5
EL CAMPAMENTO DE SONIA

No pegué los ojos en toda la noche. Yo espiaba a los guardias más de lo que ellos me vigilaban a mí. Cada dos horas, nuevos hombres armados llegaban a hacer el relevo. Estaban demasiado lejos de mí y no alcanzaba a oír lo que decían, pero el procedimiento era corto, un golpecito en la espalda y los unos se iban dejando a los otros en su puesto, en la oscuridad. Las muchachas que se turnaban para vigilarnos junto a la cama habían terminado por sentarse al frente, y cedían poco a poco al sueño. ¿Cómo salir de ahí? ¿Cómo emprender el camino? ¿Cómo regresar a casa? ¿Habría un cerco de guardias más adelante? ¿A la salida del campamento? Tenía que fijarme más en detalle, preguntar, observar. Me imaginaba partiendo con mi compañera hacia la libertad. ¿Estaría ella dispuesta a seguirme? Iría derecho adonde Papá. Llegaría a su habitación de sorpresa. Él estaría sentado en su sillón de cuero verde. Tendría puesta su máscara de oxígeno. Él me extendería feliz los brazos, yo me resguardaría en ellos y lloraría de la dicha de estar con él. Después, llamaríamos a todo el mundo. ¡Qué felicidad! A lo mejor tendría que coger un bus por la carretera o tal vez caminar hasta llegar a algún pueblo. Eso sería más seguro. La guerrilla tenía informantes por todas partes. Habría que buscar una base militar o un puesto de Policía. Cuando César se detuvo a recoger el queso y las cervezas, señaló con un dedo hacia la derecha. Se rió, explicando que la base militar estaba muy cerca de ahí. Dijo que los chulos eran unos idiotas. Yo no sabía que llamaban chulos a los soldados. Me sentí herida, como si fuera un insulto dirigido contra mí. No dije nada a pesar de todo, y pensé. «Desde ahora, siempre estaré del lado de los militares».

¿Cómo habría reaccionado el país al enterarse de mi secuestro? ¿Qué irían a hacer mis contendores? ¿Serían solidarios conmigo? Pensaba en Piedad Córdoba, mi colega en el Senado. Yo había conocido a Manuel Marulanda, jefe de las Farc, a través de ella. Habíamos recorrido el camino entre Florencia y San Vicente en taxi. Era la primera vez que yo iba allá. Habíamos tomado una carretera espantosa, como una montaña rusa. Varias veces quedamos atrapadas entre el barro, y nos vimos obligadas a caminar para aligerar el peso del vehículo. Empujamos, halamos y levantamos el carro, y llegamos negras de barro al lugar del encuentro, a una avanzada de las Farc que lindaba con la selva. Vi cómo el viejo Marulanda tenía el control absoluto de todos sus hombres. En un momento dado, se quejó del barro que tenía debajo de los pies. Literalmente lo levantaron con todo y silla, como un emperador, mientras que otros comandantes ponían tablas en el suelo y le hacían un piso de madera improvisado.

Piedad Córdoba había sido secuestrada por los paramilitares seis meses después de nuestra visita a las Farc. Castaño, el jefe de los paramilitares, acusaba a Córdoba de estar aliada con la guerrilla. Fui a hablar con un viejo hacendado que yo conocía. Algunos decían que él le hablaba al oído a Castaño. Le pedí que interviniera a favor de la liberación de Piedad. Mucha gente había abogado por ella. Algunos días más tarde, la liberaron. Yo tenía la esperanza de que mi caso fuera similar al suyo. Tal vez mi liberación serla una cuestión de semanas. Todos esos asuntos en los que se mezclaban mis fantasías con la realidad me mantuvieron despierta la noche entera.

Pronto llegaría el alba del primer día de mi vida en cautiverio. El mosquitero que nos habían dado era blanco, con la malla muy apretada. Yo seguía a través de él, el mundo extraño que se despertaba a mi alrededor, como si estuviera metida en un capullo, con la ilusión de poder ver sin ser vista. Los contornos de los objetos comenzaban a desprenderse de la noche negra. El clima estaba casi frío. Eran las cuatro y media de la mañana cuando uno de los guerrilleros prendió un radio a un volumen lo suficientemente fuerte como para que yo alcanzara a oírlo. Estaban hablando de nosotros. Agucé el oído, sin atreverme a salir de mi refugio para acercarme al radio. La voz confirmaba que yo había sido secuestrada por la guerrilla.

Al escuchar las declaraciones de Mamá, mi corazón se contrajo de dolor y no logré prestarle bien atención a lo que decía. Enseguida hablaron de Clara. La desperté para que oyera conmigo las noticias. El guerrillero cambiaba de emisora. Cada vez caía justo en la noticia de nuestro secuestro. Otra persona, no lejos de ahí, sintonizó la misma estación y luego una tercera hizo lo mismo. El sonido nos llegaba en estéreo y nos facilitaba la escucha.

