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LA MUERTE DE PINCHAO
29 de Abril de 2007
Los comentarios no demoraron. Todo el mundo especulaba sobre la manera en que Pinchao se había fugado y nadie daba un peso por su triunfo. «El clima está bueno, está avanzando», pensaba yo, tranquila.
Corrió la voz de que la guerrilla lo había encontrado. Uno de los guardias dejó filtrar la información a uno de los nuestros en quien confiaba. «Hasta no ver, no creer», pensé. Pero dieron la orden de empacar, porque nos íbamos. Me desataron del árbol, enrollé los metros de cadena en torno a mi cuello y guardé mis cosas sin afanarme, mientras rogaba en el silencio de mi pensamiento: «Haz que se les escape».
Nos hicieron esperar de pie toda la mañana con las carpas empacadas frente a nuestros postes. Luego nos ordenaron prepararnos para el baño y fue necesario desempacar todo de nuevo. Nos pusimos en fila india entre los guardias que nos empujaban como si fuéramos ganado por el senderito que bajaba a los cenagales.
Nos cruzamos con cinco hombres de torsos desnudos que atravesaron nuestro alojamiento con palas al hombro. Máximo era uno de ellos. Caminaba con energía poniendo mucho cuidado en no desviar los ojos del suelo para no cruzarse con los míos. Ya en el agua, con el jabón en la mano, Lucho susurró:
—¿Viste?
—¿Los tipos y las palas?
—Sí, van a cavar una fosa.
—¿Una fosa?
—Sí, para echar el cuerpo de Pinchao.
—¡Deja de hablar pendejadas!
—Lo fusilaron, los guardias les contaron a los nuestros. Dicen que es culpa nuestra.
—¿Cómo así, nuestra?
—Sí, dicen que nosotros lo animamos a irse.
—¡Lucho!
—¡Y dicen que si murió es por nuestra culpa!
—¿Qué les respondiste?
—Nada… ¿Y qué tal que esté muerto y que sea culpa nuestra?
—Bueno, mi Lucho; ¡ya párala! Pinchao se fue porque le dio la gana. Tomó una decisión adulta, tal como hicimos tú y yo. ¡Este no es el momento, no tienes nada que reprocharte, yo estoy muy orgullosa de lo que hizo!
—¿Y si lo matan?
—Es imposible que lo hayan encontrado.
—¡Pero sí lo encontraron! ¡Por algo es que levantamos el campamento, carajo!
El regreso del baño fue fúnebre. Nos cruzamos con los mismos guardias que regresaban, bañados en sudor, con las palas sucias. «Hicieron huecos para enterrar la basura», pensé, cada vez menos segura.
Una vez estuvimos de nuevo vestidos, tuvimos que ir más cerca de la orilla, a un campo deportivo que habían acondicionado para ellos. Los guardias no reaccionaron cuando me senté al lado de Lucho para hablar. Las horas pasaron en una espera insoportable.
Hubo un movimiento de tropa detrás de lo que había sido nuestro alojamiento. Podía escuchar las voces, que nos llegaban distorsionadas por el eco de la vegetación. Veía las sombras moverse más allá de las hileras de árboles.
—Trajeron a Pinchao —me dijo Armando—. Van a hacerle pasar un mal rato. Después, todos nos iremos. El bongo ya está listo.
Me di vuelta. Efectivamente, en el lugar donde habíamos tomado el baño algunas horas antes se erguía un bongo grande, como un monstruo de chatarra. Sentí un escalofrío.
—¿Por qué no lo traen hasta aquí? —me preguntó Armando, harto de esperar.
Miré los retazos de cielo a través del domo vegetal que nos cubría. El azul se había tornado violeta y sentía, cada vez menos tranquila, deslizarse hasta nosotros el frescor del crepúsculo. Lucho solo respondía con gruñidos cuando alguien lo interpelaba.
De pronto, la agitación detrás de nuestro alojamiento se reanudó. Sombras, voces. La estridencia de un disparo atravesó las capas del entramado vegetal. Una nube de pájaros negros salió volando de entre los árboles, pasando como flechas sobre nuestras cabezas y buscando el cielo. «Aves de mal agüero», pensé, estremeciéndome. Otro disparo, luego un tercero, otro y otro más.
