Capítulo 9
¿Es grave, doctor?
―¡Señorita Nesterenko! ―exclama mi jefe cuando abre la puerta de su apartamento y me ve de pie, con su caja de dulces, más de dos horas después de haberlos solicitado― ¡Qué sorpresa! Se ha tomado usted su tiempo ¿eh? Ni que los hubiera horneado usted misma…
―No seas malo, Saul ―dice una dulce voz a sus espaldas. Una voz que, inmediatamente, me hace ponerme tensa sin saber muy bien la razón―. Por un cupcake de Magnolia bien vale la pena esperar. Por cuatro, ya ni te cuento.
Una morena preciosa, de largas piernas y cintura imposible se acerca hasta nosotros y toma la caja de Magnolia que traigo desde la pastelería. Saul Coleman me invita a entrar y yo, sin ningún tipo de entusiasmo, caigo en la cuenta de que ella es la chica del tiempo del canal 22, Nomi Prescott, la dueña de los labios, los ojos y las pestañas más espectaculares de toda la televisión nacional.
En su presencia me hago pequeña y no sé muy bien cómo reaccionar. Supongo que lo más inteligente es largarme y dejarles en la intimidad de su salón para que se den mutuamente, el uno al otro, los cupcakes, en plan parejita feliz y altamente empalagosa.
No sé por qué me tiene que afectar a mí esto. Sabía que salía con ella, que era su última novia oficial y que, tarde o temprano, sería inevitable que la conociera. Pero estar preparada o esperarlo, de algún modo, no me ayuda a estar a la altura de esta situación que, de repente, me hace boquear como un pez fuera del agua. Algo parecido al dolor se afinca en mi pecho y tengo muchas ganas de irme a cualquier otro lugar.
―¿Se encuentra bien, señorita Nesterenko? ―la voz de Saul Coleman me saca de mi estado comatoso de idiotez suprema y me devuelve al salón divino de la muerte de mi jefe. Sonrío con una cordialidad que estoy lejos de sentir y me disculpo con un gesto que no deja lugar a dudas de que estoy un poco mal de la cabeza.
―Perfectamente, señor Coleman ―contesto retrocediendo un par de pasos hacia la puerta por la que acabo de entrar―. No quiero molestarles más, siento el retraso.
―¡Un momento! ―me retiene él cogiéndome de la mano y haciendo que un millón de descargas eléctricas recorran todo mi cuerpo y me dejen aún más atontada. Él me mira durante un instante cortísimo que se hace eterno, un instante que se transforma en el más largo de toda mi vida, y sus ojos azules dejan de ser los de un lobo con ganas de comerse a su presa para ser los de alguien que se interesa de verdad por la persona a la que están mirando. Yo, curiosamente, esa persona soy yo.
Y quiero desmayarme, o huir, o dejarme caer en sus brazos y hundirme en esos ojos que son cercanos y cálidos por primera vez. Y quiero gritar de frustración, porque eso no puede estar pasando ahora mismo por mi mente, porque no quiero pensar en nada que tenga que ver con el hombre que me paga los cheques y yo, juntos, algo que jamás va a poder ser.
―No se vaya, la necesito para una cosa más ―dice casi en un susurro, aumentando en mí esa sensación de estar flotando, de estar viviendo algo irreal, muy lejos de mi apreciada zona de confort.
Tardo un segundo en recobrar mi autocontrol, despertarme del espejismo que acabo de vivir al sentir el roce de su mano y el toque mágico de sus ojos, y tuerzo el gesto en una mueca de fastidio. ¿Quiere aún más de mí? ¡Tiene que estar bromeando!
A punto estoy de ponerme a gritar como una posesa, cuando Wagner hace su aparición en la habitación y se me sube encima sin ninguna contemplación. El enfado se me esfuma por arte de magia. Este perro maravilloso tiene la particularidad de borrarme los malos humos en un instante y sacarme la mejor de mis sonrisas.
―¡Hola, bonito! ―le digo poniéndome de rodillas y dejándome enredar por él, que está juguetón y contento.