Antes de las cinco de la mañana, alguien pasó a nuestro lado haciendo un chillido de boca desagradable y fuerte, con el objeto de despertar al campamento. A eso le llamaban «la churuquiada», otro de esos términos típicamente farquianos que designaba en esta ocasión, la imitación del llamado de los micos. Era la diana de la selva.

Los guerrilleros convalecientes que dormían con nosotros bajo el cobertizo se levantaron de inmediato. Retiraron los mosquiteros, los doblaron rápidamente e hicieron con ellos un embutido apretado con las mismas pitas con que los suspendían en las esquineras de las camas. Yo los observaba fascinada, mientras oía las noticias. Clara y yo nos levantarnos, pedí que me llevaran al baño.

Nuestra guardia se llamaba Isabel. Era una mujer bajita, de unos treinta años, con el pelo extremadamente largo y crespo, que se recogía en un moño. Tenía unos bonitos aretes de oro y ganchos de niña para evitar que se le fueran las mechas rebeldes a la cara. Estaba ligeramente pasada de peso y llevaba unos pantalones en tela de camuflado demasiado apretados para ser cómodos. Evidentemente complacida de ocuparse de nosotras, la guerrillera atendió mi petición correspondiéndome con una de sus más bellas sonrisas. Me tomó de la mano y me enganchó el brazo bajo su codo, en un gesto de afecto y complicidad inesperado:

—Se va a amañar con nosotros, va a ver. ¡Ya después no va a querer irse!

Seguí a Isabel al baño, me imaginaba que iría a encontrar una letrina parecida a la que había usado el día anterior, en la casita de la carretera, y estaba preparándome para contener la respiración, para evitar los malos olores.

Algunos metros, escasos veinte, y ya nos estábamos adentrando en una vegetación espesa. Todavía no lograba divisar ninguna cabaña por los alrededores. Fuimos a dar a un claro bastante grande. El suelo se veía movido por todas partes. Un ruido de motor me llamó la atención. Le pregunté a Isabel qué máquina funcionaba por ahí. Ella no entendió mi pregunta y luego, prestando mayor atención, afirmó:

—No, no hay ningún ruido de motor.

—Claro que sí. No estoy loca. Hay un ruido fuertísimo. ¡Oiga!

Isabel volvió a escuchar con atención y después de unos instantes soltó una carcajada, tapándose la nariz como una niña traviesa. —¡No! ¡Ese ruido son moscas!

Miré aterrada hacia el suelo. Revoloteando entre mis pies, montones de moscas de todo tipo, grandes, gordas, amarillas, verdes, se arremolinaban alrededor, tan exaltadas que se estrellaban unas con otras y caían con las patas al aire, las alas vibrando inútilmente contra la tierra. Descubrí entonces un mundo de insectos extraordinariamente activo. Avispas que atacaban a las moscas antes de que estas pudieran alzar el vuelo. Hormigas que atacaban a las otras dos para transportar su botín aún trepidante a sus hormigueros. Cucarrones de coraza brillante y de vuelo pesado que entraban en colisión contra nuestras rodillas. No pude contener un grito de susto cuando me di cuenta de que una miríada de hormigas diminutas me había invadido los pantalones y ya me llegaba a la cintura. Traté de sacudírmelas trepidando nerviosamente en el puesto para evitar que siguieran escalándome.

—¿Bueno, y dónde están los tales baños?

—¡Aquí! —dijo Isabel, muerta de la risa—. Estos son los chontos. Vea: ahí todavía hay huecos que se pueden utilizar. Usted se acuclilla encima del hueco, hace sus necesidades y tapa con la tierra que hay al lado, así, con el pie.

Me fijé con más atención. En algunos lugares, el suelo había sido cavado. En los huecos el espectáculo era asqueroso. Los insectos se retorcían en los excrementos que habían quedado mal tapados. Mi malestar aumentaba e instintivamente me doblé en dos, sorprendida por los espasmos y el olor nauseabundo que me subía por las narices. Vomité sin tener tiempo de avisar, y las dos quedamos salpicadas hasta la camisa. Isabel dejó de reírse. Se limpió con la manga de la chaqueta y tapó mi vómito con el montículo de tierra más cercano.

—Bueno, la espero allá adelante.

No me gustaba en absoluto la idea de quedar desamparada en este infierno. Del otro lado de la vegetación yo veía sombras que se agitaban.

—¡Pero todo el mundo me puede ver!

Isabel me puso un rollo de papel higiénico en las manos.

—No se preocupe. Yo no dejo que nadie se acerque.

Volví al campamento tambaleándome, echando de menos las letrinas de la casa en la carretera. Era necesario lavar la ropa que tenía puesta y debía ponerme algo de lo que nos habían traído. Encontré a Clara rebuscando en las bolsas negras. Había cuatro pares de pantalones, todos bluyines de tallas y modelos diferentes, camisetas con motivos infantiles y ropa interior, unas prendas eran simples, en algodón, y otras en encaje de colores chillones. La repartición se hizo sin problema: cada una cogía la talla que le servía mejor. También había dos grandes toallas de baño y dos pares de botas de caucho, las mismas que me habían servido para identificar a los guerrilleros. Las hice a un lado, pensando que no llegaría a usarlas jamás.

