Capítulo 16
Os voy a contar una historia
Nunca antes he asistido, como invitada, a un evento como este. He servido catering para gente importante, pero nunca, nunca, he estado en el centro del asunto. Y claro… no puedo estar más asustada.
Marcel me coge de la mano cuando llegamos al Plaza, lugar donde los Coleman han organizado la gala benéfica del año. En el coche que ha pasado a recogernos vamos apostando quién de los dos tendrá el primer ataque de ansiedad de la noche. Y creo que la que más papeletas tiene soy yo.
Al llegar a la puerta de uno de los hoteles más lujosos y sofisticados de la ciudad, un ujier impecablemente vestido con una librea granate y dorada, nos abre la puerta, y siento que los dados han echado a rodar y que ya solo queda desear que todo salga bien, que no meta mucho la pata. Por favor, Dios…
Hoy hace un frío increíble, más que todos los días de este invierno raro y sin un copo de nieve. Quizá sea esta la noche, quizá descargue hoy la tempestad y se acabe de rubricar esta locura en la que mi vida se ha visto inmersa en los dos últimos meses. Aunque lo dudo. Se huele la nieve, se siente en el ambiente, pero no acaba de atreverse a soltar el manto blanco sobre Manhattan. Y Manhattan sin nieve, un invierno, es lo más raro que he visto en mis quince años en esta ciudad.
Voy abrigada hasta las cejas, aunque debajo de mi superabrigo caro y precioso, no llevo más que un vaporoso vestido de gasa color rojo que Fanny me ayudó a elegir hace solo un par de días.
Cuando le conté que a dos días de la gala aún no tenía nada que ponerme, casi me cogió del cuello y me arrastró hasta su estilista, y juntas me eligieron tres vestidos maravillosos, dentro de los cuales sí que me sentí una auténtica princesa.
―El rojo, sin duda ―sentenció Fanny al verme enfundada dentro de un Valentino de un solo tirante, con unas flores de pedrería bajando por el corpiño, resaltando el escote palabra de honor, y la falda, de seda, y con una caída digna de alguien de la realeza.
En esos momentos agradecí lo indecible no haber ido de compras con Saskya, quien me hubiera llevado, con suerte, al Zara. Y, sin suerte, a la tienda de moda paquistaní del otro lado de la acera de su agencia.
Estoy nerviosa pero vestida como si fuera la reina del mundo. Eso tiene que valer para algo, ¿no? Así que me aferro a eso (y al brazo de Marcel) para hacer la entrada en la fiesta que los Coleman han montado en un tiempo absolutamente récord.
Todo a nuestro alrededor es lujo, como si nos hubiéramos colado en la vida de gente rica o famosa. Ambos somos conscientes de que aquí no encajamos mucho y casi esperamos que vengan los de seguridad a sacarnos a la fuerza por impostores.
Le entrego nuestra invitación a la azafata que nos la solicita a la entrada del salón, y le damos nuestros abrigos y bufandas al encargado del guardarropa más bonito que he visto en toda mi vida.
Al entrar en el salón, todo dorado, excesivo, magnífico y cegador, no puedo evitar buscarlo con la mirada. Llevo pensando en él de manera obsesiva e insana desde que se fue de gira. Volvió anoche, justo a tiempo para estar aquí y no fallarme. Y es que yo por esto no paso sin tenerlo a mi lado, eso es algo de lo que no tengo ni la más mínima duda.
Lo he echado de menos, aunque ha sido más llevadero que los primeros días gracias a que hemos vuelto a hablar a diario a través del teléfono y de Skype, que ha servido para estar al día de todo cuanto nos pasaba: su gira, mi gala.
Ha cumplido con las dos promesas que me hizo al salir de la cena en casa de su padre y de Fanny: ya no soy más su empleada y los cheques dejarán de llegar, y ha conseguido que una incrédula Stella sea su acompañante esta noche (no sé si preguntarle cómo lo ha logrado).
