8
LOS AVISPONES
Marzo de 2002 — Un mes antes.
Era domingo de Pascua. Los guerrilleros todavía no habían terminado de construir el campamento. El joven César había mandado levantar una rancha al lado de la quebrada que rodeaba el campamento, el economato para almacenar las provisiones y, en el centro del círculo de carpas, el dula para sus reuniones.
Me gustaba dar una vuelta por la rancha, para ver cómo preparaban los alimentos. Al principio, cocinaban con leña. Después trajeron, a lomo de hombre, una estufa a gas con un enorme y pesado cilindro lleno. Sin embargo, lo que más me interesaba eran dos cuchillos de cocina que había en todo momento sobré la mesa de la rancha. Pensaba que nos serían útiles para la huida que estábamos planeando.
Mientras cosía, envolvía, ordenaba y seleccionaba debajo del mosquitero los objetos para nuestra partida, observaba con atención la vida del campamento. Había en particular un joven guerrillero que vivía una historia tormentosa. Lo llamaban «El Mico», porque tenía las orejas paradas y una boca grande. Estaba enamorado de Alexandra, la más bonita de las guerrilleras, y había logrado seducirla.
Al final de cada día llegaba al campamento un tipo alto y bien parecido que también pretendía a la joven Alexandra. Era el masera. Su papel consistía en servir de puente entre los dos mundos: el de la legalidad, donde él se desempeñaba viviendo como cualquier persona en un pueblo, y el de la ilegalidad, llevando provisiones e información a los campamentos de las Farc.
Alexandra no era indiferente a sus coqueteos, mientras que el Mico seguía rondándola, presa de unos celos tremendos. El Mico perdía de tal forma el control de sus emociones que durante su turno de guardia era incapaz de quitarle los ojos de encima a su enamorada, y se olvidaba por completo de nosotras. Rezaba para que fuera él quien estuviera de guardia el día de nuestra huida. Estaba segura de que podríamos evadirnos frente a sus narices sin que él viera absolutamente nada.
Durante esos días de preparación, la suerte estuvo de nuestro lado. El campamento estaba en ebullición y los guerrilleros trabajaban como hormigas cortando madera para erigir todo tipo de construcciones. Uno de ellos había dejado abandonado un machete cerca de nuestra carpa. Mi compañera lo había visto y yo logré llevarlo hasta los chontes para esconderlo. Los chontes que habían hecho para nosotras estaban en medio de unos matorrales. Previendo que nuestra estadía allí sería larga, abrieron seis huecos cuadrados, de un metro de profundidad cada uno. Una vez se llenara el primer hueco, habría que taparlo bien y comenzar a utilizar el segundo.
Escondí el machete en el último hueco y lo tapé con tierra. Le había amarrado una cuerdita al mango y la dejé tirada discretamente por fuera del hoyo, de tal forma que el día de nuestra huida solo tuviéramos que jalar sin tener que meter las manos en la tierra para buscar el machete. Tuve la precaución de explicárselo bien a mi compañera para que evitara utilizar ese agujero, lo cual habría hecho fastidiosa la tarea de recuperación del machete.
Ya estábamos en Semana Santa. Todos los días me recogía en silencio, buscando en mis oraciones el valor para intentar una nueva escapada. El cumpleaños de Papá era a finales de abril y yo calculaba que si salíamos un mes antes tendríamos la oportunidad de darle una buena sorpresa.
Examiné uno por uno los elementos de una lista de tareas que me había impuesto y concluí satisfecha que estábamos listas para la gran salida. Me parecía que ese domingo era un buen día para intentar evadirnos. Había observado que el joven César reunía a su tropa todos los domingos por la noche para llevar a cabo actividades de descanso. Jugaban, cantaban, recitaban, se inventaban eslóganes revolucionarios. Eso distraía la atención de los guardias de turno, que deploraban no poder participar.
Era necesario esperar a que se presentara la oportunidad. Todos los días nos alistábamos a la hora gris, después del atardecer, como quien ensaya una representación. Yo estaba tensa como un arco, incapaz de dormir, imaginando en mi insomnio todos los obstáculos que se podrían presentar.
Una tarde, al volver de los chontos, vi a mi compañera esconder algo en su bolsa con un movimiento precipitado. Por curiosidad y como en broma, quise averiguar qué escondía. Descubrí estupefacta que había comenzado a consumir nuestras reservas de queso y vitamina C. Me sentí traicionada. Eso reducía notablemente nuestras posibilidades de éxito. Pero sobre todo creaba un clima de desconfianza entre nosotras.