Una muchacha joven que no había visto antes se acercó. Parecía muy tímida. Isabel nos la presentó. «Ella es María, su recepcionista». Yo abrí los ojos con sorpresa. No me alcanzaba a imaginar que en este lugar totalmente perdido pudiera haber una recepcionista. Isabel me explicó:

—Ella es la encargada de hacerles a ustedes la comida. ¿Qué quieren comer?

Debían ser máximo las seis de la mañana. Pensé en un desayuno lo más sencillo posible: ¿huevos fritos? María se fue azarada hacia el fondo del campamento y luego desapareció detrás de un talud. Isabel se fue también, antes de que yo pudiera preguntarle cómo podía darme una ducha. Clara fue a sentarse, con una cara de profundo abatimiento. Miré a mi alrededor. No había enfermos en las camas. Estaban ocupados en actividades manuales: unos moldeaban pedazos de madera con un machete, otros le cosían las agarraderas a su morral, otros tejían correas con una técnica que nunca había visto antes. El movimiento de sus manos era tan rápido que no lograba seguirlo.

—Démosle una vuelta al campamento —le propuse a mi compañera.

—Vamos —respondió ella con entusiasmo.

Guardamos nuestras pertenencias lo mejor que pudimos en un rincón de la cama y nos estábamos preparando para salir del cobertizo cuando la voz de una mujer nos detuvo.

—¿Para dónde van?

Era Ana. Tenía el fusil agarrado con ambas manos y nos miraba con una expresión dura.

—Vamos a dar una vuelta por el campamento —le contesté, sorprendida.

—Tiene que pedir permiso.

—¿A quién hay que pedirle permiso?

—A mí.

—¡Ah, bueno! Entonces, ¿nos da permiso para darle una vuelta al campamento?

—No.

En ese mismo momento, María llegó con una olla hirviendo, que despedía un fuerte aroma de café. En la otra mano tenía dos panecillos y dos tazas en acero inoxidable. Sonia llegó detrás de ella sonriendo, todos los dientes afuera:

—¿Entonces qué, Ingrid? ¿Cómo le va?

Me dio un golpe en la espalda que me hizo perder el equilibrio y continuó diciendo, radiante:

—No hacen sino hablar de ustedes por la radio. El Secretariado anunció que van a publicar un comunicado para esta noche. ¡Le va a dar la vuelta al mundo!

La guerrilla estaba muy oronda del despliegue mediático que se había producido con mi secuestro. Sin embargo, yo estaba lejos de pensar que la noticia captaría la atención internacional. Esperaba, cuando mucho, que el anuncio despertaría al gobierno, y que este se pondría en acción para obtener nuestra liberación, tanto más necesaria para ellos en cuanto que los hechos previos a mi secuestro podrían resultarles incómodos.

—¿Podemos ver las noticias esta noche? Vi que tienen un televisor…

Sonia adoptó el semblante serio y pensativo que ya le había visto al Mocho César. Todas las miradas del campamento se dirigieron hacia ella, conteniendo la respiración como si la vida de todos dependiera de su respuesta. Ella se tomó su tiempo y luego declaró, sopesando cada palabra:

—La televisión está prohibida por lo de la aviación. Pero voy a hacer una excepción por esta noche…

Una oleada de alegría invadió el campamento. Las conversaciones se reiniciaron con gran animación, risas a lo lejos atravesaban el aire.

—El comandante César anunció que viene. Pase a verme a mi caleta cuando quiera —me dijo Sonia, antes de alejarse.

Ahí estaba yo tratando de aprender esos nuevos códigos, ese vocabulario que me desorientaba. La caleta debía de ser su cabaña, así como los chontes eran los baños y la recepcionista era la muchacha de las labores domésticas. Me imaginaba que en una organización revolucionaria ciertas palabras debían estar proscritas. Debía ser impensable enrolarse en las Farc para terminar haciendo el trabajo de una empleada doméstica. Sin duda, era mejor ser recepcionista. Ciertamente, los guerrilleros debían ser sensibles a los títulos.

Ana volvió con la misión de llevarnos a tomar el baño, a todas luces contrariada.

—¡A ver, apúrense, saquen su ropa limpia y la toalla, que tengo muchas otras cosas que hacer!

Recogimos nuestras cosas a toda velocidad y las pusimos de cualquier manera en una bolsa de plástico, encantadas con la idea de poder refrescarnos.

Tomamos el sendero de los chontes, pero mucho antes de llegar, nos desviamos a la derecha. Debajo de un techo de zinc habían construido una pileta de cemento que llenaban de agua con una manguera. «Perfecto, ahí está mi ducha», dije en voz alta. Ana nos dio una barra de jabón azul para lavar ropa y se fue hacia los matorrales. El ruido del motor se detuvo y el agua dejó de salir. Ana regresó, todavía de mal humor. Isabel nos había seguido. Se había quedado en la entrada, con los pies separados y el fusil terciado. Observaba a Ana en silencio.

