Capítulo 2

Quiero que deje de existir

 

Doy vueltas y más vueltas en la cama, pero no puedo quitarme de la cabeza el sonido de la puerta al cerrarse con rabia tras la marcha de François Terres de las cocinas. Tampoco puedo olvidar los ojos de Saul Coleman evaluándome como si fuera algo sorprendente. Como si me viera por primera vez.

A mi cabeza acuden los murmullos de mis compañeros tras desenmascarar a ese baboso mediocre con ínfulas de grandeza. Todos tenían algo que aportar, nadie quería callarse lo que deseaba gritarle al mundo desde que trabajaban para él.

Pero yo no quise quedarme, tenía que salir de allí. La agresión del chef me había dejado muy tocada y más después de la adrenalina descargada al enfrentarme a él delante de todo el mundo. Solo pensaba en volver a casa y meterme debajo de las mantas, olvidar el día entero y volver a enterrar a la niña asustada de quince años que hoy había vuelto a abrir los ojos a la vida.

―Señorita ―me detuvo el señor Coleman cuando me dirigía a los vestuarios a devolver el uniforme y largarme de allí―, le garantizo que cobrará el día de hoy entero. Vaya a casa y descanse.

Le agradecí el gesto con una sonrisa triste y me volví para seguir mi camino, mientras en mi cabeza me preguntaba cómo demonios acabaría este evento. Sentía lástima por él, que era el responsable ante sus invitados. Primero, el catering había sido muy mediocre y, luego, el escándalo del chef depravado, acababa de poner la guinda a una tarde de lo más peculiar. No hubiera querido estar en su piel ni por todo el dinero que, seguro, tenía en su cuenta corriente.

Me cambié despacio, pensando en todo lo que había pasado, y cuando estuve lista, me fui por el pasillo que daba al ascensor principal. No quise despedirme de nadie, a esas alturas ya estaba yo misma con mis propios pensamientos y era lo mejor.

―Tú vives con Miriam Blake, ¿verdad? ―la voz femenina y dulce que habló a mis espaldas me llegó justo cuando iba a darle al botón del ascensor. Cuando me giré, vi que se trataba de la chica que me había resultado conocida y que había aparecido junto al anfitrión justo antes de dejar sonar el archivo de audio que incriminaba al chef Terres.

―Sí… ¿nos conocemos?

―Creo que nos hemos visto una vez, en el apartamento. Soy Martina Egia, la antigua inquilina. Justo estos días ayudaré a Miriam con la mudanza, aprovechando que estoy en la ciudad.

Ah, sí, casi había conseguido olvidar mi última peor pesadilla: mi compañera de piso se va a vivir con su novio estrella del rock y me quedo colgada en un apartamento que ya me cuesta pagar en compañía y que no sé cómo conseguiré pagar sola.

―Sí, creo que por eso me sonabas tanto.

El silencio se instaló entre las dos y, de pronto, me sentí realmente incómoda. Deseé irme de inmediato, así que le hice un gesto con la cabeza y le di al botón que llamaba al ascensor.

―No quiero meterme donde no me llaman, pero… ¿te encuentras bien? ¿Quieres que te acompañe al hospital?

Me quedé paralizada en mi sitio y sin saber qué hacer ni decir. No me imaginaba, ni en un millón de años, que esa chica estuviera realmente preocupada por mí. No suele pasarme a menudo, siempre soy el último cero a la izquierda, y salvo Saskya y un par de personas más, no hay nadie en este mundo que me suela ayudar.

―Estoy bien, gracias. La peor parte se la llevó él… ―contesté con la sorpresa aún rondándome la voz.

―Una gran respuesta a sus abusos, eso tengo que reconocértelo ―dijo ella sonriendo tímidamente, dejando ver una hilera de dientes perfectos.

―Bueno, gracias… tengo que irme.

―¡Espera!

El ascensor justo acababa de llegar a la planta de la terraza y yo solo deseaba montarme en él y largarme de allí, pero parecía que en los planes de Martina no entraba que yo me fuera sin que me dijera lo que parecía que era importante para ella.

