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LA MARCHA INTERMINABLE

28 de Octubre de 2004

Habíamos sido los últimos en salir y llegábamos de primeros al siguiente campamento, antes que Lucho y el resto de mis nuevos compañeros. Se decía que se habían perdido pero, al escuchar las conversaciones, o al menos lo que alcanzaba a oír de sus murmullos, supe que habían estado a pocos metros de un escuadrón del ejército.

Caía una lluvia fina, terca e incesante. Hacía frío, lo suficiente para mortificarme pero no tanto como para hacerme reaccionar. Aquí el tiempo se estiraba hasta el infinito, y ante mí no había nada. De pronto sentí un alboroto encima de mi cabeza: un grupo de unos cincuenta micos atravesó el espacio. Era una colonia numerosa. Los grandes machos iban adelante y las madres, con sus bebés prendidos, atrás. Habían notado mi presencia y me observaban desde arriba con curiosidad. Algunos machos tendían a ponerse agresivos: pegaban gritos, se dejaban caer casi encima de mí y, colgados por la cola, me hacían muecas. Aquellos escasos momentos en que podía entrar en contacto con los animales eran los que me devolvían las ansias de vivir. Consideraba un privilegio permanecer entre ellos, poder observarlos de igual a igual, sin que su comportamiento se viera afectado por la barbarie de los hombres. En cuanto la guerrilla sacara sus fusiles, el encantamiento desaparecería. Se repetiría la historia de la pequeña Cristina. Entretanto ellos me orinaban y arrojaban ramas rotas en la inocencia de su ignorancia.

Los guardias los detectaron. A través de los arbustos observé su excitación, oí la orden de cargar las carabinas. Ya no veía nada; sólo oía las voces y los gritos de los micos. Y súbitamente, escuché la primera detonación, la segunda y otra más; el ruido seco de ramas que se quiebran y el impacto sordo sobre el tapiz de hojas. Tres impactos conté. ¿Habían matado a las madres para capturar a las crías? Me asqueaba esta perversa satisfacción de destruir. Sabía que siempre tenían excusas para darse buena conciencia. Teníamos hambre, no habíamos comido nada desde hacía semanas. Todo ello era cierto, pero no era razón suficiente. La caza se me había vuelto difícil de soportar. ¿Había sido siempre así? No estaba segura.

El episodio de la guacamaya que Andrés abatió por puro placer me había conmovido profundamente, lo mismo que la muerte de la mamá de Cristina. Había caído de su árbol, la bala le había atravesado la barriga. Se ponía el dedo en la herida y miraba la sangre que manaba. «Lloraba, estoy seguro de que lloraba», me había dicho William muerto de risa. «Me mostraba la sangre con los dedos, como pidiéndome que hiciera algo, volvía a ponerse los dedos en la herida y volvía a mostrarme. Siguió haciendo lo mismo varias veces y después se murió. Esas bestias son como los humanos», concluyó. ¿Cómo matar a un ser que nos mira a los ojos, con quien hemos establecido un contacto? Por supuesto, es algo que no tiene la menor importancia cuando ya se ha matado a otro ser humano. ¿Sería yo capaz de matar? ¡Claro que sí podría! Tenía todos los argumentos para considerarme con ese derecho. Estaba llena de odio contra quienes me humillaban y disfrutaban tanto con mi dolor. A cada palabra, a cada orden, a cada afrenta los apuñalaba con mi silencio. ¡Claro que sí! ¡Yo también podría matar! Y seguramente disfrutaría de verlos a ellos llevarse los dedos a las heridas, mirarse la sangre, tomar conciencia de su muerte, esperando que yo haga algo, y no mover un dedo, y verlos reventar.

Aquella tarde, bajo la maldita lluvia, acurrucada sobre mi infortunio, entendí que sin duda podía ser como ellos.

Mis compañeros llegaron extenuados. Habían tenido que dar un rodeo larguísimo que los obligó a atravesar una ciénaga infestada de zancudos y un alto de pendientes abruptas para reunirse con nosotros. Les habían dicho que estaban perdidos, pero oían el cruce de disparos a poca distancia. Habían hecho contacto con el ejército. La guerrilla los había sacado del avispero.

Allí donde estábamos, los árboles se abrían en círculo encima de nuestras cabezas, descubriendo la bóveda celeste con las constelaciones que me resultaban familiares. Nos instalamos en el claro, sobre nuestros plásticos, esperando que nos trajeran la comida. Rápidamente la conversación recayó en nuestra preocupación común. Algunos susurraban para evitar ser escuchados por los guardias. Habían recibido información según la cual nos iban a entregar a otro frente.

