Capítulo 1
¿Otra vez con ese chef gilipollas?
—¿Quieres darte prisa y sacar ya esos aperitivos? —me grita François Terres mientras me preparo para salir a sala con dos bandejas llenas de diminutos canapés.
No soporto a este tipo ni un segundo más. Si tengo que volver a escuchar sus gritos en mi oreja y su aliento en la cara, creo que le voy a estampar los lirios de arroz salvaje en salsa teriyake en su odiosa cara francesa.
Aprieto los dientes para contenerme y salgo a la terraza con mi mejor sonrisa falsa. No en vano, toda la vida me han dicho que soy una actriz magnífica, y en esta fiesta pija ni Dios tiene por qué saber que no soporto al presuntuoso chef François Terres ni que preferiría estar tomando chupitos de hiel y aceite de ricino antes que estar aquí, aguantando a este puñado de señoritos bien y sus acompañantes escapadas de un desfile de Victoria's Secret. Pero gracias al servicio de hoy, gracias a poner buena cara a estirados sin un ápice de tacto, y pasear bandejas de aperitivos de diseño y nombres imposibles, conseguiré la mitad del alquiler del mes que viene, y a eso no se le puede decir que no.
De hecho, tengo que recordarme que no debo quejarme por estar aquí, cuando ya daba por perdida la oportunidad de sacarme un buen pellizco en lo que quedaba de mes, una de las chicas del servicio del chef Terres se acordó de mí para cubrir una baja de última hora en esta fiesta. Así que buen talante y sonrisa permanente, aunque deteste a ese odioso cocinero con pretensiones y jure, cada vez que tengo un catering con él, que voy a tacharlo de mi agenda de contactos laborales. ¡Como si pudiera elegir!, tengo que admitir con tristeza.
Miro hacia la salida de cocinas y veo que el chef no me quita ojo, estoy segura de que no se fía de mí, como si fuera capaz de escupir en la bandeja o tirársela a uno de los invitados encima… una cosa es que no me guste él y otra muy diferente, es que yo no sea una profesional en cada trabajo que haga, aunque sea uno distinto cada semana, o cada tres días o… a veces, casi a diario.
Creo que François Terres piensa que estoy un poco loca y que hasta soy peligrosa. Una loca peligrosa con conexiones con la mafia rusa o algo así. Y por eso me da más caña y me vigila con desconfianza cada vez que me toca servir en uno de sus eventos; piensa que, si me tiene controlada, seré incapaz de hacerle daño a su nombre de algún modo.
Y vale que no sería la primera vez en la que ha tenido razón para desconfiar de que mi carácter soviético no tome el control de la situación, pero nunca las consecuencias de mis actos han llegado a afectar ni a su nombre ni a sus servicios.
Sea como sea, no pienso dejar que su mirada de acero clavada en mi espalda condicione mi forma de trabajar esta tarde. Soy una profesional como la copa de un pino y este hombre lo va a ver, sobre todo, si no aparta los ojos de mi trasero.
Por lo que tengo entendido, el chef Terres se juega mucho esta tarde. Es su prueba de fuego entre la alta sociedad neoyorquina y, la verdad, siento hasta un poco de lástima por él, porque las caras que veo alrededor, después de probar algunos de los canapés, no son precisamente de morir de placer. He estado con él en otros eventos y es bastante irregular; o te da la mejor experiencia gastronómica de tu vida o te hace acabar la velada pidiendo con urgencia la sal de frutas.
Parece que hoy nos acercamos, por desgracia para él, más a la segunda opción y eso, casi con seguridad, lo acabará pagando con nosotros.
Aparte de presuntuoso, es un déspota con sus empleados y, por si fuera poco, he oído que tiene las manos muy largas, que algunas compañeras han tenido que sufrir sus insinuaciones y sus toqueteos sin rechistar si no querían perder el puesto y la paga. Vamos, que es una joyita.
Además, y esto es lo peor, un cocinero de su escuela nos contó en el último catering que él se largaba para no acabar rompiéndole la nariz a François Terres. Al parecer, le gusta aprovecharse de las creaciones de sus alumnos y otros colegas para hacerlas pasar por suyas. Eso explica, de forma bastante evidente, cómo es posible que algunos platos le salgan de maravilla, y otros tan chapuceramente.
