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EL CAMPAMENTO DE GIOVANNI
El camión se detuvo varias horas más tarde, en medio de esta carretera trazada en el corazón de la selva virgen. A la izquierda, entre los árboles, se alcanzaba a adivinar otro campamento de las Farc. Nos hicieron bajar. Mi compañera y yo llevábamos nuestros efectos personales metidos en unos costales de papas. Lucho, por su parte, ya había pasado a un nivel superior y llevaba un morral farquiano, en tela impermeable verde, de forma rectangular, con una gran cantidad de correas a los lados en las que se podía colgar de todo, incluidos la olla, el plástico negro, la carpa enrollada y el resto. Estaba equipado como un guerrillero.
Un hombre de aspecto tosco, parado a un costado de la carretera, con las piernas separadas, se golpeaba con un gesto impaciente su muslo fuerte con la parte plana de su machete. Tenía el pelo muy negro y brillante, la mirada fría y penetrante y un bigote al que le hacía compañía una barba de tres días. Sudaba por todas partes y se notaba que acababa de terminar una intensa actividad física.
Nos dirigió la palabra con rudeza:
—¡Ustedes! ¡Acérquense! Yo soy su nuevo comandante. Ahora están bajo la responsabilidad del Bloque Oriental. Métanse allá y esperen.
Nos hizo pasar por la barrera de árboles que tapaban a medias el campamento. Era un auténtico hormiguero. Debía de haber un montón de gente, pues vi caletas por todas partes, así como hombres y mujeres ocupados instalando sus carpas a toda velocidad, sin duda para estar listos antes de que cayera la noche.
Nos miramos con Lucho e instintivamente nos tomamos de la mano.
—No debe ser un tipo muy tratable, «nuestro comandante»…
—Tiene pura cara de asesino —me susurró Lucho—. Pero no te preocupes. Aquí hay que desconfiar de los que parecen buena gente. No de los otros.
El comandante vino a buscarnos y nosotros lo seguimos con prudencia. Diez metros más allá, vimos tres caletas en fila, que acababan de terminar. La savia de los troncos cuidadosamente descortezados todavía exudaba. Algunos hombres trabajaban con prisa para terminar una gran mesa, con un banco a cada lado.
—Ustedes se instalan aquí. Los chontos están allá atrás. Ahora es muy tarde para el baño, pero mañana por la mañana les mando a la recepcionista para que les indique dónde bañarse. Voy a ordenar que les traigan comida. Si necesitan algo, me mandan llamar. Mi nombre es Giovanni. Buenas noches.
El hombre se fue y nos dejó a dos guardias en cada esquina del rectángulo imaginario por donde teníamos permiso de movernos.
—Guardia, ¿para ir a los chontos? —pregunté.
—Por allá, siga el camino, detrás de la enramada de palmas. Tenga cuidado, que hay tigres.
—Sí, tigres, y tiranosaurios también.
El guardia ahogó una risa y Lucho me miró feliz. ¿Qué necesidad tenían de estar siempre metiéndonos miedo?
Nos instalamos para pasar esa noche, con la esperanza de que ya estábamos en el punto de encuentro con los emisarios. Observé a Lucho desempacar sus cosas, y él también me miraba de reojo. Tenía una cobija de lana de cuadros escoceses que me pareció envidiable. Yo tenía una pequeña colchoneta recubierta de tela impermeable que podía doblarse en tres y que a Lucho parecía interesarle. Nos sonreímos:
—¿Quieres que te preste mi colchoneta? —susurré.
—¿Pero cómo vas a dormir?
—Por mí no hay problema. Me pusieron unas palmas en la caleta. Con eso basta.
—¿Quieres que te preste una cobija?
—Tengo mi chaqueta —le respondí sin convicción.
—Es que yo tengo dos cobijas. Además, me conviene que la cojas. Con eso, tengo menos que cargar.
Quedé contenta con nuestro intercambio, y se veía que él también.