Miré a mi alrededor. El lugar estaba rodeado de una espesa vegetación. Busqué con la mirada dónde poner mis cosas.

—Córteles un palo —ordenó secamente Isabel. Ana sacó su machete y escogió una rama recta del árbol más cercano. De un golpe certero la cortó y la agarró en el aire con una habilidad asombrosa. Limpió la rama y la peló hasta dejarla como un palo de escoba recién salido de la fábrica.

No podía creerlo. Enseguida, instaló un extremo del palo en uno de los bordes de la pileta y el otro sobre la horqueta de un arbusto convenientemente situado a un lado. Ana se aseguró de la solidez de su obra y volvió a meter el machete en la funda. Colgué con juicio allí la ropa que me iba a poner, todavía impresionada con su desempeño. Luego, busqué a Clara con los ojos y vi que se había quitado absolutamente toda la ropa. Por supuesto, eso era lo que había que hacer. Las muchachas la miraban impasibles.

—¿Y qué tal que alguien llegue de improviso? —dije, dudosa.

—Todos somos iguales —replicó Ana—. ¡Qué importa!

—Nadie va a venir, no se preocupe —explicó Isabel como si no hubiera oído las palabras de su compañera. Luego, con voz suave, añadió—: coja ese timbo.

No tenía la más remota idea de lo que podía ser un «timbo». Miré por todas partes y lo único que vi, flotando en el agua, fue un bidón de aceite partido en dos. El asa y el fondo formaban un práctico recipiente. Clara y yo nos lo turnábamos a medida que nos íbamos bañando.

Ana se veía cada vez más impaciente. Daba pasos cortos entre los matorrales refunfuñando. Había decidido volver a encender el motor de la bomba de agua.

—Bueno, ¿ya? ¿Contentas? Ahora, apúrense.

La ducha final duró tan solo algunos segundos. Diez minutos después estábamos vestidas y listas para recibir al comandante César.

La camioneta de César estaba estacionada en el claro. Hablaba con Sonia. Nos acercamos, seguidas por las guerrilleras que nos vigilaban. Sonia las despachó de inmediato.

César me tendió la mano, sonriente.

—¿Cómo le va?

—Mal. No sé nada de mis compañeros. Usted me dijo que… César me interrumpió bruscamente.

—Yo no le dije nada.

—Usted me dijo que iba a verificar la identidad de ellos.

—Usted me dijo que eran periodistas extranjeros.

—No. Yo le dije que el mayor era un fotógrafo de una revista extranjera, el joven, un camarógrafo que contratamos para mi campaña, y el otro, el que iba manejando, mi jefe de logística.

—Si me está diciendo la verdad, le respondo por la vida de ellos. Todo el material de video lo decomisé y lo vi ayer. ¡Los militares no parecen quererla mucho! Bonita discusión la que tuvo con el general en la pista del aeropuerto. ¡Eso le costó el puesto! Y ya están buscándola. Hay combates cerca de la Unión-Penilla. Hay que salir rápido de aquí. ¿Les trajeron sus cosas?

Asentí maquinalmente. Todo lo que César decía me preocupaba. Me habría gustado estar totalmente segura de que mis compañeros estaban a salvo y que serían liberados en poco tiempo. El asunto de los combates en la Unión-Penilla era una fuente de esperanza. No obstante, si había enfrentamientos, corríamos el riesgo de morir. ¿Cómo podía saber César que el general había sido destituido? Era precisamente él quien mejor estaba capacitado en ese momento para adelantar con éxito una operación de rescate. Él era el hombre que conocía la zona, el hombre de terreno, el hombre que me había visto por última vez.

César se fue. No había nada que hacer, salvo esperar…, sin saber qué, exactamente. Los minutos se alargaban en una eternidad pegajosa, para llenarlos hacía falta una voluntad de la que carecía en ese momento.

No podía hacer más que rumiar mis pensamientos. Vimos un juego de ajedrez en la esquina de un amasijo que hacía las veces de mesa. La existencia del juego me pareció inesperada y sorprendente en medio de este mundo cerrado. Lo miramos con deseo, como si fuera un objeto prohibido. Sin embargo, una vez delante del tablero, el pánico me ganó la partida. Nosotras éramos esos peones. Nuestra existencia se definía según una lógica que nuestros secuestradores se empeñaban en ocultarme y que ya no me pertenecía. No quise seguir. ¿Cuánto tiempo duraría esto? ¿Tres meses? ¿Seis meses? Observaba a esos seres que me rodeaban. La despreocupación que se leía en cada uno de sus gestos, la lentitud del bienestar, la tranquilidad del tiempo que transcurría en medio de una rutina inamovible, todo eso me ponía enferma. ¿Cómo podían dormir, comer, sonreír, mientras presenciaban el calvario de otras personas, en su mismo tiempo y en su mismo espacio?

Isabel había terminado su turno de vigilancia y había venido a almorzar. Miraba con ganas la ropa interior roja de encajes negros que permanecía intacta en sus bolsas. Se la regalé. Les daba vueltas a las prendas, con felicidad infantil, y las volvía a poner en su lugar, como alejando una tentación demasiado grande. Finalmente se levantó, en un impulso repentino, y dijo en voz alta, para que sus compañeros alcanzaran a oír: «Voy a plantearle a la comandante Sonia».

