Capítulo 8
Vaya jefe que está usted hecho
―¿No vive usted en Bleecker Street? Pues le da tiempo de sobra a llegar. Corra y no se olvide: dos de chocolate y dos de plátano, que son la especialidad de hoy según la web.
La voz de Saul J. Coleman es imperativa y risueña. Sabe lo que está pidiendo, y también lo difícil que es que lo consiga. Es como si me estuviera poniendo a prueba. Otra vez.
Son las doce y diez del mediodía del viernes y mi jefe pretende que me acerque a Magnolia Bakery a por cuatro cupcakes y se los acerque al Upper East Side. El encargo no tendría mayor dificultad salvo llegar a tiempo, porque los viernes y los sábados Magnolia cierra a las doce y media de la mañana y ya no vuelve a abrir hasta el día siguiente. Así que tengo que vestirme, correr hasta el número 401 de mi calle (casi 320 números desde mi casa) y esperar a que me dejen colocarme en la cola, que muchas veces da la vuelta por la calle 11, y a estas horas ya no suelen dejar seguir sumando clientes a la espera.
No hay pastelerías en Nueva York que me tiene que mandar a la más concurrida por los turistas por culpa de la publicidad que las chicas de Sexo en Nueva York le dieron durante sus seis temporadas.
Y a eso hay que sumarle mi agotamiento. Tal y como me prometió en su mensaje en Central Park, Saul Coleman me ha mantenido bien ocupada durante las dos últimas semanas, sin darme apenas un respiro en todos estos días. No cabe duda de que me ha hecho sudar cada cheque que recibo puntualmente, y por medio de mensajero, cada tarde de domingo en mi casa.
Empezó la misma mañana del martes, a las siete, cuando en mi teléfono empezó a sonar Uptown funk de Bruno Mars a todo volumen, lo que hizo que me despertara y casi saltara de la cama como si de pronto hubiera saltado la alarma de incendios.
Medio atontada, respondí con esa voz de recién levantada que se parece un poco a la de un zombi de The Walking Dead, esa voz que no puedes disimular por mucho que quieras dar a entender que a esas horas ya estás levantada, has ido a correr, te has dado una ducha revitalizante y te has tomado un super-desayuno lleno de vitaminas y bajo en grasas e hidratos de carbono.
―¡Buenos días, señorita Nesterenko ―Vaya, esa voz que ya me hubiera gustado a mí mostrar es justo la que él me devolvió al otro lado del teléfono. Más motivos para odiarle. Seguro que había hecho ya todas esas cosas que la gente bien organizada ya tenía hechas a esas horas―. La necesito. Ahora.
―¿Ahora, ahora? ―acerté a preguntar mientras me restregaba los ojos para despejarlos del todo y abrirlos al nuevo y helador día― Quiero decir… tardaré un poco en estar lista y llegar a… bueno, a donde usted me diga.
―Tiene cuarenta minutos para personarse en mi apartamento. Le envío la dirección por Whatsapp. Tengo café, así que no se entretenga en preparárselo. No se retrase. ―Y colgó. El muy prepotente no me dejó ni volver a abrir la boca.
Con mis pasos de sonámbula llegué a la ducha como pude, abrí el grifo del agua caliente y consulté el mensaje que me acababa de enviar con su dirección. Fantástico. El Upper East Side, no había nada más cerca.
Así que me metí en la ducha, me vestí y me cepillé los dientes en cuestión de siete minutos, un nuevo récord mundial, sin duda, al menos para las inquilinas de esta casa. Cogí una manzana roja del frutero y salí disparada escaleras abajo, rezando para no cruzarme con Paul, el hijo de la casera, cuyo cerebro de diez años dentro de un cuerpo de hombretón de más de cuarenta era bien capaz de liarme alguna e involucrar a su madre, la señora Martinelli, la casera ogro de nuestro edificio. Tampoco me apetecía que me acorralaran las Tillman, Selma y Agatha, las vecinas del cuarto, las más chismosas y meticonas de toda la escalera.
Agradecí profundamente lo intempestivo de la hora para un niño adulto y dos jubiladas metomentodo, y salí volando hacia la calle, a la búsqueda y captura del primer taxi que pasara por la puerta de mi casa. Afortunadamente volví a tener suerte y en menos de dos minutos tenía uno a mi servicio con la dirección exacta de la casa de Saul J. Coleman como destino fijado.