Marcel toma dos copas de champán de una de las bandejas que los camareros, vestidos de sobrio negro, pasean ya delante de nosotros, y me entrega una de ellas. Ha llegado ya bastante gente y se han formado los primeros corrillos en torno a la barra del bar o a los pasos naturales de los camareros, que transitan entre los invitados, portando sus bandejas llenas de copas de champán y vino tinto.
El salón principal está lleno de mesas en las que se servirá la cena. Cada cubierto cuesta 650 dólares y, deducidos los gastos de organización, todo lo demás irá a parar a '2gether2', lo que da un vértigo enorme. Hay dispuestas alrededor de treinta y cinco mesas, con espacio para diez comensales cada una. Y todas están asignadas. Las cifras marean, de verdad.
Además, los Coleman han establecido una serie de números de cuenta para recibir donativos. Y según me confió Fanny, en alguna de ellas ya hay sustanciosas donaciones que nos harán realmente felices. No lo dudo.
Todo es como un sueño. Un sueño que se ha llevado a cabo en apenas unos días y que me ha impedido pensarlo con la frialdad que el asunto realmente precisaría. A los pocos días, desde el Ayuntamiento, ya teníamos licencias, permisos y firmas en todos nuestros formularios. Una furgoneta nueva y reluciente con un rótulo precioso (el logo también es una donación), estaba aparcada en la puerta de la que iba a ser nuestra sede general, una bonita casa unifamiliar en Queens, un barrio donde queremos trabajar intensamente. El alquiler de la sede podría pagarse con holgura gracias a lo que los Coleman ya han conseguido, incluso antes de dar comienzo a la gala que nos ha reunido hoy aquí.
Al fondo, tras las mesas, se ve un escenario con un atril y el equipo musical del grupo que luego tocará: Letters from Sligo, con Patrick Feehily, el novio de Miriam, a la cabeza.
Lo que realmente me quita la calma es ese atril, que me mira tan fiero, tan desafiante, tan osado, desde el otro lado de la sala. Tras ese atril debo colocarme después de la cena, y antes del pequeño concierto, para contarle a los comensales por qué han venido, qué van a apoyar y por qué merece la pena hacerlo. Mis piernas son de gelatina por razones obvias.
El logo de '2gether2' está por todas partes, y es hermoso mirarlo, sobre todo significando tanto como significa para mí y para Knox. Mi socio está al fondo de la sala, comprobando que todos los preparativos están a punto. Dejo a Marcel un minuto a solas, mientras me acerco a Knox y le doy un abrazo cálido y largo.
Está realmente guapo. Se ha puesto un esmoquin que le queda increíble con su imponente estatura y realza sus exóticos rasgos caribeños. No entiendo cómo no hace más trabajos de publicidad con su porte. Vale que sobreactúe en el cine, pero encima de una pasarela sería el modelo ideal. Saskya debería vender más y mejor su imagen.
Hablando de mi amiga, ¿dónde demonios se ha metido? Prometió no separarse de mi lado en toda la noche, pero aún no ha llegado. Seguro que se está preparando para hacer su entrada espectacular. Aún no sé a quién se traerá de acompañante: si al modelo buenorro ex de la pequeña de las Kardashian, para promocionarle, al bombero madurito pero de buen ver que rescató a Danno de la pared de su salón y que enseguida intercambió su número de teléfono con la afligida madre de la criatura, o al hijo pendenciero, del que no piensa separarse para que no cometa más tropelías en su ausencia.
―¿Preparada? ―me pregunta Knox sacándome del trance en el que he caído al acordarme de Saskya―. Yo estoy que me subo por las paredes. Qué nervios y eso que la que va a hablar eres tú.
Pese a la experiencia como actor de Knox, no ha sido negociable el que él dé el discurso. Según Fanny, los invitados recibirán mejor el mensaje si viene de una mujer con aspecto frágil y desvalido, que de un hombretón mulato de casi dos metros y estudiada sonrisa en los labios. Es más fácil identificar la necesidad de ayuda si quien la pide nos despierta ternura o necesidad, y parece que yo cumplo mejor esos requisitos que mi fornido socio. ¿El problema? Que yo nunca, en toda mi vida, he hablado en público… y solo de pensarlo me mareo.