«Plantear», tal como me enteré entonces, era parte fundamental de la vida en las Farc. Todo estaba bajo control y vigilancia. Nadie podía tener ningún tipo de iniciativa, nadie podía dar o recibir un regalo sin pedir permiso. Podían negarle a uno la autorización para pararse o para sentarse, para beber o para comer, para dormir o para ir a los chontos.

Isabel volvió corriendo, con las mejillas rojas de felicidad. Le habían dado permiso de aceptar mi regalo. La vi alejarse tratando de imaginarme cómo era la vida de una mujer en un campamento.

La comandante era mujer, por supuesto, pero conté cinco jovencitas por los treinta hombres. ¿Qué podían esperar aquí que fuera mejor que afuera? Su feminidad no cesaba de sorprenderme, aunque nunca se separaban de su fusil y tenían reflejos masculinos que no parecían postizos. Así como el vocabulario nuevo, las canciones curiosas, el alojamiento particular, así también miraba con sorpresa a estas mujeres: parecían todas sacadas de un mismo molde y haber perdido por completo toda su individualidad.

Ser prisionera ya era bastante. Pero ser una mujer prisionera en manos de las Farc era todavía más delicado. Era algo que no lograba poner en palabras. Intuitivamente percibía que las Farc habían logrado instrumentalizar a las mujeres con su consentimiento. La organización funcionaba con sutilezas; las palabras eran escogidas con cuidado, se guardaban las apariencias… Acababa de perder la libertad, no tenía ninguna intención ahora de dejarme arrebatar mi identidad.

Al caer la noche, Sonia vino a buscarnos para ver los noticieros. El campamento se reunió en la choza donde la pantalla ocupaba el lugar central. Nos asignó nuestros puestos y luego se retiró a prender la planta eléctrica. Un bombillo colgaba del techo, solitario, como un ahorcado. El bombillo se prendió y la tropa quedó extasiada. Yo no lograba comprender su entusiasmo. Esperaba sentada, en medio de hombres todos armados, el fusil entre las piernas. Sonia volvió, prendió el televisor y se marchó de nuevo, dejando una imagen distorsionada y crepitante. Nadie se movía: todos tenían los ojos pegados a la pantalla ciega. Sonia regresó una vez más, giró dos botones y una imagen borrosa, más en blanco y negro que en colores, se formó con dificultad en la televisión. El sonido curiosamente, se oía con toda claridad. El noticiero ya había empezado. Vi a Adair, mi jefe de logística. Todos acababan de ser liberados y hablaban emocionados de los últimos momentos que habían pasado con nosotros. Salté de la dicha. Mi emoción aparentemente no era contagiosa. Algunos pedían silencio sin ninguna amabilidad. Me hundí en mi banco, con los ojos húmedos.

No tenía sueño. La luna brillaba de nuevo y hacía bueno. Quería caminar para despejarme la mente. Isabel estaba de guardia y accedió sin dificultad a mi solicitud. Caminé varias veces de arriba abajo hasta los chontes, pasando frente a la cabaña de Sonia y siguiendo el cobertizo. Algunos convalecientes habían encendido su radio y me llegaban ecos de música tropical, como el recuerdo de una felicidad perdida.

Imaginaba el mundo sin mí, en ese domingo de tristeza y de angustia para los que yo más amaba. Mis hijos, Melanie, Lorenzo, y Sebastián, el hijo mayor de Fabrice, seguramente ya se habrían enterado de la noticia. Esperaba que fueran fuertes. Habíamos contemplado en varias oportunidades el caso de un secuestro. Más que a un asesinato, era a una toma de rehén, lo que yo más temía. Les había dicho que no debían ceder jamás al chantaje y que más valía morir que someterse. Ahora ya no estaba tan segura. Ya no sabía qué pensar. Era su dolor, más que nada, lo que me resultaba insoportable. No quería que quedaran huérfanos: quería devolverles su vida de despreocupación. Me los imaginaba hablando entre ellos, unidos por el mismo tormento, tratando de reconstruir los momentos previos a mi secuestro, buscando comprender. Eso me dolía.

Había comprendido muy bien lo que significaba el comunicado de prensa divulgado por el Secretariado de las Farc. El Secretariado estaba conformado por los altos jerarcas de la organización. En el comunicado confirmaban que yo estaba en su poder y que había entrado a formar parte del grupo de los «canjeables». Amenazaban con matarme si al cabo de un año, con sus días y sus noches después de mi captura, no se llevaba a cabo un acuerdo para liberar a los guerrilleros detenidos en las cárceles colombianas. Vivir secuestrada un año para luego ser asesinada: ese era el futuro que me esperaba. ¿Iban los guerrilleros a cumplir sus amenazas? Me costaba creerlo, pero no quería estar ahí para verificarlo, tenía que escaparme.

