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1 DE OCTUBRE DE 1985
El clima otoñal de la ciudad de Madrid sufrió un retroceso al cálido verano a la llegada de Selman a Puertomar. La ciudad costera lo recibió con su cara más soleada, sus playas atestadas de turistas extranjeros y su humedad tibia flotando en el aire.
El detective alquiló una habitación en el hotel Marbella, situado en la angosta calle de Apolo XI, colindando con una comisaría de la policía local. No era un paradero elegante, pero era discreto. Y lo que es más importante en estos casos, contaba con habitaciones libres. Tras darse una ducha, esparció una raya de polvo blanco sobre la mesilla de noche y la aspiró por la nariz con un billete de mil pesetas enrollado a modo de cánula. Luego se enfundó unos tejanos y una camiseta negra de manga corta y salió a la calle a almorzar. No era la primera vez que pisaba esa ciudad, aunque entonces no existían ni la mitad de aquellos grandes edificios que se elevaban ahora sobre lo que habían sido terrenos asolados; ni siquiera recordaba algunas de las calles asfaltadas.
Recorrió la avenida de los Almendros hasta la confluencia con la calle del Ángel, donde el parque del mismo nombre anunciaba con sus palmeras el comienzo de la playa de Poniente, y entró en un bar de enfrente para dar cuenta de un plato combinado y un café. Un gran número de forasteros paseaban por la concurrida travesía, sin prisa, dándole a la ciudad una categoría cosmopolita de la que pocas localidades españolas podían presumir.
Saboreó su café, con la vista puesta en las palmeras del parque y en la arena que se extendía a lo largo de kilómetros cediendo terreno al mar. En el 65, recordó, aquello era poco más que un pueblo de pescadores, abierto al turismo, pero aún celoso de su cara más profunda, la cual mantenía oculta. Sus padres lo habían elegido como lugar de vacaciones el verano que él cumplía trece años, y ahora regresaban imágenes a su memoria como si hubiera sucedido ayer; imágenes de su familia, de los momentos de felicidad compartida que, sin poderlo prever, serían los últimos. E, inevitablemente, de su padre.
Pedro Selman había sido un hombre íntegro, un trabajador humilde que se ganaba el pan en la construcción. Como él decía, «pobre, pero honrado». Tras el nacimiento de sus hijos, su principal objetivo se centró en lograr que superaran su condición social, y luchaba cada día por ello. Sin embargo, todos sus esfuerzos se fueron al traste cuando un accidente en una obra, un mes después de aquel verano, segó su vida. A partir de ese momento, Pedro Selman pasó de ser el padre de Héctor a ser el ejemplo fehaciente de lo inverosímil que es la existencia. Los valores que había tratado de inculcarle al ahora detective se desmoronaron y fueron enterrados en el ataúd de Pedro Selman. A cambio, llegó la anarquía, la ausencia de propósitos, la apatía por el futuro.
De su padre, Héctor mantuvo la afición por el boxeo. Y pasó de ser un simple espectador a un practicante devoto. Cada golpe que soltaba a un saco o a un contrincante era un golpe que le soltaba al rostro de la vida. Su obsesión por machacarla llegó a tal punto que logró una técnica envidiable en el deporte, digna de un profesional. A veces se dejaba vapulear; sentía también cierto desahogo en los golpes que recibía. Incluso llegaba a bajar la guardia esperando que uno de ellos lo reuniera de una vez con su padre y lo apartara de esta estúpida e inexplicable existencia. Pero aquel golpe certero nunca llegó. Y el dolor interior creció aún más, consumiéndolo, devorándolo como un animal salvaje.
