierto es que, en ese lapso, el muchacho se había acercado hasta la caseta de madera donde se guardaban los aparejos de jardinería, así como otros objetos en desuso, y se había hecho con un pico de alpinista que alguien había abandonado entre las herramientas. Y, ante el estupor de su hermana, Mauro armó el brazo y descargó un golpe súbito sobre la cabeza su madre. El pico penetró por la zona occipital con un sonido seco, atravesó el cráneo y salió por la cuenca de un ojo acompañado por un chorro de sangre. Los gritos cesaron por fin. La calma regresó al jardín. Y cuando el cuerpo cayó desplomado a sus pies, Rebecca sintió un soplo de alivio que le resultó tan plácido como eterno.

Aquel silencio le proporcionó una extraña serenidad, como una capa impermeable por la que resbalaba el pánico sin llegar a tocarla. Parecía que su corazón se hubiera endurecido, perdiendo cualquier resquicio de humanidad. «Todo esto es culpa tuya…», le reprochó en sus pensamientos al cadáver mientras Mauro se agachaba lentamente sobre él para tomar el colgante de oro que siempre había colgado de su cuello, del que pendía un fino crucifijo. Tras quitárselo con delicadeza, se incorporó y envolvió las manos de Rebecca con las suyas.

―No te preocupes. ―Trató de calmarla con un tono que carecía de cualquier sentimiento―. Saldremos de esta. ―Luego se inclinó sobre ella y le dio un beso en la mejilla, suave y delicado, como el aleteo de una mariposa―. Tenemos que estar más unidos que nunca, hermana. ¿Lo entiendes?

Rebecca giró la cabeza y clavó la mirada en sus fríos ojos, que parecían haberse tornado grises como el acero. Sí, entendía lo que quería decir, pero no era capaz de asumirlo. Era como si estuviera viéndose arrastrada a un lugar muy alejado en el fondo de su mente. Sin embargo, algo irracional la obligó a contestar; una fuerza ajena que controlaba su voluntad.

―Sí ―confirmó ella, escuchando su propia voz lejana y onírica.

―Ahora tenemos que protegernos entre nosotros, porque solo nos tenemos el uno al otro.

―¿Y papá? ―preguntó, inocente.

―No nos queda más remedio que llegar hasta el final ―le respondió Mauro utilizando un tono persuasivo―. ¿Comprendes de lo que te hablo?

Claro que lo comprendía. Asintió en silencio, aún dominada por aquella sensación de irrealidad que lo envolvía todo. Entonces él se inclinó de nuevo sobre ella y los labios de ambos se juntaron en un beso. Rebecca se abandonó a aquel momento; Mauro, no.

La imagen de aquel beso llevó de vuelta a Noelia al momento presente a través de aquel puente imaginario, dejando atrás los recuerdos de su pasado, y se percató de que el abogado llevaba mirándola un rato.

―Está bien ―aceptó con firmeza mientras que el taxi se incorporaba a la carretera de Burgos―. Si realmente crees que es nuestra única opción, utiliza el crimen de mis padres en el juicio.