Capítulo 28
ESA mañana, le costó alejarse de la casa. Los pequeños acababan de cumplir tres meses y él debía retomar su actividad en la empresa, reintegrarse al trabajo allí, ya que durante todo ese tiempo lo había hecho desde casa.
—La jornada va a parecerme interminable, Paula.
—A mí también, pero acá estaremos esperando a que regreses.
Paula estaba en la terraza con los niños, el verano estaba a punto de llegar y el día era diáfano e inmejorable. La brisa que llegaba de la costa acariciaba el rostro de los bebés, que permanecían en sus cochecitos mientras Alex los llenaba de besos para despedirse. Nicholas se desternillaba de risa con los besuqueos que su padre le daba en el cuello. Eran dos niños muy alegres y sanos. Cuando fue el momento de decirle adiós a la pequeña Melissa, Alexander no pudo resistir la tentación de coger en brazos a su princesa y lanzarla, jugando, al aire.
—¡Alex, acaban de comer! —protestó Paula, pero su advertencia llegó demasiado tarde. La pequeña ya le había vomitado en la chaqueta del traje, así que se la dio a Paula y volvió al dormitorio con urgencia, para cambiarse.
Paula dejó unos instantes a los pequeños con la niñera y acompañó a su esposo hasta el garaje. Alexander ya se había montado en su deportivo y ella se inclinó para despedirse con un beso apasionado.
—Si me desocupo al mediodía, prometo venir a almorzar con ustedes.
—No te preocupes, mi amor, conducí con cuidado. Llamame, eso sí, porque creo que te extrañaré mucho, ya me había acostumbrado a tenerte acá con nosotros.
—Yo también os echaré de menos, porque amo esta rutina, pero poco a poco debemos retomar nuestras actividades en Mindland. De todos modos, quiero decirte que si prefirieras quedarte en casa para criar a nuestros hijos y abandonar toda actividad, juro que no me molestaría.
—Sabés que deseo ese plan de vida, Alex. Me tomaré un par de meses más y regresaré a la empresa, me encanta mi carrera, Alex.
—Está bien, ya lo hemos hablado mucho y lo he entendido, no tenés que explicarme nada más.
—Quizá por la tarde vaya a hacer algunas compras; anoche te lo comenté, ¿te acordás? Y le pediré a la señora Doreen que me acompañe, porque Diana hoy se va temprano. Es que me apetece comprar ropa nueva para los bebés; ¡crecieron tanto que todo les está quedando pequeño! Te lo recuerdo por si no lo tenías en mente.
—Sí, me acordaba, mi amor. Bueno, bonita, intentaré venir al mediodía.
Volvieron a besarse, Alex puso el coche en marcha y maniobró para salir.
Paula se quedó mirando cómo se iba. Alexander tocó el claxon y contempló por el retrovisor la imagen de su hermosa esposa, que poco a poco se alejaba de su campo visual.
En el trayecto hasta la Interestatal, un coche de vidrios tintados siguió su recorrido muy de cerca y él entonces recordó al Chevrolet Cruze de aquella mañana lejana, en que también le había parecido que lo seguían. Intentó memorizar la matrícula para pasársela a Heller y que averiguara.
Cuando estaba a punto de entrar en el túnel Queens Mindtown, se dio cuenta de que el automóvil había desaparecido.
Con su reincorporación en la empresa, eran muchos los asuntos pendientes que se le habían acumulado y tenía la sensación de que lo solicitaban en todas las secciones; así que le fue imposible ir a almorzar a casa.
—No te preocupes, mi amor, ya me imaginé que estarías muy solicitado hoy y no me hice ilusiones de que vinieras.
—Estoy comiendo un bocata, Paula, esto es un caos.
—Me lo imagino. Mejor no me lo cuentes, porque ya empiezo a sospechar lo que será a mi regreso. En un rato saldré para el centro con Doreen y los niños; quizá si no se me hace muy tarde, decida pasar por la empresa para visitarte, el día está hermoso.
—Hum, me encantaría, además si me traés a los niños, podría babearlos un ratito. ¡No te imaginás cómo los extraño a los tres! A ratos, me cuesta concentrarme porque me quedo embobado pensando en ustedes.
—Hum, me estás haciendo hinchar de orgullo, haré todo lo posible, mi cielo, pero no quiero regresar tarde.
—Perfecto, te amo.
Después de almorzar, prepararon a los niños y salieron con Doreen hacia el centro de la ciudad. Los bebés ya estaban acomodados en sus sillitas de transporte en la parte trasera y ellas ya estaban sentadas en el interior con los cinturones puestos. Heller les abrió el portón para que se fueran.
Paula decidió ir primero a Mindland, porque Alex estaba desesperado por ver a sus hijos; nunca creyó que le costaría tanto reintegrarse al trabajo y apartarse de su familia. En cuanto llegaron todos se abalanzaron sobre ellos para conocer a los mellizos. Alexander, que estaba al teléfono, oyó el bullicio y se apresuró a terminar la comunicación para salir a su encuentro. Embriagado de orgullo, le arrebató los niños a Alison y a Jeffrey, que en ese momento los tenían en brazos. Después de auparlos, apresó los labios de su esposa para saludarla.
—¡Qué hermosos están, Alex! —le dijo su hermano.
—¿Viste? Y mirá cómo reconocen mi voz y se ríen cuando me oyen, ¿verdad que sí? ¿Verdad que saben que soy su papá?
—Cuñado, necesitás un babero gigante. Te veo así tan paternal y me cuesta creerlo.
—Está embobado, Ali, te aseguro que yo tampoco doy crédito.
Los cuatro se metieron en la oficina de Alex para tomarse un café, mientras le hablaban de manera ñoña a los niños. Alex le besó la barriguita a Nicholas y el pequeñín empezó a carcajearse con sus mimos; Melissa, por el contrario, estaba empezando a dormirse.