Precisamente eso era lo que debíamos evitar a todo trance. Debíamos mantenernos unidas, soldadas la una a la otra, pues debíamos estar en capacidad de apoyarnos mutuamente. Traté de explicarle de la mejor manera posible mi aprensión. Ella me miraba sin verme. Le agarré las manos para hacerla volver a la realidad.
El domingo fue un día lento. El campamento se hallaba en un estado de calma soporífica. Nosotras estallamos listas. Solo debíamos esperar con paciencia. Había tratado de conciliar el sueño diciéndome que nos esperaban jornadas arduas y que debíamos ahorrar fuerzas. Hacía la tarea de mostrarme amable y vigilaba mis movimientos para no despertar sospechas. Me sentía viviendo en cuerpo ajeno, presa de la inquietud de poner fin a nuestro cautiverio, y angustiada hasta los tuétanos pensando que podrían atraparnos.
Si no me hubiera obligado a controlarme, me habría comido todo de un bocado, me habría bañado sin enjuagarme y habría preguntado la hora cada dos minutos. Me propuse hacer lo contrario: masticaba despacio la comida, hacía paso a paso las labores del día y demoraba su ejecución para hacer concienzudamente la mímica de lo que yo creía ser mi actitud habitual. Hablaba sin buscar la conversación con ellos. Hacía un mes y una semana que nos habían secuestrado. Los guerrilleros estaban muy orgullosos de tenernos prisioneras y yo sentía un placer inequívoco ante la idea de escabullírnosles.
Los guerrilleros buscaban dar una apariencia de amabilidad; yo fingía acostumbrarme a vivir entre ellos. La tensión era evidente en todas nuestras palabras y cada uno calibraba al otro detrás de su máscara. El día transcurría con mayor lentitud, precisamente porque nuestra impaciencia era fuerte. Mi angustia se hacía asfixiante. Yo me repetía que este aumento agobiante de adrenalina era más eficaz para la huida, que el miedo a un cautiverio prolongado. A las seis de la tarde exactamente de ese domingo 31 de marzo de 2002 hubo cambio de guardia. Ahora entraba a hacer su turno el Mico, el enamorado de Alexandra, la guerrillera bonita. Mi corazón saltó: era una señal del destino. Debíamos irnos. Las seis y cuarto era la hora ideal para salir de nuestra caleta, caminar hacia los chontos y adentrarnos en la selva. A las seis y media ya estaría oscuro.
Ya eran las seis y diez. Puse mis botas de caucho bien visibles frente a la caleta y comencé a ponerme los botines de excursión con los cuales iba a huir.
—No nos podemos ir —dijo Clara—. Es demasiado arriesgado.
Observé a mi alrededor. El campamento se preparaba para la llegada de la noche. Cada uno se dedicaba a su tarea. El Mico se había retirado de su puesto de vigilancia y le hacía señales notorias a su enamorada, justo en el momento en que el apuesto masero entraba al campamento. La muchacha iba ya dirigiéndose a nosotros pero se detuvo en seco al ver que llegaba su otro pretendiente.
—Te espero en los chontos. Tienes tres minutos. No más —le susurré a Clara a modo de respuesta. Ya tenía los pies por fuera del mosquitero.
Miré por última vez al guardia y me arrepentí de haberlo hecho. Si él se hubiera volteado a verme en ese instante, mi gesto habría bastado para echarlo todo a perder. Pero el Mico vivía su propio drama. Estaba apoyado en un árbol, observando el éxito de su rival. Nada le interesaba menos que fijarse en lo que pasaba con nosotras. Me fui derecho al hueco donde había enterrado el machete. La cuerda que había dejado como marca seguía en su lugar. Sin embargo, el hueco había sido utilizado y despedía un olor asqueroso. «No perder la calma, no perder la calma», me repetía mientras tiraba de la cuerda y arrastraba con ella no solamente el machete sino toda clase de inmundicias.
Mi compañera llegó y se agachó junto a mí, jadeante, buscando esconderse de la mirada del guardia. Unas palmas nos protegían.
—¿Te vio?
—No creo.
—¿Tienes todo?
—Sí.
Le mostré a Clara el machete que limpié rápidamente con hojas. Ella hizo cara de vómito.
—¡No había entendido! —se excusó ella, con una risa nerviosa.
