Capítulo 21

El único amor de mi vida

 

Martina sigue y sigue aportando detalles y yo, la verdad, es que me estaría toda la vida escuchando acerca de la honestidad de sus intenciones o de lo mucho que yo significo para Saul. Me cuenta tantas cosas de él que pierdo la noción del tiempo.

Es agradable conocerlo a través de los ojos de alguien que lo quiere tanto. Y, aunque es cierto que una punzada de celos me recorre por dentro al pensar en lo que pudo haber entre ellos en su momento, la noticia sobre su próxima maternidad me termina por convencer de que ella ya tiene al hombre que ama a su lado y que no busca en Saul nada para sí.

Es cierto que estos días están siendo sumamente emotivos, cargados con muchísimos momentos sensibles, muchas confesiones, muchas verdades desnudadas delante de mí (por fin), pero ninguno ha sido como este, porque hoy, aquí, ahora mismo, he sido consciente de que, por mucho que yo siempre haya visto mentiras, juegos, traición o falta de amor, a quienes me han ayudado, a mi alrededor, siempre les ha movido el amor o mi bienestar.

Me siento como una estúpida por haber desconfiado, por haber apartado a gente honesta y buena solo por mi estúpida coraza protectora. La confianza que anida en mí aún es frágil, pero debo aprender a ser más paciente y a escuchar a mi corazón. Esa es la gran enseñanza que me llevo de lo que mi padre, Saskya, Martina, Miriam y Saul han hecho por mí.

Tan absorta estoy en mi conversación con Martina que no me doy cuenta de que el tiempo pasa inexorable, y de que los minutos pasan, impasibles, envueltos en la calidez de una conversación agradable. Cuando despierto de mi estupor, miro el reloj que preside mi sala y casi se me sale el corazón del pecho.

¡Dios míos, si apenas faltan veinticinco minutos para la medianoche!

Como si tuviera un resorte debajo de mi trasero, salto de pronto asustando a la pobre Martina, que no sabe nada ni de la boda ni de mi papel como padrina. Si llego tarde, Marcel me matará, eso sí que es seguro.

―¿En qué puedo ayudarte? ―me pregunta ella cuando me ve tan apurada.

―Llego tarde a una boda, en el corazón de Central Park. ¡Necesito un taxi ahora mismo! ―casi grito por culpa de los nervios y la expectación, mientras me vuelvo loca buscando mi bufanda que, tonta de mí, está en mi mano desde hace dos minutos.

Ella me detiene, intenta calmarme con una mirada tranquila, y saca su móvil del bolsillo de su abrigo. Marca un número y llama en menos de veinte segundos.

―Marie, necesito que vengas a recogerme ahora mismo. Sí, con urgencia, es importante.

Cuelga y me urge a que me termine de poner el abrigo y todos mis complementos invernales.

―Los vas a necesitar. ―Es lo único que añade, en plan mujer misteriosa.

En menos que canta un gallo, bajamos las escaleras del edificio y nos plantamos en la puerta de casa. Siento la necesidad vital de silbar a los pocos taxis que pasan por Bleecker Street a estas horas, pero Martina me detiene, sin soltar prenda de por qué no me deja subirme a uno y largarme como alma que lleva el diablo.

De pronto, salida de la nada, aparece una moto. Una ruidosa moto negra, de esas que llevan los amantes de las motos para presumir, de esas de manillares metálicos relucientes y de aspecto muy caro y cuidado. Se para frente a nosotras y el motorista se levanta la solapa del casco que protege sus ojos.

―Marie estaba en casa de unos amigos, aquí al lado. Él te llevará, con la moto estaréis allí en menos de diez minutos ―explica Martina, mientras yo miro atontada la moto de su novio y trato de asimilar sus palabras… Espera ¡¿QUÉ?!

Se acerca a su chico y le pone en antecedentes de la situación. Yo aprovecho esos segundos, completamente alucinada, para mirar a ver si pasa algún taxi libre, y así escabullirme del descabellado plan de Martina. Está bien que siga pensando en ayudarme a la mínima ocasión, pero esto ya me parece una locura.