La idea de preparar mi huida me calmó. Hice mentalmente el plano del lugar y traté de reconstruir de memoria la carretera por donde vinimos. Estaba segura de haber recorrido un trayecto casi en línea recta hacia el sur. Habría que caminar mucho, pero se podía lograr.

Fui a acostarme, finalmente, vestida, incapaz de cerrar los ojos. Debían de ser las nueve de la noche cuando los oí en la lejanía. Helicópteros, eran muchos, y se acercaban rápidamente hacia nosotros. En un segundo, el campamento entró en un frenesí. Los enfermos saltaron de sus camas, se pusieron los morrales a la espalda y salieron corriendo. Se oían los gritos de las órdenes en la oscuridad, la agitación era total. «¡Que apaguen las luces, hijueputa!». Era Sonia que vociferaba con voz de hombre. Aparecieron Ana e Isabel, arrancaron el mosquitero de un jalón y nos sacaron de la cama: «¡Cojan todo lo que puedan! ¡Nos vamos ya mismo! ¡Es la aviación!».

Mi cerebro se puso en estado de alerta. Oía las voces histéricas a mi alrededor y empecé a funcionar en automático: ponerme los zapatos, enrollar la ropa y ponerla en la bolsa, agarrar el morral, verificar que nada se quedaba, caminar. Mi corazón latía lentamente, como cuando buceaba. El eco del mundo exterior me llegaba de la misma manera, como filtrado por una inmensa pared de agua. Ana seguía gritando y empujándome. Una fila india de guerrilleros ya se adentraba por un sendero desconocido. Cuando me volteé, Ana ya había enrollado el colchón y lo tenía debajo del brazo. Debajo del otro tenía el mosquitero, enrollado también como un embutido. Además, llevaba su enorme morral, que la obligaba a inclinarse hacia adelante por el peso. «¡Qué vida de perros!», murmuré, más irritada que otra cosa. No tenía miedo. Su afán no era asunto mío.

A unos cien metros del campamento, dieron la orden de detenernos. La luz de la luna era suficiente para distinguir la cara de quienes me rodeaban. Los guerrilleros estaban sentados en el suelo, apoyándose en los morrales. Algunos habían sacado plásticos y se habían tapado con ellos.

—¿Cuánto tiempo nos vamos a quedar aquí? —le dije en voz baja a Isabel. El ruido de los helicópteros seguía presente, pero me parecía que ya no se aproximaban más.

—No sé. Hay que esperar las instrucciones de Sonia. Tal vez nos toque caminar varios días…

—¿Caminar varios días?

—Se me quedaron las botas en el campamento —se me ocurrió decir, con la esperanza de dar un motivo para regresar al campamento.

—No, yo las traje.

Me las mostró. Las tenía dobladas entre una bolsa que usaba como cojín.

—Debería ponérselas. No va a poder caminar en el monte sin ellas.

—¿El monte? ¿Vamos para el monte?

¡Eso alteraba todos mis cálculos! Había previsto que íbamos hacia el sur. Luego, nos encontraríamos con la Amazonia. El monte, la cordillera, eso quería decir que íbamos hacia el norte, en la misma dirección de Bogotá. La barrera natural de los Andes era prácticamente infranqueable a pie. Simón Bolívar lo había logrado, ¡pero había sido toda una hazaña!

Mi pregunta le pareció sospechosa, como si yo quisiera tenderle una trampa para sacarle información secreta. Isabel me miró con desconfianza.

—Sí ¡Al monte, a la selva!

Los guerrilleros llamaban «monte» la selva, la jungla, la espesura. Era curioso: una de las acepciones originales de «monte» era precisamente esa; para mí «monte» era la cordillera. Ellos utilizaban ambos sentidos indistintamente. Su manera de hablar se prestaba a confusión. Yo comenzaba a aprenderla, como si fuera una lengua extranjera, tratando de memorizar los significados ambiguos. Comprendí que íbamos caminando hacia la planicie, pero mi mente se fue para otro lado.

El ruido de los helicópteros aumentó rápidamente. Volaban muy bajo, por encima de los árboles. Yo alcanzaba a ver tres en formación triangular, pero adivinaba que debían ser muchos más. Verlos me llenaba de alegría: ¡nos estaban buscando! La angustia de los guerrilleros era manifiesta, la cara tensa mirando al cielo, apretaban las mandíbulas, por desafío, odio y miedo. Tenía claro que Ana me observaba a su vez. Evitaba exteriorizar mis sentimientos. Ahora, los helicópteros se alejaban. No regresarían más.

Ese segundo de esperanza se había alcanzado a traslucir en mi expresión y lo habían notado. Eran animales entrenados para husmear la felicidad de los demás. También yo lo había hecho. También yo había olfateado su temor, y me había gustado. Ahora, lograba percibir su satisfacción ante mi decepción. Yo les pertenecía; la sensación de victoria los exaltaba. Se codeaban, murmuraban y me miraban directo a los ojos. Impotente, bajé los míos.

