Capítulo 11
Sentir miedo es humano
―No se preocupe, no ha sido culpa suya ―me tranquiliza el doctor Malone, pasándome una mano por la espalda mientras yo no puedo dejar de llorar desconsolada―. Nada de lo que usted haya hecho o dejado de hacer tiene que ver con… ya sabe.
―Pero…
―Él conocía los riesgos ―dice tajante, sin dejarme seguir autoinculpándome―. Y, aun así, decidió no venir al hospital. Usted ha hecho lo que ha podido. Créame.
Estamos en la sala de espera del Monte Sinaí. Menos mal que el hospital más prestigioso de la ciudad está a solo cuatro calles de distancia del ático de Saul, y que la ambulancia llegó en un tiempo récord. Si no, dudo mucho que él hubiera llegado vivo a cualquier otro lugar.
Aun así, pese a las ventajas de la poca distancia entre ambos lugares, Saul ingresó con parada cardiorrespiratoria y tuvo que ser reanimado en un box de urgencias, a solo dos metros de donde yo me encontraba, temblando y suplicando porque eso no estuviera pasando.
El miedo y la culpabilidad me atosigaban y no me dejaban ni siquiera pensar con claridad. Hasta que no escuché el bip de la máquina, indicando que había latido otra vez, mi corazón estuvo igualmente parado y muerto. Ha sido el momento más agónico de toda mi vida, y mira que ya atesoraba de mis años en Ucrania algunos muy feos y gordos.
Cuando he sido consciente de la gravedad de lo ocurrido y de lo sola que me encontraba en esa sala de urgencias, caótica y brutal, he salido al pasillo a intentar serenarme, cosa que no ha ocurrido en ningún momento. Con lagrimones del tamaño de Texas y con los nervios a flor de piel, he telefoneado al doctor Malone, que era mi única referencia y contacto, y quien confiaba que supiese cómo ponerse en contacto con la familia de Saul.
Ahora, con las palabras dulces del doctor quitándome la culpa de encima e intentando tranquilizar mi ánimo abatido, puedo asegurar que el miedo se ha instalado en mi pecho y creo que le va a costar irse de aquí.
Saul está en la UCI. Parece que está bastante grave pero todavía no nos han dicho nada en firme. Y creo que no lo harán hasta que llegue su familia. Aún no hay parte oficial y el doctor Malone, pese a que lo ha intentado, no ha logrado esclarecer del todo su estado real en estos momentos.
Estoy tensa y llena de temores, pero no admito moverme de esta sala de espera, pese a que son cerca de las dos de la madrugada. Por más que me recomiendan que me vaya a casa a descansar, cualquiera deja el puesto de vigilancia por si las moscas. ¿Y si despierta y pregunta por mí? No sería tan raro que lo hiciera después de estos días juntos, quizá verme cerca le podría ayudar. Y lo peor también se cruza por mi mente… ¿y si no despierta? ¿Y si me voy a descansar y ya nunca más lo vuelvo a ver? Se me desgarra el corazón solo de pensar que Saul no vuelva a abrir esos intensos ojos azules y a mirarme como si le debiera un poquito más de respeto.
No, no puedo irme pese a lo avanzado de la noche o el cansancio acumulado. No hasta que él despierte y me lo pida.
Cuando el doctor Malone vuelve por tercera vez de interrogar y amenazar a una acongojada enfermera, se da de morros con un hombre alto e imponente, pese a que ya sobrepasará de lejos los sesenta, y con Fanny, que viene agarrada de su brazo con el rostro visiblemente afectado.
―Solomon ―La angustia del hombre se hace patente por la forma de mirar y estrechar la mano del doctor Malone―. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está mi hijo?
Sin duda es el padre de Saul, no porque acabe de confirmarlo él mismo, sino por la forma de exigir una respuesta inmediata pese al mal trago de saber a su hijo grave en el hospital. Y también por esa actitud de caballero medieval portando una poderosa armadura, o por los ojos fríos, pero ardientes, en los que destaca el azul más hipnótico del mundo. Sí, este hombre es el padre del hombre que nos tiene a todos pendientes de un hilo, y me alegro enormemente de que esté aquí, porque a Saul Coleman Senior no creo que haya enfermera ni médico que se le resista.