―Nadie, en toda la sala, te hace sombra― susurra una voz conocida y hermosa en mi oído―. Estás preciosa.
Me giro y lo veo delante de mí, guapísimo con su esmoquin oscuro, su pelo más corto que cómo lo recordaba y sin esa barba de tres días que ha sido su sello desde que cayera enfermo hace unas semanas. Sus ojos azules chispean burlones, y sus manos toman las mías, invitándome a darme una vuelta sobre mí misma y así contemplar mi atuendo en toda su gloria. Lo que veo en su cara cuando aprecia mi apariencia me gusta tanto que yo también le sonrío. Me da un beso suave en la mejilla y yo me ruborizo entera.
Sin darme más opciones, me ofrece su brazo y se dispone a pasearme por toda la sala, presentándome a gente y haciendo lo que mejor se le da: cautivar con sus palabras y su aspecto impecable.
―Tengo que dejarme ver contigo para hacer olvidar a los periodistas lo que acaban de ver ―me dice muy serio mientras nos acercamos al grupo que se ha formado alrededor de Fanny, que acaba de llegar.
―¿A qué te refieres?
―Por tu culpa, he tenido que posar con una niña de diecinueve años a la entrada… ¿Qué pensará la opinión pública de mí? ¿La crisis de los (casi) cuarenta? ―lo dice todo de muy buen humor, dejando claro que lo que opine la prensa al respecto de su entrada con Stella del brazo no le afecta en absoluto―. Tienes que ayudarme a darles un titular mejor.
―¿Cómo has conseguido que venga contigo? Apenas te conoce…
―¿Por qué me pediste que lo hiciera? Fue porque sabías que lo conseguiría, ¿verdad?
Asiento. Si alguien podía lograrlo, ese solo podía ser Saul J. Coleman (Junior). Nadie le gana en carisma ni en clase. Ni tampoco en echarle morro a la vida. Y por eso él era el indicado para arrastrar a Stella a la gala.
―Por cierto, ¿dónde la has dejado?
Señala con la cabeza hacia un rincón del salón, donde Marcel y ella hablan separados por una cautela que deben romper si quieren arreglar las cosas. Pero ella no ha huido al verle, y él no ha venido corriendo a matarme al verla. Así que… aún hay una posibilidad.
―¿Crees que lo lograrán? ―pregunto sin atreverme a tener esperanzas.
―¿Has visto cómo se miran? Eso debería bastar.
Y tiene toda la razón. Debería bastar el modo de absoluto arrobo con el que se miran el uno al otro mientras a su alrededor no les importa nada más.
Cuando Fanny se queda libre de su grupo de admiradores, Saul se le acerca y la abraza con cariño, mientras le susurra algo al oído. Seguidamente, ambos se giran hacia mí y me miran con sonrisas complacidas. No me gusta ni un pelo la complicidad que tienen si es a mí a quien tienen en su punto de mira. Y me tienen ahí, estoy convencida de ello.
―Diana, querida, estás espectacular ―sentencia Fanny con una mirada aprobatoria. Ella sí que está de portada de revista con un vestido dorado de Dolce & Gabanna y un moño perfecto que la hace parecer diez centímetros más alta. Su figura de modelo también ayuda a crear una estampa digna de alfombra roja de los Oscar―. Junior no puede quitarte los ojos de encima… ¿no lo notas?
Me ruborizo como una colegiala y evito mirar al aludido, que sé que está sonriendo complacido, como cada vez que se me suben los colores.
A nuestro alrededor, el ambiente se va caldeando, con más y más invitados y las mesas que ya se empiezan a llenar.
