Capítulo 20
Cuando estés preparada, yo seguiré aquí
Son las siete de la mañana y mi teléfono vibra con la entrada de un mensaje. Odio cuando pasa eso y me despierto, porque suele ser imposible volver a conciliar el sueño. Espero que no sea de Saul, su insistencia cada vez me produce un daño más intenso y me hace replantearme todo una y otra vez. Con cada llamada que intenta hacerme o con cada uno de sus mensajes se remueve todo en mi interior y, ahora mismo, estoy demasiado confusa por tantos frentes abiertos como tengo.
«Necesito a mi padrina hoy. A medianoche en la pista. No me falles o no podré cumplir el sueño de mi novia de tener una boda secreta».
Esbozo una sonrisa amplia y llena de alegría. Es por cosas como esta que no lo acabo por mandar todo a paseo y sigo anclada a este mundo. Por la alegría de estar presente en la unión de dos personas que sí han decidido ser valientes y apostar una por la otra, sin mentiras y sin dobles verdades.
Antes de que se me pase, le mando un mensaje a Miriam con la hora y el lugar definitivo. Ella me va a ayudar con mi regalo de boda para Marcel y Stella y, aunque es un día de diario y la hora es, digamos que intempestiva para alguien con un horario de oficina, hace un par de días que me aseguró que me ayudaría con esto. Cruzo los dedos para que no me mande a paseo, y me levanto de la cama.
Tengo clase en dos horas y, aunque cada vez voy con peor cara, no quiero saltármela. Llevo cinco días durmiendo mal, y no sé si esto va a cambiar en algún momento. Mi vida jamás ha estado tan patas arriba, y me cuesta mucho ver la salida de este túnel negro en el que me hallo inmersa. Creo que lo mejor es atajar un frente cada vez, a ver si consigo instalar normalidad en mi vida, poco a poco.
Aunque no es fácil por la magnitud de mis tareas. Tres días después de la conversación con Saskya y mi padre en la pizzería, aún tengo el corazón atenazado por todo lo que ocurrió allí por espacio de una hora y media.
No es que me haya lanzado a sus brazos, ni que ahora lo trate con la familiaridad con la que una debería tratar a su propio padre, pero sí es cierto que hemos hablado mucho estos días y que me ha ayudado a ver las cosas de entonces a través de los ojos de alguien que tenía el corazón dividido entre las circunstancias tan opuestas de sus dos hijos.
Keyan no dejaba de ser la responsabilidad que nuestra madre había puesto en sus brazos y jamás pudo dejarlo de lado. Intentó redimirlo de mil maneras y nunca pudo con él. Se le descarrió, se le escurrió de entre los dedos, como el agua de un riachuelo, y jamás se perdonó por su propia incapacidad.
Tampoco dejó irse nunca la culpa de lo que permitió que me hiciera, y eso es, quizá, la mancha más oscura y perdurable que ensucia su corazón. Sus remordimientos son enormes y, acaso, todo aquello le duela más que a mí…
Es todo sumamente extraño, porque yo nunca me había imaginado nada de todo esto. Nunca me puse en su piel y siempre consideré que había sido el peor de los padres, uno que nunca ejerció como tal y al que nunca le interesé demasiado.
Ahora le comprendo un poco mejor y, aunque es cierto que el dolor del abandono está tan marcado en mi corazón que es difícil aliviarlo, incluso con una confesión demoledora como la suya, poco a poco voy dejando irse el lastre que durante tantos y tantos años me ha acompañado, impidiéndome vivir del todo.
―No puedo perdonarte todo hoy ―le dije en la puerta del restaurante, cuando nos despedimos―. Necesito asumir que tus culpas no son todas tuyas.
Él me miró con intensidad y me preguntó si podía abrazarme. Me quedé de piedra y, por un segundo, no supe cómo reaccionar. Sin darme tiempo a contestar y a asimilar lo que un abrazo entre ambos podía significar para los dos, me atrajo a sus brazos y me retuvo ahí un tiempo incalculable. Al principio, me sentía tan incómoda y fuera de lugar que solo deseaba que me soltara de una vez. Pero, poco a poco, una sensación cálida y hermosa se fue instalando en mi interior, algo parecido a lo que habíamos tenido cuando era pequeña, algo conocido, algo que despertaba unos recuerdos agradables de cuando las cosas iban bien… de pronto, fui yo la que le estaba estrechando con fuerza a él y no quería que ese abrazo se acabara nunca. La sensación de haber descubierto un nuevo refugio era tan placentera que costaba soltarse voluntariamente de ella.