Nos habían prestado linternas a cada uno. Para nosotras era un lujo. Le pedí permiso al guerrillero que estaba de guardia para ir a sentarme con Lucho en la mesa y accedió. Ya estaba completamente oscuro y era un momento privilegiado para confesarse.
—¿Tú qué crees? —me preguntó en voz baja.
—Yo creo que nos van a liberar…
—Yo no creo. A mí lo que me dijeron fue que nos iban a llevar a otro campamento, con los demás prisioneros.
Los guardias nos dejaron hablar sin interrumpirnos. El clima era agradable, con una brisa que agitaba las hojas de los árboles. Era un verdadero placer escuchar a este hombre. Todo lo que decía me parecía estructurado y bien pensado. Su presencia me producía un gran bienestar. Era una especie de terapia poder compartir con otra persona todas las ideas que bullían en mi cabeza. No me había dado cuenta de hasta qué punto me hacía falta tener otra persona para confesarme.
El despertar al alba fue alegrado de manera imprevista por una rubia bonita que se presentó como nuestra recepcionista. Lucho se había despertado de muy buen humor y la bombardeó de piropos. La muchacha le respondía muy desenvuelta, yendo cada vez más lejos en el tono picante de los comentarios. Todo el mundo se reía, pero estaban rayando ya con lo salido de tono. Lucho no podía adivinar que ella era la «socia» del comandante.
Cuando Giovanni vino a vernos al terminar el día, era otra persona: se veía relajado y amable. Nos saludó de mano y nos invitó a acompañarlo a la mesa. «Su mujer nos palanqueó», pensaba yo mientras lo miraba. Era un buen conversador. Se quedó contándonos su vida hasta tarde.
—Un día estábamos en plena batalla. Teníamos a los para-militares a treinta metros y había bala por todas partes. Teníamos muchas bajas de ambos lados. En un momento dado, yo me estaba arrastrando para acercarme a la línea enemiga y recibí un mensaje por radio de uno de mis muchachos. Estaba cagado del susto. Yo estaba ahí, tirado en el suelo, con las balas silbándome por las orejas, y trataba de hablarle lo mejor que podía, como a un hijo, para que avanzara hacia el enemigo como yo, para darle valor. ¿Se imagina la escena? ¡Yo estoy con la radio en la boca y veo al enemigo! Él no me ha visto, lo tengo al frente, ¡y también está hablando por radio! Me acerco despacito, como una culebra, él no me siente venir, ¡y qué sorpresa! ¡Resulta que lo oigo hablar y está hablando conmigo! ¡Terrible! Yo creía que estaba hablando con uno de mis muchachos y él creía que estaba hablando con el jefe de él. ¡Pero estaba hablando era conmigo, el huevón! Ahora lo tenía al frente y me tocaba matarlo. Me dejó jodido. Yo no lo podía matar. Era un niño, ¿me entiende? Ya no era el enemigo para mí. Entonces lo agarré a patadas, le cogí el fusil y le ordené largarse. ¡El idiota se salvó por un pelo! Si está vivo, todavía se debe acordar.
Giovanni era muy joven. No llegaba a los treinta años. Era un muchacho muy rápido, inteligente, con un gran sentido del humor y dotado de un don innato para mandar. En la tropa lo adoraban. Yo observaba su comportamiento con interés. Era muy diferente de Andrés. Confiaba en su gente, pero exigía y controlaba. Delegaba con mayor facilidad que Andrés y, por tanto, sus muchachos se sentían valorados.
Con este grupo, no tenía la sensación de ser espiada. Desde luego que había vigilancia, pero la actitud de los guardias era diferente. También entre ellos el ambiente era mejor. No percibía la desconfianza que había visto antes. Ellos no se sentían vigilados por sus camaradas. Todo el mundo respiraba un aire menos cargado bajo la autoridad de este joven comandante.
