Capítulo 6
¿Qué voy a hacer con usted?
Conozco el sitio exacto en el que Saul Coleman me ha citado: es una céntrica cafetería de la cadena Europa. Sin embargo, siempre fiel a su estilo que rompe los planes y pretende librar batallas silenciosas, al menos conmigo, el hombre en el que concentro mis temores y esperanzas hace otro de sus movimientos sorpresa.
En lugar de entrar en la cafetería, cosa que sería de agradecer con este frío que pela, se dirige al puesto ambulante de café que hay casi en la misma puerta. Tras el carrito, un chico alto y de ojos negros e impresionantes, probablemente hindú o paquistaní, nos pregunta qué deseamos, y Saul se vuelve a mirarme, esperando mi respuesta.
La verdad es que no suelo tomar mucho café antes de enfrentarme a una situación donde debo mantener a raya mis nervios, así que le pido leche con chocolate, una opción sin cafeína ideal para caldear mi aterido cuerpo.
Saul me sorprende pidiendo lo mismo que yo y, luego, sin preguntarme, también coge dos bagels rellenos de queso crema y frambuesas. Cuando el dueño del puesto nos lo sirve todo en cómodos servicios para llevar, mi jefe (o al menos espero que lo siga siendo), me invita a acompañarlo, subiendo por Broadway hasta las cercanas escaleras que presiden Times Square, encima del famoso despacho de entradas para los espectáculos de toda esa extensa zona cultural. Me gustan mucho las escaleras rojas de 'Tikects', otro de esos puntos de Manhattan que siempre está a tope de turistas pero que posee una magia que lo hace único.
Reconozco que estoy a la expectativa. A las nueve en punto de la mañana estaba clavada en el mismo lugar de la cita, pero no había ni rastro de Saul Coleman. Me he revuelto nerviosa sobre mí misma, intentando adivinar por dónde aparecería exactamente. Casi me caigo del susto cuando lo he visto en la acera de enfrente, apoyado en una farola bajo los luminosos del Hard Rock Cafe, con su mirada de lobo a la caza de su presa bailándole en esos ojos azules que tenía clavados en mí.
Un escalofrío evidente me ha recorrido toda la espalda y no precisamente por el frío, por más que hoy las temperaturas son bajas de verdad. Cuando ha llegado hasta mí su sonrisa burlona me ha dado los buenos días y, sin mucha ceremonia, se ha acercado al carrito de los cafés.
Ahora, sentados en mitad de las escaleras de Times Square, intentando no derramar mi cacao ni mancharme con mi bagel, me pregunto por qué no deja de mirarme sin esconder que sabe que sé que me tiene muerta por la incertidumbre. ¿Va a aceptar mi drástica dimisión? ¿Me va a hacer pagar por ello? Dios, espero que no.
―¿Le gusta el desayuno, señorita Nesterenko?
―Está muy bueno. ―Concedo, porque es verdad, sorprendentemente bueno para haber costado cuatro dólares en total. Lo de los dos.
―Me encantan algunos de los puestos de comida de esta ciudad. Son exactamente iguales que usted ―asegura clavando en mis ojos esa mirada divertida. Sigue jugando a su juego. Sea el que sea.
―Pues no entiendo el parecido ―me apresuro a contestar antes de mordisquear mi bagel que está, ciertamente, delicioso.
―Es muy fácil. Déjeme que se lo explique: algunos de estos puestos no son lo que realmente parecen. Pueden parecer baratos, vulgares o poco saludables. Sin embargo, dentro de ellos encierran sabores magníficos y una calidad que nada tiene que envidiar a establecimientos con cuatro paredes y un mostrador con caja registradora.
―¿He entendido mal o me ha llamado vulgar?
Se ríe con ganas y su risa es poderosa, clara y absolutamente diferente a como me la imaginaba. Me deja desconcertada una vez más. Su risa y su actitud. No sé si me acaba de insultar o me ha hecho el halago más bonito de toda mi vida. Sé que la confusión se refleja en mi rostro, así que se calma en cuanto nota que a mí el chiste no me hace la misma gracia.
―¿Ve? A eso me refiero. Es usted una persona que parece frágil, de esas que se dejan llevar, con las que el mundo podría divertirse a su antojo. Y, sin embargo, es usted aguerrida, es una luchadora, una leona, si me permite decirlo. Ahí estaba la metáfora, quería indicarle con ella que muchas veces las apariencias nos engañan.