Al separarnos, vi que Saskya, que se encontraba frente a mí, dos pasos por detrás de mi padre, se secaba una lágrima solitaria que había osado salir de sus ojos. Saskya la fuerte, la que nunca lloraba ni mostraba sus debilidades en público, estaba emocionada. Algo en ese cuadro hizo que también necesitara abrazarla a ella y agradecerle todo lo que llevaba haciendo por mí durante todos estos años.
―Gracias por ser la persona que eres ―susurré en su oído mientras nos fundíamos en un abrazo que borraba de un plumazo las suspicacias, los reproches y la desconfianza. Saskya siempre será la piedra angular de mi vida, la fortaleza en mis momentos de debilidad. El sol en los días grises.
―Te quiero, mi niña. ―Fue su única respuesta. La única que necesitaba oír.
Aun ahora, esos pensamientos me llenan de una emoción extraña, que me eriza toda la piel. Intento dejarlos al lado mientras pongo en marcha mi protocolo matutino. El mensaje de Marcel me ha tocado el corazón y me alegra muchísimo que esta noche sea, por fin, su gran momento. No tengo que pensar mucho en qué me pondré porque, si piensa casarse a la intemperie y a medianoche, lo único que nos veremos unos a otros serán los abrigos y las bufandas.
Voy a clase y me intento concentrar en la materia, aunque últimamente mi cabeza no ha estado muy centrada, y eso que apenas me queda un trimestre para graduarme. Tengo que ponerme las pilas o echaré por tierra el trabajo de todo el año.
Cuando vuelvo a casa ya es tarde. He comido con Knox para hablar de nuestros próximos pasos en la asociación y luego hemos ido hasta Queens para ver la casa donde montaremos nuestro cuartel general. En todo ese tiempo, no he podido sacar de mi mente todo lo vivido en las últimas semanas. Saul, la ayuda de su familia, la gala… ¡Cómo puede llegar a cambiarle a una la vida en apenas unos días!
Me doy una ducha rápida y me pongo mi vestido amarillo. Es mi vestido festivo, el que expresa mis alegrías y mis deseos. Siento que debo llevarlo esta noche. Por Marcel y por Stella, que se merecen una buena versión de mí misma en su boda; y también por mí, que necesito sentir que puedo con todo. Sé que no voy a patinar, porque a medianoche la pista está cerrada, pero eso no quita para que lo lleve y pueda sentirme a gusto y dueña de la situación.
Me hago un moño alto, bastante desenfadado, y me aplico un poco de maquillaje, lo justo para disimular las ojeras que me acompañan desde hace unos días. Miro el reloj, aún faltan más de tres horas y yo ya estoy lista para la celebración. No quiero estar quieta en casa, así que decido que lo mejor será ir caminando, poco a poco, intentando que el aire frío me ayude a poner en orden todos y cada uno de mis desbocados pensamientos y quebraderos de cabeza.
Reúno todas mis pertenencias en mi bolso bandolera (poco glamuroso para una boda, lo sé, pero sumamente útil cuando se trata de una al aire libre sin servicio de guardarropa) y compruebo que tengo batería de sobra en el móvil. Cuando lo miro, veo que hay un mensaje de voz esperando a ser escuchado y sé, sin lugar a dudas, que es suyo.
Me siento en el sofá, con mi abrigo, mi bolso cruzado, mi bufanda en una mano, a punto de rodearme el cuello para darme calor, y el móvil en la otra. Me enfrento al dilema de escucharle o borrar su voz una vez más. No estoy preparada para ninguna de las dos cosas, pero me insto a mí misma a actuar en una dirección o en la contraria, al menos para demostrarme a mí misma que soy pragmática y que no lo dejo todo aparcado, en espera de que se resuelva solo.
Tomo la decisión que me dicta el corazón y, cuando escucho su voz, cansada, pero dulce y firme al mismo tiempo, algo en mi interior hace que afloren todos los sentimientos reprimidos que tienen relación con él.