Agarré el palo que había dejado escondido entre los arbustos y me adentré en la espesura, caminando sin mirar atrás. El canto de las cigarras acababa literalmente de explotar en la selva e invadía los cerebros hasta el aturdimiento. Eran exactamente las seis y cuarto: las cigarras lo sabían mejor que nosotras. Eran de una precisión inglesa. Sonreí. Era imposible que alguien pudiera oír la bulla que hacíamos caminando sobre las hojas y las ramas secas que crujían horriblemente bajo nuestros pies. Cuando la noche cayera por completo, el ruido de las cigarras cedería el puesto al croar de los sapos. En ese momento, los ruidos de fondo serían audibles, pero nosotras ya estaríamos lejos. A través de los matorrales, entreví la claridad que provenía del campamento: se veían formas humanas entrar y salir de las caletas que rozábamos. Bajo la cubierta de vegetación, ya estábamos metidas en la oscuridad. Nadie podía vernos.
Mi compañera se agarraba a mí. Frente a nosotras había un tronco de árbol tendido en el suelo: me parecía inmenso. Me acaballé en él para pasar por encima y me di vuelta para ayudar a Clara. Fue como si alguien hubiera apagado la luz. De repente, nos encontramos en la espesa negrura. A partir de ahora, debíamos avanzar a tientas. Con el palo, como si fuera ciega, identificaba los obstáculos e iba abriendo camino entre los árboles.
En un momento dado, los árboles empezaron a espaciarse y luego desaparecieron. Así era más fácil caminar y eso nos animó a hablar. Tenía la sensación de ir bajando por un camino. Si ese era el caso, más nos valía alejarnos del camino y volver a la selva. Un «camino» era sinónimo de guardias y yo ignoraba cuántos círculos de seguridad habían puesto alrededor del campamento. Corríamos el riesgo de caer en los brazos de alguno de nuestros secuestradores.
Llevábamos caminando así cerca de una hora, en medio de la oscuridad y en silencio, cuando sentí de pronto la presencia de alguien. La sensación de que no estábamos solas me hizo detener en seco. En efecto, alguien se desplazaba en la oscuridad. Yo había oído claramente el crujir de hojas bajo sus pasos y creía casi percibir su respiración.
Mi compañera trató de susurrarme algo al oído, pero yo le puse la mano en la boca para detenerla. El silencio era de plomo. Las cigarras ya se habían callado y los sapos se hacían esperar. Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho y estaba convencida de que el desconocido también lo alcanzaba a oír. No debíamos movernos. Si tenía linterna, estábamos perdidas.
Se acercó lentamente. No hacía ruido con sus pasos, como si caminara sobre una alfombra de musgo. Parecía que pudiera ver en la noche, pues sus movimientos eran certeros. Ahí estaba, a dos pasos de nosotras, y se detuvo. Adiviné que el desconocido había comprendido. Sentía su mirada sobre nosotras.
Un sudor frío me recorrió la espalda y una oleada de adrenalina me heló las venas. Estaba paralizada: no podía hacer el menor movimiento, ni producir el menor ruido. Y sin embargo, debíamos movernos, alejarnos dando pasitos pequeños, buscar un árbol, escaparnos de él antes de que encendiera la linterna y nos saltara encima. Era imposible. Solo mis ojos guardaban la capacidad de hacer algún movimiento en sus órbitas. A pesar de los esfuerzos que hacía por captar aunque fuera una sombra, las tinieblas eran tan impenetrables que creí haberme vuelto ciega de verdad.
Se acercó un poco más. Yo sentía el calor que emanaba de su cuerpo. Era un vaho denso que se me pegaba a las piernas y el olor subía como para incitarme al pánico. Era una exhalación fuerte y rancia. Pero no era la que esperaba. Mi cerebro funcionaba a toda velocidad, recibiendo las variables que mis sentidos le transmitían. Miré instintivamente hacia abajo. No era un hombre.
El animal gruñó a mis pies. Debía llegarme hasta las rodillas. Escasamente me rozaba. Era una fiera. Ahora estaba segura. Unos segundos que parecieron una eternidad transcurrieron en un silencio de estatua. El animal se alejó tal como había venido, como un susurro del viento y un crujir de hojas.
—Es un tigre —le dije al oído a mi compañera.
—¿Estás segura?
—No.
—Prendamos la linterna. Tenemos que ver.
Yo dudaba. No debíamos de estar muy lejos del campamento. Podían avizorar la luz y venir a buscarnos. Sin embargo, no había ruidos, no había voces, no había luces.
—La prendemos un segundo y la apagamos.