Me quedo muda. No sé qué contestar a eso que quiero interpretar, ahora con menos dudas, como un halago en toda regla. La verdad es que no me esperaba palabras como esas, y menos después de decirle por teléfono y de muy malos modos que renunciaba a trabajar para él.
―Espero que no piense más que la considero vulgar. Que tenga un origen humilde no la convierte en una persona ordinaria ―se apresura a añadir dado que a mí las palabras parecen habérseme acabado.
―¿Por qué considera que mi origen es humilde? ¿Hay algo en mí que así se lo indique?
Le devuelvo la jugada y consigo noquearlo por un instante, pillado entre sus prejuicios y lo que ha salido por su boca sin pensar, claramente. Me mira sin rastro de humor en sus ojos claros y asiente con la cabeza.
―Tiene toda la razón, señorita Nesterenko ―asume con un pesar en la voz que quiero creer que es auténtico―, la he prejuzgado sin conocer su historia. Su triste lugar de nacimiento y el que tuviera que hacer tanto esfuerzo para llegar a final de mes con esa colección de trabajitos mal pagados me ha hecho suponer…
―No siga, que lo está empeorando ―le corto con un deje de enfado en la voz que sé que no le pasa desapercibido. Ya me he puesto a la defensiva, así es imposible relajarse: de los nervios a la ira, una auténtica montaña rusa de emociones y solo llevamos hablando unos minutos―. Dígame de una vez si el trabajo que me ofreció es real o si solo soy su obra de caridad del mes, dado mi humilde origen.
Sabe que me tiene otra vez en pie de guerra y eso le encanta, porque así la batalla es mucho más interesante. Apura su desayuno y se pone en pie, invitándome a que le imite. Se deshace de los envases que ya hemos vaciado y comienza a caminar por Broadway en dirección norte. Yo le sigo, no sé muy bien por qué, aunque supongo que, al no haber obtenido respuesta a mis inquietudes, todo sigue igual que anoche después de recibir su mensaje. Sigo necesitando una respuesta, necesito saber si esto es una tomadura de pelo o es real.
―Le voy a ser sincero ―dice cuando ya hemos comenzado a caminar hacia un destino que me es desconocido del todo―. La semana pasada… me olvidé completamente de usted. Estuve fuera por motivos laborales y olvidé decirle que se tomara la semana libre para organizar el resto de sus trabajos y que pudiera despejar la agenda.
―Sabe que eso es una falta de respeto, ¿verdad?
―Desde luego, y ruego que me disculpe. Entiendo su malestar de anoche ―dice con una sonrisa traviesa bailándole en el rostro, una sonrisa que indica lo mucho que se está divirtiendo.
Seguimos caminando sin que él aclare nada. Me siento como si estuviera dentro de uno de esos juegos del gato persiguiendo al ratón, uno al que hubieran olvidado colocar una madriguera en la que entrar a refugiarse de tanta tensión.
―Está usted muy callada ―señala cuando ya hace un rato que él se ha disculpado sin obtener nada de mí―. Con lo habladora que estaba anoche… apuesto a que, si hubiera contestado a su llamada, aún estaría despotricando contra mi deplorable actitud para con usted.
―¡Y razón no me faltaría! ―no puedo evitar contestarle para ver si consigo borrarle la sonrisa de la cara―. No me puedo creer que siga pretendiendo jugar conmigo.
―¿Jugar? Señorita Nesterenko, ya me he disculpado, no sé qué más quiere.
―Quiero que me tome en serio ―digo con un hilo de voz―, que no presuponga que puede hacer lo que quiera solo porque es el que paga. Quiero que deje de tomarse esto a risa.
Se queda callado, sopesando, supongo, si le doy la suficiente pena como para dejar de jugar su juego. Pero creo que él piensa que no me merezco tal clemencia, porque enseguida se recupera y vuelve a la carga.
―No me tomo nada a risa. Al contrario, es usted la que no es seria en este asunto. ―Su voz intenta parecer autoritaria y yo no sé qué actitud tomar―. ¿No fue usted la que me llamó a las tantas de la tarde de un domingo (su día libre, dijo), para mandarme a paseo? Me esperaba que algo así pasara tras lo que me contó en nuestra charla del otro día, con eso que dijo sobre sus problemas con la autoridad. Pero, desde luego, no me lo esperaba antes incluso de empezar con nuestra relación laboral.