―Tranquilo, no sabemos nada aún, pero Saul está en buenas manos ―le intenta calmar el doctor Malone.
―Pero ¿qué es eso de que está en la UCI por una simple varicela? ―inquiere él, testarudo, sin acabarse de creer la suerte que está corriendo su hijo―. La niña acaba de pasarla y ni nos hemos enterado.
Mientras el doctor Malone trata de explicarle las complicaciones que pueden derivarse de la varicela en adultos, Fanny se acerca a mí con una leve y triste sonrisa dibujada en sus preciosos y perfectos labios rojos. Solo verla ya es reconfortante. Si Saul Coleman Senior hace que mi miedo actual se dispare por encima de la barrera de la lógica, su joven esposa consigue justo lo contrario con solo mirarme: calmar mi corazón desbocado y sentir que no he hecho nada malo. Sus ojos castaños son como un oasis donde relajarse, como el fuego de un hogar en invierno… cada vez me gusta más esta mujer y no logro asimilar la idea de que Saul (Junior) la dejara escapar en su día.
―¿Qué tal te encuentras?― me pregunta con voz suave y me coge la mano con afecto, como si fuera una antigua sanadora que con la imposición de sus manos sobre las mías, consiguiera traer luz a mis tinieblas.
Me sorprende su pregunta, el tono, el contenido, la cantidad de significados que encierra. Me mira a los ojos y sé que ve algo que la complace. Sabe por el doctor Malone, porque él la llamó a ella y no al padre de Saul, de mis esfuerzos estos días, del cuidado que le he profesado a su hijastro y también, seguro, del sentimiento de culpa horrible, viscoso y lacerante que me está recorriendo por dentro sin ninguna misericordia.
―Estoy… estoy muerta de miedo ―confieso sin poder evitar que una lágrima se deslice por mi mejilla y delate mi inseguridad y mi enorme desconsuelo.
―Es normal ―dice casi en un susurro, abrazándome con un afecto que no sé cómo logro despertar en ella, que apenas me conoce―. ¿Has comido algo?
Niego con la cabeza y me doy cuenta de que no soy capaz de recordar en qué momento comí por última vez. No me importa, mi estómago está cerrado a cal y canto, y no creo que vuelva a abrirse hasta que alguien nos dé noticias (de las positivas) sobre el estado de Saul.
―¿Quieres que te traiga un café y algo de la máquina de las chucherías? A estas horas, me temo que la cafetería está cerrada. ―Se ofrece solícita.
Niego con la cabeza y trato de controlar el temblor de mi mano, aún retenida por la suya. Me pregunto si esta mujer y su marido, los padres del hombre que ahora mismo yace en la UCI de este carísimo hospital de postín, me verán aquí como una intrusa, como alguien que hasta llora y tiembla por Saul sin que ellos tengan apenas noticias de mi sola existencia. Y hasta yo me pregunto acerca de la magnitud de esta forma tan sentida de vivir el momento que estoy experimentando, pero es que no es para menos, me digo, ha estado a mi cuidado y se me ha escurrido, como la mantequilla derretida de entre mis dedos, hasta quedar postrado en una cama de hospital sin que sepamos qué es de su estado.
―Solomon, necesitamos que nos digan algo ―oigo entonces la voz cargada de urgencia del padre de Saul―. He contribuido a la financiación de este maldito hospital durante tres décadas. ¿Qué demonios? Un ala de este sitio debería llevar el nombre de mi familia por todos los donativos y actos benéficos que les he organizado para recaudar fondos. ¡Me niego a que se me oculte la verdadera gravedad del estado de mi hijo! ¡No aquí!
―¡Cálmate, cariño! ―Fanny le ataja con un gesto y se acerca a él, soltando mi mano y dejándome ciertamente huérfana, náufraga en este océano de incertidumbre―. No tardarán en decirnos algo y no ganamos nada armando un escándalo. Eso no te lo perdonarán por muy Coleman que seas.
―Ni un céntimo más para esta gente si no nos dicen nada en diez minutos. ¿Me oyes? ¡Ni un céntimo!