En los siguientes veinte minutos, Fanny me toma del brazo y me lleva de un lado a otro de la enorme sala, presentándome a todo el que merece ser conocido esta noche. En el otro extremo, veo que el señor Coleman hace algo parecido con Knox. Saul, que no sale de mi radio de acción, nos sigue con discreción, saludando a conocidos y estrechando manos de amigos o colegas empresariales. La verdad es que todo esto me tiene un poco sobrepasada, y no veo el momento en que pueda escaparme a tomar un poco de aire fresco.
―¡Diana! ―oigo una voz conocida a mi espalda― ¡Por fin te encuentro!
Cuando me giro, me encuentro con Miriam, que está rodeada de un pequeño séquito. Reconozco a Patrick, su novio, que me sonríe con afecto mientras se retira al escenario, supongo que a comprobar que todo está preparado para el concierto. Me sorprende encontrar a mi excompañera de piso aquí, aunque debo suponer que en lo que a Saul se refiere, los hilos que puede tocar para remover cielo y tierra, no tiene ningún límite.
―Mamá, esta es Diana ―le dice a la mujer que tiene al lado, rubia, de constitución férrea y determinación de acero en sus ojos claros―. Estas son mis madres, Diana. ―Señala también a la morena y menuda que está justo a la primera―. Annabeth y Judy, y este es mi padre, Paul.
Los tres me sonríen ampliamente y con expectación, supongo que están esperando que yo diga algo, aunque no sé si puedo. Todo me resulta demasiado apabullante y tanta presentación me está empezando a poner un poco nerviosa. Eso sí, esta peculiar familia (¿dos madres?) me da muy buena sensación. Tanto, que les devuelvo la sonrisa y dejo que Annabeth me bese profusamente en la mejilla.
―Tantos domingos que le he pedido a Miriam que te trajera a casa… ―deja caer ella, mirándome con una pena enorme, como si le hubiera privado de mi presencia demasiado tiempo.
Y es verdad que alguna invitación de mi excompañera de piso he tenido para comer con su familia, pero los domingos tengo cita con mi propia unidad familiar: el hielo y mis patines.
―Muchas gracias por venir ―acierto a decir― y disculpe que no haya podido aceptar nunca la invitación.
En ese momento, bajan ligeramente las luces, lo que indica que la cena se comenzará a servir en los próximos minutos. Nos encaminamos hasta nuestra mesa, cerca del escenario, centrada y principal, donde también se sientan Fanny y su marido, y Knox y su pareja, una despampanante pelirroja sacada directamente de la mansión de Hugh Hefner4. Por supuesto, el sitio a mi lado está reservado para Saul. La mesa, dispuesta para diez comensales, se completa con una pareja de mediana edad que se me hace conocida, y dos sillas libres, que tardan en ocuparse unos minutos.
―Sentimos llegar tarde ―se disculpa Martina con el aliento entrecortado.
Se nota que ha venido deprisa y que está ligeramente azorada. Intercambia una mirada con Saul que no se me escapa y hace que se me clave una daga invisible en la boca del estómago. La otra silla la ocupa un chico delgado, de estatura media y pelo muy corto. Sus ojos verdes brillan de entusiasmo y su sonrisa le ilumina el rostro de una manera cautivadora. Parece un niño la mañana de Navidad, al menos hasta que su mirada se cruza con la de Saul y los dos mantienen un pequeño pulso que no sé cómo interpretar.
―Saul, recuerdas a Will, ¿verdad? ―le pregunta Martina mirándole fijamente―. Diana, este es mi chico, Will Duquette.
―Puedes llamarme Marie ―dice estrechando mi mano y ocupando el asiento junto a Martina.
Algo en mi interior coge toda la información que he ido recogiendo estas semanas sobre Saul, y hace que algunas piezas encajen de forma automática. Es fácil… todo tiene un poco más de sentido.
La cena da comienzo y un ejército de camareros perfectamente uniformados nos traen el entrante, un carpaccio de atún con ensalada de boletus y caviar. La verdad es que tiene una pinta maravillosa y, tras el primer bocado, se confirma que el sabor es absolutamente delicioso. Cierro los ojos para saborear la fantástica mezcla de sabores, que en mi paladar explotan como una fiesta del sabor y hasta dejo escapar un pequeño gemido de placer. Cuando los abro, todos en la mesa me están mirando con sonrisas cargadas de diversión en sus rostros. Me ruborizo de inmediato.
