Capítulo 12

¿Qué haces el viernes por la noche?

 

―¿Recuerdas que te dije que cuando me recuperara te iba a invitar a salir conmigo para que supieras lo que es una cita?

―No podemos tener citas, lo dice nuestro contrato ―le contesto risueña y con un humor inmejorable.

Saul lleva dos días en planta y parece que no tardarán en darle el alta. Desde anoche no tiene fiebre y los puntitos rojos que salpican su atractivo rostro están empezando a desaparecer.

Después del susto de su parada cardiorrespiratoria no hemos dejado el estado de alerta hasta hace apenas unas horas, pero parece que la recuperación de esta varicela con amarga sorpresa final ya es una realidad palpable.

Aún se me encoge el corazón dentro del pecho al pensar en esas angustiosas horas en la sala de espera, sin noticias primero, y con el opresivo temor a que no despertara, después.

Pero despertó. Gracias al cielo abrió los ojos y salió de ese estado comatoso en el que se perdió por espacio de unas horas oscuras, dolorosas, amargas… y me llamó. Me llamó a la desesperada para que siguiera a su lado, para que lo acompañara en el camino de vuelta, para que le tendiera la mano y le asegurara que todo iba a ir bien.

Nunca, en toda mi vida, me había sentido tan necesitada como en ese momento. Y la sensación inundó mi cuerpo entero, hasta hacer que casi me explotara el corazón de pura felicidad. ¡Qué gran sentimiento! ¡Qué enorme belleza en la necesidad de alguien hacia una persona que siempre ha navegado sola en este mundo! Creo que las ganas de llorar al pensar en ello no me van a abandonar jamás mientras viva.

―Diana… ―Su voz, rasposa, grave, como de otro mundo, pronunció mi nombre con tal ternura que corrí a cogerme de su mano nada más entrar en la habitación.

Nunca nos habíamos tocado de manera consciente desde aquel apretón de manos inicial al reencontrarnos en su despacho, cuando comencé a trabajar para él. La sensación en ese momento, al tomar su mano débil y caliente, no fue comparable con nada que hubiera experimentado anteriormente, con cualquier otro contacto humano. Se me erizaron todos los pelos de mi piel y una rapsodia de colores invadió toda mi anatomía. A falta de una analogía mejor, fue como si una manada de elefantes me recorriera entera. Tal fue el efecto devastador y desconcertante.

En la UCI solo se permitían diez minutos de visita por la mañana y otros diez por la tarde. No quería dejar a la familia de Saul sin verle, pero tampoco podía contrariar su primer deseo tras despertar de nuevo a esta vida que ya me costaba imaginar sin él.

―Has vuelto… ―Apenas me salían las palabras, porque un nudo invisible, que podía notar dentro de mi garganta, me impedía expresar todas las cosas que me hubiera gustado decir justo en ese preciso momento.

Por espacio de casi un minuto, solo nos miramos en silencio. Creo que él agradecía mi presencia, como el ancla al que cogerse tras haber naufragado. Y yo, aún incrédula de que hubiera regresado de allá donde quiera que hubiera estado aquellas horribles horas de ausencia, me aferraba a sus ojos, que me aseguraban que las buenas noticias eran reales.

―Gracias por quedarte a mi lado ―consiguió pronunciar con enorme esfuerzo.

Le apreté la mano como si con ese gesto le contara todo lo que mi boca no quería hablar, y me incliné para darle un beso en la frente. Al notar su piel caliente sobre mis labios, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Creo que él fue perfectamente consciente, porque me sonrió con su característica sonrisa de lobo, esa que ni la fiebre ni la UCI eran capaces de esconder.

Me retiré para dejar que su familia lo viera y me fui a dormir a mi casa, que pisaba por primera vez en seis días.

Nada más entrar por la puerta de mi pequeño apartamento me sentí tan extraña, como una extranjera en mi propio hogar, que barajé, por un instante, la posibilidad de volver al hospital y dormir a pierna suelta en la sala de espera. Ante mi aparente cansancio extremo, deseché ese pensamiento, que rayba en la locura, y me metí en mi cama, mi vieja y cómoda cama, y allí dormí casi dieciséis horas seguidas, algo que mi cuerpo realmente agradeció.

