15
A FLOR DE PIEL
Al amanecer, Ferney vino a vernos: «Empaquen todas sus cosas. Nos vamos. Tienen que estar listas en veinte minutos».
Sentí que las piernas se me volvían de trapo. El campamento ya estaba a medio desmantelar. Todas las carpas habían sido recogidas y los primeros guerrilleros se iban con sus morrales a la espalda, en fila india, bordeando el río. Nos hicieron esperar.
A las doce del día en punto volvió Ferney, agarró nuestras cosas y nos ordenó seguirlo. Atravesamos el cocal como si nos hubiéramos metido en un horno, pues el sol calcinaba. Pasamos frente al limonero y bajé algunos limones para llenarme los bolsillos. Era un lujo que no podía dejar pasar. Ferney me miraba con impaciencia, hasta que se decidió también él a coger algunos limones, al mismo tiempo que me obligaba a seguir caminando.
Volvíamos a entrar a la manigua. La temperatura cambió al instante. Del calor asfixiante del sembrado de coca pasamos a la frescura húmeda del sotobosque. Olía a podrido. Yo detestaba este mundo en perpetuo estado de descomposición y el bullicio de esos insectos de pesadilla. Era una tumba que solo esperaba un pequeño descuido para cerrarse encima nuestro. El agua estaba tan solo a unos veinte metros: íbamos bordeando el río. Eso quería decir que nos desplazaríamos en lancha. Pero no veía ninguna embarcación.
El guardia se sentó en el suelo, se quitó las botas y se acomodó como quien va a esperar largo tiempo. Yo miraba a mi alrededor, con la esperanza de encontrar un lugar propicio para descansar. Giré sobre mí misma, indecisa, como un perro que quiere sentarse. Ferney reaccionó riéndose.
—¡Espere!
Desenfundó el machete y despejó un espacio de terreno alrededor de un árbol muerto. Después cortó las hojas de un inmenso plátano silvestre y las dispuso con cuidado sobre el tronco.
—Siéntese, doctora —dijo en tono burlón.
Nos hicieron esperar todo el día, sentadas en ese viejo tronco a la orilla del río. A través del denso follaje se veía un cielo azul, de color cada vez más profundo, que me llenaba el alma de pesares: «Señor, ¿por qué? ¿Por qué?».
Un ruido de motor nos sacó del sopor. Todo el mundo se levantó. Aparte del piloto —que no era otro que Lorenzo—, ya venían en la lancha Andrés y Jessica. Logré relajarme un poco al ver que íbamos río arriba. Después de navegar un tiempo, llegamos a un río dos veces más ancho que el anterior. En la penumbra del crepúsculo brillaba por aquí y por allá un número cada vez mayor de lucecitas provenientes de casas. Hacía todo lo posible para no ceder al efecto hipnótico de las vibraciones del motor. Los demás roncaban a mi alrededor en posiciones inverosímiles, para evitar el viento que nos azotaba la cara.
Desembarcamos frente a una cabaña dos días después. Nos esperaban unos caballos. Llevadas de cabestro, atravesamos una finca inmensa con potreros llenos de ganado bien alimentado. De nuevo, rogué: «¡Dios mío, haz que este sea el camino a la libertad!». Sin embargo, abandonamos la finca y seguimos por una carretera destapada, muy bien cuidada y bordeada de cercas recién pintadas de blanco. Estábamos de vuelta en la civilización. Una sensación de ligereza me invadió. Esto debía de ser un buen augurio.
Luego, en un cruce de caminos, nos hicieron bajar de los caballos, nos dieron nuestras pertenencias para que las cargáramos y nos dieron la orden de caminar. Alcé la mirada y vi una columna de guerrilleros que nos llevaba la delantera y que se adentraba de nuevo en la selva ascendiendo por una pendiente abrupta. Me preguntaba cómo lograría imitarlos. Con un fusil acuñado en la espalda, lo hice, un pie tras otro, como una mula. Andrés había resuelto establecer el nuevo campamento en la cima.
El aprovisionamiento en este nuevo lugar parecía más cómodo de organizar. Llegó un cargamento de champú y de objetos de cuidado personal que yo no había cesado de pedir desde hacía meses. Sin embargo, al ver la caja con todos esos frascos de supermercado, comprendí que mi liberación no estaba incluida en el programa. Los guerrilleros calculaban que yo seguiría allí en Navidad. También llegó un cargamento de ropa interior. Debía de haber algún comercio no muy lejos de ahí. El camino que habíamos tomado tendría que llevar a alguna parte. Tal vez habría un puesto de policía en los alrededores, o incluso un destacamento militar.
Decidí llevar una rutina con el propósito de no despertar las sospechas de los guerrilleros. Vivíamos en una caleta que nos habían hecho bajo un inmenso plástico negro. También nos construyeron una mesa con dos sillas ubicadas frente a frente y una cama del tamaño apenas suficiente para nuestro único colchón y el mosquitero.