Después llegaron las drogas. Primero sedujeron a su hermano, y, por este, a él. Al principio, le sirvieron para paliar el dolor de los puñetazos que no llegaban a rematarlo. Más adelante, simplemente para paliar el dolor. Su padre no habría estado orgulloso de ellos de haberlo visto. Pero eso no importaba. Ya no estaba para verlo. Pedro Selman había perdido su puesto en este mundo. Su lugar en el corazón de su esposa había sido sustituido cuatro años después por un taxista impresentable, alcohólico, que la había encandilado con su fajo de billetes y su afición por el juego. Héctor Selman nunca entendió si en lo que encontró consuelo su madre fue en el interior de los pantalones del taxista, en el alcohol que compartían o en el calor de las palizas con las que «la ponía en su sitio».
A los dieciocho años, el único amparo lo encontraba Héctor en la droga y en los combates. Se sentía abandonado en medio de un mundo que no entendía y que tampoco lo entendía a él. Quizá la única persona que se había esforzado por acercarse y tratar de enderezar sus vidas había sido el hermano de su padre, un policía que veía cómo la familia se iba a pique sin remisión. Pero ellos no se dejaron ayudar. ¿Qué iba a saber de su dolor un hombre que lo único que había perdido era un hermano con el que hacía años que no se hablaba? ¿Un tipo feliz, con mujer e hijos, que trataba de convencerlos de que había motivos maravillosos para vivir esta mísera vida? Su discurso no era más que humo. Una excusa para proteger su propia conciencia, como familiar más cercano, a la vista del desastre al que se precipitaban sus sobrinos y su cuñada. Así que decidieron mandarlo a la mierda.
Aquella desacertada decisión tuvo sus consecuencias dos años más tarde. La desgracia volvía a llamar a la puerta: su hermano perdía la vida por una sobredosis en Las Barranquillas. Héctor presenció el entierro, y también su futuro inmediato. Y decidió que no podía ser víctima del mismo verdugo cuando su tío volvió a ofrecerle ayuda: un futuro en el Cuerpo de Policía.
El local estaba lleno cuando terminó de apurar la taza. Incluso las mesas exteriores se habían ocupado sin que él hubiera sido consciente. Las cabezas de los turistas en bañador se interponían entre el cristal y las vistas que antes contemplaba. Cuando salió a la calle y remontó la avenida camino del hotel, aún conservaba la resaca del recuerdo: los años en la academia, sus primeros pasos como patrullero… Su tío se mostraba orgulloso de él, y él sentía que había vuelto a nacer. Se había independizado, vivía de alquiler en un piso en Manuel Becerra y estudiaba en sus horas libres para promocionar en el Cuerpo. Esos fueron años mejores, los años de remontada.
Al llegar a la habitación, tomó un par de relajantes musculares para calmar la tensión que, desde algunas zonas de su cuerpo, enviaba señales de dolor a su cabeza. Después se desvistió y se tumbó sobre el colchón a releer la revista Cimoc que había comprado en Madrid hasta que las pastillas empezaron a hacer efecto. Lo ayudaron a dormir unas horas.
Desde el Cerro de Levante, el ocaso sobre el mar se dibujaba en los cristales ahumados de sus gafas. El horizonte anaranjado reverberaba ante el último aliento del sol y su luz recortaba los elevados edificios trazados conforme a la media luna de la playa. El detective había detenido su Opel Manta negro en la ascendente curva de la calle Pekín, coronada por un edificio solitario encarado al Mediterráneo. Fuera del coche, se había tomado su tiempo para disfrutar de aquel cuadro, y del silencio que se respiraba en aquella zona extrema de Puertomar, donde apenas una decena de chalets se repartían por la única calle de doble sentido que serpenteaba por la minúscula colina.
Al ahogarse el sol, el detective abrió la guantera y sacó una linterna. De vez en cuando pasaba algún coche por delante, descendiendo la cuesta, con turistas que regresaban de fotografiar aquellas puestas inolvidables. Pero no le preocupaba. Conseguiría entrar en la vivienda sin que nadie reparase en él. La construcción contaba con dos plantas y buhardilla. En la parte posterior, un magnífico porche hacía las veces de mirador de lujo con acceso al salón por una corredera acristalada. Selman encendió la linterna para comprobar, a través de ella, que no hubiera nadie dentro. Luego reventó el vidrio de la puerta con una piedra y accedió al interior.