Y ahora, una semana después, con la sensación de haber dejado atrás la incertidumbre y el miedo a que no volviera más, Saul bromea con todo su sentido del humor intacto y yo, contagiada por su buen talante y por su magnífica recuperación, no puedo por menos que unirme a sus risas y sus bromas.

Aún tengo miedo. Mucho. Y eso no lo voy a negar, porque en mi cabeza y en mi cuerpo están pasando muchas cosas desconocidas hasta ahora, y mentiría si dijera que soy perfectamente capaz de gestionarlas sin volverme loca. Ni Saskya ni mi poca experiencia vital previa son capaces de ayudarme a decidir cómo vivir los sentimientos y sensaciones que estoy experimentando estos días.

―No puedes negarme una cita ―sigue riendo Saul―. Casi me muero, recuérdalo.

―Esa excusa no te va a servir siempre, así que ahórratela.

―Venga, al menos me tiene que servir ahora ―dice incorporándose en la cama―. Ni siquiera he salido del hospital y ya me estás negando cosas. Eso no va a venirle nada bien a mi recuperación, y lo sabes.

Me gusta que se ría y que, poco a poco, vaya recuperando el color y las ganas de hacer chistes, aunque a veces los siga haciendo a mi costa. Verle de nuevo como el antiguo Saul (versión mejorada porque ahora me llama por mi nombre y me trata de tú), tiene un fantástico efecto también en mí, que no dejo de sonreír a todas horas y de andar por la vida recordando nuestras conversaciones en esta cama de hospital. Porque de aquí me he movido casi exclusivamente para dormir (poco) y comer (menos) cada día desde que volví de mi casa, recuperada del cansancio de las horas aciagas de su ingreso de urgencia.

―¿Sabes lo que haría si me dijeras que sí? ―inquiere levantando una ceja y pintando sus labios con una sonrisa preciosa.

―Miedo me da saber la respuesta a esa pregunta.

―Deberías tener miedo, claro que sí ―se carcajea mientras yo pongo una mueca de falso disgusto―. No, en serio. Si me dijeras que sí y me dejaras sacarte por ahí, te enseñaría cómo una cita puede ser lo más bonito del mundo, sobre todo si tienes a tu lado a un tipo tan atractivo y tan irresistible como yo.

―Y tan modesto.

―Sí, no nos olvidemos de mi proverbial modestia.

Sus ojos brillan ajenos ya a ese frío casi glaciar de los primeros días. Está relajado, sereno, confiado y… feliz. Nunca lo había visto así y creo que es producto de lo que la enfermedad le ha procurado: un momento de descanso en el que poder pensar y dedicarse a ser él mismo por primera vez en mucho tiempo. Lejos está el señor entrajetado, serio y mordaz; el esnob y el arrogante que usaba los vocablos más imposibles del diccionario o las indirectas más frías y cortantes. Y todo ha pasado en apenas dos semanas… es increíble lo que una persona puede cambiar a los ojos de los demás solo si se deja llevar y se olvida de interpretar el papel con el que se disfraza a diario. Cosa de la que yo tampoco me puedo abstraer, porque una parte de mí también se ha desenmascarado y desnudado, incluso ante mí misma.

Con él, ahora, me siento tan a gusto como encima de mis patines, como si estar sentada en esta habitación intercambiando bromas y confidencias fuera el equivalente a volar en el Rink como cada domingo. Porque no solo de bromas se nutre esta nueva relación recién surgida, hablamos de todo y de todo damos nuestra opinión.

El domingo pasado, con Saul ya fuera de peligro, fui a patinar y me sentí un tanto extraña, como si ese lugar empezara a ser de las pocas cosas que no le pertenecían a mi pequeña amistad con él. Seguía siendo mi reducto, mi oasis, el solaz donde refugiarme, y así creía que debía seguir.

Encontrarme allí con Marcel, intercambiar los últimos detalles de la que será una de las noches más bonitas para él y su relación con Stella, danzar al son de una música invisible que solo suena en mi cabeza cuando me deslizo sobre el hielo… el Wollman Rink es mucho más hogar, para mí, que cualquier lugar con cuatro paredes de esta ciudad o de cualquier otra.

