Capítulo 18
Estoy en casa
Sus labios y los míos son uno solo. Me sienta con urgencia sobre él en el sillón de mi pequeña sala, y me acaricia la espalda y los brazos, mientras me besa como si nunca antes hubiera besado a nadie, como si una sed acuciante lo estuviera apremiando y solo pudiera saciarla en mis labios.
Siempre he pensado que nunca podría pasar de aquí. Que los recuerdos, la sensación de mancha, de suciedad y de quebranto interior nunca permitirían que esto pudiera ser bonito y apetecerme hacerlo. Siempre he creído que lo que me pasó siendo una cría mancharía para siempre mi intimidad, que estaría condenada por los siglos de los siglos.
Sin embargo, es en brazos de Saul, bajo sus caricias y al amparo de sus besos, que todo eso queda relegado y, simplemente, no existe. No existe porque no es comparable una cosa con la otra, y porque sus manos me tocan con tal ternura que esto solo puede ser algo bueno. Bueno, no. Lo mejor, lo mejor de toda mi vida.
Sus manos me estudian, dibujan mi contorno y yo me deshago, envuelta por una emoción que nunca antes he sentido. Siento que pierdo mi piel y mis sentidos, que me vuelvo aire entre sus caricias, y es tal el bienestar que me recorre entera, que siento que estoy tocando el cielo.
Sus labios bajan por mi cuello y exploran cada centímetro de mi piel. Me sobra la ropa, el calor que se extiende por mi cuerpo me hace pensar que estoy en medio de un incendio. Como si supiera lo que mi cuerpo necesita, me quita el jersey que acabo de ponerme hace unos minutos y me mira a los ojos, con calma, con una intensidad que me desarma entera.
―Podemos parar si quieres…
¿Quiero parar? Probablemente si lo pienso, mi respuesta sea sí. Pero estoy harta de pensar, de reprimir y de bloquear los sentimientos. Estoy harta de no ser ni sentirme amada y a eso le puedo poner remedio esta misma noche, en brazos de la persona correcta.
Tras un segundo de vacilación, me lanzo de nuevo a sus labios, sintiendo en mi boca cómo la suya se apodera de todo y me engulle con pasión. Es toda la respuesta que él necesita, es su carta verde para seguir y hacerme olvidar que un día fui la víctima de un acto vil y oscuro.
Pero no se olvida de lo que acabo de contarle. Lo puedo apreciar por el modo en que me toca, protector y tierno y, aunque se deje llevar por el sentimiento que hemos estado madurando desde que nos conocimos, aunque tenga ganas de ponerle gestos, besos y caricias desmesuradas a esto, sé que va a ir con tacto, consciente de que es así como necesito que sea.
Me recuesta en el sofá y sus dedos tocan con ternura mis pechos por encima de mi camiseta. Siento que necesito su tacto directamente sobre mi piel, sus manos bajando por mi estómago y su boca besando cada centímetro de mi cuerpo. Soy como un cubito de hielo que se derrite al paso de sus expertos y cálidos dedos. ¿A cuántas mujeres les habrá hecho esto? ¿A cuántas con esta ternura y este cuidado, como si yo fuera de cristal y temiera que me fuera a romper si me acariciara con más apremio?
Pero yo necesito ese apremio ahora mismo. Necesito que no me deje, que me toque, me recorra, me chupe y me devore. Que me haga sentir amada, deseada, que me tome con determinación. Acaso busque borrar una violencia que ha marcado unas formas, unas sensaciones… acaso busque una forma de redimirme. Y si alguien puede rescatarme, ese es él.
Me incorporo ligeramente, le quito la chaqueta, y le desabrocho el chaleco del esmoquin. Bajo mis dedos temblorosos, noto todo su cuerpo dispuesto, con ganas de mí, las mismas que él me despierta y me muero de ganas de que ese deseo explote cuanto antes en mi interior.
Cuando llego a su camisa, le acaricio los botones como si el límite estuviera ahí. Y él toma mis manos, me las besa y las devuelve a su sitio, me anima con una mirada que indica su plena implicación, buscando la mía. Los botones desaparecen bajo mi anhelo y acaricio su estómago, firme, duro, esculpido para mí… he querido tocarlo así desde el día que me lo encontré medio ahogado en su baño. Me inclino y lo beso suavemente y él, como si estuviera esperándome, me acaricia la nuca con ternura.
Me la toma y acerca su boca a la mía, ávida, como si necesitara sentirme en todas partes a la vez. Y yo respondo a su beso, a su arrebato, a sus ganas con las mías, que nacen de algo desconocido y febril de mi interior.