Sé que tanto Saul como Nomi me están mirando atentamente y, quizá, hasta estén pensando en lo inapropiado de mi conducta, pasar de ellos para dedicarme por completo al perro, pero es que a veces me siento más a gusto con los amigos de cuatro patas que con el resto. Supongo que esa es la razón por la que tanto empeño tengo en que mi organización sea una realidad en el menor tiempo posible… lo que me recuerda que tengo que llamar a Knox en el primer momento libre que encuentre y saber así qué tal le ha ido con el tema de los permisos.
―Bueno, querido, ya me voy que tengo sesión de fotos y luego cena con los de Vogue ―dice Nomi Prescott como si fuera una supermodelo (cosa que no estará lejos de ser si sabe aprovechar las bazas de su perfección física, para no quedarse simplemente como chica del tiempo de un canal local)―. Descansa a ver si se te pasa ese dolor de cabeza, amore.
Se pone de puntillas y le da un beso en la frente a mi jefe que a él parece complacerle y le paga con una sonrisa demoledora, y a mí me vuelve a producir la horrible sensación de sentir que no entra el suficiente aire en mis pulmones.
Tras despedirse de mí levantando su mano en un gesto encantador, Saul Coleman la acompaña a la puerta de su casa y allí se acaban de despedir lejos de mis ojos, cosa que agradezco profundamente. Cuando mi jefe vuelve a la sala se me queda mirando mientras acaricio a su pastor belga con verdadera satisfacción.
―Hacen buena pareja ―dice él sentándose en su sofá―. Mi perro la adora, es un verdadero traidor.
―Es un animal estupendo ―afirmo sin dejar de pasarle la mano por debajo del mentón, cosa que él adora.
―A veces me gustaría ser él… ―dice como para sí mismo. Y lo dice de un modo que hace que sus palabras se me claven en las entrañas y ahí dancen un extraño baile jubiloso.
¿A qué está jugando este hombre si acaba de despedir a su novia hace apenas veinte segundos? No quiero que me afecte, pero lo hace, y eso es lo peor de todo, no poder controlar lo que a veces consigue provocarme.
Me pongo de pie muy seria y le miro sin darle opción a que siga probando sus jueguecitos conmigo. Tengo que ponerle freno antes de que se me vaya de las manos…
―¿Me va a decir ya para qué otra cosa me necesita? ―inquiero claramente a la defensiva.
Él se toma el tiempo necesario para ponerme aún más nerviosa. No sé si lo de antes, su mirada cargada de reconocimiento, ha sido un espejismo o si ha sido de verdad. Lo que sí tengo claro es que, si no han sido imaginaciones mías, al él ya se le ha olvidado, y vuelve a ser el ave rapaz que estructura todo para que yo me coloque justo en el sitio y de la forma que él quiere. Su forma de mirar ahora me pone tan nerviosa que solo quiero largarme y dejar de verle. Y mañana solo es sábado, pienso con pesar, mañana aún podrá pedirme que haga más cosas por él.
―Necesito que baje a Wagner al parque ―dice despacio, sin apartar sus ojos, que hoy parecen del color de las tormentas, y un brillo diferente en ellos ha conseguido apagar parte del frío que normalmente los envuelve―. Hemos estado en el veterinario y ha vuelto algo nervioso. Lo haría yo mismo, de verdad, pero no me encuentro muy bien y creo que voy a echarme un rato. Tiene llaves ¿verdad?
La verdad es que, mirándolo detenidamente, es verdad que no tiene muy buen aspecto. Por eso sus ojos parecen menos fríos, es como si estuvieran envueltos en el calor de la fiebre o algo así. Consiento en bajar a Wagner mientras le aconsejo que se tome algo caliente y se meta en la cama.
―Espero que su Romeo no la esté esperando ―me suelta cuando ya estoy casi en la puerta―. Odiaría separarla de él por algo como esto.
Me quedo paralizada. Desde el momento en el que me mandó aquel mensaje al móvil, dejando claro que nos había visto acurrucados a Marcel y a mí, sabía que esto iba a pasar. Que no se iba a quedar sin sacar el tema de lo que él creía que había entre mi amigo y yo. Como si le importara.