―Te propongo una cosa ―me dice él, sacándome de mi ensimismamiento―. Tú decides el plan y, por supuesto, para no desobedecer ese contrato al que tanto te gusta encomendarte, no habrá ninguna insinuación por mi parte. Ahora, si a ti te apetece propasarte conmigo… creo que te dejaré.

Rubrica su proposición con una sonrisa de esas que desarman y que hacen que mi corazón empiece a latir a doscientos por hora. Momentos así, de esos en los que el pecho hasta me duele de lo desbocado que anda mi corazón, está habiendo muchos estos días. Si a eso le sumo las vueltas de la cabeza, las dudas y el miedo atroz a las cosas nuevas que estoy sintiendo, creo que estoy al borde de un colapso nervioso.

De pronto, algo dentro de mí me insta a que me suelte la melena y haga lo que mi interior me está gritando. Y lo hago, decido dar un paso al frente y romper las cadenas que me atan a un pasado que ha resuelto demasiado tiempo por mí. Decido hacer caso a Saskya y vivir un poco, porque puede que no me haga tanto daño como siempre he temido.

―¿Qué haces el viernes por la noche? ―inquiero de pronto, sin ser realmente consciente de que esa pregunta puede cambiar mi vida para siempre.

 

*****

 

―No vas a contarme de qué va todo esto, ¿verdad? ―pregunta Saul a las puertas de Central Park, receloso y divertido a partes iguales.

Son las nueve de la noche y, a estas horas y con este frío, la gente no suele entrar sino salir del parque. Con actitud misteriosa, le indico que me siga y que se mantenga calladito. Es una sorpresa y no puedo contarle los detalles hasta que no lleguemos al punto exacto donde todo va a suceder.

Va vestido con sencillez, con unos vaqueros y una cazadora de piel negra, que le sienta como un guante. Alrededor del cuello, una bufanda caqui completa el cuadro, confiriéndole al conjunto una nota de diez en atractivo. Ha perdido peso desde que cayó enfermo, pero nada grave que le reste puntos a ese cuerpo esbelto, a su cara de anuncio y a sus ojos de ensueño. En su cara, una barba corta que no se afeita desde que ingresó en el hospital y que se ha negado a quitarse al salir de él. Cuando he abierto la puerta de mi casa esta tarde y me lo he encontrado así, apenas he podido disimular lo mucho que me gustaba lo que veía.

Ha venido a buscarme con su coche de tropecientos miles de dólares y su chófer uniformado, y yo le he pedido que los mandara de vuelta a casa. Es mi cita y hoy mando yo. En mi cita se toma un taxi hasta el parque y luego se camina, pese al frío de mediados de febrero, y se disfruta de la ciudad y de Central Park.

Él se ha mostrado de acuerdo todo el rato, sin osar llevarme la contraria, cosa que yo he agradecido profundamente, aunque no se me ha pasado por alto que dé su brazo a torcer sin hacer el más mínimo amago de protesta. Eso sí que es raro en Saul Coleman, así que mantengo mi nivel de alerta alto, porque no creo que se amolde a mis planes sin hacer ninguna sugerencia o cuestionar algún punto de mi programa secreto

―¿No crees que es mejor ir a cenar antes de pasear por Central Park? Ya es tarde… ―Y ahí está. Había tardado.

―¿Tienes hambre? ―le pregunto con una falsa dulzura que enmascara una sonrisa que trato de ocultar. He ganado una apuesta contra mí misma y tengo ganas de celebrarlo.

Él asiente y yo me acerco al carrito de perritos calientes que hay a la entrada del parque. Estamos justo en el mismo sitio donde conocí a Fanny y a la pequeña hermana de Saul, hace ahora un mes, y pese a la hora, el bullicio alrededor de Columbus Circle es bastante animado. A nuestro alrededor, carruajes de caballos a la caza de turistas y parejas de enamorados, artistas callejeros, vendedores de suvenires y carros de comida se disputan el espacio alrededor de la entrada más concurrida de Central Park.

―¿Esta es tu idea de una cita? Cómo se nota que no has tenido ninguna antes en tu vida ―dice irónico mientras toma en sus manos el perrito cubierto de mostaza que le entrego.

