70
LA FUGA DE PINCHAO
Abril de 2007
Le había dicho a Lucho: «No me gusta este lugar, me da mala espina».
Caímos todos enfermos. Era al atardecer: estirada en mi hamaca, me sentí llevada por una fuerza centrífuga que me aspiraba toda y me hacía temblar desde los pies hasta el cuello, como si estuviera dentro de un cohete a punto de despegar. Tenía malaria. Todos habíamos sucumbido a ella y sabía que era una porquería. Ya había visto a compañeros atacados por las convulsiones, con la piel marchita sobre los huesos.
Pero lo que incubaba mi cuerpo y me aguardaba después de las convulsiones fue aun peor. Una fiebre sobrecargada me templó los ligamentos como si fueran cuerdas, en una estridencia del cuerpo solo comparable a la tortura de una fresa de dentista sobre un nervio vivo. En un estado de semi inconsciencia, luego de haber tenido que esperar a que el guardia diera la alarma, que alguien encontrara las llaves y que otro viniera a abrirme el candado, tuve que levantarme agonizante y correr a los chontos, fulminada por una diarrea torrencial.
Luego de aquello, me sorprendió seguir con vida. El enfermero dudaba de que lo que yo tenía fuera paludismo. No accedió a ponerme bajo tratamiento hasta el tercer día, después de tres crisis idénticas a la primera, y cuando ya me sentía muerta.
Llegó como un brujo, con cajas de diferentes medicamentos. Durante dos días debía tomar dos pastillas grandes que olían a cloro, luego unas pildoritas negras: tres el tercer día, dos el cuarto, de nuevo tres y finalmente una sola para completar el tratamiento.
Me pareció una locura, pero no tenía la más mínima intención de sustraerme a sus órdenes. Lo único que me interesaba era que me diera ibuprofeno. Me lo dio con parsimonia, contando cada comprimido, y fue la única cosa capaz de hacer desaparecer la barra de dolor encima de los ojos que me atravesaba los senos frontales y me impedía ver o pensar con claridad.
La convalecencia fue lenta. Mi primer gesto de resucitada fue lavar mi hamaca, mi ropa y la sábana con que me había cubierto. Monté una cuerda en el único lugar donde parecía que entraba el sol. Llegué del baño con mi fardo empapado, demasiado pesado para mí, dispuesta a deshacerme de él lo antes posible. Ángel me acechaba desde su puesto de guardia. En el instante en que colgué la ropa de la cuerda, se abalanzó sobre mí.
—Quite eso de ahí. No le está permitido colgar aquí su ropa.
—¡Que la quite, carajo! No puede salirse del perímetro del alojamiento.
—Cuál perímetro, yo no veo ningún perímetro, todo el mundo puso cuerdas al lado de las caletas, ¿por qué yo no?
—Porque yo le digo.
Miré la cuerda, preguntándome cómo iba a hacer con toda esa ropa en los brazos. Una voz desabrida se dejó oír:
—¿Siempre armando problemas? ¡Encadénela!
Era Monster, que llegaba justo a tiempo.
Máximo estaba de guardia al otro lado del alojamiento y había visto todo. Vino al terminar su turno. En la manga traía escondida una tableta de chocolate que me debía.
—No me gusta que la traten así, me da mucho dolor. Yo también me siento preso aquí.
—¡Vámonos juntos! —le dije, recordando a Tito.
—No, es muy jodido, me haría matar.
—Aquí también lo van a matar. Piénselo, hay una buena recompensa. Nunca volverá a ver tanta plata en su vida. Yo le ayudo a salir del país, puede venir conmigo a Francia. Francia es bellísima.
—Es muy peligroso, muy peligroso.
Miraba alrededor nerviosamente.
—Piénselo, Máximo, y deme una respuesta pronto.
Por la noche, cuando encadenada ya estaba en mi hamaca, Máximo se acercó en la oscuridad:
—Soy yo, no diga nada —susurró—. Nos vamos juntos. Es un trato, démonos la mano.
—Hay dos personas más conmigo.
—¡Tres son mucha gente!
—Lo toma o lo deja.
—Entonces tomo dos, ¡tres no!
—Tres; somos tres.
—Necesitamos una canoa y un gps, espere y pienso.