―Te echo de menos ―dice despacio, con tristeza, con sinceridad―. Te echo tanto de menos que ni me reconozco. Me duele mucho haberte hecho daño, pero me duele más que estés pasando por todo sola. Estoy preocupado. Estoy… estoy esperándote. Cuando estés preparada, yo seguiré aquí.
Se me llenan los ojos de lágrimas porque yo también lo echo tanto de menos que hasta me duele. Siento un vacío interior que solo puedo explicar por su falta, por su ausencia a mi lado. Por un segundo, por un descabellado segundo, tengo ganas de salir corriendo a buscarle y rogarle que vuelva a hacerme sentir completa, que se quede a mi lado y sea mi hogar otra vez. Tengo que hacer gala de todo mi autocontrol y ni siquiera darle a responder a ese mensaje que ha sabido tocarme en el lugar preciso.
Me levanto del sofá y me dirijo a la puerta. Definitivamente necesito que el aire fresco me dé en la cara para aclarar todo lo que me está pasando.
Justo cuando me estoy colocando la bufanda para salir, ya frente a la puerta, oigo cómo alguien toca al timbre. Me paralizo durante un instante y dejo que mi imaginación tome las riendas. No espero a nadie, así que me pongo en lo peor.
Por más que me muera de ganas de verle, no puedo enfrentarme a su presencia ahora mismo. Así que me quedo donde estoy y no muevo ni un solo músculo. Quizá, así, quien esté al otro lado se dé por vencido y consiga evitar verle.
―Diana. ―No es la voz de Saul, aunque el hecho de que sea la de Martina, tampoco supone un alivio mucho mayor―. Por favor, ¿podemos hablar?
Continúo en silencio mientras sopeso las posibilidades que se abren ante mí, hacerme la ausente y esperar media hora para abandonar mi casa, o abrir la puerta y enfrentarme a una de las instigadoras del juego que me ha lanzado a los brazos de Saul Coleman sin ningún miramiento.
Harta de estar rodeada de dilemas y envalentonada por mi aparente coraje al haber tomado las riendas hace un par de minutos y haber escuchado el mensaje de Saul, tomo el pomo de la puerta entre mis manos, y lo giro despacio.
Ante mis ojos aparece una Martina muy abrigada y con una mueca de pesar que desluce sus dulces y finos rasgos. Me sonríe ligeramente y se queda en el umbral, sin atreverse a entrar, sin abrir siquiera la boca para no hacerme huir.
―¿Qué quieres? ―Me gustaría no sonar así de brusca, pero no puedo evitar parecer todo lo disgustada que estoy.
―¿Puedo pasar? ―pregunta muy educada y calmada. Admiro su porte, admiro su forma de enfrentarme la mirada y de seguir pareciéndome la persona más agradable del planeta.
Me aparto a un lado para dejarla entrar. Por más que me apetezca esto tanto como salir desnuda a la calle, no quiero montar una escena en la escalera pidiéndole que me deje en paz de malas formas. Si ha venido hasta aquí, al menos podemos hacer esto de la manera más civilizada posible.
―¿Te apetece tomar algo?
―No, gracias. No quiero robarte mucho tiempo ―se disculpa―. ¿Ibas a salir?
Asiento, aunque vestida de arriba abajo como si fuera a explorar la Antártida, tampoco es que haga mucha confirmación a tal pregunta retórica. Me quito parte de la ropa de abrigo que llevo y la invito a ella a hacer lo mismo. Cuando las dos estamos sentadas en el sofá, frente a frente, me entran unas ganas horribles de desdecirme y pedirle que me deje en paz.
Ya es tarde, eso lo asumo. Así que me trago mis intenciones y espero a que me diga lo que ha venido a decir. Supongo que, de entre todas las personas involucradas en lo que sea que planearon a mi favor (o en mi contra), es ella la que se ha erigido como portavoz.
―¿Cómo estás, Diana?
La miro con asombro, todo el que es capaz de generarme cada vez que estoy en su compañía. Martina es una de esas personas que siempre te preguntan cómo estás y que, además, se preocupan por escuchar y valorar la respuesta que puedas darle. No hay mucha gente así en el mundo y ese rasgo, uno de los muchos que conforman sus virtudes, siempre consigue sacarme una sonrisa.