―Fue tu idea que yo eligiera.

―Claramente fue muy mala idea, dado que la cosa era que tuvieras una experiencia por la que no habías pasado antes. ¿En qué estaría yo pensando al dejarte llevar las riendas? ―se lamenta antes de darle un generoso bocado al perrito.

―¿Y qué hay hasta ahora que te disguste? ¿Es que tú lo hubieras hecho mejor?

―Para empezar, te hubiera recogido con mi coche y con mi chófer ―comienza entornando los ojos como ideando una cita perfecta tal y como eso existe en su cerebro―. Te hubiera llevado a cenar a un sitio que te hubiera hecho llorar de placer al probar sus delicias culinarias y, luego, de haber elegido Central Park, lo recorreríamos sentados ahí, en uno de esos preciosos carruajes de caballos, bajo una cálida manta, muy juntitos para darnos calor y compartiendo confidencias y, quizá, besitos y arrumacos.

―Pero entonces no me enseñarías nada nuevo ―protesto con vehemencia.

―¿Cómo que no? ¿Es que acaso ya has tenido alguna de esas cosas?

―Por supuesto que no ―contesto tras pagar al vendedor (lo que me ha costado una mirada de reprobación de Saul por no cogerle el billete de cincuenta dólares que me ha tendido para abonar la cuenta)―. Pero muchas chicas antes que yo sí, muchas féminas agasajadas por sus caballeros andantes en cientos de películas y novelas románticas. Si eso es lo que quieres enseñarme, te lo puedes ahorrar. Una cosa es que no lo haya experimentado antes y otra que consiguieras impresionarme con ese conjunto de planes de manual.

―Vaya…

―La verdad es que te creía más original ―digo con una sonrisa socarrona.

Diana, uno. Saul, cero. Sienta genial poder marcarle un gol por la escuadra de vez en cuando.

Me mira durante un instante con esos ojos que expresan respeto y me encanta saber que le puedo ganar, aún, en alguna de las batalles que nos queden por librar.

Le indico el camino a seguir y recorremos pasos parecidos a los que nos llevaron hasta el Mall el día que conocí a Fanny y a Olivia. La noche, aunque fría, está despejada y hermosa, con un cielo donde brilla tímidamente una luna en cuarto creciente y un millar de estrellas. A nuestro lado pasean algunas parejas, aunque casi todas lo hacen en sentido contrario, abandonando el parque ya a estas horas. Nos comparo con los demás y creo que destacamos sobre el resto, sobre todo porque mantenemos cierta distancia de cautela.

Al pasar cerca de la pista de hielo, evito conscientemente hablarle de lo que ese lugar significa realmente para mí, y pasamos de largo como si no fuera importante. Yo le hecho una mirada fugaz y veo que ahí resisten tres o cuatro valientes, patinando con tenacidad pese a lo avanzado de la jornada. Me parece distinguir una melena rubia al viento y sonrío al pensar en la magia que esa noche le tiene reservada.

―La verdad es que creo que nunca había estado en Central Park a estas horas en invierno ―reconoce Saul mientras caminamos por el Mall, bajo la alameda que circunda este precioso paseo, en parte alma de Central Park.

―Pero si vives al lado. No soy capaz de creerte. Si yo viviera más cerca… creo que ni saldría de aquí.

―Pues créeme. En verano he venido a conciertos y a pasear con Wagner, pero en invierno… no sé, no me parece un lugar acogedor cuando hace frío. ¿Te parece una locura?

―Una completa y total locura ―sentencio de lo más seria―. Central Park puede ser muchas cosas, pero jamás poco acogedor. Aquí la gente viene a desconectar, a ser recogido, a encontrar consuelo. Y da igual la hora del día, la estación del año o si es de día o de noche. Aquí siempre hay un lugar, un rincón, que te hace sentir bienvenido.

Se para un segundo y me mira como si estuviera un poco loca. Y quizá lo estoy, no sé. Quizá a mí este lugar me salvó de tantas cosas y me ha dado tanto, que lo tengo altamente idealizado. Tanto, como para hacerle la mejor publicidad del mundo y tratar de ganar adeptos. Incluso de entre el público más escéptico, como parece ser el caso de Saul.

