Capítulo 17
Yo solo tenía trece años
―¡Diana! ¡Diana! ―oigo la voz de Saul a mis espaldas, mientras corro lejos de él y de todo cuanto me rodea. Solo sé que debo huir y esconderme o voy a acabar por desmoronarme.
Salgo del Plaza como alma que lleva el diablo y me cuelo dentro del primer taxi que hay en la cola de espera en la misma puerta del lujoso hotel.
Lloro, me desespero y deseo desaparecer del mundo porque, ahora mismo, me quema tanto el pecho y es tanto el miedo que me invade, que no quiero seguir aquí. Las palabras de Saskya han traído de nuevo al presente ese terror perpetuo con el que he vivido media vida, hoy hecho realidad otra vez, la pesadilla que no me ha dejado dormir no sé cuántas noches.
Y Saul, pobre Saul, que no tiene la culpa de nada, que no sabe de todo esto, que no es más que el gran damnificado de mis fantasmas y mi pasado de mierda. Lo dejo atrás, llamándome, intentando asirse a la idea de una Diana sin equipaje. Una Diana que no existe en realidad, por mucho que yo haya querido hacerme pasar por todo lo contrario.
Le pido al conductor que vaya más deprisa. Necesito escapar cuanto antes. Cuando las lágrimas ya no me dejan ver, saco un pañuelo de mi pequeño bolso de noche y me estremezco de frío. ¿En qué momento se me ocurrió salir disparada de la gala con el único abrigo que supone mi vaporoso vestido de seda rojo? ¿Por qué no pensé en blindar mi cuerpo contra el frío, ese que, pese a que no le llega a la suela del zapato al frío que siento ahora mismo dentro de mi alma, sería capaz de dejarme postrada en cama una buena temporada por culpa de una estúpida neumonía?
Tengo la mente ofuscada por culpa del miedo y eso no me conviene. Intento serenarme, coger las riendas de esta situación y mantener mi intranquilidad bajo control. Pero no sirve de nada, el temor está demasiado arraigado bajo mi piel.
Cuando llego a mi apartamento, subo las escaleras como si mi amenazante pasado me pisara los talones. Pero, una vez traspaso el umbral de mi casa, no sé qué hacer. Me quedo tan paralizada como una estatua y a punto estoy de desmoronarme. En algún momento, no sé muy bien cómo, decido buscar mi única maleta y llenarla con cuatro cosas. Y huir, escapar de todo y no volver jamás a dejar que me encuentren.
No es difícil de localizar, creo que toda la vida he mantenido esa maleta cerca por si llegaba este momento. Así que la saco, pienso un par de segundos, y arremeto contra mi armario, del que saco, atropelladamente, un par de camisetas, un jersey, dos vaqueros y una bufanda. De la cómoda saco ropa interior para varios días y, antes de cerrarla a modo de conclusión de esta etapa, me paralizo de nuevo.
¿Qué estoy a punto de hacer? Justo ahora que todo empezaba a cuadrar, a tener sentido, justo ahora que mi corazón estaba volviendo a latir y mis sensaciones me decían que, de nuevo, estaba viva, el pasado vuelve para arrebatármelo todo. Y parece que se lo voy a permitir, que mi capacidad de lucha ha muerto y que en mi lugar está de nuevo la niña que no supo nunca cómo defenderse. La que se escondía, la que aguantaba las palizas, la que dejó que la mancharan… la Diana sin esperanzas, confianza ni futuro. La niña del circo, la que quería morirse cada noche cuando la devolvían a su colchón, después de hacerla sentir como un trozo de vidrio roto.
No sé cuánto tiempo permanezco en esa especie de impasse, hasta que unos golpes secos en la puerta me sacan de mi trance.
El corazón me late a mil por hora mientras decido si abro o me escondo. No soy capaz de enfrentarme a nada ni a nadie. Si detrás de esa puerta está Keyan y toda su furia, mi pasado y todos mis pecados, prefiero ignorarlos, aunque me sigan persiguiendo toda la vida. Sigo siendo una cobarde y me odio por ello.
―Diana, abre de una vez. Sé que estás ahí ―la voz de Saul me causa tanto alivio como temor. Justo ahora no necesito su presencia, justo ahora lo que toca es huir y desaparecer.