La suerte se acabó ahí. A los pocos segundos, y nada más encarar Broadway para subir por la parte este de la ciudad, un monumental atasco nos pilló sin salir aún del Soho. Vale, la sonrisa de triunfadora por mi buena gestión de los tiempos se esfumó en su santiamén y la cosa solo fue empeorando cuando mi jefe empezó a mandarme mensajes de urgencia desde cinco minutos antes de cumplirse la hora que me había impuesto.
Llegué enfadada y estresada, con un considerable retraso y, lo peor, tensa como una ballesta al comprender que el peso de la frustración de Saul Coleman caería sobre mí como un mazo. Sin contemplaciones.
Al abrir la puerta de su casa, un ático impresionante en la Quinta Avenida con la 94, no pude evitar fijarme en su rostro. Estaba bien afeitado, pulcramente vestido y olía a loción tipo agua fresca. Pero lo que más me sorprendió fue que su semblante, lejos de mostrar enfado, tenía una mueca divertida, al borde del estallido en salvajes carcajadas. Y eso fue justamente lo que hizo: romper a reír con estridencia delante de mis narices, haciendo que mi cara dibujara la mayor de las inquietudes. O este tío no se ha tomado su medicación o yo le hago mucha gracia, pensé mientras me debatía entre largarme de allí o estamparle mi bolso en la cabeza.
―¡Dios mío! ―exclamó en un momento en que las risas le dieron una tregua―. Pero ¿qué le ha pasado a su pelo?
¿Mi pelo? Oh-Dios-mío. Joder, con las prisas por salir de casa y llegar a tiempo, en esa lucha infernal contra el cronómetro impuesto por mi sádico jefe, ni me di cuenta de que mi pelo, secado al viento y no bajo la cuidada batuta de mi secador y de mis planchas, es el caos total. Ahí mismo debía de parecer el Rey León, por lo menos, y solo deseaba morirme de la vergüenza. Vi, tras Saul, una pared de espejos y lo aparté con malas formas para entrar en su ático de dos millones de dólares. Si no más.
La imagen que me devolvió el espejo era la de una enajenada que había olvidado pasarse el peine por un pelo absolutamente descarriado, y que, seguramente, tardaría en conseguir domar si no lo volvía a pasar por debajo de la ducha. Con celeridad, saqué una goma elástica de mi bolso (nunca me faltan para emergencias como esa) y me hice rauda una coleta que, si bien no solucionaba el problema del todo, al menos eliminaba el factor “loca fugada de institución mental”.
―Lo siento ―seguía riendo mi jefe tras cerrar la puerta de su casa―. Es que ha sido un momentazo digno de haber sido grabado. No lo repetiría para mí, ¿verdad? Vuelva a entrar y yo la espero con la cámara…
―Ja, ja ―marqué la risa falsa de forma contundente y pinté en mi cara el enfado que la situación requería. Un cambio de tornas, ahora la furia me tocaba descargarla a mí. Al menos me libraba de la suya por llegar tarde―. Muy gracioso, muy profesional. Vaya jefe que está usted hecho, riéndose descaradamente de una empleada que lo ha dado todo por llegar a tiempo. ¿Sabe? Me he dejado la piel para complacerle. Apenas me ha dado tiempo a aclararme bien el pelo, esta estúpida mata rebelde que a usted tanta gracia le hace. Y he pillado un taxi tan rápido que casi no podía creerme mi suerte. Hasta que me he dado cuenta de por qué estaba libre. Tenía la calefacción estropeada, la ventana del conductor no cerraba y el frío que entraba era cortante, por no mencionar el viento invernal que hace esta mañana. Y, por si fuera poco, súmele un atasco monumental y la selección musical más lamentable de la historia: ¡Reggaeton!
Mi alegato le cortó la risa de raíz. Me miró con el rostro serio por primera vez esa mañana y luego, sin venir a cuento, me dio una palmadita en la espalda… antes de volver a reír de nuevo mientras se internaba en su exquisita casa.
―¡Es usted única, señorita Nesterenko! ―decía sin parar mientras controlaba su segundo ataque de risa en menos de dos minutos ―Pase, que le cuento lo que necesito antes de irme pitando.
