Capítulo 13

Lo esencial es invisible a los ojos

 

―¿Y bien? ¿Ya sois novios?

―No digas tonterías, Saskya.

Mi amiga no ha perdido el tiempo en intentar sonsacarme información. Son las ocho y media de la mañana del sábado y ya me está llamando para enterarse de los detalles jugosos de mi cita con Saul.

―¡Oh! ¡Dios! ―exclama de pronto― No estará ahí contigo, ¿verdad? ¿No estaré interrumpiendo algo?

―Si estuviera aquí, ten por seguro que lo último que hubiera hecho habría sido cogerte el teléfono.

―Sí, eso tiene sentido.

―Y ahora, por favor, ¿puedo seguir durmiendo?

―¿Qué? ¡No! ¿Te crees que puedes dejarme así?

―Saskya, quedemos para comer o algo, pero por favor, déjame en paz ahora. No estoy de humor ―le digo procurando mantener mi tono de voz bajo control y mis nervios atemperados.

Aunque la conozco. Sé que se ha propuesto sacarme toda la información disponible sobre el asunto, y que es incapaz de quedarse con las ganas y sin saciar esa ávida curiosidad suya. Cada cual tiene su cruz, yo la tengo a ella.

―No te hagas la misteriosa conmigo, niña. Anoche os vi.

―No pasó nada.

―¡Oh! Sí que pasó, a mí no puedes engañarme. Te besó. Te dio tu primer beso. Como vuelvas a llamar nada a tu primer beso, iré a tu casa y te patearé el culo.

Pese a que intenta ser graciosa, Saskya también es dura. Sabe que necesito que me golpeen (simbólicamente, claro está) para asimilar las cosas. Y acaba de golpearme. Fuerte.

―No fue mi primer beso.

―Lo fue y no me lo discutas. También te patearé el culo si llamas beso a cualquier otra cosa que ocurriera antes. Si osas comparar lo de anoche con lo que pasó hace quince años. Nunca lo hagas, o tendré que patearte el culo de verdad.

―Saskya…

Los recuerdos amenazan con amargar mis sensaciones de anoche. Porque anoche, en compañía de Saul, fingiendo ser libre de cadenas, pude vivir el sueño de una vida sin pasado. Sin recuerdos negros, sin momentos oscuros. Sin historia cubierta de dolor y miedos. Y me sentí tan ligera y tan llena de ilusiones, que me olvidé, por un instante, de quién soy en realidad, la princesa de los dramas que dejé atrás. Los que aún me persiguen y me atormentan.

―Diana… ayer tuviste un cuento de hadas. Que tu cabeza y tu corazón no permitan que eso se empañe. Prométemelo, mi niña.

―No puedo.

Y las primeras lágrimas ya están dispuestas a amargarme la mañana, preparadas en las comisuras de mis párpados para hacer acto de presencia. Quiero detenerlas, quiero que se queden en su sitio y no tener que limpiármelas, y moquear y gastar pañuelos por esto. No quiero llorar y me obligo a que las lágrimas se queden donde están, y me dejen vivir este momento sin que ellas lo enturbien.

―Diana, cariño, ¿estás bien?

―Estoy… estoy asimilando cosas.

―Lo entiendo perfectamente.

―Estoy intentando ser fuerte y asumir que hay cosas que están cambiando en mi vida.

―Eres fuerte. Eso ya lo sabes.

―No, no lo soy. Soy un manojo de nervios y un enorme, un gigantesco cuadro de inseguridades.

―Eres fuerte, valiente, generosa. Eres audaz y justa. Eres una guerrera.

―¡Así es como tú me ves pero no es, para nada, cómo me siento yo!

Un silencio al otro lado de la línea me indica que Saskya no quiere seguir por este camino. Esta conversación se parece demasiado a otras muchas que ya hemos tenido en el pasado. Sin beso de Saul, claro. Eso es nuevo en la ecuación.

Me conoce, sabe que no sacará nada positivo de aquí si yo me empeño en mantener mi posición. Porque yo me enroco y me planto, me cruzo de brazos y no me muevo de ahí. Eso es lo que hago mejor. Soy una experta en cabezonería y negatividad. Y eso me ha costado muchas horas de ostracismo en el pasado.

