Capítulo 4

Yo solo quiero protegerte

 

―No sé qué voy a hacer contigo ―me dice Saskya con una voz lúgubre que me hace darme cuenta de lo enfadada que está conmigo.

Conozco a Saskya de toda la vida y nunca la he visto tan seria, tan lejana. No sé ni cómo responder a su reproche y hacerle ver que nada ha cambiado, que no ir a la Policía no me convierte en alguien diferente a la Diana que era el sábado por la mañana.

Hoy está siendo un día lleno de cosas que me revuelven por dentro, y enfrentarme al desdén de Saskya no es algo que quiera incluir en el orden del día.

Tras pasar por el despacho de Saul Coleman para la entrevista de trabajo más desconcertante de mi vida, y acudir a una clase de Psicología Comunitaria en la que no entendí nada por tener la cabeza dispersa y en un caos absoluto, Saskya me llamó para pasar a buscarla a la agencia y, así, irnos a comer juntas. Sabía que quería seguir insistiendo en lo mismo que ayer, y que eso iba a ser motivo de fricción entre ambas, pero también necesitaba hablar con ella de lo que acababa de pasarle a mi hasta entonces precaria situación laboral, así que no había más remedio que aceptar pasar por el trago de sus reproches y su impaciencia.

―No hagas nada, Saskya ―le digo con un tono cansado―. No tienes que hacer nada conmigo, ya soy mayor, confía en que yo misma sé cómo gestionar esto.

―¡Pero es que en realidad estás demostrando que no sabes hacerlo! ―grita sin poderse contener.

Estamos en tablas en esta partida de ajedrez en la que nos hemos aventurado, y ninguna de las dos tiene ganas de dejar que la otra tome ventaja, así que decido poner punto y final a la conversación cambiando de tema, al más puro estilo “irse por la tangente”.

―Creo que tengo un trabajo nuevo, de los que pagan bien. Demasiado bien.

―¿Crees que tienes? ―me mira desconcertada, tanto por mis noticias como por haberla sacado de la conversación para la que sé que se había preparado a conciencia―. ¿Y cuánto es demasiado bien?

―Mil doscientos a la semana ―suelto sin inmutarme.

El trago de agua que Saskya acaba de beber sale disparado de su boca y casi me da de lleno a mí, y al camarero que nos trae la comida. Estamos en Lombardi's, un restaurante que nos encanta, en Nolita, cerca de la agencia de representación que lleva mi amiga, donde hacen la mejor pizza de Nueva York. Espero que por actos como este no acabemos siendo invitadas a abandonar el local (para siempre) y quedarnos sin este manjar neoyorquino sin el que sé que Saskya no podría vivir.

―¿Mil doscientos? ―susurra casi a gritos, haciendo que el camarero aún se asuste más después de haber recibido el baño a traición―. ¿A LA SEMANA?

Yo asiento en silencio, mientras miro al pobre hombre que nos trae nuestra pizza, y trato de pedirle perdón con la mirada más humilde y agradable que soy capaz de poner.

―Diana, querida, por esa pasta, quien quiera que te la haya ofrecido, se entiende que tendrás que abrirte de piernas ―dice ya recuperada de la primera impresión, con ese tono de madre protectora que hoy parece no querer abandonar.

Ahora soy yo la que casi escupe lo que tengo en la boca. A bruta a esta mujer no la gana ni las cinco Kardashian juntas.

―Te equivocas… ―me apresuro a sacarla de su error (al menos espero que esté asumiendo esto como un error y no tenga que venir corriendo en unos días a llorarle y decirle cuánta razón tenía)―. Creo que es más por lástima o por un sentimiento de culpa.

―Explícate ―me pide sin rodeos mi amiga justo antes de atacar un pedazo enorme de su pizza favorita.

―La oferta viene del hombre que organizó el evento del sábado ―le explico sin dar muchos rodeos―. Creo que se siente culpable porque él fue quien puso allí a Terres. Como si él fuera el responsable de que el chef que llevaba su fiesta fuera un cerdo asqueroso.

―Tiene sentido ―masculla mientras mastica, sin molestarse en tragar del todo su comida―. Pero eso no quita para que no te pida que te bajes las bragas. Tiempo al tiempo.

―Sería muy descortés después de un acto tan vil como el que pretende resarcir, ¿no crees?

