Capítulo 19

Ya es hora de que lo sepas

 

―No sé cuál de las dos tiene peor aspecto ―acierta a decir Saskya en cuanto llego al restaurante.

Hemos quedado en Lombardi’s, nuestro local favorito de Nolita por petición expresa de ella. Yo no puedo con mi alma, apenas he dormido y no dejo de llorar por todo. Se me nota en la cara todo lo que arrastro desde anoche, desde que abrí la puerta y me di de morros con una realidad que resquebrajaba el fugaz sueño de la felicidad.

―Vengo de la comisaría. He denunciado a François Terres.

Se me queda mirando un instante y el asombro se pinta en su rostro. Sé que creía que nunca lograría convencerme y se pregunta qué me habrá hecho cambiar de opinión. Ahora mismo, si le dijera que soy una espía rusa del KGB se sorprendería menos que con lo que acabo de confesarle.

―¿Estás diciendo que…? ¿En serio has…? ¿Quién eres tú y qué coño has hecho con mi amiga? ―acierta a preguntar, utilizando el recurso del humor para enmascarar su perplejidad.

―Tenías razón. Debía hacerlo. Por mí, y por todas las que podrían venir después.

Me coge de la mano por encima de la mesa y me sonríe como lo haría una madre. Asiento en silencio y le devuelvo la sonrisa, la más triste del universo.

―¿Y qué más te ha pasado? Te hubiera imaginado aterrada tras saber que, ya sabes, que han vuelto, pero jamás tan rota como estás… ¿qué te ha pasado, mi niña? ―Su preocupación es genuina y real. Puedo sentir que traspasa sus ojos y me la transmite a través de su tacto, de sus gestos.

―Saul. Eso ha pasado.

―¿En serio? ¿Y no deberías estar ahora mismo bailando de alegría o, mejor, bailando sobre él? ―pregunta sin acabar de entenderme.

―Pasó y se acabó. En veinticuatro horas.

―Sin duda, se trata de un récord o algo ―añade y no sé si matarla o echarme a reír con ella.

El camarero viene y toma nota de nuestra pizza de siempre y de nuestros vasos de agua fresca. Aprovecho para reprenderme por traer esta cara de funeral y no ser capaz de cambiarla en toda la comida. No soy la única aquí que está pasando por problemas. Así que hago lo que mejor se me da hacer, cambiar de tema para llevar a mi amiga lejos de las cosas de las que no me apetece hablar.

―¿Cómo ha ido con Carlo? ¿Cómo se lo ha tomado Danno?

Saskya enmudece por espacio de unos segundos, cosa harto complicada de conseguir en lo que a ella se refiere, y mi mira con sus enormes ojos verdes, hasta que suelta un suspiro enorme que se oye en todo el local.

―No veas la que se ha formado. Danno no me habla, Carlo ha decidido llevarse al crío y yo no hago más que gritarles a los dos que dejen de actuar como si no se fuera a hacer lo que yo quiera ―dice con un ligero temblor en la voz.

―¿Qué pasó exactamente? ¿Cómo te encontró?

―Vio un anuncio de la agencia en Internet ―añade con pesar―. Nunca creí que ese zopenco infiel supiera cómo usar un ordenador. O que en Ucrania se vieran mis anuncios.

Ríe con amargura unos segundos y luego vuelve a componer su máscara de pesar. Se la ve tocada, aunque supongo que por quién peor lo está pasando es por su hijo.

―Removió cielo y tierra hasta localizarme exactamente, y dejó tirado su maldito circo solo para venir a echarme en cara que lo hubiera abandonado de malas formas hace quince años, ¿te lo puedes creer?

Sí, por lo que recuerdo de Carlo, era la persona más temperamental y excéntrica que he conocido. Su sangre italiana hervía a la mínima oportunidad y sus ideas, siempre exageradas, no solían ser muy inteligentes. Se dejaba llevar por el corazón antes que pararse a escuchar un segundo la voz de la razón. Me imaginaba que en todos estos años no hubiera cambiado mucho y casi agradecía no haber estado presente en el momento del reencuentro con su esposa huida.

―¿Y Danno?

―Cuando abrí la puerta y me lo encontré de frente casi me desmayo ―acierta a decir con un rastro de ansiedad en la voz―. Fue tan repentino que no pude inventarme algo mínimamente inteligente que los convenciera a ambos de que no están relacionados. Pero es evidente. El tonto de mi hijo es clavadito al tonto de mi marido, y eso no se puede negar por más que los dos sean tontos y yo les gane a ambos, de lejos, en intelecto y sabiduría.