El animal se perdía en la maleza como un relámpago amarillo. Frente a nosotras, un caminito serpenteaba cuesta abajo. Nos dirigíamos instintivamente hacia él, como si pudiera llevarnos a algún lado. Más abajo, el caminito llevaba a un puente que cruzaba un hilo de agua. Al otro lado, el terreno era plano y casi sin vegetación: era un suelo arenoso cubierto por aquí y por allá de mangle. Ya no sentía miedo, pues la luz me había devuelto la seguridad.
Sin embargo, la idea de seguir un camino me preocupaba, sobre todo utilizando la linterna. Tomamos la decisión de bordear el arroyo para alejarnos del camino. Andábamos rápido para recorrer un máximo de distancia en un mínimo de tiempo. Un relámpago reventó la noche y el viento empezó a soplar, arqueando las ramas a su paso. Sin perder tiempo, nos dimos a la tarea de construir un refugio lo más pronto posible. Formamos un techo tensando el gran plástico negro con unas cuerdas amarradas a dos mangles. Nos sentamos debajo, acurrucadas sobre nosotras mismas para caber juntas, puse a mis pies el machete que acababa de utilizar y me desplomé sobre mis rodillas, vencida por un sueño del principio de los tiempos.
Me desperté poco después con la desagradable sensación de tener las nalgas metidas en el agua. Nos estaba cayendo encima un verdadero diluvio. Una explosión, precedida por un largo y siniestro crujido, terminó de despertarme. Un árbol gigantesco acababa de desplomarse a algunos metros de nosotras. Habría podido aplastarnos. Puse la mano en el suelo para recoger el machete y encontré tres centímetros de agua. La tempestad estaba en pleno furor. El nivel del agua subía y nos inundaba. ¿Cuánto tiempo nos habíamos quedado dormidas? Lo suficiente para que el hilo de agua duplicara su caudal y se desbordara sin tregua.
Todavía estaba agachada, buscando a tientas el machete, cuando sentí que el agua tomaba más velocidad bajo mis pies: ¡estábamos en medio de una corriente!
Prendí la linterna de bolsillo. Inútil buscar el machete: la corriente lo había arrastrado. Teníamos que recoger nuestras cosas e irnos lo más rápido posible. En ese momento, recordé los comentarios de los guerrilleros. En invierno, se inundaban las zonas aledañas a la quebrada, lo cual explicaba la existencia de esos paseos peatonales de madera construidos sobre pilotes que a mí me parecieron puentes sobreelevados construidos en cualquier parte. El invierno acababa de caernos encima en un par de minutos y nosotras habíamos instalado nuestro refugio en el peor lugar.
Sin el machete, con los dedos entumecidos por el agua y el frío, se hacía muy ardua la tarea de deshacer el refugio. Todavía seguía tratando de desamarrar los nudos para recuperar la valiosa pita cuando el agua nos llegó a las rodillas. Miré por encima de nuestras cabezas: el manglar tejía una red de ramas que se cerraba a algunos centímetros de nuestras cabezas. La corriente seguía creciendo rápidamente. Si no encontrábamos la salida, corríamos el riesgo de morir ahogadas entre el mangle. Miré con rapidez a mi alrededor. El agua había cubierto todas las pistas.
La lluvia incesante, el agua que nos llegaba a la cintura, la dificultad para desplazarnos a contracorriente, todo conspiraba contra nosotras. La linterna dejó de funcionar. A mi compañera la invadió el pánico: hablaba a gritos y no sabía qué hacer en medio de la oscuridad. Daba vueltas a mi alrededor, haciéndome perder el equilibrio en una corriente que se había vuelto demasiado peligrosa.
—Vamos a salir de esta. Lo primero que tenemos que hacer es ponerle pilas nuevas a la linterna. Lo vamos a hacer despacito, juntas. Saca las pilas del morral, una por una. Me las pasas, poniéndomelas bien en la mano. Tengo que ponerlas por el lado que es. Así. Dame la otra. Eso.
La operación duró largos minutos. Yo me había subido en un arbusto y me agarraba de las ramas, para evitar que me desestabilizara la corriente. Mi único temor era que las pilas se me resbalaran y se perdieran en el agua. Las manos me temblaban y me costaba trabajo agarrar bien los objetos. Cuando finalmente logré prender la linterna, el agua nos llegaba al cuello.