Me resisto a abrir y comienzo a temblar por la inquietud que me invade.
―Por favor ―suaviza sus palabras, casi me acaricia con ellas a través de la puerta que nos separa―. Por favor…
Doy un paso hacia él porque su súplica apela, por una vez, a mi sentido común y porque, aunque parezca una locura, esa voz y esas palabras me hacen sentir a salvo. Y, aunque no sea suficiente, al menos tengo que decirle adiós mirándole a los ojos.
Abro la puerta y me lo encuentro ahí delante. Su semblante está cargado de preocupación, sus manos crispadas alrededor de mi abrigo, sus pies, férreamente anclados al suelo que pisa y que ha decidido no abandonar sin luchar.
Las lágrimas manchan mis ojos y caen sin ninguna consideración por mis mejillas. Son libres porque hoy las he dejado tomar el control y porque ahora mismo no se me ocurre otra cosa que hacer más que llorar. Más aún después de verlo ahí, parado en mi puerta, con ese porte de caballero andante, esa mirada llena de intenciones, esos brazos que quiero que me rodeen y me consuelen.
Y él los abre, como si me escuchara pensar, como si solo estuviera aquí para eso. Deja caer mi abrigo caro a sus pies y abre esos brazos fuertes y cálidos, invitándome a perderme en ellos, a buscar refugio, a resguardarme de la tormenta que me está arrasando por dentro.
El miedo, por un instante, se empequeñece tanto que hasta puedo dominarlo, sacarlo de mi cuerpo y vencerlo. Arropada por él, por su abrazo protector y su aliento en mi nuca, me siento un gigante que puede aplacar los temores con solo soplar sobre ellos. Es una sensación fugaz, pero es tan reconfortante que el alivio hace que, de pronto, parezca una pluma, y mis piernas hasta flaqueen.
Saul se despega de mí apenas unos centímetros, lo suficiente como para mirarme a los ojos y buscar las respuestas en ellos.
―Cada vez que doy un paso hacia ti, tú das dos en la dirección opuesta… ―susurra muy serio. Y yo me estremezco de la cabeza a los pies por todos los sentimientos y significados que encierra esa frase―. Acabaré por perderte de vista. Y eso me matará.
Respiro hondo. Respiro tan hondo que noto cómo mi corazón bombea sangre a todos los rincones de mi cuerpo, incluso a los más pequeños, escondidos y recónditos. Y la sensación de hogar de esa frase, de esa declaración de intenciones que acaba de pronunciar, es tan hermosa que hace que me quiera morir.
―Saul, yo… ―No soy capaz de decir nada más. No soy capaz de explicarle que esto es un adiós y que no puedo ser quien he sido hasta ahora para él.
―He hablado con Saskya.
Mi corazón se salta un latido o dos al escucharle decir eso. Me mira serio y yo me separo de sus brazos, me alejo, me voy a mi habitación y cierro la puerta tras de mí. Necesito quitarme este vestido, volver a ser la chica humilde y sencilla que no va a galas benéficas ni se enamora de un hombre maravilloso al que no le puede ofrecer nada salvo oscuridad y un pasado espinoso.
Me pongo unos pantalones cómodos y un jersey de cuello alto, me calzo unas botas de cordones y piso bajo, y echo mano de mi cazadora de plumas, la más caliente y confortable que tengo. En todo ese tiempo, Saul me ruega, a través de la puerta, que no le haga eso. Que salga, que le cuente todo lo que necesito sacarme de dentro. Saskya no le ha podido contar mucho, no ha tenido tiempo de hacerlo. Tampoco tiene ningún derecho a airear mi vida, mis fantasmas y mis sombras.
―Vete, por favor ―le suplico en apenas un suspiro cuando por fin logro reunir el valor de salir de la habitación y enfrentarme a él. Aunque no creo que sea tan fácil hacer que se vaya con todos los interrogantes que sé que le están martilleando la cabeza.
―¿Qué es eso? ¿Te marchas? ―me pregunta señalando tras de mí, a la maleta que aún está abierta y expectante encima de mi cama.