―Martina… yo creo que en un taxi lograría llegar si lo convenzo para que se salte los semáforos y vaya a una velocidad claramente ilegal.

―No discutas. Ponte el casco que llegarás tarde.

Y yo, naturalmente, me coloco el casco que ella me ha tendido. Jamás imaginé que a esta boda secreta e improvisada se le podía sumar un grado más de locura, algo así como llegar a la carrera, en moto y abrazada al novio de la chica que me ha arreglado la vida. Ver para creer.

Sin ánimo para ofrecer más resistencia y viendo que el tiempo verdaderamente se me echa encima, le doy las gracias a Martina con un abrazo intenso y, olvidándome del maldito frío de esta noche de mediados de marzo, me subo a lomos de la moto de Marie y rezo todo lo que sé para llegar a tiempo.

Recorremos las calles de Manhattan a una velocidad de vértigo en dirección norte, mientras el tráfico, a nuestro alrededor, discurre mucho más lentamente. En un santiamén, estamos al lado de la puerta de la 59 con la Quinta Avenida, la más cercana al Wollman Rink, donde la boda no tardará en comenzar.

Durante todo el trayecto voy sujeta a la cintura de Marie, que trata de animarme por el intercomunicador de los cascos, asegurándome que ha hecho un recorrido similar en menos de siete minutos. Nos saltamos varios semáforos, de eso estoy segura, y creo que estamos a punto de comernos un camión de reparto antes de que me deje, sana y salva, justo donde le he pedido.

Con el corazón en la boca, me despido de mi chófer fugaz y corro como alma que lleva el diablo por el camino directo a la pista de hielo, un camino que me sé de memoria y que podría recorrer hasta con los ojos cerrados. No tardo mucho y, mientras me acerco, veo con asombro que una de las puertas del Rink está abierta, y las luces de la parte derecha de la pista, encendidas. Es bastante inusual para la hora que es, un día de diario. Me acerco poco a poco y veo a Marcel y a la persona que, asumo, oficiará la ceremonia.

En mi reloj apenas faltan unos minutos para la medianoche. He llegado a tiempo y me apunto en la memoria otra razón más para agradecerle a Martina todas las cosas que ha hecho por mí en las últimas semanas.

Entro en el Wollman y me acerco a Marcel, vestido con un traje negro sin corbata ni chaleco, aguantando el frío de al menos tres o cuatro grados bajo cero con determinación, y con los patines en sus pies. Yo miro los míos, calzados de forma convencional, y me reprocho no haber pensado en que este novio tan echado para adelante, era hasta capaz de hacer que la pista estuviera abierta para él a estas horas.

―Siento llegar tarde ―me disculpo atropelladamente―. Y sin patines.

Él me sonríe y me señala un punto a mi espalda, como si eso lo explicara todo. Me giro lentamente y mi corazón salta en el pecho, absolutamente perplejo por lo que mis ojos están viendo.

A solo unos pasos de mí, Saul me mira con una sonrisa jovial y dulce, y sostiene mis patines, mientras señala los suyos en sus pies.

―Esperar nunca se me dio bien del todo... Soy un hombre de acción ―dice acercándose a mí, haciendo que mi respiración se desacompase y mis latidos se disparen de un modo estratosférico.

Está tan guapo, tan sexi, tan dispuesto para que yo me lo quede… es tan Saul en estos momentos, tan seguro de sí mismo y tan atento, que tengo que reprimir las ganas de salir disparada hacia sus brazos. Antes, me digo con cautela, tiene que parecer que las ganas no me están matando por dentro.

―¿Qué haces aquí? ―acierto a susurrar, consciente de que aún no he terminado de asimilar que esto sea real.

―He venido a cumplir el sueño de dos enamorados ―dice mirando a Marcel con complicidad―. Y a recuperar al único amor de mi vida.

Lo dice clavándome sus pupilas azules, tan cálidas ahora mismo que podrían derretir la pista entera a nuestro alrededor. Y yo me deshago por dentro, derretida también, porque es imposible que me mantenga inmune a sus encantos y a lo que acaba de decirme. El único amor de mi vida… ¿Acaso hay palabras más hermosas que esas en el mundo entero?