En el barrido de luz que hice con la linterna, vi a mi compañera abalanzarse derecho frente a ella. «¡Por acá!», gritó, al tiempo que se hundía más en el agua. No era momento para discutir. Por mi parte, todavía subida en mi arbusto, escrutaba los alrededores, tratando de encontrar un indició, una dirección.
Clara regresó y me miró confundida.
—Por allá —le indiqué yo.
Era algo más fuerte que una intuición. Era como un llamado. Me dejé guiar y comencé a caminar. «¡Un ángel!», pensé, sin que la idea me pareciera absurda. Hoy, con la distancia, me gusta pensar que ese ángel era Papá. El acababa de morir y yo no lo sabía aún.
Me hundí más en el agua, pero seguía andando con obstinación en la misma dirección. Sentí más adelante que el terreno se convertía en una pendiente acentuada. La subimos. Estábamos en medio de una inmensa laguna. La quebrada había desaparecido. El puente también. Un verdadero río avanzaba desbordado y arrasaba todo a su paso.
Caminábamos con la espalda encorvada, empapadas hasta los huesos, tiritando de frío, extenuadas. Las primeras luces del amanecer se colaban por la espesa vegetación. Teñíamos que hacer el inventario dé nuestras pérdidas y exprimir toda nuestra ropa. Debíamos, sobre todo, preparar el escondite donde nos quedaríamos durante el día. Sin duda, los guerrilleros ya estarían buscándonos y nosotras no habíamos avanzado lo suficiente.
El sol salió. Detrás del follaje denso, unas manchas de color azul claro dejaban adivinar un cielo despejado. Los rayos de luz que penetraban la vegetación en línea oblicua calentaban la selva con tal intensidad que del suelo se desprendían vapores, como bajo el efecto de un encantamiento. La selva había perdido el aspecto siniestro de la noche anterior. Hablábamos en susurros y planeábamos meticulosamente las tareas que nos íbamos a repartir durante el día. Habíamos decidido no caminar de noche mientras que no hubiera luna para alumbrarnos el camino. Pero nos daba miedo andar de día, pues sabíamos que la guerrilla se había volcado a perseguirnos y que debían de estar cerca. Busqué un lugar que pudiera servirnos de escondite. Vi un hueco dejado por una raíz gigantesca que parecía haber sido literalmente arrancada del suelo por la caída del árbol. La tierra que había quedado al descubierto era roja y arenosa, un platillo para los bichos de todo tipo que se arrastraban por los alrededores. Nada que temer: ni alacranes, ni «Barbas de indios», esos gruesos gusanos venenosos. Pensé que podríamos pasar el día camufladas en ese hueco. Teníamos que cortar palmas verdes para escondernos. El pequeño cuchillo que había «tomado prestado» hacía bastante bien las veces de machete.
Estábamos tejiendo una enramada con palos y palmas entrecruzados cuando oímos la voz fuerte del joven César dando órdenes y luego el ruido de varios hombres corriendo a algunos metros a nuestra derecha. Uno de ellos maldecía mientras corría y luego lo oímos alejarse y desaparecer definitivamente. De manera instintiva, nos habíamos enconchado la una a la otra en el hoyo, reteniendo la respiración. Volvió la calma y, con ella, el ruido del viento desafiando la copa de los árboles, el gorgoteo del agua bajando por doquier hacia el río, el canto de los pájaros… y la ausencia del hombre. ¿Acaso lo habíamos soñado? No habíamos visto a los guerrilleros, pero habían pasado muy cerca de nosotras. Era una advertencia. Debíamos irnos de ahí. La ropa se nos había secado encima. Nuestros botines chorreaban agua. Bien ubicados bajo un poderoso rayo de sol, producían lindos remolinos de vapor. Las exhalaciones habían atraído un enjambre de abejas que se les prendían en racimos y chupaban por turnos el cuero para quitarle la sal. Envueltos así, más parecían colmenas que zapatos. Ala larga, me di cuenta de que la labor de estos insectos era beneficiosa: cumplían el papel de estación de lavado y dejaban un perfume de miel que reemplazaba el olor rancio de antes. Entusiasmada por este descubrimiento, tuve la pésima idea de poner a secar mi ropa interior en la rama de un árbol, a pleno sol. Cuando volví por las prendas, me dio un ataque de risa incontenible. Las hormigas habían hecho circulitos con la tela y se las habían llevado. Lo que quedaba fue acaparado por las termitas, que usaban el material para construir sus túneles.