―A ver si espabilas de una vez, niña ―vuelve a la carga con el tono paternalista―. Estamos hablando de un tío, ¿no? Y tú eres muy mona, aunque a veces te empeñes en ir hecha un adefesio. Y también eres un poco tonta a veces, no te lo tomes a mal. ―Como si pudiera, suspiro―. Así que no te extrañes cuando el señor culpable decida que te paga demasiado como para no sacarle provecho a su dinero.

Saskya nunca piensa cosas buenas de la gente. Si bien es verdad que su desconfianza a veces es tan útil como para conseguir tener grabada la agresión de un chef baboso y agresivo, otras te quita la ilusión de un porrazo, así, con un par de frases con las que se queda tan ancha.

La quiero con locura, que conste, pero a veces me resulta difícil mantener la serenidad a su lado. Cierto es que es la persona más importante de mi vida, y solo por eso debo tener paciencia y respetar sus puntos de vista. No en vano, a pesar de su desconfianza natural y su rudeza, muchas veces he acabado por darle la razón.

Saskya es una mujer increíble. Es alta, rubísima, con una melena leonada que ella se empeña en llevar al más puro estilo Tina Turner desde que la conozco (prácticamente toda mi vida), y unos ojos verdes que, lejos de ser adorables, demuestran la ferocidad de una gata salvaje.

Su marcado acento ucraniano nunca ha desentonado con su corpulencia física ni con su enorme delantera, que es su arma visible más eficaz, pocos se resisten a ella. Es una fuera de serie en los negocios, donde nunca nadie ha conseguido llevarle la contraria y salirse con la suya, y su agencia, aunque pequeñita, sobresale cada cierto tiempo con algún que otro fichaje estrella. Ella sueña con que los mejores actores, cantantes, escritores y modelos quieran contar con sus servicios en exclusiva, que la llamen y la contraten solo al escuchar su interés en ellos, y que su lista de espera sea kilométrica. De momento, aún no ha llegado a cumplir sus expectativas, pero nadie a su alrededor descarta que el día menos pensado dé la campanada.

La conozco prácticamente desde que nací y, a falta de una madre real en mi vida, ella ha ejercido ese rol desde el principio. Casi nunca estamos de acuerdo en nada, pero su cariño incondicional y los sacrificios que ha hecho por mí, le valen todo mi amor y mi respeto. De hecho, le debo tantas cosas, que sé que nunca podría pagarle, aunque viviera ciento cincuenta años.

―¿Eres consciente de que tu suspicacia natural te ha impedido hacerme la pregunta más importante?

―No sé a qué te refieres ―me suelta ella a la defensiva.

―¡Saskya! ¡Ni siquiera me has preguntado en qué consiste el trabajo!

―¡No me culpes! ―me recrimina enfadada―, estaba intentando que te dieras cuenta de que, sea lo que sea, hay gato encerrado.

Suspiro y cuento hasta tres antes de seguir hablando. Es eso o corro el riesgo de estamparle la pizza que aún no ha conseguido engullir en su cara exageradamente maquillada.

―Ojalá pueda decirte lo equivocada que estás muy pronto ―digo con un poso de enfado en la voz―. Ojalá tengas que retractarte de tus palabras. Y ojalá pueda reírme de todo esto, porque ahora solo tengo ganas de perderte de vista.

Ante la solidez de mis palabras, mi amiga se queda paralizada durante un breve instante (con Saskya nunca duran mucho estos momentos) y asiente con algo de remordimiento dibujado en su rostro.

―Diana, yo solo quiero protegerte.

―Lo sé, Saskya, pero no todo el mundo tiene dentro un depredador. Debes confiar en que no todos quieren hacerme daño.

―Está bien ―claudica―. Te concedo el beneficio de la duda. Pero solo durante un par de semanas. Y ahora dime de una maldita vez en qué consiste el trabajo sin cualificación mejor pagado de Manhattan.

No sé si echarme a reír o derramar unas cuantas lágrimas de esas que saben amargas y se quedan pegadas en el cielo del paladar. No sé si ponerme en el lugar de mi amiga y verlo todo como un gran chiste o enfadarme por usar las palabras “sin cualificación” para referirse a mi trabajo. Sé que en el fondo tiene razón al definirlo así, pero siempre he tenido problemas para aceptar la mediocridad que últimamente impregna mi vida.

