Capítulo 5
¡Ábrelo de una vez!
Pero Saskya se equivocaba de lado a lado. Llevo toda la semana sin recibir ni un solo mensaje o llamada de Saul J. Coleman, y eso me tiene claramente desconcertada.
En honor a la verdad, sí recibí un mensaje de él, lo trajo un chico de la agencia de mensajería con la que su editorial trabaja el mismo lunes, a las siete de la tarde. Era el contrato y debía leerlo y firmarlo antes de las nueve de la mañana del día siguiente, cuando alguien de la misma agencia pasaría a recogerlo.
Por tercera noche consecutiva, no fui capaz de pegar ojo, repasando ese maldito contrato que sabía que me iba a traer más de un quebradero de cabeza. Y es que nada era fácil. Por un lado, el dinero era una tentación demasiado evidente y una de las razones por las que no podía dejar pasar esa oportunidad. Una oportunidad para acabar los estudios, para no volverme loca cuadrando mis precarias finanzas, para dejar de correr de un lado a otro, de un trabajo malo a otro peor, para empezar a saborear algo parecido a una vida tranquila y acercarme a mis humildes sueños.
Pero, por el otro, un trabajo desorbitadamente bien remunerado del que lo desconocía casi todo, era algo que me ponía los pelos de punta. Y no digamos nada de la persona detrás de todo esto, un hombre atractivo y misterioso a partes iguales que me hacía estar a la defensiva en todo momento.
Saul J. Coleman es una de las personas más desconcertantes con las que me he cruzado en mis treinta años de vida y puedo decir, sin riesgo a equivocarme, que no debería ni siquiera considerar entrar en su radio de acción. No sé por qué, pero mi radar antiproblemas me grita al oído a todas horas que me aleje todo lo que pueda de él y de su diabólica propuesta.
¿Por qué no lo he hecho aún? Sinceramente no lo sé, pero quiero creer que es porque renunciar a su propuesta es continuar sin una hoja de ruta clara para los próximos meses. Así de simple. El contrato que me ha ofrecido Saul Coleman me permite seguir un camino fácil hacia mi destino, ese por el que llevo luchando media vida.
He pasado toda la semana a la espera, a la expectativa al más puro estilo adolescente-espera-llamada-de-chico-que-le-gusta. Y todo para nada, porque mi reciente jefe parece haberse olvidado de su propuesta del lunes por la mañana o del contrato que recibió firmado veinticuatro horas después.
En estos días he aprovechado para poner en orden muchas cosas y, sobre todo, para despedirme de los trabajos con los que estaba comprometida, al menos, hasta final de mes. Ahora, una vez cumplimentadas todas las llamadas, algunas hechas con verdadera vergüenza (no me gusta dejar a la gente tirada o cosas a medias), el miedo más oscuro y viscoso me atenaza el corazón al pensar que todo lo relativo a la oferta de Saul Coleman sea solo una broma de mal gusto. Porque he quemado varias de mis naves y no sé qué va a ser de mí si no tengo un trabajo de verdad al que agarrarme. Mi única vía de escape es Saskya, pero no quiero recurrir a su ayuda económica, y menos por haber resultado víctima de un engaño tan tonto como creerme que un tipo iba a darme una buena cantidad de billetes por hacer… ¿nada?
El martes me dediqué a pasar esa página laboral de la que he sido miembro desde hace muchos años: una cantidad ingente de trabajos por sueldos míseros y horas sueltas. Los que actualmente me mantenían a flote no eran muchos, pero con algunos tenía una muy buena relación.
Primero llamé a Preston y Sunny Keller, los orgullosos dueños de tres enormes collies de nombres tan señoriales como Queen, Duke y Countess, a los que sacaba a pasear todas las tardes a las cuatro. Se mostraron contrariados y tristes, con nadie como conmigo se han sentido tan en familia, palabras textuales de una excesivamente sentimental Sunny, que se quedaba compuesta y sin paseadora sin el preaviso de las dos semanas.
Luego le tocó el turno a la centralita de HoneyFlow Industries, donde he repartido sándwiches a media mañana puntualmente desde hace media década. Sonya, la amable teleoperadora que no ha podido pasarme con el señor Carson, responsable de recursos humanos, aseguró que se haría cargo de contactar con otro proveedor de almuerzos. Me quedé un poco tocada por la forma tan mecánica en la que el cese de mis servicios fue aceptado, pero supongo que eso pasa en todas las grandes corporaciones. Eres un número y poco más.