―Miriam me ha hablado de ti… ―Vaya por Dios, mi compañera de piso, con la que tengo una relación cordial pero no especialmente estrecha, le iba contando pormenores de mi vida a gente que ni conozco. Aquello, me sonaba a encerrona… de verdad, yo solo quería irme a mi casa―. Sé que trabajas un montón para pagarte los estudios y que la suerte no suele acompañarte… por favor, déjame ayudarte.

Pero esta tía ¿quién coño se creía que era para ir solucionándome la vida así, sin conocerme de nada? Negué con la cabeza y me metí dentro del ascensor. No podía creerme nada de los que estaba pasando. Y es cierto que no tengo mucha gente alrededor que me apoye o me ayude, no más de un pequeño puñado que puedo contar con los dedos de una mano, pero es que tampoco es de recibo que una desconocida te aborde al filo de un ascensor y te quiera arreglar la vida, ¿no?

―No necesito nada, muchas gracias. Este no es mi único trabajo, ya me las arreglaré ―Las puertas se cerraron y no le di ni la oportunidad de replicar.

Supongo que la intención de la chica era buena, pero mi falta de costumbre me hizo ser desconfiada. No suele darse eso de que la gente dé cosas a cambio de nada y, en ese momento, después de mi desagradable encuentro con Terres, solo me apetecía evadirme del mundo y de sus habitantes. Solo quería ser yo misma, estar sola, como lo he estado toda mi vida, y no preocuparme por personas con o sin buenas intenciones para conmigo. No era mucho pedir, ¿verdad?

Ahora, tras una noche dando vueltas en la cama sin conseguir pegar ojo, me arrepiento un poco al pensar en lo brusca que fui ayer con la chica. Al fin y al cabo, solo pretendía ayudar. Debería mejorar mis modales.

Para quitarme esa espina, me digo, le comunicaré a Miriam, mi compañera de piso, que, cuando la vea, le diga a su amiga Martina que siento mis maneras, que entienda que estaba en un momento confuso y que no pretendía ser tan desagradable.

El sonido del teléfono me saca de mis pensamientos y me hace dar un respingo. Ni siquiera sé dónde lo dejé anoche…

Busco por mi desordenada habitación hasta que lo encuentro dentro de mi bolso gigante. Me cuesta un rato dar con él pero Saskya, que imagino que es quien me llama, sabe todo lo que tardo en contestar normalmente, y dilata la espera siempre, apurando hasta el último tono de cada llamada.

―¿Te recojo en media hora y vamos a la Policía?

Ni un buenos días, ni un qué tal estás. Saskya va directa al grano. Siempre. No sé por qué, pero sus palabras me encogen ligeramente el corazón y descarto la idea que propone de inmediato. No, François Terres tuvo ayer el pago justo por sus acciones y está claro que le costará encontrar quien contrate sus servicios de cocina por un tiempo. Con eso me vale.

―Buenos días a ti también ―digo con sarcasmo y arrugo el gesto en previsión del sermón que está por venir cuando le diga que no es mi intención hacer lo que ella cree que es correcto.

―Déjate de gilipolleces. Venga, arréglate, ponte guapa, que te llevo a desayunar primero.

No es posible que esta mujer pretenda que pase un domingo relajado y feliz, con visita a una comisaría de Policía incluida, ¿verdad?

―Saskya, necesito descansar, y estar sola. Por favor…

―¿Me estás intentando decir que no vas a denunciar a ese cerdo con las pruebas que tienes contra él?

―Te estoy intentando decir que quiero descansar y estar sola.

―No te entiendo, Diana. ¿Por qué le dejas irse sin pagar lo que te ha hecho?

¿Cómo le explico yo a esta mujer que no quiero más líos? ¿Que sabe que no me van este tipo de trastornos? ¿Que no quiero ir a ninguna comisaría, ni pasar por una declaración y luego un juicio? ¿Que tengo ya mi pago por lo que hizo y que con eso me conformo?

