Capítulo 3
No necesito que me salven
Quedan dos minutos para las nueve y no puedo estar más nerviosa, esperando sentada en esta sala de espera decorada con gusto y temperatura más que agradable.
Mis pies no dejan de bailotear, inquietos, y mis manos tienen un tembleque difícil de disimular. No sé qué me espera tras las puertas del despacho de Saul J. Coleman, pero algo me dice que esté preparada para cualquier cosa.
Anoche, cuando regresé a mi casa, me encontré con la respuesta a alguna de las preguntas que más me estaban martilleando la cabeza desde que el señor Coleman me había llamado. Las respuestas me estaban esperando en el salón de mi casa, muy quietas, las dos, mirándome como si no hubieran hecho nada.
Lo supe nada más traspasar el umbral de la puerta de mi apartamento, cuando vi sus caras, y Miriam y Martina se mostraron incapaces de disimular.
Apenas conozco a Martina, antes de la fiesta solo nos habíamos visto en casa una vez. Pero a Miriam sí la conozco, y la tengo muy calada. Es cierto que al principio no nos veíamos mucho en casa (yo era una auténtica maestra en el arte de esquivarla), pero poco a poco, no sé explicar muy bien cómo, empezamos a charlar y a conocernos.
Miriam es cabezota, impulsiva y visceral. Pero también es generosa, humilde y tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Por lo que me ha contado, Martina comparte este último rasgo, y ya me veo como la siguiente víctima del exceso de bondad con el que este par nació.
―Habéis sido vosotras, ¿verdad?
Ambas se miraron encogiendo los hombros, intentando mantener a raya una sonrisa que, en ambos casos, no fueron capaces de esconder. Ahí estaba mi primera respuesta. Martina le había contado a Miriam, sin duda, el episodio de la fiesta del sábado, y ambas habían puesto en marcha una especie de plan que me situaba a mí en el ojo del huracán de sus maquiavélicos planes.
―No sé de qué me estás hablando ―declaró con falsa inocencia mi compañera de piso mirando a su amiga.
―Yo solo he venido a ayudar a Miriam con la mudanza ―declaró Martina con un semblante gemelo al de la traidora que se sentaba a su lado.
No sabía a qué atenerme, pero no me gustaba que confabularan contra mí. O a favor mío, para ser más exactos, si nos ateníamos a lo que me imaginaba que habían hecho.
―No necesito que me salven. Creí que ayer lo dejé suficientemente claro ―dije clavando mis ojos en Martina, en lo que pretendía ser una mirada intimidatoria de las que marcan época.
Ninguna de las dos estaba dispuesta a soltar prenda y creo que ahí estuvo el punto de inflexión. Podría haberme enfadado como una mona, haberme ido toda digna a mi habitación, y haber dado un portazo, a modo de declaración de intenciones, que les dejara bien claro que no estaba disfrutando con nada de todo aquello. O podía sentarme en el sofá de al lado, hacerme la amable, accesible, y humilde chica en apuros, que necesitaba de ellas para quedarme más tranquila, y así sonsacarles más información sobre sus planes.
Obviamente, había que ser sensata y la opción con más sentido común era la segunda. Sin embargo, yo pocas veces he sido sensata, así que me encerré en mi habitación toda ofendida por considerar que estaba siendo víctima de sus mentes perversas.
Me arrepentí en el mismo instante en que tomé esa decisión, pero, a esas alturas no podía volver atrás. Afortunadamente, ellas no querían dejarme así, y salvaron mi orgullo viniendo a buscarme.
El débil golpecito en mi puerta que las anunciaba, dio paso a la presencia de ambas dentro de mi pequeña estancia, a la que entraron tímidas por la falta de invitación.
―Diana, por favor, no queremos salvarte ―Miriam pronunció esta última palabra con un énfasis artificial que me descolocó―. Solo pretendemos ayudar.
Un gruñido fue la única respuesta que obtuvo y es que yo, al más puro estilo de cualquier niña de ocho años profundamente contrariada, estaba metida en mi cama, vestida, boca abajo y tapada hasta las orejas.
―Y recompensarte.
La voz de Martina y sus palabras consiguieron picar mi curiosidad.