―Muchas gracias, Diana ―dice Marie complacido―. Jamás, en toda mi vida, nadie me ha dado tan buena crítica.
―¿Lo has hecho tú? ―No puedo evitar exclamar― ¡Es delicioso!
Se nota que no tengo ninguna experiencia como usuaria de los platos que los chefs pasean en estos eventos. Que yo, más allá de llevarlos en bandejas, no sé nada de nada de alta cocina. Mi cara debe de tener, a estas alturas, el mismo color que el vino, tinto y espeso, delicioso y delicado, que nos han servido en las finísimas copas con las que están vestidas todas las mesas.
La cena pasa sin más sobresaltos, aunque mi estómago se va cerrando poco a poco, a medida que el momento que más temo, se va acercando inexorablemente. Al entrante, le sigue una caldereta de cordero con verduras de temporada, un salmón confitado con grosellas y naranja, y unas trufas de praliné sobre cama de crema catalana y frutos rojos. No puedo negar que es la mejor comida que he probado en toda mi vida, y así se lo hago saber al responsable de tales exquisiteces.
―Buenas noches a todos, mis queridos amigos. ―Fanny ha subido al estrado y ya está hablando a los invitados con una soltura y una confianza que envidio profundamente. Está a punto de suceder. Ya no hay vuelta atrás o posibilidad de huir de esto―. Como anfitriona de esta maravillosa reunión, quiero daros a todos las gracias por haber acudido a la llamada y haber llenado esta sala con vuestra presencia y donativos, pese a que tanto el señor Coleman como yo sabemos que hemos avisado con poquísima antelación.
»Sabíamos que la causa lo merecía y que no ibais a quedaros en casa sabiendo cuánto puede suponer vuestra inestimable ayuda. Pero… ¿qué causa es esta que nos ha reunido aquí? Cuando oí hablar de ella, cuando supe el amor, la dedicación y las intenciones tras esta organización, no pude por menos que implicarme.
»Yo no sabría haceros sentir y comprometeros con ella como lo estamos ya nosotros, no podría transmitiros el calor que esta causa despierta en sus fundadores, Diana Nesterenko y Knox Vázquez, aquí presentes y para los que pido un caluroso aplauso.
La sala irrumpe en un poderoso aplauso, tal y como Fanny Coleman les ha solicitado. Mis manos, húmedas por culpa de unos nervios que no me abandonan, apenas acompañan con algo de energía al clamor que inunda todo a mi alrededor.
―Por eso ―continua cuando el aplauso muere poco a poco y le permiten seguir con la presentación― permitidme que sea la propia señorita Nesterenko la que les cuente qué es '2gether2' y cómo surgió esta maravillosa idea. Por favor, Diana…
Y yo me levanto de mi asiento, aupada por otro sonoro aplauso, subo al escenario, me fundo en un abrazo sincero y lleno de agradecimiento con Fanny y ella me deja sola, al pie del cañón, enfrente de una audiencia de trescientas personas que quieren saber de mi pequeño proyecto. El vértigo es considerable, dadas las circunstancias.
Controlando un temblor involuntario, que espero no llegue hasta mi voz, me coloco tras el atril y me aclaro la garganta. He escrito unas notas, pero mi instinto me dice que hable de lo que conozco, que hable desde el corazón. Miro hacia la sala, a los centenares de personas que clavan sus ojos en mí y tengo que borrarlas para no desmayarme. Solo me centro en una, en una persona que hay en ese espacio entre la puerta de huida y este atril. Una que, antes de subir hasta aquí, me ha apretado la mano para infundirme ánimos y valor, y me ha sonreído como si no hubiera otra chica en el mundo entero. Lo miro a él y él me devuelve la mirada, confiado, sereno, y asiente, me confirma que puedo. Y yo me lanzo… me lanzo porque él me está sosteniendo en el aire, y con esa certeza ya siento que puedo con esto y con todo lo que me proponga.