La fila se relajó y cada uno empezó a acomodarse en su rincón. Me acerqué a Clara. Nos tomamos de la mano en silencio, hombro con hombro, tiesas, sentadas encima de nuestros morrales. Estábamos acostumbradas a la ciudad. La oscuridad llegaba. Grandes nubes avanzaban en nuestra dirección y empezaban a invadir el cielo. La luna quedó oculta. Había gran revuelo en el ambiente. Los guerrilleros estaban de rodillas frente a sus morrales, deshaciendo toda clase de nudos y abriendo correas.

—¿Qué pasa?

—Va a llover —me respondió Isabel, también abriendo presurosa su morral.

—¿Y nosotras?

A modo de respuesta, me botó un pedazo de plástico negro.

—Tápense las dos con ese.

Las primeras gotas comenzaron a caer. Las oíamos golpear primero en el follaje de las copas de los árboles, todavía sin penetrar la vegetación. Alguien nos lanzó otro plástico a los pies. Justo a tiempo. El aguacero se desgajó como un diluvio bíblico.

A las cuatro y media de la mañana, retornamos al campamento. En los radios resonaban voces conocidas que anunciaban los titulares de la actualidad. Un olor a café negro marcaba el inicio de un nuevo día. Me dejé caer en las tablas que nos servían de camas.

María trajo un plato grande de arroz con lentejas y dos cucharas.

—¿Hay tenedores? —pregunté, pues no estaba acostumbrada a comer con cuchara.

—Tiene que hacerle la solicitud al comandante —me respondió.

—¿A Sonia?

—No. Al comandante César.

Había llegado al campamento después de mediodía en su gran camioneta roja, demasiado lujosa para un rebelde. Sonreí pensando en la historia que me había contado. Le había dado la orden de comprarla en Bogotá a un miliciano de las Farc; este la había traído hasta la zona de distensión y allí se la había entregado al comandante. Luego había puesto una denuncia por robo y cobrado el valor del seguro. Esa era la manera de operar de las Farc. Más que insurgentes, eran verdaderos bandidos. Una volqueta llena de jóvenes guerrilleros en el platón trasero, seguía la camioneta.

César me saludó. Parecía contento.

—Ayer por la noche tuvimos combates. Matamos media docena de soldados. Vienen a rescatarla. Algún día entenderán que no van a poder lograrlo nunca. Tenemos que irnos ahora mismo. Ya tienen identificado este sitio. Es por su seguridad. Alisten sus cosas.

Esta vez, César no fue con nosotros. El que manejaba la volqueta era el mismo tipo gordo que había comprado el colchón y la ropa. Los quince guerrilleros que habían llegado con César seguían con nosotros, en la parte trasera de la volqueta, de pie, armados con sus fusiles. Clara y yo subimos en la cabina, con el conductor.

A causa del aguacero del día anterior, la carretera era como un tobogán de barro. Era imposible avanzar a más de veinte kilómetros por hora. Retomábamos nuestro camino hacia el sur, cada vez más lejos de la cordillera. El terreno se hacía cada vez más boscoso, aunque a veces se veían algunas parcelas sin cultivar y algunos terrenos devastados por las quemas. Los especialistas llamaban esto «Frontera agrícola». La selva amazónica debía de estar cerca.

El cielo estaba en llamas. La puesta del sol acaecía con gran bombo. Habíamos andado muchas horas sin detenernos. A medida que avanzábamos, mi corazón se contraía, pues aumentaba el número de kilómetros que me separaban de mi casa. Me calmaba calculando que era posible guardar algunas provisiones para nuestra huida y caminar durante una semana. Debíamos escaparnos en la noche, cuando los vigilantes bajaban la guardia. Avanzaríamos hasta el amanecer y nos esconderíamos durante el día. Imposible pedir ayuda a los civiles, pues podían ser cómplices de las Farc. La actitud del conductor era reveladora: las relaciones entre los campesinos y la guerrilla eran casi de tipo feudal, hechas de dependencia, sumisión, interés y miedo.

Estaba sumida en mis reflexiones cuando la volqueta se detuvo. Habíamos llegado a lo alto de una colina. El atardecer se nos ofrecía en todo su esplendor. A nuestra izquierda había una entrada como las de las haciendas. La finca estaba rodeada no de un muro sino de una tela de costal sintético verde, de tal forma que el interior quedaba oculto desde la carretera.

Los guerrilleros saltaron al suelo y se dividieron en grupos de dos para apostarse en las esquinas de la propiedad. Un tipo alto, de bigote fino, abrió de par en par el portón. Era muy joven. Tendría unos veinte años. La volqueta entró en silencio. El cielo se tornó verde y la noche cayó de golpe.

El tipo alto se acercó y me tendió la mano.

—Mucho gusto de conocerla. Yo soy su nuevo comandante. Si necesita cualquier cosa, me la pide a mí. Mi nombre es César. Ella es Betty, las va a ayudar, es su recepcionista.

