Capítulo 14

Te mereces tu propia gran historia de amor

 

Gracias a los cielos, tengo Central Park y mis patines para calmar mis nervios y mi neurosis crónica. Aunque, a veces, no pueda evitar que los problemas me acaben encontrando.

―Así que es aquí donde te escondes los domingos.

Su voz me perfora y a punto está de desequilibrarme en mitad de una pirueta.

Me giro y lo miro con los ojos desencajados. No puedo ocultar que, quizá de todas las personas que conozco, Saul es la última a la que esperaría ver aquí. Este lugar me mantiene a salvo de casi todo lo que me amenaza, y desde ayer por la tarde, Saul es una de las razones que hace tambalear mi cordura y mi seguridad emocional.

Cuando escapé de Antoine's con la amarga sensación de estar caminando sobre una cuerda floja, y tras la llamada de Fanny invitándome a cenar, solo tenía en mente esconderme bajo tierra y no ver ni hablar con nadie.

Pero Saul tenía otros planes, y desde poco después de las seis de la tarde, comenzó a llamarme con insistencia. Primero llamaba y colgaba. Luego pasó a mandarme Whatsapps y, por último, se animó de dejarme mensajes de voz en el contestador. Una hora más tarde, y ya incapaz de soportarlo más, apagué mi móvil y lo metí en el cajón de la mesita de noche, donde sigue durmiendo el sueño de los justos.

Por eso, aquí, en este lugar y tras darle sobradas largas, no entiendo cómo ha sido capaz de localizarme y, lo que es peor, por qué está tan guapo esta mañana, con esa barba de tres días que se lleva dejando desde que cayó enfermo y que cada día me gusta más. Está bronceado pese a ser solo febrero y lleva unos vaqueros oscuros que le marcan gran parte de su anatomía, y una cazadora acolchada de plumas, color tormenta, que hace juego con sus increíbles y brillante ojos.

―¿Qué haces aquí?

―¿Yo? Ver cómo patina la gente en el Rink esta maravillosa (aunque terriblemente fría) mañana de domingo, mientras me tomo mi chocolate calentito en las gradas ―contesta con su voz más alegre, cargada de una simpatía y un buen humor que no se corresponden mucho con el mío, ahora mismo negro y de perros―. Ojalá nevara ya de una vez… ¿no te parece que patinar aquí sin nieve alrededor es como ir a la playa y que falte la arena?

Me sonríe burlón y me dan ganas de darle la espalda y no hacerle más caso. Pero algo me impide apartarme de él, algo poderoso y que no sabría nombrar me obliga a permanecer aquí, al menos hasta haber averiguado cómo me ha encontrado y qué demonios quiere de mí.

―He traído un chocolate también para ti ―agrega cuando se asegura de que no voy a añadir nada―. No es tan bueno como el que te invité a tomar en Times Square el día de nuestro desayuno de trabajo, pero sirve para matar el frío.

Me tiende el envase de plástico que contiene el chocolate y yo lo miro sin mover ni un solo músculo.

―Hoy es mi día libre.

―Lo es, cierto. No estoy aquí para ponerte a trabajar, que conste ―dice poniendo un gesto inocente que hace que me entren unas ganas horribles de besarlo. ¡Mierda! No quiero pensar en besos ni en desearlo, así que me vuelvo a recordar que debo mantener las distancias―. Solo quería invitarte a un chocolate caliente. Pensé que quizá tendrías frío.

―¿Cómo me has encontrado? ―intento que su gesto no me afecte, que el haberme traído chocolate como si fuera su novia o esa chica interesante a la que trata de conquistar, no enturbie mi determinación de mantenerme a una prudencial distancia de él, mientras evalúo todos los aspectos de esta relación, laboral y personal, tan rara que tenemos.

―No ha sido fácil. Eso te lo aseguro.

Por más que me interese conocer la forma en la que ha dado conmigo, me digo que mi paciencia debe tener un límite y que no necesito jugar a sus juegos. No aquí, en este sitio donde siempre he podido ganar mis batallas dejando la mente en blanco y pensando, de verdad, en que yo era más fuerte que todo cuanto me rodeaba y amenazaba.

―Seguro que no… pero solo ha podido decírtelo una persona.

―Saskya Kolesnik no aparece en la guía de teléfonos. Me he tenido que esforzar para localizarla ―confiesa satisfecho de su efectivo trabajo detectivesco.