Le pedí permiso a Andrés para que nos hicieran una «pasera», un estante donde poner nuestras cosas. Jessica, que estaba detrás de él en ese momento, dijo con desdén: «¡Las instalan como unas reinas y todavía se quejan!». Me sorprendió su resentimiento.
Lo percibí un día, a la hora del baño. Debíamos bajar una pendiente que se había vuelto un barrizal desde el segundo día que llegamos, para acceder hasta una quebradita de ensueño que serpenteaba en la parte baja de nuestra colina. Ahí el agua era absolutamente transparente y corría por un lecho de piedrecitas como de acuario, que reflejaban la luz en una multitud de haces de colores.
Era mi momento preferido del día. Bajábamos al arroyo al comienzo de la tarde, para no molestar el trabajo de los cocineros, que por la mañana iban al mismo lugar a aprovisionarse de agua y lavar las ollas. Dos muchachas nos vigilaban mientras lavábamos la ropa y nos bañábamos.
Un día tuve la pésima idea de comentar que el lugar me parecía encantador y que me fascinaba bañarme en esas aguas cristalinas. Peor aún, me deleité en el riachuelo algunos instantes de más antes de encontrar la mirada de encono de una de las guerrilleras. A partir de ese momento, las muchachas que nos vigilaban empezaron a tener el reloj en la mano y nos obligaban a apurarnos desde el momento mismo en que llegábamos.
En todo caso, yo estaba decidida a no permitir que me arruinaran ese momento. Reduje al máximo el tiempo de la lavada de la ropa para disfrutar del baño. Luego les tocó el turno a Jessica y Yiseth de acompañarnos. No bien llegamos, Jessica se fue furiosa al ver que me lanzaba al agua con la alegría de una niña. Me imaginé que, irritada, iría a quejarse diciendo que yo me demoraba mucho tiempo en el baño. Pero antes nos habíamos cruzado con Ferney bajando la cuesta y contaba con él para que se arreglara la situación. No me imaginaba en absoluto lo que iría a ocurrir.
Estábamos desnudas lavándonos el pelo, con los ojos llenos de jabón, cuando oímos voces masculinas gritando obscenidades en el camino de bajada. No tuve tiempo de cubrirme antes de que los guardias nos ordenaran salir del agua, apuntándonos con el fusil. Protesté, tapándome con la toalla, y exigí que se fueran para poder vestirnos. Uno de los guardias era Ferney, poniendo cara de malo. Me dio la orden de retirarme del lugar de inmediato: «Aquí no están de vacaciones. ¡Se visten en la caleta!».
Octubre de 2002. Me protegía con la Biblia. Decidí comenzar por lo más fácil: los Evangelios. Esas historias escritas como si una cámara indiscreta hubiera seguido a Jesús, a su pesar, servían de estímulo a una reflexión libre. El Jesús de la Biblia se convertía en un individuo que cobraba vida ante mis ojos, que se relacionaba con los hombres y las mujeres de su entorno, y cuyo comportamiento me intrigaba, sobre todo por el hecho de que yo jamás habría actuado de la misma manera.
Un día, algo se accionó en mí. El episodio de las bodas de Cana me intrigó. Había un diálogo entre Jesús y su madre que me llamaba la atención, pues me parecía íntimamente familiar: yo habría podido vivir esa misma situación con mi hijo. María, al darse cuenta de que no hay más vino para la fiesta, dice: «No tienen vino». Jesús, quien de sobra comprende que detrás de esta simple frase hay una incitación a la acción, le responde de mal humor, casi molesto de sentirse manipulado. María, como todas las madres, sabe, a pesar del rechazo inicial de Jesús, que su hijo terminará haciendo lo que ella ha sugerido. Por eso se va a hablar con las personas encargadas de servir el vino, para que sigan las instrucciones de Jesús.
Tal como María le indicó, Jesús transforma el agua en vino y comienza su vida pública con este primer milagro. Había un innegable y simpático sabor pagano en el hecho de preocuparse tanto para que no se acabara la fiesta. Esta escena me tuvo en vilo durante varios días. ¿Por qué se había negado Jesús al principio? ¿Tenía miedo? ¿Estaba intimidado? ¿Cómo podía equivocarse sobre la conveniencia del momento si se suponía que lo sabía todo? La historia era apasionante. Mis pensamientos me daban vueltas incesantes en la cabeza. Buscaba… reflexionaba… Luego, de repente, lo entendí: ¡Él había podido optar! Era evidente, casi tonto. Pero eso lo cambiaba todo. Este hombre no era un autómata programado para hacer el bien y padecer un castigo a nombre de la humanidad. Sin duda, tenía un destino, pero había tomado sus decisiones, ¡siempre podía optar! En cuanto a mí, ¿cuál era mi destino? En este estado de ausencia total de libertad, ¿me quedaba a mí alguna posibilidad de optar por algo? En caso afirmativo, ¿por qué?