―¿Recompensarme? ―repetí sacando mínimamente la cabeza de debajo de las mantas.
―Por lo de ayer. Por ser valiente, por contarlo, por hacer que ese cerdo no se saliera con la suya ―dijo Martina con una vehemencia entusiasmada―. ¡Estuviste genial!
No estuve genial, no hice nada más que reproducir una pista de audio en un teléfono móvil. Corrí a esconderme tras la marcha de chef y hoy he discutido con Saskya por mi incapacidad manifiesta para presentarme en una comisaría de Policía y denunciarlo por agresión e intento de violación. ¿Es así como actuaría alguien que ha hecho algo genial? Desde luego que no, al menos a mí no me lo parece.
―Chicas, ¿qué tengo que esperar de mi entrevista de mañana con Saul Coleman? ―les pregunté con un cierto cansancio en la voz. No quería seguir jugando a eso, no creía que estuviera bien que usaran su amistad con alguien con capacidad para contratarme. No quería tener esperanzas ni quería deber favores.
Me incorporé saliendo de debajo de las sábanas de mi cama y, sentada en el borde, las miré con mis ojos más lastimeros. No sé si se me notaba el miedo en ellos, pero la verdad es que estaba asustada por todo, de un modo que ni siquiera era capaz de explicar.
―Solo sé tú misma y conseguirás que quiera darte trabajo ―aseguró Miriam con vehemencia.
―¿Pero qué trabajo va a darme ese hombre? Yo no sé nada del negocio editorial… os habéis vuelto locas y me habéis involucrado en un lío al que no sé si quiero lanzarme.
―Diana, en serio, confía en ti. ―Miriam se sentó a mi lado y me tomó de la mano en un gesto pequeño y dulce, cargado con una familiaridad que me dejó sin aliento por un instante. Es hermoso despertar sentimientos de tal ternura en alguien y, por un momento, deseé estar sola para analizar todo eso.
Sin embargo, nos pasamos charlando un par de horas, las tres, mientras me convencían de que las cosas llegan a todo el mundo que las merece.
No sé si yo las merecía, si las merecía a ellas en concreto, pero sí es cierto que mi angustia del día anterior y la que me había suscitado la llamada, se quedaron en un segundo plano mientras cenábamos un par de pizzas, que pedimos por teléfono, y nos poníamos ciegas a lambrusco.
Ahora, en esta sala de espera en la que estoy rumiando mi nerviosismo, me lamento profundamente por darle con tanta despreocupación al espumoso italiano, que ha dejado en mi cabeza un dolor insistente que no me permite pensar con toda la claridad que el momento requiere.
A las nueve en punto, la secretaria de Saul J. Coleman viene a buscarme para acompañarme al despacho de su jefe. Es una rubia imponente que se ha presentado como Dixie Cameron, muy profesional y eficiente. Es el prototipo de secretaria cañón que se lo monta con el jefe cincuentón a espaldas de la esposa de este. En este caso concreto, el que no encaja con el estereotipo es, justamente, el jefe, que no llega a los cincuenta y, por lo que sé, no tiene esposa a la que engañar.
Cuando traspaso las puertas de su despacho, los nervios aún están atados a mi estómago y mi cabeza me martillea sin descanso, pero algo en mi interior hace que me olvide por un instante de ambas cosas y me centre en admirar el estilo de esa habitación amplia, decorada con un gusto exquisito, con una distribución muy inteligente del espacio y unas preciosas vistas sobre Bryant Park.
Pero lo que más me impacta es verlo a él, expectante, con una sonrisa de medio lado en la cara, como un lobo que espera a su presa. Siento de nuevo los nervios, y hasta algo parecido al miedo, que de pronto se quiere instalar en mi estómago y quedarse ahí a pasar el rato.
Saul J. Coleman es uno de los hombres más atractivos que he conocido, pero también es uno esos de los que el instinto me indica a gritos que me aleje. No sé si serán sus fríos ojos azules o esa mirada de fiera enjaulada, dispuesta a lanzarse sobre su presa a la menor oportunidad. Sé que de esta entrevista no saldré intacta, sé que este hombre va a ir a tocar mis partes más vulnerables. En mi mano está no dejarle salirse con las suya.