―Saul Coleman quiere que sea su asistente personal ―digo con cautela, porque sé que va a volver a darme la matraca―. Y no, no hay connotaciones sexuales y no te voy a permitir que lo insinúes.

―Me estoy mordiendo la lengua.

―Pues ten cuidado, no te vayas a envenenar ―la pico guiñándole un ojo―. Si te sirve de algo, el contrato va a contener una cláusula en la que se señala que no se incluye ningún trato de ese tipo en nuestra relación laboral.

En cuanto suelto esa alegación, Saskya comienza a reír como una demente escapada de una institución mental. El resto de comensales del restaurante nos mira sin ningún disimulo y tengo que hacerme mentalmente pequeñita para vivir la ilusión de desaparecer de ese lugar y evadirme del momento. Con Saskya es algo que me pasa muy a menudo.

―¡Dime que solo lo estás diciendo para darme en los morros! ―exclama aún sin poder contener sus estridentes carcajadas―. ¡Dilo, por Dios! ¡Dime que no es cierto que has sido tan estúpida como para obligarle a poner eso en un contrato! Mira que al final puede que seas tú quien quiera hacerlo y no pueda bajo pena de incumplimiento de contrato.

―Ha sido idea suya y a mí me parece bien ―intento parecer lo más digna que la situación me deja―. Ese hombre no me interesa lo más mínimo.

―Pues no entiendo por qué. Si estamos hablando del Saul Coleman que creo, he visto fotos suyas y está como un tren.

―Aunque esté como un tren, va a ser mi jefe y, además, sabes que a mí esas cosas no me van ―contesto desafiante.

Al escuchar mis palabras, el semblante de Saskya, de pronto, pierde la chispa y las risas se apagan y mueren en sus ojos verdes. Me mira con pena, olvidando que un minuto antes se estaba desternillando y haciendo bromas a mi costa. Y yo quiero que vuelva a reírse, a bromear sobre mí, a ser la Saskya que no le da importancia a las cosas o la que ve fantasías en todas partes. No quiero a la Saskya que tengo delante, a la que echa sermones y siente lástima de mí.

―Diana…

―No ―la paro antes de que empiece con otra letanía sobre mi manera de afrontar las cosas. No debo dejarla que siga ese camino que acaba de emprender.

―Déjame que te diga que estás en lo mejor de la vida, que eres un ángel bondadoso, precioso y con un corazón de tamaño del Long Island. Y déjame que te diga que algún día decidirás que, cuando alguien que te importe valore todo eso, tú querrás que se quede contigo. Y serás feliz.

―Yo nunca seré feliz.

―Lo serás el día que olvides que a los trece años te moriste por dentro. El día en que recuerdes que volviste a la vida a los quince, y que la vida, por más que te empeñes en no verlo, es preciosa.

No creo que ese día llegue nunca. Nunca voy a olvidar las pesadillas que me recuerdan que no estoy a salvo, que este no es un lugar de alegrías ni que hay algo de precioso en todo esto. Pero no se lo digo a Saskya porque mi mayor deseo ahora mismo es que cierre esa puerta y me deje mantener mis recuerdos dolorosos en la bodega en la que, normalmente, los suelo tener encerrados.

―Eres toda una poeta ―digo con una sonrisa triste en los labios. La quiero con locura, ella lo sabe, pero no puedo dejar que me arrastre hasta enfrentarme con mis demonios―. Y dime, ¿cómo está Danno estos días?

Otro cambio de tema, pronto se dará cuenta de que estoy jugando con ella para ir sorteando las conversaciones que no me apetece mantener en estos momentos.

―¡Dios mío! ¡No me hables de Danno que me dan ganas de hacerme el harakiri aquí mismo con el cortador de pizza! ―¿He dicho ya que a esta mujer no la gana a dramática ni una telenovela venezolana?

Danno es Danielle Novella, el hijo de Saskya. Cuando llegamos a Nueva York no vinimos solas en aquel avión, aunque ninguna de las dos lo sabíamos entonces. Cuando ella se enteró de que estaba embarazada, un traspié enorme para los planes que había trazado antes de salir de Ucrania, todo a su alrededor estuvo a punto de desmoronarse.