―Ya sabía yo que no debí haberos presentado.

―Te equivocas. La señorita Kolesnik y yo hemos pasado un rato muy agradable ―afirma divertido―. Siempre es agradable charlar cuando el tema de conversación eres tú.

Pongo los ojos en blanco y me dispongo a volver a patinar, aunque me detengo un instante, temerosa de pronto de perder pie en el hielo por culpa de los nervios. Sé que no seré yo misma en la pista con él clavando sus intensos ojos en cada uno de mis movimientos. No. Debo negociar con él una retirada y sacarlo del Rink para que vuelva a sentirme segura y confiada, como siempre ha sido en este lugar.

―Por favor, ¿puedes dejarme sola? ¿Puedes no estar aquí y enturbiar la paz que me provoca este lugar? Se supone que la pista de hielo y tú no deberíais juntaros.

Me observa durante un instante y me mira con una intensidad capaz de traspasar mis ojos y hasta mi corazón. Soy incapaz de apartarme de su mirada, que se clava tanto en la mía que hasta duele.

―Estás muy guapa ―susurra, provocando que se erice toda la piel de mi cuerpo―. El amarillo te queda precioso. Pareces una princesa.

Llevo puesto mi vestido especial, como siempre que necesito sentirme segura. No me lo ponía desde la mañana después del ataque de François Terres, pero hoy, antes de salir hacia aquí, la necesidad de vestir estas ropas y tener la sensación de que volaba sobre la pista, ha sido imperiosa. Y eso solo lo consigo con mi vestido amarillo. Supongo que pasar la noche pensando en Saul y en nuestras posibilidades me ha provocado cierta ansiedad que necesitaba atajar de algún modo.

―Por favor, vete… ―suplico con apenas un hilo de voz.

Pero ya soy plenamente consciente de que, se quede o se vaya, la magia del día en el hielo se ha roto. No soy capaz de imaginarme patinando después de su visita, aunque me asegure que se va a ir lejos. Tras un par de segundos sosteniéndonos la mirada, decido que el día en el Rink se ha perdido.

Me dispongo a despedirme de Marcel y, cuando lo estoy buscando con la mirada, perdido entre las numerosas personas que hoy llenan la pista de hielo, noto, por el rabillo del ojo, cómo Saul deja los dos vasos con chocolate caliente encima de las gradas y desaparece de mi lado. Me giro para seguirle con los ojos como platos, incrédula de que me haya hecho caso y pretenda irse de verdad, y veo que se para frente al mostrador donde se alquilan los patines. ¡No será verdad que vaya a intentarlo!

Sin poderlo evitar, una sonrisa burlona se pinta en mis labios. Va listo si pretende que patine con él o que le espere mientras se aferra a las esquinas para no caerse redondo al suelo. Aun así, me mantengo en mi sitio mientras él, que no me quita los ojos de encima, se coloca los patines en la parte baja de las gradas. En sus labios también hay una sonrisa, y también mientras se los ata, veo una burla increíble en su semblante. Es una de esas sonrisas suyas de suficiencia, de esas que tanto me dedicaba los primeros días, cuando apenas nos conocíamos.

Se pone en pie una vez concluye la operación de colocarse los patines y, trastabillando, llega hasta la pista, a la que entra con… una enorme destreza que me deja con la boca abierta. No solo no se cae, sino que mantiene el equilibrio con mucha seguridad y hasta se permite hacer alguna cabriola para chulearse delante de mí.

―¿Qué? ¿Pensaste que eras la única que sabía hacer esto? ―me increpa jocoso, mientras me guiña un ojo y se coloca a mi lado.

―Para serte sincera ―admito con el rubor tiñendo mis mejillas―, no creí que fueras a hacerlo bien.

―Ah… prejuicios ―y se aleja con soltura y el ánimo de lo más jovial.

Verlo patinar con esa alegría me produce una sensación muy bonita en el pecho y no sabría decir exactamente la razón. Quizá es por verlo también a él disfrutar de algo que a mí me encanta o que en su cara se refleja una libertad y una ligereza que antes nunca le había notado. Algo parecido a lo que yo experimento encima del hielo.

Lo veo a su aire, relajado, feliz y una sonrisa se pinta en mis labios. Una sonrisa que, apenas nace, ya quiere morir, sobre todo cuando lo veo que se acerca a Marcel y le tiende la mano para saludarlo.