―Diana… ¿estás así por lo de anoche? ¿Por lo de tu chico? Nadie pensó que ella saldría huyendo…

No. Nadie lo pensó. Ni por un solo momento, en las horas que Marcel se pasó soñando, planeando e involucrando a su gente en esa preciosa locura de proponerle matrimonio a la chica a la que ama, nadie pensó que aquello a Stella le iba a quedar demasiado grande. Pobres muchachos. Se me encoge el corazón solo de pensar en la devastación interior que Marcel tuvo que pasar cuando ella salió corriendo, lejos de él y del enorme gesto romántico que le había preparado con apenas diecinueve años.

Cuando ella se fue, la cara de Marcel contenía todo el dolor del mundo, la desesperación y la desolación más absolutas. Nadie osaba acercarse a él porque nadie sabía cómo hacerlo. Casi cien personas mirando, menuda audiencia para el peor momento de tu vida.

Fui yo quien acudió al rescate. Tal vez porque mi bagaje de humillaciones y devastación era único en aquel rincón de Central Park, entre tantas personas absolutamente paralizadas por las circunstancias que acabábamos de vivir.

Pero rescatar a Marcel significaba renunciar a seguir explorando los límites de mi miedo y de mi deseo con Saul. Elegir nunca es fácil, pero el deber mandaba y Marcel me necesitaba más que nadie. Nuestro abrazo, tan cercano y sentido, hizo que despedirme del hombre que me estaba enseñando a despertarme de un largo letargo, aunque doloroso, fuera más llevadero.

Saul lo entendió de inmediato y me propuso esperarme para acompañarme a casa. Pero no sabía lo que aquello se alargaría y no era justo para él. Con un suave beso en la mejilla, se despidió tras pronunciar las palabras que más necesitaba oír en esos momentos: «Te llamaré».

Le vi marchar con una pena infinita y hasta mi cabeza se atrevió a desafiarme para que lo detuviera y me fuera a sus brazos, en lugar de abrirle los míos a Marcel. Pero solo con mirar a mi chico, la idea murió en el acto.

Me acerqué con pasos vacilantes, sorteando a las personas que, poco a poco, parecían estar saliendo del hechizo paralizante que la huida de Stella nos había provocado a todos, y ahora querían ver si su presencia animaba al decaído Marcel.

Cuando llegué a su altura, sus ojos me miraron y me suplicaron que apagara el dolor. Lo supe en el mismo instante que su mirada se posó sobre la mía y mi ánimo se sumó a su tristeza, la comprendió y deseó darle el consuelo que necesitaba.

Apartando a la gente de un modo imperioso, me coloqué justo enfrente de él y lo atraje hasta mis brazos, a los que él se lanzó como el niño pequeño que, en muchos aspectos, aún es. Mi cuerpo lo sintió temblar, convulsionar con un llanto devastador que lo inundó todo, y yo aguanté el temporal como la roca que él necesitaba que yo fuera.

En un susurro, me pidió que lo sacara de ahí y me lo llevé, ante la atenta mirada de todos aquellos que le habían querido ayudar y apoyar, y que ahora solo sentían pena y lástima de su mala suerte.

―¡Qué zorra desagradecida! ―Llegué a escuchar de más de uno y puede que, en el fondo, todos los presentes pensaran igual.

Todos salvo Marcel, de eso estaba segura. Sabía que en su corazón no había negrura ni un pensamiento hiriente para ella, pese a ser el gran damnificado en toda esa historia.

Paseando, huyendo del barullo y las miradas de lástima, llegamos a los pies de la pista de hielo. Su sitio, el de ellos. Pero también el nuestro. Y allí, al pie de las gradas, entonces ya cerradas al público, nos sentamos y nos abrazamos una vez más.

―Siempre os he visto como los protagonistas de un moderno Love Story, obviando la parte de la enfermedad y la muerte, claro ―me apresuré a aclarar―. No concibo que esto haya pasado.

―Yo tampoco… ni en un mal día pensé que ella diría que no.

Lucha por mantener a raya el llanto, pero pierde la batalla cada vez que lo intenta. Mi pobre niño…

―¿Qué te dijo cuando te abrazó? ―le susurré con dulzura.

Él negó con la cabeza mientras las lágrimas le aprisionaban las palabras y era incapaz de sacarlas de su garganta.

―No pasa nada si no me lo quieres contar.

―Me dijo… me dijo que no perdiera la fe en nosotros. Que me quería y que siempre iba a hacerlo. Y que lo esencial es invisible a los ojos ―dijo entrecortadamente y con una visible emoción tiñendo cada una de sus palabras.

El Principito

―¿Qué?

―”Lo esencial es invisible a los ojos” es una de las citas más hermosas de El Principito. ¿No lo has leído? Está claro que Stella sí lo ha hecho.