Él me quita la camiseta y se deshace con presteza de mi sujetador, que se pierde en la montaña de prendas que se están empezando a amontonar a nuestro alrededor. Me besa primero un pecho y luego otro, con suavidad, con determinación, haciendo que tal combinación sea posible solo en este momento y lugar.
Se incorpora del todo y me quita las botas y los pantalones, y se detiene a contemplarme como nunca nadie lo ha hecho, desnuda, vulnerable, expuesta. Sus ojos brillan con una belleza que hace que quiera romper a llorar en este momento.
Me deja un segundo y se adentra en mi habitación. Sale en apenas un instante y me toma en brazos, me lleva a mi cama, que ha librado de mi maleta a medio hacer, y me tumba con la delicadeza de una pluma. Siento que estoy a punto de morir por combustión espontánea de todo el calor que mi cuerpo es capaz de generar ahora mismo, y solo deseo que entre en mí.
Pero él se demora. Se detiene a explorar cada centímetro de mi piel. A conocer cada pliegue, cada recoveco, cada rincón de este cuerpo que he escondido durante media vida. Un cuerpo que, por fin, alguien usa de manera que me hace partícipe, que me hace sentir la princesa del cuento.
Sus dedos se atreven a adentrarse en mi interior con delicadeza, como si estuvieran reconociendo un camino que luego recorrerá con otras partes de sí mismo. Cierro los ojos y me estremezco de placer al sentir su maestría, sus artes amatorias de experto. Cuando la primera oleada de placer me hace curvar la espalda, creo que voy a perecer en ese mismo lugar, aferrada a sus brazos que tanto me están dando.
Es la primera vez que siento algo así. Y doy gracias al cielo que sea él quien me enseñe lo que es el placer absoluto, algo que nunca logré con los sádicos con los que mi hermano me cruzó en mis años de negrura y abismos.
Cuando la última oleada ha abandonado mi cuerpo, abro los ojos y lo miro arrobada. Esto es lo que me estaba perdiendo. Esto es lo que dos personas que desean estar una en brazos de la otra pueden regalarse. Lo miro sin llegarme a creer que él acabe de hacerme ascender a las nubes y me besa con ternura en los labios, en los ojos, en el cuello, pequeños besos cargados de ternura, que me protegen y me preparan.
Poco a poco, mientras no deja de acariciarme suavemente, se quita la ropa que aún lleva puesta y se coloca sobre mi cuerpo, con mucho tacto, midiendo cada movimiento para hacerme sentir segura. Podría decirle que lo estoy, que me siento protegida entre sus brazos y que deseo que esto nunca se acabe, que su piel en la mía es una de las sensaciones más hermosas del mundo.
Se detiene un momento para mirarme con más intensidad, calibrando si seguir adelante, si hacer el siguiente movimiento. Y yo asiento a su pregunta muda. Sí, estoy preparada. Muerta de miedo, pero también ansiosa por recibirle y darle el mismo placer que él acaba de procurarme.
Mientras entra en mí, despacio, con infinita dulzura, lo miro fijamente, quiero estar anclada a él, a sus ojos que me retienen aquí atada, no quiero cerrarlos y que mi mente rememore otras camas y otros cuerpos, que se vaya a aquellos días de vileza y odios. Quiero estar con Saul, solos, unidos.
Comienza a moverse sobre mí, primero despacio y luego con el ímpetu que mis ganas y su deseo aún por satisfacer demandan, y siento que la comunión entre ambos se hace mayúscula, que es mío, solo mío, y que yo ya jamás podré pertenecer a nadie más.
Cuando ambos alcanzamos la cima de nuestras sensaciones, cuando traspasa el cielo y me lleva con él, se desploma sobre mi pecho, que sube y baja de manera acelerada, y que me transporta al momento más intenso, hermoso y vulnerable de toda mi vida. He puesto mi confianza, mi cuerpo y toda mi seguridad emocional en sus manos, y él me ha regalo este momento de amor excepcional.
―¿Estás bien? ―pregunta rodando sobre sí mismo para quedar debajo de mí, mientras me rodea con su abrazo protector y acaricia mi piel, sensible y dispuesta para él.
―Estoy en casa ―respondo con la seguridad de que es verdad. Que he llegado a mi hogar y ya nada en el mundo entero podrá hacerme desear estar en otro lugar mientras viva.