―Buenas noches a todos. ―Mi voz sí tiembla ligeramente, pero al menos mis piernas no lo hacen, así que pierdo el miedo de caerme redonda al suelo. Eso ya es algo―. Mi agradecimiento por su presencia hoy aquí no puede ser expresado con palabras, es tanta la impresión que está ahora mismo inundando mi pecho, que, como ven, hasta me cuesta dirigirme a ustedes sin que la emoción lo inunde todo.
»Permitan que dé las gracias, de manera especial, a los Coleman, a todos ellos, por la acogida, la confianza y este despliegue de medios que me tiene boquiabierta. Gracias, de verdad ―digo mirando hacia la mesa que ocupan ellos, y de la que yo me he levantado hace medio segundo.
Fanny y su marido asienten con sonrisas en sus rostros. Saul, en cambio, sigue con su mirada de apoyo, soportando el peso de mi presencia en este escenario, impidiendo que me venga abajo.
―'2gether2' es un sueño. Es la visión de una niña que fue salvada cuando más lo necesitaba, gracias a algo tan sencillo como la caricia de un pequeño perrito abandonado. Es la esperanza de ser amado cuando todo se ha vuelto negro y todo el amor se ha dado por perdido. Es el cabo al que asirse para no caer en el pozo.
»Os voy a contar una historia. Una historia real de alguien a quien esta idea salvó de volverse loca y de darlo todo por perdido. Es la historia de una cría de quince años, medio muerta por dentro, que llegó a este país desde el suyo, donde todo era un infierno. Aquí creyó sentirse a salvo, pero su salvadora descubrió que estaba embarazada y que no podía hacerse cargo de ella, pese a haberlo prometido.
»La salvadora, con mucho dolor en su corazón y apuradas todas las demás opciones, tuvo que dejar a la niña a cargo del estado, que no dudó en darle un hogar, para lo que la llevó a una casa de acogida. Pero la niña, que se sentía perdida, sin nadie alrededor, no se sentía a salvo allí. Llegaba llena de temores, lo había pasado muy mal y le costaba fiarse de la gente.
»Los padres de la casa de acogida tenían otros cuatro adolescentes con los que batallar y la niña, confundida y tímida, se escondía de todo para pasar lo más desapercibida posible. Nadie hablaba con ella, y ella lo agradecía. Aunque, sin saberlo, esa obsesión por volverse invisible, la estaba arrastrando aún más dentro del pozo, donde sus fantasmas no la dejaban en paz.
»Y, entonces, un día cualquiera, un día de lluvia que eran sus días favoritos, un perrillo marrón, del color de la canela, un setter delgadito y juguetón, se escapó del refugio de animales que había cruzando la calle y fue a parar a sus brazos. Y la niña… la niña encontró una razón para dejarse ver, para dejar de esconderse y volverse visible.
»Les puede parecer una tontería, pero cuando se halla una razón para dejar de ser invisible, volver a ocultarse ya no es tan fácil y todo se hace más sencillo.
»Gracias a esa niña, a su encuentro con el setter color canela y a todo lo que logró la relación de ambos hasta que a ella la recogió de nuevo su salvadora, nació este proyecto. Una idea humilde pero cargada de intenciones, buenas intenciones. Porque el pequeño perrito también salió fortalecido, empezó a comer más, a jugar, a relacionarse, a abrirse igual que lo hacía la niña. Una relación bidireccional y con igualdad de beneficios para ambas partes.
»En resumidas cuentas, el propósito de '2gether2' es facilitar el acercamiento entre los menores que residen en centros de acogida y los animales de los refugios, aportándose de esta forma un beneficio mutuo y obteniendo una mayor calidad en sus vidas. La labor está dirigida a fortalecer el bienestar emocional, donde ambos usuarios compartan y establezcan vínculos positivos entre ellos, viviendo nuevas experiencias, dotándoles de protagonismo y potenciando sus cualidades.