―A pesar de que no es de su incumbencia, y sin que sirva de precedente, voy a hablar de mí para dejarle claro que ese Romeo al que usted le imagina un romance conmigo, es un crío de diecinueve años que resulta ser mi ahijado. Le tengo mucho cariño y confianza y, como sabrá, afuera hace un frío de morirse, así que estábamos acurrucados para darnos calor, que bien que lo necesitábamos, mientras me contaba sus maravillosos planes ―concluyo mi alegato y me quedo a la defensiva, esperando un nuevo ataque.
Pero no llega. Sorprendentemente, Saul Coleman me mira como si fuera un niño pequeño al que le hubieran echado la bronca y me hace un gesto como cerrándose la boca, dándome a entender que ha entendido que ahí ya no hay nada más que rascar. ¿Le habré ganado la batalla por una vez? Con esa idea divertida rondándome la cabeza, cierro la puerta tras de mí, con Wagner pisándome los talones.
Ya en el parque procuro abrigarme bien para huir de este frío perpetuo en el que vivimos desde hace semanas. Ojalá la nieve se dignara a hacer su aparición de una vez, al menos el invierno tendría su encanto blanco y nos sentiríamos dentro de la estación que corresponde. Ya hemos comenzado febrero y sigue sin caer ni un copo. Es, ciertamente, una rareza a estas alturas del invierno.
Wagner parece no percatarse del frío y corre feliz entre los árboles, persiguiendo ardillas que juegan a esquivar al perro. Entonces me acuerdo de Knox Vázquez, mi socio en la asociación que estamos montando y decido aprovechar el tiempo en el parque para comprobar que la cosa sigue adelante. Saco mi teléfono para llamarle y veo que mi jefe me ha escrito un Whatsapp corto pero significativo:
«Gracias».
Escueto, directo y hasta conmovedor. Es la primera vez que me lo dice y, sin saber muy bien, me toca el corazón de una manera enternecedora. Será la fiebre, decido y marco el número de mi socio mientras me interno más en Central Park con el perro de mi jefe.
―¿Diana? ―le oigo decir al otro lado de la línea―. Justo estaba a punto de llamarte. El lunes he quedado a comer con la asistente del concejal, y espero que me trate mejor que sus compañeros. No sabes la de trabas que me ponen...
Knox es mi socio en '2gether2', la asociación que estoy intentando llevar a cabo y a la que dedicaré todos mis esfuerzos una vez me licencie. Llevo varios días sin saber nada de él, que se había empeñado en conseguir unos permisos que parecen imposibles. Y es que mi socio se sabe todos los trucos del mundo.
Lo conocí hace un par de años en el despacho de Saskya, que es su representante desde hace una década. Knox es actor y su cara puede resultarle conocida a la gente, sobre todo si son fans de los anuncios de comida de gato sin alérgenos o del papel higiénico húmedo con aloe vera. Esas son sus dos obras maestras publicitarias hasta la fecha. Esa y la vez que tuvo una frase en una película de Jean-Claude Van Damme, su apogeo en el mundo de la actuación. Sin mucha suerte en esto del mundo de la farándula (y con cierta falta de talento para no sobreactuar hasta límites insospechados), decidió dedicarse a cosas más útiles para la sociedad.
Fue entonces cuando Saskya nos puso en contacto, complementando las ideas uno del otro para sacar adelante este proyecto en el que hemos puesto tantas esperanzas. Él también fue un niño que se benefició de los programas de acogida, como me pasó a mí, y ambos conocemos bien el mundo que hay detrás de todo ello, lo difícil que es mantenerse a flote, lo importante que es agarrarse a algo que te anime a seguir por el buen camino.
―¿Y qué pretendes conseguir comiendo con la asistente del concejal? ―pregunto sin muchas esperanzas de que ese sea el camino correcto a seguir para nuestro proyecto.