Más dramático fue despedirme de Martha Phellps, a quien le regaba las plantas tres veces por semana y que me hizo prometer que iría de visita para cantarle algo a sus orquídeas, que no sobrevivirían sin su ración melódica semanal. Los Martins y los Smith, que también recibieron mi dimisión y cuyas plantas ya no recibirían mis cuidados, también se mostraron contrariados y tristes, pero asumieron que en la vida una muchacha de mi edad servía para algo más que para regar ficus y dedaleras.
Finalmente, me acerqué al Starbucks de mi calle, donde hacía turnos de tres y cuatro horas, sobre todo los sábados, para comunicarle a Stan, mi encargado hasta la fecha, que ya no podrían contar conmigo. Stan me miró con la cara torcida, el gesto serio y el ceño fruncido. Creo que no le hizo nada de gracia el abandono, como si fuera la primera persona del planeta que osara dejar a la empresa líder en venta de café sobrevalorado de la ciudad.
El miércoles me dediqué a mirar por la ventana esperando un mensaje o una llamada de mi nuevo jefe en exclusiva, pero nada ocurrió y fue entonces, entre taza de café y sándwich de pavo con queso bajo en grasa, cuando empezó a invadirme el pavor de haber cometido el error más grande de mi vida.
El jueves le di vueltas a todos mis apuntes y repasé todas mis asignaturas. Adelanté un trabajo sobre las consecuencias emocionales del actual sistema de acogida para niños en situación precaria, y salí a dar un paseo, envuelta en mi cazadora de plumas para protegerme de otro día de frío sin nieve, mientras mantenía mi teléfono móvil lo más cerca posible.
Pero lo único que recibí fueron mensajes de Saskya, primero insistiendo en que hiciera la prueba para el anuncio de cereales, luego para comunicarme que había pillado a Danno espiando a la descarada vecina del tercero y, por último, para enviarme una foto de Saul Coleman que había visto en Vanity Fair y que, inmediatamente, le había hecho pensar en mí.
“No me digas que no es mona su acompañante, se rumorea que mantienen un romance desde Navidad. Siempre me gustó esa chica… es simplemente divina”.
En la foto que Saskya me había enviado se podía ver a mi jefe sujetando por la cintura a Nomi Prescott, la radiante chica del tiempo del canal 22. Se trataba de una entrega de premios o algo así y se les veía especialmente bien avenidos en la foto, en la que se sonreían y se miraban a los ojos con complicidad, en lugar de mirar a cámara.
No sé por qué, pero algo dentro de mí se rebeló ante esa foto. Algo no me gustaba y no tardé en comprender, con verdadero horror, que era la mirada de él en los ojos de ella lo que me quemaba, lo que me producía tristes y amargos pensamientos. “¿Por qué? Él no es nadie salvo tu jefe (o eso parecía el lunes). Olvídate de cómo la mira. Céntrate en no estar preocupada por su falta de noticias”.
Reconozco que esa sensación no me abandonó en unos días, y aún ahora algo parecido a un escalofrío me recorre la columna vertebral al pensar en ello. Precisamente por eso, debería desterrar de mi mente cualquier tema que tuviera que ver con ese hombre, pero yo nunca suelo tomar decisiones sensatas. Es más, el viernes, y sin mucho que hacer tras salir de mi clase de Sociología Avanzada, me pasé todo el día metida en Google, buscando toda la información disponible sobre Saul J. Coleman (Junior), y así supe que se había licenciado cum laude en Economía y Dirección Empresarial por la Universidad de Harvard, que dirigía Coleman and Asociated Publishing, la empresa editorial que su abuelo paterno fundara hace más de setenta años, desde que cumplió los veinticuatro, y que ahora mismo es el segundo grupo editorial de Estados Unidos y el tercero del mundo. Además, me enteré de que había salido con más de cincuenta mujeres desde que a los dieciocho se le vinculara sentimentalmente con una reputada abogada, veinte años mayor que él. En su haber se cuentan las conquistas de modelos y presentadoras de televisión. Incluso se rumorea que mantuvo una fugaz relación con Demi Moore, a juzgar por unas fotos de ambos en un yate en la Costa Azul, de hace ya algunos años.
Todo un donjuán que nunca ha sentado la cabeza y al que el compromiso parece provocarle urticaria. Es eso, o que es insoportable y ninguna lo aguanta. Aunque probablemente esto no sea una opción: con su cuerpo, su sonrisa y su cuenta bancaria, más de una aguantaría lo inaguantable, de eso no me cabe ni la más mínima duda.