Decidimos irnos a la madrugada del día siguiente. Utilizaríamos, a modo de colchón, la enramada que habíamos hecho. Le pondríamos un plástico encima y el otro, suspendido de los árboles, nos serviría de techo. Estábamos en lo alto de una loma. Si llovía de nuevo, al menos no nos inundaríamos. Rompimos cuatro ramas para ponerlas en las cuatro esquinas de nuestra tienda improvisada. De este modo, podríamos darnos el lujo de instalar el mosquitero.
¡Acabábamos de pasar nuestras primeras veinticuatro horas en libertad! Al otro lado del mosquitero, unos abejorros duros y relucientes se fatigaban tontamente contra la malla. Cerré los ojos después de haberme asegurado de que el mosquitero había quedado herméticamente cerrado con el peso de nuestros cuerpos. Cuando me desperté de un brinco, el sol ya estaba alto en el cielo. Habíamos dormido demasiado.
Recogí todo rápidamente, dispersé las palmas para no dejar huellas de nuestra presencia y agucé el oído. Nada. Los guerrilleros debían de estar lejos. A lo mejor ya habían levantado el campamento. La conciencia de nuestra soledad me tranquilizó y me angustió a la vez. ¿Qué tal si pasábamos semanas andando en círculos y nos perdíamos para siempre en este laberinto de clorofila?
No sabía qué dirección tomar. Avanzaba por instinto. Clara me seguía. Ella había insistido en que lleváramos montones de cosas: medicamentos, papel higiénico, cremas antiinflamatorias, esparadrapo, ropa para cambiarnos y, por supuesto, comida. Ella decidió llevar mi bolso de viaje, que ahora pesaba una tonelada, lleno como estaba de tantas cosas. Yo había hecho todo para disuadirla. Sin embargo, tampoco quise discutir demasiado pues comprendía que Clara había metido en ese bolso todos los antídotos contra su propio miedo. Al cabo de una hora de caminar, ella hacía esfuerzos por no parecer agobiada por la carga y yo hacía lo posible para fingir que no me daba cuenta.
Trataba de orientarme estableciendo puntos de referencia respecto al sol, pero unas gruesas nubes habían invadido el cielo de una espesura gris, que transformaba el mundo bajo los árboles en un espacio plano, sin sombras y, por lo tanto, sin dirección. Las dos estábamos al acecho, tratando de oír algún ruido que nos advirtiera de la presencia de algún ser vivo, pero la selva estaba encantada, suspendida en el tiempo, ausente de la memoria de los hombres. Solo estábamos nosotras, acompañadas del ruido de nuestros pasos sobre una alfombra de hojas secas.
De un instante a otro, sin previo aviso, la selva cambió. La luz era diferente, los sonidos del entorno menos intensos, los árboles parecían menos cercanos los unos de los otros, nos sentíamos menos cubiertas. Empezamos a movernos de manera más lenta, más prudente. Un paso, dos pasos. Dimos con un camino lo suficientemente ancho para permitir la circulación de un vehículo: ¡una verdadera carretera en medio de la selva! De un brinco, agarré a mi compañera de un brazo, para escondernos en la vegetación y acurrucamos junto a las raíces enormes de un árbol. ¡Una carretera era la salida! Pero también era el peor de los peligros.
Estábamos fascinadas con nuestro descubrimiento. ¿A donde llevaba esta carretera? ¿Sería posible que nos condujera a un lugar habitado, de nuevo a la civilización? ¿Estaban aquí los guerrilleros que habíamos oído el día anterior? Hablábamos sobre todas estas cosas en voz baja, mirando la carretera como un fruto prohibido. Una carretera en la selva era obra de la guerrilla. Era su territorio, su feudo.
Decidimos andar bordeando la carretera, a una distancia razonable, y mantenernos ocultas todo el tiempo. Queríamos avanzar todo lo posible en el día, pero con la mayor prudencia.
Seguimos nuestra consigna inicial durante horas. La carretera subía y bajaba en pendientes pronunciadas, daba virajes caprichosos y parecía no tener fin. Yo caminaba a un ritmo rápido para recorrer la mayor distancia durante las horas de luz. Mi amiga se iba rezagando poco a poco, mordiéndose los labios para no confesar que sufría con el peso de su carga.
—Pásamelo. Yo lo llevo.
—No, tranquila. No es pesado.