―Me gusta la vehemencia con la que hablas cuando algo te entusiasma ―dice, despacio, acariciando con sus palabras mi corazón que, otra vez, amenaza con salirse del pecho ante el suave sonido de su voz y sus ojos, brillantes, cálidos, cercanos―. Me gusta que defiendas tus locas ideas. Me gusta que no sepas lo que es una cita y te empeñes en organizar una y que, incluso, me acabes sorprendiendo. Me gusta… me gustas tú. Mucho.

Me acaricia la mejilla en un gesto hermoso, honesto, que me llena de un miedo desconocido hasta entonces. Él no lo sabe, pero mi interior se debate entre salir corriendo o entregarse a esa caricia, la primera real de toda mi vida. Una lágrima se escapa de mis ojos sin poder detenerla y él, en un acto que me deja desarmada y más vulnerable que nunca, la limpia con las yemas de sus dedos.

Y me besa. Un beso lleno de sensaciones que deposita en mi frente, como un padre amante a su pequeña niña antes de decirle un buenas noches lleno de cariño. Cierro los ojos y no sé si gana la decepción de que no haya dejado ese beso en mis labios, o el alivio de no tener que responder a sus labios y dejar así patente que nunca he recibido un beso de amor en toda mi vida.

Noto que estoy temblando, y no sé si es de miedo o de ganas de que siga así, cercano y mío.

No soy consciente de cuánto tiempo pasa, un segundo o una hora, hasta que nos separamos ligeramente, sonriéndonos con una timidez nueva entre ambos.

―Entonces… ¿dices que te está sorprendiendo la cita? ―Intento que todo suene normal, aunque siento hasta un dolor físico cuando él retira su mano de mi mejilla―. Pues espera y verás. Aún no has visto nada.

Nos ponemos en marcha de nuevo, siguiendo el camino marcado por el Mall. Saul se acerca más a mí, eliminando esa distancia prudencial que hasta entonces nos había diferenciado del resto de parejas con las que nos cruzamos.

Me toma de la mano y, ese pequeño gesto, hace que me sienta como en casa, algo que me llena de una confianza desconocida hasta la fecha. Siento su calor, su presencia, su protección a mi lado y, segura, esbozo una sonrisa. Todo parece más fácil de lo que me había temido, y aún no siento ganas ni de salir corriendo ni de pedirle que me deje sola. Y creo que eso es bueno, muy bueno.

Poco a poco llegamos a Bethesda Terrace y la adrenalina toma el control de mi cuerpo. La gente que Marcel ha congregado se encuentra bajo la terraza, en el túnel que da acceso a la fuente del ángel alado. Somos muchos, y sonrío al comprobar el poder de convocatoria de mi amigo. Al fondo distingo a Saskya y a Danno, a los que yo he pedido que vengan y se unan, y cuando veo que mi amiga y su hijo se acercan, suelto rápidamente la mano de Saul. Por razones más que obvias, no quiero darle a Saskya más motivos para hacer chistes o soltarme sermones sobre soltarme la melena.

No obstante, dejar de sentir su mano dentro de la mía hace que vuelva a creerme huérfana y un poco perdida. No puedo evitar echarle de menos, pese a que está aquí, al lado, tan cerca que estoy segura de que puede oír el violento latir de mi corazón desbocado.

Estoy nerviosa por presentar a Saul y Saskya. Vuelvo a notar que tiemblo, aunque este temblor poco tiene que ver con el que él me provocó hace apenas unos minutos solo con rozar la piel de mi mejilla.

―¡Esto es muy emocionante! ―exclama mi amiga en cuanto llega hasta nosotros―. Gracias por invitarnos.

―Habla por ti ―se queja Danno, que lleva el brazo escayolado, secuela de su atravesamiento de pared nivel olímpico de la semana pasada.

―Tú te callas ―le espeta su madre cortante―. Estás bajo mi vigilancia extrema hasta que se pase el castigo o hasta que me pagues los desperfectos del salón. Lo que ocurra antes. Y viendo que estás bastante corto de efectivo, creo que me vas a acompañar mucho en los próximos meses.

