2 DE OCTUBRE DE 1985
José Azagra avanzó por el aparcamiento de la comisaría y se detuvo junto a su vehículo. Era la última hora de la tarde, estaba cansado y quería llegar a casa cuanto antes. Le había prometido a su hija que le leería un cuento antes de acostarse; una promesa reiterada que había incumplido las últimas noches. El último testigo acababa de salir de la sala de interrogatorios confesando lo mismo que los dos anteriores: habían estado en la discoteca con Eva Gonzalvo y la habían visto beber bastante. De drogas no podían hablar. Luego, la chica se había marchado con un hombre en un taxi. De los tres, solo este último había conseguido identificar al acompañante.
Al introducir la llave en la cerradura, una voz a sus espaldas lo detuvo:
―¿José Azagra?
Se volvió, curioso. Un hombre trajeado, de cabello cano y buen porte, se acercaba hacia él.
―¿Es usted el inspector Azagra? ―insistió.
Tenía la mirada azul y exhibía una sonrisa amigable.
―¿Quién lo pregunta?
―Soy el comisario Germán Silvera ―se identificó extendiéndole la mano.
Azagra la estrechó con fuerza. Había oído hablar de él. Mucho. No siempre bien, pero en ocasiones le llegaban hazañas suyas encomiables. Y ya se sabía que la gente de ese talante tiene defensores y detractores, pero nunca dejan indiferente a nadie.
―Encantado de conocerlo, comisario. Está un poco lejos de sus dependencias…
―He venido a hacerte una visita. No te importa que te tutee, ¿no? Me cuesta trabajo tratar de usted a gente tan joven.
―No hay problema. Podemos hablar arriba, si le parece mejor…
―No será necesario. No es una visita oficial. Es más… un asunto de cortesía. ―Volvió a sonreír buscando su complicidad.
―Pues usted dirá.
En ese momento levantó la otra mano y Azagra se dio cuenta de que llevaba en ella una carpeta.
―He hecho ciertas averiguaciones y me gustaría que compartiésemos información. Tengo entendido que eres el encargado del caso de la chica de El Pardo.
―Así es. ―Azagra cogió la carpeta que el comisario le ofrecía y la abrió lentamente, como si temiese lo que pudiera encontrar en su interior.
―He leído el informe del forense ―continuó Silvera mientras el inspector revisaba el primer papel por encima―. Y también las noticias de los últimos días. ¿Cómo llevas la investigación?
―Pues… avanzando. ¿Qué es esto?
―Un informe de los análisis practicados sobre ciertas prendas que hemos encontrado a raíz de la investigación que llevo a cabo.
―Esta mañana, precisamente, he visto su nombre citado en el periódico. Está haciendo un buen trabajo con ese caso…
El comisario esbozó brevemente una sonrisa vanidosa.
―Entre los objetos y la ropa, había un carnet de identidad de una chica llamada Eva Gonzalvo. He comparado este informe con el que se redactó tras el examen al cuerpo, y los datos coinciden. Lo que nosotros hemos hallado pertenece a tu víctima.
José Azagra ojeó el informe, perplejo.
―¿Dónde lo han encontrado?
―La historia es algo larga. Te la contaré con gusto, pero antes necesito saber todo lo que tú sabes.
―Pues… hasta el momento, el último testigo que ha declarado nos ha facilitado el nombre de la persona con la que vieron subir a Eva a un taxi, a la salida de la discoteca.
―¿Y ese nombre es…?
Azagra valoró por unos segundos si responder o no, pero la figura del comisario lo intimidó.
―Mauro Delucchi. Al parecer, un empresario. Dueño de la marca…
―Sé quién es. Mira el resto de la documentación.
Al pasar las hojas, halló un acta de defunción. Frunció el ceño.
―Es una copia, pero te conseguiré el original en unos días.
―¿Delucchi ha muerto?
―Se suicidó ―aclaró Silvera hundiendo las manos en los bolsillos de su pantalón―. Encontramos las pertenencias de la chica en la residencia donde se quitó la vida.
El inspector resopló. Al fin, apartó la vista del acta y cerró la carpeta.
―¿Cree que la mató él? ―preguntó al comisario.
―Ahí tienes el informe. Sus huellas están en la ropa y en el resto de las pertenencias de Eva Gonzalvo. También hay sangre suya, que coincide con la encontrada en el cadáver.
―¡Dios mío! ―susurró pasándose una mano por la frente como si aquello supusiese para él un quebradero de cabeza.
―Parece que tienes al asesino…
―No estaba solo ―matizó.
―Lo sé. Y por eso necesito pedirte un favor.
Azagra levantó la mirada hacia Silvera.
―Necesito que me des unos días antes de continuar con la investigación. Te prometo que cualquier cosa que descubra sobre el caso, la pondré en tu conocimiento. Pero tengo que terminar mi trabajo. Lo entiendes, ¿no?
―Comisario, hay gente que intervino en ese crimen y que aún está campando a sus anchas…
―Lo sé, José. Lo sé ―lo interrumpió poniendo una mano en su hombro―. Solo te estoy pidiendo unos días. Lo suficiente como para que este caso no interfiera con el mío. Nada más. Verás, tenemos razones para creer que Delucchi estaba implicado en la red de tráfico de mujeres. Y detrás hay mucha más gente. Peces muy gordos. Quizá hasta algunos de los que estás buscando. Soy consciente de la importancia de la muerte de esa chica, pero quiero que pienses fríamente en la trascendencia del delito. Esa desgracia puede servir para impartir una justicia mucho mayor.
Azagra recapacitó. El tono del comisario desvelaba cierta imposición.
―Además, piensa que no lo dejas en suspenso. Cualquier cosa que averigüemos, y lo más probable es que ambos casos confluyan, te será comunicado. Resolverás el caso, José; no te quepa duda. Incluso antes de lo que lo hubieras hecho por tus propios medios, te lo aseguro.
―Una semana, comisario.
―Será suficiente. ―Volvió a ofrecerle la mano, pero esta vez Azagra tardó más en estrecharla―. Y no digas nada de esto a la prensa, por favor. No es conveniente que se filtre aún el nombre de Delucchi, ni el asunto del tráfico de mujeres, ¿entendido?
―Puede estar tranquilo.
Germán Silvera sonrió de nuevo, agradecido. Se dio media vuelta y se alejó hacia la entrada del aparcamiento dejando a Azagra con la incertidumbre de si habría hecho lo correcto o aquella maniobra le supondría un perjuicio finalmente. Sin embargo, si el crimen de Eva Gonzalvo tenía que ver con «la trama de la telaraña», prefería no ser él quien estuviera al mando de la operación.