―No muy bien, si te digo la verdad ―confieso tranquila, al menos en apariencia. En su presencia suelo calmar mis nervios, aunque hoy no creo que se dé el caso.
―Me siento responsable y espero que lo que te voy a decir te ayude a sentirte mejor ―dice con sus ojos fijos en los míos, seria, decidida a contarme lo que ha venido a decir.
Me revuelvo en el sillón y siento una ligera sensación de miedo. Siempre que me enfrento a estas situaciones (y en los últimos días van unas cuantas), mi corazón no suele salir muy bien parado. Procuro aparentar una calma que sus palabras me han arrebatado, y le devuelvo la mirada, serena por fuera; temblando en el interior.
―No sé si conseguirás hacerme sentir mejor, aunque te agradezco que vengas con la verdad ―replico mientras le doy pie para que hable.
―Diana ―comienza―, tienes que entender que aquí no hay ningún juego, aunque quizá deberíamos de haber actuado de otra manera. Bueno, yo, que soy la mayor responsable de todo esto.
Se calla por un instante y se humedece los labios. ¿Está nerviosa? No podría asegurarlo, pero me da esa impresión. Y, con ella, me relajo un poco más, si ella está nerviosa, no está en absoluto diferente a mí. Por alguna razón, eso consigue calmarme más, darme ventaja.
―Tú pagabas mis cheques. ―No lo pregunto, no hace falta. Afirmarlo nos ahorra trámites.
―Sí, pero me gustaría contarte todo por orden. Quizá así logre explicarme y puedas perdonarme. ―Su rostro dulce está como encendido y yo, hipnotizada, no puedo quitarle la vista de encima. Asiento en silencio y ella sonríe débilmente―. Verás… aquel día en el que coincidimos en la fiesta de la editorial cuando tú… bueno ya sabes, cuando tuviste el problema con François Terres…
―¿Te refieres a cuando me arrinconó e intentó violarme y, no contento con eso, intentó hacerme quedar como la agresora por haberme defendido? ―Cada una de mis palabras destila amargura y ella lo nota. No quiero ser desagradable con ella, pero no me apetece entrar en detalles escabrosos.
―Sí, justo eso ―dice sin perder de vista mis ojos encendidos ahora por el rastro de la ira―. Ese día me pareció muy valiente lo que hiciste. Él intentaba pisarte, dos veces, y tú le ganaste las dos. Sin embargo, en tu actitud no había ningún regodeo, no lo celebraste ni cuando viste que caía del pedestal al que estaba tan acostumbrado a estar alzado… no sé, me sentí tan impresionada por tu fortaleza como por tu humildad.
Lo dice como si hubiera sido una proeza monumental y no puedo evitar ruborizarme hasta la última punta de mi cabello. No estoy acostumbrada a este tipo de halagos y no sé cómo reaccionar ante ellos. Así que cruzo y descruzo las piernas, sin saber muy bien qué hacer con ellas, con mis manos y con el resto de mi cuerpo. Es de risa, en serio, cómo te puede llegar a descolocar un cumplido.
―No fue nada ―acierto a decir en un susurro cohibido por la admiración que me profesan sus palabras.
―Sí, sí que lo fue ―desmiente ella, incorporándose hacia mí ligeramente y poniendo una mano sobre las mías―. Nunca infravalores lo que hiciste ese día. No lo hagas porque fue algo que a mí me dejó una profunda marca. Sabía que te conocía de algo y eso, supongo, fue lo que más me llamó la atención. Saber que teníamos a Miriam en común me sorprendió mucho, pero también me alegró profundamente, porque sabía que así no te perdía la pista.
»No te habías terminado de ir y ya la estaba llamando para que me contara todo lo que supiera sobre ti. Ella, a su vez, aprovechó para cambiarme información por ayuda con su mudanza, pero me encantó el trato. Gracias a él, pude conocerte mejor.
La miro por un instante, extrañada, no sé si sentirme acosada o halagada con tanto interés por su parte. Ella se percata de ello y se ríe con ganas.