Con el corazón en un puño, muerta de miedo por si se muestra con poco tacto delante del chico que, claramente aún no se le ha pasado el disgusto de hace dos días, vuelo hasta donde ellos se encuentran. Me acerco haciendo gala de mi pericia en la pista, esquivando a un par de turistas que apenas se sostienen encima de sus patines alquilados.

―¿Todo bien, Marcel? ―pegunto con una ansiedad propia de una mamá leona que pretende proteger a su cachorro.

―Sí, estupendamente, Princesa. ―Me sonríe él, aunque ese gesto no logra calmar mis nervios―. El señor Coleman se estaba presentando propiamente. El viernes no hubo muchas oportunidades para que me lo presentaras.

Su sonrisa se vuelve un poco triste y muestra una vulnerabilidad muy poco propia del Marcel de antes de la proposición. Miro a Saul con cara de advertencia, pero él o no capta mis intenciones o pasa olímpicamente de ellas.

―¿Sabes que la primera vez que nos vio pensó que tú y yo…? ―me pregunta divertido, como si no se acabara de creer lo que Saul seguro que acaba de contarle.

―Sí, lo sé… ―contesto con cautela―. Parece que nadie se libra de los prejuicios.

Saul sonríe satisfecho. Quiere provocarme y por eso está aquí, haciendo y diciendo cualquier cosa que pueda sacarme de mis casillas. Me siento como en los primeros días de su enfermedad, dentro de esos tira y afloja que nos tenían todo el día enganchados y que sacaban los peor y lo mejor de ambos.

―Estabais muy juntitos ―se excusa Saul―. Cualquiera lo hubiera pensado. Claro que si Diana me hubiera puesto en antecedentes y me hubiera hablado de cierta dama rubia...

―Cierta dama rubia de la que mejor no hablamos ―me apresuro a recalcar para evitar tensiones innecesarias.

―Podemos hablar de Stella ―afirma Marcel y, sorprendentemente, en su voz hasta hay una ilusión real de que eso hagamos, que hablemos de ella como si lo necesitara tanto como el respirar.

―¿Estás seguro?

―Me parece una sabia elección. De los problemas no hay que huir. Hay que perseguirlos y acorralarlos, hasta dejarles claro que quien manda eres tú ―dice Saul muy serio.

―Sabio consejo para un chico con el corazón hecho pedazos. ―Mi nivel de sarcasmo aumenta según Saul se implica con Marcel. Supongo que es, de nuevo, mi instinto de protección.

―¿Sabes, Diana? Quizá tu amigo tenga razón y deba coger el toro por los cuernos.

―No le hagas caso a mi amigo. Ha desayunado ginebra. Mucha.

―Vamos, Diana, deja que el chico la reconquiste. Él la ama.

―Lo mejor es que espere a que ella dé señales de vida y que no la agobie.

―¿Y tú eso cómo lo sabes? ―me mira fijamente, y noto un atisbo en sus ojos. Sé que piensa que me tiene acorralada―. No será por tu enorme experiencia, ¿verdad?

Su golpe bajo me deja sin aliento. Por más que los vea venir, aún consiguen noquearme. Y este lo ha hecho bien. Jaque mate. Tú ganas, Saul J. Coleman.

Sin dejar de mirarle a los ojos (no quiero que pierda de vista el dolor que sus palabras me han provocado), me alejo de ellos dos para volver a las gradas y calzarme. Hoy ni el viento en la cara, ni el hielo bajo los pies, ni siquiera mi vestido amarillo, han conseguido hacerme volar y desconectar de todo. Su presencia es incompatible con mi sensación de libertad total, así que decido largarme de una vez por todas.

―Diana ―le oigo que me llama a mi espalda justo cuando me vuelvo para entrar a cambiarme. Está tan pegado a mí que hasta puedo sentir su aliento.

―Déjame ―susurro aún de espaldas, sin atreverme a moverme. Creo que he empezado a temblar, pero tengo tantas cosas dentro de mi cabeza, que no soy plenamente consciente de ello.

―Diana, lo siento. No he debido decir eso.

―No, no has debido.

Me tiende una mano que aparece en mi campo de visión mientras trato de contener unas lágrimas que no quiero que vea. Su voz, suave como una pluma, me acaricia la nuca y siento que mil estallidos eléctricos me recorren toda entera.