―Lo leí en el colegio, hace un siglo…

Me miró como si necesitara que le explicara el concepto de esa frase, de ese libro maravilloso que ahora era incapaz de recordar. Afortunadamente para él, es una de mis lecturas de referencia y me lo sé casi de memoria.

―Esa frase es una reflexión sobre el verdadero valor de las cosas, su verdadera esencia. Los ojos pueden engañarnos, pero nunca el corazón. Debemos mirar más allá de las apariencias y valorar las cosas por aquello que en realidad son, y no por lo que parecen.

―No logro comprender qué tiene eso que ver con nosotros.

Yo tampoco, porque no estaba dentro de la cabeza de Stella, pero estaba segura de que todo tenía una explicación y que, tal y como ella le susurró al oído, le ama pese a todo. Creo que Marcel debería tener fe en Stella pues así se lo ha pedido.

―¿Y cómo mantengo la fe en ella? Se ha ido corriendo… me ha dejado solo.

Mi silencio no le ayudaba, eso lo tenía claro, pero ¿cómo quitarle la amargura de encima sin darle falsas esperanzas, pero dejándole la puerta abierta para que no se derrumbara? Respiré hondo, le tomé de la mano con todo el amor que despertaba en mí, y le miré largamente a los ojos, antes de tirar de la cuerda simbólica que lo mantenía a flote sobre ese pozo de negrura que quería arrebatármelo.

―Verás, Marcel, a veces, muchas más de las que creemos, no lo sabemos todo de los demás, por más que hayamos compartido cosas. Y es posible que Stella tenga una muy buena razón para haberte dejado plantado y que, aun así, siga amándote más que a nada en este mundo. Solo digo que es posible, así que, por favor, no quemes todas las naves. No la llames, no la atosigues con respuestas. Deja que ella vuelva, si es que ese es vuestro destino, y te cuente sus razones. Dale espacio porque, claramente, parece que lo necesita.

―Sí, ella me lo explicará porque seguro que hay una razón para todo esto.

La esperanza en su rostro casi me hizo daño. ¿Y si estaba equivocada? ¿Y si ella desaparecía para siempre y el corazón de Marcel acababa aún más devastado? Y entonces, con un dolor increíble anidando en mi pecho, me di cuenta de que yo no era diferente y había empezado a tener esperanzas en algo que no sabía a ciencia cierta si sería en mi beneficio o si acabaría por partirme el corazón. Porque ¿y si yo también era como Marcel y estaba poniendo demasiadas esperanzas en algo que, al final, iba a acabar por hacerme daño?

Me fui a la cama desolada, con un dolor lacerante recorriéndome entera y con la absoluta convicción de que todo lo vivido hasta ahora no era más que un espejismo.

Por más que ahora Saskya me vapulea y me habla de primeros besos y de mi fortaleza interior, yo sigo pensando que he puesto demasiado de mí, y demasiado pronto, en algo que ni siquiera es real.

―No estoy así por Marcel ―le contesto a mi amiga, que lleva un buen rato esperando mi respuesta―. Bueno, no solo por él. Creo que he corrido mucho con Saul. He pasado de tratarle de usted a besarle sin apenas pararme a pensar. Y no quiero que esto me acabe haciendo daño.

―Cariño, si no te arriesgas…

―Lo sé. Déjame que piense en ello, ¿de acuerdo? Ahora necesito dormir, he pasado una noche horrible.

―Diana… no te hundas. Prométemelo. ―La voz de Saskya es firme y maternal. Es la luz que quiere abrirse paso en esta oscuridad que ahora mismo es mi interior.

―Lo intentaré. Gracias, Saskya.

―Te quiero.

―Y yo te quiero a ti.

 

*****

 

Llego tarde y, además, sin ninguna excusa que aportar, pero es que hasta última hora me he debatido entre quedarme en casa o aceptar la invitación de Martina.

Poco después de concluir mi conversación con Saskya, mi teléfono volvió a sonar. Estaba claro que esta mañana no era uno de esos momentos para dormir despreocupada y a pierna suelta y que, cosas del destino, yo estaba de lo más solicitada. Primero pensé que sería mi amiga para seguir insistiendo en lo mismo (bien sé que a veces es imposible que te deje en paz), pero pronto vi que era un número desconocido.

―¿Sí? ―contesté con mi cautela habitual cuando no sé quién está detrás del teléfono.

―¿Diana? ―exclamó una alegre voz al otro lado―. Soy Martina, ¿te pillo bien?