―Quiero borrar todo esto, Saskya… quiero que deje de existir.

―Las cosas no dejan de existir solo porque tú lo quieras. Así no funciona.

―A mí sí me funciona.

―No, Diana. Si lo dices por lo que pasó antes de venir a América… no, no ha dejado de existir. Aún es real lo que te hizo tu hermano, aún existe. Aunque te duela recordarlo y aunque quieras cerrar los ojos e ignorarlo, lo de tu hermano, lo de ayer, las dos cosas son reales y han pasado. En tu mano está que no dejes que ese cerdo siga haciéndoselo a otras. Tú tienes pruebas y puedes usarlas para que no se lo haga a nadie más.

Me quedo sin palabras, no quiero escuchar nada más. No quiero que siga hablando y me convenza de que estoy equivocada. Saskya siempre intenta que yo sea alguien no que no soy, alguien que nunca he sido, y eso me cabrea en muchas ocasiones.

Ayer fue la primera vez en mi vida que tomé represalias contra alguien que me había hecho daño, y juro que no sé de dónde saqué el valor para hacerlo. Creo que lo hecho hasta ahora con ese mal nacido ya es suficiente y es mejor dejarlo así.

―Voy a hacerte caso en una cosa, Saskya ―digo intentando que no me contradiga más―; voy a arreglarme, voy a ponerme muy guapa y me voy a ir a desayunar. Pero sola. Que es lo que necesito ahora mismo. Te prometo que a la noche te llamo y podemos hablar de tu punto de vista en esta historia… ahora necesito no pensar en ello.

Cuelgo y me tumbo de nuevo en la cama. Sé que mi amiga no se va a dar por vencida en este asunto, pero también sé que me concederá la tranquilidad que le he pedido en este domingo que, aunque horrorosamente frío, parece que ha nacido soleado y perfecto.

 

*****

 

He salido de casa cerca del mediodía y, sin desayunar, he decidido que necesito ir a mi refugio, a mi lugar de calma y relajación. Llevo puesto mi vestido amarillo, mi preferido. Lo traje de Ucrania hace quince años y, pese a que la pieza original no sobrevivió más allá de los primeros tiempos en Nueva York, Saskya encontró a alguien que logró que la delantera, con un bordado de estrellas y piedrecitas de colores, encajara perfectamente en un nuevo diseño, en un nuevo vestido sin el que no imagino mi vida.

Me lo pongo esos días que necesito sentirme libre, en los que busco respuestas, en los que me limpio las lágrimas y quiero, simplemente, volar.

Esta mañana, al ponérmelo, el espejo me ha devuelto la imagen de una chica con ganas de probarse a sí misma que es valiente. Me ha mostrado que, con este vestido, mi pelo castaño queda perfecto en un moño alto, que mis labios pequeños y llenos estarían mejor con un ligero brillo sobre ellos, que mis ojos color chocolate brillan de la emoción ante la inminente sensación del viento en mis mejillas…

Llevo a la espalda mis patines para el hielo. Con este vestido, solo se me ocurre este calzado, el complemento perfecto. Y el escenario, el Wollman Rink, en el corazón de mi adorado Central Park, tampoco falta en la ecuación.

A la pista de hielo le quedan tres meses este año, aunque con el frío que está haciendo este invierno, yo alargaría la temporada sin dudarlo. Este año es el más raro meteorológicamente desde que vivo en Nueva York. Nunca antes había hecho tanto frío sin que cayera un solo copo de nieve en todo el invierno… es como si la gran nevada estuviera esperando a hacer su gran aparición en un momento inesperado, como si se hiciera esperar por alguna razón. Se huele la nieve en el ambiente pero, aun así, se hace de rogar.

El frío, sin embargo, está bien presente. Llevo sobre mi vestido amarillo un abrigo enorme y calentito que me recuerda de forma inequívoca a Ucrania y, sobre mi cabeza, un gorro gris de lana que me hice yo misma en una época en la que me dio por hacer punto, como hacía la señora Oliynyk, allá en el circo.