―Sí, te pareceré una psicópata obsesionada o algo así, pero es que yo soy muy así, cuando algo se me mete entre ceja y ceja, de ahí no sale hasta que lo cumplo. Y yo ese día, ese día en el que tu actitud me dejó tan fascinada, decidí que iba a poner todo de mi parte para ayudarte.
―¿Por qué? ―pregunto profundamente aturdida―. ¿Vas ayudando por ahí a desconocidos solo por hechos puntuales tales como arrancarle una oreja de un mordisco a un chef abusón?
Se ríe ahora abiertamente ante mi perplejidad. Cuando se calma, me mira de nuevo, ha perdido parte de su nerviosismo y se la ve más confiada.
―Te sorprenderías ―admite aún con la risa bailándole en los labios―. Diana, te lo merecías, o al menos eso pensaba en aquel primer momento. Pero… madre mía, luego supe más de ti y mi plan comenzó a crecer y crecer, me volví una loca disparatada y acabé involucrando a todos a mi alrededor.
»Tu amiga Saskya me contó lo mal que lo habías pasado. Miriam, la cantidad de trabajos que llevabas a cabo para sobrevivir mientras acababas de estudiar, el señor Vázquez, todo lo relativo a tu asociación… y entonces se me ocurrió la tonta idea de involucrar a Saul, para así, quizá, matar dos pájaros de un tiro.
La miro sin comprender y no se me ocurre ni preguntar. La sola mención de su nombre ya me nubla los sentidos por completo.
―¿Qué quieres decir?
―Verás, Saul es muy especial para mí ―comienza y en mi interior, la serpiente sinuosa de los celos me hace revolverme―. Le quiero mucho y deseo que sea todo lo feliz humanamente posible. Cuando te conocí, no sé por qué, pensé que, mientras yo te ayudaba a ti, quizá tú podrías ayudarlo a él.
―Sigo sin entenderlo…
―A Saul no se le puede decir lo que tiene que hacer. No puedes llegar y decirle que una chica es ideal para él, porque la desechará de inmediato. Necesita conocerla y necesita que esa chica no se lo ponga fácil. Tú eras perfecta para él. Para sacarlo de ese bucle perpetuo en el que vivía desde hace una década y en el que solo sabía exhibirse con bellezas del brazo, sin dejar que ninguna entrara verdaderamente dentro… tú no ibas a darle a la primera lo que quería, tenías pinta de ser guerrera, de no dejarte embaucar, de mantenerlo a raya… y creo que no me equivoqué.
Su sonrisa confiada me hace ruborizarme y tengo que desviar su mirada traviesa.
―Siempre he pensado que entre vosotros había algo muy especial y que, tarde o temprano, yo resultaría imprescindible en la ecuación. Se os ve tan bien juntos… ―No puedo evitar poner en palabras mis pensamientos más angustiosos.
Me mira un instante con el semblante crítico y dubitativo a la vez. No sé si no se esperaba el contenido de mis palabras o que estas vengan precisamente de mí.
―Siento si en algún momento te hemos hecho dudar. Saul es mi amigo y lo quiero, pero mi corazón pertenece a Will. Es suyo desde el día que decidí que él era la persona que me complementaba en esta vida. De hecho, si te hace sentirte más tranquila y más segura, mi compromiso con él es tan fuerte que, en unos meses, tendremos en brazos una prueba aún más contundente. Creemos que será niña.
Apenas puedo reaccionar de lo mucho que me sorprende la noticia. ¡Martina embarazada! Cuando consigo asimilarlo, y la felicidad por fin se expresa correctamente en mi rostro, me acerco a abrazarla y a desearle todo lo mejor. ¡Qué noticia tan maravillosa!
―Así que, como ves, involucrar a Saul para ayudarte a ti, significaba también que podía ayudarlo a él y eso no tenía nada que ver con mis sentimientos hacia mi amigo ―concluye satisfecha―. Todos ganábamos.
―Conociendo como conozco ahora a Saul, me resulta difícil de creer que se ofreciera a participar…
Se nota que ahora Martina, por fin, está relajada. Supongo que, conforme cuenta su versión de los hechos y ve que yo no salto a su yugular… se ha relajado notablemente.