Doy un paso hacia él, despacio, como a cámara lenta, y él lo da hacia mí. Otro más y podré hasta tocarlo, con todo lo que eso implica. Estoy muerta de miedo y, a la vez, eufórica como si hubiera completado una maratón. La sangre llega a mis venas con una fuerza inusitada, bombeada por un corazón henchido de júbilo y expectativa.

Alargo una mano, él da el paso que nos separa y la toma con la mayor dulzura. Se la lleva a la mejilla y sonríe más ampliamente. Siento que ese gesto me ha devuelto una confianza que creía perdida, y me relajo por dentro, sabiendo que ambos estamos justo donde se supone que debemos estar.

―¿Es cosa tuya que la pista esté abierta a estas horas? ―le pregunto, aunque me puedo imaginar su respuesta.

―Claro, Princesa. Es mi regalo de bodas.

Y sonríe como si este regalo fuera simplemente una ensaladera de cristal de Bohemia y no la posibilidad de celebrar el enlace soñado de dos críos que creen en el amor puro. Me emociono por Marcel y Stella y descubro que Saul J. Coleman Junior siempre puede sorprenderme, por más que me diga lo contrario.

―Póntelos ―me pide, alargándome mis patines que, no sé cómo, han llegado a sus manos―. Saskya me abrió hoy la puerta de tu casa cuando estabas en clase. ―Es toda la explicación que necesita dar. La única que le voy a pedir.

Me acompaña a las gradas, cogido de mi mano, y siento que no me puedo conformar solo con eso. El simple roce de su mano ha conseguido despertar en mí algo que había puesto de nuevo a dormir tras la abrupta despedida del domingo, y me estremezco de placer al pensar que no tengo por qué volver a acallarlo. Es hermoso sentirse al borde de una emoción grande, enorme, a punto de desbordarse.

Mis dedos tiemblan mientras me ato los cordones de mis patines bajo su atenta mirada. Tardo más de la cuenta, pero cuando estoy lista, me da la mano de nuevo y me ayuda a entrar en la pista. Patinar a su lado es como recorrer un sendero conocido y seguro, como estar de vuelta a casa. Un calor inusitado se instala en mi pecho y una sonrisa amplia y jovial se dibuja en mi cara. Creo que, por su potencia y luminosidad, sería capaz de proporcionar energía a un pueblo pequeño.

―¿Ayudamos a casarse a esos dos polluelos? ―propone, cómplice, y me dirige hacia donde está Marcel esperando.

Por más que me muera de ganas de quedarme en un rincón, donde solo existamos Saul y yo, este momento no nos pertenece del todo, así que no pongo reparos a acercarnos al nervioso novio, que es todo sonrisas y temblores.

―Diana, este es Luka Corbin y esta noche va a casarme con la chica más preciosa de todo el universo. Está todo preparado, así que toma ―dice mi amigo entregándome una cajita con los anillos y su móvil―. En algún lugar de ese cacharro infernal hay un archivo de audio con el nombre de Stella, es la música esa con la que ella quería caminar al altar. Cuando tu novio comience a acercarse con mi novia, dale a play.

Le dirige a Saul un gesto con la cabeza y este le sonríe abiertamente. A continuación, me da un beso en la frente y se va tras las gradas. Nos quedamos solos Marcel, Luka y yo. Mis ojos siguen a Saul mientras se aleja, hipnotizada del todo. Marcel me da un golpe en el hombro para sacarme de mi estado comatoso y urgirme a buscar la canción que quiere que haga sonar para abrir la ceremonia.

No tardo en localizarla y, cuando veo que algo se mueve en la dirección en la que Saul se perdió tras las gradas, le doy al reproductor para que la ceremonia comience. Miro en torno a mí, esperando que mi regalo aparezca por alguna parte, pero no logro ver ninguna señal en todo lo que abarco con la vista. Estoy nerviosa, mucho, porque quiero que esto, aunque sencillo y humilde, salga bien y sea el cuento de hadas que Marcel se merece.