*****
―La pizza llegará en unos minutos ―asegura Saul volviendo a su sitio junto a mí, tras llamar para que nos traigan algo para cenar.
Me abraza de nuevo y pone sus labios sobre mi pelo, mientras yo sonrío como una colegiala colgada de su primer amor.
Nos hemos pasado todo el domingo en la cama. Desconectados del mundo y de la gente. De las preocupaciones, la recaudación de la gala, la amenaza de mi pasado o el frío intenso que se presiente al otro lado de la ventana. La única acción ajena a Saul que me he permitido hoy ha sido llamar a Saskya para saber cómo está. Al fin y al cabo, a su vida también ha llegado la revolución y la presencia de Carlo seguro que ha conseguido poner patas arriba su existencia y la de Danno. Sin embargo, su teléfono lleva todo el día desconectado y no he conseguido hablar con ella.
En mi mente no hay nada por espacio de unas horas. Las que paso entre soñando y cumpliendo el sueño de ser amada, entre las caricias y los besos de Saul. Por primera vez me siento princesa de las de verdad, de las que logran el amor del príncipe azul. Y apenas puedo creer que esto me esté sucediendo a mí, la que lleva la mitad de su existencia huyendo y escondiéndose de esto.
―Nunca he tenido ni un segundo de algo real en toda mi vida. Nunca hasta que te metiste aquí ―confieso tocándome con convicción el corazón―, bajo mi piel, y me convertiste en alguien con esperanza.
―Te mereces una vida normal ―dice estrechando su abrazo―. Siento tanto todo lo que no has tenido…
―¿Sabes? A menudo me preguntaba si lo conseguiría, si lograría alcanzar una edad respetable sin haberme vuelto loca. Estar muerta por dentro cuando se es tan joven te hace plantearte cosas muy disparatadas… si no hubiera sido por la asociación, yo no… ―titubeo y no sé cómo seguir.
Un silencio denso se instala entre nosotros y no sé si le he incomodado con mi confesión. Sé que debo darle tiempo para que me asimile entera, que no es cosa de una noche y un día. Que Saul debe hacerse a la idea de todo el equipaje que yo traigo. Y es comprensible que se asuste. Si soy sincera, me asombra que aún no lo haya hecho.
―¿Alguna vez pensaste en… acabar? ―hay incertidumbre en su voz, como si hacer esa pregunta le doliera.
―¿Quieres saber si quise matarme?
Asiente casi imperceptiblemente y hasta puedo notar el miedo que le da conocer esa respuesta. Me incorporo y lo miro a los ojos. Lo beso con dulzura e intento sonar tranquila.
―Me quería morir a diario. Todos los días. Pero jamás lo intenté.
Me acaricia la mejilla con ternura y noto cómo su cara se relaja con cierto alivio.
―Eso es que, en tu fuero interno, sabías que un día las cosas iban a mejorar.
―No ―respondo categórica―. Eso es que siempre he sido una cobarde.
―Diana, eres la persona más valiente que conozco ―me recrimina tomando mi cara entre sus manos y obligándome a fijar mis ojos acuosos en los suyos, llenos de determinación y tesón―. No vuelvas a decir que eres una cobarde o te las verás conmigo.
―Saskya siempre dice eso. ―Río quitándole tensión al momento―. Dice que si persisto en esas ideas vendrá y me pateará el culo.
Saul se une a mis risas y asiente convencido. Parece un hecho que él y mi mejor amiga han hecho buenas migas y tienen ideas peligrosamente parecidas en lo que respecta a mi persona.
―Eso me gustaría verlo ―asegura―. Y, desde luego, estoy al cien por cien de acuerdo con los métodos de Saskya.
Cuando conseguimos serenarnos, me acaricia la mejilla y me coloca un mechón rebelde de mi pelo detrás de la oreja. Me mira con tal detenimiento que temo que me esté grabando a fuego en su memoria por si acaso fuera a perderme de un momento a otro. Y yo me estremezco ligeramente solo de barajar, ligeramente, esa horrible posibilidad.
―Eres valiente ―dice muy serio―. Así que, por favor, repite conmigo: soy valiente y nadie me puede convencer de lo contrario, ni siquiera yo misma.
Me río porque su seriedad me ha confundido por un momento, y no me deja en paz hasta que me uno a su charada y repito sus palabras, al pie de la letra, y le prometo que me las grabaré a fuego en la mente. Y pese a que es difícil sacarse el viejo hábito y la creencia incrustada a fuego bajo la piel, quiero empezar a creer que un poco de razón tiene. Hasta que veo, apartada en el rincón donde Saul la dejó, la maleta que me iba a acompañar en mi huida de anoche. Él sigue mi mirada y también la ve. Sabe que, si no llega a aparecer en mi puerta, ahora no estaría aquí y que esto, nosotros, juntos, sería solo una quimera.