Asiento con la cabeza, sin lograr que salga una sola palabra de mis labios, y él cierra los ojos y se masajea el puente de la nariz. Está cansado. Quizá cansado de mí, y no le culpo.
―Aún estamos a tiempo de no necesitarnos tanto que ya no podamos separarnos. Tú aún estás a tiempo de escapar de esto, de mí. Y de lo que he sido.
Suelta una carcajada amarga y me mira como si no estuviera de acuerdo con mis palabras, como si las pusiera todas en duda.
―¿Por qué no me dejas decidir a mí si tengo que escapar de ti o no? ―pregunta con una amargura en la voz que hasta ahora le desconocía―. ¿Por qué no tengo derecho a saber eso por lo que has decidido que es mejor marcharse? No estoy de acuerdo con nada de lo que has dicho… creo que para mí ya es tarde, ya te necesito en mi vida, y no me pienso rendir.
―Saul…
―Y sé que, por mucho que lo niegues, tú también me necesitas.
El silencio que sigue lo inunda todo en mi pequeña sala. Saul me da la espalda, a mí y a esa maleta abierta que tanto le ha herido, se quita su abrigo y se sienta cansado en el sofá. No tiene ninguna intención de irse y no sé si eso me alegra o me aterra en mayor medida. Supongo que se queda en una mezcla explosiva de ambas cosas, lo que me hace volverme medio loca de alegría y de miedo.
Y, sin más, sé que tengo que abrirme y darle una explicación. Como si su actitud de lucha pasiva se la hubiera ganado.
Cojo aire, lleno con él mis pulmones. Y me abro en canal delante de él.
―Nací en el peor año de la historia para mi país Nací en un sitio que, en apenas unas semanas, se iba a convertir en una ciudad fantasma. Marussia, mi madre, aún estaba convaleciente de lo difícil que había sido el parto que me había traído al mundo, cuando dieron orden urgente de evacuar la ciudad. Mi abuela, paralítica y esquizofrénica, se negó a irse, y mi madre nos puso a mi hermano Keyan y a mí en brazos de mi padre, al que le pidió que nos sacara de Prípiat, asegurándole que ella nos encontraría más adelante. Según mi padre, tuvimos suerte, salimos pronto de la ciudad porque le dieron un soplo afortunado de que algo malo pasaba. Además, teníamos tabletas de yoduro de potasio, y respiradores en casa, algo de lo que no todo el mundo pudo disfrutar y que, a la larga, resultaría fatal en muchos casos.
»Cuando mi madre lo hizo, cuando nos encontró y se reunió con nosotros, para ella ya era tarde. Se había quedado cerca, había tardado, había despreciado las medidas de seguridad y había acabado por abandonar a su madre, que se quedó en Prípiat y fue encontrada muerta allí tiempo después.
Hago una pausa y le miro a los ojos con un temor que me deja sin aliento. Esto es real… se lo estoy contando a alguien por primera vez en mi vida y no sé si mi corazón logrará soportar toda la tensión que este momento puede suponer. Él me sonríe y yo tomo asiento a su lado. Cuando me toma de la mano, yo cojo aire y me animo a mí misma a acabar lo que he empezado. Pase lo que pase o piense lo que piense de mí cuando haya acabado.
―Mi padre había trabajado en la central de Chernóbil hacía años, pero lo había acabado dejando por actividades sindicales y, fuera de Prípiat, le costó bastante encontrar algo de lo que ocuparse. Con los rumores de lo peligroso que era relacionarse con los evacuados de Chernóbil, pronto fue imposible que le dieran trabajo o le dejaran empezar una vida nueva. Ni dos niños pequeños, ni una viudez recién estrenada, ablandaba los corazones de los vecinos de los pueblos y aldeas por las que circuló en busca de algo que le permitiera mantenernos.
»Después del accidente del reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, las autoridades decidieron sacarse de la nada una ciudad nueva para acomodar a las más de cuarenta mil personas que habían sido evacuadas, Slavútich. Mi padre la descartó de inmediato. No quiso ni acercarse a ella. Tomó un tren y se alejó tanto como pudo. Primero con dirección a Kiev, y luego, siempre al sur, a Odesa.
