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SEGUNDA PRUEBA DE SUPERVIVENCIA
La última vez que vi a Joaquín Gómez fue para grabar la segunda prueba de supervivencia. Lo acompañaban otros guerrilleros, entre los cuales estaba Ferney. Me dio gusto volver a verlo.
Me imaginaba que Ferney le había expuesto a su superior el tratamiento que yo recibía y las situaciones que había tenido que afrontar. Se lo agradecí, pues hubo un llamado de atención. Andrés autorizó que, de vez en cuando, me dieran leche en polvo. Edinson, el mismo que nos había descubierto después del ataque de las avispas, me llevaba a escondidas unos huevos que yo «cocinaba» en agua hirviendo: era un agua que me llevaban con el pretexto de tratarme un eccema. Sin embargo, lo que más gusto me daba era que Andrés me había vuelto a dar permiso de meterme en la rancha.
Me gustaba estar en la cocina. Aprendía las técnicas que los guerrilleros habían desarrollado para elaborar un sucedáneo del pan, «cancharinas» las llamaban ellos, preparadas con una mezcla de agua y harina que ponían a freír en aceite hirviendo. Quería aprender el secreto de estas delicias. Joaquín había tenido la gentileza de enviarme, entre dos de sus visitas, una bolsa negra llena de cosas.
El miliciano que manejaba la lancha de motor había recibido instrucciones precisas de no abrir la bolsa y de entregármela en persona. Era un guiño que me hacía Joaquín, pues el día que hicimos nuestra charla «peripatética», me quejé de la discriminación que ejercían contra nosotras en lo relacionado con la comida.
Cuando uno no tiene nada, las pertenencias más elementales adquieren una dimensión insospechada.
Cuando llegó Joaquín, nos pusimos de inmediato en la tarea de prepararnos para la grabación. Él me había dado su palabra de honor de que mi familia recibiría el texto integral de mi mensaje, sin ningún cambio. Convinimos que el material duraría entre quince y veinte minutos y que se grabaría en mi bohío, tras instalar una sábana como telón de fondo, para no dar ninguna indicación sobre el lugar donde estábamos, y que yo estaría sola. Mi compañera también tenía la posibilidad de mandar una prueba de supervivencia.
Yo tenía la intención de dejar sentada mi posición sobre un debate delicado del que me había enterado tangencialmente por la radio. Mi familia se oponía firmemente a la posibilidad de que llevaran a cabo una operación militar de rescate. Algunos meses antes, un grupo de nueve secuestrados, entre los cuales se encontraba el gobernador del departamento de Antioquia, Guillermo Gaviria, y su consejero para la paz, Gilberto Echeverri, habían sido asesinados en un intento de liberación efectuado por el ejército colombiano en la región de Urrao. Aquello fue un choque terrible para mí. No conocía personalmente a Guillermo, pero me parecía valiente su compromiso con la paz de Antioquia. Admiraba a este hombre que había luchado hasta el final por sus convicciones.
Una tarde, cuando eran casi las cuatro, mientras jugaba con un radio que me había regalado Joaquín en una de sus visitas, sintonicé por casualidad, en onda corta, la hora de las noticias en Radio Canadá. Era un radiecito de metal sin mucha potencia, que los guardias despreciaban porque no recibía señales sino muy temprano en la mañana o cuando ya había caído la noche. Había que ponerle un sistema de antenas potencializadas que los propios guerrilleros me habían ayudado a instalarle usando el hilo de aluminio de las esponjillas Bon-Bril que se usaban para lavar las ollas.
Había que hacer llegar el cable a la cima de los árboles con una honda y la otra punta se enrollaba en el extremo de la antena de la radio. El sistema funcionaba bastante bien, y yo lograba, sobre todo hacia el atardecer, oír las noticias. Era una ventana abierta al mundo. Yo escuchaba y, con la imaginación, veía todo. Todavía no había descubierto la frecuencia de Radio Francia Internacional, a la que me aficionaría particularmente después, al punto de aprenderme los nombres y las voces de los periodistas, como si fueran amigos de toda la vida.