Sorprendentemente, se encontró una estancia desnuda. Alguna vez habría hecho las funciones de salón, por su tamaño, pero ya no había muebles. Las paredes estaban vacías; del techo colgaba un cable que en otro tiempo habría alimentado de luz a una lámpara, y el suelo, de láminas de madera, crujía al paso de las suelas del detective como las quejas de un ser que se reanima tras un eterno letargo. Además, olía a cerrado, a aire estancado. Si la casa pertenecía a la hermana de Delucchi, esta no parecía interesada en habitarla.
El haz iluminó por sectores cada metro de aquel recinto hasta detenerse en la puerta que lo conectaba con la siguiente fase de la vivienda. Cuando la traspasó, se encontró con un distribuidor que albergaba otras tres puertas, todas ellas cerradas, y unas escaleras al fondo. Selman desenfundó el revólver que escondía en la parte trasera de su cinto y acompañó con él el recorrido de la linterna al empujar la primera puerta: otra estancia desolada. Era difícil creer que Mauro Delucchi hubiera pasado los últimos años allí, alejándose puntualmente de su mujer. «¿Cómo es posible que un hombre de su estatus no contara con ciertas comodidades?», se preguntó mientras se dirigía a la siguiente puerta. Quizá Rebecca hubiese vaciado la vivienda tras el entierro. Pero… ¿hasta el punto de descolgar las lámparas? «No», confirmó en su mente entrando a otra alcoba solitaria. La casa no estaba simplemente vacía. Estaba abandonada. Y abandonada desde hacía mucho tiempo…
La última puerta protegía la cocina. El lavadero estaba oxidado, y la grasa se había acumulado en los muebles y en las paredes. La humedad y los cambios de temperatura habían deformado los cercos de madera de las ventanas, y el olor allí no era agradable. Así que los presentimientos de Irene Arnaiz sobre el paradero de su esposo en sus habituales salidas no parecían cobrar mucho peso, a juzgar por lo que Selman estaba viendo. En cuanto a suicidarse allí, todo podía ser. Pero, para llevarlo a cabo, aquel hombre no habría pasado entre esas paredes ni una hora.
Mauro Delucchi se había colgado del cuello en un dormitorio de la planta superior. Eso rezaba el informe que su clienta le había facilitado, que, a su vez, le había proporcionado algún contacto en la policía. Y Selman decidió ver si en el piso de arriba se escondía algo que pudiera servirle en su investigación. Fuera, el cielo se apagaba fugazmente, y en el interior solo las luces de las farolas de la calle Pekín suavizaban la oscuridad del recibidor. Los primeros escalones iniciaban el camino de ascenso de un solo tramo que, sin embargo, se iba tornando lóbrego como una cueva.
El haz de la linterna estalló contra el resto de la escalera.
Al llegar arriba descubrió que la planta alta contaba con otro distribuidor donde se abrían dos puertas a cada lado. La más cercana dejaba a la vista un baño. La siguiente servía de entrada a una sala de estar. O quizá hubiera sido un dormitorio. Había un tresillo pegado a una de las paredes, cubierto con una manta. En el tabique contrario, una librería vacía y solitaria. Selman movió la linterna en busca de algo más, pero no lo halló. Como en el resto de estancias, no había lámpara, aunque una bombilla colgaba del cable del techo.