Lucho y yo comenzamos a buscar un lugar donde armar nuestras carpas.

—No se afane, doctor —le dijo uno de los militares—. Entre Flórez y yo les montamos eso en dos minutos.

Se trataba de Miguel Arteaga, el joven cabo de sonrisa afable.

—Tenemos nuestra propia técnica: Flórez corta las varas y yo las entierro —explicó.

Efectivamente, habían desarrollado una destreza extraordinaria en la labor. Al observarlos daba la impresión de ser algo fácil. No podía sino admirar su habilidad y apreciar su generosidad. De hecho, me ayudaron a armar mi carpa durante los cuatro años que permanecimos juntos.

El guardia llegó arrastrando dos grandes ollas.

—¡Las ollas! —bramó—. Hoy los vamos a consentir, hay mico con arroz.

—No hable mierda —le replicó Arteaga—. Invéntese algo mejor, ¡qué mico ni qué carajos!

Me asomé a la olla. Era mico, ni más ni menos. Lo habían pelado y despresado pero los miembros seguían siendo identificables: brazo, antebrazo, muslos, etcétera. Los músculos estaban calcinados sobre los huesos de lo mucho que habían cocido la carne, probablemente sobre carbón de madera.

Fui incapaz de comer. Tenía la impresión de asistir a una experiencia de canibalismo.

Cuando anuncié que no comería se alzó un clamor general de protesta.

—¡Qué jartera con tu lado Greenpeace! —me soltó Lucho—. En lugar de preocuparte por las especies en vías de extinción, deberías hacerlo por nosotros, que estamos a punto de extinguirnos.

—No creo que sea mico —dijo otro—, está demasiado flaco. Yo pienso que debe ser uno de nosotros —e hizo como si contara.

La carne era una de esas cosas poco comunes con las que más soñábamos. A nadie le interesaba saber de dónde venía y mucho menos preocuparse por cuestiones existenciales acerca de la conveniencia o inconveniencia de consumirla.

Mi situación era diferente. Estaba asustada con mis pulsaciones homicidas. Si era capaz de actuar como mis captores, corría el riesgo de volverme como ellos. Lo más grave no era morirme. Lo peor era convertirme en lo que más aborrecía. Quería mi libertad, conservar mi vida, pero decidí que nunca me convertiría en asesina. No mataría, ni siquiera para fugarme. Tampoco comería carne de mico. No sabía bien por qué unía las dos cosas en mi mente, pero tenía sentido para mí.

Desde aquel primero de octubre en que salimos de la cárcel de Sombra, era nuestro primer día de descanso. Los hombres pasaron la jornada cosiendo y reparando sus equipos. Yo la pasé durmiendo. Vino Guillermo. No me dio ningún gusto verlo, aunque me traía nuevas cajas de medicamentos. Hice el inventario de mis posesiones. Me había robado todo; sólo me quedaba la Biblia.

Me había desprendido con mayor facilidad de mis amados objetos que del rencor que le tenía. Me hubiera gustado no volver a verlo, que se quedara con el otro grupo. Se percató del fastidio que su presencia me causaba, y sintió herido en su amor propio. Cosa curiosa, su reacción no fue el desprecio y la insolencia que normalmente me reservaba. Por el contrario, estuvo amable y encantador y se sentó al pie de mi hamaca a contarme su vida. Había trabajado muchos años para la mafia como jefe de finanzas de un narco que operaba en alguna parte de los Llanos colombianos. Me describió el lujo en que había vivido, las mujeres y el dinero que pasaron por sus manos.

Lo escuché en silencio. A continuación me explicó que tras perder una importante suma de dinero, su jefe le había puesto precio a su cabeza. Entró a las Farc para escapar de él. Se había hecho enfermero por necesidad. Para cumplir las exigencias académicas de las Farc, tomó un curso de formación en enfermería y aprendió solo todo lo demás, leyendo y consultando en internet.

No me conmovió nada de lo que me dijo. Para mí era un bárbaro. Sabía que me habría puesto el cañón sobre la sien y apretaría el gatillo sin vacilar.

No pude aguantarme el placer de acribillarlo con la lista detallada de todo cuanto me había quitado. Lo vi encogerse en segundos, sorprendido de que yo hubiera hecho tan pronto mi inventario.