También oía la BBC religiosamente todos los días, con el mismo placer que me daba «en la civil» ir a cine. Por el momento, estaba feliz de haber descubierto Radio Canadá y de oír hablar francés. Sin embargo, mi placer se transformó en horror cuando oí que rehenes colombianos habían sido masacrados por las Farc, y salió enseguida la mención de mi nombre. No sabía de qué estaban hablando, pero me quedé petrificada, con la radio pegado a la oreja, tratando de entender, angustiada, evitando que una mala manipulación de la radio me hiciera perder la débil señal del programa. No quería perderme el resto del noticiero.
Algunos minutos después, repitieron integralmente la noticia y descubrí con escalofrío que Gaviria y Echeverri acababan de ser asesinados. No dieron más detalles ni hicieron más precisiones. Cambiaron de tema y yo me quedé temblorosa entre mis cuatro paredes. Fui a sentarme a la cama, con los ojos hinchados, imaginando todo lo que había podido ocurrir para que los ejecutaran. Recordé, entonces, la amenaza de las Farc. Al cabo de un año, comenzarían a liquidarnos, uno tras otro. Hacía, efectivamente, un poco más de un año que habíamos sido secuestradas. Entonces era eso: ¡las Farc habían comenzado a ejecutar su plan! Salí de mi cambuche como si me hubiera caído un rayo encima. Rompí una de las reglas que me había impuesto, que consistía en no ir a hablar con Clara sin haberle anunciado antes mi visita. Avancé por el sendero, seguida de cerca por el guardia que me había autorizado a ir a verla. Clara estaba barriendo su casa. Hizo cara de molestia al verme llegar.
—Mira, es muy grave: las Farc acaban de asesinar a Gilberto y a Guillermo…
—¿Ah, sí?
—Lo oí en la radio. Acaban de…
—Gracias por la información.
—Yo… yo…
—¿Qué es lo que quieres? No podemos hacer nada al respecto. Ya ocurrió. Nada que hacer. ¿Qué quieres que te diga?
No insistí y volví mortificada a mi barraca. Me encerré en la habitación. Rezaba sin saber cómo, ni qué pedirle a Dios. Me imaginaba a las familias de estos dos hombres, sus esposas, sus hijos, y sufría de manera visceral, físicamente, doblada en dos, sabiendo que ese podría ser también el destino de los míos. En la noche, mi radio recibía con claridad las emisoras colombianas. Retransmitían cada diez minutos la voz de Yolanda Pinto, la esposa de Guillermo. Explicaba en detalle el procedimiento para recuperar los cadáveres y las dificultades que afrontaba, pues el acceso al lugar de la masacre estaba bajo control militar y las familias tenían prohibida la entrada. El guardia que estaba de turno me llamó: también quería estar informado. Le dije que habían comenzado a matar a los rehenes y que sabía que a nosotras nos llegaría el turno próximamente.
Andrés vino poco después.
—Ingrid, acabo de enterarme de la muerte de Guillermo y de Gilberto. Quiero asegurarle que las Farc no la van a asesinar. Eso fue un accidente: las Farc reaccionaron ante un ataque militar.
No le creí. Al cabo de todos estos meses de cautiverio, había comprendido que para los miembros de las Farc mentir era simplemente una táctica de guerra.
Sin embargo, a medida que transcurrían las horas, la información parecía darle la razón. Los militares habían intentado llevar a cabo una operación de rescate. Solamente dos de los secuestrados habían sobrevivido a la masacre. Ellos relataban que cuando el comandante se dio cuenta de que estaban rodeados por los helicópteros militares, reunieron a los prisioneros para fusilarlos. Gilberto se arrodilló para implorar clemencia. El propio comandante lo ejecutó a sangre fría. Los sobrevivientes contaban que Gilberto pensaba que él y el comandante eran amigos, y se lo recordaba mientras le rogaba que no lo matara.
Me imaginaba la escena del asesinato hasta en los menores detalles, convencida de que a nosotras nos esperaba el mismo destino en cualquier momento. Por eso, cuando Joaquín vino por la prueba de supervivencia, quise expresar mi apoyo a una operación de rescate por parte del ejército colombiano, sabiendo que después de la masacre de Urrao muchas personas se opondrían. Yo solo podía hablar a nombre propio. Pero me interesaba dejar en claro que la libertad era un derecho y que todo esfuerzo por recuperarla era un deber superior al que yo no me podía sustraer.