La pizza llega a nuestra mesa y el camarero nos desea buen apetito. No creo que ninguna de las dos esté en este momento para comer. Yo no soy capaz de meter nada en el cuerpo desde que Saul se fue, ni siquiera la otra pizza, la que llegó a los pocos minutos de que él me dejara a solas con mi dolor.

―Carlo me recriminaba sin cesar que lo hubiera dejado tirado, que fuera tan mala mujer. Decía a gritos que se había sentido un miserable desde que yo le faltaba ―continúa Saskya―. Todo teatro, por supuesto. Ya me lo imagino sin estar yo a su lado, sin darle el coñazo todo el día. Si me ponía los cuernos todas las semanas con una distinta cuando dormíamos juntos, imagínate quince años de libertad marital. No lo quiero ni pensar.

―¿Y qué pasó cuando supo que… bueno, que tenía un hijo de casi quince años? ―pregunto con la curiosidad de una cotilla ante un buen chismorreo.

―A Danno lo mandé a su habitación nada más que ese cafre apareció, pero por los gritos fue inevitable que saliera y cuando Carlo preguntó quién demonios era… bueno, ya sabes, se parecen mucho. Solo tuvo que sumar dos más dos. Y cuando la verdad le iluminó ese cerebro de guisante que tiene, me miró con los ojos más heridos del mundo.

Podía imaginarme la escena. Nunca me he metido en la decisión de Saskya de mantener oculto a Danno para su padre, pero siempre he pensado que un día podría ser que le tocara enfrentarse a algo así, como efectivamente ha pasado. Si me pongo en la piel de Carlo, puedo entender el dolor y la traición, ahora magnificada por haberlo separado de un hijo del que ni siquiera sabía de su existencia.

―Lo peor fue cuando Danno también se dio cuenta de quién era ese señor que le gritaba a su madre. Si hubieras visto su desconcierto inicial… el horror que se pintó en su mirada. Su decepción al clavar en mí esos preciosos ojos negros que ha heredado de él… Dios, ahí sí que me vine abajo. Hubiera dado todo por poder hundir la cabeza en el suelo, como los avestruces y hacer que todo a mi alrededor desapareciera.

No sé si puedo imaginarme a Saskya huyendo o escondiéndose de algo. Esa soy yo. Siempre he sido yo. Lo más cerca que ha estado en su vida de algo así fue cuando abandonó Ucrania y, desde entonces, ni una vez la he visto esconderse de un problema o intentar hacerlo desaparecer con la técnica de darle la espalda a ver si se va solo.

―Pobre niño…

―Sí, pobre hijo mío. Enterarse así de que su madre es una mentirosa, una manipuladora, una traidora, una fugitiva y una víbora.

―Vamos, Saskya… que tampoco es para tanto ―intento animarla―. Has sido una madre fabulosa. A Danno nunca le ha faltado de nada, ni amor, ni atenciones. Y sabes que criarlo aquí ha sido infinitamente mejor a hacerlo en un circo en Ucrania, sin arraigo y sin estabilidad. Que quizá Carlo y Danno tuvieran derecho a saber uno del otro, vale, sí. Pero eso no anula todo tu trabajo criando a nuestro pequeño terrorista. Lo hiciste todo por él. Y lo sabes. Dentro de ti todo esto lo sabes… y ellos. Cuando se les pase todo el enfado inicial, también ellos se darán cuenta.

Saskya duda de cada una de mis palabras con movimientos negativos de cabeza. Se siente mal, atropellada, vapuleada y expulsada. Sabe que ellos harán piña en su contra y que se puede quedar sola. Y no lo puede soportar, no lo puede asimilar.

―Quiere llevárselo con él ―dice como si esas palabras fueran las más difíciles, las más duras que le ha tocado pronunciar en la vida―. Y yo, si me lo quita, me muero.

Me levanto y me acerco a mi amiga. La hago incorporarse y la abrazo. No me importa que nos miren, que nos señalen por salirnos del protocolo, pero Saskya necesita consuelo y yo quiero reconfortarla como ella siempre ha hecho conmigo a lo largo de toda mi vida.

―Algo se nos ocurrirá ―le digo al oído mientras la abrazo con ternura y ella reprime unas lágrimas que necesita sacar, pero que, dura como ella sola, se resiste a dejar salir.