»Mi padre contaba que el viaje fue duro, y más con un bebé. Afortunadamente era primavera y no hacía mala temperatura. Al llegar a Odesa y, como por obra del destino, se encontró en la estación de tren con el Circo Italiano de Carlo Novella Marini, que acababa de llegar a la ciudad. Mi padre tenía mano con los animales y ellos necesitaban un mozo que se encargara de alimentarlos y mantener sus jaulas limpias. El acuerdo se forjó en menos de diez minutos entre mi padre y la mujer del dueño, que cayó rendida ante la presencia del bebé que él llevaba en brazos. Por supuesto, no les contó que veníamos del lugar más peligroso de todo el planeta en esos momentos.
»Así fue cómo llegamos a instalarnos y a vivir en un circo. Crecer así fue emocionante y divertido por momentos, pero también caótico y desarraigado. A veces me daban ganas de escaparme y quedarme a vivir en alguna de las ciudades por las que el circo pasaba de gira. Otras, sin embargo, cuando me relacionaba con los niños locales, no podía estar más orgullosa de vivir en la carretera, no ir al colegio sino educarme en un tráiler con los otros niños que vivían allí, o pasar mis momentos de ocio jugando entre elefantes y leones.
Saul sonríe ligeramente al escucharme hablar de mi extraña infancia, la del circo, esas historias que él se moría de ganas por saber cuando se lo insinué durante su convalecencia. Podría estar horas hablando de aquellos años y de mis vivencias hasta que llegué a la adolescencia, pero creo que lo mejor es no alargar mucho el trance de desvelarle el dolor y la miseria que tuve que pasar entonces.
―Mientras crecía, todo parecía ir bien. Mi padre tenía trabajo y no le disgustaba, y Keyan, mi hermano, era todo mi universo. Estaba pendiente de que no me pasara nada, me daba sus raciones de sopa y carne cuando las cosas en el circo estaban apretadas y me defendía de todo y de todos como si yo fuera el ser más especial del mundo. Los cinco años de diferencia que nos separan podrían hacer pensar que no pertenecíamos a la misma generación, pero Keyan siempre jugó conmigo, siempre me consoló y siempre cuidó de mí por encima de todo.
»Fue así hasta que me dejó sola, justo después de que cumpliera los dieciocho años. Se largó a buscar su sitio en el mundo y mi corazón se rompió por primera vez en la vida. Se fue y apenas supimos de él en unos meses. Por aquel entonces, mi padre comenzó a beber más de la cuenta, y comprendí, de pronto, lo realmente sola y desamparada que estaba en el mundo. Solo la mujer del dueño del circo representaba algo sólido y real en mi vida, la figura de esa madre que perdí casi al nacer.
»Cuando Keyan volvió, estaba diferente. Sus ojos eran los de otra persona, su humanidad, también. Al parecer, se había unido a la banda de un capo mafioso de poca monta de la región sur, y había ascendido algunos escalafones a fuerza de mostrar una escalofriante falta de escrúpulos. Por más que quisimos negarnos a creer algo así del chico dulce y considerado que siempre había sido, la realidad siempre es más dura, durísima, y nos acabamos por convencer de la manera más cruel posible.
Me callo. Me cuesta entrar en esta parte de mi miserable historia personal. Un nudo en la garganta me la atenaza y siento que una lágrima solitaria les abre paso a las que, lo sé, le seguirán en unos minutos. Saul, que no se ha movido ni un ápice desde que tomara mi mano entre las suyas, presiente que entro en terreno resbaladizo, y se acerca más a mí, de una forma física, pero, también, de algún modo, lo siento emocionalmente a mi lado, sosteniéndome.
―Yo solo tenía trece años ―reanudo mis palabras, que llevan mudas media vida en mi garganta, que me duelen y que me piden a gritos que las saque de ahí, que conjure a mis fantasmas y los exorcice de una vez por todas―. Solo trece años, pero a él no pareció importarle eso. Entró en la caravana donde dormía y me tapó la boca. Me contó lo que iba a hacerme despacio, sereno, como si necesitara contarlo para hacerse él también a la idea, para demostrarse que se atrevía. Y yo, una cría sin otra cosa que inocencia dentro de mí, quise morir de horror, quise desaparecer por primera vez en mi vida. Me amenazó con cosas peores que con esa muerte que yo deseaba, y me pidió que guardara silencio y no rechistara si no quería ver las consecuencias de su ira.