―No mucho, si te soy sincero ―concede con un tono de abatimiento en la voz―. Pero es que no se me ocurre otra cosa. Nadie escucha nada. Todos te dicen que hagas colas para pasar de una ventanilla a otra. Y no te digo nada si hablamos de financiación. Todos, sin excepción, te recomiendan que vayas a lo privado. Y creo, sinceramente, que es lo que deberíamos hacer. Los permisos me los seguiré currando con la asistente o con quien sea, pero he pensado que deberíamos hacer galletas o algo así, o conseguir que alguien de la agencia de Saskya dé un recital gratis, en beneficio de nuestra organización. ¿Cómo lo ves?
¿Que cómo lo veo? Buff, la verdad es que a mi edad me da un poco de pereza eso de ir vendiendo galletitas de puerta en puerta, como si fuera una girl scout de trece años, pero debo pensar en todo aquello que puede hacer que la asociación salga adelante, y si debo hacer y vender dulces, lo haré, vaya que sí.
Quedamos en vernos en unos días para seguir planteando ideas y para que me cuente qué tal fue su comida con la asistente del concejal, mientras yo le aseguro que repasaré mi parte en busca de fisuras, para presentar el proyecto a inversores privados en busca de exención de impuestos, gracias a una buena causa.
Cuando empezamos en esto, quedamos en que los programas y toda la organización teórica de la asociación sería mía, y que Knox se encargaría de conseguir permisos y hacerse con las subvenciones disponibles para proyectos como el nuestro. Siempre creyó que su atractivo (es alto, de piel morena, maneras de bailarín del cuerpo de baile de Jennifer López, acento cubano y una calva que se afeita desde los veinte años), nos conseguiría muchas cosas. Pero lo cierto es que Knox no ha logrado mucho, por enormes que hayan sido sus esfuerzos… y en esas andamos mientras se nos acaban las opciones que teníamos establecidas. Supongo que ha llegado el momento de explorar otras.
Treinta minutos después de haber bajado con Wagner, y tras tomarme un perrito caliente de noventa y nueve centavos, en un puesto al pie de la puerta de la calle 97, dejo atrás Central Park para devolver al perro a su dueño y despedirme hasta lo que espero sea mucho tiempo.
Al llegar al ático y dar la vuelta a la llave de la puerta de la casa ya hay algo que me parece que no es como debiera. No sé si es el ambiente, que de repente es helador, con la mitad de los ventanales que dan al Reservoir, el enorme lago del parque, abiertos de par en par, o por los ruidos rítmicos y huecos que vienen del interior de la vivienda.
El corazón se me para durante un segundo al sospechar que algo malo está pasando. Wagner se pone a ladrar como poseído y sale disparado hacia las habitaciones interiores, dejándome sola, sin otra opción que seguirle.
Los ruidos dejan de ser rítmicos para pasar a ser caóticos y más fuertes a medida que me interno en el apartamento. Algo malo está pasando y no sé si tengo miedo o una desazón enorme por no saber qué es lo que realmente está pasando.
―¿Señor Coleman? ―digo con un hilo de voz mientras llego a la habitación principal, la que él debería estar ocupando ahora mismo, pero en la que no se ve ni un alma.
Los ruidos parecen venir de dentro del baño de la habitación y me asomo con precaución, dándome cuenta, realmente tarde, de que me debería haber aprovisionado de un cuchillo de carnicero o de un bate de béisbol, como hacen las personas precavidas en las películas de psicópatas asesinos.
Con sumo cuidado entro en el baño y veo a Saul Coleman tirado en el suelo, vestido únicamente con unos pantalones de pijama y boqueando como si le faltara el aire, mientras busca desesperado en un montón de cajones desparramados por el suelo. La visión me deja paralizada por un segundo. Soy consciente de que necesita ayuda, pero mi cerebro no reacciona hasta que, sobresaltada, me abalanzo sobre él para intentar incorporarle.
―El Salbu… el Sal… ―balbucea sin sentido mientras se lleva la mano a la garganta―. El Salbutamol… por… favor…
Está rojo como un tomate y yo por fin creo saber qué busca. Es el dispensador de los asmáticos, Danno es asmático y usa Salbutamol para sus crisis respiratorias. Me arrodillo a su lado y busco como una loca mientras él hace unos ruidos realmente estremecedores y cada vez está más afectado… ¡Dios, Diana, date prisa o se te muere aquí mismo!