¿Qué contestar a eso? Eran poco más de las nueve de la mañana de un sábado, después de una de esas noches en las que te pasas las horas en blanco y tras haber dejado que tu mejor amiga te hiciera pensar, aún más, en tus muchas inseguridades. Claro que ella, pobre, no tenía por qué saber nada de todo eso.

―Hola, Martina ―respondí imitando su tono jovial―. Sí, me pillas bien. ¿En qué puedo ayudarte?

―Acabo de volver de España y ya casi me voy de gira por el medio Oeste, una locura, y me preguntaba si te apetecería tomar algo conmigo antes de irme.

―¿Hoy?

―Sí, hoy. Mañana tengo un par de citas ineludibles, y el lunes a estas horas estaré rumbo a Wisconsin. Siento proponértelo con tan poca antelación, pero es que prácticamente acabo de aterrizar en Nueva York.

Poco después de acabar de ayudar a Miriam con su mudanza, un mes atrás, Martina cumplió con sus compromisos editoriales y volvió a su hogar, al otro lado del Atlántico. Me alegraba que hubiera vuelto, aunque ella, supongo, estaba un poco harta de tanto cruzar el charco de un lado a otro. Lo cierto es que Martina siempre tiene pintada una sonrisa en los labios, así que es difícil saber si de verdad hay hartazgo o no en todo eso para ella.

―No sé si hoy seré una buena compañía… ―intenté escaquearme. No es que no me apeteciera verla, es que había planeado pasar el día bajo las mantas de mi cama y dejar la mente en blanco. Si quedaba con ella, los planes se complicaban: incluirían hablar con otro ser humano y, francamente, no me apetecía.

―Por favor… creo que, precisamente si tienes un mal día, esta salida te vendrá bien. Te presentaré a gente capaz de levantarle el ánimo a un muerto ―me aseguró risueña―. No te voy a dar tiempo a que te niegues: a las cinco en Antoine's, es un bar de cócteles en la 43 con la Quinta. ¡Nos vemos!

Llego tarde y sin excusa, pero es que he estado horas dándole vueltas y más vueltas a lo de venir o no venir. Esto de conocer gente nueva nunca se me ha dado bien, y no sé si mi presencia aquí, que quizá sea como un mueble en un salón, acabará por aburrir a quienes sean las personas que me esperen ahí dentro.

Antoine's es un local con un ambiente animado, música independiente, una gran barra con camareros de muy buen ver y, en su mayoría, clientas femeninas. Está decorado con un estilo un poco espacial, lleno de metal y púrpura, pese a todo lo cual, consigue que te sientas acogida y a gusto. Alabo el gusto de Martina al citarme aquí y entro hacia la parte del fondo, buscando tímidamente al grupo en el que ella se encuentre.

Las diviso sin mucho esfuerzo y mi corazón se encoge de golpe: cinco chicas alborotadas y profiriendo grandes risotadas se están acomodando en un enorme sofá y en dos sillones enfrentados a la mesa que queda en medio de todo el conjunto. De las cinco, conozco a dos: Martina y Miriam, que se apresuran a hacerme señas para que me acerque en cuanto notan mi presencia acobardada, parada como un pasmarote en mitad del local.

Me doy cuenta, de repente, de que suena de fondo Superman de Five For Fighting y algo dentro mí asume que el día de hoy no va a ir tan mal. Fue la primera canción que escuché en suelo americano nada más bajarme del avión que me traía desde Ucrania, así que cada vez que la escucho, me animo de inmediato. Sonrío para mis adentros y me aproximo a las chicas con otra actitud muy diferente a la que traía de casa.

―Diana ―exclama Miriam acercándose a darme un cálido abrazo―. ¡Cómo me alegro de que hayas podido venir!

Me sonríe con el rostro absolutamente complacido por mi presencia hoy aquí y yo le devuelvo el gesto. Es un enorme placer volver a verla… no puedo negar que, pese a que no nos veíamos mucho en casa, la echo de menos, a ella y a su risa cristalina, sus formas dulces y siempre bien dispuestas, y también, para qué negarlo, el café maravilloso de su cafetera pija (sus palabras, no las mías).

Me presentan a las otras chicas: Marla (acogedora, enorme, rubia, exagerada), Rosa (pequeña, morena, callada, observadora) y Georgie (sonriente, activa, soñadora), y enseguida el grupo me acoge como si necesitaran saberlo todo de mí al segundo. Me preguntan, sobre todo Marla, por mi edad, mi trabajo, mi procedencia y mis aspiraciones en la vida. A la mayoría de las cosas no me apetece contestar con tan poco trato, pero Miriam y Martina me rescatan de cada pregunta difícil con una maestría que indica que conocen muy bien a sus amigas.