La carretera se había angostado de manera significativa y cada vez se hacía más difícil mantenerse a un costado de ella: el relieve era cada vez más endiablado. Las subidas se habían transformado en escaladas y las bajadas en rodaderos. Nos detuvimos al cabo de tres horas en un puentecito de madera sobre una quebrada. El agua era cristalina y canturreaba en su lecho de piedras blancas y rosadas. Yo estaba muerta de sed y bebí como un asno, arrodillada en la orilla. Llené mi botellita de agua que hacía de cantimplora y Clara hizo lo mismo.
Nos reíamos como niñas ante la felicidad sencilla de tomar agua fresca. Las cosas que rumiábamos en la soledad de nuestros pensamientos se convirtieron en tema de debate. Habíamos caminado toda la mañana sin encontrar un alma.
Para los guerrilleros, nosotras ignorábamos la existencia de esta carretera. Si la utilizábamos, podíamos duplicar la distancia recorrida. Habíamos acordado caminar en estricto silencio y saltar a escondernos en el momento en que oyéramos el menor ruido. Yo trataba de mantener la vista fija en la distancia para divisar cualquier movimiento. Poco a poco, mi mente se fue dejando absorber más por la concentración del esfuerzo físico que por la atención que habíamos convenido.
Llegamos a un desvío en una curva. Había otro puente largo que cruzaba el lecho de una quebrada seca. Nuestros botines estaban llenos de barro y la madera del puente parecía haber sido lavada con agua y jabón, a causa de las últimas lluvias. Decidimos pasar por debajo del puente para no dejar por encima huellas de zapatos. Al meterme debajo del puente, noté en las tablas unos colgandejos enroscados en un crecimiento de musgo. Ya había visto esta extraña forma de vegetación, que caía de los árboles y pensé que se parecía extrañamente al pelo de los rastafaris. Podía imaginarlo todo, menos que esos fueran avisperos. Vi montones de avispones en uno de los pilotes del puente y salté del susto. Le avisé a Clara, que venía unos metros atrás, señalando con el dedo la bola hirviendo de insectos con la que estuve a punto de estrellarme. Un segundo después, un zumbido que aumentaba de volumen me alertó que las avispas habían levantado el vuelo para castigarnos por haberlas molestado.
Vi que el escuadrón en formación triangular se precipitaba sobre mí y salí corriendo como una flecha, pasé por encima del puente y seguí corriendo por el camino a toda velocidad, hasta que tuve la impresión de estar lejos del zumbido. Paré de correr, ya sin aire, y al darme la vuelta vi un espectáculo de pesadilla: mi compañera estaba a algunos metros de mí, negra de avispones. Los insectos percibieron que yo me había detenido y abandonaron su primera presa para caer sobre mí como un escuadrón de caza. No podía ponerme a correr de nuevo y dejar a mi compañera paralizada allí, a merced del enjambre enfurecido. En un abrir y cerrar de ojos, me vi cubierta de esos bichos enloquecidos que me clavaban en la piel sus poderosos aguijones. Uno de los guardias había hablado de avispas africanas, cuya picadura podía matar al ganado en un segundo.
—¡Son avispas africanas! —me oí gritar a mí misma, fuera de control.
—¡Cállate! ¡Las vas a alborotar más! —me dijo Clara.
Nuestras voces resonaban en eco en la jungla. Si nuestros secuestradores nos habían oído, sabrían dónde buscarnos. Yo seguía gritando, llena de pánico, bajo el efecto del dolor de cada picadura. Luego, de improviso, la razón me volvió. Me alejé de la carretera y me lancé al matorral más cercano. Noté que, al desplazarme, lograba deshacerme de algunas avispas. Eso me devolvió valor. La proximidad de una vegetación más tupida hizo extraviar a algunas avispas y otras más me abandonaron para ir a sumarse al gran enjambre. Todavía tenía muchas avispas pegadas al pantalón. Con dos dedos, las agarraba de las alas, que batían frenéticamente, y las arrancaba una a una, para ponerlas bajo mi zapato y aplastarlas sin compasión. Los avispones crujían desagradablemente y eso me producía escalofrío. Me obligué a mí misma a continuar metódicamente. La mayor parte del tiempo, el efecto de la operación era que los insectos se partían en dos y el abdomen, con su aguijón aún trepidante, se quedaba incrustado en mi piel. Le agradecía al cielo que fuera yo quien estuviera viviendo esa situación y no mi madre o mi hermana, pues habrían muerto. Hacía un esfuerzo enorme por controlarme, no tanto para evitar dejarme llevar por el efecto del miedo sino más bien para controlar la aversión nerviosa que me hacía temblar de repugnancia al sentir el cuerpo frío y húmedo de esos insectos.