—Mi amor, me parece que Nicholas necesita un cambio de pañal —sugirió Alexander.
—Doreen tiene el bolso, dejame ir a buscarlo.
Mientras Alex cambiaba los pañales de su hijo, llamaron a la puerta; Mandy le traía unos formularios para que firmara, así que Paula terminó de vestir a Nicholas y él se ocupó de lo que su secretaria le pedía.
—Bueno, Alex, nos vamos, así no llego tarde a casa.
—Está bien, mi amor, gracias por pasarte un ratito para que los viera.
—Dejame que les dé unos cuantos besos a mis sobrinos antes de que se vayan —le pidió Jeffrey.
—Y ustedes, ¿para cuándo? —preguntó Paula.
—Queremos disfrutar solos de todo este año y para el próximo encargaremos un bebé, ¿verdad, mi amor? —explicó Alison.
—Sí, así es —corroboró Jeffrey.
—No saben lo que les va a cambiar la vida. Les aseguro que tener un hijo es lo más sublime que a una persona le pueda pasar.
Jeffrey le palmeó la mejilla a su hermano. Le encantaba verlo tan feliz.
Paula y Doreen recorrieron las tiendas de Saks junto a los niños. Entraron en D&G, y Paula se enamoró de inmediato de un hermoso vestido para Astrid y, aunque la señora Doreen se negaba a que le comprara algo a su hija, lo hizo de todos modos. Cuando salieron, fueron hasta la tienda de Óscar de la Renta y ahí encontró unos modelos increíbles para Melissa; luego, en Ralph Lauren, compraron prendas para Nicholas. Paula le envió fotos a Alex para que viera lo guapo que su hijo estaría con esa ropa. Al salir de ese local, y como última parada, entraron en Burberry y ahí también adquirió cosas bellísimas para ambos bebés. Al final, cuando ya se marchaban, pasaron por la tienda de Michel Kors y ella no pudo resistir la tentación y se compró algunas prendas para ella, también bolsos, zapatos y algunas camisetas para la señora Doreen.
Cuando salieron de Saks, caminaron hasta el aparcamiento donde habían dejado el coche, salieron de allí y buscaron un estacionamiento cercano a Gucci. Al entrar, Ettore reconoció a Paula de inmediato y entonces, atendiendo a su demanda, le buscó rápidamente los últimos modelos de camisas que habían llegado, también se llevó unos jersey y unas camisetas de la nueva colección. Nicholas estaba ya bastante molesto, con hambre y empezaba a reclamar la teta, así que volvieron raudas hacia el aparcamiento.
—¡Aaaaaah, señora, me olvidé mi bolso sobre el mostrador! Siga caminando que yo vuelvo a buscarlo.
—Bueno, tranquila, Doreen, seguro que Ettore lo guardó. Camina despacio con la chiquitina. Yo me adelantaré y así le doy un poco el pecho a este tragón antes de salir, a ver si se calma.
—De acuerdo, señora.
Paula estaba guardando los paquetes en el maletero, mientras intentaba calmar a su hijo, que no paraba de llorar. Cuando acabó, lo cerró y se dio la vuelta. Casi se muere del susto, se quedó paralizada y sintió que las piernas le fallaban.
—Hola, Paula.
Ella estaba diferente. Su fisonomía había cambiado, se le había oscurecido el pelo y su aspecto era desaliñado. Aunque vestía con ropa modesta, Paula la reconoció de inmediato, sobre todo cuando le habló. Ella temblaba frente a Rachel, el miedo la había invadido, pero aquella mujer no la miraba, sus ojos estaban clavados en el pequeño. En un primer momento, Paula creyó que se trataba de una visión, pero cuando oyó su voz, todas sus dudas se disiparon. Rachel estiró su mano y quiso tocar al bebé. Como un acto reflejo y temiendo que pudiera hacerle daño, Paula se apartó. En ese momento, recordó que la última llamada que había hecho había sido a Alex, así que metió la mano en el bolso con disimulo y apretó el botón de rellamada; no sabía a ciencia cierta si lo había logrado, pero al menos lo intentó.
—No nos hagas nada, Rachel, por favor —le rogó—, déjame que ponga al bebé en su silla.
Paula intentaba hablar alto para que Alex la oyera. Él había atendido la llamada, pero ella no podía contestar. Con el teléfono en la oreja y sin entender nada, Alex se disponía a cortar y volver a llamarla para ver lo que ocurría, pero en ese instante la oyó con claridad. Casi se muere del susto cuando escuchó en boca de Paula el nombre de Rachel y salió despedido de su oficina hacia la de Jeffrey.
—Llamá a la policía, Jeffrey, Rachel está con Paula, la tengo en línea. ¡Date prisa, hermano!
—¡Mierda, no es posible!
—Sí lo es, Paula me llamó hábilmente para que pudiese oírlas. Mandá a la policía, yo salgo para allá.
—Pero ¿dónde están, Alex?
—¡Mierda, mierda! ¿Dónde están? ¡No sé dónde están! —Alex se puso pálido. Los dos hermanos corrían de un lado al otro sin saber qué hacer. Alex estaba desencajado, al otro lado de la línea no se oía nada y él se cogía la cabeza mientras intentaba encontrar una solución—. ¡Hace más de media hora me envió fotos desde Saks! —dijo desesperado.
Salió de la oficina, bajó en el ascensor, corrió hasta el estacionamiento y se montó en su deportivo; le faltaba el aire, conectó el teléfono al sistema de manos libres y rogaba que Paula volviera a hablar. De pronto, la oyó gritar y creyó que iba a morirse de la desesperación.
—¡Paula! ¡Paula! ¡Mi amor, contestame...! ¡Por favor, contestame! ¡Decime que están bien, me estoy muriendo! —le gritaba al teléfono, pero al otro lado nadie le respondía.