―Patina conmigo ―me pide muy bajito, como si temiera asustarme―. Solo una vez. Luego, puedes dejarme aquí y no volver a contestar a mis llamadas nunca más.

Me vuelvo despacio y lo miro con pesar. Él me dibuja una sonrisa con sus dedos sobre mis labios y se aferra a mi mano, que he levantado hacia él casi sin darme cuenta.

Juntos, mucho, y en silencio, patinamos de la mano como dos adolescentes, mientras el viento barre mis lágrimas y Saul aprieta mis dedos entre los suyos, como si me estuviera sosteniendo sobre un precipicio. Lo cual no está lejos de la realidad… porque estando con él siempre siento que estoy caminando sobre una cuerda floja a cuyos pies solo hay oscuridad y mucha incertidumbre.

―Venía aquí con mi padre y mi madre durante las vacaciones de Navidad. Era lo único que hacíamos juntos, los tres. Era el único momento del año en que nos sentía como una verdadera familia.

Su voz es suave y parece apagada, como si estuviera contándose a sí mismo esos recuerdos de infancia que lo hicieron feliz hace años. Me imagino a Saul de niño, agarrado a sus padres, sintiendo el viento, la libertad y la felicidad de tenerlos a ambos para él. Y siento que lo entiendo y que sí, que es verdad, que esa sensación primera al verle sobre el hielo y sentir que esto nos unía, ahora es real y me toca el alma de una forma muy hermosa.

―Lo echo de menos... ―y su voz se funde con el sonido del ambiente de esta fría mañana de domingo, mientras soy yo, ahora, quien se aferra a su cálida mano para transmitirle algo parecido a la comprensión.

―Yo siempre he querido emular mi inexistente gran historia de amor a través del patinaje sobre hielo. Creo que Love Story me ha marcado demasiado. ―Río amargamente, porque no puedo sonar más patética al decir en voz alta lo que siempre he sabido: que siempre he esperado al amor, pese a haberlo vetado deliberadamente en mi vida.

―Te mereces tu propia gran historia de amor ―dice dulcemente, y noto cómo acaricia mis dedos con los suyos, haciendo que hasta me estremezca de placer―. Y algún día la tendrás.

Sus palabras me dejan sin aliento y la decepción lo inunda todo de repente. Desde que empecé a sentir cosas por él, nunca he retirado la red de seguridad pese a todo, y ahora me doy cuenta de lo afortunada que soy de no haberlo hecho. Porque ahí está Saul, asegurándome que algún día encontraré el amor, pero desmarcándose completamente de involucrarse en el asunto.

No quiero parecer decepcionada ante él, así que guardo silencio sin borrar una sonrisa falsa y acartonada que, espero, él dé por buena y sincera. ¡Qué difícil es fingir dignidad cuando por dentro estás deseando desvanecerte!

Seguimos patinando en silencio y cogidos de la mano. Es una experiencia absolutamente novedosa para mí, que nunca he tenido a nadie que me coja de la mano en toda mi vida. No al menos como él lo está haciendo en estos momentos. Y me gusta. Me gusta mucho esta sensación de sentirme amarrada a alguien, a algo, por primera vez desde que tengo uso de razón.

―¿Puedo volver a llamarte con la esperanza de que, de nuevo, contestes al teléfono? ―me pregunta tras unos segundos, cuando está claro que yo no voy a añadir nada a su comentario sobre el amor que un día encontraré.

―Contestaré ―aseguro con un punto de frialdad en la voz del que no soy consciente hasta que abro la boca―. Eres mi jefe, tampoco es que tenga muchas más opciones.

―Ya… sobre eso tendremos que hablar cuando vuelva. Si te parece.

Sí, creo que lo mejor es que dejemos nuestra relación laboral y también nuestros jueguecitos que no llevan más que a crear falsas expectativas y decepciones. Me parece muy bien que hablemos y que rescindamos un contrato que, por otra parte, ya hemos incumplido con aquel beso bajo la terraza de Bethesda.

―Lo que tú digas.

―Diana… noto que te me escapas y me da miedo que te hayas pensado mejor todo y no quieras que nos veamos más.