Parece que las palabras exasperadas del patriarca de los Coleman causan el efecto deseado, porque no transcurre ni un suspiro hasta que se persona ante nosotros la que asegura ser la doctora de Saul. Es una mujer intimidante, con una luminosa piel ébano, unos dientes perfectos y una sonrisa tan fría como los ojos del padre de Saul.
―Buenas noches ―comienza con una voz metálica de acento africano, cargada de un enfado que no se molesta en disimular. Está claro que no le gusta ser llamada a capítulo de esas formas tan poco ortodoxas. Tiene toda la pinta de haber recibido una llamada de esas que tu jefe hace para que muevas el culo rápidamente y des cuentas a quien las pide a gritos, porque ese que las pide pone mucha pasta que ayuda a mantener tu puesto de trabajo y el de todos los de tu alrededor―. Soy la doctora Osayande. Saul Coleman se encuentra estable dentro de la gravedad. Lo hemos ingresado con carácter urgente y realizado una reanimación, ya que ha entrado en parada cardiorrespiratoria. La falta de oxígeno no ha sido grave, creemos y, si recupera la consciencia en las próximas horas, no deberían quedar secuelas.
―¿Si recupera la consciencia? ―casi grita Saul Coleman Senior, encarándose con la doctora. Está claro que le da exactamente igual lo molesta que esté esta mujer― ¿Si? ¿No cuando, sino si?
―Me temo que no le puedo garantizar que vaya a despertarse, aunque todos los indicios indican que lo hará ―asegura ella sin cambiar ni un ápice la adustez de su rostro―. Solo puedo decirle que las siguientes horas serán cruciales y que está en las mejores manos posibles.
―Respuesta de manual, doctora ―la espeta él, que no puede controlar el nerviosismo que lo invade―. Pensaba que aquí trabajaban los mejores médicos del país. ¡No puede decir en serio que mi hijo puede que no despierte por culpa de una maldita varicela que se supone que no da más que granos y fiebre!
―Lo siento, señor Coleman ―dice ella que, por fin, muestra algún signo de humanidad―. Es todo lo que puedo decirles por el momento.
―¡Espere! ―la llama él cuando la doctora se está girando para irse―. ¿Cuándo podremos verle?
―Eso aún no puedo decírselo. Si despierta en las próximas horas, que sería lo deseable para evitar esas secuelas a largo plazo, les llamaremos en cuanto sea posible para que lo vean ―dice cautelosa, muy despacio―. Si no despierta… bueno, si no despierta programaremos visitas de diez minutos a partir de esta misma tarde.
Cuando ella se marcha para seguir con su trabajo, Fanny coge a su marido y lo sienta en una de las sillas de la confortable sala de espera que ocupamos. Se sienta a su lado y entrecruza su mano con la de él, mientras le acaricia el pelo y le besa en la mejilla, como si fuera un niño pequeño perdido que anhela reencontrarse con su madre.
―Todo va a ir bien, cariño, ya lo verás ―le susurra al oído, transmitiéndole un amor y una ternura que hacen que todo encaje en mi mente solo con mirarlos, olvidando de un plumazo los más de treinta años de diferencia que hay entre ambos―. Cielo, ¿por qué no te sientas un rato y descansas?
La miro profundamente agradecida por incluirme en esa pequeña reunión tan íntima, y por permitir que me quede junto al padre de Saul, el médico de la familia y ella misma. Tomo asiento al otro lado de donde ellos se encuentran, poniendo cierta distancia para no incomodarlos y dejarles su intimidad para que pasen el dolor sin sentirse agobiados.
―Cariño, no conoces a Diana, ¿verdad? ―interviene Fanny de nuevo cuando ya he tomado asiento―. Ha estado cuidando de Junior todos estos días. Y muy bien, según me ha asegurado Solomon, ¿no es así?
El señor Coleman me mira durante un instante, como valorando mi grado de implicación en el estado actual de su hijo, y casi puedo notar cómo sus ojos intentan saber si me merezco su confianza o todo lo contrario.
―¿Estaba con él cuando ocurrió todo esto? ―me pregunta receloso y hasta con una nota de ira contenida en la voz.