Alex pensó en llamar a la señora Doreen, pero no quería cortar la comunicación. Además, el tráfico a esa hora estaba terrible, había atascos por todos lados. Seguía hablando, pero ya se había dado cuenta de que no tenía sentido. Llegó a Saks, dejó el automóvil aparcado en cualquier parte y bajó como un rayo de él. Cortó y, cuando se disponía a marcar el número de la señora Doreen, entró una llamada precisamente de ella.
—¿Dónde está Paula?
—¡Estamos en el aparcamiento contiguo a Gucci, señor! ¡La han atacado! ¡Venga pronto, está desmayada con un golpe en la cabeza! ¡Ya he llamado al 112!
—¿Y los niños?
—¡Perdóneme, señor! —La empleada lloraba, gritaba y le hablaba entre sollozos; pudo oír que la pequeña Melissa también berreaba—. ¡Perdón por dejarlos solos, perdón, señor! ¡El bebé no está, Nicholas ha desaparecido!
Alex se sintió ahogado, se arqueó apoyándose en sus piernas y lo invadieron las náuseas; no podía dar crédito a lo que estaba pasando.
—Voy para allá —le dijo y cortó.
Se subió de nuevo a su coche y salió conduciendo enloquecido; se saltó varios stops pero nada le importaba. En el trayecto, llamó a Jeffrey para contárselo.
—¡No te entiendo, Alex, calmate por favor!
—Se ha llevado a Nicholas —volvió a repetirle—. ¡Paula está inconsciente con un golpe en la cabeza en el estacionamiento contiguo a Gucci!
Alex cortó sin más explicaciones y condujo a ciegas por las calles de Manhattan. Llegó al aparcamiento y dejó el coche en la entrada. El empleado del lugar empezó a gritarle que lo apartara, pero él no escuchaba nada. Las sirenas de la policía se estaban acercando y Alex corría desesperado por las rampas sin poder dar con Paula ni con la señora Doreen. Finalmente las encontró; Paula estaba en el suelo, recostada contra el cuerpo de la empleada, con la cabeza ensangrentada y llorando sin parar. Había vuelto en sí hacía un instante. Alex se desplomó a su lado para contenerla.
—¡Se lo ha llevado, se ha llevado a mi bebé!
La pequeña Melissa lloraba en los brazos de Doreen, que intentaba calmarla en vano. De pronto, llegó Jeffrey con la policía y, tras ellos, una ambulancia, cuyos doctores querían llevar a Paula, a toda costa, al hospital para hacerle pruebas. Sin embargo, ella sólo permitió que le suturasen la herida y se negó rotundamente a que la trasladaran. Alex la abrazó contra su pecho y ella empezó a relatarles lo ocurrido.
—¿Cómo mierda es posible que esa perra esté en la calle? ¿Con qué te golpeó?
—No sé con qué fue. Yo estaba de espaldas, dejando a Nicholas en su silla, cuando me pegó. ¡Aaaaaah! —gritó desconsolada—. ¡Por favor! —rogaba y lloraba Paula—. ¡Quiero a mi bebé, Alex, lo quiero acá conmigo! ¡Por favor, encuéntrenlo!
—Chis, mi amor, calmate, te prometo que lo vamos a encontrar.
—¡Por favor, Alex! ¡Por favor, mi amor! ¡Voy a morirme si le pasa algo! —Paula estaba fuera de sí y hablaba de forma inconexa—. Se ha cambiado el color del cabello, lo tiene oscuro —recordó de repente—. Llevaba una camiseta negra y unas mallas negras o grises, no recuerdo. —Paula se puso de pie y lo cogió de la camisa—. ¡Buscalo, Alex, buscalo y traelo de vuelta con nosotros! —De pronto, estalló en un ataque de nervios y le pegó una bofetada a Alex, mientras le gritaba descontrolada—: ¡Es culpa tuya! ¡Todo esto es culpa tuya! ¡Vos la enloqueciste y ahora se ha llevado a mi hijo!
Alex la abrazó con fuerza contra su pecho intentando darle contención; sabía que Paula no pensaba eso, pero era tanta su desesperación que él también estaba empezando a creerlo. Tuvieron que dejar la camioneta en el estacionamiento para que la policía hiciera las pruebas periciales, en busca de huellas que verificasen que, efectivamente, la autora del rapto había sido Rachel; aunque ya se sabía que no estaba en la clínica.
Todos los Masslow se reunieron en la casa de Great Neck para hacerles compañía. Joseph y Bárbara habían venido desde Los Hamptons en cuanto se enteraron de lo ocurrido. La familia, tanto en Nueva York como en Mendoza, estaba consternada; su vivienda había sido invadida por detectives y personal policial, que se habían instalado en la villa para intervenir todos los teléfonos.
Alex los insultaba a todos sin distinción: a Parker, que le había garantizado que les informaría de cualquier cambio; a los jueces, al hospital psiquiátrico y a la vida misma. El detective que estaba a cargo de la investigación hizo su entrada en escena en ese momento.
—¡Parece que se estén burlando de nosotros, detective Miller! ¿Cómo es posible que esa mujer, con lo peligrosa que es, haya logrado salir de donde se suponía que estaba confinada en régimen de aislamiento?
—Lo sé, señor Masslow, créame que el responsable lo va a pagar caro.
—No se trata de eso, sino de que se suponía que mi familia estaba segura con ella encerrada, ¡y mire lo que ha ocurrido hoy! Mi mujer está viva de milagro, ¡es la segunda vez que ella atenta contra su vida y, por si fuera poco, se ha llevado a nuestro hijo!
—Lo comprendo perfectamente y le aseguro que mis hombres están moviéndose de manera incansable para encontrarlo. Están todos los agentes en la calle, rastreando Nueva York, para dar con el paradero de Rachel Evans.
—Tranquilo, Alex, la policía está actuando para encontrar a tu hijo.
—¡Papá! ¡Cómo puedes decirme que me quede tranquilo! ¡Mierda! ¡No sé dónde está mi hijo! ¡Y lo único que tengo claro es que está en manos de una loca!