Mientras me acerco a los invitados y sigo notando sus ojos en mi nuca, pienso que ojalá alguien llegue a desenmascararle de una vez. Los mediocres e impostores se merecen el escarnio público, de eso no tengo ni la menor duda.
De repente, justo cuando llego a la altura de la primera invitada para ofrecerle un aperitivo de una de mis dos bandejas, noto cómo me vibra el móvil que tengo metido entre el delantal del uniforme y la cinturilla del pantalón. No hay bolsillos en esta vestimenta negra y aburrida que nos hacen ponernos, precisamente para que no podamos llevar con nosotros los teléfonos, cuyo uso en horas de trabajo está terminantemente prohibido.
Al notar la primera sensación del móvil vibrando, me he llevado tal susto que a punto he estado de perder el equilibrio. Las bandejas han aguantado en mis manos por pura buena suerte y estoy segura de que la invitada frente a la que he puesto en escena mi espectáculo acrobático, se ha llevado su propio susto, uno de impresión, al ver los lirios de arroz salvaje en salsa teriyake más cerca de su costoso traje de cóctel que de su mano tendida para tomar uno de ellos.
¡Joder! Esto seguro que no le ha pasado desapercibido al estirado de Terres y no me libro de sus gritos al volver a cocinas. Al menos deberá concederme que tengo reflejos de gato montés y que soy un hacha evitando accidentes. Eso sí, si me pilla con el móvil dentro de mis pantalones, no me salva de su ira ni mi mejor cara de chica buena. ¡Qué demonios! ¡No me salvaría ni aunque le confirmara que mi familia se financia con dinero de la mafia rusa!
Suspiro con alivio cuando el teléfono deja de vibrar y continúo mi paso lento entre las muñecas recauchutadas y los esnobs estirados. No puedo evitar pensar en clichés con esta gente, es que se lo ganan a pulso. Solo hay que escucharles hablar para saber que a esta especie humana yo no podría pertenecer jamás. Y no porque no supiera hacerlo, sino porque me saldría urticaria solo con llegar a proponérmelo… no puedo con la gente que siempre lo ha tenido fácil y no conoce el significado de palabras como sacrificio, trabajo duro o compañerismo y, peor aún, con aquellos que vienen de lo más bajo y no han dudado en utilizar el “todo vale” para encaramarse a la cima y, desde allí, tratar a los demás como si no fueran más valiosos que unas cagarrutas de cabra.
No, no puedo. Y por eso cada vez se me hace más difícil venir a este tipo de eventos. Este, en concreto, no es de los peores a los que he acudido, que conste. En este al menos hay conversaciones sensatas sobre el cambio climático, el auge de los autores de novela negra provenientes de Escandinavia, o la conveniencia o no de apoyar a Obama en su lucha para imponer un sistema de salud más justo.
La fiesta está animada, eso no se puede negar. Estamos en la terraza cubierta de un edificio de cuarenta pisos en la Sexta con Broadway, muy cerca del Empire State. La gente, vestida con sus mejores galas, se ha preparado a conciencia, pese al frío horrible que hace en la calle. Por lo que sé, es la celebración de una editorial, que está presentando sus nuevos autores y homenajeando a alguno de los escritores estrella de su plantilla.
Al menos no todo es frivolidad. Me gusta leer. Hay gente aquí que hasta me ha hecho pasar un buen rato con sus historias. Así que puedo pensar que no es de las peores fiestas en las que me ha tocado trabajar.
Mi móvil vuelve a vibrar justo cuando estoy acabando mi ronda con las bandejas y en estas ya apenas queda algo digno que llevarse a la boca. Esta vez no me pilla tan desprevenida, y soy capaz de aguantar la sorpresa del primer toque mientras sonrío a un estirado con cara de pez y pinta de tener muchos millones en el banco, empeñado en comerse el último lirio de arroz.
No sé quién demonios me está llamando un sábado a estas horas, pero tiene que ser urgente para haberlo intentado una segunda vez. Si llevo el teléfono encima es, precisamente, porque es mi herramienta para conseguir trabajos de última hora, trabajos como este que consiguen que llegue a fin de mes. Amigos no tengo muchos, así que descarto casi de inmediato que sea uno de ellos.