―¿Le dejamos escoger a ella? ―propone Georgie con los ojos entornados y casi una súplica en la voz―. Es la nueva, dejemos que nos sorprenda.

Todas están de acuerdo y así lo muestran, con un entusiasmo propio de adolescentes. No sé si yo podría llegar a estar así de animada en compañía de otras personas, se parecen muy poco a quien yo soy en realidad. Sin embargo, no me siento fuera de lugar o violentada. No sé, es como una sensación de comodidad con la que no había contado en ningún momento desde que recibiera la llamada de Martina esta misma mañana.

―¿Qué es lo que debo elegir? ―pregunto un poco asustada cuando las otras cuatro asienten entusiasmadas a la propuesta de Georgie.

―Estas son las reglas: cada vez que venimos, una de nosotras elige el cóctel que todas tomaremos. Todas. Ninguna puede escaquearse. Hoy serás tú quien elija ―me explica Marla con muchos gestos y una amplia sonrisa pintada en sus enormes labios rojos.

―Oh, no, no… ―intento excusarme―. No sabría hacerlo, yo no sé mucho de bebidas. No quiero escoger algo que luego no os guste, no sería justo.

―Cielo, nos gusta todo ―se apresura a aclarar Rosa, que interviene por primera vez―. Y hemos probado cosas que otras personas calificarían como agua de fregar. Elige sin miedo, acertarás seguro.

Miriam me pasa la extensa carta de cócteles del local y yo la estudio con la poca experiencia de quien nunca ha pisado un bar de este tipo. Quien crea que mi experiencia soviética ha podido regalarme un carácter con conocimientos alcohólicos, diré que la bebida marcó gran parte de mi infancia de una manera muy poco agradable, así que no me han interesado nunca este tipo de formas de ocio. Además, quitando a Saskya, que adora los martinis a deshora, nunca he tenido nadie con quien salir a tomarme una copa.

Se acerca uno de los camareros y, como no quiero que nadie se dé cuenta de lo incómodo que es todo esto para mí, señalo el primero en el que mis ojos se fijan, y tiro para adelante. Que sea lo que Dios quiera.

―Tomaremos… el Tequila Sunrise. ―Y mi voz es solo un susurro apenas audible cuando lo digo.

―Seis Tequila Sunrise con mucho cariño, Serg, cielo ―le pide Marla al camarero, enarbolando una poderosa sonrisa. Se nota que son habituales y que conocen a los camareros hasta el punto de saberse sus nombres de pila.

―¿Lo he hecho bien? Si no os gusta… ―Sigue mi inseguridad al mando de mis emociones.

―¡Nos encanta! ¿Verdad? ―asegura Marla con un gesto que las envuelve a todas.

―¿No fue con uno de esos, hará unos seis meses, cuando Georgie se pilló aquel pedo impresionante porque su marido volvía a estar de baja? ―pregunta Miriam mirando a la interesada, que, lejos de mostrarse avergonzada, se muere de la risa.

―¡No me lo recuerdes! ―Y todas se ríen con ella como si fuera la anécdota más desternillante de la historia.

―Pero para pedo de campeonato el que se pilló Martina con los sidecares aquellos, cuando aún trabajaba con nosotros, y Rosa tuvo que pegarla y todo para no llamara al señor Coleman y lo regañara por no hacerle caso… ¡aunque Rosa no pudo con ella! ―Marla se ríe tanto que toda la gente a nuestro alrededor nos mira.

Yo, en cambio, miro a Martina, y ella me mira a mí, fijamente. No tenía ni idea de que entre Martina y Saul hubiera ese tipo de historia detrás, y me pregunto hasta dónde llegó su implicación. Ella, visiblemente incómoda, se une a las risas de las demás, pero con mucha cautela, no quiere dejar ver que las palabras de Marla no le han hecho ni pizca de gracia, al menos no conmigo delante.

―Diana trabaja para Saul. Y me refiero a directamente para Saul ―dice de pronto Martina, acallando todas las risas de golpe.

―¿En serio? ―pregunta Georgie con los ojos como platos―. ¿Para nuestro Saul J. Coleman Junior?

―Para el mismo ―corrobora ella.

―Por unas o por otras, ese hombre es o ha sido el jefe de todas las aquí presentes ―dice Rosa pensativa.