«Jaque».
Ahora me toca agachar la cabeza y tragar, porque tiene razón. Porque ya se ha disculpado y porque aquí, la que ha dimitido y necesita que no le tengan en cuenta la dimisión, soy yo. Porque el poder lo tiene él. Porque estoy en sus manos y tengo que mostrarme más humilde y dispuesta, si no quiero volver con el rabo entre las piernas a solicitar mis otros empleos tras solo una semana lejos de ellos.
―Acepto sus disculpas y le pido perdón por la parte que me toca ―digo, por fin, con una humildad que no siento en absoluto. Necesito que crea que me ha metido en vereda para que no me mande a paseo, pero eso no significa que me sienta vencida por él. Hasta el jaque mate, le queda un trecho.
―Querida señorita Nesterenko, ¿qué voy a hacer con usted?
―Fácil. Dé sentido al contrato que firmamos la semana pasada.
Asiente pensativo mientras la sonrisa de lobo vuelve a sus labios. Me mira un instante, justo para hacerme ver que la situación sigue estando hecha a su medida (estamos donde él quiere y vamos yendo a donde a él le apetece). Y a mí me tiemblan un poco las piernas porque me doy cuenta de nuevo de que es guapo a rabiar. Nunca antes me había afectado la belleza de los hombres a mi alrededor, siempre he estado muy por encima de esas cosas, inmunizada por completo desde que formulara la promesa que rige mi vida, allá por mis trece años. Nada de hombres, nunca, nunca, nunca.
Hasta hoy me ha sido muy fácil mantener esa férrea condición, solo debía pensar en lo que había dejado atrás. Pensar en Keyan, cerrar los ojos y volver a oírle, verle venir a por mí y arrastrarme al infierno. No, nunca me ha costado mantenerme firme, nunca me he sentido tentada a dejar de esconderme y, en esa comodidad, me he sentido arropada y transparente, como una invitada de piedra.
Sé que lo que me resulta interesante, por llamarlo de alguna manera, de este hombre es que me reta continuamente y me tiene a la expectativa. Nunca antes nadie me había tenido tan en vilo, nadie nunca ha estado a mi altura en insolencia. Y eso es, claramente, un aliciente. Que sea guapo, alto, atractivo y su sonrisa me haga sentir en constante peligro, son solo añadidos a ese personaje que me lleva al límite con cada nuevo encuentro.
―Le aseguro que darle sentido al contrato era lo que tenía pensado hacer. No creí que una demora de unos días iba a hacer que la fiera que hay en usted se me lanzara con esa fuerza.
―Yo no creo que…
―¿No cree que fue excesiva? ―pregunta con una fingida inocencia en su cara de truhan―. Debe ser que tenemos varas de medir diferentes.
«Lo tenemos todo diferente. No tenemos nada en común».
―Creo que no se pone en mi lugar.
―Le aseguro que lo hago, y por eso estoy manteniendo esta charla con usted mientras damos un revitalizante paseo por las calles de Manhattan. Creí que necesitaba ver esto de una manera diferente a un trabajo convencional, una oficina lo hubiera convertido en un acto formal y necesito que se relaje.
―No le entiendo. ―Y de verdad, cada vez estoy más perdida. Cada vez que creo que le pillo las intenciones, da un giro total y acaba por despistarme otra vez.
Nos estamos acercando a Central Park, y nos dirigimos a la entrada de Columbus Circle, presidida por la estatua de Cristóbal Colón y bajo la influencia de la presuntuosa Trump Tower. Como es habitual y pese al frío, la afluencia de gente es notoria. Sobre todo, de turistas que entran por aquí al parque más famoso de la ciudad.
―Verá, señorita Nesterenko ―dice Saul Coleman con un gesto que parece cargarle de una paciencia de la que yo le estoy privando―, necesito que esta relación laboral se base en la confianza. Quiero que entienda que no es una broma, ni una obra de caridad. Quiero que se conciencie de que habrá semanas en que no la necesite, y otras en las que acabará harta de mí. No puedo estar pendiente de si sus sentimientos resultan heridos porque yo no dé señales de vida y usted necesite sentirse útil. Esto no funciona así. Si se gana su cheque por no haber movido ni un dedo, piense que ha estado pendiente por si la necesito y se le paga por su disponibilidad.