Giovanni había adoptado la costumbre de venir todas las tardes a participar con nosotros en un juego que Lucho había adaptado y que consistía en hacer avanzar en un tablero fríjoles, lentejas y garbanzos (que eran los peones), y alinearlos de tal forma que se eliminara a los adversarios a su paso. Yo nunca lograba ganar. El verdadero duelo comenzaba cuando quedaban frente a frente Lucho y Giovanni. Era un espectáculo digno de verse. Se fustigaban con comentarios cáusticos, en los que se reflejaban todos los prejuicios políticos y sociales que venían como anillo al dedo para atacar al otro. Era para morirse de la risa. La tropa venía a ver el partido, como quien va a un espectáculo.
La compañía de Giovanni se nos volvió agradable y familiar. Le preguntamos abiertamente si pensaba que íbamos a ser liberados y él nos respondió que creía que sí. Decía que eso podía tomar algunas semanas, porque había que afinar «los últimos detalles», y que el asunto dependía exclusivamente del Secretariado. Pero afirmaba francamente que debíamos prepararnos para la liberación. Ese se convirtió en el tema principal de nuestras conversaciones.
Al poco tiempo, nos aprendimos los nombres de todos los guerrilleros del grupo. Había unos treinta. Giovanni había hecho todo lo posible para integrarnos, e incluso nos había invitado al «aula» para las actividades nocturnas que solían desarrollar. Eso me sorprendió mucho, pues, en el anterior campamento, Andrés tenía estrictamente prohibido que oyéramos, así fuera de lejos, lo que decían. Era una hora de esparcimiento para que los jóvenes se divirtieran jugando por equipos. Había que cantar, inventar consignas revolucionarias, adivinar enigmas, etc. Todo ocurría en un ambiente amable.
Una noche, a la salida del aula, uno de los guerrilleros me abordó:
—Dentro de unos días la van a liberar. ¿Qué va a decir sobre nosotros?
Lo miré sorprendida. Luego, tratando de sonreír, le dije:
—Voy a contar lo que vi.
La pregunta me dejó un regusto amargo. Asimismo, dudaba de que mi respuesta hubiera sido la más acertada.
Estábamos tomándonos la colada de la mañana cuando oí un ruido de motores. Le hice una señal a Lucho para que mirara.
Se vivía una gran agitación, y antes de que tuviéramos tiempo de reaccionar, Jorge Briceño, alias «Mono Jojoy», tal vez el más conocido de los jefes de las Farc después de Marulanda, hizo su aparición. Por poco escupo mi bebida. El jefe guerrillero avanzaba lentamente, con su mirada de águila. Al ver a Lucho, se abalanzó sobre él y le dio un abrazo asfixiante.
El Mono Jojoy era un hombre temible. Quizá el más sanguinario de los jefes de las Farc. Se había ganado, con justa razón, una fama de hombre duro e intransigente. Era el gran guerrero, el militar, el combatiente de acero que despertaba admiración en toda esa juventud que las Farc reclutaban por montones en las regiones más pobres de Colombia.
El Mono Jojoy debía de tener unos cincuenta años bien vividos. Era un hombre de estatura mediana, corpulento, con una cabeza enorme y prácticamente sin cuello. Era rubio, con la cara roja y congestionada, siempre bajo presión, y tenía un estómago prominente que lo hacía parecer un toro cuando caminaba.
Sabía que me había visto, pero no vino hacia mí de inmediato. Se tomó su tiempo para hablar con Lucho, sabiendo que mi compañera y yo lo estábamos esperando de pie frente a nuestras caletas, casi en posición de firmes. ¡En qué me había convertido! La psicología del prisionero impregnaba hasta nuestros comportamientos más simples.
Lo había visto por última vez al lado de Marulanda. No se molestó en saludarme y yo apenas noté su presencia. No lo habría visto en absoluto de no haber sido por el comentario desagradable que les hizo a sus compañeros:
—Ah, ¿ustedes están con los políticos? Pierden su tiempo. Lo mejor que podíamos hacer era cogerlos como rehenes para el «intercambio humanitario». Así, al menos, dejan de joder. ¡Apuesto que si capturamos políticos, a este gobierno le toca devolvernos a nuestros camaradas!