Me senté en su carísimo sofá de piel color marfil mientras le dedicaba una mirada cargada de furia. Cuanto más se divertía él, más evidente era mi enfado. Aunque eso a él no parecía hacerle ni mella.
―Olivia está dormida, pero no se preocupe, porque no creo que se despierte después de la noche que ha pasado ―intentó tranquilizarme al ver la cara de horror que seguro que había puesto al imaginarme al cargo de la niña―. Hanna vendrá pronto y se hará cargo de ella hasta que la recoja mi padre. Todo ha ido muy bien en la operación de Fanny y es probable que la manden hoy a casa.
―Me alegro ―le dije en un tono comedido.
―Gracias. No era una cosa de gravedad, así que no esperábamos que pasara más días en la clínica. Lo malo es la niña, que sigue con fiebre, anoche alcanzó casi los cuarenta. Si se despierta, solo tiene que darle el antitérmico que hay junto a la cuna. Es sencillo. Y si no, llámame, que yo intento ayudarla.
Me miró entonces más relajado, y hasta con un poco de pena. Creo que no quería irse y dejarme. No quería perder de vista a su hermana y, mucho menos, que se quedara a mi cuidado, aunque no fuera probable que se despertara tras la mala noche que había pasado. Pero, supuse que, si lo hacía, si me dejaba allí, por algo sería. Al fin y al cabo, no me pagaba lo que me pagaba para andar poniendo peros a todo. Eso sí, estrenarse de niñera de una bebé enferma no era lo que yo me había imaginado al aceptar el trabajo.
―Mire ―Saul Coleman se pasó la mano por el pelo en un ademán descuidado―, lo va a hacer genial, así que borre de su cara esa mirada de perrito perdido, ¿vale? Y, hablando de perros, en cuanto Hanna llegue, la necesito para que baje a Wagner al parque, al pobre lo he tenido desatendido desde que llegué ayer con Olivia.
―¿Wagner? ―repetí incrédula. Joder, es esnob hasta para ponerle nombre a su perro, pensé intentando reprimir una carcajada.
―Sí, Wagner, como el músico alemán. Está un poco rebelde estos días, pero en su currículum había situaciones con perros ¿verdad? Pues podrá con este sin problemas. ¡Wagner! ―le llamó en un tono extra suave para que el perro viniera a su encuentro y no despertar a la niña. Curiosamente, el chucho se acercó a su amo al instante, procedente de la otra habitación.
Enseguida sentí un flechazo de amor por Wagner, un pastor belga negro azabache de unos tres años. Se acercó a mí y se me quedó mirando con la lengua fuera, como esperando a que nos fuéramos corriendo de ese apartamento pijo a correr por Central Park. Y ganas no me faltaron, la verdad. Toda la incomodidad que cuidar de un bebé me producía, era contraria a lo cómoda que me sentía con el perro, a quien sabía exactamente cómo tratar, alimentar y entretener.
Me acerqué a él y le rasqué detrás de las orejas, y bajo el mentón. Y él me devolvió el saludo con un lametón de los que marcan bien el territorio. Creo que la simpatía fue mutua e instantánea, y eso no le gustó del todo a mi jefe.
―Veo que la tarea con mi perro le ha iluminado los ojos ―dijo él con un tono que no dejaba lugar a dudas: estaba ¿celoso?―. Pero no se emocione, después de pasearlo, deberá ir a la tintorería a llevar unos trajes que le he dejado preparados y, cuando acabe, deberá acercarse a la oficina de correos a reclamar un envío que deberían haberme entregado en mano, en mi despacho, hace un par de días. Es un regalo muy frágil y de mucho valor para una amiga muy especial, así que cuando se lo den, por favor, trátelo como si fuera cristal. De hecho, es cristal, no lo olvide.
Se puso en pie con rapidez tras darme, además, una lista de la compra que incluía caviar y pasta de dientes, y una tarjeta de crédito para costear esos gastos. ¡Una tarjeta de crédito para mi uso personal! Sin muchos más preámbulos, se puso su carísimo abrigo de cachemir color gris marengo y se encaminó a la puerta.
―Tengo una reunión importante en menos de diez minutos. No puedo faltar y odiaría que me interrumpieran mientras estoy en ella, pero prométame que me interrumpirá sin contemplaciones si hay novedades con Olivia. Me refiero a noticias de las feas… de las de más fiebre de cuarenta y esas cosas.