Finalmente gané mi batalla, sorprendida de no tener dolor, como si estuviera bajo el efecto de una anestesia. Me di cuenta de que mi compañera había hecho lo mismo que yo, solo que a ella la habían atacado más los avispones y había logrado conservar su sangre fría mejor que yo.
—Mi papá tenía colmenares en el campo. Aprendí a conocer a estos insectos —me dijo cuando le expresé mi admiración. El asalto de los avispones nos había desestabilizado. Pensaba en el ruido que habíamos hecho y no descartaba la idea de que hubieran enviado un grupo de reconocimiento hacia el lugar donde estábamos.
El puente de las avispas era el primero de una larga serie de puentes de madera levantados cada cincuenta metros, como los que habíamos cruzado para llegar al campamento del que nos habíamos fugado. A veces, estos puentes parecían viaductos, pues se prolongaban interminablemente, serpenteando a lo largo de cientos de metros entre los árboles. Debían haber sido construidos varios años antes, y fueron abandonados. Las tablas empezaban a podrirse y pedazos enteros se desplomaban devorados por una vegetación hambrienta. Caminábamos por los puentes, a dos metros del suelo, inspeccionando las tablas y los pilotes sobre los cuales avanzábamos, con miedo de caer al vacío en cualquier momento. Éramos conscientes del riesgo de ser vistas por la guerrilla si anduviera por ahí, pero esos puentes nos evitaban luchar contra la trampa de las raíces y las lianas enredadas que moraban debajo.
Habíamos decidido llevar el bolso por turnos. Sin haber comido casi y bebiendo muy poco, habíamos acumulado una gran fatiga.
Cuando los puentes empezaron a hacerse menos frecuentes, decidimos colgar el bolso en el palo que yo usaba como bastón. Cada una llevaría sobre el hombro un extremo del palo, la una caminando adelante y la otra atrás. Esta técnica nos permitía aligerar las cargas y andar más rápido. Así lo hicimos durante algunas horas.
Los colores de la selva empezaron a volverse opacos y, poco a poco, la atmósfera se hizo más fresca. Debíamos encontrar un lugar donde pasar la noche. El camino ascendía por una ladera y un puente de madera nos esperaba al terminar una curva. Más allá del puente, la selva parecía menos densa, pues la luz que se filtraba por ahí era diferente. Era posible que el río estuviera cerca y, quién sabe, con el río tal vez llegaría la esperanza de encontrar campesinos, una canoa, algún tipo de ayuda.
Mi compañera estaba muy cansada. El volumen de sus pies había duplicado: las avispas la habían picado por todas partes. Ella quería detenerse antes de que cruzáramos el puente. Yo reflexioné. Sabía que el cansancio era muy mal consejero y rezaba para no tomar una decisión equivocada. O tal vez porque percibía que me estaba equivocando sentí la necesidad de pedir ayuda al cielo. La noche caería en menos de una hora. Los guerrilleros debían de estar volviendo al campamento para hacer el balance de un día sin éxito. La idea me tranquilizaba. Decidimos, pues, detenernos y le expliqué a mi compañera las precauciones que debíamos tomar. Yo no había visto que ella había puesto el bolso apoyado contra un árbol, visible desde el camino, antes de bajar a tomar agua en un manantial que corría más abajo.
Oí las voces de los guerrilleros. Llegaban por detrás y hablaban tranquilamente mientras caminaban, sin imaginar que nosotras estábamos a algunos metros. Se me heló la sangre. Los vi antes de que ellos me vieran a mí. Si Clara se escondía a tiempo, ellos pasarían delante de nosotras sin vernos. Eran dos: la guerrillera bonita que, sin saberlo, había servido para distraer al guardia, y Edinson, un jovencito con cara de avispado que se reía todo el tiempo a mandíbula batiente. Hablaban alto y se los podía oír de lejos. Enseguida dirigí mi mirada hacia Clara, que ya se había levantado velozmente a recuperar el bolso. Con su movimiento, se puso al descubierto y se encontró cara a cara con Edinson. El muchacho la miró con unos ojos que se le salían de las órbitas. Clara se volteó a mirarme a mí, completamente pálida y con los rasgos deformados por el pánico y el dolor. Edinson siguió su gesto y me descubrió. Nuestras miradas se cruzaron. Cerré los ojos. Todo se había acabado. Oí la carcajada carnicera de Edinson y luego una ráfaga de metralleta al aire, con la que festejaba su victoria y se la anunciaba a los demás. Los odié por su fortuna.