Con los primeros acordes del Canon de Pachelbel, que desde el teléfono móvil dudo que llegue a oídos de Saul y Stella, veo cómo ellos dos ya caminan hacia nosotros. Le aprieto la mano a Marcel y mantengo fijos mis ojos en los de Saul. Y así, en medio de la pista de hielo, bajo un frío glaciar, y rodeada de gente que solo tiene en mente cumplir un sueño, la música del móvil se muere, engullida por los acordes suaves y perfectos de un violín, uno de verdad y no el enlatado que se escucha a través del altavoz de un teléfono cualquiera.

Todos miramos a lo alto de una de las gradas, a nuestra espalda, donde Miriam interpreta el Canon con una maestría y una sensibilidad que a todos nos corta la respiración. Mi regalo ha llegado a tiempo, justo en el momento preciso, para ayudar a Stella a recorrer el camino que la unirá, para siempre, al hombre que ama. Su cara lo dice todo, y la de Marcel, encendida y enamorada, no le quita ojo de encima. Apenas me mira un segundo a mí, para darme las gracias. Luego, solo existen él, Stella, la pista y la música.

No puedo evitar estremecerme cuando las notas del violín me tocan algo muy profundo y la mirada de Saul, hipnótica y preciosa, no se separa de la mía. Y me siento como la novia que está en el altar, la afortunada que le espera para llevárselo para siempre, para amarlo, respetarlo y serle fiel. En lo bueno y en lo malo. En la salud y en la enfermedad. Todos los días de nuestra vida hasta que la muerte nos separe.

Cuando Stella y Saul están junto a nosotros, y las notas del Canon mueren lentamente, Marcel toma a su novia de la mano, y Saul toma la mía, un paso por detrás de ellos. Su mano y la mía, juntas, estrechando aún más el lazo. Él me acaricia con sus dedos, y yo siento un hormigueo de placer y satisfacción, tanto que sé que ahora mismo debo de tener una cara de tonta espectacular.

La ceremonia comienza y el oficiante les anima a declarar sus votos. Han decidido que sea lo más sencillo posible, pero ambos han estado de acuerdo en decirse unas palabras a modo de votos matrimoniales, algo que los termine de atar el uno al otro.

―Stella, amor mío ―comienza Marcel―. Cuando te miro aún me cuesta creer que hayas depositado en mí tu amor. No me creo que me quieras porque eres un ángel, tan lejos del alcance de cualquiera… pero me has elegido y eso me convierte en el ser más afortunado sobre la faz de la Tierra. Para compensar ese amor que me das, prometo devolvértelo multiplicado por diez, por mil, por infinito. Prometo no decepcionarte. Prometo estar a la altura de lo que te mereces. Y no me importa que seamos el uno del otro en secreto. Somos el uno del otro. Eso me basta. Eso ya me hace completa y genuinamente feliz. Te quiero.

Me emociona el mensaje que Marcel le ha entregado con sus palabras a Stella y se me escapa una lágrima que a Saul no le pasa desapercibida. Con su dedo, la recoge y me la limpia. Me sonríe y me aprieta más fuerte la mano por la que estamos unidos. Ese mensaje también logra emocionarme.

―Marcel. ―Es el turno de Stella― El día en que te conocí estaba perdida. Había perdido mis sueños, mi futuro, mi camino… llevaba perdida muchos meses, hasta que tú apareciste y lo iluminaste todo como si fueras una estrella en una noche oscura. Sin apenas conocerte, ya sabía que el destino te había puesto a mi lado para ayudarme, guiarme y protegerme de todo lo que está por venir. Y yo, amándote como te amo, juro que haré lo posible por ayudarte, guiarte y protegerte a ti, mientras te amo con todo mi corazón. Sea secreta o no esta boda, te prometo que mi amor siempre será lo primero para mí.

Ambos se miran con adoración y Luka, el oficiante de esta boda, tarda unos segundos en continuar y rematar su cometido en la ceremonia.

―¿Tenéis los anillos?