—Cuento con usted, Máximo.
—Tenga confianza en mí —susurró, apretándome la mano.
Con un baquiano, la partida estaba ganada. Tenía prisa de que amaneciera para compartir la noticia.
«Hay que tener mucho cuidado. Nos puede traicionar. Hay que pedirle garantías», me previno Lucho. Pinchao guardó silencio.
—Fugarnos entre tres es difícil. Pero entre cuatro es imposible —terminó por decir.
—Ya lo veremos. Por ahora, lo más importante es que aprendas a nadar.
A eso se dedicó. Durante la hora del baño, lo sostenía por la barriga para darle la sensación de flotar y le mostraba cómo aguantar la respiración debajo del agua. Luego Armando lo puso bajo su cuidado. Me llamó una mañana, rojo de la dicha:
—¡Mira!
Ese día Pinchao aprendió a nadar y Monster ordenó que me retiraran las cadenas en las horas de luz. Recobré los ánimos; fugarse era de nuevo posible.
La suerte nos siguió sonriendo. Pinchao aceptó hacer un dibujo en el cuaderno de uno de los guardias. Al hojearlo encontró, copiadas con letra de niño, unas instrucciones precisas para construir una brújula. Era fácil. Había que imantar una aguja y hacerla flotar en una superficie de agua. La aguja debía girar para alinearse con el eje Norte-Sur. Lo demás podía deducirse a partir de la posición del sol.
—Hay que ensayar.
Nos acomodamos en mi carpa con la disculpa de confeccionar una chaqueta, proyecto que acariciaba desde algún tiempo para poder fugarme con algo más liviano y acorde con el clima de la selva. Como la costura era una actividad general, nadie vería nada anormal en ello.
Llenamos de agua un tarrito de desodorante vacío, e imantamos nuestra aguja dejándola pegada a los parlantes de la «panela» de Pinchao. La aguja flotó sobre la superficie del líquido, giró y apuntó hacia el norte. Pinchao me abrazó.
—Es nuestra llave para salir de aquí —me dijo.
Al día siguiente regresó a sentarse, nuevamente con la excusa de jugar a ser sastres. Yo estaba empeñada en descoser dos pantalones idénticos, uno propiedad de Lucho y otro que me habían dado como dotación. Quería recuperar la tela y los hilos para hacerme la chaqueta. La operación de recuperación de los hilos se hacía mediante un procedimiento que Pinchao había desarrollado y que exigía una paciencia infinita. Mientras estábamos en nuestro oficio, Pinchao me dijo:
—Rompí mi cadena, no se nota. Puedo irme ya, tenemos todo lo necesario.
Faltaba inventar un sistema que nos permitiera a Lucho y a mí liberarnos de las cadenas durante la noche. Como la meta era que los eslabones de la cadena no estuvieran muy apretados en torno al cuello, había que amarrarlos con hilo de nailon para apretarlos entre sí. Al romper los amarres, la cadena se estiraría y dejaría pasar la cabeza. Había que contar con algo de suerte para que el guardia que cerraba el candado por la noche no viera nada.
—Voy a hacer el ensayo —me prometió Lucho.
Esa noche, cuando me levanté a orinar, el guardia que vigilaba desde el puesto contiguo a mi caleta me insultó:
—Voy a quitarle las ganas de levantarse de noche. ¡Voy a meterle una bala en la cuca!
Había enfrentado a menudo la vulgaridad de los guerrilleros. Había ensayado todas las tácticas para ponerlos en su sitio, pero cualquier reacción de mi parte solo lograba excitar más su impertinencia. Era estúpido, debí ignorarlos. Por el contrario, me ofendí.
—¿Quién estaba anoche de guardia al lado mío? —le pregunté al guerrillero que esa mañana hacía la ronda para abrir los candados.
—Yo.
Lo miré, sin poder dar crédito a lo que acababa de oír. Jairo era un tipo joven, siempre sonriente y cortés.
—¿Sabe quién fue el que me gritó vulgaridades anoche?
Infló el pecho, se descaderó como para desafiarme y, muy orgulloso, respondió:
—¡Sí, fui yo!