Enfrente, la primera alcoba hacía funciones de trastero para un mobiliario de terraza, olvidado y sucio. A pesar de que la temperatura afuera era agradable, Selman sintió frío en aquella parte de la casa. Por fin, el último cuarto se desveló ante sus ojos al fondo del pasillo como la esperanza de un moribundo. Pero cualquier atisbo de triunfo se desmoronó al cruzar su umbral: lo más relevante era una viga de madera que, de pared a pared, cruzaba horizontalmente la habitación al fondo de esta. No hubiese tenido nada de particular, sin embargo, de no ser por el macabro detalle que aún colgaba de ella, y que Selman no supo determinar si se debía a un olvido, a un despiste o a una broma de mal gusto. Según el informe, Mauro Delucchi había sido hallado precisamente allí, con el cuello fracturado y pendiendo de la soga cual guiñapo.
El detective guardó el revólver.
«¿Y ahora?», se preguntó para sí mientras el haz de su linterna seguía empecinado en la sórdida cuerda. Ahora solo quedaba salir de allí, llamar a Irene Arnaiz y contarle lo mucho que se había equivocado. O mejor esperar unos días; disfrutar del sol, de la playa, y después inventar alguna excusa. ¿Qué importaban ya unos días más o menos, si de cualquier forma Delucchi estaba muerto?
Inconscientemente, dirigió sus pasos hacia la soga como movido por una fuerza ajena. Algo no racional llamaba su atención en ella. En la forma de colgar, quizá. O en una pieza que no encajaba en el conjunto y que no supo apreciar hasta que se detuvo justo debajo. Solo desde ahí, al iluminar la zona del techo comprendida entre la viga y la pared, se descubría la trampilla de acceso a la buhardilla.
Al tirar de la argolla, unas escaleras se desplegaron hasta el suelo. Lo que hubiera allí arriba permanecía engullido por la negrura más absoluta; y, por primera vez, Selman se estremeció. El silencio y el frío tampoco ayudaban. Subió los cinco escalones y el desván se desveló a la luz amarilla de la linterna como un almacén de muebles enfundados en sábanas; fantasmas de una época enterrada que el investigador se apresuró a identificar. Había armarios, cómodas, burós, mesillas de noche… buena parte del mobiliario que faltaba en el resto de la casa. Pero lo que contenían, a su vez, los interiores de estos, no eran más que objetos sin valor que quizá nadie recordara. El detective los revisó a conciencia, en busca de cualquier prueba que pudiera servirle para no salir con las manos vacías. Hasta que, con fortuna y tesón, se topó con la caja de Pandora.
Se trataba de un armario antiguo de tres cuerpos. Un vistazo le sirvió para apreciar que las puertas inferiores se encontraban ligeramente abiertas, quizá debido a que el paso del tiempo no las permitía encajar bien. Se acuclilló frente a ellas y terminó de abrir el lateral izquierdo. En su interior halló pilas de papeles desusados, casi todos amarilleados por los años. Tomó algunos y sus dedos se impregnaron de polvo. Había documentación de la firma Nettuno, redactada en italiano; contratos, informes y fichas de contabilidad de la década de los setenta. Quizá más antiguos. También halló cartas, permisos, órdenes de compra… Selman se preguntó si entre aquel maremagno de información Irene Arnaiz encontraría algo que le valiese la pena. Por un momento albergó la tentación de llevárselo, pero pronto recordó que lo que a ella le interesaba no tenía nada que ver con la empresa.
La doble puerta central chirrió al tirar del embellecedor deslustrado que bordeaba una cerradura inútil. Abierta de par en par, el haz descubrió una caja alargada contra el fondo del armario. Estaba embalada con un plástico transparente y parecía desubicada con referencia al tiempo que aquel lugar llevaba abandonado. El cartón, limpio y en perfecto estado, delataba que hacía poco que lo habían dejado allí.
El detective la rescató. No era pesada. Se sirvió de las llaves de su coche para rasgar el plástico y, meticulosamente, extendió su contenido sobre el suelo: una chaqueta de mujer color claro, un vestido corto de terciopelo, unas medias oscuras, conjunto interior compuesto por bragas, sujetador y liguero y unos zapatos de tacón grueso, de piel, a juego con el vestido. La ropa tenía un lejano aroma a perfume mezclado con un tufo ácido, penetrante.