―Pero no es lo mismo la forma en la que ha sido nuestro jefe a la que es con respecto a Diana ―se apresura a aclarar Martina.

―¿Ah no? ―quiere saber Marla intrigada― ¿A qué te refieres?

Yo las miro, y apenas me creo que estén hablando de mí como si yo no estuviera aquí mismo, y que mi relación laboral (por Dios, que solo estén refiriéndose a mi relación laboral) con Saul Coleman sea el tema de conversación surgido tras pedir un cóctel con mucho alcohol.

―Martina se refiere a que Diana no trabaja en la oficina ni dándole servicios profesionales como los que le damos desde LemurApps ―se apresura a aclarar Miriam, saliendo al rescate de Martina con una rapidez de actuación digna de un velocista olímpico―. Saul necesitaba una asistente personal y nosotras la recomendamos. Y Diana ha estado haciendo un trabajo absolutamente fabuloso con él ¿verdad, Martina?

Martina asiente en silencio. Vuelve a mirarme, ahora con más intensidad, como si tratara de escrutar mi mente y todos mis pensamientos. Si lo lograra, si lograra saber qué me cruza ahora mismo por la cabeza, sabría que todo en mi interior es una olla a presión en estos momentos, y que no quiero seguir hablando de mí ni del hombre que parece ser el protagonista de la vida de casi todas las aquí presentes. No, no quiero hablar de mí y no quiero que se centren en mi trabajo y mi relación con Saul.

―Chicas, lo siento ―digo poniéndome en pie― había olvidado que tengo un asunto urgente que atender y se me hace tarde.

―Diana… ―Martina también se pone en pie y me ruega con la mirada que me quede, que olvide todo esto y que disfrute de la tarde.

Pero no puedo. Justo cuando las bebidas llegan a la mesa, me giro y salgo por la puerta de Antoine's. No alcanzo a comprender por qué el corazón me late a una velocidad que me asusta y por qué mis manos tiemblan de manera desmesurada.

Cuando trato de calmar mis nervios, mi teléfono suena en mi bolso y me sobresalto de tal modo, que casi pego un brinco. Está claro que hoy mi móvil no me va a dar ni un solo segundo de respiro.

―¿Si? ―De nuevo es un número desconocido y, de nuevo, me pongo en modo reservado― ¿Dígame?

―¿Hablo con Diana Nesterenko? ―pregunta una voz cordial y conocida.

―¿Eres Fanny Coleman? ―pregunto yo a mi vez, creyendo haber reconocido a mi interlocutora.

―¡Sí! Soy yo, celebro que me recuerdes ―exclama jovial―. Verás, necesito que vengas a cenar a casa el sábado que viene. Tengo importantes asuntos que discutir contigo.

¿Qué? ¿Fanny Coleman tiene importantes asuntos que discutir conmigo? Cuando la llamada me había conseguido distraer del acelerado ritmo que había adquirido mi corazón, las palabras de la madrastra de Saul vuelven a ponerme cardiaca en menos de un minuto.

―No tengas miedo ―dice apresuradamente al comprobar que me he quedado callada como un mueble―. No se trata de nada malo. Al contrario, creo que te gustará nuestro principal tema de conversación.

―Yo…

―Te pasará a buscar un chófer a eso de las siete y media ―explica―. Saul quería pasar a recogerte, pero se va de gira el lunes con una de sus autoras y estará fuera no sé hasta cuándo.

¿Había dicho que mi corazón se había desbocado y amenazaba con abandonar mi pecho? Pues ahora mismo lo que acaba de hacer es pararse completamente. La sola mención de Saul yéndose de la ciudad y, supongo, que muy bien acompañado de su amiga Martina, esa que le llama borracha por cuestiones sentimentales, hace que ni la respiración sea capaz de tomar un ritmo natural. Tengo que agarrarme a una farola que tengo al lado para no caerme redonda, y cierro los ojos, tratando vanamente de recobrar todo el control sobre mi cuerpo y mis emociones.

―Yo… lo siento ―balbuceo aún confundida y sobrepasada―. No creo que sea una buena idea.

―¿Bromeas? ―pregunta ella alarmada, abandonando la alegría de su voz― No puedes faltar. Te veré el próximo sábado.

Y, sin darme más opciones, cuelga y me deja sumida en un mar de dudas y pensamientos de lo más caótico. Mi cabeza se ha convertido, de repente, en una bomba de relojería a punto de estallar. De esas de cuenta regresiva. Y sin posibilidad de que nadie corte los cables y la desactive.