Yo empequeñezco en mi confortable asiento y deseo hacerme invisible o serlo para el señor Coleman como hasta este mismo momento lo había sido. No sé si es buena idea volverme una persona real y presente para un hombre frustrado, enfadado y profundamente dolido por el estado en el que su hijo se encuentra en estos momentos. Entiendo que ande a la caza de un culpable y parece que yo tengo muchas de las papeletas para que me nombre a mí con ese título.
―Sí, cariño, estaba con él ―se apresura Fanny a contestar por mí―. Gracias a Dios, si no llega a ser por ella, no hubieran llegado a tiempo al hospital. La señorita Nesterenko ha estado con Junior desde que el doctor Malone fue a verlo por unas molestias el viernes por la tarde. Ha sido un verdadero ángel y nunca podremos agradecerle lo suficiente todo lo que ha hecho por él. ¿No te parece, amor?
Las suaves palabras de Fanny apaciguan el gesto adusto y los puños crispados del señor Coleman, que asiente en silencio, como asimilando el discurso que su joven esposa acaba de pronunciar en mi favor. No puedo evitar suspirar de alivio, dejando caer la enorme carga que yo misma había colocado sobre mis hombros y sobre mi conciencia.
―Muchas gracias por cuidar de mi hijo, señorita Nesterenko. ―La voz del padre de Saul parece vencida, quebrada, rota… y me da tanta pena que un hombre con tanta energía esté así de derrotado que a mí también me apetece acercarme y hacer como Fanny, aferrarme a su mano y apretársela para transmitirle todo mi apoyo y cariño.
―Llámeme Diana, por favor ―acierto a decir en un susurro mientras me hundo más en mi asiento y procuro no pensar en nada.
Pasan las horas y nadie nos dice ni una palabra. El cansancio empieza a pasar factura en mi cuerpo, que lleva sin dormir casi veinticuatro horas, pero me niego a dejarme llevar por el sueño por si acaso Saul despierta y se olvidan de avisarme.
En lugar de dejarme caer en los brazos de Morfeo, me dedico a repasar los días que he pasado en el ático, haciendo de enfermera, cocinera, camarera, asistente, lectora, saco de golpes moral y, también, amiga de alguien que ha querido que yo fuera todo eso sin cuestionarse siquiera la idoneidad del acuerdo.
Cuando Hanna llegó aquella tarde en la que el doctor diagnosticó la varicela de Saul, corrí a mi apartamento a meter en una mochila algo de ropa, mi cepillo de dientes, mis patines y un par de libros. No sabía el tiempo que Saul estaría convaleciente, pero, desde luego, no iba a estar yendo y viniendo a mi casa. Me instalaría en el ático, que para eso tenía tropecientos metros cuadrados muy poco usados. Una autoinvitación en toda regla, sí, pero las circunstancias mandaban. Y ni siquiera pedí permiso… apenas me reconocía.
Aunque la procesión iba por dentro. Desde el mismo momento en que el doctor Malone abandonó el apartamento de Saul y yo me quedé sola, absolutamente escéptica de mi propia capacidad para poder con todo lo que suponía cuidar de alguien que podía o no podía padecer una varicela complicada, las dudas me envolvieron y me condicionaron.
Y no solo las dudas sobre si Saul debería irse al hospital a que le hicieran una revisión acorde al ataque respiratorio que acababa de sufrir, para descartar más complicaciones al menos, sino también dudas acerca de que mis labores de asistente tuvieran que extenderse de ese modo. ¿Y si me extralimitaba y Saul prefería esperar a que el doctor Malone le consiguiera una de esas enfermeras privadas que, seguro, sabían más que yo y no estaban tan asustadas? ¿Y si le parecía un atrevimiento que me hubiera nombrado a mí misma custodia de su salud?
Para combatir esa sensación de inseguridad que él me provocaba, decidí que la mejor defensa siempre ha sido un buen ataque, y que a la guerra siempre hay que ir con una mentalidad clara: es mejor morir matando. Así que me hice la dura delante de él, durante días, desde que me despertaba en la habitación de al lado, hasta que me acostaba, tras haber pasado una jornada entera desafiándole, siendo esquiva, batallando con él para mantenerle a distancia, pero, también, para hacerle entender que la que mandaba y controlaba en esta ocasión, era yo.