Hay tristeza en sus palabras, y anhelo, un deseo de estar equivocado y que nada de todo lo que intuye que pasa sea cierto. Pero puede que lo sea. Puede que yo ya me esté situando en otro plano y no quiera seguir exponiéndome a que me hagan daño. Cierro los ojos por un instante y controlo de nuevo las ganas de llorar que me invaden de repente.

No quiero tener esperanzas, así que asumo sus palabras sin que haya mayores intenciones escondidas tras ellas. Es mejor curarse de más decepciones y no exponerse a que a una le acaben por romper el corazón.

―Necesito tiempo para pensar y encontrarme a mí misma. Vete de gira y deja que ponga en orden todo lo que tengo dentro. Ahora mismo es mucho.

Nos paramos en mitad de la pista y siento deseos de soltar su mano, como si rompiendo esa unión física pudiera romper también la fascinación que ejerce sobre mí, y también su hechizo y su influencia. La suelto y, pese a que he sido yo quien ha roto el agarre, esa unión física pero también simbólica, siento que necesito volver a tomarla para volver a conectarme a él y seguir sintiendo las cosas que me hace sentir.

―Sabes que me voy de gira. ―No lo pregunta. Lo afirma y no me cuestiona sobre la forma en la que me he enterado. Supongo que saca sus propias conclusiones.

―Pásatelo muy bien con Martina ―le contesto con un poco de rabia contenida en la voz. No puedo evitar sentir que en ese binomio no puedo entrar, como si deliberadamente me dejaran sola y a un lado―. Espero que cuentes con el visto bueno del médico, no creo que sea una buena idea volver a trabajar tan pronto y a ese ritmo.

―¿Estás así por la gira? ―me pregunta divertido y yo siento que tengo ganas de estrangularle y hacerle borrar de la cara esa sonrisa burlona que ahora mismo no logro soportar.

¿Qué le digo? ¿Que me afecta imaginarlo con Martina cuando nunca ninguno de los dos me ha contado nada de los que hubo entre ellos? ¿Que mis propias inseguridades me tienen dominada y no sé cómo actuar con él? ¿Que si debo buscar mi propia gran historia de amor y no va a ser con él, mejor empiezo a buscar ya en otro lugar en vez de hacerme ilusiones?

―No estoy de ninguna manera y tu gira me trae sin cuidado.

Soy consciente de que he sonado como una niña de tres años enrabietada y que, así, descubro parte de mis cartas ante él. Pero no puedo evitarlo, con él sale una parte de mí desconocida hasta ahora que no sé cómo controlar. Así que acabo quedando siempre en evidencia delante de sus narices. Cosa que me desespera. Ojalá tuviera más experiencia y supiera actuar de forma más despreocupada y racional.

―Puedes irte cuando te plazca y estar el tiempo que te dé la gana fuera. Así yo tendré vacaciones y podré descansar de ti de una maldita vez.

Nos miramos un instante, desafiándonos con la mirada. Sus ojos azules, brillantes, abrasadores por una vez en su vida, hirientes por la cantidad de cosas que me esconden. Los míos, oscuros, llenos de dolor arrastrado, pero también nuevo. Llenos de una agonía que ruega que sea aplacada, pero que siempre se queda como está porque nada ni nadie sabe cómo hacerlo.

Ahora que estoy libre de su agarre, y que estar ahí parada, frente a él y sus escrutadoras pupilas, me hace tanto daño, me giro con furia, dispuesta a irme a mi casa de una vez por todas, sin dejarle jugar más conmigo, sin darle más opción a…

Pero no me deja. Otra vez interrumpe mi huida. Esta vez, me retiene tirando de mi brazo y, haciéndome girar sobre mis patines con una fuerza que es idéntica a la determinación que veo en sus ojos, me toma de la nuca y me besa con una osadía digna del más apasionado de los besos. Su lengua invade mi boca, su respiración recorre mi piel y sus brazos me retienen bajo su protección.

Dios, estoy tan cansada de pensar, tan cansada de huir, de no dejarme ser yo… que este beso logra mitigar el dolor intenso que llevo sintiendo más de una década. Lo bloquea y lo paraliza, lo deja arrinconado y me olvido de que existe por espacio de unos segundos. ¿O es una vida entera?

No sé cuánto estamos así, en mitad de la pista, juntos, compartiendo el momento más intenso de toda mi vida, pero sé que nunca, mientras viva, podré olvidar la sensación de hogar que este beso febril y vehemente ha conseguido instalar en mi alma solitaria y perdida.