Cuando la suelto, me mira a los ojos con una pena infinita. Saskya se derrumba y creo que nunca en la vida podré estar preparada para una cosa así. Saskya la roca, el pilar de mi vida, mi fortaleza, mis piernas, mis brazos, mi cabeza y corazón en tantas y tantas ocasiones… casi no puedo contener yo misma las ganas de llorar.

―Sí… algo se nos ocurrirá ―repite sin mucha convicción.

Se sienta de nuevo y saca un pañuelo de su bolso. Se lo pasa por las comisuras de sus preciosos ojos verdes, con cuidado de no retirarse el rímel, y se coloca su sonrisa de cartón, la que le ofrece al mundo aunque, por dentro, su vida se esté desmoronando en pedazos. Y, aunque a mí no puede engañarme, la dejo que juegue a que ya pasó todo y a cambiar de tema, que ahora es ella la que necesita un respiro. Lo malo, es que el respiro pondrá el foco en mí y tampoco me apetece mucho.

―¿Y no crees que podrías intentar arreglar lo tuyo con Saul? Me gusta ese chico para ti… No lo tenía muy claro al principio, pero creo que es lo mejor que te ha pasado nunca. Después de mí, claro. ―Y me guiña un ojo. Cambio de tema al más puro estilo Diana. Olé por Saskya.

―Me mintió. No me contrató él… había gato encerrado. Él y su amiga me tendieron una emboscada, se han reído de mí y de mi necesidad ―suelto con toda la amargura que inunda mi cuerpo en cuanto mi mente deja de pensar en los problemas de Saskya y se centra en los propios.

Ella se apercibe de toda esa negrura y me mira sopesando si volver a abrir la boca o no. Sé que quiere decirme algo. Dejarla decirlo o no puede pasarme factura. No sé si quiero dejarme embaucar por ella. Siempre acaba ganando.

―¿Por su amiga te refieres a la que vivía contigo o a la otra? ―pregunta con interés.

―¿Cómo conoces tú a la otra?

―Ella y la que compartía piso contigo…

―Miriam.

―Sí, eso Miriam, ellas dos me llamaron al día siguiente de que te pasara lo del chef. Quedé con ellas cuando me mandaste al cuerno por pedirte que fueras a la Policía. Me hicieron unas preguntas sobre ti y me parecieron muy agradables.

―¡Saskya!

Mi asombro se refleja en mi semblante, lo sé, debo parecer una loca de atar por el enfado, la sorpresa y el sentimiento de haber sido traicionada por mi mejor amiga. ¿Qué le pasa a la gente de mi alrededor que no deja de mentirme y de jugar conmigo? ¿Es que su vida privada carece de interés y tienen que divertirse a costa de la mía?

―¡No te enfades, por favor! ―me suplica cuando una fugaz mueca de miedo surca su rostro―. Me pareció que te apreciaban y que solo buscaban tu bienestar. Y estoy convencida de que todo esto ha sido para bien, nunca te había visto tan bien como cuando empezaste a pasar tiempo con él. Reconócelo…

¡No puedo! No puedo reconocerlo porque me siento traicionada… todos cuantos conozco han conspirado para acercarme a un hombre como si yo fuera un caso perdido que necesitara de medidas desesperadas.

―¿Y qué les contaste sobre mí? ―exijo con dureza.

―¡Nada de lo que estás pensando! ―se apresura a aclarar―. Solo que lo habías pasado muy mal en el pasado, que no confiabas en nadie, que eres una trabajadora nata con un corazón enorme, que necesitabas un empujón para salir del agujerito en el que llevabas ya demasiado tiempo refugiada y que tenían todo mi apoyo para lo que fuera que te ayudara a despertar.

El silencio se instala entre ambas. Yo, cabizbaja, sopeso sus palabras. Por muy buenos que fueran los sentimientos que la movieran, sabe que detesto que nadie haga cosas a mis espaldas. Que si tengo problemas de confianza, este no es el mejor modo de proceder.

―Diana, acabas de decir que Carlo y Danno entenderían que todo lo he hecho por el bien de mi hijo ―me sermonea para intentar borrar de mi cara la mueca de incredulidad que se ha dibujado al saber que ella también está implicada en todo esto―. Pues creo que también tú deberías entender que muchas cosas que he hecho con respecto a ti, son para garantizar tu seguridad, tu bienestar y tu felicidad.