Tras unos segundos de búsqueda desesperada, lo encuentro y, aliviada, lo agito un par de veces antes de acercárselo a la boca. Él lo toma con impaciencia, agarrado a mis manos, que no ha permitido que suelten el dispensador.
Su cuerpo parece relajarse después de unas cuantas inhalaciones y mi ánimo le imita, perdiendo, de golpe, algo así como veinte kilos por el enorme alivio que me invade. Sigue respirando con dificultad, con inhalaciones y exhalaciones rápidas y anormales, pero al menos le ha vuelto el color y no hay signos de ahogo en su cara. Se le ve, eso sí, agotado, exhausto, como si acabara de correr una maratón o algo así.
―¿Qué hace? ―me pregunta receloso, con la voz entrecortada por el sobreesfuerzo, cuando me pongo en pie, después de separarme de sus manos temblorosas y heladas, y saco mi móvil del bolsillo trasero de mis vaqueros.
―Voy a llamar a una ambulancia. Casi se muere. Si no llega a aparecer el Salbutamol no sale de esta…
Él niega con el gesto cansado, cerrando los ojos y buscando fuerzas dentro de su interior para rebatirme y llevarme la contraria. Típico de él, incluso en una situación desesperada como la que acabamos de vivir, tiene que imponerse y ganarme en lo que quiera que sea que estemos combatiendo.
―No… ―su voz sigue siendo un hilo, una profunda voz que acaba de ser pisoteada y horadada―. Nada de hospitales, no… no me gustan. Llame al doctor Malone.
Me señala el interior de su dormitorio y yo, sin comprenderle muy bien, me acerco a ver qué es lo que quiere y poder acercárselo. Mi suposición de que requiere su teléfono es la correcta y me lo señala con satisfacción mientras me apremia a que busque el número del doctor, al que llamo rápidamente, tras localizar su número en la agenda del móvil.
Mientras esperamos la visita de ese doctor Malone en quien tanto confía Saul Coleman, hago un esfuerzo titánico por levantarlo del suelo y ayudarle a meterse dentro de su enorme cama king size, vestida con sábanas de precioso algodón egipcio y un cobertor nórdico calentito de color marrón chocolate.
El tacto de la piel desnuda de su torso me dispara las alarmas de inmediato. Me encuentro a mí misma siendo bombardeada por una enorme cantidad de estímulos provocados por un hombre con un pie en el hospital. Pero, ¿qué demonios me pasa? Debería estar preocupándome solamente por su bienestar y su salud, y no pensando en que la temperatura de la habitación y de mi propio cuerpo ha subido varios grados, así, de repente.
Saul Coleman se recuesta con esfuerzo, sin separarse de su inhalador, y trata de darme instrucciones que yo acallo sin miramientos.
―Nada de hablar o me largo, ese es el trato― le digo muy seria, sin darle más opciones.
Con una mirada cargada de impotencia, mi siempre combativo jefe, no tiene más remedio que hacerme caso si no quiere contar los minutos que le separan de la visita de su médico en la más estricta de las soledades. Y visto cómo se defiende solo, mejor que no tiente a la suerte.
Me siento en una cómoda butaca de color beige que ocupa una esquina de su enorme habitación, y nos miramos en silencio, cada uno desafiante y testarudo, como dos niños pequeños empeñados en tener razón.
Cuando suena el timbre del portero y este me anuncia la inminente llegada del doctor Malone, me preparo para recibirle y darle cumplida cuenta de lo que ha pasado antes de haberle llamado. Su entrada en la casa es segura y calmada, no viene raudo y veloz a la llamada de alguien como Saul Coleman y eso me gusta. He visto mucha gente dorando la píldora a los poderosos y no me gusta en qué se convierten algunas personas ante ellos, como si de repente, el servilismo fuera la única forma de actuar.