La amarga mirada que Danno le dedica a su madre lo dice todo. Y no sé si sentir más lástima de él o de ella en una situación como esta. No sé cuál de los dos se cansará antes de estar siempre pegados.

―Tú debes de ser el superjefe, supongo ―dice Saskya dirigiéndose a Saul y provocando que yo trague en seco, conteniendo unos nervios que veo difícil que pueda disimular durante la velada.

―Saul Coleman, encantado ―le responde él tendiéndole la mano y mostrándole una de sus sonrisas buenas, las que son amables y cálidas, de las que esconden al lobo y no dejan salir al depredador. Y, claro, mi amiga se muere del gusto ante un saludo tan abierto y acogedor, y ante una sonrisa que le llega a los ojos y los hace brillar. ¡Dios, qué guapo está cuando hace eso! Casi siento celos por no ser yo la que recibe ese saludo y esa sonrisa.

―Saul, esta es Saskya Kolesnik, mi mejor amiga, casi mi hermana ―acabo la presentación.

―Por edad, casi su madre ―ríe ella coqueta, aunque sin esconder nada que no salte a la vista.

Me da la sensación de que se caen bien al instante, y algo en mi interior se relaja y suspira de alivio. No sé por qué, pero esto suponía para mí un paso bastante importante: si Saskya y Saul no se llevaran bien, creo que la armonía no sería posible en mi vida.

―Y este es Danno, mi hijo, aunque cada día que pasa me arrepiento más del parentesco, casi prefiero que no nos relacionen ―bromea Saskya mientras le dedica a su hijo una mirada de desaprobación, pero, también, cargada de todo su amor de madre.

Saul saluda a Danno con la cabeza y este le devuelve el saludo. Con Danno nunca se sabe… quizá Saul no le guste, como el último novio de su madre y también acabe por provocarle quemaduras de segundo grado y mandarlo al hospital del que acaba de salir. Se acerca más a nosotros y, tras observarle por espacio de veinte segundos, por fin, da su visto bueno y le ofrece su mano izquierda, la que está libre de escayola y cabestrillo.

Los corrillos de gente, en ese momento, empiezan a organizarse. Se acerca la hora señalada y debemos atenernos a lo pactado con Marcel.

Mi amigo ha planificado una proposición de lo más romántica y multitudinaria. Su idea es simple, pero, si sale bien, tremendamente efectista. A estas horas, ya debe de haber pasado a buscar a Stella por la pista de patinaje, donde han quedado para dar un paseo. Él la traerá hasta Bethesda y aquí ocurrirá todo. La magia, la sorpresa, la proposición y el triunfo de un amor que tiene mucho que superar.

En los minutos siguientes, pongo a Saul en antecedentes de lo que vamos a tener que hacer. En su cara, divertida y risueña, se refleja también un punto de incredulidad, como si no acabara de creerse que nuestra cita vaya a tener lugar dentro de la propuesta de matrimonio de otra persona. Le cuento que, cuando oigamos al coro que Marcel ha preparado para ponerse a cantar junto a él y Stella ahí arriba, de espaldas a la fuente, nosotros saldremos del túnel, en silencio, y nos colocaremos en torno al ángel alado, las escaleras y la terraza, para representar nuestro papel. Mientras se lo cuento, alguien nos ha puesto entre las manos una vela a cada uno, elemento sin el que la función no estaría completa.

―No puedo negarte la originalidad ―acaba por conceder cuando termino de contarle la parte activa que nos corresponde en toda esta representación.

―Te dije que aún no habías visto nada ―le digo guiñándole un ojo.

―No me sé la canción.

―No te preocupes, el resto de los asistentes la trae preparada. Tú limítate a mover los labios.

―Sobre los tuyos… eso sí que sería emocionante.

Y me mira con una sonrisa pícara que hace que desee que eso que me propone se convierta en una realidad. Aquí y ahora.

De repente, todo a nuestro alrededor se impregna de un silencio casi mágico. El momento se acerca y nada puede salir mal, mucho menos por un incesante susurro que provenga justo de debajo de los enamorados.