Llegamos a la entrada suroeste del parque y mi jefe me mira muy serio durante un instante. Supongo que está comprobando lo que su discurso me está provocando. Pero mi cara de póquer no puede estar contándole mucho, no al menos las muchas ganas que tengo de gritarle que no me trate con esa condescendencia propia de una niñita de doce años, frágil como la porcelana, que se meta su actitud y sus palabras por el mismo sitio que el cheque y el trabajo.
Pero claro, no digo ni muestro nada, no me lo puedo permitir. A cambio, ofrezco un semblante serio y profesional, asiento de vez en cuando y le doy una idea de que su parrafada es de lo más interesante, como si me mereciera este repaso que me está regalando.
―No soy su enemigo ―continúa él―. Pero no se confíe, porque no tengo por qué tener en cuenta si usted se hace una idea equivocada de esto. ¿Lo entiende?
Asiento sin mover ni un músculo, lo que él interpreta como que necesita, aún, aclarar alguna otra cosa.
―Verá… si me permite un consejo, creo que lo mejor que puede hacer es relajarse y esperar a que las cosas sucedan. Vaya a clase, apruebe, saque adelante ese proyecto suyo, disfrute de sus domingos libres de mi amenaza y, si puede, no me odie el resto del tiempo, cuando la requiera y tenga que venir a satisfacerme.
Remata su alegato con un guiño seductor que pretende ponerle la guinda a lo que, supongo, considera el discurso perfecto. Por dentro quiero clavarme un cuchillo con todas mis fuerzas y chillar de impotencia que me provoca. Nunca, desde que vivo en esta ciudad, me he sentido tan maniatada y con más ganas de salir corriendo de un lugar y de una persona. Y, a la vez y de una forma que no logro entender, nunca antes he sentido tantas ganas de seguir pegada a quien me provoca una reacción tan visceral. ¿Me estaré volviendo loca? De remate, seguro.
Solo debo aguantar hasta que me gradúe y la asociación esté en marcha, me recuerdo, y para eso quedan solo unos meses. No puede ser tan malo. Venga, conténtale con una frase hecha, y que te deje ir, a ver si recuperas la cordura de una santa vez.
―Señor Colem… ―comienzo.
―¡Junior! ¡Querido! ―Oigo que alguien le llama, interrumpiendo mi conformidad a sus palabras. Mejor, no puedo evitar pensar.
Hasta nosotros se acerca una mujer despampanante que me resulta familiar. Es alta, con una figura envidiable y un rostro armonioso y lleno de luz. Es una especie de mujer perfecta, aunque algo desentona en ella: empuja una sillita de bebé, dentro de la cual se encuentra una niña de un año y medio, aproximadamente.
Es rubia, de cara redonda y dulce, presidida por una sonrisa radiante al encontrarse con los ojos ilusionados de Saul, que ha cambiado por completo de actitud y de mirada. Ahora luce absolutamente relajado, completamente feliz. De todo lo que he leído sobre él nada me prepara para darme de morros con la idea de que Saul J. Coleman pueda ser el dichoso padre de familia que tengo justamente frente a mí.
Algo dentro de mí se parte en dos, como si hubiera sido alcanzada por un rayo. Por toda la información que he recabado sobre él, este hombre no es más que un picaflor, un playboy de manual que tontea con todas y no se queda con ninguna, un alérgico al compromiso que huye de la responsabilidad como un diabético de un pastel de cumpleaños. ¿Por qué, de pronto, todas mis ideas preconcebidas dejan de tener valor al verlo delante de esa mujer y su bebé? ¿Por qué me siento tan desorientada, con tantos sentimientos encontrados luchando en mi interior?
Creo que mi corazón hasta se ha saltado un latido, cuando la mujer se fija en mí y me sonríe de un modo afectuoso que derriba todos los prejuicios que haya podido erigir contra ella en esos cortos segundos en los que me ha dado por pensar en lo inconveniente de esa escena.
Mientras Saul saca a la niña de la sillita y la carga en brazos, haciéndole cosquillas y llenándola de besos, ella se acerca a mí y me tiende la mano con un afecto que me deja descolocada en un primer momento.
―Soy Fanny Coleman ―se presenta y todas mis dudas se disipan como por arte de magia. ¡Es Fanny Coleman! Es la esposa de su padre, la exmodelo casada con un hombre que le dobla la edad y que recientemente le dio un hijo (hija, para ser exactos). Sí, recuerdo haber leído sobre ello y haber pensado que esta mujer ya tenía la vida resuelta, incluso cuando la firmeza de su piel ya no la acompañara. Otro prejuicio. Mal vamos, Diana, mal vamos―. Creo que no nos conocemos, ¿verdad?