―No lo hizo de muy buena gana ―admite ella―. Hasta le llamé egoísta cuando se negó a llevar a cabo su parte de contratarte. Y eso que era yo la que iba a pagarte. No lo veía bien, aunque creo que al tratarse de ti fue por lo que finalmente aceptó…
―¿Qué quieres decir?
―Al principio no le dije que eras tú mi víctima, pero cuando lo supo, sé que él también te recordaba de la fiesta y sé que a él también le impresionaste. Aceptó porque se trataba de ti.
No sé qué decir en estos momentos. Mil pensamientos me atraviesan y ninguno es coherente. Martina montó todo para ayudarme e involucró a los demás, y Saul ni siquiera quería hacerlo hasta que… hasta que supo que yo… una sonrisa estúpida, como de adolescente enamorada, se me dibuja en el rostro, y sé que no voy a ser capaz de borrarla en un tiempo. Así de previsible y tonta debe de ser una mujer a la que le acaban de dar una noticia que hace que todo lo vea de un modo completamente diferente.
―O sea, que aceptó contratarme para un puesto inexistente en el que tú pagabas mis honorarios ―resumo incrédula.
―Te juro que en mi cabeza era una buena idea, pero, claro, había que tener en cuenta muchas cosas. Para empezar, la primera semana en la que estabas tan enfadada porque no daba señales de vida, es que realmente se había olvidado de todo… tuve que llamarle enfadadísima para que cumpliera con lo pactado… luego se puso enfermo y, después, bueno, ya sabes…
―Después yo caí como una tonta en la trampa ―concluyo su frase con un dolor que aún no soy capaz de quitarme de encima.
Ella me mira confiada, con un cariño que nunca he sido consciente de despertar en ella. Me estremezco por un segundo, lo que ella aprovecha para intentar convencerme de lo equivocada que estoy.
―No, Diana. Él no ha jugado… quizá al principio se divirtió un poco, pero eso era solo porque le interesabas, le llamabas la atención, le desafiabas y eso le encantaba. Si ha seguido y ha llegado a lo que yo misma vi el otro día en la gala… Diana, por favor, créeme si te digo que Saul Coleman está absoluta y totalmente rendido a tus pies. Está enamorado de ti tanto como tú lo estás de él. ―Hace una pausa para dejarme asimilar sus palabras que, aunque hermosas, siguen dándome un miedo atroz―. Puede que empezara como un juego, pero te juro por lo que más quieras que para él eres lo más real que ha tenido y sentido en toda su vida.
Me quedo sin aliento… ¿Será verdad? Apenas me atrevo a creerlo. Es una sensación de vértigo que me invade por completo y me hace hasta temblar.
―Mi gran error fue no cancelar los cheques cuando vi lo que ya había nacido entre ambos, y no contarte todo, para librarle a él de las culpas. Cuando le llamaste para acusarle de embaucar a Fanny con la gala, estábamos juntos y, nuevamente, era cosa mía, fui yo quien se lo propuso y ella, loca por las causas benéficas, ni se lo pensó. Ninguno quiso delatarme por lealtad hacia mí, pero Saul se moría por dentro por hacerlo, por contarte todo de una vez. Solo se tranquilizó cuando le prometí que yo misma lo haría. ―Enlaza sus manos con las mías, como implorando perdón y susurra muy bajito, con remordimientos y pesar―: Siento haber llegado tarde y que hayas pasado unos días horribles por mi culpa.
Trato de comprender todas y cada una de sus palabras. Mi cabeza, que hasta entonces estaba empeñada en complicarme las cosas, empieza a creer en sus palabras y a tomarlas en consideración. Y mi corazón... mi corazón hace ya tiempo que está bailando todas las danzas ucranianas que conoce, de la alegría que le da conocer los verdaderos sentimientos del hombre por el que yo estoy hecha polvo.
Y, sin saber muy bien cómo, aprieto esas manos que están sosteniendo las mías y sonrío. Sonrío porque acabo de comprender toda mi suerte, esa que ha puesto a trabajar a un montón de personas únicamente para que yo sea feliz. Sí, soy una mujer sumamente afortunada. Y sí, creo que hasta puedo llegar a conseguir esa felicidad por la que tan arduamente ellos han estado luchando.