»Me hizo vestirme con una ropa que había traído expresamente para mí, para ese momento. Mientras me vestía, con lágrimas en los ojos y las manos temblorosas, solo podía pensar en qué taberna se estaría emborrachando mi padre, por qué no estaba ahí para proteger a su pequeña de atrocidades como la que Keyan acababa de detallarme. Las prendas me quedaban ajustadas. Eran brillantes, chabacanas, de un gusto horrible y olían a humedad y a tabaco rancio. Sentí una nausea que reprimí a duras penas.
»Cuando acabé, me dio un lápiz de labios rojo y sombras azules para los ojos, intensas, de mujer mayor y experimentada. Me obligó a ponerme eso en la cara, aunque yo nunca me había maquillado en toda mi vida. No sé ni cómo fui capaz de hacerlo, porque temblaba como una anciana con párkinson. Al acabar de pintarme y mirarme en el espejo, vi una niña vieja, una muñeca ultrajada, una broma de mal gusto. Lloraba en silencio, y las lágrimas contribuyeron a desvirtuar y estropear aún más todo el burdo trabajo que el maquillaje mal aplicado ya había hecho.
»Después…
Me cuesta seguir. Tengo que parar para respirar. Y ni eso soy capaz de hacer sin que me duelan los músculos del pecho y mi corazón me inste a que pare y me esconda. Pero debo seguir… he llegado hasta aquí y ahora quiero, necesito terminar.
―Después me subió a una furgoneta nueva, brillante, como recién salida de la fábrica. Era como si no encajara con toda la sordidez de mi atuendo y mi maquillaje ridículo. Recuerdo que, durante todo el camino, para atajar el miedo y las ganas de vomitar, solo pensaba en que ese coche no podía ser tan nuevo y tan bonito, que no le correspondía serlo en ese momento tan grotesco e irreal.
»Keyan aparcó con rudeza a la puerta de un hotelucho de mala muerte. Me sacó sin miramientos del asiento del copiloto y, arrastrándome, me metió por la fuerza en el edificio. Entonces ya había empezado a tomar conciencia real de que sus palabras en la caravana eran ciertas y pretendía hacerme todo lo que me había prometido. El horror era tan profundo, que creo que estuve a punto de desmayarme en las escaleras que nos acercaban a la habitación 124 de ese hotel cochambroso, de una ciudad pequeña del sur de Ucrania.
»Mi hermano abrió la puerta y me empujó dentro, desoyendo mis lamentos. Como había empezado a renegar en voz alta, me dio un golpe en las costillas que me dejó sin aliento. Me dijo que no podía pegarme en la cara, para no estropearme, pero que había muchos sitios donde sí podía golpear, así que me aconsejó estar callada o me pegaría en un sitio diferente por cada sonido que saliera de mi boca.
»Ese no era mi hermano. Lo juro por Dios. Era una bestia, un ser humano que casi ni merecía ese nombre. Se había vuelto arrogante, violento, sarcástico y controlador. Tomaba toda clase de sustancias que lo hacían desvariar, y mezclaba todo con bourbon barato, que hacía que el aliento le oliera como a nuestro padre.
»A los pocos minutos de estar en esa habitación que apestaba a humo y a sudor, llamaron a la puerta. Keyan dejó entrar a un hombre que vestía un traje negro de aspecto corriente. Era calvo, tenía muchos kilos de más y una sonrisa tímida en la cara. Le dio a mi hermano unos cuantos billetes y Keyan le dijo que tenía hora y media. Después, mi hermano se fue y me dejó sola con ese hombre.
»Deseé desmayarme de veras, pasar por el trance sin ser consciente de nada. Ya no podía evitar el temblor recorriendo mi cuerpo y las lágrimas, que caían silenciosas, me empapaban la cara. Pese a todo mi miedo, el hombre no se aprovechó de inmediato. No se abalanzó sobre mí ni me exigió cosas. Primero se sentó a mi lado en la cama y me habló. Intentó calmarme y hasta hizo bromas. Parecía una buena persona y pensé que se había apiadado de mí. Pero… pero no lo hizo.