―No te mortifiques más ―me susurra con dulzura, interpretando mi semblante serio―. No has huido y no lo vas a hacer. Vas a enfrentarte a esto como hiciste el día que te conocí, con ese cabrón de Terres. Quiero que recuerdes a la Diana en la que te convertiste entonces, al verte acorralada, la que le dio una patada en los huevos a su agresor, la que se llevó un cacho de su oreja con los dientes. Pero, sobre todo, quiero que seas la Diana que no se dejó acorralar y lo desenmascaró delante de su propio público. Si pudiste entonces, ahora no tienes por qué ser menos.
Nunca me había parado a pensar que aquel día en que me enfrenté al baboso de François Terres, mi vida cambió por completo. Ahora me doy cuenta de que ese día Saul entró en mi vida, pero, también, la muchacha escondida y asustada por fin dejó atrás su estado de víctima permanente, para reclamar su papel de heroína. Y vaya si lo logró.
Porque ahora, con la seguridad que me dan los brazos de Saul a mi alrededor y la confianza de saber que una vez no me dejé pisar, creo que tengo las cosas más claras. Estoy en mi territorio, juego con ventaja, juego en casa. Keyan no puede llevarme por la fuerza ni obligarme más. Soy mayor de edad y en este país la violencia de ese tipo se acaba pagando. Y de pronto, me doy cuenta de que Saskya tenía razón y que los abusones, los violentos y los que no respetan los deseos de las mujeres, deben pagar por sus pecados.
―Mañana voy a ir a poner una denuncia contra François Terres por agresión e intento de violación.
Lo digo y me descargo del nudo que lleva atenazando mi pecho todo este tiempo. Algo dentro de mí se libera y hasta consigo respirar de un modo más libre, menos pesado y constrictivo. Me siento ligera, me siento como si estuviera haciendo lo correcto.
―Si me necesitas… iré contigo.
Le agradezco con una sonrisa el ofrecimiento, aunque creo que esto debo hacerlo sola. Debo aprender a librar mis batallas sin ayuda o, al menos, sin que me lleven de la mano. Sé que su presencia ha conseguido desbloquearme, y que la seguridad que su apoyo me da es lo que consigue que dé pasos en la buena dirección. Pero no puede hacerlo todo por mí, necesito saber que yo manejo los hilos de mi vida.
―Siempre que me necesites, me vas a tener ―repone ante mi silencio―. Yo seré tu refugio. Seré quien te sostenga cuando caigas, tu hogar. Seré tu noche de lluvia.
Me vuelvo hacia él y lo miro como si necesitara reconocerlo del todo. Acaba de pronunciar las palabras más importantes de toda mi vida. Su declaración de intenciones me deja totalmente desarmada ante él y sé, sin lugar a dudas, que está hablando con el corazón y que todas sus palabras son sinceras. Le importo y me lo demuestra cada vez que estamos juntos.
―Saul… ¿hay algo que yo pueda hacer por ti? ―le pregunto con un hilo de voz.
―No sé a qué te refieres.
―Te ofreces a ser mi refugio y a protegerme, pero… ¿qué puedo darte yo a cambio?
Se lo piensa apenas un segundo, antes de darme un largo beso en los labios y sonreírme después con una picardía que me hace estremecer de júbilo.
―Me conformo con que me des muchos de estos― afirma divertido―. Siempre… que nunca me falten porque ya me he convertido en un adicto a ellos.
Me sigue besando con ganas, me tumba en la cama y se coloca encima de mí, besando todas las partes de mi cuerpo que se le antojan, mientras no para de decirme que se podría pasar así la vida. Es agradable la calma relajada que se ha instalado entre ambos desde anoche, y creo que yo también me podría acostumbrar a esto.
―Lo decía en serio, Saul ―le aseguro entre risas―. Yo también quiero darte algo a ti.
―Ya me lo das ―dice en mitad de un beso en mi estómago que deja sin acabar. Levanta sus ojos hasta mí y me mira con una profundidad intensa y arrolladora―. Me das mucho, aunque no te hayas dado cuenta. Me das alegría, me das esperanza, me das unas ganas horribles de hacer las cosas de otra manera. Me has robado el malhumor, te has llevado mis réplicas ácidas, mi sarcasmo natural. Has conseguido que me abra y que deje la puerta abierta… me has conquistado, Princesa.