En cuanto regreso a cocinas me huelo que François quiere echarme la bronca por algo. Intento mantenerme alejada de él todo lo que puedo y, al dejar las bandejas vacías, me escabullo por la puerta de atrás, con la excusa de ir al baño. Allí podré estar sola y comprobar a quién pertenecen las llamadas que tanto me están distrayendo mientras doy el servicio de Terres.
El camino al baño no es muy largo, y mientras lo recorro, me llevo las manos a la cintura de mi pantalón y saco mi teléfono de su escondite. Tengo dos llamadas, como los avisos mediante vibración me habían indicado. Al llegar al baño, entro en el de chicas y me apoyo contra uno de los lavabos. Las llamadas son de Saskya, las dos. No sé por qué no me sorprende.
Saskya es lo más parecido a una madre-hermana-mejor amiga que tengo en esta vida. Me ha salvado de muchas y es mi compañera incondicional. Me dobla la edad, pero eso no es impedimento para que me entienda y me aconseje, me cuide y me aprecie como si nos hubiéramos criado en el mismo hogar siendo hermanas. Eso sí, también es bruta como ella sola y no es posible decirle no y que ella lo acepte, es así de testaruda.
Decido devolverle rápidamente la llamada para ver qué es lo que pasa. Ella no sabía que tenía un servicio, pero normalmente no suele insistir en sus llamadas por si acaso estoy trabajando, y ya van dos. Creo que lo mejor será evitar que lo intente por tercera vez.
―¿Dónde demonios estabas? ―me pregunta casi sin darme tiempo a saludarla, con su acento ucraniano marcado con profundidad, como si jamás hubiera salido de aquella tierra―. ¡Tengo algo para ti que no vas a poder rechazar!
―Saskya, estoy trabajando. Me ha salido una fiesta…
―¿Otra vez con ese chef gilipollas?
Está claro que no tengo secretos con Saskya y sabe todo lo que opino sobre François Terres. Bueno, no es ningún secreto lo que opino sobre él, de hecho, casi estoy por abrir un canal de YouTube o un blog para expresar todo el rechazo que este señor me provoca. Evidentemente, jamás lo haré, pero no negaré que me produce un sentimiento de profunda satisfacción imaginarme su cara si algún día llegara a hacerlo.
―Otra vez con el chef gilipollas ―corroboro con pesar―. Y hoy está más gilipollas que nunca…
―No entiendo cómo puedes seguir con eso, en fin, tú sabrás ―concede al fin, cambiando de tema―. Te llamaba por si te interesaba una audición para un anuncio de cereales. En cuanto me ha llegado el requerimiento, he pensado en ti, querida.
―Saskya, déjalo ya. No eres mi agente, no soy uno de esos talentos tuyos que buscan la fama desesperadamente y por eso acuden a ti ―digo con un cansancio patente en la voz, con ella siempre es igual, nunca se da por vencida―. Sabes que no me va la notoriedad, que no me conviene.
Un segundo de silencio al otro lado me indica que Saskya está poniendo los ojos en blanco. Está convencida de que esconderme no es una opción y que debo actuar en mi vida como la persona libre que soy. A mis treinta años ya debería dejar de vivir con miedo, según ella, pero yo no lo tengo tan claro. Prefiero seguir viviendo mi vida pasando desapercibida, hasta ahora me ha ido bastante bien y no quiero que eso cambie. Claro que, según ella, no puede decirse que me vaya muy bien si debo compaginar tres o cuatro trabajos miserables cada semana para lograr llegar a fin de mes.
―Diana, cariño, es un anuncio en el que nadie te reconocerá. Te caracterizarán de madre de los años cincuenta, y la cámara se centrará más en dos niños rubísimos y angelicales, que serán los que se zampen un buen tazón de leche con esos asquerosos cereales.
Saskya siempre tan franca. Incluso cuando se trata de las marcas que le dan trabajo.
―En serio… no me interesa. Quiero acabar con este maldito semestre y conseguir mi título. Cuando lo logre, todos estos trabajos de mierda serán historia…
―Me alegra conocer sus verdaderos pensamientos sobre el trabajo que le doy ―dice la voz del François Terres entrando en el baño de chicas y dándome un susto de muerte. De la impresión, casi dejo caer el teléfono al suelo.
La mirada del chef lo dice todo: una mezcla de estupor, altanería y enfado. Mejor no podía irme la tarde.