—¿Qué explicación han dado en el Columbia Psychiatry? —le preguntó Jeffrey al detective Noah Miller.
—¡No hay mucho que explicar, lo que puedan decir no justifica que ella esté en la calle cuando no debería ser así —contestó Alex con furia!
—La clínica está intervenida, señor Masslow, y mi personal está investigando. Nos enteraremos de quién es el responsable de facilitarle las salidas a Rachel Evans, pero no podemos garantizarle que eso nos indique el lugar adonde iba cuando lo hacía.
—¡Dios, esto es una pesadilla! —Alex extendió los brazos al cielo y luego se cogió la cabeza—. Mi casa está invadida de gente, nos atosigan a preguntas hasta el punto de agobiar a mi esposa y poner en duda sus afirmaciones; ¡hasta han sugerido que ella le entregó nuestro hijo a alguien! ¡Ya han pasado seis horas desde que Nicholas desapareció y usted no puede darnos ni una respuesta!
—Créame, señor Masslow, tengo a todo mi personal buscando a su hijo; le garantizo que la ciudad está cerrada, no hay manera de que pueda sacarlo de Nueva York. Lo encontraremos, sólo es cuestión de tiempo. Lamento las molestias que podamos causar a su familia, pero es inevitable, debemos descartar todas las posibilidades.
—¡Sí y pierden tiempo interrogando a mi esposa, en vez de buscar a esa zorra!
—Entiendo su nerviosismo, pero no es exactamente así; la búsqueda no se ha detenido en ningún momento. Le pido un poco de tiempo y que se tranquilice.
—Tiempo... tiempo... ¡Mierda! ¡Mi hijo no tiene tiempo en manos de esa loca!
—¿Dónde están buscando en este momento? —quiso saber Edward, mientras se arremangaba las mangas de la camisa y se desabrochaba uno de los botones del cuello.
—Mi personal está analizando las cámaras que hay repartidas por la ciudad para ver si logramos dar con ella. Muy pronto daremos con el paradero de esa mujer. Además, hay que considerar que no cuenta con medios suficientes como para moverse por la ciudad con soltura. La encontraremos, se lo prometo. Les doy mi palabra de que para mí este caso es prioritario, como pide el señor Masslow. —El detective Miller miró fijamente a Alex a los ojos y prosiguió—: La ciudad tiene una deuda con ustedes, esto no debió ocurrir nunca. Yo me comprometo a hacer todo lo que esté en mi mano para volver a poner a su hijo en los brazos de su esposa, le pido que confíe en mí.
La información reunida a priori indicaba que Rachel sobornaba a los empleados de la clínica y lograba salir durante algunas horas de allí. Sin embargo, Alexander sabía que era el dinero de Bob Evans el que conseguía esas salidas. El detective, antes de ir hacia la casa de Great Neck, se había presentado personalmente en casa de los Evans para interrogarlos, pero no había obtenido nada.
Había pasado la medianoche y Paula dormía. Le habían tenido que administrar un sedante porque había estallado en un brote de histeria otra vez y no había forma de calmarla. Alex se quedó de pie en el resquicio de la puerta y la miró durante un rato; se sentía abatido, no le quedaban más fuerzas. Salió de ahí, fue hacia el cuarto de Melissa y se acercó a la cuna para verla dormir. La pequeña estaba serena y parecía inocente, ajena a todo el calvario que se vivía en la casa. La arropó bien, la besó en la frente y salió, pero cuando pasó por el dormitorio de Nicholas no pudo evitar escurrirse dentro. Se aproximó con temor a la cuna vacía y, de pie frente a ella, sacudió la cabeza mientras suspiraba con fuerza; ansiaba con fervor que todo fuera una pesadilla, pero no lo era. Cerró los ojos, pero cuando los abrió nada había cambiado. Por más que desease con toda su alma encontrar a su hijo allí, nada de eso iba a ocurrir. La cruda realidad que les tocaba vivir era otra. Cogió la almohada y la olisqueó, en busca del perfume de su bebé. Aspiró su olorcito como un verdadero poseso y volvió a cerrar los ojos. En su intento por evadirse del mundo real, hasta tuvo la sensación de oír esos ruiditos que Nicholas siempre emitía cuando él se acercaba a mirarlo. Y fue entonces cuando su aplomo cedió, su contención se quebró y se largó a llorar desconsolado, abrazado al cojín. No podía, ni quería, contener los clamores agudos y los sonidos guturales que brotaban de su garganta. De rodillas, aferrado a la almohada y a los barrotes de la cuna, lloraba desconsoladamente para desahogarse. Alex necesitaba sacar de su pecho toda aquella angustia a la que no podía dar rienda suelta delante de Paula. Ante ella, debía mostrarse entero e incorruptible, para infundirle confianza y fe en que su hijo aparecería. Una mano se posó sobre su hombro, su tacto le era familiar. Eran los dedos de la persona que siempre lo había acompañado en los peores momentos de su vida; Bárbara se había acercado a ofrecerle contención y él se aferró con fuerza a ella, buscando el alivio necesario a todos sus temores en el abrazo de su madre.
—¿Por qué, mamá? ¿Por qué tuvo que pasar esto ahora que estábamos tan bien? ¿Cuándo se va a terminar esta pesadilla?
—Tranquilo, hijo, lo encontraremos. Llorá en mis brazos, mi tesoro, y sacá toda tu angustia. Siempre estaré cuando me necesites. Desahogate bien, para poder levantarte después y usar tu inteligencia para pensar y tu fuerza para brindarle contención a Paula.
—¿Y si a esa loca le da un brote psicótico y le hace daño? —lloraba Alex—. No puedo pensar, mamá, si le pasara algo así a mis hijos o a Paula, el dolor me paralizaría.