No le falta razón y sé que la mueve el cariño, pero… bufff, es que es tan difícil confiar cuando ves que todo se desmorona en torno a ti… de pronto, algo que ha dicho salta en mi radar de alarma.

―Saskya… ¿Qué quieres decir con muchas cosas que has hecho? ―pregunto con el corazón en la boca― ¿Qué más has hecho que no me has contado?

Se toma su tiempo en contestar. Lo hace confiada y con calma. Se ha preparado para este momento largamente, y se le nota. Sabe que es hora de contarme alguna cosa que lleva mucho tiempo callando. Se me pone el vello de punta solo de pensar que mi confianza va a sufrir otro revés.

―Quiero que entiendas que, sobre todo, te quiero con toda mi alma. Eres mi hija o así te siento ―dice con una sonrisa dulce en su rostro tan querido por mí―. Nunca te he dicho nada porque entre todos queríamos protegerte y porque temía que quisieras volver, pero ya es hora de que lo sepas. Espera aquí, por favor.

Se levanta y me deja tan asustada como perpleja. No sé qué demonios está pasando, aunque me suena a encerrona. Me la imagino volviendo de la mano de Saul, para pedirme perdón e intentar explicar que todo fue por mi bien. Odio este tipo de situaciones, así que recojo mis cosas, dejo un billete de veinte dólares encima de la mesa y me dispongo a irme.

Cuando me giro hacia la puerta, veo que Saskya no está sola. Junto a ella hay un hombre muy abrigado, de unos cincuenta y tantos años. Delgado, no muy alto y con aspecto abatido, como si la vida no le hubiera dejado disfrutar mucho de ella. Un hombre que me mira con unos ojos color chocolate, como los míos, desde una cara con una sonrisa triste, cargada de palabras sin decir, y unos hombros caídos, como si soportaran el peso de los pecados de toda una vida.

―Adelante, Yure, cuéntaselo ―dice mi amiga mirándolo con una sonrisa beatífica en sus labios.

Saskya le anima a adelantarse y acercarse a mí. Ella, en cambio, retrocede y sale de escena. Se retira a la barra para darnos intimidad y yo la odio un poco por hacerme esto. Mi corazón nunca ha latido tan deprisa desde que vivo en este país, y mis manos tiemblan como si estuviera delante de un fantasma.

―Papá… ―susurro en ucraniano, un idioma que hace mil años que no uso y que ni siquiera es habitual en mis conversaciones con Saskya.

―Diana, hija ―saluda él con su voz ronca, grave, llena de matices que me trasladan directamente a mi infancia.

Siento un miedo difícil de catalogar en mi interior y tengo que sentarme en la silla que acabo de dejar si no quiero caerme redonda al suelo. Él, por su parte, se quita el abrigo y toma asiento en el mismo lugar que antes ocupaba Saskya.

―Si habéis venido a buscarme… ―comienzo, la voz temblorosa, los ojos inyectados de terror―. Si habéis venido a por mí…

―Nadie ha venido a por ti ―me aclara con calma―. Solo quería verte. Llevo media vida esperando a poder volver a verte.

Sus palabras son cálidas, dulces y me hacen recordar al padre que era antes de empezar a beber o de dejar que Keyan me maltratara y prostituyera. Pero lo que dice… lo que dice me incendia por dentro.

―Pues ya me has visto ―mi réplica ácida hace que la sonrisa de sus labios se borre de un plumazo y me mire como si acabara de propinarle un puñetazo en la boca del estómago―. Ahora vete. Y no te atrevas a traer a Keyan para que también me cuente lo mucho que me echa de menos.

Cuando intento levantarme, me toma de la mano, sin violencia, pero con firmeza. Me mira a los ojos con una vehemencia que nunca antes había mostrado y me indica que le conceda un segundo de atención. Uno solo, me digo a mí misma mientras me quedo en mi silla.

―Keyan no va a hacerte daño nunca más ―y lo dice tan convencido que tengo que creerle. Tras una pausa, cierra los ojos y, cuando los vuelve a abrir, veo que en su mirada hay un cansancio producto de mil años de pesares―. Tu hermano está muerto y ya no podrá acercarse a ti.

Me quedo sin aliento y, a la vez, siento que puedo respirar con normalidad por primera vez desde aquella fatídica primera noche en la que Keyan entró en mi habitación y me lanzó a los infiernos sin ninguna consideración.

―¿Qué… qué le ha pasado? ―pregunto cautelosa. No es que me interese, pero quiero comprobar que es cierto, cerciorarme de que Keyan ya no podrá tocarme nunca más.