Al oír su reclamación, suelto la mano de Saul y le entrego la cajita de terciopelo negra a Marcel, la misma que él me ha dado hace apenas unos minutos. Él la toma, la abre y le entrega uno a Stella. Él coge el restante y se lo enseña. Es un cristal de hielo precioso, un diamante pequeño pero conseguido con el esfuerzo de muchas horas de trabajo y un significado especial para ellos.

―Con este anillo me entrego a ti desde este día hasta el último ―recita mientras desliza la alianza entre los largos dedos de su novia. El contraste de sus manos entrelazadas de ese modo, las de ella blancas como la nieve, las de él oscuras como el chocolate, hace creer que en el amor todo es posible y, de nuevo, como una abuela vieja y sentimental, vuelvo a emocionarme. Qué estúpido me parece ahora el padre de Stella por no pensar en que esto es hermoso y no tiene absolutamente nada más que belleza en sí. Qué malos son los prejuicios y la estrechez de miras.

―Con este anillo me entrego a ti desde este día hasta el último ―repite Stella, haciendo lo propio con la alianza que coloca en el dedo anular del que pronto será su esposo.

Hay magia a nuestro alrededor, como un manto protector cubriéndolo todo. Huele diferente y todo, y creo que hasta ha subido un grado o dos esta temperatura antártica a la que Manhattan nos tiene acostumbrados en invierno.

―Por el poder que me confiere el estado de Nueva York, yo os declaro marido y mujer ―sentencia el señor Corbin y los dos, sin acabar de creérselo, tardan un segundo más de la cuenta en acercarse y darse su primer beso de casados. Un beso intenso y desafiante, para dejar claro que lo han hecho, que han decidido unirse pese a que haya gente que no lo entienda o acepte.

Les felicitamos efusivamente cuando se separan y les envidio, por haber hecho realidad un sueño con tanta humildad y de forma tan hermosa.

―Muchas felicidades, chicos ―les digo a ambos, cogiendo una mano de cada uno―. Cuidaos mucho el uno al otro. Y quereos pese a todo, pese a la vida, que esa siempre pasa factura. Recordad siempre lo especiales que sois.

Los beso a ambos y me separo para que se despidan del oficiante de la ceremonia. Después de eso, nos anuncian que se van a tomar unas copas para celebrarlo por todo lo alto, a las que estamos más que invitados.

Pero ninguno de los dos quiere ir. La celebración les corresponde a ellos y, a nosotros, recogernos y sentirnos especiales por haber compartido con ellos este momento tan hermoso. Tal vez, también nos toque decirnos alguna cosa, confesar, asumir, perdonar… tal vez nos toque abrirnos en canal y dejarnos la piel y el corazón por aquello que anhelamos.

―¿Patinamos un rato? ―ofrece Saul cuando Marcel y Stella se han ido. Nos hemos quedado solos; Miriam se despidió de lejos, con un gesto de la mano, y el oficiante de la boda se fue poco después del “Sí, quiero”―. Seguro que nunca has tenido la pista para ti sola.

Sonrío, es verdad. Nunca, probablemente la pista de patinaje más famosa y utilizada del mundo, ha estado a mi entera disposición. Sería de locos desaprovechar la ocasión. De patinar y de pasar ese momento especial en su compañía.

Me acerco a las gradas y me quito el abrigo, dejando al aire mi vestido amarillo. Mi vestido especial.

―Y aquí está, señoras y señores, la Princesa de Central Park ―bromea él con una sonrisa brillante en los labios, que incluso hace refulgir sus ojos. Me siento verdaderamente una princesa, a punto de caer en los brazos de su príncipe azul.

Me tiende la mano y la cojo. Comenzamos a movernos alrededor del eje exterior de la pista, primero despacio, luego cogiendo más velocidad. El silencio se instala entre nosotros en un primer instante, así que me siento en el deber de romperlo, ya que la que tiene que admitir cosas soy yo, que fui quien le echó de mi lado.

―He hablado con Martina ―admito cautelosa.