Siempre había deseado hijos, pero tras dieciséis años de matrimonio con Carlo estos no llegaron. Convencida como estaba de que alguno de los dos tenía algún problema (ella creía firmemente que la culpa era de Carlo porque con la de infidelidades que sumaba en aquellos años de matrimonio, era raro que ninguna fulana hubiera venido con un bastardo a reclamar una pensión o, mejor aún, al propio Carlo como compensación moral por el hijo concebido), hacía tiempo que Saskya había tirado la toalla y había asumido que nunca podría ser madre.

El shock brutal que supuso enterarse de que su sueño largamente acariciado se iba a cumplir justo en el momento más complicado de su vida, estuvo a punto de desestabilizar toda su escala de creencias. Y es que dejar atrás a Carlo le había supuesto el esfuerzo más grande de su existencia, y no veía cómo encajaba un hijo en la fotografía que su vida era entonces: sola, prófuga del infiel de su marido, responsable de una adolescente rota, y con un mundo de oportunidades a sus pies donde volver no era una opción.

Por eso tomó la decisión más complicada de su vida y decidió tener a su hijo sin romper su promesa de no volver a ver o hablar con Carlo Novella Marini, el apuesto italiano que, con su belleza, su encanto y su circo la había conquistado a los diecinueve años.

A su hijo le aseguró que su padre había muerto aplastado por un elefante durante una función y que ella, de la pena, debió abandonarlo todo para seguir viviendo, momento en el que descubrió, esperanzada, que algo de su difunto y amado esposo crecía en su interior, tímida pero inexorablemente.

Danno, que a sus catorce años poco ha preguntado por ese padre que da verdaderamente por muerto, conforme con la versión de su excéntrica madre, no es el angelito que mi mejor amiga siempre pensó que pariría, y en su interior crece un demonio que no deja vivir tranquila a su madre. En mi fuero interno creo que hasta se lo merece, y es que Danno es único poniendo a Saskya en su sitio.

―¿Qué ha hecho ahora ese pequeño monstruo? ―pregunto preparándome para lo que sea que haya hecho en esta ocasión.

―¡Dios mío! ¿Por dónde empiezo? ¡Ah, sí! Por la última que se le ha ocurrido: anoche entró en mi cuarto a las tres de la mañana y descargó un cubo de agua hirviendo encima de Steve.

Steve es el último novio (o amante, como a ella le gusta llamarlos) de Saskya, un banquero de Wall Street recientemente divorciado de una mujer pusilánime y servil y que no ha podido irse más lejos en el abanico de posibilidades femeninas al engancharse con mi amiga.

―¡No! ―exclamo alucinada (con mucha más moderación que ella, por supuesto)―. Cuando dices hirviendo estás exagerando, ¿verdad?

―Ojalá ―dice ella con cierta consternación en la voz que, de repente, parece apagada y sé que los comensales de nuestro alrededor hasta lo están agradeciendo―. Tuvimos que ir al hospital, tiene quemaduras de segundo y tercer grado en los brazos y en el pecho.

―En serio que no puedo creérmelo. ―Y es cierto, me parece que es ir demasiado lejos incluso para una pieza como Danno.

―Ni yo, parecía que las cosas con Steve iban genial, por eso le invité a pasar la noche. Ahora creo que no quiere verme ni en pintura. No veas cómo se puso esta mañana cuando lo dejé en su casa tras salir de hospital y traté de convencerle de que no presentara cargos.

―¿Es que piensa denunciar a Danno? ¡Si es solo un crío!

―Seamos honestas, Diana, es solo un crío para lo que quiere. Es un monstruo, tú misma lo llamas así y no te falta razón. Pero también es mi hijo, y si tengo que hacer lo que sea, suplicar incluso, para convencer a mi último amante de que no presente cargos contra el terrorista que he criado, no tengo ningún reparo en hacerlo. Y de hecho es lo que hice. Hasta le ofrecí un polvo de compensación antes de irme, pero me echó de allí sin muchas contemplaciones. Creo que no va a volver a llamarme, y no le culpo.

La verdad es que Danno se las trae. A mi mente viene aquella vez que me ofrecí a hacer de canguro con él, no tendría más de once años, y me lo llevé de compras a Bloomingdale's. Al pasar por la sección de lencería, lo perdí de vista durante menos de quince segundos. Lo siguiente que recuerdo es el estridente sonido de las alarmas antincendios de los grandes almacenes y la multitud de chorros de agua que caían del techo sin ningún tipo de cortapisas. De repente, todo eran gritos de angustia y mujeres saliendo semidesnudas de los probadores de aquella planta de la que el terror se había adueñado. Y yo sabía de quién era la culpa. Instintivamente lo supe, cosa que se confirmó en cuanto localicé a Danno, muerto de risa al pie de las escaleras mecánicas, con la palabra CULPABLE intuyéndose en letras mayúsculas en su rostro infantil.