Betty no era su verdadero nombre. Todos los guerrilleros tenían alias, escogidos por el comandante que los reclutaba. Muchas veces era un nombre extranjero, o bíblico, o tomado de alguna serie de televisión. Durante mucho tiempo, la serie colombiana Yo soy Betty la fea tuvo mucho éxito en el país, eso explicaba probablemente su bautizo. Además, teníamos un nuevo jefe con el mismo nombre: «Definitivamente, todos los comandantes se llamaban César», pensé divertida.

Nuestra Betty no era fea en absoluto, pero era tan bajita que casi parecía enana. Betty encendió su linterna de bolsillo y nos hizo seguirla. Nos llevó a una vieja cabaña cuyo techo se había podrido y se había desplomado en el suelo. Debajo del pedazo de techo que todavía no se había caído, vi dos camas parecidas a las que utilizaban en el hospital, solo que las tablas estaban podridas e incompletas.

Betty puso su morral en un rincón y, con el fusil todavía terciado, se dio a la tarea de recuperar algunas de las tablas que todavía servían para hacer con ellas una sola cama. Se metió la linterna en la boca para tener las manos libres y así poder trabajar más rápido. El haz de luz seguía sus movimientos. Estaba a punto de poner la mano en una de las tablas cuando, de repente, saltó asustada; la linterna rodó por el suelo. Yo la había visto al mismo tiempo que ella: una enorme tarántula de pelos parados rojos en guardia sobre sus patas enormes, lista para atacar. Recogí rápidamente la linterna para buscar el animal, que se había escurrido debajo de la cama y corría a esconderse debajo del techo caído y del montículo de paja. Con su machete, Betty cortó la tarántula en dos.

«No puedo dormir aquí. Odio esos bichos. Además, viven en pareja. ¡La otra debe andar por ahí!». Mi voz se oyó aguda, delatando mi estado de nerviosismo. Quedé sorprendida. Era el mismo tono de mi madre. La del pánico ante «esos bichos» era ella. No yo. De hecho, a mí más bien me intrigaban, pues su gran tamaño me los hacía ver más como seres pertenecientes al mundo de los vertebrados, que al de los artrópodos.

—Vamos a limpiar bien. Voy a buscar debajo de la cama y por todas partes. Además, yo me quedo a dormir aquí con ustedes. No tenga miedo.

Betty tenía ganas de reírse y hacía esfuerzos por disimularlo. Mi compañera se metió en la cama en cuanto quedaron instalados el colchón y el mosquitero. Betty regresó con una escoba vieja y me ofrecí a ayudarle a barrer. Ubiqué nuestras cosas en una tabla que Betty había puesto como repisa y me acosté. No logré conciliar el sueño sino hasta el amanecer. Sin embargo, el insomnio me permitió establecer la ubicación de los guardias y pensar en un plan de fuga para la próxima noche. Incluso había alcanzado a ver en el morral de Betty una navaja que podría sernos útil.

Por desgracia, mis esperanzas de evasión no duraron mucho. El Mocho César apareció hacia el mediodía y seguimos la ruta hacia el sur. De nuevo, sentí que la angustia me apretaba la garganta. Ahora calculaba que necesitaríamos más de una semana caminando para volver al sitio de partida. La situación se ponía crítica. Mientras más nos alejábamos, más remotas se hacían las posibilidades de fugarnos con éxito. Era necesario reaccionar lo más rápido posible y equiparnos para sobrevivir en una región cada día más hostil. Ya no nos desplazábamos por un terreno plano sino que nos adentrábamos en un paisaje más ondulado, con subidas y bajadas empinadas. Ya no se veían campesinos y solo se adivinaba la presencia de una población de aserradores, por la magnitud de la devastación que iban dejando a su paso. Espectadores impotentes de una catástrofe ecológica que no le interesaba a nadie, atravesábamos la zona asolada como si fuéramos los únicos sobrevivientes de una guerra nuclear.

El Mocho César detuvo su vehículo en una elevación del terreno. Abajo, en una casita construida en medio de un cementerio de árboles, unos niños medio desnudos jugaban en el suelo. Por la chimenea salía un humo triste. El Mocho mandó un grupo de guerrilleros a buscar queso, pescado y frutas. ¿Pescado? No se veía ningún río. A nuestros pies se extendía una inmensa vegetación: árboles, hasta el infinito. Giré sobre mí misma 360 grados: el horizonte era una sola línea verde continua.

El Mocho se paró junto a mí. Me sentía conmovida, sin saber por qué. Me parecía que él también lo estaba. Se puso la mano a modo de visera sobre los ojos para protegerse de la reverberación, y me dijo después de un largo silencio: «Esta es la Amazonia».

Lo dijo con una gran tristeza, casi con resignación. Sus palabras me quedaron pegadas al cerebro, como un enigma. La voz y el tono que había utilizado me habían puesto de golpe al borde del pánico. Miraba frente a mí, incapaz de hablar, con el corazón al galope, escrutando el horizonte para tratar de encontrar una respuesta. Tenía mucho miedo. Sentía el peligro. No podía verlo. No podía reconocerlo. Pero ahí estaba y no sabía cómo evitarlo.

César, adivinando de nuevo mis pensamientos, dijo:

—Para allá va usted.