―Tome asiento, por favor, señorita Nesterenko ―me invita él sin apartar sus ojos de mí, indicándome la zona de sofás que hay a la derecha del despacho, bajo unos enormes ventanales sin cortinas. Creo que mis piernas no se atreven a moverse por si acaso me vengo abajo al doblarse bajo el peso de los nervios―. Puedes retirarte, Dixie, gracias.
Cuando la secretaria se va, siento que el juego ha comenzado de verdad y que él no va a hacer mucho uso de los preliminares. Me siento en el mullido sofá gris y, pese a la comodidad evidente del tresillo, me insto a no bajar la guardia. Al menos, no de momento.
Él no toma asiento a mi lado. Se acerca a los amplios ventanales que ofrecen su preciosa vista sobre la pista de hielo de Bryant Park y se mantiene de espaldas a mí.
―¿Quiere tomar algo?
―No, estoy bien, gracias. ―¿Por qué no me dices de una maldita vez qué demonios hago aquí? Le sonrío a su espalda, con una forzada mueca que no consigue engañar a nadie, creo que intuye que me tiene acorralada.
―Verá, señorita Nesterenko…
―Diana.
―¿Perdone?
―Diana, por favor. Es mi nombre.
―Lo sé, pero siempre me he sentido más cómodo con los formalismos, lo reconozco. Ayudan a mantener las distancias. ―Su forma de pronunciar esa última palabra me deja muy claro que eso es lo que desea hacer conmigo, mantener una prudencial distancia. En mi fuero interno, no puedo hacer otra cosa salvo agradecérselo. Al decir esto, se ha girado por fin hacia mí y creo que me gustaba más cuando no estaba en su campo de visión.
―Como quiera ―concedo y le miro directamente a los ojos por primera vez. Su mirada y la mía se encuentran y me asombra el hecho de ser capaz de mantenerle ese gesto, como si ambos estuviéramos decidiendo en una batalla quién es el vencedor en este encuentro. Cuando me doy cuenta de que puede entender ese gesto como un desafío, y aún no me conviene enviarle este tipo de señales, bajo los ojos y los clavo en la reluciente mesita de cristal y caoba que está a nuestros pies.
―Se preguntará por qué la he hecho venir. ―No lo cuestiona, lo afirma y yo asiento sin despegar los ojos de mi posición defensiva―. O quizá no tanto… supongo que conoce a las dos artífices de esta… situación.
De nuevo usa ese tono condescendiente para remarcar una palabra al acabar su frase, y no sé si tengo más ganas de escuchar esa misteriosa propuesta o de irme corriendo, lo más lejos de él y de su sarcasmo que mis temblorosas piernas me permitan.
―Si se refiere a…
―Sí, a ellas me refiero ―me corta sin darme ninguna opción de contestar a su no pregunta.
Empiezo a sentirme realmente incómoda y quiero irme. Definitivamente, quiero irme de aquí y dejar de estar en presencia de este hombre que no sé por qué me ha convocado cuando, clarísimamente, mantiene una actitud hostil hacia mí. Y, seamos francos, no se me da nada bien la gente con actitud hostil. Lo peor de mí suele salir en este tipo de situaciones y tengo miedo de montar una escena.
Cuando estoy a punto de levantarme del sofá, él se sienta justo enfrente de mí y se pasa una de sus manos, enorme, masculina, curtida, morena, por su pelo color caoba con reflejos rubios. Ese gesto despierta algo en mí que no acierto a describir. Es como si… estuviera ¿coqueteando? Madre mía, si eso es realmente lo que está haciendo, creo que le funciona perfectamente. Al menos, ya se me han quitado las ganas de irme. Eso sí, creo que me estoy empezando a mosquear, noto cómo un regusto a enfado me sube por la garganta y no sé cuánto tiempo podré mantenerlo bajo control. ¡Por favor, que vaya al grano ya!
―¿Va a contarme de una vez por qué me ha hecho venir hasta aquí? Tengo una clase en hora y media.
―¡Ah, sí! ¡Por supuesto! Sus clases… casi lo había olvidado ―dice como si fuera de su entero conocimiento mi plan de estudios al completo―. No se preocupe, habremos terminado antes de que comience su clase. ¿Por cierto, le gusta?