―No, no tengo el placer. Soy Diana Nesterenko y trabajo para el señor Coleman ―digo con toda la profesionalidad que soy capaz de transmitir.
Me sonríe con mucha cordialidad y, al instante, me da la sensación de que su calidez no es fingida, de que es una mujer sencilla y agradable que no es dada a las alabanzas vacías o al tan manido postureo de la gente bien. Me cae estupendamente desde el primer momento.
Se vuelve hacia su ¿hijastro? y sonríe con la misma complicidad que él muestra con la pequeña. Entonces caigo en la cuenta de que esa niña no es de Saul, sino que es ¡su hermana! y tengo que hacer gala de todo mi autodominio para no dejar salir una exclamación de mi boca. ¿Cuántos años se llevarán? ¿Treinta y cuatro? ¿Treinta y seis?
―Mil gracias por hacer esto, Saul ―le dice ella, tocándole con afecto el hombro―. Sé que no es buen día ni buena hora, pero ese desagradecido de Alistair se ha ido sin darnos más opciones. Y sabes que no puedo aplazar la cita con el doctor Thompson.
―Tranquila, hoy no tenía agendada ninguna reunión salvo la que estaba manteniendo con la simpática señorita Nesterenko, que ha accedido a realizarla mientras venía a recoger a Olivia. Así que no tienes de qué preocuparte. Se queda conmigo hasta que me aviséis, sabes que no me importa en absoluto, que adoro pasar tiempo con Olivia..
Los ojos de Fanny muestran un alivio y una confianza en Saul que no acierto a comprender del todo. Al fin y al cabo, ¿qué puede saber este hombre de bebés? No le pega mucho ser un entendido en la materia.
―Está un poco intranquila y mimosa ―le advierte ella―, no sé si está incubando algo o es solo cosa mía, de los nervios que tengo, que ya veo fantasmas en todas partes.
―Estaré pendiente ―le asegura Saul―. Estate tranquila.
―Me voy ya, que tu padre me está esperando en la clínica. Te llamaremos cuando acabe todo ―dice ella besando a su hija en la mejilla con profundo afecto y dedicándonos una sonrisa franca y cargada de algo parecido a la preocupación.
Cuando Fanny se aleja en dirección a un coche de aspecto lujoso que la está esperando, Saul vuelve a sentar a la niña en su sillita y, haciéndole dos o tres cucamonas más, ella se queda satisfecha y tranquila. La examina por un momento, le pone la mano en la frente y niega con la cabeza, como poniendo en entredicho las palabras de la madre de la niña. La ternura se dibuja en su rostro y es difícil imaginarse en él a la misma persona que me miraba desde el Hard Rock Cafe esta misma mañana, con los ojos encendidos de algo parecido a la curiosidad insana y las intenciones de jugar con su presa de un temible perro de caza.
―Mira que dejar tirada a una monada como esta… ese Alistair ya puede haberse ido del país, porque si lo pillo, no respondo de mí. ―Y le creo, creo que, si pillara a esa persona, no habría continente o planeta para que corriera a esconderse de la ira sin paliativos del hermano mayor de esta tierna princesita.
De algún modo, esa actitud protectora hace que sienta cierta simpatía por él. Y es que siempre me ha parecido que así deberían verse y entenderse los hermanos. Todo lo contrario a mi propia experiencia, a mi hermano y a mí en la vida que compartimos, y en ese infierno en el que Keyan convirtió la mía hace tantos años ya.
Sin muchas más ceremonias, Saul Coleman se sitúa tras la sillita de su hermana y emprende camino al interior de Central Park, dejándome plantada en el mismo sitio donde he visto partir a la atribulada madre. No sé qué hacer ahora mismo, si largarme sin decir nada, si quedarme en el sitio como un monigote o seguirle como un corderito sigue al pastor hasta el redil. Hasta ahora, no me ha dado la venia para que me vaya, pero algo me dice que no puede ser tan fácil. No con Saul Coleman en la ecuación.
―Señorita Nesterenko ―le oigo llamarme, sacándome del trance― ¿Se va a quedar ahí como un pasmarote? No hemos acabado y este lugar está muy concurrido, no es lugar para una niña. Acompáñeme al parque, si es tan amable.