La pista hoy está animada pese a las bajas temperaturas. Se nota que es domingo y hay muchos curiosos en las gradas de alrededor, pero también un buen puñado de animados turistas que no quieren dejar la ciudad sin haber patinado en la mítica pista de hielo de Central Park. Y luego, claro está, también están los habituales. Los que no pueden vivir lejos de este lugar mágico que solo existe de octubre a abril.

Cuando pisé Nueva York por primera vez, una de las primeras cosas que hice fue buscar esta pista de hielo en la parte sur del parque más famoso de la ciudad. Había visto Love Story, la triste historia de amor de Oliver y Jenny, más de veinte veces. Me sabía sus diálogos de memoria, especialmente el del inicio, el que Ryan O'Neal pronuncia en off sobre las gradas del Wollman una tarde de invierno, todo nevado, y la pista vacía, desierta, tan desolada como su propio corazón de viudo reciente.

«¿Qué se puede decir de una chica de veinticinco años que ha muerto? ¿Que era bonita e inteligente? ¿Que le gustaban Mozart y Bach, los Beatles… y yo?»

Necesitaba estar en el mismo lugar que había inspirado una de las mejores películas que había visto en mi vida, y el flechazo fue instantáneo. No solo por la historia que me había cautivado a los diez años, sino porque me gustaba patinar desde siempre, porque con unos patines en los pies realmente olvidaba que había un mundo más allá de la pista de patinaje. Y eso, cuando llegas a un mundo nuevo, huyendo de algo que solo deseas olvidar, era como un oasis en el que refugiarse para sobrevivir.

Me siento en una de las gradas más próximas a la entrada norte de la pista y me quito mis botas calentitas. Las dejo a un lado y me calzo los patines. Las cuchillas están perfectas, brillantes y afiladas, pero el botín derecho está comenzando a descoserse y ambos tienen rozaduras por todas partes. Los tengo desde hace doce años, y llevan muchas horas de trajín. Me da pena desprenderme de ellos, pero supongo que debería ser una de mis inversiones del próximo invierno, si consigo ahorrar algo, el comprarme un par de patines nuevos.

A estos les tengo un cariño especial. Fue la primera cosa que me compré cuando cobré mi primer sueldo. Eran marrones clarito entonces, aunque ahora están algo oscurecidos por los muchos años de trote. Los siguientes, creo, me los compraré en color blanco… más acordes con mi vestido amarillo de patinar.

―Ya no te esperábamos hoy, Princesa ―me dice Marcel nada más poner un pie en el hielo.

Marcel es un asiduo del Wollman y puedo jurar que solo lo he visto sin los patines en los pies una vez. Tiene poco más de veinte años, la piel más oscura que he visto en mi vida y un marcado acento de Louisiana que no se molesta en disimular. Siempre me llama Princesa, me lo dice señalando mi vestido de patinar, con su brillante amarillo y sus estrellitas en el pecho. Es para lo que sirve, es mi disfraz, mi traje de superheroína… “Solo te falta la corona” suele bromear señalando mi atuendo.

Conozco a Marcel desde que era un crío. Llegó a Nueva York con su madre y sus tres hermanos, huyendo de la devastación del Katrina, hace ya más de diez años. Nunca en su vida había visto una pista de hielo, ni siquiera había visto o tocado la nieve. El día que lo conocí la pista estaba prácticamente desierta, hacía mucho frío, como hoy, y él se quedó paralizado ante los movimientos de algunos patinadores. No sé por qué, pero su carita asombrada me enterneció y le animé a que lo probara. Se cayó al menos una docena de veces y no logró mantener el equilibrio más que un rato pequeño… pero volvió al domingo siguiente, y al siguiente, y al siguiente… y nunca, en toda la temporada y en las que la siguieron, ha faltado a su cita con el Wollman.

