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AMIGOS QUE VIENEN Y AMIGOS QUE SE VAN
Teníamos un nuevo recluta entre nosotros. Una tarde, poco después de instalar nuestro campamento cerca del río, una familia de monos atravesó nuestro espacio de rama en rama, en las copas de los árboles; se detenían solo para lanzarnos palos o para orinarnos en señal de hostilidad y para marcar su territorio. Una mamá mono con su bebé agarrado a la espalda pasaba cuidadosamente de rama en rama, verificando de vez en cuando que su cría se sostuviera bien. William la mató.
El bebé cayó a sus pies y se convirtió en la mascota de Andrea. La bala que había matado a la madre le dejó la mano herida a la cría. El animalito lloraba como un niño y se lamía, sin comprender lo que le había ocurrido. Lo amarraron con una cuerda a un arbusto que había cerca de la caleta de Andrea.
En un momento dado comenzó a llover y yo veía al miquito tiritar, solo, desgraciado, bajo la lluvia. Me temía que se fuera a morir. Yo había logrado conservar, dentro de mis pertenencias, un frasquito de sulfacol que llevaba conmigo desde el día del secuestro. Tomé la decisión de cuidar al miquito. El animal trataba de huir espantado, tirando de la cuerda con todas sus fuerzas, casi al punto de estrangularse. Poco a poco, pude cogerle la manita, negra y tierna como la de un ser humano en miniatura. Le había puesto polvo en la herida y le había hecho una pequeña venda en la muñeca. Era una hembra. Le habían puesto el nombre de «Cristina».
Una vez instaladas en la jaula, cada dos días pedía permiso para ir a saludar a Cristina. Había que cruzar todo el campamento. La miquita siempre estaba amarrada a un árbol y cuando me veía venir exultaba de felicidad. Siempre guardaba alguna cosa del desayuno para llevarle. Ella me la quitaba de las manos y se escapaba a comérsela, dándome la espalda.
Una mañana, oí a Cristina dar unos chillidos violentos. El guardia me explicó, riéndose, que la estaban bañando porque olía mal. La vi llegar hacia mí corriendo, arrastrando la cuerda y mirando hacia atrás para ver si no la estaban siguiendo. Se me subió hasta el cuello y terminó por dormirse, con la cola enrollada en mi brazo para no caerse.
Le habían cortado el pelo, con un corte militar que llamaban «la mesa» y le hacía ver la cabeza plana; la habían sumido en el agua para enjuagarla. Me atreví a decirles que a los animales no había que lavarlos con agua como nosotros, que tenían en su cuerpo un aceite que garantizaba su higiene y los protegía contra los parásitos. Andrea no respondió nada.
El baño de Cristina se convirtió en una tortura cotidiana. Andrea había decidido que era indispensable que la miquita se acostumbrara a bañarse como un ser humano. En respuesta, Cristina esperaba todas las mañanas la hora de su suplicio chillando a todo pulmón, lo que ponía histéricos a Andrea y a William. Cuando por fin lograba escaparse, Cristina buscaba refugio a mi lado. Yo la consentía, le hablaba y la educaba lo mejor que podía. Al ver que Andrea venía a buscarla, empezaba a gritar y no me soltaba la camisa. Yo debía violentarme para ocultar mi dolor.
Un día, el muchacho que traía las provisiones en lancha de motor trajo con él dos perros pequeños que Jessica quería amaestrar. Nunca más volví a ver a Cristina. Andrea vino una tarde a explicarme que ella y William se habían adentrado bastante en la selva, para soltar a Cristina. Eso me causó mucha tristeza, pues le había tomado mucho cariño. Sin embargo, me aliviaba pensar que estaba libre, y yo miraba hacia el cielo cada vez que oía los monos, con la esperanza de volver a verla.
Una de esas noches en que el insomnio me atacaba, escuché una conversación que me dejó petrificada. Los guardias estaban burlándose entre ellos y decían que Cristina había sido la mejor comida de los perros de Jessica.
La historia de Cristina me trastornó profundamente. Me reprochaba por no haber hecho algo más por ayudarla. Pero comprendía que no podía darme el lujo de apegarme a nada, pues eso le daba a la guerrilla la oportunidad de presionarme y de agravar mi estado de alienación.
Quizá por eso me esforzaba por mantener la distancia con todo el mundo, y en particular con Ferney, que solía ser amable.
Después de mi intento fallido de huida, vino a verme. Se sentía muy desanimado por el maltrato que sus compañeros me habían infligido. «Aquí también hay personas buenas y personas malas. Pero no hay que juzgar a las Farc por lo que hacen las personas malas».