―¿Y qué vas a hacer ahora? ―pregunto con pena en la voz. Steve parecía un buen tío, y Saskya nunca ha tenido mucha mano para arrimarse a buenos tíos.

―Supongo que hacerme a la idea de que vuelvo a estar sola otra vez y pensar la manera más dolorosa posible de hacérselo pagar al petardista de mi hijo ―asegura convencida―. Si algo tengo claro es que ese pequeño hijo de satanás me las va a pagar.

Y no lo dudo. Porque Danno y Saskya se complementan a las mil maravillas, pese a las trastadas (si es que trastada se puede llamar a causarle a alguien que duerme con tu madre quemaduras de segundo grado) y los encontronazos, ambos se adoran y no hay nada que Danno no hiciera por su madre. Y ella, que habla mucho de las ganas que tiene de que su hijo alcance la mayoría de edad para perderlo de vista, sé que no desea en absoluto que llegue el día en que el cordón umbilical que los une deba ser cortado.

―Estoy barajando mandarlo a un internado… a Siberia o algo así. O, quizá, venderlo a un circo, al fin y al cabo, en uno fue engendrado, seguro que se siente como en casa. En última instancia, quizá lo enrole en la Marina, ahí podría aprender a ser un hombre de verdad… ¿qué opinas? ¿Ves viable alguna de estas opciones?

―A mí no me metas. Danno es tu dolor de cabeza particular, a mí me cae bastante bien. Es un niño adorable cuando no está maquinando cómo acabar con la humanidad.

―¿Sabes lo que me dijo el otro día? Que este verano, como regalo de cumpleaños tardío para mí quería que nos fuéramos los dos un mes entero a un pueblo Amish, de retiro ―dice conteniendo una sonrisa conmovida―. No tiene ni un centavo ahorrado, y mira qué regalo se le ocurre. Eso sí, el pueblo Amish lo agradecerá, no estoy segura de que siguiera existiendo tras nuestra marcha si decidiéramos ir allí a pasar un mes de verdad.

―En el fondo tiene buen corazón…

―Pero muy muy en el fondo.

Ambas nos reímos mientras apuramos los restos de la pizza. Sé que Saskya disfruta de estos momentos, pero también que es una esclava de su trabajo y que durante la semana laboral no tiene muchos ratos libres que dedicarle a nadie. Ya ha mirado el reloj un par de veces y, aunque la conversación entre ambas es de lo más agradable, sé que desea volver a su pequeño despacho a seguir moviendo sus contactos para lograr cumplir los sueños de alguno de sus chicos.

―Ya tengo cincuenta años… ¿te lo puedes creer? ―me pregunta algo triste cuando estamos pagando la cuenta―. Soy casi una vieja. No sé si podré soportarlo.

―Saskya, estás estupenda y, recuerda, la edad es solo una cuestión mental ―intento animarla a la par que me coloco el abrigo sobre mi traje de chaqueta (llevo aún la ropa más formal de mi armario, la que me puse para la entrevista con Saul Coleman de esta mañana).

―Eso decís los jóvenes, pero seguro que se os olvidan esas chorradas en cuanto estéis a las puertas de los cincuenta… ¡Joder! Es que me deprime hasta decir en alto esa maldita cifra.

Salimos a la calle y el frío intenso nos golpea en la cara. Sigue este invierno sin nieve advirtiéndonos de que no salgamos de casa sin abrigarnos. Sigue presente la promesa de una tormenta blanca que aún no llega. Qué tiempo tan raro…

―No te olvides de contarme las novedades de ese trabajo tuyo tan chic. A ver cuánto tarda ese Coleman en pasar de los recaditos y la puesta al día de su agenda a pedirte que le ayudes a entrar en calor.

―Saskya…

―Vale, vale ―me dice plantándome un beso helado en mi mejilla, a no mucha más temperatura que sus labios― pero tiempo al tiempo. Es eso o que no pare de darte la murga con llamadas a todas horas para pedirte la mayor de las chorradas. Si conoceré yo a los tipos como ese. Ya verás, tu teléfono va a echar humo.