―Ha sido una semana un poco loca… ―me disculpo con una sonrisa tímida y me lanzo a hacer lo que más me gusta del mundo: moverme con la libertad que me dan las cuchillas de mis patines sobre el hielo firme.

―Estaba al borde de un ataque de nervios cuando he mirado el reloj hace una hora y vi que no llegabas…

Me paro en el mismo sitio en el que estoy, en mitad de una pirueta sencilla de calentamiento. Esto no me lo esperaba… Nunca mi presencia ha condicionado el disfrute de Marcel en la pista. Lo miro atónita por un segundo y luego le insto a que continúe y me saque de esta expectación que ha creado para atraparme.

―Necesito que me ayudes a hacer algo importante. Quiero hacerle a Stella la gran pregunta y quiero que sea aquí. A la temporada no le queda mucho… así que no tenemos tiempo que perder. ¿Qué me dices? ¿Te apuntas?

¡Madre mía! ¡Marcel se va a proponer a Stella! Podría enumerarle mil razones por las que no debería hacerlo, como que hace algo así como un año que se conocen, o que pertenecen a mundos distintos, o que son unos críos y que la vida les va a enseñar que lo que se quiere a los veinte años no suele corresponderse con lo que se quiere de verdad… pero ¿quién soy yo para aguarle la fiesta aportando una dosis de cruda realidad cuando él me mira como si necesitara mi apoyo más que el aire para respirar? ¿Si la ilusión que tiene pintada en los ojos es lo más inspirador de este mundo? ¿Si no hay nada más bonito que el primer amor?

No, no puedo romperle las ganas de convertirse en un hombre de golpe, de la mano de la chica a la que adora, en compañía de la gente que le quiere. Por eso, tras la sorpresa inicial, suelto un grito de inmensa felicidad y me cuelgo de su cuello para abrazarle y darle todos los ánimos que quiera, los que necesite, aquí estoy yo para lo que haga falta. Al fin y al cabo, este es mi chico, soy como una especie de madrina para él, y me halaga y me alegra en lo más profundo de mi corazón que quiera contar con mi ayuda para afrontar el momento más importante de su vida.

―¡Dios mío, Marcel! ¡Qué emocionante! ―chillo descontrolada, lo que atrae las miradas de más de un patinador a mi alrededor. De pronto, recuerdo que debo reprimir mi entusiasmo, quizá la preciosa novia de Marcel ande cerca. Pocas veces se les ve por separado en la pista.

―No te preocupes. Hoy es el cumpleaños de su padre, están comiendo en algún lugar elegante de la Quinta Avenida ―lo dice con pena y por supuesto que la siente. Él puede hacer ver a todo el mundo que no le importa, pero le afecta lo distantes que son los dos mundos de los que ellos vienen. Y no solo es el tema del dinero; la raza, las pocas oportunidades que la vida le ha dado a la familia de Marcel, las expectativas que el padre de ella tiene… todo eso juega en su contra a ojos del obtuso señor Maerh.

―Tenemos mucho que planear. ―Trato de que se le olvide que él no está invitado a esa comida―. Dime lo que tienes en mente y cómo quieres que lo llevemos a cabo y soy toda tuya.

Mientras patinamos alrededor del Rink, me cuenta algunas de sus ideas, todas muy peliculeras, pero es así como se hace si quieres hacerlo a lo grande, me dice, y yo le voy dando mi opinión sobre el extenso ramillete de posibilidades que me ofrece. Yo no soy Marcel, yo no haría las cosas así, pero a él le pegan esos gestos, esa grandiosidad a la hora de mostrar sus sentimientos por su gran amor, y por ese terreno debemos movernos.

Idear con Marcel acerca de una proposición de matrimonio de las que marcarán época, me llena de una sensación fabulosa que hace que todos los malos recuerdos con los que me he levantado esta mañana, desaparezcan de un plumazo. Y me relajo, me siento otra vez dueña de mi vida y me dejo llevar por la sensación de que no tengo que hacer nada contra nadie, que nadie me controla o me condiciona a hacer nada que no deseo hacer.