El doctor Malone es alto, nervudo, de pelo entrecano y bigote de otros tiempos, como si se tratase de un caballero de principios del siglo XX; no puedo evitar pensar que un sombrero hongo y un monóculo no desentonarían nada en él. Parece jovial pero firme, como si te fuera a echar la bronca sin borrar la sonrisa, y alrededor de sus chispeantes ojos verdes se pueden observar algunas arruguitas muy pequeñas, pero que dan cuenta de la edad del doctor, que está lejos de ser un hombre joven.
―¿Dónde está? ―me pregunta con la calma que solo puede dar la experiencia ―¿Ha tenido más crisis?
Niego con la cabeza y lo conduzco hasta el cuarto de Saul, de donde me retiro tras cerrar la puerta para que paciente y médico mantengan su intimidad. Estoy nerviosa y no sé qué hacer mientras espero. No sé si se espera de mí que me quede o que me marche; que llame a su familia, a su novia, a Hanna… ¿a su abogado? ¿Qué se yo?
El médico se pasa más de veinte minutos en la habitación de mi jefe y, cuando sale, no trae cara de relajación. Puedo entenderle a la perfección si ha tenido que lidiar con la cabezonería y el orgullo de Saul Coleman… enfermo, un Saul Coleman enfermo, no se me ocurre nada peor.
―¿Es grave, doctor? ―pregunto sin saber muy bien por qué.
No creo que el secreto profesional le permita intercambiar partes médicos con la asistente de su paciente. No me conoce, no tiene por qué darme ninguna explicación. Aun así, me invita a seguirlo hasta el salón, lejos del cuarto de mi jefe, y allí, me lo cuenta.
―No sé el grado de gravedad que puede llegar a alcanzar la cosa, señorita ―dice con su voz grave y el cansancio pintado en sus ojos―. Tiene varicela.
―¡Como su hermana!
―Sí, parece que su hermana de un año se la ha contagiado. Cuando ella la estaba incubando, estuvieron juntos, y él no la había pasado cuando era un crío. Así que ahora le toca, y para un adulto no es plato de buen gusto, se lo aseguro.
Nunca he conocido a ningún adulto con varicela, pero es cierto que de mayor se pasa peor, es como una de esas perlas de sabiduría que todo el mundo oye de la gente al referirse a esta enfermedad.
―¿Estará bien en casa? He oído que algunos casos requieren hospitalización ―comento con cautela, no vaya a ser que se piense que quiero parecer que sé más que él.
―Estará bien en casa si se tratan los síntomas y si la cosa no va a más. Por desgracia, Saul tiene un historial de asma y algún que otro problema respiratorio más, aunque desde su niñez eso no nos ha dado muchos problemas.
―¿Lo conoce desde pequeño?
―En realidad, soy su pediatra.
Me quedo tan boquiabierta que el hombre no puede evitar lanzar una carcajada, eliminando de un plumazo toda la seriedad que le cubría desde que saliera por la puerta de la habitación de mi jefe. Su risa es casi cantarina y hasta me lo puedo imaginar como un pediatra.
―Sé que es difícil de creer, pero ese muchacho de ahí nunca quiso dejar mi consulta. Tengo pacientes de todas las edades hasta los catorce años. Y luego, lo tengo a él. Pegado a mí, como una lapa. ¿Se puede creer que no consigo librarme de ningún Coleman por su culpa? ―ríe de nuevo y yo le acompaño. Si todos son como este, no me cabe la menor duda de lo que me está contando.
―¿Y qué deberíamos hacer, con ya sabe, con… él? ―pregunto ya seria, poniendo en palabras la enorme preocupación que toda esta situación me está generando.
―Mañana podría ponerme en contacto con el hospital para ver si hay alguna enfermera libre que quiera ganarse un dinero extra. Se niega a ir al hospital, pero aquí necesita a alguien con él. Lo que no sé es si lograremos que alguien venga, estos días, con el frío, tenemos a la mitad de los ancianos de la ciudad copando los primeros puestos y las enfermeras privadas están muy solicitadas… ―Lamenta el hecho de no poder ser de más ayuda― Pero usted no se preocupe, conozco a ese chico desde que nació y es fuerte. Aunque lo pase mal y tenga un brote de los que pegan con fuerza, saldrá de esta. Le garantizo que pronto volverá a ser el de antes y podrán volver a salir a pasear como cualquier otra pareja de novios.