—Conté siete —le susurré a Lucho.
—Acaban de ejecutarlo —dijo, vaciado, con los labios secos y trémulos.
Le tomé la mano y se la apreté cuanto pude.
—¡No, Lucho, no! ¡No es cierto!
Todo el mundo pensó igual. Enrique no apareció. Monster tampoco. Un guerrillero que habíamos visto algunas veces y que cuyo nombre ignorábamos se acercó. Yo lo llamaba «El Tuerto», pues le bailaba un ojo. Con voz fuerte para intimidarnos, las manos sobre las caderas y las botas hacia adelante, se burló: «¿Y entonces? Se les quitaron las ganas de fugarse, ¿no?». Sintió el peso de nuestras miradas fijas en él. Conteníamos el aliento.
—Vengo a avisarles que ese hijueputa está muerto. Trató de atravesar a nado los embalses. Se lo comió un guío. Lo vimos ya cuando el animal lo tenía agarrado; berreaba pidiendo ayuda como una hembrita. Di la orden de dejarlo salir solo del mierdero. El animal lo arrastró hasta el fondo del pozo. Vean lo que pasa por ponerse a dárselas de héroes. Quedan advertidos.
Su versión no tenía pies ni cabeza. «¡Lo mataron, ellos lo mataron!», pensé espantada.
—Mientras no vea el cuerpo de Pinchao, no les creeré —dije, rompiendo nuestro silencio.
—¿No oyes lo que dice el comandante? Se lo comió un guío. ¿A dónde quieres que vayamos a buscar el cuerpo? —gritó Armando, fuera de sí.
Me ofendió que se entrometiera. Quería ver lo que el comandante iba a responderme.
«El cuerpo está en la fosa que acaban de abrir, con siete balas en la cabeza», pensé, aterrada.
—Equipos a la espalda, me siguen callados —nos conminó el hombre, cortando de tajo la discusión—. Ingrid, usted se embarca de última.
Lo oía como si su voz llegara desde otro mundo. Por encima del río, el cielo se había cubierto de sangre.
Miré a mis compañeros subir al bongo. Algunos bromeaban. En el espacio destinado a la guerrilla las muchachas se arreglaban el pelo, haciéndose lindas trenzas unas a otras. El comandante sin nombre coqueteaba en medio de ellas como un sultán en su harén. «¿Cómo pueden seguir viviendo en semejante indiferencia?».
No quería ver aquella espectacular puesta de sol, ni las lindas muchachas, ni el bongo que hendía las aguas tranquilas como mantequilla. Pronto, la bóveda estrellada cubrió nuestro universo y mi silencio. Me escondí detrás de Lucho y mis lágrimas manaron como si mi corazón se hubiera quebrado. Mantenía las manos sobre las mejillas para enjugarme las lágrimas antes que pudieran haberse cuenta de que lloraba. «Mi Pinchao, espero que no puedas oírme y que aún no estés allá arriba».
Hacía días que navegábamos en ese bongo. Ya no quería pensar. Pegada a mi dolor así como al de Lucho, trataba de no oír nada.
—Se lo merecía —decían a nuestro alrededor.
—Con sus dientes salidos y su sonrisa de conejo, ¿qué se creía, mejor que nosotros?
Mis compañeros hablaban fuerte para que la guerrilla entendiera que no tenían nada que ver.
¡Los odiaba por eso!
—¡Se murió porque quiso, quién lo mandó a aconsejarse tan mal! —decía otro, apretujado junto a Lucho.
Lucho estaba atormentado y mi llanto no lo ayudaba.
El bongo se hundió en la selva, quebrando la naturaleza como un rompehielos. Se abría paso por las entrañas del infierno con su quilla reforzada, por canales hasta entonces vírgenes. Nos protegíamos bajo la lona mientras a nuestro alrededor el mundo se derrumbaba ante el avance terco y lento del monstruo de acero. «Estará pudriéndose entre la tierra. Lo habrán botado ahí como a un pedazo de carne», me torturaba.