—Quédese con todo —le dije—, porque evidentemente usted no sabe hacerse obedecer.

Se largó disgustado y, por primera vez en mucho tiempo, me importó un rábano; en la cárcel de Sombra, la presión del grupo había sido tan fuerte que había caído en una prudencia rayando con la obsequiosidad. Si no me gustaba vérsela a los demás, mucho menos a mí misma. A menudo tuve miedo de Guillermo, de su capacidad de adivinar mis necesidades, deseos y debilidades y de utilizar su poder para hacerme daño. Cuando tenía que enfrentarlo me temblaba la voz y me odiaba a mí misma por no ser capaz de dominarme. Llegué a pasar días enteros ensayando la frase con que le pediría un medicamento o un poco de algodón. Este ejercicio me ponía en una actitud que suscitaba reacciones de impaciencia, abuso y dominación en Guillermo.

¡Qué vueltas daba la vida! Recordé a María, una secretaria que había trabajado conmigo durante años. Yo la intimidaba y su voz se quebraba cuando quería hablarme. Sentía que me había vuelto como María, amedrentada por el poder, paralizada por la consciencia de tener que darle gusto al otro para conseguir lo que en determinado momento me parecía esencial. ¿Cuántas veces fui Guillermo? ¿También respondí con impaciencia, exasperada por el susto del otro, creyendo de verdad ser superior porque la otra persona dependía de mí?

Se me endurecía el corazón escuchando a Guillermo, porque condenaba en él lo que me desagradaba de mí. Me di cuenta de la importancia de practicar la humildad dondequiera que la rueda de la fortuna lo haya puesto a uno. Tuve que estar abajo para comprenderlo.

Al día siguiente Sombra parecía querer hablar, disponer del tiempo. Se acomodó sobre un tronco y me invitó a sentarme con él.

—Yo era niño cuando su mamá fue reina de belleza. La recuerdo muy bien, era un monumento. Era otra época. Antes las reinas sí eran reinas…

—Sí, Mamá era muy linda. Sigue siendo —le respondí, más por cortesía que porque quisiera hablar.

—Su mamá es del Tolima, como yo.

—¿Ah, sí?

—Sí, por eso tiene una personalidad tan fuerte. Todas las mañanas la escucho en la radio. Tiene toda la razón en lo que le dice, el gobierno no mueve un dedo por liberarla. De hecho, lo mejor para Uribe es que usted no salga.

—¿Todavía trabaja con los huérfanos?

—Sí, claro, ésa es su vida…

—Yo también fui huérfano. A mis papas los mataron en la Violencia. Me tocó volverme una caspa. A los ocho años ya había matado. A mí me recogió Marulanda y desde entonces he estado con él. Hasta el día de hoy.

—Siempre he sido el hombre de confianza de Marulanda. Por muchos años fui yo quien cuidó la guaca de las Farc. Eso está en una cueva en el Tolima. Solamente tiene una entrada, pero yo soy el único que la conoce. No hay forma de verla desde afuera, porque da a un precipicio. Hay que llegar por entre las peñas. En esa cueva las Farc tienen montañas de oro, es una cosa impresionante.

Me pregunté si estaba en sus cabales, o si la historia que me contaba era una fabulación montada en mi honor. Estaba muy excitado y los ojos le brillaban más que de costumbre.

—Eso es cerca de un castillo. Un lugar muy conocido, seguro que su mamá fue alguna vez. Esas tierras pertenecían a un señor riquísimo. Se dice que lo mataron. Todo eso está abandonado hoy en día. Ya nadie va por allá…

Realmente creía en su historia. Tal vez la había inventado hacía tiempo y a fuerza de repetirla ya no sabía si era cierta o falsa. También me daba la impresión de estar tejida con recuerdos de su infancia. La habría escuchado de niño y acabó por apropiársela. Estaba fascinada de verlo perdido en su mundo mítico. Desde muy joven aprendí que, en Colombia, lo real desborda las fronteras de lo posible. Los límites con lo imaginario son difusos y todo coexiste con la mayor naturalidad.

El relato de Sombra, sus montañas de oro, sus pasadizos secretos, la maldición que caería sobre quien quisiera sustraer parte del tesoro, todo me remitía al imaginario colectivo en el que crecí. En consecuencia, le hice preguntas descabelladas que me respondía, encantado de verme interesada, y tanto el uno como el otro olvidamos por unos momentos que él era mi carcelero y yo su víctima.