Se acerca poco a poco a mí con los ojos encendidos por las palabras que acaba de oír. Y no es para menos, la verdad es que solo se me ocurre a mí hablar mal de él, con lo rencoroso que es, en un sitio en el que claramente podría oírme. ¿Desde cuándo el cartel de baño de señoras ha parado a un hombre como este, desconfiado hasta el final? ¿Es que se me ha olvidado de golpe que lleva toda la tarde detrás de mí, ávido por cazarme en algún renuncio?
Me arrincona en la esquina del cubículo, junto al lavabo del fondo y yo me quedo como una estatua, sin mover ni un solo músculo de mi asustado cuerpo. No me gusta esta situación, no me gusta sentirme vulnerable, pero ahora mismo la impresión me ha dejado paralizada por completo y solo noto funcionar a mi corazón, que late desbocado. El cerebro aún está procesando (muy lentamente) todo esto y no me sirve de nada ahora mismo.
Se acerca a mí y, de nuevo, como cuando salí a sala hace unos minutos con las bandejas de aperitivos, siento su aliento en mi cara y tengo ganas de vomitar. Me mira un instante y sabe que me tiene donde quiere, muerta de miedo.
―Señorita Nesterenko ―susurra en mi oreja, lo que acrecienta mis náuseas y se lleva cualquier rastro de color de mi semblante―, es usted una trabajadora pésima, pero puedo pasarlo por alto solo porque su carita de porcelana y su trasero respingón se paseen delante de mí cada vez que viene a uno de mis servicios.
Se me encoge el corazón al escucharle, más aún cuando lleva su mano derecha directamente a mi culo y empieza a sobarlo con insistencia. Está completamente pegado a mí y noto cómo en su entrepierna está empezando a crecer justo lo que no quisiera que le creciera tan cerca de mí.
―Eres preciosa ―me tutea y, cogiéndome mi mano con su mano libre, me la lleva a su erección, que es enorme y me hace daño―. Si me dejas, te haré que sientas todo lo que me provocas… ¿ves cómo me pones? Dime algo… dime algo con ese acento ruso tan sexy, maldita sea… di algo…
Su boca se acerca a mi cuello mientras yo intento zafarme de su mano para apartarme de su entrepierna. En mi interior, los demonios del pasado luchan por tomar mi conciencia y dejarme ser víctima otra vez. Tengo ganas de llorar, de gritar y de hacerme pequeñita, quiero estar a miles de kilómetros de este lugar, de este hombre y de sus babas, de sus manos ásperas, de su boca húmeda, de su erección intimidante…
―No… por favor… ―intento que se aparte, pero pesa treinta kilos más que yo y mi voz apenas sale en un hilo― Apártese, por favor.
Él intensifica su magreo y abandona mi trasero para coger uno de mis pechos y apretarlo con fuerza. Grito de dolor pero él no se aparta, está como poseído, no escucha, no ve nada que no sea la presa bajo su dominio.
―Dios, eres tan bonita… déjame que te coma entera. Nadie tiene por qué enterarse. Déjame que te devore, preciosa mía…
―¡No! !Apártate de mí! ―ahora lo he conseguido decir más alto, he conseguido que me escuche.
Aún arrinconada, separa su cara de mi cuello y me mira con los ojos dominados por un deseo animal que da miedo, un deseo que despierta en mí a la víctima que un día decidí dejar de ser. Y me niego a volver a ser aquella chica asustada. La que necesitaba un rescate de urgencia, la que vio traicionada su confianza y hasta su amor propio.
Y entonces, en un arranque de furia que ni sé de dónde sale, con mis únicas armas que son mis propios temores transformados en rabia, decido que no, que hoy tampoco seré la víctima de este individuo asqueroso y abusador.
―¡No es no! ―digo en un grito que le deja perplejo, justo antes de dirigir mi boca a su oreja y mordérsela con todas mis fuerzas, a la vez que aprieto su erección como si fuera un globo de aire que quisiera explotar. El aullido del chef por la doble agresión es bestial y se aleja de mí con una furia monumental pintada en sus ojos asesinos.
―¡Maldita hija de perra! ―me grita con una cólera negra y viscosa trasluciéndose en sus palabras ―Te vas a arrepentir de esto. Mira lo que me has hecho… ¡me has cortado la oreja!