Lo dijo con tal tono de apremio en la voz que me convenció de que, en realidad, no era el esnob arrogante que siempre había sido en mi presencia. Tanto es así que me dieron ganas de darle un abrazo y asegurarle que todo iba a ir bien, que confiara en mí. Aunque, pensándolo fríamente, mejor no darle ningún abrazo, era posible que no quisiera salir de esos brazos nunca más si es que me daba por intentarlo. Mejor no tentar a la suerte.
Así que me limité a asentir y a atreverme a llevar mi mano a la suya y apretársela con afecto. Él me devolvió una mirada cargada de gratitud, que pronto regresó a su peligrosa mirada de lobo. No iba a abandonar la caza pasara lo que pasara.
Tras irse, pude respirar tranquila por espacio de cinco minutos, tiempo que aproveché para recorrer con pasos silenciosos el ático de mi jefe. Era una casa preciosa, amplia, con grandes ventanales y un gusto exquisito en su decoración. Saul Coleman se había dejado una pasta en profesionales que le habían puesto el apartamento a la última, listo para una revista de celebrities. Cuando no había terminado de recorrer todas las estancias de la casa, mi teléfono empezó a vibrar dentro de mis pantalones, provocándome un susto parecido al de esa mañana al despertar.
―¿Si? ―contesté con un susurro sin mirar siquiera la pantalla. Me imaginaba que mi jefe se habría dejado algo por decir.
―Diana, necesito un martini y un buen revolcón o voy a morir por combustión instantánea ―Saskya y uno de sus habituales saludos mañaneros. No sé por qué, pero en lugar de sorprenderme, me pareció la manera más normal, para ella, de dar los buenos días.
Me dirigí de nuevo al salón para acomodarme en el sofá de película de Saul Coleman, preveía que Saskya necesitaba desahogarse y que me iba a mantener ocupada. No tenía nada mejor que hacer, así que hasta me pareció una forma de matar los minutos hasta que Hanna hiciera acto de presencia y yo me pudiera ir a empezar con la lista de trabajos proporcionada por mi jefe.
―¿Quieres decirme por qué me llamas tan temprano y por qué me cuentas esas cosas tan íntimas? ―Lo pregunto con voz autoritaria, pero en el fondo tengo hasta ganas de reírme.
―¿Temprano? Son las ocho y media de la mañana, llevo ya media vida metida en esta oficina y creo que hasta ya he evacuado el café del desayuno de esta mañana. No, querida, para los trabajadores incansables de esta ciudad, no es temprano. Quizá para las suertudas como tú, con esos trabajos de no hacer nada por cheques sustanciales…
―Para ahí el carro ―la corté para hacer valer mi madrugón―, que llevo despierta desde las siete, cumpliendo con mis compromisos laborales.
―¿Ah, sí? ―preguntó con mucho interés― Eso es que el buenorro de tu jefe ya ha dado señales de vida y te ha pedido que vayas a hacerle el desayuno… lo habrás visto en pijama, ¿no? O mejor… sin él.
Contuve las ganas de llamarla salida o algo mucho peor y me recordé que su llamada me había alegrado la mañana solo veinte segundos antes. No fuera a ser que se nos enredara la conversación y me acabara colgando el teléfono sin contarme lo que, claramente, la había hecho llamarme.
―¿Por qué estamos hablando de mí y de mi jefe? ―intenté reconducir la conversación hacia su verdadero propósito―. ¿Qué es eso de estar a punto de morir por combustión espontánea?
―Ah, sí, eso. Madre mía… ―al otro lado de la línea se produjo un suspiro de satisfacción que me dejó del todo descolocada.
―¿Estás bien, Saskya?
―Sí, sí, perdona. Es que aún ando asimilándolo ―dijo con un estremecimiento que me hizo perderme todavía más en el mundo absurdo de mi amiga.
―¿Vas a contármelo de una vez?
―Sí, tranquila. Aunque preferiría que te acercaras a verme y nos tomáramos unos martinis ―dejó caer como si nada.