No fue fácil. Con Saul Jacob Coleman Junior nunca hay nada fácil, eso ya lo tenía claro, pero nunca me incluí yo en la ecuación. Nunca pensé que yo pudiera cambiar de opinión y dejar de verle como el engreído y arrogante jefe que piensa que puede hacer conmigo lo que desee solo porque me paga. Porque nunca tuve eso en cuenta, nunca consideré que él fuera alguien agradable, con una coraza y un disfraz para vivir una vida que, quizá, no le está dejando ganar en todo.
Los dos primeros días, la distancia fue patente entre ambos lados, pero supongo que no se puede mantener un asedio largo si la diplomacia hace su trabajo, así que, poco a poco, fui viendo a la persona tras el traje, al hombre tras el título de jefe, y al sentido del humor directo y franco tras la sonrisa de medio lado, esa que le hace asemejarse a un lobo hambriento.
El tercer día no podía más y tuve que llamar a Saskya, sobre todo porque no era capaz de aclararme yo conmigo misma, y estaba cansada de dialogar en mi cabeza como si fuera bipolar o tuviera un trastorno de personalidad múltiple.
En esos días no le había dado ninguna explicación más que un escueto mensaje diciéndole que estaría fuera unos días y que ya le contaría. Pero… ¿qué iba a contarle? Conociéndola como la conocía, sabía que no iba a salir indemne de esa conversación.
―¿Dónde coño te has metido, Diana? ―Fue su saludo nada más descolgar el teléfono. Al primer tono―. Me tienes desquiciada de los nervios. ¿Sabes cuántos mensajes te he mandado desde el viernes?
Cincuenta y seis. Los había contado. Y leído. Todos. Al principio, mi amiga había bromeado con el hecho de que me hubieran abducido para comprender mi repentina desaparición, vagamente explicada con ese mensaje mío de ya te contaré, pero con el paso de las horas y mi negativa a entrarle al juego para, así, no dejar que me sacara nada ni de dónde estaba ni con quién, Saskya me llegó a amenazar incluso con mandar mi foto a la Policía y a uno de esos programas de televisión donde se pide la colaboración ciudadana para dar con el paradero de gente desaparecida.
Eso eran palabras mayores. Porque si mal no conozco a Saskia, ella es capaz de eso y de mucho más solo por sacarme dónde demonios me había metido. Era imposible que me dejara huir o escapar de sus garras. Y esa es su forma de demostrarme su amor. En serio.
―No iba a decírtelo para que no…
―¡Pero serás zorra! ¡Ya te has metido en la cama del buenorro de tu jefe! ―gritó al teléfono sin dejarme acabar la frase―. Tres semanas has tardado, ¡tres! ¡Eres una hipócrita!
Y no me estaba insultando, que conste. Que todos sus gritos eran halagos hacia el que creía que era un acierto, una forma de felicitarme por lograr que un hombre como Saul se hubiera metido entre mis piernas.
―¡No estoy ni he estado en la cama de mi jefe en toda mi vida! ―agregué inmediatamente, en un vano empeño de conseguir que mi honor no se viera enturbiado en la cabeza malpensante de mi amiga―. El sí está en la cama. Lleva allí desde el viernes y por eso no he estado localizable. He estado en su casa, ayudándole.
―¿Ayudándole? ―me repitió incrédula― ¡Venga, Diana! Espabila de una vez y hazlo, métete en su cama de verdad y dale una alegría a ese cuerpo… dale uso de una vez o se te va a secar.
Me dieron unas ganas enormes de colgarle el teléfono por muy amiga que fuera y por mucha necesidad que tuviera de sacar todas mis sombras de la cabeza. No fallaba que ella siempre se me fuera de tema, normalmente hacia consejos de índole afectiva y/o sexual. Y sé que lo hace por el amor que siente hacia mí, pero en ese momento yo necesitaba una amiga normal y no a una despendolada que solo pensara en que me liara con mi jefe enfermo, el mismo por el que empezaba a sentir cierta simpatía y que me descolocaba del todo.
―Saskya… ―traté de hacerla callar, aunque cuando algo se le mete en la cabeza, es difícil hacer que cierre la boca.