―¿El qué?
―¿Qué va a ser? Lo que estudia… Asistencia Social, ¿verdad? Debo confesarle que admiro a quien no tira la toalla, a los inasequibles al desaliento… a la gente que, como usted, no se rinde.
Arrugo el gesto de inmediato, no solo ante su comentario, que interpreto como un insulto velado, sino también por su forma de hablar, sus palabras rebuscadas y ese tono paternalista. Debo reconocer que de todo ello venía avisada debidamente gracias a los consejos que anoche recibí de Miriam y Martina, pero, aun así, no deja de ser chocante estar ante un hombre que parece conocer todos y cada uno de los vocablos del diccionario y que, además, no duda en darles uso en una conversación trivial.
―¿Y qué demonio significa eso? ―pregunto sin pararme a pensar ni en el tono ni en mis palabras.
Me mira con lo que podría decirse una cara divertida y cruza las piernas en un gesto de comodidad que me indica que ya me ha llevado a donde quería: a mi límite. Ahora solo él dominará el juego. O eso se cree.
―Mire, señor Coleman, es usted quien me ha citado aquí. Si no desea contarme el porqué, mejor lo dejo solo que tendrá cosas que hacer ―me levanto dispuesta a ponerle punto y final a la diversión que parece que le estoy ofreciendo con mi simple presencia en su despacho.
―Por favor, señorita Nesterenko, vuelva a su asiento ―me pide con educación, con el cuerpo vuelto completamente hacia mí―. Le ruego que me disculpe si se ha sentido ofendida, no era mi intención, ni remotamente. Debe creerme. Solo pretendía saber algo más de usted y expresarle mi sincera admiración por no desesperar y sacar adelante sus estudios pese a que parece que lo ha tenido todo en contra. No era sorna, era una manifestación de lo maravillado que ese tipo de comportamientos me tiene.
―¿Sabe hablar normal?
―¿Disculpe?
―Que si sabe hablar normal ―le digo sentándome de nuevo, no quiero que me hable como si fuéramos dos catedráticos intentando impresionarnos el uno al otro―. Creo que es consciente de que su forma de hablar no es natural.
Me mira durante un instante con un pasmo mayúsculo pintado en sus ojos y luego, por sorpresa, me dirige una mirada limpia, sin esas intenciones enrevesadas con las que me ha amenazado desde que puse un pie en su despacho.
―¿Sabe que no es la primera persona que me dice eso?
―Me pregunto por qué será.
―Y además es sarcástica… me gusta, señorita Nesterenko. Y eso es un buen punto de partida.
Ríe entre dientes, sin dejar que la sonrisa le llegue a los ojos, como si no quisiera dejarse ver del todo. Y yo creo que es cuando más vulnerable está, cuando más puedo sacarle ventaja en el juego y ganarle la partida.
―Acepto sus disculpas ―digo con un tono que aún marca distancias―. Y ahora dígame de una vez qué hago aquí.
―Verá, me gustaría saber un poco más de usted, repasar su trayectoria, antes de hablar de negocios propiamente dicho. Vea esto como lo que es, una entrevista de trabajo, y véndame su capacidad para ocupar el puesto que le ofrezco.
―Pero es que ni siquiera sé de qué puesto estamos hablando ―digo con cierta exasperación en la voz―. Esto no tiene ningún sentido.
Saul Coleman se levanta de su sitio en el sofá y se dirige a un pequeño bar que se encuentra en el rincón contrario. Llena dos vasos de agua y los acerca a la mesa. Está claro que marca los movimientos de esta partida como si fuera un maestro. Quiere dominar los tiempos y las pausas, quiere ganar.
―¿Ha traído su currículum?
―No, ni siquiera lo pensé…
―Muy bien, pues lo que vamos a hacer es precisamente lo que le he pedido que hagamos hace un minuto: repasaremos su trayectoria como si repasáramos su currículum en papel, de haberlo traído.
―Pero…
―Sin peros… confíe en mí. Llegaremos a la parte en la que se resuelven sus dudas muy pronto.