―Saskya, no han dado las nueve de la mañana. Olvídate de emborracharte a estas horas y dime qué es eso que te ha hecho llamarme ―la apremié ya con la ansiedad pintándose en mi voz. Y es que había conseguido que toda mi atención estuviera puesta en ella, tanto, que ni me di cuenta de que Wagner había vuelto al salón y se había acurrucado a mi lado.
―¿Sabes quién es Scott Dawson?
―¿El modelo que fue novio de la pequeña de las Kardashian?
―El mismo que viste y calza ―aseguró ella con una risita tonta en la voz.
―¿Y qué tiene que ver él con esto? ¿Has estado viendo vídeos suyos ligero de ropa?
―Mejor. Estaba esperándome esta mañana en mi despacho cuando he llegado. ¡Quiere que le represente! ―chilla fuera de control y dando sentido a eso de que necesitaba un revolcón para no morir por combustión espontánea.
Scott Dawson es uno de los hombres más sexis del planeta y uno de los más cotizados ahora mismo gracias a su reciente relación con Kylie K. Que ese cañón haya solicitado los servicios de representación de mi amiga me deja boquiabierta. Una oportunidad así puede colocar en el mapa, por fin, a la agencia de mi amiga. Algo que ya se merece después de quince años de arduo trabajo.
―¡No me lo puedo creer! ―exclamé una vez que digerí la fabulosa noticia―. ¡Me alegro muchísimo, Saskya! ¡Esto va a ser la bomba!
―Sí que lo va a ser, lo sé, puedo sentirlo. Necesito un martini, de verdad, nena. Porfa, escápate de tu millonetis y ven a celebrarlo. Sin ti no sería lo mismo.
Por más que me insistió, no fui capaz de complacerla. No podía dejar mi trabajo tras llorarle tanto a mi jefe por labores que llevar a cabo, y menos cuando hablábamos de dejar sola a una niña de año y medio con fiebre alta. Saskya colgó frustrada por mi negativa, pero también es cierto que a mi amiga nuca le ha hecho falta nadie para cogerse una buena cogorza. Sea la hora que sea, cualquier día de la semana. Y no es que sea una alcohólica ni una juerguista redomada. Es más bien que Saskya no le pone peros a una buena celebración cuando esta está más que justificada. Y en este caso, lo estaba, vaya que sí.
Hanna llegó a las diez en punto y enseguida se hizo cargo de la situación. Me cayó bien de inmediato y, por más que me imaginaba el casting que Saul Coleman llevara a cabo para contratar a esta mujer, no podía cuadrar la historia.
Hanna es una mujer bajita y regordeta, con el pelo blanco y recogido en un pulcro moño. Es como la versión humana de la señora Potts2. Su sonrisa es dulce y amplia, sus manos diligentes y ágiles, y su vestimenta y maneras recuerda a las amas de llaves de las películas de los cincuenta (a las buenas, nada de esas tipo Rebecca que ponen los pelos de punta). Es como si hubiera sido escupida por una máquina del tiempo directamente desde 1956.
Me contó que antes pasaba más tiempo en la casa, ocupándose de absolutamente todo lo que tuviera que ver con Saul Coleman (lo de todo, todo, me parecía discutible, pero tampoco iba yo a insinuárselo), pero que desde hace un par de años la artritis la estaba consumiendo poco a poco. Pese a todo, se negaba a que Saul contratara a otra mientras ella pudiera con lo básico y, así, decía, él mismo se iba acostumbrando a hacer cosas en su propia casa a las que ella iba no pudiendo llegar: hacerse la cama, pasar la aspiradora o limpiar los baños.
Interesante imaginarse a nuestro jefe en común inclinado sobre la taza del inodoro limpiando sus propios fluidos corporales. Imposible no sacar una sonrisa ante esa imagen. Aunque, pensándolo bien, quizá estuviera pensando en mí para llevar a cabo ese trabajo de ahora en adelante. La sonrisa se me borró de golpe de la cara.
Una vez que hube conocido a Hanna, me fui corriendo a sacar al pobre Wagner, que no veía la hora de perder de vista las cuatro paredes del ático de su dueño. Lo mejor de la mañana fue, sin duda, salir al parque con él y disfrutar de su compañía en medio del pulmón de Manhattan. Tanto lo necesitaba él como yo.