―No me vengas con Saskya, sabes que tengo razón. Y no me vengas con que hay no sé qué claúsula en ese estúpido contrato, porque no me lo trago. Estás en su casa, él está en la cama… no te lo pienses mucho, o la del tiempo se enterará y te apartará de él (después de arrancarte los ojos, claro).
―Si no vas a escucharme o no vas a tomarte esto en serio, voy a colgar ―amenacé ya a la desesperada.
Creo que eso surtió su efecto, no concebía que Saskya quisiera dejar el tema, pero menos aún la conversación, así que, ante la amenaza de cortar la comunicación, parece que se volvió un poco más cauta y guardó silencio durante dos segundos. Cosa que yo aproveché para tomar la delantera y hablar.
―Saskya, escucha ―atajé en cuanto pude meter baza―. Esto es serio, muy serio. Este hombre está enfermo y no es una tontería, así que te pido que no hagas muchas bromas que no está el ambiente como para guasas. Necesito contarte que…
―¿Qué? ―respondió ella solícita, dejándome claro que había captado el tono y el mensaje. Por cosas como esta era imposible no quererla.
―No lo sé… es que… creo que no es como pensaba. ―Como ni yo misma me aclaraba, ya me imaginaba que sería difícil transmitírselo a mi amiga… cosa con la que ya contaba desde el inicio de la llamada.
―Nunca lo son, querida… ―susurró ella con dulzura.
―Pero…
―Pero es que tú eres un ser hermético y la persona que menos se ha dejado llevar por los demás ―continúa―, y a veces te llevas sorpresas cuando lo haces. De las malas, como con el cabronazo ese del chef, que espero que un día reciba su merecido y acabe entre rejas; pero también de las buenas, como esta… ¿o me equivoco?
―No, creo que no te equivocas… ―confirmo en un susurro apenas audible―. Me está gustando conocerlo, aunque… creo que estoy asustada.
―Diana, mi amor, después de media vida con las piernas cerradas con un cinturón de castidad simbólico como el que has llevado, ¿qué esperabas que pasara? ¿Qué todo fuera como en las películas o en los cuentos? ¡Pues claro que estás asustada! Pero, créeme, eso es bueno.
―¿Bueno? ¿Cómo es eso bueno? ―casi grité de pura contrariedad.
Un silencio al otro lado de la línea me indicó que Saskya se estaba pensando muy bien la respuesta, consciente de la importancia que todo eso estaba teniendo para mí.
―Tener miedo es humano y tú hace mucho tiempo que no habías sentido nada, bueno ni malo, en ese corazón tuyo. Así que enhorabuena, mi niña, porque eso significa que, por fin, estás viva.
Más silencio. Esta vez mío… esta vez fui yo la que enmudeció completamente. Y no era para menos, menuda conmoción, menudo susto, menudo vuelco al corazón comprender que Saskya tenía razón. Mucha razón. Toda la maldita razón.
―Yo…
―Cariño, me alegro tanto por ti que ahora mismo podría llorar ―exclamó ella llena de júbilo―. O secuestrarte para emborracharte. Qué pena que no puedas dejar a ese pobre hombre moribundo… ni yo a mi hijo atascado en la pared.
―¿QUÉ?
―¿No te lo había dicho? Estoy en casa, esperando a los bomberos. Danno está literalmente empotrado en la pared del salón, como un armario.
―¿Pero eso es posible? Quiero decir ¿Qué demonios ha hecho? ―Ni siquiera quería saberlo, me podía imaginar lo peor.
―Ha estado viendo películas de superhéroes toda la tarde y a eso de las siete, cuando bajé a comprar helado para los dos, decidió emularlos. Lleva ahí encastrado cuarenta minutos y esos chicos no vienen. Normal, supongo que saben que les hemos llamado nosotros y ya sabes que, tristemente, conocen demasiado bien a mi hijo… ―Su voz se debatía entre parecer seria y romper a reír de forma histérica. Pobrecita, la comprendía demasiado bien.
―¡Dios mío! ¿Y él está bien? ―pregunté con la angustia de pensar que, quizá esta vez, Danno se hubiera pasado y se hubiera lastimado de verdad.
―¿Me preguntas en serio si está bien? ¡Claro que está bien, como siempre! Si alguna vez se diera un buen susto, seguro que dejaba de ser tan gilipollas.