Hubiera querido odiarlo. Sabía muy bien que era capaz de lo peor, que podía ser cruel y cínico y que el círculo de los secuestrados lo odiaba.

Pero también había vislumbrado a través de las grietas de su personalidad una sensibilidad que me conmovía. Por ejemplo, entre el montón de chismes que llegaban a la cárcel me enteré de que la Boyaca estaba embarazada. Cuando me trajo las cartas de Mamá de regreso de su breve viaje, lo felicité imaginando que estaría feliz de ser papá. Recibió mis palabras como una puñalada y me disculpé, asustada por el dolor que le había causado: «Es que…», titubeó. «Los comandantes no juzgaron oportuno que la Boyaca estuviera embarazada. Con el ejército en todas partes… Tuvo que abortar».

«Es terrible», le respondí. Asintió en silencio.

El bebé de Clara nació unos meses después. A menudo vi a Sombra jugar con el niño y pasearlo en sus brazos por todo el campamento, feliz de consentir a un bebé.

Había acumulado innumerables quejas en su contra, pero cuando lo tenía enfrente me costaba trabajo guardarle rencor. Tuve que confesarme a mí misma que aquel ser tosco y tiránico en el fondo me resultaba simpático. Adivinaba que él vivía un conflicto semejante respecto de mí. Yo debía ser la encarnación de todo cuanto había odiado y combatido en su vida. Los guardias lo habían envenenado con todos los chismes posibles e imaginarios y debía desconfiar de mí tanto como yo de él. Sin embargo, sentía que cada vez que volvíamos a hablar nuestra brújula nos indicaba un norte diferente.

En ésas estábamos cuando lo llamó un guardia. Alzó la nariz. Dos hombres que yo nunca había visto lo esperaban. Se entretuvo con ellos un buen rato y al cabo regresó cojeando hasta donde estábamos: «Su tiempo conmigo ha terminado. Les presento a sus nuevos comandantes; en adelante les obedecerán a ellos. Ya conocen las consignas. No tuve problemas con ustedes, y espero que ellos tampoco los tengan».

En mi voz debía haber alegría cuando le tendí la mano a Sombra y le dije:

—Supongo que no nos volveremos a ver.

Se dio vuelta como una serpiente a la que le hubieran puesto el pie encima y zumbó:

—Se equivoca: en tres años volveré a ser su comandante.

El veneno actuó al instante. Nunca se me había ocurrido la posibilidad de permanecer cinco años en poder de las Farc. Cuando Armando contó que llevaba un lustro en cautiverio, lo miré como si fuera un damnificado de Chernóbil, con una sensación mezcla de horror, conmiseración y alivio de pensar que tenía mejor suerte que él. Las palabras de Sombra fueron un poderoso detonador de angustia. A lo largo de la marcha me había hecho entrever la posibilidad de una liberación. Hablarme de los franceses y de las negociaciones que habían emprendido con las Farc sólo era una estratagema para que aguantara, para que mi estado no empeorara y caminara. En un segundo repasé la película de aquella marcha sin fin: las ciénagas cubiertas por nubes de zancudos, las montañas rusas de los cansaperros, los precipicios, los ríos infestados de pirañas que tuvimos que cruzar, las jornadas enteras cocinándonos al sol o bajo tormentas torrenciales, el hambre y la enfermedad. Sombra me había embaucado hábilmente y el triunfo era suyo.

Dos hombres fueron encargados de tomar el relevo para asegurar mi transporte. Sombra y el nuevo comandante supervisaban la operación. Permanecí de pie frente a ellos:

—No, no quiero que me lleven en hamaca. A partir de ahora caminaré.

A Sombra casi se le salieron los ojos de las órbitas. Lo había previsto todo, menos aquello. Me miró con resentimiento, tanto más cuanto su prestigio quedaba por tierra. Finalmente decidió callar.

Su tropa se había apostado en el camino para vernos salir. Me sentía orgullosa de marcharme caminando y dejarlos atrás, y con ellos la cárcel, las humillaciones, el odio y todo lo que había envenenado nuestra existencia a lo largo de aquel año. Era mi revancha: ellos se quedaban. Me faltaban fuerzas para cargar el morral, e incluso el hecho de poner un pie delante del otro me daba vértigos. Pero sentía como si tuviera alas, puesto que me iba.