La potente luz le desveló algo más. La piel de los zapatos, al igual que el terciopelo del vestido, tenía manchas. Manchas oscuras, como las que deja la salpicadura de un líquido. Las medias contaban con múltiples carreras e incluso agujeros; estaban sucias de polvo o tierra. El sostén no tenía enganche, había sido arrancado, y la tira de las bragas también estaba cortada. Nada de aquello le dio buena espina. Había visto sangre muchas veces en su vida. Sangre estampada sobre tejidos. Y lo que había sobre aquella ropa tenía toda la pinta de serlo.
En el interior de la caja quedaban otros objetos: un reloj de pulsera plateado, varios anillos, un set de maquillaje de bolso y un manojo de llaves. Por último, un monedero de piel que no contenía más que algunas monedas y un billete de mil pesetas. Pero había un documento nacional de identidad. Pertenecía a una joven nacida en 1966. Natural de Burjassot, Valencia. De nombre, Eva Gonzalvo Sirvent.
Tenía que llevarse aquello y hablar con Germán, decidió. Fuera, el murmullo del Mediterráneo rompiendo contra las rocas lo invitaba a abandonar aquel refugio lúgubre cargado de malas sensaciones. Pero antes de hacerlo pensaba concluir su inspección.
Aún quedaba una tercera puerta por explorar, que permanecía cerrada. El detective probó a dar varios empellones del tirador, por si cedía, pero no tuvo suerte. Al cabo, decidió que lo mejor sería recurrir a técnicas de guante blanco. Se hizo con dos clips de los documentos, los preparó y los introdujo en la pequeña cerradura. Tras varios intentos, la puerta se desencajó.
En su interior se amontonaban álbumes de fotos, apilados unos sobre otros. Selman se entretuvo, rodilla al suelo, hojeándolos uno por uno. Muchos de ellos contenían fotos de familia, en blanco y negro. La familia Delucchi, supuso, en Italia. A medida que iba pasando páginas intuía las relaciones entre distintos miembros; quién era quién. El padre, diseñador, posaba frente a la fachada de su empresa, allá por los años veinte. Después aparecía con su esposa en unas fotos de boda. Unos años más mayor, se le veía sosteniendo a su primogénita, Rebecca. Y por fin, Mauro. Eran los años treinta, por lo que rezaban las etiquetas pegadas en el plástico, bajo cada instantánea. Rebecca le debía de llevar un par de años a su hermano. Vestida como una princesa, la niña posaba en el jardín de una mansión, a veces sola, a veces con el niño.
En uno de los últimos álbumes, Selman volvió a descubrir a Mauro Delucchi con diez u once años. Era un crío pelirrojo, de rostro delgado y facciones duras. Posaba solitario en un jardín. Aquella imagen le hizo reparar en un extraño detalle: no había fotos de los hermanos desde que estos contaban con cinco o seis años.
De todos los libros, uno se diferenciaba del resto. Sus pastas parecían modernas. El detective lo rescató cuando su mente comenzaba a perder la esperanza de descubrir algo interesante entre aquel material. Las instantáneas reflejaban la celebración cristiana de una boda. La boda de Mauro Delucchi con Irene Arnaiz. Delucchi era el mismo niño que había descubierto anteriormente con diez años: quizá treinta años mayor, poco pelo rojizo, rostro demacrado pero sonriente. Era un hombre muy delgado, fibroso, y no parecía demasiado alto. Las fotos oficiales, en blanco y negro, se alternaban con otras en color. Selman seleccionó una de ellas, la sacó del interior de la hoja de plástico y la sostuvo entre sus manos. Mauro Delucchi posaba junto a Irene Arnaiz en un plano de medio cuerpo. Ambos sonreían a cámara con el brillo que confiere un día tan especial. Todo resultaba perfecto.
Todo, salvo que Irene Arnaiz no era la misma mujer que había contratado sus servicios.