Entre toda la gente que nos rodea, en la sobriedad de ese silencio irreal y maravilloso, miro a Saul a los ojos, y algo me recorre por dentro. Unas ganas de quedarme anclada a sus pupilas, al tacto de sus manos y al calor que desprende su cuerpo, muy cerca del mío, tanto como para quemarme.

Son sensaciones desconocidas, agradables, pero profundamente desconcertantes, tanto que hacen que el miedo aumente y rivalice con las ganas de sentirle aún más cerca. No sé el tiempo que pasa, cuántos minutos o segundos empleamos en llegar a las profundidades del otro a través de una simple mirada, pero está claro que ninguno de los dos quiere que eso acabe.

Entonces, mientras oímos el sonido suave de un coro de voces que comienza a cantar Just the way you are de Bruno Mars y la maquinaria del evento que nos ha traído aquí se pone en marcha, él se inclina sobre mí y, esta vez sí, posa sus labios sobre los míos y, por un dulce momento, el miedo se esfuma de mi interior, convirtiéndome en un ser tan libre como la muchacha que vuela sobre el hielo cada domingo por la mañana.

Es un beso suave, como de aproximación y toma de contacto, pero despierta algo en ambos, algo que no podemos negar: ganas de más.

And when you smile
The whole world stops and stares for a while
'Cause girl, you're amazing
Just the way you are.

―¿Ya nos toca? ―susurra cuando despega sus labios de los míos y me sonríe con una expresión inescrutable en sus ojos claros.

―En un segundo, espera que enlacen con la siguiente canción.

Sé que me tiembla la voz, y hasta las piernas, así que no estoy segura de que vayan a sostenerme al salir de aquí junto a él. Por eso me apoyo en su brazo, que él toma sin rechistar y sin apartar su extraña mirada de la mía. Entonces, cuando las notas de la voz de los chicos cambian y se oye Marry you, el casi centenar de personas que nos hallamos escondidos bajo la terraza, encendemos nuestras velas y empezamos a salir lentamente.

Por el sitio en el que estamos colocados, somos de los primeros en salir, así que, otra vez cogidos de la mano, le indico que me siga, escaleras arriba. Vamos a tener un palco de excepción para vivir este mágico momento.

Nos colocamos todos alrededor de Bethesda tal y como lo teníamos planificado, llenando todo el espacio disponible, componiendo una imagen de una belleza sublime, llena de pequeños fuegos y hermosas estrellas en el cielo, y amplificada por las notas de todos los congregados allí, que nos vamos sumando al coro, al entonar a capella y muy despacio, las estrofas importantes de la canción de Bruno Mars.

Is it the look in your eyes,
Or is it this dancing juice?
Who cares baby?
I think I want to marry you.

Marcel y Stella se miran a los ojos, en una comunión perfecta que solo ellos son capaces de comprender. Es hermoso verlos, tan quietos, tan expectantes.

Cuando acabamos de cantar, vuelve el silencio a inundarlo todo. Nada se mueve salvo Marcel, que se arrodilla junto a una Stella emocionada y quieta como una estatua, y le hace la pregunta más importante de su vida.

―Stella, mi amor. Nada me haría más feliz que pasar el resto de mi vida contigo ¿me harías el honor de casarte conmigo?

Ni un susurro, ni el movimiento de una mosca… nada. La magia es tal que todo el mundo participa dejándoles el espacio que necesitan. Entonces, como saliendo del hechizo que nos tiene a todos cautivados, Stella se abraza a Marcel y permanece ahí, diciéndole cosas al oído, confidencias de amor, emociones contenidas o expresando la sorpresa de tal enorme acto de amor.

Cuando se separan, aún me cuesta comprender un rato lo que está a punto de suceder. No puedo entender de inmediato por qué ella ha dado un paso atrás o por qué niega con la cabeza. Menos aún, por qué una lágrima solitaria destaca en su mejilla, iluminada por la luz de las pequeñas antorchas que portamos y que la rodean.

Solo cuando Stella sale corriendo entre la gente y su melena rubia y brillante se pierde en la noche de Central Park, me doy cuenta de que mi pequeño Marcel no ha tenido su final de cuento de hadas pese a todos sus esfuerzos e ilusiones.