—Tranquilo, Alex, sos muy fuerte, mi amor. Debés confiar en Dios y plantarte frente a la vida como siempre has hecho. —Amanda apareció, en ese momento, en busca de Alex.
—¿Qué pasa?
—Paula se ha despertado y pregunta por vos, llora desconsolada otra vez.
Alex se secó las lágrimas, sorbió su nariz, salió de ahí y fue hasta el dormitorio donde Lorraine y Alison intentaban calmarla sin éxito. Cuando ella lo vio aparecer, se dio cuenta de que había estado llorando y le preguntó desesperada:
—¿Por qué estabas llorando? ¿Qué ocurre? ¿Acaso pasó algo que no me querés contar?
—Nada, Paula, podés calmarte, no pasó nada, te lo juro. Yo estoy tan devastado como vos, pero tranquilicémonos. Vení acá conmigo. —Él se sentó a su lado, con la espalda apoyada en el respaldo y la abrazó—. Chis, mi vida, calmate —le susurraba mientras le acariciaba la espalda para relajarla—. Ya no pueden darte más sedantes, Paula, me estás asustando.
—¡Quiero a mi bebé, Alex, lo quiero acá con nosotros!
—Yo también lo quiero acá, mi vida. Lo vamos a tener nuevamente en nuestros brazos, no lo dudes. Dios no va a permitir que le pase algo, lo están buscando por toda la ciudad.
—Debe de estar llorando, cuando esa loca se lo llevó estaba llorando porque tenía hambre, me pedía teta y por eso yo me adelanté, para poder darle de comer. Alex, por favor... —le pedía entre sollozos—, Alex, hacé algo.
—No te atormentes más, mi amor, tenés que calmarte. Melissa también te necesita y, si seguís tan nerviosa, se te puede retirar la leche y no podrás seguir dándole la teta—. Paula lo cogía por la nuca y lloraba mientras él le hablaba y la besaba.
Después de un rato, logró apaciguarla y Paula volvió a dormirse. Se había recostado a su lado para mirarla descansar, cuando de pronto recordó el coche de vidrios tintados que había intuido que lo seguía aquella misma mañana. Se levantó con sigilo para no despertarla, fue a buscar a Heller y le pidió que investigara la matrícula que guardaba muy bien en su memoria. Su empleado le trajo novedades en seguida. Heller se asomó discretamente al salón y apenas Alex lo advirtió se puso de pie, para guiarlo hacia la terraza.
—¿Qué pudiste averiguar, Heller?
—Se trata de un automóvil de alquiler y, al parecer, lo alquiló una tal Alanis Morissette. Aún no lo han devuelto, pero, si quiere, puedo ir a esperar a que lo devuelvan para ver de quién se trata. —Alex sonrió.
—No es necesario, Heller, podría casi asegurar que se trata de Rachel; ése es el nombre de su cantante preferida.
—En ese caso, deberíamos decírselo al detective.
—Aún no, dejame intentar algo.
—Alexander, no hagas nada estúpido, deja a la policía. —Los nervios y la necesidad de proteger a su jefe hicieron que Heller empezara a tutearlo.
—¿Qué ha hecho la policía hasta ahora? —exclamó Alex iracundo—. ¡Sólo dejarnos desprotegidos y expuestos! Sacá el coche, dejalo en la salida y abrí el portón.
—¿Adónde vas? Los lugares que Rachel frecuentaba ya han sido registrados por la policía.
—No sé adónde, pero no me voy a quedar aquí de brazos cruzados.
—Voy contigo, entonces.
—No, Heller, quedate aquí con la familia. Si averiguo algo, prometo avisarte para que se lo transmitas a la policía.
—No hagas nada que debamos lamentar, Alexander. Piensa en Paula y en Melissa.
—Anda a hacer lo que te dije. Prepárame el coche. Se supone que trabajas para mí y debes obedecerme.
Alex no sabía a ciencia cierta qué iba a hacer y tampoco tenía idea de dónde buscar, pero estaba decidido a desentrañar el misterio de la desaparición de Nicholas. Sin que nadie lo advirtiera salió de la casa, él único que lo vio partir fue Heller que le abrió el portón para que se fuera. Decidió ir directamente al domicilio de los Evans, en Sands Point, y, cuando llegó, comenzó a golpear y a tocar el timbre del portón frenéticamente. Las luces del interior se encendieron pero nadie salió a recibirle. Desquiciado y dispuesto a todo, se subió de nuevo al coche y derribó el portón de entrada de la vivienda con su deportivo. Entró en la propiedad como un lunático y sólo entonces el matrimonio Evans se atrevió a salir en bata a la explanada de la mansión. Alex derribó a Bob de un puñetazo y siguió golpeándolo en el suelo mientras le exigía que le dijese el paradero de Rachel. Estaba furioso y arremetía con ira contra él porque lo consideraba responsable directo de la situación; después de todo, él era quien le entregaba el dinero a su hija.
—¡Basta, Alex, lo vas a matar, por favor! —le rogó Serena Evans tironeando de él. Alexander paró, se puso de pie y tropezó mirándolo desquiciado—. Ve a su casa de playa, puede que esté ahí. ¡No sabemos dónde está, te lo juro, pero debes frenarla! ¡Mi hija ya no puede hacerle más daño a nadie, por Dios!