Me he pasado horas y horas estos últimos días viendo fotos suyas en Internet, siempre agarrando por la cintura a mujeres de bandera, y no logro imaginarme cómo es que todas han resultado prescindibles para él. Me gustaría mucho saberlo, pero desde luego no entra en mis planes plantearle la cuestión. Aunque sea de forma muy rara, este sujeto sigue siendo mi jefe.
El sábado quise morir del aburrimiento, y solo me salvó de él intercambiar correos electrónicos llenos de descabelladas ideas con Marcel acerca de su pedida de mano hollywoodiense. Me cuestionaba sobre alquilar un helicóptero, sobre preguntar a la Sinfónica de Nueva York si le ayudaría o sobre si había reconsiderado el vetarle la idea del flashmob. Le estaba costando dar con la idea para convertir ese momento en algo inolvidable para Stella, pero no cejaba en su empeño y se le veía confiado. Yo lo estaba también, y creo que, aunque tardara en llegar, la idea iba a ser absolutamente maravillosa.
Hoy es domingo y, ya con la semana a punto de acabar, Miriam y Martina han venido al rescate. Esta mañana me he levantado pronto y he ido a patinar y, a la vuelta, ambas estaban en casa, poniéndose manos a la obra con la mudanza de Miriam.
El traslado de mi compañera de piso ha sido un bálsamo calma-nervios, sobre todo porque ellas no han dejado de intentar tranquilizarme acerca de la falta de noticias de Saul, del que ellas, aseguran, no han sabido tampoco nada en toda la semana.
La neurosis por no estar tan a oscuras en este momento de mi vida ha sido realmente desquiciante. Así que ayudar a empaquetar la vida de otra persona ha sido tan liberador que me he llegado a entusiasmar en compañía de las chicas, lo que creo que se han tomado como si estuvieran compartiendo labores de embalaje con una neurótica o algo así, tal era mi involucración en el proyecto de nueva vida de Miriam.
Al filo de las siete de la tarde, el timbre de nuestro piso suena insistente y yo me abalanzo sobre la puerta, pensando que es el sushi que hemos pedido para cenar. Nada más lejos. Ante mí hay un chico de apenas dieciocho años con un chaleco que indica que trabaja para una empresa de mensajería. Pregunta por mí y me entrega un sobre después de firmar el recibo correspondiente.
No tiene remitente y la intriga (que se ha hecho amiga de mis nervios acumulados durante casi una semana), hace que me tiemblen las manos mientras sujeto el sobre en el mismo lugar en el que lo he recibido. No acierto a moverme pese a que el mensajero ya se ha ido. Miriam me encuentra medio idiotizada mirando el sobre sin atreverme a abrirlo y es ella quien logra sacarme de mi estado comatoso.
―¿Sabes quién lo envía? ―me pregunta mi compañera de piso tan intrigada como yo.
―Ni idea. No trae remitente. ―No lo sé, pero, dentro de mí, lo sé. Ese sobre huele a Saul Coleman por todos lados. Es algo que tiene que ver con la semana en vilo que me ha provocado y quiere seguir jugando.
Me acerco al sofá, que ahora mismo está rodeado de cajas sin orden ni concierto rebosantes con todas las posesiones que Miriam ha decidido conservar en su nueva vida, y tomo asiento aún con el cuerpo temblando. Martina y Miriam me imitan, y se sientan cada una a uno de mis lados, no sé si para infundirme valor o para cotillear mejor lo que quiera que haya dentro de ese misterioso sobre.
―¡Ábrelo de una vez! ―Martina no puede evitar apremiarme, y lo veo bien, ya estaba otra vez en modo catatónico.
Siguiendo su orden, procedo a rasgar con cuidado un lateral del sobre. Los dedos apenas me obedecen y temo romper el contenido que haya en su interior.
―Hazlo tú ―digo de pronto tendiéndole todo a Miriam―, yo solo conseguiría cargármelo y al final me quedaría con la intriga.
Miriam lo toma con cuidado, como si se tratara de una delicada pieza de cristal, como si en sus manos hubiera colocado un huevo de Fabergè en lugar de un triste trozo de papel. Lo termina de rasgar con sumo cuidado y extrae de su interior un… ¿cheque?
―¿Qué demonios es esto? ―pregunto atónita quitándole bruscamente el cheque de las manos, gesto que contrasta sobremanera con la anterior delicadeza con la que se lo había confiado.