―¡Eh, mamá! ¡Que estoy aquí delante! ¡Que puedo oírte! ―se oyó entonces al pequeño terrorista al otro lado de la línea, antes de subir aún más la voz para hacerse oír y contarme directamente sus excitantes novedades―. ¡Tía Diana, estoy genial! ¡Mira mi Instagram, acabo de subir un selfie molón desde dentro de la pared! ¡A ver quién supera esto!
Podía imaginarme a Saskya tirándose de los pelos y controlándose para no llamar a la Marina y alistar de inmediato a su anárquico hijo. No pude evitar sonreír ante la situación, porque Danno tenía el extraño don de hacer que muchas de sus travesuras nos acabaran por hacer reír (sin que él lo supiera, claro, solo faltaba que le diésemos alas).
La sirena de los bomberos a lo lejos puso fin a nuestra conversación y yo decidí que no iba a pensar mucho más en aquello que Saskya me había dicho. Si quería mantener mi cordura y mi trabajo, lo mejor era seguir mostrándome como hasta ahora. Aunque, cierto es, llevarse mejor con el jefe no era algo a lo que estuviera dispuesta a renunciar.
Los días en el apartamento de Saul vuelven una y otra vez a mi mente mientras pasan las horas en la sala del hospital. Vuelven nuestros tira y afloja, sus sonrisas cálidas, la intimidad surgida, el miedo, las dudas, la proximidad, esos usted desterrados para siempre, ese roce de manos leve que alguna vez tuvimos por accidente… y todo se mezcla en mi cabeza, recordándome que, quizá, no fue más que un espejismo, algo para recordar si él no despierta, si no regresa y lo hace real del todo. Tiemblo de la cabeza a los pies y mi corazón se desgarra un poco más con cada segundo que él permanece encerrado en ese abismo.
Creo que estos días nos han acercado tanto que incluso he vencido mis propios miedos. Casi se me sale el corazón por la boca cuando quiso hacerme una pregunta y yo prometí contestar. Sabía que querría saber de mi pasado, de Ucrania y de lo que me pasó allí. Saber de esa parte que yo tengo bloqueada y a la que nunca vuelvo, para no repetir sufrimiento ni quedarme estancada en la víctima que fui. Pero no me preguntó nada más que si había huido de alguien, no profundizó y yo se lo agradecí. No creo que hubiera sido capaz de hablarle de mi hermano, de lo que hizo, de las secuelas, de la confianza aplastada o de la complicidad de un padre ausente que le dejó hacer a su antojo, incluso mancillarme siendo solo una niña asustada. No creo que eso lo pueda compartir nunca con él y, pese a que Saskya me empuja a volar por encima e impedir que me siga alcanzado, es difícil enterrar para siempre las lágrimas amargas de una cría asustada, manchada y abandonada.
Me froto las manos y decido ponerme en pie. Necesito salir de aquí, huir y esconderme. Necesito borrarlo, que esto no esté pasando. Necesito hacer lo que mejor se me da, evadirme de lo que me hace daño.
―Buenos días ―dice la voz dulce de una enfermera que se nos ha acercado y que nos hace percatarnos de la hora que es, las ocho y media de la mañana, ya más que amanecido el nuevo día―. El señor Coleman ha despertado.
Nos miramos unos a otros con un rayo de esperanza dibujándose en nuestros rostros, de pronto alegres como niños de cinco años la mañana de Navidad. El padre de Saul se acerca más a la enfermera para sonsacarle más información, mientras el doctor Malone y Fanny se acercan más a mí, como formando una piña frente a posibles malas noticias, y ella entrelaza su mano con la mía.
―¿Cómo está? ¿Está fuera de peligro? ―La voz del señor Coleman suena asustada, pero esperanzada y llena de ganas de oír buenas noticias.
―Ahora vendrá su médico y les pondrá al día. ¿Alguna de ustedes es Diana? ―pregunta en dirección a Fanny y a mí.
Mi corazón se salta un latido y aprieto más la mano de la madrastra de Saul. Tardo casi cinco segundos en reaccionar y asegurarle que Diana soy yo.
―¿Sería tan amable de acompañarme? Desde que se ha despertado no deja de preguntar por usted.