No hubo ninguna reflexión de parte mía. Lo agarré por el pescuezo y lo empujé mientras le escupía en la cara:
—¡Especie de tarado! ¿Se siente muy machito detrás de su fusil? ¡Yo voy a enseñarle a comportarse como hombre! Se lo advierto: ¡la próxima, lo mato!
El tipo temblaba de pies a cabeza.
Mi rabia se esfumó tan rápidamente como había surgido. Ahora me costaba trabajo no reírme. Lo volví a empujar:
—¡Lárguese!
Lo cual hizo tomándose la pena de dejarme la cadena en torno al cuello a modo de revancha. No importaba. Yo estaba feliz. Muchas veces se los había advertido. Nunca se atrevían a dirigirse a los hombres con semejante grosería, por miedo a un puñetazo. Conmigo, en cambio, jugaban a ser bruscos, pues siempre resulta fácil envalentonarse con una mujer. Mi reacción había sido imprudente. Hubiera podido ganarme un ojo colombino. Había tenido suerte: Jairo era chiquito y lento de entendimiento.
Desde que lo perdí de vista, comencé a calcular todas las medidas de represalias que vendrían. Las esperé sin alterarme. Nada de lo que podían hacerme me afectaría. A fuerza de ensañarse, habían logrado volverme insensible.
Tomaba mi desayuno, recostada a mi árbol, cuando se acercó Pinchao. Traía una sonrisa de victoria que quería ser notada. Me extendió la mano desde lejos, muy ceremonioso, y me dijo:
—Chinita, estoy muy orgulloso de ti.
Se había enterado, y yo me moría de ganas de saber lo que venía a decirme.
—Esas cadenas que llevas, llévalas con orgullo porque son la más gloriosa de las condecoraciones. Ninguno de nosotros se ha atrevido a hacer lo que tú hiciste. Acabas de reivindicarnos.
Lo tomé de la mano, conmovida por sus palabras. Añadió en un susurro:
—Llegó un lote de botas. Hazles huecos a las tuyas para que te den nuevas. Con las viejas haremos botines para nuestra fuga; diremos que los necesitamos para hacer gimnasia. Voy a avisarle a Lucho.
Efectivamente, Monster pasó a verificar el estado de las botas de todos y preguntar las tallas.
—Para usted no hay —me dijo.
Cuando Máximo entró al alojamiento, pedí permiso de ir a los chontes. Vino con las llaves para abrir el candado. —¿Entonces, Máximo? —Nos vamos esta noche.
—Okey. Consígame unas botas.
—Yo se las traigo. Si le hacen preguntas, diga que son sus botas viejas.
No debían vernos mantener conversaciones largas. En las Farc todo el mundo soplaba todo. Su sistema de vigilancia se basaba en la delación.
Máximo tenía mucho miedo. Efrén contó que estábamos hablando y que nuestra actitud le pareció extraña. Máximo fue llamado ante Enrique. Sostuvo que hablábamos del Pacífico, región que conozco bien, y Enrique se comió el cuento. Pero Máximo se sentía sometido a una vigilancia estrecha y estaba cada vez menos decidido a irse.
Por la noche llegó a mi caleta, haciendo crujir horriblemente las ramas secas. Traía las botas, efectivamente. «Es una garantía», pensé, mientras lo escuchaba.
—La situación está muy jodida. Todas las canoas están con candado por la noche. El gps que Enrique nos pasa de vez en cuando se dañó…
—El tipo no es serio —dijo Pinchao—. Hay que salir inmediatamente, antes que dé la alarma.
—No me puedo ir ahora mismo —respondió Lucho—. Siento débil el corazón y no creo que aguante una carrera por el monte con esos tipos persiguiéndonos. Si Máximo se va con nosotros es diferente; él sabe sobrevivir, saldremos adelante.
Cuando Pinchao vino a verme la siguiente noche, el 28 de abril de 2007, con su madeja de hilos impecablemente enrollados y la tela de los pantalones lista para el corte, una inexplicable tristeza me invadió:
—¡Muchas gracias, mi Pinchao; qué estupendo trabajo!
—No, gracias a ti, me diste algo que hacer, me ayudaste a matar el tiempo.
Me miró directamente a los ojos, como solía hacer cada vez que iba a confesarme algo.