Aquel libro que tenía entre las manos se había convertido en mi único interlocutor fiable. Esas palabras escritas tenían tal poder que me llevaban a desnudarme ante mí misma, a dejar de huir, a tomar también mis propias decisiones. A través de una especie de intuición vital, descubrí que tenía ante mí un largo camino por recorrer que me transformaría de manera profunda sin que yo pudiera adivinar su esencia ni su alcance. Había una voz detrás de todas esas páginas llenas de líneas, y detrás de esa voz, una inteligencia que buscaba establecer contacto conmigo. Ya no era solamente la compañía de un libro que me sacaba del aburrimiento. Era una voz viva que me hablaba. A mí.
Consciente de mi ignorancia, leí la Biblia de la primera a la última línea verbalizando todas las preguntas que se me venían a la cabeza. En efecto, había notado que, con frecuencia, cuando un detalle de la narración me parecía incongruente, lo dejaba a un lado en mi mente, en una cesta que había puesto en mi imaginación para botar lo que no entendía, marcada con la palabra «errores», lo cual me permitía seguir leyendo sin hacerme cuestionamientos. A partir de ese momento, me hice las preguntas, lo cual estimuló mi reflexión para dejarme oír aquella voz que me hablaba en medio de todas esas palabras.
Comencé a interesarme por María, simplemente porque la mujer que había descubierto en las bodas de Cana era bastante diferente de la adolescente ingenua y un poco tonta que creía conocer hasta entonces. Revisé minuciosamente el Nuevo Testamento: era muy poco lo que había sobre ella. No hablaba nunca, salvo en el Magníficat, que tomaba otra dimensión para mí y que decidí aprender de memoria.
Mis días se habían enriquecido, mis angustias se habían suavizado. Abría los ojos con la impaciencia de ponerme a leer y a tejer. El cumpleaños de Lorenzo se acercaba y me había propuesto hacer que ese fuera un día tan feliz como el del cumpleaños de Melanie. Lo había convertido en un precepto de vida. Era también un ejercicio espiritual: obligarme a la felicidad en medio de la mayor desesperanza.
Me dediqué a confeccionarle una correa excepcional a Lorenzo. Logré tejer en relieve unos barcos antes de su nombre. Como había adquirido bastante destreza, pude acabar mucho antes de la fecha. Mis innovaciones me habían lanzado al grupo de los «profesionales». Yo intercambiaba con los grandes tejedores del campamento conversaciones de alto vuelo técnico. El hecho de tener una actividad creativa me permitía hacer cosas nuevas en un mundo que me rechazaba; además, me liberaba del peso del fracaso en que se había convertido mi vida.
También seguía haciendo gimnasia. En todo caso, yo lo presentaba así, pues lo que quería era obligarme a tener un entrenamiento físico qué me permitiría enfrentar mi futura evasión.
La lectura de la Biblia me facilitó mejorar mi relación con Clara. Una tarde, bajo un aguacero torrencial, confinadas bajo el toldillo, me aventuré a compartir con ella los resultados de mis cavilaciones nocturnas. Le expliqué en detalle por dónde debíamos alejarnos de la caleta, cómo evitar al guardia, qué camino tomar para alcanzar la libertad. Era tanta la bulla que hacía la lluvia en el techo de plástico que casi no podíamos oírnos. Ella me pidió que le hablara más fuerte y continué mi explicación en voz alta. Cuando acabé de exponerle mi plan detallado percibí un movimiento detrás de nuestra caleta. Ferney se había escondido dentro, detrás del estante que Andrés había aceptado construirnos. Lo había oído todo.
Sentí que me desplomaba. ¿Qué harían ahora? ¿Nos pondrían cadenas de nuevo? ¿Empezarían a requisarnos? Me daba rabia conmigo misma por haber sido tan descuidada. ¿Por qué no había tomado las precauciones indispensables para hablar?
Yo escudriñaba la actitud de los guardias para tratar de identificar algún cambio, y ya me imaginaba a Andrés trayendo las cadenas.
Cuando llegó el día del cumpleaños de Lorenzo, pedí permiso para hacer una torta, segura de que me negarían acercarme a la rancha. Sin embargo, me dieron el permiso y esta vez Andrés ordenó que hiciéramos una cantidad suficiente de torta para todos.
Fiel a mi juramento, ese fue un día de perdón. Eliminé todos los pensamientos de tristeza, pesar e incertidumbre y me entregué a la tarea de atender a todos, como una manera de dar, en compensación por lo mucho que había recibido el día de la llegada de mi hijo.
Aquella noche, por primera vez desde hacía muchos meses, dormí profundamente. Sueños de felicidad en los que yo corría por una pradera llena de flores amarillas, alzando a Lorenzo de tres años, invadieron aquellas escasas horas de tregua.