Lo dice como si estuviéramos en una película del siglo XIX, como si su aspecto, que es de otra época, también lo llevara a sentir al modo antiguo. Y yo me ruborizo como una adolescente tonta a la que le hablan del primer amor en presencia de adultos, ante la sola mención de la posibilidad de ser la novia de Saul Coleman.
―No soy su pareja. Soy su asistente ―le aclaro, muy consciente de que mis mejillas están ardiendo de la vergüenza.
―Oh… ―Y esboza una sonrisilla pícara―. Lo siento, pensé que… por el modo nervioso con el que me abrió la puerta…
Intento que no se me suban aún más los colores sacudiendo la cabeza y tratando de cambiar de tema. No quiero seguir pareciendo profundamente idiota o que el doctor Malone se crea que estoy secretamente enamorada de mi jefe.
―Y… dígame ―atajo la conversación incómoda― si yo me quedara a ayudarle mientras está enfermo, ¿qué debo saber?
―Hay unos cuidados básicos que esta enfermedad requiere: antihistamínicos si le pican las úlceras que le saldrán, Paracetamol para bajar la fiebre y antivirales específicos ―dice recobrando su anterior seriedad―. Lo malo es que, cuando la varicela se da a estas edades, las probabilidades de sufrir alguna complicación neurológica u otros trastornos sistémicos como una neumonía, se multiplican. Y más cuando tienes antecedentes respiratorios de la índole de los de Saul. Eso es lo que me preocupa, y por mí lo mandaría al hospital a observación, pero sigue siendo tan cabezota como cuando era pequeño y ahora, me temo, que es imposible amenazarle con quitarle sus juguetes o prohibirle las chucherías. Le voy a recetar unos antivirales y hay que estar atento para que no se rasque las lesiones cutáneas que le saldrán, calculo que en unas cuarenta y ocho horas. Por lo demás, lo importante es que no deje nunca de lado el Salbutamol, por si le da otra crisis respiratoria. Y si le da, no deje de llamar a una ambulancia, diga lo que diga él, si es que puede decir algo en mitad de un ataque como el que usted ha presenciado hace un rato.
―¿Y no sería mejor obligarlo a ir al hospital? ―le pregunto con la esperanza de que me diga que sí. Siento que esto es más grave de lo que yo entiendo por varicela y tengo miedo de hacerlo todo mal.
―Señorita, pueden ir mil cosas mal, desde una infección respiratoria a un soplo cardíaco. Por pasar… sí, puede, pero es altamente remoto ―me tranquiliza con una sonrisa que me llena de confianza―. Creo que, si vigilamos su ritmo respiratorio y la tos, si la tuviera, podremos ver la gravedad final de la enfermedad que, por lo que yo sé, es muy probable que se quede en episodios de fiebre y dolor de cabeza, y unas costras molestas y feas.
Recoge su maletín, que había dejado en el sofá color marfil, y se dirige a la puerta. Su caminar es lento y seguro, como alguien que está confiado. Si conoce a Saul de toda la vida y esto fuera más grave, seguro que no lo dejaba en mis inexpertas manos, así que eso debe hablar de la verdadera dimensión de la varicela y no la que yo estoy imaginando en mi loca cabeza tremendista.
―No le deje trabajar, necesita relajarse y descansar para curarse bien. Vendré en un par de días y, si me necesita para cualquier cosa, llámeme. Estaré disponible las veinticuatro horas…
Le veo acercarse al ascensor y esperar a que suba a buscarle. Y, como si me estuviera leyendo el pensamiento, junto con su siguiente sonrisa me dedica las palabras que ahora mismo necesito:
―Tranquila. Lo va a hacer muy bien.
Y yo, con eso, creo que ya puedo con todo.