Alex sacudió la mano, dolorida por los puñetazos y con los nudillos lastimados, pero nada le importaba. Se subió a su magullado coche y emprendió viaje hacia Jamesport. No recordaba muy bien el camino a la finca, sólo había ido una vez a ese lugar y no le había prestado demasiada atención a la ruta. Finalmente, después de dar varias vueltas, lo encontró. En el garaje, estaba estacionado el automóvil de alquiler que lo había seguido durante la mañana. Bajó de su vehículo con discreción e intentó espiar a través de la ventana; pero las cortinas estaban cerradas. Buscó alrededor de la casa y, al final, encontró una rendija por donde mirar. Ahí estaba Rachel, recostada en uno de los sofás, con su hijo dormido sobre su cuerpo. Creyó que el corazón se le iba a escapar del pecho por lo fuerte que le latía. Tomó una bocanada de aire y pensó qué hacer; no sabía cómo actuar. Siguió espiando durante un rato más mientras decidía cómo proceder. De repente, Nicholas se despertó y empezó a llorar; Alex se desesperó, pero Rachel parecía tratarlo con cariño, lo acunó en sus brazos y se levantó, quedando fuera de su campo visual. La desesperación de Alex iba in crescendo porque no podía ver lo que aquella desquiciada mujer estaba haciendo con su hijo, pero Rachel no tardó en regresar al sofá. Se sentó con el pequeño en su regazo y se dispuso a alimentarlo con un biberón. Ese gesto le demostró que, al menos, no tenía intenciones de hacer daño a su pequeño. No obstante, aun así debía actuar con prudencia, pues la mente de Rachel era inestable y nada le garantizaba que en determinado momento decidiera ensañarse con el niño y lastimarlo. Cogió otra bocanada de aire, fue hacia la puerta de entrada y golpeó, sin saber si estaba haciendo bien.
—¡Rachel, soy Alex, he llegado! —Pasaron unos instantes hasta que ella finalmente contestó.
—¿A qué has venido? ¡Vete, no queremos verte! —le gritó desde adentro.
—¿Cómo que a qué he venido? He venido a estar contigo y con mi hijo.
—¡Vete, Alex, nos abandonaste para irte con esa golfa, ya no te necesitamos, estamos bien sin ti!
—¡Ábreme, Rachel, quiero veros, quiero estar con vosotros!
Después de unos cuantos intentos y de seguir probando frases que la convencieran, oyó que quitaba el cerrojo y vio que ella, lentamente, abría la puerta. Alex estiró los brazos de inmediato para coger al pequeño, necesitaba resguardarlo contra su pecho, pero Rachel se lo negó, se apartó y sacó un arma de atrás de la cintura de su pantalón.
—¡Entra! —le ordenó, mientras manipulaba el revólver.
—¿Por qué el arma? No es necesaria, Rachel, nadie va a venir a hacernos daño aquí. No me parece seguro para nuestro hijo que la manipules tan cerca de él. —Alex intentaba hablarle con calma.
—Sé que quieren venir a llevárselo y debo protegerlo —le espetó ella y lo miró con desconfianza—. ¡No te lo vas a llevar! —Levantó el arma y lo apuntó.
—¡Hey, hey, Rachel! No sé quién te hizo creer eso, pero te aseguro que lo único que anhelo es estar con vosotros. —Alex intentó engatusarla y dio un paso al frente para acercarse, pero frenó en seguida porque ella volvió a apuntarle. Entonces, él respiró hondo y consideró apropiado darse la vuelta para ir a cerrar la puerta. Cuando se volvió a mirarla, le sonrió con dulzura; necesitaba que confiara en él.
—Te he echado de menos, Alex, te hemos echado mucho de menos.
—Yo también os he echado de menos, Rachel. —Alex miró hacia la mesita baja—. ¿Estabas dándole el biberón? ¿Por qué no nos sentamos y lo sigues alimentando? —Ella asintió con la cabeza, Alexander se sentó en el sofá, cogió el biberón y se lo alcanzó, pero ella todavía no estaba del todo relajada y lo rechazó. En ese preciso momento, ella vio sus nudillos ensangrentados.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó Rachel en un tono que delataba una profunda preocupación.
—Nada, no es nada —le contestó Alexander quitándole hierro al asunto, no te preocupes.
—Iré a buscar algo para curarte.
—Después, Rachel, demosle de comer al bebé primero y más tarde buscas algo para vendarme. Ven, siéntate a mi lado. —Ella negó con la cabeza—. ¿No me dejas darle el biberón? —siguió probando él, pero ella no aceptaba.
—No, es mi hijo.
—Ya lo sé, Rachel, lo sé. Es nuestro bebé.
—¿Te quedarás con nosotros?
—Por supuesto, a eso vine. ¿Me dejas cogerlo?
—No —le contestó rotundamente y movió el arma que aún tenía en la otra mano.
—Tranquila, Rachel, no quiero que te pase nada. —Ella lo miraba con desconfianza y analizaba sus palabras. El niño comenzó a llorar y Alex se puso nervioso—. Déjame que lo coja, Rachel, por favor.
Él siguió insistiendo con paciencia y suavidad hasta que, finalmente, ella le entregó al bebé, aunque no abandonó el arma. En cuanto lo tuvo entre sus brazos, Alex lo apretó contra su cuerpo y lo besó; Nicholas pareció reconocerlo de inmediato porque emitió unos ruiditos y le sonrió, mientras él le besuqueaba la mejilla.
—Todo va a salir bien, hijo, papá está con vos —le susurró con ternura.
Alexander cogió el biberón y se lo dio para que tomara la leche. Rachel no les quitaba el ojo de encima a ninguno de los dos, atenta con la pistola en la mano. Alex entonces hizo una mueca de dolor.
—¿Qué te ocurre? —le preguntó ella con aflicción.
—Me duele mucho la mano, Rachel, ¿por qué no buscas eso que me ofreciste antes para curarme? Te esperamos aquí. Ven a darme un beso antes de irte —le pidió Alex, probando cómo engatusarla. No quería poner en peligro a Nicholas actuando de una forma demasiado heroica, así que pensó que si ella se alejaba, correría con su bebé en brazos para sacarlo de allí.
Rachel se animó mucho con la petición de Alex y se acercó para besarlo, pero él sólo permitió que le rozara los labios; en seguida volvió a quejarse.
—¿Te duele?
—Sí, muchísimo, ve a buscar algo para vendarme la mano, por favor.
Rachel accedió, se levantó llevándose consigo el arma y subió la escalera. Alex había logrado que ella se alejara.