»Si no se han parado a pensarlo, creerán que la idea no es nada del otro mundo. Les garantizo, como la niña que fui, la compañera de ese perrito que me salvó de caer en la autodestrucción, que la idea es capaz, incluso, de salvar vidas.
»Muchas gracias por venir, por escuchar y por tomarse la molestia de querer conocer esto por lo que mi socio y yo llevamos dos años luchando. Ojalá forjemos muchas relaciones gracias a ustedes y muchos animales encuentren el refugio que merecen en los brazos de niños y adolescentes necesitados de cariño, afecto y algo en lo que creer. Buenas noches.
Al acabar de hablar y retirarme del atril, una especie de euforia me llena por dentro. Quizá no he sido capaz de transmitirlo todo por no mirar mis notas, pero creo, de corazón, que he logrado hacer ver la importancia vital del proyecto en las vidas de sus beneficiarios. El primer aplauso me pilla desprevenida, ni siquiera he pensado en que habría aplausos. Poco a poco, toda la sala se pone en pie y aplaude, mucho, aplaude con ganas. Las sonrisas se dibujan en todos los rostros a mi alrededor y no puedo evitar que me entren unas poderosas ganas de llorar.
Saul viene a buscarme al pie de las escaleras del estrado y me estrecha entre sus brazos. No sé si está reteniéndome o sosteniéndome para que no me desmorone y caiga redonda delante de trescientas personas. Lo aprieto más contra mí, sintiendo el calor y la fortaleza que me transmite. Me acaricia la espalda desnuda y un escalofrío me recorre por dentro. No deseo otra cosa que mantenerme dentro de este abrazo, dentro de él, mientras dure esta noche. No quiero que me suelte o deje de acariciarme, no sé si sería capaz de soportar que se alejara de mí más de un metro… lo necesito y creo que él lo sabe.
En el corto espacio en que concluyo mi discurso y Saul me ha resguardado entre sus brazos, algunas personas vienen a hablar conmigo y a felicitarme por el proyecto. Debe soltarme, con pena en sus ojos y anhelo en los míos. Sin embargo, se aferra a mi mano, que no piensa soltar mientras yo le deje permanecer atado a ella.
En la sala se despejan las mesas para dar paso al concierto de Letters from Sligo, y el ambiente se vuelve festivo, a juego con mi corazón, que da saltos de pura alegría dentro de mi pecho.
Lo hemos conseguido. La gente parece haber aceptado bien la loca idea de juntar niños y animales para darse cariño mutuo. Y los donativos no se han hecho esperar. Según Fanny, los invitados andan como locos en aportar su granito de arena a la causa, como si pagar 650 dólares por la cena de esta noche no fuera suficiente colaboración.
Suenan los acordes de la primera canción del grupo y la gente se anima a bailar. Saul, que espera atento a que una pareja me salude, me empuja hasta el centro de la sala y me mueve con la suave cadencia de la música. Nunca antes hemos bailado, aunque la sensación se parece mucho a cuando patinamos juntos hace un par de semanas.
―Has estado fabulosa ―susurra en mi oído, mientras me acaricia la espalda como al bajar del escenario, y se producen en mí mil descargas eléctricas en todas mis terminaciones nerviosas―. No creo que quede nadie en esta sala que no se haya enamorado de ti esta noche.
―No digas tonterías ―me río en su oreja, rozando con mis labios la piel de su cuello, que huele a palisandro y jabón. Algo dentro de mí se despierta y, de pronto, me gustaría estar en otro lugar, en un sitio con intimidad y con su compañía exclusiva.
A nuestro alrededor algunas parejas se han animado a bailar también y el ambiente no puede ser más ameno. Me doy cuenta de que justo a nuestro lado bailan Martina y Marie, encajados uno en el otro, con una serenidad y una compenetración envidiables.
―Contéstame a una sola cosa ―le pido sin separarme de su piel―. ¿Era Martina la mujer a la que creíste amar?