Yo me volteé hacia Marulanda y lo interpelé, riéndome:
—¿Ah, sí? ¿En serio? ¿Serían capaces de secuestrarme así, en una carretera?
El viejo hizo un gesto con la mano, como para apartar la mala idea que le acababa de sugerir Jojoy.
Pues bien, cuatro años después, me resultaba evidente que Jorge Briceño se había dedicado a ejecutar su amenaza. El Mono Jojoy se dirigió hacia mí y me abrazó como si quisiera triturarme.
—Vi su prueba de vida. Me gusta. Dentro de poco va a salir al aire.
—Por lo menos queda claro que no padezco el síndrome de Estocolmo.
Jojoy me miró fijamente a los ojos, con una maldad que me heló la sangre. En ese segundo comprendí que acababa de condenarme. ¿Qué le había disgustado? Probablemente el hecho de que no me interesaba su aprobación. He debido quedarme callada. Este hombre me odiaba sin remedio; yo era su presa y no me iba a soltar jamás.
—¿Cómo los han tratado?
Lo dijo mirando a Giovanni, que se acercaba.
—Muy bien. La verdad es que Giovanni es muy atento. También en eso sentí que había dado la respuesta equivocada.
—Bueno, hagan su lista y díctensela a Pedro. Yo me encargo de que todo les llegue rápido.
—Gracias.
—Voy a mandarles a mis enfermeras. Ellas van a hacer un informe sobre su estado de salud. Díganles todo lo que les esté molestando.
Cuando se fue el Mono Jojoy me quedé sumida en una desazón inexplicable. Todo el mundo estaba de acuerdo en afirmar que el comandante Jorge era cortés y generoso. Yo quería creerlo, pero intuía que su visita era un pésimo presagio.
Me senté cerca de Pedro, mientras que Lucho era examinado médicamente. Empecé a dictarle la lista de cosas que necesitaba, siguiendo la orden del Mono Jojoy. El pobre hombre sudaba a chorros, incapaz de escribir correctamente el nombre de los productos que yo necesitaba. Lucho, que me estaba oyendo, se moría de risa bajo el estetoscopio de las enfermeras, sin poder creer que yo me atreviera a incluir en la lista tantos artículos de cuidado personal.
—Aprovecha y pide la luna de una vez —me decía para tomarme el pelo. Pedí también una Biblia y un diccionario.
Al día siguiente, una de las enfermeras volvió. Se había comprometido a volver regularmente para darle masajes en la espalda a Lucho, que sufría lo indecible. Él estaba en el cielo y se dejaba masajear por la muchacha.
Un chirrido de frenos en la carretera me hizo aguzar el oído. Todo sucedió muy rápido. Alguien aulló unas órdenes. Giovanni vino corriendo, pálido.
—Tienen que empacarlo todo porque se van.
—¿Nos vamos? ¿Adonde? ¿Y usted?
—No, yo me quedo. Me acaban de relevar de la misión.
—Giovanni…
—No, no tenga miedo. Todo va a salir bien.
Un muchacho llegó corriendo y le susurró algo al oído a Giovanni. Este cerró los ojos y se golpeó los muslos con los puños apretados. Luego, recobrando la compostura, nos dijo:
—Tengo orden de vendarles los ojos. Me da mucha pena. De verdad. ¡Mierda!
El mundo dio un vuelco para mí. Solo oía gritos y veía guerrilleros corriendo por todas partes. Me empujaban, me halaban. Me taparon los ojos con una venda gruesa. No veía nada. Solo tenía en mi mente la imagen del Mono Jojoy, grabada en mi memoria, que me perseguía, desfilando ante mis ojos cerrados como una maldición.