Dios mío, este hombre es duro de roer. No pretende soltar prenda sin haberme sacado toda la información que pueda previamente. Mi reserva natural y mi desconfianza chocan precisamente con este tipo de interrogatorios, así que puede quedarse sentado si piensa sacar mis trapos sucios con sus preguntas. Le contaré lo mínimo para poder salir de aquí lo antes posible. Con información sobre el misterioso puesto de trabajo, a ser posible
―Está bien ―digo con cautela―, pregunte.
―¿Cuánto tiempo lleva en Estados Unidos?
―La mitad de mi vida: quince años.
―Es… ¿Ucraniana? El apellido así lo indica…
―Soy ucraniana. De Prípiat.
Se queda pensativo durante un instante y, de pronto me mira con renovado interés.
―¿Nació en Prípiat hace treinta años? ¡Sería usted de las últimas!
―Nací seis semanas antes de que explotara el reactor de la central nuclear de Chernóbil, si a eso se refiere ―le contesto admirada de que sea tan observador y conozca tan bien esa fecha histórica que no todo el mundo recuerda.
Durante un instante no dice nada. Se limita a dejar vagar su mirada por mi rostro, esbozando una leve sonrisa de autosuficiencia. Luego, recuperado del hecho de que delante suyo tenga a la vecina de una ciudad fantasma, vuelve a la carga.
―No debió ser fácil crecer allí.
No quiero hablar de aquello, no quiero ser una niña de Chernóbil, no aquí, no con él. Aquello no tiene nada que ver con mi capacidad de trabajo o con la oferta laboral que ha prometido poner encima de la mesa. Entramos en arenas movedizas y no me apetece hundirme tan pronto.
―No, no lo fue. Pero ese no es un tema para una entrevista de trabajo.
―Tiene razón ―concede, aunque creo entrever cierta decepción por no poder seguir por ese camino―. Dígame entonces desde cuándo se está preparando para ser Asistente Social.
Este es un tema mucho más seguro que mis orígenes o mi infancia. No puedo evitar respirar con alivio cuando Saul Coleman deja de interrogarme sobre un tema que prefiero no tocar y pasa a mi actual aspiración en la vida.
―Tres años. Estoy ya en mi último curso y espero acabar antes del verano ―respondo satisfecha. Estudiar y estar tan cerca de lograr mi título es una de esas cosas de las que puedo hablar con orgullo. Algún día eso será lo que me defina, y no lo que dejé atrás en Ucrania o la chica perdida que trabaja a todas horas en labores insignificantes por un puñado de dólares que le ayudan a pagar el alquiler y la matrícula.
―¿Cuáles son sus planes para después de obtener su título? ―me pregunta sin matices, como escondiendo sus intenciones en una cuestión banal, sin mayores pretensiones. Pero se ve a la legua que está buscando algo, rendijas por las que colarse para llegar a algo que aún no alcanzo a describir.
Le miro con absoluta calma. Estoy cómoda por primera vez desde que recibí su llamada de anoche. Por primera vez piso terreno seguro y no temo nada, ni siquiera que me salga por la tangente y me marque un gol a traición.
―Tengo un proyecto con otra persona. Queremos poner en marcha un proyecto de integración social ―mi calma se pasea por todas y cada una de mis palabras. Es mi causa, mi proyecto, mi bebé, mi orgullo.
Hace un par de años que la idea ronda mi cabeza y no ha sido hasta dar con la persona adecuada para sacarlo adelante, que ha saltado al marco de la realidad. Lo hemos llamado '2gether2'1 y es algo que creo que va a ayudar a todos los implicados, aunque tampoco tengo que contarle todas estas cosas a Saul Coleman. Al fin y al cabo, esta entrevista no tiene nada que ver con mi proyecto, ni con la locura de mi “socio”, Knox Vázquez, ni con la de cosas que aún quedan por hacer para convertir la idea en algo real y tangible.
―No va a contarme nada más, ¿verdad?
―Está todo en pañales, no quisiera adelantarme…
―Es consciente de que no le voy a robar la idea si me cuenta un poquito, ¿verdad? No soy de esos ―dice divertido―. Y lo cierto es que ha conseguido picarme la curiosidad…
―Sé que no me va a robar la idea, pero no hay por qué hablar más de ello. No tiene nada que ver con lo que quiere de mí, ¿verdad?