Ahora, tantos años después de aquello, aún vuelvo a temblar como lo hizo la Diana de trece años ante una pesadilla inesperada y la posibilidad de que el futuro tuviera esa forma horrenda, despiadada y brutal. Saul me pasa un brazo por el hombro en un gesto de cariño y me permite que me acurruque en su pecho, un gesto humano que me reconforta y calienta mi corazón, que sigue inundado por el dolor de aquella época tan negra y lacerante.
―Diana… ―susurra con una ternura que me parte el alma y hace que las lágrimas aún salgan con más fuerza―. No sigas… no tienes que contarme más.
Pero sí tengo que hacerlo, porque ahora necesito que lo sepa todo y que entienda mi vida, mis decisiones, mis acciones… a mí misma entera. Y que me tome o me deje con todas las consecuencias, sin sombras, sin mentiras, sin secretos.
―Me acabó acostando en la cama y me quitó toda la ropa ―continúo con mucho dolor, ahogándome cada poco por culpa del torrente de lágrimas que no dejan de manar de mis ojos, y del nudo de la garganta, que sigue ahí, impertérrito, sin querer desaparecer―. Me contempló como si yo fuera algo maravilloso, el cuerpo de una niña de piel morena, sin apenas curvas, sin vello púbico y con unos pechos aún sin destacar. Y luego… luego me atacó como una hiena ansiosa por despedazar la carne de su víctima inmóvil. Porque yo no me moví. Solo lloré y lloré, y decidí que me había muerto por dentro. Que era una piedrecita, una piedra de ese camino que me había traído desde el circo hasta esa habitación perdida. Le dejé hacer sin resistirme, sin oposición y él acabó rápido, satisfecho y feliz, mientras yo sentía que me ardía todo el cuerpo y que había sido mancillada y manchada por la vileza de mi hermano y el hambre depravado de ese hombre gordo.
»Apenas recuerdo cómo fue su entrada en mi cuerpo. La irrupción sexual que era la primera de mi vida, lógicamente. Sé que manché la cama, que se manchó él. Sé que sentí algo que me hería, que me partía en dos y luego, luego solo sombras difuminadas, que es como decidí que eso iba a pasar a formar parte de mis recuerdos: como una sombra oscura y sin detalles, sin recrearme en los pormenores innecesarios que me someterían a una muerte continua si volvía sobre ellos.
»Cuando Keyan vino a buscarme, estaba ya sola. Me felicitó porque el hombre había quedado muy satisfecho. Luego me enteré de que le había pagado a mi hermano dos mil grivnas, algo así como setenta y cinco dólares, por mi virginidad. Eso era todo lo que valía mi dolor y mi inocencia. Setenta y cinco dólares.
La amargura me inunda, y el odio, y la furia contra el despiadado proceder de mi hermano conmigo, una cría a la que debió haber amado y protegido. Una niña que lo veía con adoración y que perdió, de un plumazo, a su héroe y la confianza en el mundo entero.
―Aquella noche me hice pequeña, me rompí ―confirmo mirándole a los ojos, buscando en ellos comprensión―. Me rompí por dentro y los pedazos nunca han vuelto a recomponerse. Estoy rota… por eso y por todo lo que vino después. Aquella no fue la única vez. Por supuesto que no. Durante casi dos años aparecía de pronto por el campamento del circo, me cogía y me llevaba a donde fuera que alguien le pagara por pasar una hora conmigo. Cuando me negaba, me daba palizas y me llevaba de todos modos, medio muerta, pero me llevaba. Nunca conseguí librarme. Si acaso, después de que, quién fuera que le pagara, acababa conmigo, me dejaba que fuera al hospital a que me curaran una costilla rota o un hombro dislocado. Y en todo aquel tiempo, nunca, nunca, me tocó la cara. Nunca me pegó un puñetazo por encima del cuello y eso que, muchas veces, su furia era tal ante mi negativa a volver a dejar que me prostituyera, que a punto estuvo de hacerlo.