Sin perder más tiempo, se puso en pie para salir, se movió con rapidez, quitó el cerrojo de la puerta intentando no hacer ruido y, en el mismo instante en que se disponía a traspasar la puerta, sintió el estallido de un disparo y notó que algo impactaba en su brazo derecho y lo hacía tambalearse. El balazo le quemó la carne y empezó a ensangrentar su bíceps, pero no tenía tiempo para nada más que cubrir con su cuerpo al pequeño Nicholas y convertirse en su escudo humano. Con los ojos cerrados, esperó que ella siguiera vaciando la carga en él, pero entonces, en una ráfaga de segundos, un uniformado con máscara y chaleco antibalas abatió la puerta y se abalanzó sobre él. Después, se oyó otro disparo, que impactó sobre la pared, y acto seguido, una última detonación. Fueron tan sólo segundos, interminables segundos. Se oyó el crujido de la barandilla de la escalera, Alex volvió la cabeza y, en ese preciso instante, vio cómo ella se desplomaba por el balcón interno de la planta superior.
El detective Noah Miller se había apostado en medio de la sala, con su chaleco antibalas y el arma en alto. Alejó de un puntapié la pistola de Rachel, se acercó a ella, le buscó el pulso en la carótida e hizo un gesto con sus manos indicando que todo había terminado.
Rachel yacía abatida en el suelo y la casa se había llenado de policías. Multitud de hombres uniformados con chalecos a prueba de balas habían irrumpido en la propiedad para hacerse cargo de la situación. Alexander ya no sentía su hombro, del que no paraba de brotar sangre. El detective que horas antes había estado en su casa guardó el arma en la cartuchera de su axila y se acercó para ayudarlo; lo sentó en el suelo apoyándolo contra la pared a la espera de que llegara personal médico para auxiliarlo.
—Ha sido muy estúpido lo que ha hecho, señor Masslow. Dé gracias a que su empleado nos llamó informándonos sobre el coche de alquiler y pudimos rastrearlo por el sistema de recuperación vía satélite que poseen estos vehículos.
—Lo trasladaremos al hospital, para curarle —le informó el médico de la ambulancia que ya lo estaba atendiendo—. De todas formas, todo parece indicar que la bala no ha impactado de lleno.
Alex no se apartó ni por un instante de su hijo, no había manera de que pudieran arrancarlo de sus brazos; sólo pedía que avisaran a Paula de que Nicholas estaba con él y de que estaba bien.
Bárbara se sentó en el borde de la cama junto a su nuera y la despertó muy tiernamente para explicarle todo.
—¿De verdad los dos están bien?
—Sí, tesoro, eso nos dijeron. Nos explicaron que llevaban a Alex al hospital para curarle el brazo y ya está. —Se abrazaron.
Apenas Paula se enteró de lo ocurrido, se levantó, arropó a su hija, cogió las llaves de una de las camionetas y salió despedida hacia el garaje.
Nadie pudo detenerla; con impaciencia, colocó a Melissa en la sillita de viaje y salió como un ciclón hacia el hospital donde estaban su esposo y su hijo. Condujo casi a ciegas; la familia salió a la desbandada tras ellas, pero Paula llegó antes que nadie. Estacionó el vehículo en una zona reservada para ambulancias, desesperada por ver a su hijo y a su esposo y constatar que ambos estaban bien. Bajó con la niña en brazos y, en la entrada de urgencias, el detective Miller la reconoció de inmediato. Las enfermeras quisieron detenerla, pero el mismo oficial, viéndola tan atormentada, le flanqueó la entrada:
—Adelante, señora Masslow, pase.
Alex estaba sentado en la camilla con su hijo en brazos; lo estaban suturando. Paula se cubrió la boca y se acercó corriendo hasta ellos, sollozando embargada por la emoción. Los atrapó en un abrazo y los cuatro se quedaron así, fundidos en un emotivo instante.
—Estamos bien, mi amor, ya pasó todo. Todo terminó, Paula, tranquila, acá está tu hijo, como te prometí.
Se besaron. Paula, entonces, separándose de su hombre, besó a Nicholas y se sentó en la camilla junto a ellos.
Como un torbellino, Bárbara y Joseph también irrumpieron en la sala de urgencias. Nadie habría podido detenerlos. Los encontraron y abrazaron a su hijo y a su nieto interminablemente; entonces, el médico que intentaba atender a Alex se encolerizó. Intentando poner un poco de orden, mandó que todos se retiraran para poder terminar de suturarlo, pero Alex no pensaba permitir que sus hijos y su esposa se apartasen de él.
—Mi mujer y los niños no se mueven de mi lado. Haga lo que tenga que hacerme con ellos aquí.
—Es usted insoportable. Si no fuera porque me acaban de explicar por todo lo que han pasado, los hacía irse de esta sala bajo su responsabilidad. ¡Dé gracias a que hoy tengo un buen día!
Cuando terminaron de coserlo, salieron los cuatro de urgencias. Alex llevaba el brazo en cabestrillo y parecía bastante fatigado. Sus hermanos se acercaron a abrazarlo, felices de verlos bien a él y a Nicholas.
Pero Alex y Paula se despidieron con premura y les informaron de que se alejarían de la ciudad para evitar a los periodistas que ya estaban como aves de rapiña en la puerta del hospital, intentado obtener información sobre lo ocurrido. En el aparcamiento, Paula colocó a los niños en las sillitas, ayudó a Alex a subir a la camioneta y le abrochó el cinturón. No iban a quedarse ahí ni un minuto más, ya habían planeado todo. Por el camino, sonó el teléfono.
—Sí, Heller, vamos en camino, ¿has reunido todo?
—Sí, señor, como me ordenó.
—Perfecto, nos vemos dentro de un rato.
—¿Te sentís bien, Alex? ¿Estás seguro de que no querés ir a casa?