Y es cierto. Con mucho asco, escupo al suelo un cacho de cartílago perteneciente a la parte superior de su oreja derecha, por la que mana un profuso reguero de sangre que mancha de rojo su impoluto traje blanco. Está medio encogido entre las puertas de los lavabos y no acierto a decidir si le dolerá más la oreja o los testículos, a los que les he propinado un buen apretón que no ha tenido que ser tampoco nada agradable para él.
―Ahora mismo quiero que devuelvas el uniforme y salgas de mis cocinas. No quiero volverte a ver en mi equipo y ni sueñes con cobrar el servicio de hoy.
Se agacha a recoger el cacho de oreja que le he rebanado y sale airado del baño de chicas. Yo me quedo allí, temblando como una niña pequeña, dejando que las lágrimas rueden por mis mejillas sin poder controlarlas. Hacía mucho que no acudían a mi mente estas sensaciones y este miedo absoluto. Hacía años que no tenía que defenderme, que no me sentía tan vulnerable y pequeña. Lloro por la Diana de quince años que estaba muerta y enterrada y hoy ha vuelto a la vida. Y por la Diana de treinta que ha sido sacada, de golpe y sin previo aviso, de esta vida fácil y sin violencia, de este sueño sin miedos que llevo viviendo media vida.
El sonido de la vibración de mi móvil, que yace en el suelo junto a mis temblorosos pies, me saca de mi desconsuelo y me trae de nuevo a la realidad. Me agacho poco a poco a recogerlo, y veo que es Saskya. No podía ser nadie más.
―¡Diana! Diana, mi amor, dime que estás bien, dime que no te ha hecho nada…
―Saskya ―digo con la voz ahogada por los sollozos―, ha sido horrible. Ha sido como…
―Lo sé, mi niña… lo sé. Vamos a acabar con ese mamón, no te preocupes. Vamos a ir a la policía y se le va a caer el pelo.
―No, será su palabra contra la mía… dirá que yo le he agredido. Le he cortado media oreja, la víctima va a ser él…
―No, Diana. Lo tengo grabado.
De pronto, por un resquicio de mi corazón abatido se cuela un rayo de luz. Una expectación que me hace tener esperanza. Si no es para vengarme, al menos me servirá para sentirme más segura, de eso no hay duda.
―Saskya, envíame el archivo al Whatsapp ―le pido mientras me arreglo la ropa y salgo del baño.
―¿Qué demonios vas a hacer? ―pregunta ella alarmada.
―Envíamelo, luego te cuento.
Recorro el pasillo de vuelta a las cocinas. Me he secado las lágrimas y sé lo que debo hacer. Me voy a ir, pero no sin cobrar lo que ese cerdo me debe. He trabajado para él esta tarde, tiene que pagarme. Después de eso, puede perderme de vista. Yo quiero perderle de vista con las mismas ganas. O más.
Al llegar a cocinas veo que François está poniendo en hielo su oreja seccionada y que manda a uno de los ayudantes llamar a información para saber dónde está el hospital más cercano. Luego, percatándose de mi presencia, sale a la terraza y busca a alguien.
Vuelve a entrar con un hombre trajeado con el que se pone a hablar. Supongo que es mejor tratar lo que deban tratar en privado, y no ir exhibiendo por ahí su herida. Se ha cambiado la chaquetilla para no llamar la atención con toda la sangre que le ha provocado el corte en la oreja.
―¿Quién es ese que está con Terres? ―le pregunto a uno de los ayudantes del chef.
―Es el anfitrión. Se llama Saul Coleman y es el presidente de Coleman and Asociated Publishing, los que han montado el evento.
Creo que no podría tener mejor público para mi declaración de intenciones y, desobedeciendo las órdenes dadas por ese cerdo de que devolviera el uniforme y me largara, voy directa a por lo que es mío. Apenas me reconozco, pero mi amor propio me pide a gritos que no me deje vencer por un cobarde como este.
―Chef Terres ―digo amablemente mientras me acerco a ambos hombres y François no acaba de creerse que haga eso.
El hombre con el que habla, que no parece muy contento, se vuelve hacia mí y apenas me mira. Es atractivo, mucho, alto, con una melena rojiza y abundante, una nariz recta de lo más aristocrático y unos ojos azules que transmiten cierta frialdad. Supongo que no se llega hasta lo más alto siendo el tipo más cálido y simpático de la ciudad.
