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VOCES DEL EXTERIOR
El radio que Clara había roto solo funcionaba a medias. Las únicas emisiones que lográbamos captar ahora eran una misa dominical transmitida desde San José del Guaviare, la capital del departamento del Guaviare, en la Amazonia, y una emisora de canciones populares que los guerrilleros adoraban y que a mí me fastidiaba cada día más.
Los guardias me llamaron de urgencia una mañana, pues habían anunciado en sus radios que mi hija estaría al aire. Oí la voz de Melanie frente a la caleta. Me dejó sorprendida la claridad de sus razonamientos y la calidad de su expresión. Solo tenía diecisiete años. El orgullo de ser su madre era más fuerte que la tristeza. Las lágrimas rodaron por mis mejillas en el preciso momento en que pensaba haber logrado controlar mis emociones. Pero regresé a la jaula llena de mucha paz.
Otra noche, cuando ya estaba acostada debajo del mosquitero, oí al papa Juan Pablo II, que rogaba por nuestra liberación. Era una voz inconfundible y que significaba todo para mí. Le agradecí al cielo, no tanto porque pensara que los jefes de las Farc fueran a conmoverse con su llamado, sino sobre todo porque sabía que ese gesto aliviaría el dolor de mi familia y sería una ayuda para llevar su cruz.
Entre los salvavidas que me lanzaron durante ese período, uno me llenó de esperanza por recobrar mi libertad: el de Dominique de Villepin. Nos habíamos conocido cuando entré a estudiar ciencias políticas en el Instituto de Estudios Políticos de París y no nos habíamos vuelto a ver en casi veinte años. En 1998, Pastrana, antes de posesionarse como jefe de Estado, decidió ir a Francia: quería asistir a la Copa Mundial de fútbol. Yo sabía que Dominique había sido nombrado secretario general del Elíseo y le propuse a Pastrana que lo llamara. Dominique lo hizo recibir con honores de jefe de Estado y Pastrana me lo agradeció. Fue así como volví a ponerme en contacto con Dominique.
No había cambiado: siempre tan generoso y atento con los demás. Desde entonces, siempre que pasaba por París, aprovechaba la ocasión para llamar a saludarlo.
—Tienes que escribir un libro; tu lucha tiene que hacerse visible a los ojos del mundo —me dijo. Seguí su consejo y escribí La rabia en el corazón.
Ocurrió un atardecer, a la hora gris, cuando me estaba preparando para guardar mi tejido. El guardia ya había empezado a hacer tintinear las llaves del candado para señalarnos la hora de nuestro encierro. En la caleta más cercana, un radio no había dejado de chirriar desde el mediodía. Yo había aprendido a hacer abstracción del mundo exterior para vivir en mi silencio, y oía sin escuchar. De repente, me detuve. Era una voz proveniente de otro mundo, de otra época: reconocí la voz de Dominique. Me di media vuelta y corrí entre las caletas para pegar la oreja al radio que colgaba en una estaca. El guardia gritaba detrás de mí, para que regresara a la jaula. Le hice señas de callarse. Dominique se expresaba en un español perfecto. Nada de lo que decía parecía tener relación conmigo. El guardia, intrigado por mi reacción, también vino a pegar la oreja al radio. La locutora dijo en ese momento: «El ministro de Asuntos Exteriores de Francia, señor Dominique de Villepin, durante su viaje oficial a Colombia, manifestó el compromiso de su país para lograr que regresen vivos, en el menor tiempo posible, la franco-colombiana y todos los rehenes que, etc., etc.».
—¿Quién es? —preguntó el guardia.
—Es un amigo —le respondí emocionada, pues el tono de Dominique traicionaba el dolor que le producía nuestra situación.
La noticia se regó como pólvora en el campamento. Andrés vino a ver qué pasaba. Quería saber por qué yo le daba tanta importancia a esta información.
—Dominique de Villepin vino a Colombia a luchar por nosotros. ¡Francia no nos abandonará jamás!
Andrés me miró incrédulo. Era perfectamente impermeable a las nociones de grandeza o de sacrificio. Para él, lo único que quedaba claro era que yo tenía pasaporte francés y que Francia —un país sobre el que no sabía nada— quería negociar nuestra liberación. El veía una cuestión de intereses donde yo veía un asunto de principios.