Vuelve a besarme para rubricar sus palabras y yo lo atraigo hacia mí como si no hubiera nadie más en este mundo, como si solo existiéramos ambos, aquí, en esta pequeña habitación de Bleecker Street y en el planeta entero. Solos él y yo, protegidos del frío y de las malas intenciones de un mundo hostil frente al que, juntos, podremos luchar y ganar. Me gusta esa sensación de hogar que me proporcionan sus besos, y me dejo llevar, como ya he hecho a lo largo de la noche y todo este domingo, el más feliz de toda mi vida.
Cuando estamos a punto de sobrepasar el límite entre los besos y la pasión más desenfrenada, el timbre de la puerta nos saca de nuestros juegos y nuestras risas. Afuera ya ha anochecido y el estómago comienza a rugirnos de hambre. El hombre de la pizza podría haber esperado unos minutos más, pero tampoco le vamos a dejar colgado en la puerta.
Con pesar, salgo del abrazo de Saul, me pongo una bata que cojo del gancho de detrás de la puerta de mi cuarto, y me ato una coleta para enmascarar que llevo todo el día sin peinarme. Me miro fugazmente en el espejo, que me devuelve la imagen de una chica feliz, que ha decidido dejar las preocupaciones fuera de las cuatro paredes de esta habitación.
Me aproximo a la puerta y soy consciente de que en mi cara llevo pintada una sonrisa de felicidad que nunca antes había estado ahí. Por un instante, por un pequeño y breve momento, me paro antes de abrir, anclada ante el pensamiento de que ahí detrás puede estar Keyan en lugar del hombre que nos trae la pizza. Mis músculos se tensan y la sonrisa se borra. Dura solo un segundo, hasta que miro por la mirilla de la puerta y descubro al otro lado a un hombre que no conozco e, inmediatamente, me relajo y dejo escapar un suspiro de alivio.
Pero cuando abro la puerta, no hay ningún repartidor de pizzas, sino un mensajero. Uno como los que recibo cada domingo a estas horas con el cheque de Saul… un cheque que, se supone, a estas alturas de nuestra relación no debería existir y que, con su sola presencia, acaba de manchar las últimas horas, llenas de felicidad, que hemos pasado juntos.
Mi cara refleja mi aturdimiento y mi dolor mientras firmo la confirmación de entrega del cheque, y me despido del hombre que me lo ha traído. Me apoyo contra la puerta, una vez cerrada, e intento poner en orden todos los pensamientos que, ahora mismo, bombardean mi mente confusa.
Hace ya tiempo que le pedí a Saul que me liberara de ser su empleada, pero, al parecer, a él le trae sin cuidado cómo me haga sentir el seguir recibiendo su dinero, que no ha cesado en ningún momento. Y si mientras nos acercábamos ya me hacía sentir incómoda seguir bajo nómina, no puedo ni expresar lo que ahora me provoca. Como si, de nuevo, alguien pagara por meterse entre mis piernas. Porque este cheque es el pago de esta semana de servicios, en los que lo único que he hecho por Saul ha sido abrirle mi alma y mi cuerpo y, desde luego, no pretendía percibir retribución alguna por ello.
―¿Todo bien ahí fuera?
Su voz me llega clara, sin rastro de intenciones ocultas, alegre y dispuesta. No sabe nada de lo que sus actos me acaban de provocar y eso me llena de una furia inexplicable que, de repente, siento que debo sacar de mi interior para evitar un infarto o una apoplejía.
Me acerco a la habitación y lo encuentro como lo dejé, recostado en la cama, con la sábana medio cubriendo su hermoso cuerpo, y una sonrisa brillante y preciosa en su cara de anuncio. Pero me obligo a mirar más allá y verlo como es, como la persona que no es capaz de dejar de usar sus actos de caridad conmigo y de haber dejado que el dinero mediara entre lo que pasó anoche entre nosotros, aun sabiendo lo que yo acababa de contarle sobre mi pasado.
Las primeras lágrimas reclaman su sitio. No quiero llorar, pero es inevitable, demasiadas emociones copan mi cuerpo y pugnan por imponerse en mi interior: pena, rabia, frustración, impotencia, culpa, decepción…
―¿Estás bien, Princesa?
Crispo la mirada y aprieto los puños. La sola mención de ese apelativo convierte todo esto en un espectáculo aún más lamentable. No puedo soportarlo y siento que estoy a punto de romperme.