―Todo tiene que ver, señorita Nesterenko ―asegura, tiñendo su voz de misterio. Sé que lo hace para hacerse el interesante o, peor, para sacarme cosas y hacerme la radiografía completa. Pero pienso mantenerme firme y no darle más de lo que estoy dispuesta a mostrar.
Creo que ya se está cansando de mí. Lo noto en su mirada, que ya no muestra ese interés de los primeros minutos. Quizá esté acostumbrado a conseguir las respuestas que busca y no a encontrarse con muros, pero esto es lo que hay, señor Coleman. Así que empiece a soltar prenda...
―¿Qué sabe hacer además de idear proyectos secretos ―Otra vez ese tono remarcando una palabra―, servir en caterings y no dejarse avasallar por chefs canallas y sinvergüenzas? ―me pregunta con toda la intención.
Me revuelvo incómoda en mi sitio. Había tardado en salir el tema de François Terres, cosa que me esperaba desde el inicio. No en vano él fue testigo de parte de los hechos. De nuevo está en mi mano no centrarnos en esto, así que tomo aire y empiezo con el noble arte de echar balones fuera.
―Si se refiere a mi experiencia laboral, no se me caen los anillos a la hora de aceptar trabajos. Paseo perros, riego plantas, limpio habitaciones de hotel, hago de extra en cafeterías, preparo sándwiches y los reparto en oficinas del centro, realizo encuestas, hago de guía en varias partes de la ciudad, reparto folletos y, sí, también trabajo en servicios de catering… la lista es amplia, y muchos de esos trabajos los llevo a cabo a la vez… varios de ellos cada semana. Eso paga el alquiler ―concluyo satisfecha y hasta un poco desafiante. No quiero que piense que son trabajos que me avergüencen… ninguno de ellos lo hace. Me siento orgullosa de ganar honradamente mi sueldo cada mes.
Y entonces ocurre. Saul Coleman deja de mirarme como un bicho raro y vuelve a poner la cara que puso cuando me fui de su evento el sábado: vuelve a mirarme como si acabara de verme por primera vez, como si por fin me hiciera presente ante sus ojos. Me gusta esa sensación, me da una victoria moral sobre él, aunque sé que esto no ha acabado y que él no va a rendirse sin luchar para hacerse con la batalla final.
―Casi agradezco que no me haya traído el currículum, ¡todo eso no le entraría en unas hojas de papel! ―ríe con ganas mientras se prepara para el siguiente ataque. Lo siento, lo puedo notar en el aire que se mueve entre los dos―. Solo tengo una pregunta más… ¿por qué no buscar un solo trabajo y no volverse loca con tanta historia?
La pregunta del millón. ¿Cómo se lo explico yo a este hombre?
―Es complicado. Primero está el hecho de que estoy matriculada por libre y no hay muchos trabajos que me dejen la libertad de ir a clase cuando me toca… con trabajos pequeños que puedo organizar, mi horario de clases no se suele ver perjudicado. Y luego está que… ―Creo que debo ser sincera si este hombre piensa contratarme, pese a que quizá acabe con mis posibilidades― tengo problemas con… la autoridad.
Se ríe, con ganas. Sin ningún tipo de restricciones. Me mira divertido y no puede evitar reírse como un niño ante un chiste inocente.
―¿En serio?
―Sí, pero no es como usted piensa. No soy desafiante… si hay cosas que veo que se pueden mejorar, lo hago, pero no suele gustar que tome la iniciativa. Suele pasarme con la gente intransigente, con los cortos de miras. Hay muchos de esos o, al menos, yo me he encontrado con muchos ―intento defender mi postura, aunque quizá lo hago con demasiada vehemencia. Si yo le contara con la de gente con la que he acabado enfrentándome por culpa de diferencias irreconciliables a lo largo de mis años de experiencia laboral...
―Es usted una auténtica caja de sorpresas, señorita Nesterenko ―afirma intentando controlar su risa.
―Ahora que sabe de mi experiencia laboral y que, como ve, no hay nada ni remotamente relacionado con su empresa, a no ser que quiera que se la limpie, ¿me va a decir qué es lo que quiere de mí? ―pregunto despacio, tomándome mi tiempo para que él vea que ya no queda ni rastro de nerviosismo en mi voz (aunque por dentro siga temblando como si estuviera compuesta de gelatina de frutas).