Él no dice nada. Espera. Sabe que tengo que ser yo quien lo diga, quien lo saque de dentro. Quien diga lo que debe ser dicho en voz alta. Pero me cuesta, admito que me cuesta. Yo nunca he tenido que hacer esto antes. Ni decir cosas ni ponerme a escucharlas, y creo que necesito ayuda.

―Martina… ―balbuceo― Ella… bueno…

―¿Estás tratando de decirme que ya sabes toda la historia? ―dice divertido―. ¡Qué alivio!

Me gusta verlo desenfadado, sin ningún peso sobre los hombros, sin que nada se interponga entre ambos. Ni mi pasado oscuro ni el plan de Martina para salvarnos a los dos. Es tan liviano y falto de tensión el ambiente entre los dos, que creo que nunca me había sentido tan a gusto en compañía de otra persona. Siento que, ahora sí, somos ambos transparentes el uno delante del otro y no hay sensación de intimidad en el mundo que pueda superar esto.

―Estoy tratando de decirte que la entiendo a ella… pero aún me queda entenderte a ti.

―¿Te refieres a por qué no te dije nada? ―Asiento en silencio y él piensa la respuesta durante un segundo―. No me correspondía a mí hacerlo. Por más que me estuviera enamorando de ti, no podía traicionarla a ella. Es mi amiga y no podía hacerle eso. Si te sirve de consuelo, me mataba por dentro ocultarte cosas, y más tras todo lo que me contaste, pero ella dijo que iba a contártelo y debía esperar a que ese momento llegara.

―¿Aunque luego te odiara?

―No concibo que dentro de ti exista un hueco para odiar a nadie ―se apresura a aclarar―. Eres demasiado buena… creo que por eso te quiero.

Me paro en medio de la pista, lo que le obliga a él a hacerlo también. Lo ha dicho como si nada. Como si decir esas palabras en medio de una frase no significara lo mismo que decirlas en solitario, mirando a los ojos de la persona que las recibe. Se coloca frente a mí, con los labios arqueados, sonriente, y los ojos echando chispitas burlonas, como si esperara la pregunta que, por supuesto, tengo que hacerle.

―¿Qué has dicho?

―Que eres demasiado buena.

―No… lo otro.

Y me mira. Me mira sin mover un músculo siquiera y yo me desespero. En mi nariz se posa algo húmedo y frío. Luego en mi mejilla. En los hombros de Saul noto un rastro blanco, cristales de hielo que caen del cielo, que se unen al momento más especial de mi vida.

¡Está nevando! ¡Por fin la primera nevada del año hace su aparición! Y nos pilla así, jugando a ver quién dice antes que quiere al otro, de manera directa, sin juegos, sin secretos, sin rodeos.

Nos sonreímos como críos entusiasmados y miramos a nuestro alrededor, sorprendidos, encantados, felices, afortunados… ¿qué mejor escenario que la pista de patinaje de Central Park para recibir la nevada más esperada de toda la historia?

―¿Lo otro? ―pregunta burlón― Ah, sí…

―¿Sí? ―La impaciencia me corroe por dentro mientras los copos de nieve se hacen más densos y caen con más intensidad.

―Te quiero, Princesa.

Mis músculos se relajan, mi sonrisa se ensancha, mis pulmones desean gritar de alegría y mi corazón se expande tanto que amenaza con salirse del pecho. Y aquí, en medio de la lluvia blanca que Manhattan esperaba con tanta ilusión, encima de mis patines y con las manos aferradas al único hombre capaz de conocerme y quererme sin reservas, decido que yo también lo quiero. Que hace tiempo que no concibo nada sin él y que tengo que ser valiente, saltar al vacío sin red y entregarle mi fe incondicional, porque sé que me protegerá siempre.

―Confío en ti, Saul. Ciegamente.

Sus brazos me aceptan encantados, y en el hueco que forman, comprobamos que encajo perfectamente. Sus labios buscan los míos y dejamos que la nieve enmarque el beso más puro y auténtico de mundo. La princesa ya tiene príncipe y mi corazón, por fin, alguien a quien entregar todo su amor.