También quería que el país iniciara una reflexión profunda sobre lo que implicaba la defensa de ese derecho. La decisión debía ser tomada al más alto nivel y el Presidente de la República debía asumir el costo político de un fracaso o recibir las glorias de una operación exitosa. Temía que, en el laberinto de los intereses políticos del momento, nuestras vidas ya no tuvieran ningún valor y que fuera más interesante organizar un fiasco sangriento para poder endilgarle a las Farc nuestra muerte, en lugar de una verdadera operación de rescate.
Una vez quedó grabada la prueba de supervivencia, fue necesario esperar su difusión por la radio y la televisión colombianas. Los meses que pasaron entre una cosa y otra fueron tensos y largos. En particular, yo había seguido la noticia del envío de un avión francés al corazón de la Amazonia brasileña, con la esperanza de que la presión para obtener una prueba de supervivencia estuviera relacionada con ese hecho.
Algunos días antes de que la información se filtrara a la prensa, un médico de las Farc vino a vernos. Era un muchacho que había hecho algunos años de Medicina en Bogotá pero no había obtenido su diploma. Lo habían reclutado para formar a los enfermeros que serían enviados a diversos frentes, además de asumir la dirección de un hospital en el monte, que debía de estar a poca distancia de nuestro campamento.
Su visita me hizo soñar con la posibilidad de una liberación. Yo me imaginaba que a las Farc les convenía liberar a sus rehenes en condiciones que les permitieran restaurar su reputación a los ojos del mundo. Pensaba, asimismo, que esta prueba de supervivencia que las Farc habían buscado con tal insistencia podía ser una de las condiciones exigidas por Francia para dar inicio a unas negociaciones que, obviamente, debían mantenerse en secreto. El avión partió sin nosotras y me imaginé que el despliegue mediático del asunto tal vez había sido el responsable del fracaso de la misión. Sin embargo, la esperanza había germinado en mí. Había visto que Francia asumía riesgos reales para sacarme de la selva. Yo sabía que Francia seguiría tratando de encontrar la manera de sacarme de las garras de las Farc, y esperaba que otros contactos se produjeran, que otros emisarios fueran enviados y se diera inicio a otras negociaciones.
Algunas semanas más tarde, cuando el miliciano que solía traer las provisiones llegó con la orden de llevarnos, pensé que las negociaciones habían llegado a feliz término. Nos íbamos a la madrugada del día siguiente; debíamos empacar nuestras pertenencias. Hice una selección y escogí apenas lo necesario para los pocos días de camino que, según mis cálculos, nos tomaría llegar al punto de encuentro con los emisarios europeos. Les dejé el resto a las muchachas y, sobre todo, les dejé el diccionario y un mapamundi que acababa de terminar, en colores, sobre el cual había trabajado durante varias semanas y del que me sentía muy orgullosa.
Andrés había organizado una pequeña reunión para despedirnos. Los guerrilleros me daban la mano y me felicitaban por el éxito de las negociaciones y por mi libertad inminente. No dormí en toda la noche, saboreando mi felicidad. La pesadilla se había terminado. Ya podía volver a casa.
Estaba sentada sobre mi bulto, lista para partir. El reflejo plateado de la luna bailaba en el agua perezosa del río. Hacia las cinco de la mañana nos llevaron una taza de chocolate caliente y una cancharina. Mi compañera también estaba lista, sentada en la escalera de su cabaña, con un equipaje que era el doble del mío: No tenía la intención de dejar nada. Yo experimentaba una extraña dicha y una gran serenidad. No era la euforia que había previsto para cuando me anunciaran mi liberación: era, más bien, una felicidad tranquila, un descanso del alma.
Reflexionaba sobre lo que este año de cautiverio había significado para mí. Me veía a mí misma como a un ser extraño, como una entidad distinta de mi yo presente. Esta persona que había vivido en la selva durante todos esos meses se quedaría en el pasado. Volvería a ser yo misma. Un vaho de duda me empañó el espíritu. ¿Volver a ser yo misma? ¿Era ese mi objetivo? ¿Había aprendido lo que debía aprender? Muy pronto me deshice de esas ideas tontas. ¡Qué importaba ahora!