―¿Qué hace aún aquí? ―me dice Terres con los dientes apretados― ¡Lárguese de mi cocina!
El señor Coleman vuelve a mirarme, esta vez con una curiosidad patente dibujada en sus ojos claros.
―¿Es esta la persona que le ha agredido? ―pregunta mirándome y con lo que puedo entender disgusto en la voz―. Llamaré a seguridad.
¿Seguridad? ¡No! ¿Para qué? ¿Para mí? ¿Por mí? No me puedo creer que ya haya empezado a darle la vuelta a la historia… era de prever pero ¿ya? Sí que ha sido rápido, supongo que piensa que la mejor defensa es un buen ataque…
―Verá, señor, no creo que eso sea necesario. Estoy segura de que el chef Terres no quiere que esto se nos vaya de las manos ―digo intentando mantener la calma―. Solo quiero que me asegure que cobraré el servicio entero. Al parecer, ha insinuado que eso no será así y no logro comprender la razón.
―¿Que no comprendes la razón? ―chilla él enardecido, consiguiendo con ello que todo el mundo alrededor nos mire con curiosidad―. Te he pillado hablando por el móvil, y cuando te he despedido por cometer esa clara violación del código de conducta de esta empresa, ¡me has atacado!
―Creo que ambos sabemos que eso no es cierto ―digo con una calma que ni sabía que tenía.
―¿No es cierto que te he pillado hablando por teléfono?
―Sí, pero…
―¿Y no es cierto que me has agredido? ¿No me has hecho tú esto? ―pregunta señalándose su oreja mutilada.
―Sí, pero…
―Pero ¡nada! ¡Eres una salvaje y yo mismo me encargaré de que no vuelvas a trabajar en esta ciudad lo que me queda de vida!
Lo miro horrorizada mientras la calma se aleja y en mi cuerpo se instala una marejada que amenaza por tomar el control de mis emociones. No puedo consentirlo, no puedo dejar que se salga con la suya, no después de lo que me ha hecho en el baño.
A nuestro alrededor ya hay gente suficiente como para poner nervioso a cualquiera. No solamente ayudantes del chef o miembros del servicio de camareros, también algunos invitados están asomando la cabeza por la puerta que da a la terraza y que alguien ha dejado abierta para mi consternación.
Las miradas de mis compañeros muestran pena y solidaridad. Todos conocen a Terres, saben cómo se las gasta. Saben lo mezquino que puede llegar a ser y se creen a pies juntillas que me ha despedido por el mero hecho de usar el móvil en horas de trabajo. También veo en ellos algo parecido a la satisfacción y al respeto por haber cobrado venganza y haberme llevado un cacho de su oreja. Lo malo es que nadie sabe la verdad, y que el señor Coleman está claramente inclinado a creerle y a hacer que los de seguridad me saquen por la fuerza.
Una mujer no mucho mayor que yo se acerca a nosotros y veo que intercambia una mirada interrogativa con el anfitrión de la fiesta. Me resulta familiar… nos hemos visto antes, estoy segura.
―Vete ya y no presentaré cargos… me voy al hospital a ver si alguien puede hacer algo para arreglarme el desaguisado que has montado ―dice con la ira aún rondándole los ojos, pero también la satisfacción de haber ganado la batalla―. Disculpe todas estas molestias, señor Coleman. Espero que no afecten al ambiente general de su magnífico evento, al cual espero haber colaborado.
Cuando François Terres se da la vuelta para abandonar la conversación, sé muy bien lo que debo hacer.
―A diferencia de usted, yo sí presentaré cargos por agresión física, intento de violación y amenazas ―digo mientras le doy al botón de play en la pista de sonido que Saskya me ha enviado.
Todo el mundo guarda un respetuoso silencio mientras se oye cómo el cocinero me arrincona y me pide que le complazca mientras yo le digo que no todo el rato, primero con un hilo de voz, y luego claramente. Adoro a Saskya por tener esa desconfianza nata en el ser humano y haber grabado esa conversación por si Terres iba al baño a buscarme problemas.
Cuando la grabación acaba, todo se mantiene en suspenso y como paralizado algunos segundos más.
―Salga de esta cocina y olvídese de volver a trabajar en esta ciudad ―dice Saul Coleman con el semblante más frío que he visto en mi vida y haciendo que el chef François Terres se coma sus propias palabras.