—No, mi amor, necesito que nos vayamos lejos los cuatro, lejos de toda esta basura.
—Pero vas a tener que declarar.
—¡Me importa una mierda, Paula! Si ella hubiera estado en una cárcel, como correspondía, todo esto no hubiera ocurrido. ¡Ahora que no me jodan con nada!
Paula le acarició los labios y él le besó la mano. Llegaron al aeropuerto, donde Heller los aguardaba con las maletas y con toda la documentación de ellos y de los niños.
El jet privado de la empresa ya estaba en la pista esperándolos y, en menos de dos horas, aterrizaron en Miami. Salieron del aeropuerto después de hacer los trámites de rutina y fueron a buscar el coche que Heller les había alquilado por teléfono.
Paula se puso al volante y encendió la radio con el fin de distenderse un poco. En la emisora local de música latina, empezó a sonar un tema de Beyoncé a dúo con Alejandro Fernández:
Anda, dime lo que sientes, quítate el pudor
y deja de sufrir, escapa con mi amor.
Y después te llevaré hasta donde quieras
sin temor y sin fronteras, hasta donde sale el sol.
Contigo soy capaz de lo que sea,
no me importa lo que venga
porque ya sé adónde voy.
Soy tu gitano, tu peregrino, la única llave de tu destino,
el que te cuida más que a su vida,
soy tu ladrón.
Soy tu gitana, tu compañera,
la que te sigue, la que te espera.
Voy a quererte aunque me saquen el corazón.
y aunque nos cueste la vida
y aunque duela lo que duela,
esta guerra la ha ganado nuestro amor.
Esta guerra la ha ganado nuestro amor.
Yo nací para tus ojos, para nadie más.
Siempre voy a estar en tu camino.
Alma de mi alma, corazón de tempestad
dime por dónde ir
y después te llevaré hasta donde quieras
sin temor y sin fronteras, hasta donde sale el sol.
Contigo soy capaz de lo que sea,
no me importa lo que venga
porque ya sé adónde voy.
Se miraron en silencio mientras escuchaban la letra, que les había llegado al alma. Paula le acarició la nuca y él cogió su mano y se la besó. La miró con deseo y se llevó uno de sus dedos a su boca, se lo lamió y le demostró cuánto la deseaba.
Llegaron al apartamento, Alex bajó las maletas y las cargó en uno de los cochecitos de los bebés. Paula se hizo cargo de los niños y subieron hasta el ático. Los acostaron en seguida y, sin demora, fueron hacia el dormitorio principal. Ella lo desvistió con cuidado, tomando todas las precauciones para no hacerle daño en el brazo y luego se desvistió ella. Se acercó despacio hasta donde estaba Alex, le olisqueó el cuello, que despedía aroma a Clive Christian, como siempre, y se embriagó con su fragancia. Alex la atrapó por la nuca para apoderarse de su boca, con el brazo que tenía sano, y la besó desesperadamente, mordió sus labios y le habló sobre ellos.
—Sólo nos espera felicidad, Paula. Toda esta pesadilla ha terminado, mi vida. Te prometo que, de ahora en adelante, sólo viviré para hacerlos felices a los tres.
—Te amo, Alex. Vos y mis hijos son mi vida, perdón por haberte culpado de todo en el estacionamiento.
—Chis —la hizo callar con un beso.
Luego hicieron el amor con ternura y se entregaron a las caricias sanadoras de sus cuerpos, a la pasión que los devoraba. El tiempo se detuvo en ese instante; nada más les importaba, sólo ellos y la conjunción perfecta de sus almas y sus cuerpos. Después de alcanzar el éxtasis, se quedaron de lado, mirándose mientras los tintes rosados teñían el ambiente en el amanecer de Miami. Alex no tenía mucha movilidad, pero Paula le delimitaba el rostro con ternura mientras se adoraban con los ojos. Tomándolo por sorpresa, ella se movió para besarle el pecho en el lado del corazón y luego volvió a mirarlo embobada.
—Hoy tienen vetas marrones —le dijo Alex con una calma inmutable y la magia del silencio se rompió, como en aquel primer despertar juntos en el Faena.
Paula frunció el entrecejo, igual que ese día, fingiendo no entender a lo que se refería y él comprendió el juego de inmediato y lo siguió, regalándole una de esas sonrisas que nublaban la razón.
—Tus ojos, hoy tienen vetas marrones —volvió a afirmar él—. Anoche los tenías mucho más verdes —continuó.
Paula sintió correr mariposas por su cuerpo como aquella primera vez en que él se lo había dicho en el hotel en Buenos Aires. Pero esta vez no se calló como ese día; esta vez, se lo dijo a la cara y mirándolo fijamente a los ojos.
—¡Dios! ¿Cómo es posible que me seduzcas sólo con decirme que cambió el color de mis ojos? ¿Cómo es posible que sigas desatando en mí las mismas sensaciones que aquel día?
—Son los ojos verdes más hermosos que he visto nunca —siguió diciendo Alex.
Paula sonrió y le recorrió el puente de la nariz con los dedos, tan perfecto y hermoso como aquella vez.
—No creía que recordaras las palabras que habías empleado ese día.
—¡Qué poca fe en su esposo, señora Masslow!
—¿Sabés lo que pensé cuando desperté a tu lado aquella mañana y me estabas mirando?
—No, nunca me lo contaste.
—Dije para mis adentros: «¿Qué me ha visto este hombre tan perfecto para llevarme a la cama con él?».
Alex le guiñó un ojo y le besó la punta de la nariz con una sonrisa un tanto vanidosa. Paula se colocó sobre él.
—Pero hoy todo es diferente. No te diré «adiós, Ojitos», porque no hay nada que pueda alejarme de tu lado.
—Así es, mi amor, no hay nada sobre esta Tierra que pueda separarnos, nuestro amor es para toda la eternidad.
—Te infinito, mi amor.
—Te infinito, mi vida.