Cada vez que Ferney hacía guardia, se las arreglaba para iniciar en voz alta una conversación que todo el campamento podía seguir. Su tema preferido era «la política». Reivindicaba la lucha armada diciendo que en Colombia había demasiada gente en la miseria. Yo le respondía que las Farc no hacían nada por combatir la pobreza y que, por el contrario, su organización se había convertido en un engranaje importante del sistema que pretendía combatir, pues era fuente de corrupción, de tráfico de droga y de violencia.
—Usted hace parte de eso ahora —argumentaba yo.
Supe, durante el curso de nuestras conversaciones, que había nacido cerca del lugar donde la guerrilla me había secuestrado. Venía de una familia muy pobre. Su padre era ciego, y su madre, de origen campesino, hacía lo que podía en una parcelita de tierra. Todos sus hermanos se habían enrolado en la subversión. Pero a él le gustaba lo que hacía. Aprendía cosas, tenía una carrera por delante y había hecho amigos en la guerrilla.
Una tarde, me llevó a entrenar en el gimnasio que Andrés había mandado construir en un extremo del campamento. Había una pista para trotar, barras paralelas, una barra fija, un aro para ejercitarse en saltos peligrosos y una pasarela a tres metros del suelo para trabajar el equilibrio. Todo lo habían hecho a mano, quitándoles la corteza a algunas ramas y amarrándolas con bejucos en troncos resistentes.
Me enseñó a saltar de la pasarela con una buena caída en el suelo para evitar troncharse el tobillo, y yo lo hice únicamente para impresionarlo. Por otra parte, no era capaz de seguirlo cuando hacía lagartijas o ejercicios de resistencia. Eso sí, yo lo superaba en ciertas acrobacias y en los ejercicios de flexibilidad.
Andrés se unió a nosotros e hizo una demostración de fuerza que daba fe de varios años de entrenamiento. Le pedí permiso para usar sus instalaciones de forma regular y me lo negó. Sin embargo, aceptó que participáramos en el entrenamiento de la tropa, que comenzaba todas las mañanas a las cuatro y media. Algunos días más tarde, hizo construir cerca de la jaula unas barras paralelas para que Clara y yo pudiéramos utilizarlas.
Ferney había intervenido a nuestro favor y yo se lo agradecí. El me respondió:
—Si uno encuentra las palabras correctas y hace la pregunta en el momento indicado, es seguro que le dan lo que uno quiere.
Una noche, poco después de tener problemas con Clara, Ferney se acercó a la reja y me dijo:
—Usted sufre mucho. Tiene que tomar distancia; si no, se va a volver loca usted también. Pida que las separen. Así por lo menos la dejan en paz.
Era muy joven. Debía de tener unos diecisiete años. Sin embargo, sus comentarios me dejaron pensativa. Tenía una generosidad del alma y una rectitud poco comunes. Ferney se había ganado mi respeto.
Entre todas las cosas que perdí con el bombardeo estaba el rosario que había fabricado con un pedazo de cable que había encontrado en el suelo. Me propuse hacer uno nuevo, quitándole los botones a la chaqueta militar que me habían dado como dotación y usando pedazos de nailon que me quedaban de mi anterior tejido.
Era un lindo día de diciembre, la estación seca en la selva y la mejor de todo el año. Una brisa tibia acariciaba las palmas, se colaba por entre el follaje hasta llegar a nosotros y nos aportaba una sensación de calma que nos era poco común.
Me había instalado fuera de la jaula, a la sombra, y tejía con aplicación, pues quería terminar el rosario ese mismo día. Ferney estaba de guardia y le pedí que me cortara unos pedazos de madera para formar el crucifijo de mi rosario.
Clara recibía clases para tejer correas y el Mico pasaba de vez en cuando a ver cómo iba avanzando. Apenas se fue su profesor, Clara se paró con una expresión dura en la cara, al ver que Ferney se acercaba y me traía el crucifijo. Dejó caer su tejido y se lanzó contra Ferney, como si quisiera arrancarle los ojos.
—Lo que estoy haciendo no le gusta, ¿cierto? ¡A ver, dígalo!
Ella era mucho más alta que el muchacho. Y con una actitud provocadora, sacando pecho y avanzando, obligaba a Ferney a echar la cabeza hacia atrás para evitar el roce. Ferney tomó suavemente su fusil para ponerlo lejos del alcance de ella y caminó hacia atrás sin voltearse, con precaución, diciendo:
—Sí, me gusta mucho lo que está haciendo, pero estoy de guardia y no puedo ir a ayudarla en este momento.