Noto cómo Saul se estremece bajo mis palabras, cómo le tocan por dentro y le hacen reaccionar de forma involuntaria. Su abrazo sobre mi cuerpo ya es total. Sus brazos me estrechan más fuerte, me abarcan entera, me está protegiendo instintivamente de tanta maldad y tanto sufrimiento pasado y, aunque pudiera parecer que las heridas sufridas (las del alma, sobre todo) ya son incurables a estas alturas, ese abrazo me demuestra que no, que se puede sanar con amor, con ternura, con el cariño y las atenciones de las personas que te aman por quién eres y no por lo que te obligaron a ser.
―Por eso huiste… cuando te pregunté si habías dejado Ucrania huyendo, jamás me imaginé… ―y calla. Porque aún le queda mucho horror por procesar, lo sé… porque esto no es fácil de contar, pero también sé que escucharlo, comprenderlo y asimilarlo tampoco debe de serlo.
―La mujer del dueño del circo me sacó de allí. Me arrancó de todo eso. ―Esta parte ya es más esperanzadora, y hasta mi ánimo ha cambiado―. Ella me montó en un avión y me trajo aquí, con quince años, a escondidas, con papeles falsos, con la promesa de mejorar.
―¿Y tu padre?
―Mi padre no hizo nada, nunca ―añado con una amargura que me parte el alma―. Se limitaba a vaciar botellas y a mirar hacia otro lado. Sé que le tenía miedo a mi hermano, que a él también le cayeron palizas y amenazas, pero un padre… un padre no abandona así a su hija.
Asiente. Él entiende esa parte pese a no ser padre. Porque los suyos lo protegieron pese a todo, pese a no quererse y no llevarse bien. Y me lo imagino a él de padre, atento y considerado, como lo vi ser con esa niñita que es su hermana y a la que le saca treinta y cinco años. Me lo imagino y se me calienta el corazón con una ternura que creía desconocida, porque yo nunca he querido eso para mí, nunca he pensado en traer hijos a este mundo que a mí nunca me ha llegado a aceptar del todo. Pero él… él sí sería un buen padre. Lo sé.
―El resto de la historia ya lo sabes, lo he contado hoy en la gala ―le digo con calma―. Esa parte, aunque difícil también, es infinitamente más sencilla de contar que esta otra.
―Pero todo esto… todo esto te ha impedido vivir del todo, Diana.
―¿Y qué querías que hiciera? Intenté dormirlo, de verdad que sí. No pensar en ello, en él, en sus palizas o lo que me obligaba a hacer. Y lo conseguí, te lo juro, solo aparecía en sueños, de vez en cuando. Pero lo otro… retomar mi vida, dejar que me tocaran, las citas y todo eso… eso nunca pudo ser para mí si no quería despertar los recuerdos. Y eso no podía permitírmelo, eso no.
―Pobre niña…
Lo dice con un susurro hermoso, besando mis cabellos, agarrándome más fuerte. Yo aspiro su aroma, un olor que me relaja y me permite cerrar los ojos sabiendo que, con él, aquí y ahora, estoy más segura que corriendo con una maleta y ningún destino claro.
―La mujer del dueño del circo es Saskya, ¿verdad?
Ya sabe la respuesta y yo me limito a asentir en silencio, convencida de que no tengo que añadir muchas más cosas.
―Lo que no entiendo es lo que te ha hecho huir de la gala esta noche…
Me estremezco de nuevo al pensar en que el pasado me ha alcanzado. Y, aunque no puedo negar la protección que sus brazos me brindan, ni la presencia de Saul puede evitar que me muera de miedo al pensar que están tan cerca.
―Me han encontrado ―susurro temblando―. Están en Nueva York y me están buscando.
―Diana ―dice muy serio, sujetando mi mentón entre sus dedos y mirándome directamente con los ojos más cálidos y hermosos que he visto en mi vida―. Nunca, ¿me oyes? Nunca mientras viva voy a dejar que nadie te haga daño. Por favor, créeme… estás absolutamente a salvo.
Y quiero creerle. Tanto, que me fundo con él, le beso como nunca he besado a nadie y me dejo llevar por la sensación de seguridad más placentera que existe en el mundo: estar a su lado.