―Necesito que te vistas ahora mismo y que te vayas ―susurro con una cólera desconocida para mí hasta este momento, una furia que hace que mis dientes rechinen y mi corazón se incendie―. Y que no vuelvas. Nunca.
Su cara es de auténtico shock. No se lo espera, pero me alegro, que sienta lo mismo que yo al recibir el cheque. Que no se lo espere y que le duela.
―¿De qué estás hablando, Diana? ―le cuesta hasta pronunciar esas palabras y su rostro es una perfecta mueca de incertidumbre y perplejidad.
Me doy la vuelta para salir al salón y dejarle que se vista. No quiero volver a verle desnudo y que me invadan de nuevo sentimientos contradictorios de deseo y repulsión. Deseo porque sigue pareciéndome un cuerpo hermoso que me lo ha dado todo en las últimas horas. Repulsión, porque me ha hecho suya mientras había dinero y una promesa rota de por medio.
Sale detrás de mí y le miro con mis ojos más fríos, los que no admiten réplica. Mi voz, igualmente glaciar, lo deja claro. No hay más opciones.
―O te vistes ya o te largas de mi casa desnudo. Tú eliges.
Retrocede y se interna de nuevo en la habitación, de la que sale en menos de dos minutos con casi todas las prendas puestas y a medio abrochar. Los zapatos en la mano, la pajarita sobresaliendo de uno de los bolsillos del pantalón. Está guapo a rabiar y me obligo a mí misma a desterrar esos pensamientos, que solo consiguen arrojar más sal a la herida que acaba de proporcionarle a mi frágil confianza.
―¿Vas a explicarme de una vez qué demonios ha pasado en apenas unos segundos? ―empieza a haber enfado en su voz. Por no entender, por ver que me vuelvo a escapar y sentir que, otra vez, me escurro lejos de él. De todo―. Diana, ¡dime qué te pasa!
Ha elevado la voz y yo he retrocedido un paso. Se me clavan sus exigencias y sus modos en las entrañas y, de pronto, vuelvo a tener trece años y, de nuevo, vuelvo a ser una niña asustada. Con la cara bañada en lágrimas, extiendo la mano que contiene el cheque, arrugado y ultrajado.
Lo toma despacio, sin saber muy bien qué va a encontrarse al alisar ese trozo de papel que le acabo de tender. En sus ojos, la mirada se transforma del enfado al pesar y, por fin, comprende.
―Diana… Dios… ¡Lo siento! ¡Se me olvidó decírselo! Tenía tantas cosas en la cabeza por la gira que no quise molestarla hasta el final y luego...
Mi corazón se salta un latido. Quizá dos. ¿Molestarla? ¿Decírselo? ¿Final de la gira? ¿De qué demonios está hablando? ¿Qué tiene que ver ella con todo esto? ¿No es suficiente que ambos tuvieran algo en el pasado que, ahora, también tienen que arrastrarme a mí en sus juegos?
―¿Te refieres a Martina? ¿Qué tiene que ver ella con todo esto? ―pregunto con el pecho agarrado por la sensación más dolorosa de toda mi vida.
―Todo fue idea de ella ―dice con una voz llena de remordimientos. Bien, que los padezca, que le hagan sentir como yo me siento ahora mismo: miserable y herida.
Lo confirma y me quiero morir de una vez. Escapar de sus ojos lastimeros, de sus palabras lacerantes, de toda esta situación ridícula que se ha cargado de un manotazo el único momento feliz y confiado de mis treinta años.
―Vete.
Me mira un instante, suplicando como un cachorro perdido. Acerca mi mano a la suya y trata de asirla. Yo la retiro con rapidez, con la convicción de que, si me toca, no seré capaz de mantener mi frágil determinación de ser fuerte y sacarlo de mi vida.
―Diana...
―Vete y no vuelvas.
Le doy la espalda y me interno en mi habitación. Me siento tras la puerta y apoyo en ella mi espalda para dar rienda suelta a mi pena y a mis lágrimas, que han tomado el control de mi cuerpo y mis sentimientos, y que solo permiten que me lamente una y otra vez por mi error de juicio.
Nunca más abriré las puertas a nadie. La confianza rota, tras todo lo que he padecido, parece imposible de restablecer. Y, llorando por la Diana que fugazmente he sido por espacio de unas horas, escondo la cabeza entre mis brazos y me abandono al dolor, como cuando tenía trece años y mi hermano me vendía al mejor postor.