Marcel y Stella van a tener su cuento de hadas y en mis manos está contribuir a que la historia de amor tan bonita que tienen, sume otro capítulo feliz. Se lo merecen por lo que han pasado, por esa testarudez del padre de ella de no aceptar lo mucho que se quieren.

Se conocieron aquí, en la pista de patinaje, hace unos meses y, desde entonces, han sido inseparables. Ella, alta, espigada, de larguísimo pelo del color de la paja seca, hija del ayudante del fiscal del distrito y promesa fallida del equipo americano de los Juegos Olímpicos de Invierno. Se rompió la rótula intentando un salto imposible con el que buscaba un puesto en el Grand Prix europeo, y desde entonces todo se le había vuelto de color gris. Hasta que una mañana de enero, obligada por su terapeuta, salió de casa, llegó al Rink caminando sin rumbo, se sentó en la grada y volvió a desear patinar al ver la habilidad natural y sin artificio de un chico de color que la sonrió desde la pista, con su cara de pillo y un brillo especial en sus ojos oscuros.

La recuperación de Stella, sobre todo la emocional, fue fulgurante al lado de Marcel, aunque eso su padre aún no haya sido capaz de entenderlo. Ella, a sus diecinueve años, sabe que puede estar con quien quiera, pero en su interior se niega a partir su vida en dos para satisfacer a los dos hombres más importantes de su mundo particular. Me pregunto cómo serán capaces, todos, de superar este escollo y conseguir vivir con felicidad la vida que se merecen.

―Nada de hacer un flashmod, que a estas alturas está muy visto ―le digo entre risas sin que él haya llegado a sugerirlo, pero adelantándome, por si acaso.

Nos reímos con ganas, como con cada una de las ideas locas de Marcel. El tiempo así vuela y, sin darnos cuenta, ya cae la noche sobre la pista, y las luces que la iluminan están todas encendidas. Pocas cosas me gustan más en este mundo que la visión del Rink de noche.

Cuando la hora de irnos se acerca, me da pena que esta sensación de calma se acabe. Me acompaña a la grada, para quitarme los patines, mientras él asegura que dará unas cuantas vueltas más. Justo cuando llegamos junto a mis pertenencias, oigo que mi teléfono móvil me reclama. Saskya no se ha podido aguantar a que la llamara yo y me atosiga con su apremio constante. Muy en su línea, ya no me sorprende.

Pero estoy equivocada. Sí me sorprendo. Lo hacen las tres llamadas perdidas desde un número desconocido que me está llamando ahora, un domingo por la tarde. Temerosa de que se trate de trabajo y haya podido perder la oportunidad, descuelgo nerviosa y me dejo caer en la grada más cercana.

―Por fin se digna usted a darme audiencia, señorita Nesterenko ―dice una voz engolada y seria que consigue hacer que mi corazón lata a toda velocidad. Sin embargo, sus palabras, tan escogidas y hasta pasadas de moda, me sugieren que pretende bromear. Realmente no sé a qué atenerme.

―Disculpe, pero…

―Sí, ya sé que no sabe quién soy. No se preocupe, ya llegaremos a eso. Necesito que se presente mañana en mi oficina a las nueve de la mañana. ¿Es posible? ―inquiere con lo que parece un rastro de impaciencia.

―Me gustaría saber primero quién es usted y qué es lo que quiere.

Durante un segundo no se oye nada al otro lado del teléfono y temo haber resultado demasiado brusca o exigente, o las dos cosas a la vez, haciendo que mi interlocutor corte la conversación. Después, un largo suspiro, como de hastío, me devuelve la esperanza. No me quiero quedar sin saber quién está al otro lado de la línea. Soy de naturaleza curiosa, no lo puedo remediar.

―Señorita Nesterenko, estoy empezando a ser consciente de lo mucho que debo preparar mi paciencia con usted. En fin, soy Saul J. Coleman, presidente de Coleman and Asociated Publishing y tengo para usted una oferta de trabajo que no creo que pueda rechazar.