Me levanto del sofá como si me quemara y examino con detenimiento el arrugado trozo de papel que contenía el sobre, despejando cualquier indicio de duda: efectivamente es un cheque y viene a mi nombre. Su valor es de dos mil dólares y pese a que el expendedor del mismo es alguien o algo llamado MxM, no puede ser otra cosa que el pago de mi primera semana al frente de la vacía secretaría a la que Saul Coleman me colocó hace siete días. Un pago mayor que el que acordamos, eso es cierto, y apuesto a que ese hombre no ha estado dispuesto, en ningún momento, a dejarme decidir ni siquiera si prefería rebajarme el sueldo yo misma.
No sé si reír por lo absurdo de la situación o ponerme a chillar histérica, presa de la sensación de manipulación a la que este hombre me está sometiendo. No puedo creer que me venga con estas ahora, me ha tenido una semana muerta del aburrimiento, a la expectativa y nerviosa, recelosa y hasta un poquito neurótica, y su única forma de dar señales de vida es esta. Tan impersonal y, a la vez, tan marcadamente esnob.
―Yo lo mato… ―susurro entre dientes, conteniendo en mi interior las ganas de ir a buscarlo y lanzarle ese maldito trozo de papel a la cara.
―¿Qué es lo que pasa? ―pregunta Martina preocupada― ¿No es tu paga por trabajar para Saul? ¿Acaso te ha pagado de menos?
―¿Bromeas? ―grito fuera de mí. Tengo que parar un segundo para darme cuenta de que hablo con Martina y no con Saul, y que ella no tiene nada que ver con este asunto. A pesar de ello, parece acobardada y hasta afectada por el modo en que ese cheque me ha hecho reaccionar―. Lo siento, Martina, no te mereces que lo pague contigo. Es con él con quien debo solucionar este asunto.
―Pero no lo entiendo… ―Su voz es apenas un hilo, se la ve bastante tocada, y temo haber sido demasiado ucraniana en mi reacción.
―¿Qué no entiendes? ―pregunto suavemente, mirándola con lo que espero sea una dulce mirada en mis, hasta hace un segundo, ardientes y enfadados ojos.
―No entiendo que estés tan alterada. Te contrató hace una semana y acordasteis un el pago semanal de una cantidad, esa cantidad, supongo. ¿Qué es lo que te ha molestado exactamente?
Tomo aire ruidosamente y cierro los ojos para hallar una paz interior que me permita no volver a sacar el ogro de dentro de mí. Martina, me repito de nuevo, no es el enemigo.
―Verás, la cosa es muy sencilla desde donde yo lo veo. Me contrató hace una semana, sí, pero ni por esta cantidad ni por sentarme en el sofá a mirar la tele. No me ha pedido que haga nada en estos siete días, no me ha llamado, no me ha necesitado, no me ha mandado ni un triste mensaje… esperaba que quisiera que fuera a la tintorería de su parte, o que le esperara por las mañanas con su café preferido… no sé, ¡Algo! Nunca había pasado tantos nervios en mi vida. No sabía si realmente tenía un trabajo o si el señor Coleman se había olvidado de mí. ¡Y solo se le ocurre enviarme mi cheque semanal, con bastantes dólares de más, a mi casa, un domingo por la noche y por mensajero! ¿Es o no es para ponerse en plan Latoya Jackson?
Martina y Miriam me miran con una cara de circunstancias monumental. Pese a que mi intención era contenerme para no asustar a la ya contrariada Martina, no he podido evitar ir subiendo de tono, poco a poco, hasta acabar pareciendo una fan desaforada de Justin Timberlake a la caza y captura de su díscolo ídolo. ¿Dónde está mi autocontrol?
Me vuelvo a sentar entre ellas con el ánimo por los suelos. Tras haber descargado mi enfado, con quien no debía, me quedo desinflada y como sin fuerzas. Al menos hasta que se me ocurre la idea más brillante de la noche.
―Vosotras lo conocéis.
―Sí, claro, ya lo sabes ―contesta Miriam un poco confundida.
―No era una pregunta, perdona ―me disculpo con mi compañera de piso―. Pensaba en voz alta.
La cara de circunstancias de ambas crece hasta convertirse en una mirada mutua en la que expresan sus dudas sobre mi cordura.
―Me refiero a que ambas lo conocéis, así que tenéis que ayudarme ―afirmo con vehemencia―. Tenéis que darme su número de teléfono particular.
―No creo que eso sea una buena idea… ―Intenta negarse Miriam.
―No, no lo es en absoluto. Yo podría contarte la vez que llamé a Saul enfadada y le dejé un mensaje de voz… ―asegura Martina―. No querrás que te pase a ti.