Un silencio se instala entre ambos mientras seguimos moviéndonos por la pista de baile como si fuéramos uno solo. Un miedo invisible se instala en mis entrañas y casi me arrepiento de haber preguntado.
―Sí ―contesta lacónico.
―Y la amaste de verdad…
―La amé, sí. Pero creo que el amor tiene muchos matices y siempre se puede superar.
―No sigas…
―Diana… yo…
Me separo de él con gran dolor y le miro a los ojos un instante. Todo esto me resulta doloroso en extremo. Y difícil de asimilar. Que la quisiera a ella… que insinúe que me puede querer a mí. Necesito espacio para asumir que todo esto está sucediendo.
―Necesito llamar a Saskya. No ha venido y estoy preocupada ―le digo dando un paso en dirección a la puerta.
―¿Volverás?
―Eso espero ―Y lo digo de corazón.
Salgo de la sala de baile con el corazón encogido y unas horribles ganas de llorar. La noche está siendo una auténtica montaña rusa de emociones y me está sobrepasando esto de estar un rato eufórica y, al siguiente, al borde del llanto desesperado.
Cuando llego cerca de los baños y estoy sacando el teléfono de mi pequeño bolso de fiesta, me encuentro a Marcel y a Stella, apoyados en una pared, dándose el lote al más puro estilo adolescente. No puedo evitar sonreír porque, al fin y al cabo, no son más que eso.
―Me alegro mucho de que hayáis limado vuestras diferencias ―digo cuando paso a su lado.
Ambos se separan y me miran con cara de circunstancias, como si los hubiera pillado en falta.
―Tranquilos, por mí no os cortéis. No creo que haya nadie más encantado que yo de veros así.
―Diana ―me ataja Marcel cuando ya me dispongo a dejarlos solos―. Gracias por hacer que esto sea posible.
―No es nada, chicos. Es lo que tenía que ser, ¿no?
―Verás ―comienza él un tanto azorado―, al final Stella sí ha aceptado mi propuesta, pero… su padre nunca daría su visto bueno. Por eso salió huyendo y me pidió que tuviera fe. No quería que alguien cercano a ella le contara a su padre que se iba a casar conmigo.
―Mi padre no lo entendería nunca y no quiero disgustarlo ―añade ella, muy pegada al pecho de Marcel, que la sostiene por la cintura.
―¿Entonces? ―pregunto sin saber a dónde puede llegar todo esto.
―Entonces, nos vamos a casar en secreto, sin que nadie lo sepa. Bueno, tú sí, que serás mi padrina, claro ―suelta Marcel de sopetón y yo casi me caigo al suelo del susto.
―¿Yo?
―Claro, ¿quién más podrías serlo?
Sonrío para mis adentros y aplaudo el valor de estos dos chiquillos con todo el amor del mundo en los ojos. La verdad es que son valientes y no dudan en decirse lo que sienten y en actuar en consecuencia. Ojalá yo fuera tan valiente.
Cuando me despido de ellos, tras hacerles la firme promesa de estar con ellos cuando su locura se consume, marco el número de Saskya, nerviosa por saber qué le ha podido pasar.
―¿Dónde demonios te has metido? ―pregunto sin darle ninguna opción de saludar siquiera.
El silencio al otro lado de la línea me indica que algo no va bien y mi nivel de miedo se eleva hasta que mi voz, con un punto de histeria, requiere respuestas inmediatamente.
―¡Saskya! ¿Se puede saber qué demonios pasa? Me estás asustando.
―Están aquí, Diana. Carlo me ha encontrado… y no ha venido solo. Tu padre…
No quiero escuchar más. No puedo hacerlo. Todo a mi alrededor se ha paralizado y a punto estoy de caer al suelo de la impresión. Si hace un minuto he sentido miedo, no es nada comparado con el pavor que me invade en un instante y se hace con el control de todo. Si me han encontrado, ya no hay opciones para mí. Todo está perdido.
Y, como siempre he sabido, la huida es el único camino posible cuando los fantasmas del pasado vienen a por ti.