Después de esta intervención de Dominique, todo cambió. Para bien y para mal. Mi estatus de prisionera sufrió una transformación evidente. No solamente respecto a la guerrilla, que comprendía que su botín había aumentado de valor. Sino también respecto a los demás. A partir de ese momento, las emisoras se dieron a la tarea de machacar mi condición de «franco-colombiana», a veces como un privilegio casi indecente, a veces con un dejo de ironía, pero con mucha frecuencia con el ánimo de movilizar los corazones y sensibilizar los espíritus. En efecto, yo tenía doble nacionalidad: educada en Francia, me involucré en la política colombiana para luchar contra la corrupción. Siempre me había sentido en casa tanto en Colombia como en Francia.
Sin embargo, las repercusiones más profundas del apoyo de Francia se verían en las relaciones con mis futuros compañeros de infortunio. «¿Por qué ella y no nosotros?».
Ya lo había vislumbrado en una conversación con Clara sobre la evaluación de nuestras posibilidades de salir del cautiverio.
—¡Tú no tienes de qué quejarte! Al menos Francia lucha por ti —me dijo con amargura.
El nuevo año comenzó con una sorpresa. Vimos llegar al nuevo comandante del frente quince, que había reemplazado al «Mocho» César después de su muerte.
Llegó acompañado de una muchacha, una morena alta encargada de una misión delicada.
—Vine a transmitirles una muy buena noticia —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Les dieron autorización para mandarle un mensaje a sus familias!
Tenía una cámara en la mano, lista para filmarnos. La miré de arriba abajo, seca y distante. Lo que nos estaba anunciando no era ni un favor ni una buena noticia. Recordaba cómo habían modificado descaradamente mi primera prueba de supervivencia. Habían cortado las partes en que yo describía las condiciones de nuestro cautiverio, las cadenas que nos hacían llevar las veinticuatro horas del día, así como una declaración de gratitud a las familias de los soldados muertos en la operación que lanzaron después de nuestra captura con el fin de liberarnos.
—No tengo ningún mensaje que mandar. Gracias de todas maneras, —giré sobre mis talones y entré a la jaula, seguida de Clara, que me agarró del brazo, furiosa con mi respuesta.
—Mira, si quieres hacerlo, hazlo. No me necesitas a mí para mandarle un mensaje a tu familia. Además, deberías hacerlo. Estaría muy bien que lo hicieras.
Clara no me soltaba. Insistía en saber por qué me negaba a mandar una prueba de supervivencia.
—Es muy sencillo. Ellos me tienen prisionera. Listo. No puedo hacer nada al respecto. Lo que no admito es que, además, se apropien de mi voz y mis pensamientos. No se me ha olvidado el tratamiento que nos dieron la última vez. De los veinte minutos que grabamos, mandaron diez y escogieron arbitrariamente lo que les convenía. Además, Raúl Reyes hace declaraciones hablando en mi lugar. Eso es inadmisible. Yo no me voy a prestar a esa farsa. Al cabo de una larga pausa, Clara le dijo a la morena alta: —Yo tampoco tengo ningún mensaje que mandar.
Algunos días más tarde, Andrés llegó por la mañana, muy exaltado.
—Una persona de su familia quiere hablarle por radio.
Jamás creí que eso pudiera ser posible. Habían instalado una mesa con el aparato de radio bajo un andamio sofisticado de grandes cables, dispuestos en pirámide. El radiotecnista, un joven guerrillero rubio de ojos claros a quien llamaban «Camaleón», repitió una serie de códigos y cambió las frecuencias.
Al cabo de una hora, me pasaron el micrófono.
—¡Hable! —dijo Camaleón. Yo no sabía qué decir.
—¿Sí, aló?
—¿Ingrid?
—Sí.
—Bueno, Ingrid. Vamos a ponerla en contacto con una persona importante que le va a hablar. Usted no va a escuchar la voz de esa persona. Nosotros le vamos a repetir las preguntas y le transmitimos sus respuestas.
—Adelante.
—Para verificar su identidad, la persona quiere que usted le dé el nombre de su amiga de infancia que vive en Haití.
—Quiero saber quién es mi interlocutor. ¿Quién me hace esa pregunta?
—Es una persona relacionada con Francia.
—¿Quién?
—No le puedo responder.
—Ah, bueno, pues entonces yo tampoco respondo.
Me sentí manipulada. ¿Por qué me negaban la posibilidad de conocer la identidad de mi interlocutor? ¿Qué tal si todo era un montaje para obtener información que utilizarían después contra nosotros? Durante algunos minutos, había creído en la posibilidad de escuchar la voz de Mamá, o de Melanie, o de Lorenzo…