El Día de la Madre nos sorprendió, aquel año, descomponiéndonos en las tripas del bongo. Pegada a mi radio escuché a las cuatro de la mañana el mensaje de la mamá de Pinchao, así como las claras y sabias voces de sus hermanas. «¿Quién les contará? ¿Cómo se enterarán?». Sufría terriblemente de saberlo muerto y enterarme de los mensajes destinados a él.
Al fin hicimos un alto en la boca de un canal, sobre una playita de arena fina. Desembarcamos para desentumecernos la adolorida inmovilidad de las últimas semanas, frente a una casita de madera rodeada por un huerto. Nos mandaron a la parte de atrás, bajo un tejado en lámina de zinc sostenido por una veintena de vigas en torno a un cuadrado de tierra pisada. Cada quien se apresuró a apropiarse de una viga donde guindar su hamaca. Llegó una olla hirviente de chocolate en agua. Todos hicimos la cola, perdidos en nuestros respectivos pensamientos. Me levanté, magullada y adolorida, para abrir los ojos a la nueva realidad.
—¡Compañeros! —Arranqué, con una voz que hubiera querido más fuerte—. Pinchao ha muerto. Quisiera pedirles que guardemos un minuto de silencio en su memoria.
Lucho asintió. El guardia que servía me apuñaló con la mirada. Me concentré en mi reloj. El compañero que trabajaba para la guerrilla se acercó al guardia rozándome y se puso a hablar alto y fuerte. Otros hicieron lo mismo cuando vieron que Enrique se acercaba. Cada cual encontró la forma de romper el silencio, unos con más premeditación que otros. Solamente Lucho y Marc fueron a sentarse aparte, negándose a abrir la boca. El minuto se me hizo eterno. Cuando verifiqué en mi reloj que había llegado a su fin, me oí pensar: «Mi pobre Pinchillo, siquiera no estás aquí para ver».
Retomamos nuestra carrera hacia ninguna parte, huyendo de un enemigo invisible que nos respiraba en la nuca. La marcha se reanudó, intercalada con los desplazamientos en bongo. Los guardias me persiguieron a conciencia con su rencor. «Ella fue la que lo ayudó a huir», mascullaban a mi espalda para justificar sus bajezas. De noche se acomodaban cerca de nosotros y hablaban fuerte para que los oyéramos: «Todavía tengo la imagen de Pinchao con los huecos en la cabeza y toda esa sangre. Seguro que su fantasma nos persigue», decía uno. «Donde está ya no jode», se burlaba otro.
Acabábamos de montar campamento sobre un terreno infestado de majiñas, y mientras atrincherada en mi hamaca sufría por las quemaduras que me habían ocasionado, incapaz de extender el brazo para recoger mi radio y escuchar las noticias, oí el rugido de Lucho:
—¡Ingrid, escucha Caracol! Pegué un brinco.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —farfullé, tratando de salir de mi letargo.
—¡Pinchao coronó! ¡Pinchao está libre, Pinchao está vivo!
—¡Cállense la jeta, manada de hijueputas! —aulló un guardia—. Al primero que vuelva a abrir la boca lo quiebro.
Demasiado tarde. Yo también gritaba sin poderme contener.
—¡Bravo, Pinchao, eres mi héroe! ¡Yihaaa!
Los radios se encendieron todos al tiempo. La voz de la periodista anunciando la noticia salía de todos los rincones. «Luego de diecisiete días de caminata, el intendente de la Policía John Fran Pinchao encontró la libertad y a su familia. Aquí están sus primeras declaraciones».
Entonces oí la voz de Pinchao, llena de luz en medio de esa noche sin estrellas:
«Quiero enviarle un mensaje a Ingrid. Yo sé que ella me escucha en este momento. Quiero que sepa que le debo el regalo más bello de todos. Gracias a ella recobré la fe. Ingridcita, tu Virgen se me apareció cuando la llamé. Puso un pelotón de la Policía en mi camino».