―Pues lo que tenía que pasarle con la vida que llevaba ―dice él resignado. En su voz también se lee el alivio, pero no se descarta cierta nota de pesadumbre. Supongo que un hijo siempre es un hijo, aunque sea un auténtico demonio―. Un ajuste de cuentas. Al parecer intentó engañar a un pez gordo para el que trabajaba. Y acabó ahogado en una tinaja de agua sucia en las afueras de Kiev. Fue hace dos meses… desde ese momento solo he tenido en mente verte.

―Muerto tu primogénito ¿por fin te acuerdas de que tienes otra hija? ―pregunto con desdén y un punto de crueldad que me satisface internamente. ¿Cuándo me convertí en esta persona tan mezquina que disfruta siendo cruel con los demás? Descarto esos pensamientos negros y me centro en su respuesta.

Él, que ha acusado el golpe que le he lanzado con inquina, se pasa una mano por su rostro, surcado por cientos de arrugas que no le conocía, y me mira fija e intensamente.

―Siempre me he acordado de ti ―comienza, despacio―. Todos los días de mi vida he sentido lo que te pasó y te he echado de menos. Pero entiendo que aquellos años no fui un buen padre, que estés dolida y que nunca logres perdonarme que fuera un cobarde y un pusilánime. Le dejé… o, al menos, no lo impedí, y eso me mata por dentro y me perseguirá mientras viva.

Sus palabras se me clavan en las entrañas y me recuerdan su dejadez, su pasotismo, su apatía en los peores momentos. Alcoholizado o ausente, él nunca intentó rescatarme o hacer que aquello parara. El dolor de saber que me dejó sola sigue anclado en mi corazón desde el primer día y sé que ahí se quedará el resto de mi vida.

―Me alegra que sientas cosas… algo es algo.

―Diana, entiendo que me odies. Él me amenazaba también y, si intentaba pararle, me golpeaba y me obligaba a retirarme bajo horribles presiones. Decía que, si no le dejaba llevarte, vendría por la noche y te llevaría para siempre, que te ataría o te metería en una jaula para que no escaparas de él o que, directamente, te cortaría el cuello si dejabas de servirle. Sé que no sirve como excusa para dejarle hacerlo, pero… entonces no sabía qué hacer.

―Pudiste haberle denunciado.

―La policía ucraniana no es la más legal del mundo ―replica con amargura―. Los pequeños capos de cada minúsculo pueblo tienen comprados a todos en las estaciones policiales. Y Keyan se movía en esos círculos… no era una opción. Desde mi posición desesperada solo veía dos: o lo mataba yo mismo o te alejaba. Opté por la segunda.

Abro la boca para añadir algo y, de pronto, soy consciente de lo que acaba de decir. Tardo un segundo o dos en asimilarlo y creo que en mi cerebro se produce un pequeño cortocircuito. ¿Ha dicho que…? ¿He entendido que…?

―Tú… tú… ―balbuceo como una niña pequeña.

―Una tarde de invierno, cuando ya hacía más de un año y medio que se te llevaba, pillé a Saskya llorando detrás del tráiler de los osos. Estaba llorando como si hubiera perdido a alguien y me asusté. Traté de consolarla, pero ella no me dejaba. Solo repetía que era la última vez que ese cerdo se burlaba de ella y que lo había decidido, que lo iba a dejar. Que se iba a largar lo más lejos posible. Lo pensé apenas un segundo y se lo solté: “Váyase. Hágalo de verdad. Y llévese a mi pequeña, por favor. Aléjela de aquí”.

Se calla, me mira a los ojos y asiente en silencio. No sé si espera que añada algo o me da el tiempo que tal noticia precisa para ser asimilada como Dios manda. Pero… ¿cómo asimilas que una mentira ha regido tu vida? Otra mentira más para la larga ristra que supone mi extraña existencia. Otra mentira más en estas últimas veinticuatro horas, lo justo para que mi confianza ya acabe pisoteada del todo sobre el barro… Otra más, ¿ya qué más da?

Miro hacia la barra por encima de su hombro. Saskya me devuelve la mirada, con algo de culpabilidad, pero sin esconderse. Siempre ha sido valiente, no iba a ser diferente ahora, ni siquiera si le toca enfrentarse a mí, y a las mentiras que me ha contado durante años.