Pese a los intentos de ambas de hacerme desistir, creo que en mis ojos se refleja mi deseo exacto de hablar con el hombre que ha conseguido que mi semana sea la más neurótica desde que estoy en Nueva York. Finalmente es Miriam quien claudica y me da el número de mi irreverente jefe, mientras Martina aún manifiesta sus dudas y argumentos contrarios a que haga esa llamada. Aduce que es mejor esperar a mañana, a llamarle en horario de oficina y dar una imagen más profesional. Pero ¿qué demonios? ¡Si ha sido él quien primero se ha pasado la profesionalidad por donde la espalda pierde su santo nombre! No pienso tolerar este atropello.
Doy vueltas por el salón mientras marco el número y espero el tono de llamada. Estoy encendida y tengo ganas de soltarle muchas cosas a ese hombre, así que me sienta como si me echaran por encima un jarro de agua fría el comprobar que el objetivo de toda mi ira me da la bienvenida a su buzón de voz.
Por un segundo me quedo en blanco y soy incapaz de hacer que ningún sonido salga de mi garganta. Siento que se me escapa la oportunidad de decir algo con sentido y corto la llamada. Pero lo hago más enfadada que cuando marqué el número, y no puedo evitar que mi parte necia se meta de nuevo en ese fregado, y repita la operación de llamarle y decirle alguna cosa que no quiero que él se quede sin saber.
Cuando su voz me indica que no puede atenderme en estos momentos y que deje mi mensaje, ya sé que esto va a ser utilizado, de algún modo, en mi contra. Y, aun así, no puedo evitar seguir adelante.
―Señor Coleman ―digo con un ligero temblor en la voz (un temblor producto del enfado, no una muestra de debilidad)―, quiero hacerle partícipe de mi profundo malestar por haberme tenido toda la semana en vilo, esperando ser llamada para el trabajo para el que fui contratada hace solo siete días. Es de una enorme desconsideración el tenerme pendiente para nada, y no le digo ya nada si hablamos de mandar el cheque con mi paga semanal inflada por no hacer absolutamente nada a mi casa, por mensajero, un domingo por la noche. ¿Quién se ha creído que es? ¿Sabe lo que le digo? Que puede meterse el cheque y mi contrato por donde le quepa. Ya puede olvidarse de mí y de jugar con mi tiempo y mi paciencia.
Y cuelgo. Y me siento como la reina del mundo.
Al menos durante los tres segundos en los que la euforia y la adrenalina que bombeaban a tope por todo mi cuerpo, me abandonan de golpe y me doy cuenta de la estupidez que acabo de cometer.
Vale que estoy enfadada, pero acabo de hacer añicos mi futuro inmediato por un arrebato visceral que no va a llevarme a ningún sitio salvo a la ruina. Joder, Diana, que acabas de dimitir de todos tus otros trabajos, que te has quedado sin opciones.
Pienso en si es viable recuperar mis puestos como paseadora de perros o regadora de plantas sin rogar mucho mientras vuelvo la mirada hacia las dos chicas que comparten el salón conmigo y que no acaban de creerse lo que acaban de escuchar. Sus ojos, fiel reflejo del asombro que deben de estar experimentando en estos momentos, me reafirman en la idea de que me he pasado, que dejarme llevar no ha sido tan buena idea.
―Dios… chicas, la he fastidiado pero bien, ¿verdad?
Miriam se acerca a abrazarme, mientras Martina me observa aún sin apenas moverse. Sus ojos no me quitan la vista de encima, y han mudado el pasmo por algo que no sabría muy bien cómo calificar. ¿Respeto? ¿Temor? ¿Preocupación?
―No te preocupes, Diana ―me dice tras un segundo que se me antoja eterno―. Saul es un capullo a veces, pero sabe cuándo se ha pasado y no es un hombre que haga pagar sus errores a otros. Esto se va a solucionar.
Lo dice tan convencida que siento ganas de llorar de puro alivio. Aunque solo sea porque ella dice que así será, aunque no tenga ninguna certeza de que Saul Coleman quiera volver a saber de mí.
Y, justo en ese instante, mi teléfono vibra con la recepción de un mensaje. Suyo, por supuesto.
“Señorita Nesterenko, admito que me tiene fascinado. Desayune mañana conmigo y hablemos de por dónde quiere que me meta su cheque. La espero a las nueve en la esquina de la 43 con la Séptima. No llegue tarde”.
Sí, en este momento justamente estoy pensando en que lo mejor es meterme en la cama y correr un tupido velo sobre la semana más rara de mi vida. Lo peor es que la que se avecinaba no parece que vaya a ser tampoco ningún camino de rosas.