—Si me fuera esta noche tomaría el camino hacia el bañadero, iría por la canoa que tienen amarrada en el embalse y buscaría el río, ¿cierto?
—Si tuvieras que irte esta noche, por ningún motivo irías por la canoa que tienen amarrada en el embalse porque tienen un guardia ahí, precisamente para cuidarla. Deberías salir de tu caleta y tomar el camino de los guardias.
—Me van a ver.
—Sí, a menos que lo hagas en el momento del cambio de guardia. El relevante va a pasar con el relevo, puesto por puesto, para ordenar dónde se tiene que quedar cada guardia. Pero el primero, el que ocupará él mismo y que está enfrente de tu caleta, ese puesto estará desocupado los dos minutos que se demore en hacer la ronda.
—¿Después?
—Después te meterás derechito en la manigua. No mucho porque, si no, irás a dar al campamento de ellos. Digamos unos quince metros, para que el ruido de tus pasos esté cubierto. Si llueve, volteas rápidamente a la izquierda para alejarte de nuestro alojamiento, y nuevamente a la izquierda rodeándonos para llegar al río, más allá de sus canoas y del embalse.
—Luego te pones los flotadores y te dejas llevar por la corriente tan lejos como puedas antes de encalambrarte. Acuérdate de nadar, de hacer movimientos; eso te ayudará.
—¿Y si me dan calambres?
—Tienes tus flotadores: te relajas y esperas a que pasen. Y te acercas a la orilla para salir.
—Salgo y camino derecho hacia adelante.
—Sí, y te fijas muy bien dónde pones los pies. Trata de salir en un sitio cubierto de hojas o sobre el manglar. Tu obsesión es no dejar ninguna huella.
—Está bien.
—Escurres tu ropa, montas tu brújula y caminas en sentido norte-norte.
—Paras cada cuarenta y cinco minutos y te vuelves a ubicar. Y aprovechas para llamar allá arriba, para que Él te eche una mano.
—No creo en Dios.
—No importa, Él no es susceptible. De todos modos puedes llamarlo. Si no te responde, llamas a la Virgen María; siempre está disponible —sonrió—. Pinchillo, no me gusta este sitio. Me pone la piel de gallina. Hasta tengo la sensación de que está maldito.
No me respondió. Ya estaba tenso por la acción, como la cuerda de un arco.
En los tres años que acabábamos de compartir, no había habido entre nosotros ninguna demostración de afecto. Era algo que no se hacía. Tal vez porque, al ser la única mujer entre tantos hombres, se habían levantado murallas muy altas entre mis compañeros y yo.
Sin embargo ahí, frente a aquel muchacho que había aprendido a conocer y a querer, al comprender que nos estábamos diciendo adiós, consciente de que para él no habría una segunda oportunidad, pues como miembro de las Fuerzas Armadas lo fusilarían si lo llegaban a capturar, me dolió el alma. Necesitaba que yo le diera el último empujoncito antes de emprender su hazaña. Extendí los brazos para abrazarlo, a sabiendas de que mi gesto llamaría la atención. Vi que Marulanda nos observaba y me contuve: «Que Dios te acompañe a cada paso». Pinchao se fue aún más conmovido, más tenso y atormentado.
De pronto hubo alharaca, aullaron unos guardias y la tensión en el alojamiento volvió de nuevo al paroxismo. «Ese no se va», pensé, mientras la linterna de Monster me deslumbraba, acostada ya en mi cápsula nocturna.
La tormenta estalló poco antes de las ocho de la noche. «Si quiere irse, este es el momento ideal», pensé. «Pero está muy asustado, no se irá». Caí en un sueño profundo, aliviada de no tener que enfrentar la ira de los dioses con semejante temporal.
Era tarde cuando vinieron a retirar las cadenas a mis compañeros. Cuando salí de mi carpa con mi cepillo de dientes y mi botella de agua, todos miraban al relevante, que se iba maldiciendo.
—¿Qué pasa? —le pregunté a Marc, cuya carpa habían montado frente a la mía.
—Pinchao no está más —me susurró sin mirarme.
—¡Ah, Dios mío! ¡Genial!
—Sí, pero ahora nosotros pagaremos las consecuencias.
—Si es por la libertad de cualquiera de nosotros, me da igual.