Luego, todo fue rodado y fui, poco a poco, cumpliendo con los encargos que Saul Coleman me había asignado. A eso de las seis de la tarde, cuando ya me despedía de Hanna, nuestro jefe llamó para comunicarnos que Olivia había llegado bien a casa (su padre había venido a buscarla a mediodía), pero que se habían pasado la tarde en el hospital con ella. Al parecer, la niña tenía varicela y ya estaba en tratamiento. En un bebé de su edad, no se esperaba que revistiera gravedad, lo cual nos tranquilizó a todos.
Desde ese día, he estado corriendo de un lado a otro, siempre con una lista de tareas por cumplir de mi jefe, que se ha mantenido fiel a su palabra de mantenerme ocupada. Casi he sudado tinta y no espero más que dé cuenta ahora de sus otras palabras, esas que me dijo a la puerta de Central Park sobre que habría semanas en las que no me necesitaría… no dejo de rezar porque lleguen esas benditas semanas.
Ahora mismo, con cuatro cupcakes de Magnolia Bakery en mi regazo, corro a buscar un taxi libre que me lleve al ático de mi jefe, en el Upper East Side, para satisfacer su morbosa fascinación por someterme a los estúpidos retos que se le cruzan por la mente.
Me ha costado una hora y media de cola que, efectivamente, daba la vuelta por la calle 11, y que estaba llena de turistas y domingueros sin nada mejor que hacer que cumplimentar su lista de sitios a los que ir en su visita a Manhattan. De hecho, al llegar, una mujer menuda y nervuda, recién entrada en la cincuentena, tocada con un delantal de la tienda que no le pegada nada con su aspecto de maestra de internado británico de entreguerras, intentó disuadirme de hacer esa maldita cola. Declaró que ya no dejaban a nadie más, que la hora de cierre ya se les iba con mucho.
Tuve que asegurarle que les convenía realmente que me dejaran continuar allí, ya que tenía un suculento pedido que realizarles en nombre de alguien muy importante, y que merecía mucho la pena que me dejaran quedarme allí aguantando eso.
La mujer, muy convencida de mis palabras, no se separó de mí mientras sufría esa interminable cola. La muy arpía seguro que dudaba de mí, pese a que la mera posibilidad de un gran pedido para alguien con nombre, ha podido más que la suspicacia. Me ha dejado bastante anonadada comprobar que incluso gente tan asentada y tan por encima de todo como Magnolia Bakery cuidan un pedido de magnitud con ese celo.
Al final, al llegar al mostrador y ser la única cliente en este maravilloso sitio (¡hay que ver la de cosas ricas que hay aquí y yo sin acercarme nunca hasta este paraíso del azúcar y las calorías!), me he quedado embobada con los colores, los olores y la presentación de tartas y cupcakes de tan maravillosa presencia.
Del ensueño me ha sacado la arpía que no me ha quitado ojo desde que me puse en la cola, que, acercándose a mi posición con un voluminoso cuaderno negro de tapas de hule, me ha mirado interrogativamente por espacio de unos segundos, hasta que me he dado cuenta de que esperaba los datos de mi maravilloso y suculento pedido con el que me he colado en su cola (valga la redundancia).
Así que, ni corta ni perezosa, le he pedido los dos cupcakes de chocolate y los dos de plátano para llevar, tal y como me ha solicitado mi jefe y, a continuación, he realizado un pedido de trescientos más, para entregar en Coleman And Asociated Publishing el viernes que viene, a eso de las cuatro de la tarde, para que lleguen justo a tiempo para la hora de la salida de los trabajadores y se vayan contentos a casa. Por supuesto, he pagado con la maravillosa tarjeta de crédito de mi jefe, que para eso está, ¿no?
Temo el momento en que lleguen los cupcakes a la oficina, y no digo nada del día que le llegue el extracto de la tarjeta, pero mientras recorro Manhattan en un taxi (esta vez con calefacción y ventanas, y nada de Reggaeton saliendo de sus altavoces), no puedo evitar pensar que Saul Coleman lo tiene bien merecido. Al menos hasta que me doy cuenta de una cosa en la que no he caído y que me hace querer darme cabezazos contra el asiento delantero: en Nueva York hay, al menos, otras cinco tiendas de Magnolia Bakery, y ninguna con los horarios ni las colas de turistas de su buque insignia, la que he sido tan idiota de proveer con un pedido de trescientos minipastelitos que, quizá, me metan en un lío bien gordo.