―Ella tuvo dudas al principio, pero la idea ya estaba dentro de ella y cada vez se fue implicando más. Intuía que algo pasaba contigo y, cuando tuvo la historia completa, no necesitó más para acceder a irse lejos contigo. ―Hace una pequeña pausa, como si le costara rememorar aquellos días lejanos y tan duros, y se humedece los labios antes de continuar―. Le di algo de dinero para ayudarla, pero no tenía mucho. Keyan se llevaba casi todo lo que podía sacarme y lo otro se quedaba en la taberna, invertido en vodka barato. Ella puso el resto y prometió cuidar de ti. Me consta que lo ha hecho… que lo ha hecho muy bien.

Sonríe con tristeza cuando acaba. Sabe que tengo preguntas pero que soy orgullosa. Me muero por saber mil cosas, pero preguntar sería como aceptar que arreglaron mi destino a mis espaldas y que nunca se molestaron en hacerme partícipe de ello… hasta hoy, quince años después. Me muerdo el labio y lo miro aún desafiante, sin acabar de concederle crédito a esta historia disparatada y burda sobre mi pasado.

―¿Cómo lo sabes? ¿Acaso crees que estoy bien solo viéndome aquí y ahora? ―no puedo evitar preguntar. Es superior a mí.

―Ella me ha escrito durante todos estos años ―dice y curva satisfecho sus labios en una sonrisa dulce que le suaviza los rasgos y hasta lo rejuvenece―. Sé que lo pasasteis mal al llegar, que tuvo que dejarte un año y medio en manos de otras personas, pero que luego te llevó con ella y ya nunca se ha separado de ti. Sé que te has convertido en alguien con sueños, con estudios, con un corazón grande… y que nunca has querido abrirte a nadie. Supongo que aquello te dejó muchas secuelas, me imagino que será duro… pero confío en que algún día te permitas ser feliz. Te lo mereces.

―Tú qué sabrás…

―Nada, no sé nada más que lo que Saskya me ha contado. Pero tengo que pensar que vas a ser feliz algún día, porque tuviste tu parte de miseria, una que dudo que mucha gente aguantaría, y ya solo te pueden pasar cosas buenas.

Me revuelvo nerviosa en mi asiento y miro de nuevo hacia la barra. Saskya sigue con su mirada triste clavada en nosotros y le hago una seña para que se acerque. Ella, dubitativa, me obedece despacio, sin saber si tendrá que enfrentarse a mi ira o a mi dolor desbordado.

―¿Por qué nunca me lo dijiste? ¿Por qué siempre me dejaste creer que me habías traído por decisión propia y no porque él te lo había pedido? ―le suelto en cuando la tengo al lado. De pie, nerviosa.

―Yure me lo suplicó.

Su parca respuesta parece ser todo lo que voy a conseguir de ella, así que lo miro a él de nuevo, y lo interrogo levantando una ceja. Él asiente y le indica a Saskya una silla para que se acomode a nuestra mesa.

―Le pedí que no te dijera nada. Era más fácil así. Si hubieras sabido que yo andaba detrás y que mi situación con tu hermano era tan difícil, nunca hubieras intentado seguir adelante. ―Hace una pausa y se pasa la mano por el pelo, mientras mira a Saskya agradecido―. Te conozco, hija, sé que te hubieras visto obligada a salvarme tú a mí, con el tiempo. Y no quería que te acercaras de nuevo al infierno. Si había conseguido alejarte, no me hubiera perdonado jamás que, por mi culpa, cayeras de nuevo allí.

Lo dice con tanta pena, con tantas ganas de que todo hubiera resultado diferente que, ahora sí, consigue que mi atención hacia él sea plena. Que mi corazón se comience a ablandar y que hasta pueda entender que me mintieran. ¿Tienen razón? ¿Hubiera intentado rescatarlo yo a él de haber podido hacerlo una vez a salvo? Probablemente… y me imagino cómo debió de ser para él intentar salvarme, alejarme de él y hacerme creer que nunca le importé lo más mínimo.

Una lágrima solitaria comienza a recorrer un camino que pronto seguirán muchas más. Lo miro como si toda mi dureza hacia él se estuviera resquebrajando, e intento que me entienda si no me lanzo de cabeza a sus brazos. Que empiece a asimilarlo no significa que lo perdone todo… significa más bien que he empezado a conceder el beneficio de la duda.

Y eso, para mí, de natural desconfiada y distante, es un paso tan grande como lo ha sido para mi padre recorrer medio planeta para hablar hoy conmigo y contarme la verdad más importante de todas.