Mi compañera lo persiguió así unos quince metros, provocándolo, empujándolo con el cuerpo mientras él retrocedía para evitar el contacto físico. Andrés, alertado por la tropa, vino a dar la orden de que nos metiéramos en la jaula. Yo obedecí en silencio. La madurez no está ligada a la edad. Admiré el control que Ferney había tenido sobre sí mismo: temblaba de rabia, pero no había respondido.
Cuando compartí con él mis reflexiones, me dijo:
—Cuando uno está armado, tiene una gran responsabilidad con las otras personas. Uno no se puede equivocar.
Yo también podía decidir cómo reaccionar. Pero me equivocaba con frecuencia. No era la vida en cautiverio lo que me quitaba la posibilidad de actuar bien o mal; además, la noción de bien o mal ya no era la misma. Había una exigencia superior. No dependía de los criterios de los demás, pues mi objetivo no era caer bien, ni obtener apoyos. Pero sentía que debía cambiar, no para adaptarme a la ignominia, sino para aprender a ser una mejor persona.
Una madrugada cuando me estaba tomando la bebida caliente de rigor, vi sobre mi cabeza un rayo azul y rojo cruzando en el follaje. Le señalé con el dedo al guardia la extraordinaria guacamaya que acababa de posarse a pocos metros de nosotros. Era una inmensa ave paradisíaca de colores de carnaval que nos miraba intrigada desde lo alto de su estaca, inconsciente de su extrema belleza.
¡No sabía lo que acababa de hacer! El guardia dio la alerta y Andrés se precipitó al momento con su fusil. Era una presa fácil. No había ningún mérito en matar este animal suntuoso e ingenuo. Un segundo después, su cuerpo inerte yacía en el suelo. Era un montón de plumas azules y anaranjadas regadas por todas partes.
Me enfurecí con Andrés. ¡No había ninguna razón para hacer algo tan inútil y estúpido!
Me respondió con vileza, utilizando sus palabras como una metralleta:
—¡Yo mato lo que quiero! ¡Mato lo que se mueva! Sobre todo cerdos y gente como usted.
Hubo represalias. Andrés se sintió juzgado y cambió bruscamente de comportamiento. Nos prohibió alejarnos de la jaula: debíamos mantenernos máximo a dos metros de distancia de ella; nos prohibió acercarnos a la rancha y caminar por el campamento. La guacamaya terminó en el hoyo de la basura y sus bellas plumas anduvieron rodando por el campamento durante semanas hasta que, con las nuevas lluvias, el barro las tapó por completo. Tomé entonces la decisión de ser prudente y quedarme callada. Empecé a observarme como nunca antes lo había hecho, comprendiendo que los mecanismos de transformación espiritual requerían una constancia y un rigor que era mi deber adquirir. Debía vigilarme a mí misma.
Aquellos días habían sido calientes. Hacía semanas que no llovía. Los arroyos se habían secado y el río en el que nos bañábamos se había reducido a la mitad. Los jóvenes hacían partidos de waterpolo en el agua con las bolas que habían recuperado de los frascos de desodorante roll-on. Parecían pelotas de ping-pong, pero un poco más pequeñas, y se perdían fácilmente en el agua. Las batallas para apropiarse de la bola se convertían en unas divertidas escaramuzas. Me habían invitado a jugar con ellos. Pasamos algunas tardes jugando como niños. Hasta que cambió el tiempo y el genio de Andrés también.
Con las lluvias llegaron las malas noticias. Ferney vino a hablar conmigo una tarde a través de las rejas. Lo habían transferido. Andrés no veía con buenos ojos el hecho de que Ferney siempre asumiera mi defensa y lo acusaba de ser demasiado amable conmigo. El joven guerrillero me dijo, con el corazón encogido:
—Ingrid, recuerde siempre lo que le voy a decir: cuando le hagan el mal, responda con el bien. No se rebaje jamás. El silencio será siempre su mejor respuesta. Prométame que va a ser prudente. Algún día, voy a verla en televisión, cuando recupere su libertad. Yo quiero que llegue ese día. Usted no tiene el derecho de morir aquí.
Su ida me afligió mucho. Tal vez porque, a pesar de todo lo que nos separaba, yo había encontrado en él un corazón sincero. Sabía que en esta selva abominable, había que desapegarse de todo para evitar un mayor sufrimiento. No obstante, también pensaba que en la vida ciertas penas valen ser padecidas. La amistad de Ferney había suavizado mis primeros meses de cautiverio y sobre todo la confrontación asfixiante con Clara. Su partida me obligaba a una mayor disciplina y una mayor resistencia moral. Quedaba aún más sola.