20
6 DE OCTUBRE DE 1985
La certera bala de Germán Silvera había atravesado la pierna del subcomisario Dávalos fracturándole el hueso y haciendo que se desmoronara. El dolor no le había hecho perder el arma, pero cuando quiso incorporarse, la suela del comisario sobre su mano lo inmovilizó.
―¿Qué coño significa esto? ―preguntó este encañonándole con su revólver.
Dávalos levantó la mirada. El cañón apuntaba directamente hacia su cara y, tras él, más borroso, el rostro de Silvera expresaba odio y decepción.
―¡Mierda, Germán! ―se quejó, soltando su pistola―. ¡Me vas a romper el brazo!
―Te voy a romper la crisma. Contesta, ¿qué significa esto?
―Ayúdame y te lo explicaré, ¿quieres? Me has dado en la pierna, joder. Me duele horrores.
Silvera recogió la pistola de Dávalos y lo ayudó a incorporarse, apoyándolo contra una lápida. Su pierna herida empapaba el pantalón vaquero de sangre oscura. El comisario localizó el agujero de bordes quemados por donde había penetrado el proyectil. Se quitó la corbata y la utilizó para practicar un torniquete por encima de la herida. El subcomisario gritó. Respiraba entrecortadamente, pero trataba de contener el dolor.
―¿Quién te envía, Samuel?
―¿Tú quién crees? Necesito ir a un hospital.
―Te voy a enchironar. Eso si hablas. Si no, te dejo aquí hasta que te desangres. Quién te envía.
―Noelia Sullcani.
―¿Por qué?
―Joder, ya lo sabes. Héctor se ha pasado de listo.
―¿Por eso has tratado de matarnos a los dos?
―Yo no quería, joder… Te lo advertí. Tenías que haberlo convencido para que lo dejara. ―Se miró la pierna. La sangre dejaba de manar.
―¿Te pidió ella que me mataras a mí también?
Dávalos levantó la mirada. El comisario lo escrutaba, compungido.
―Me hizo responsable de haberla metido en este lío… Tienes que comprenderme, Germán. Esa gente es muy peligrosa…
―Solo te lo preguntaré una vez más: ¿Te pidió ella que me mataras a mí también?
―No. De ti no me dijo nada. Ha sido idea mía. Con todo lo que sabes, si me hubiese cargado a Héctor tú hubieses continuado, ¿verdad?
Silvera se tomó unos segundos antes de afirmar:
―Desde luego.
―Claro ―pareció concederse la razón―. Lo siento, Relámpago.
―No. Lo que sientes es haber fallado.
―Llévame a un hospital…
Héctor Selman apareció por el camino. Trataba de mantenerse erguido, pero el dolor no se lo permitía. El comisario se puso en pie al verlo.
―¿Estás bien, hijo?
―Me ha dado en el brazo. Creo que la bala aún está dentro.
Estudió a Dávalos durante un instante, en silencio.
―¿Qué vamos a hacer con él? ―preguntó Selman finalmente.
―Llevarlo al hospital. Y entregarlo a la policía.
―Puedo ayudaros. Si no me entregáis…
―¡Cierra la puta boca, Samuel! ―espetó Silvera―. No necesito tu ayuda.