Se incorpora ligeramente y me da la impresión de que va a soltar su traca final. Va a por todas, va a rematar la faena. Y, ahora sí, creo que es el momento de echarse a temblar.
―Veo que es usted directa y que no tiene miedo en lo laboral. Ya lo demostró el sábado, pero hoy he visto que no era una impresión pasajera ―comienza despacio, sin atropellar las palabras y tomándose su tiempo―. Si tenía alguna duda cuando Miriam y Martina me hablaron de usted, acaba de disiparlas. Es usted la persona idónea.
―¿Para qué? ―pregunto con la ansiedad pintándose en mi voz.
―Para ocupar el puesto de mi secretaria personal.
―Ya tiene una secretaria.
―Sí, pero Dixie es mi secretaria aquí. Yo necesito una persona que me ayude a organizarme y esté a mi disposición cuando la necesite, sea a la hora que sea.
¿Este hombre quiere una esclava o qué? ¿Qué es eso de estar disponible sea la hora que sea?
―Lo siento, pero entonces no creo que yo sea la persona adecuada. No tengo disponibilidad horaria tal y como le he dicho. Lo primero son mis clases.
―Por supuesto, respetaría el horario de sus clases.
―Y los domingos. Son sagrados. No quiero estar disponible los domingos. ―Los domingos son de Central Park.
Me mira molesto. Seguro que no esperaba tanta resistencia. Evalúa de nuevo la situación y se recuesta en el sofá sondeando mi determinación, que espero que le esté pareciendo férrea.
―De acuerdo. Puedo dejarle los domingos libres.
―Verá… no sé si me convence mucho. No sé qué espera de mí como su secretaria personal…
―Asistente, mejor llamémoslo Asistente Personal, ¿le parece?
―Como quiera. Pero no me veo… yo no quiero estar así de pendiente de alguien. Y mucho menos satisfacerle en todo… no soy esa clase de chicas.
―No se ofenda, pero no es usted mi tipo. Le garantizo que no habrá ninguna insinuación sexual. Ya he visto cómo se las gasta usted ―bromea, aunque la broma sea un poco de mal gusto―. Si quiere, estipularemos una cláusula de ese tipo en su contrato…
Me levanto, y me retuerzo las manos nerviosa… no es para nada lo que me esperaba. No quiero ser la esclava de un hombre como Saul Coleman, no me fío de él, no me siento cómoda a su lado. Algo me dice que corra, que me esconda de él. Pero, a la vez, algo magnético me insta a que me quede, a que le diga sí a todo y me deje arrastrar hacia su mundo. Gana la primera impresión y, tomando mi bolso, me dirijo a la puerta.
―Lo siento, señor Coleman. No creo que sea la persona adecuada.
―Le pagaré setecientos dólares a la semana.
¿Setecientos a la semana? ¡Dios! Eso sí me garantizaría el alquiler y seguir con mis clases sin problemas! Dudo ya cerca de la puerta. Es mucho dinero, podría hacerme la vida más fácil… podría… dudo un segundo más, que él interpreta como si no me convenciera la idea aún.
―Está bien, mil doscientos a la semana, es usted una dura rival en las negociaciones.
―Pero…
―No se haga más de rogar, por favor… puedo llegar a los mil quinientos. Pero de ahí no voy a pasar.
Me quedo muda del asombro. Por ese dinero podría pedirme hasta que lanzara misiles contra la competencia o que fuera a la China a comprarle naranjas. Me da un poco de vértigo, no sé qué es lo que va a pedirme que haga si está dispuesto a llegar a esas cifras. Pero es un dinero al que no puedo decirle que no. Es imposible, no soy tonta. Sin embargo, su última oferta es desmesurada, me conformo con la anterior.
―Mil doscientos está bien ―digo en un hilo de voz. He aceptado. He claudicado. Él ha ganado.
Su sonrisa es amplia, de vencedor. Ya me tiene donde quería. Que sea lo que Dios quiera.
―Esto va a ser divertido ―acierta a decir mientras en sus ojos vuelve a instalarse la mirada de lobo. Ya tiene presa con la que jugar.