Capítulo 12

PAULA había dormido realmente muy poco. Se sentó en la cama y, de pronto, recordó la tarjeta que Gabriel le había dado y se sintió tentada de llamarlo. No paraba de pensar en lo que él le dijo en el aeropuerto; Alex era realmente la persona que Gaby había descrito. Se sentía confusa y odió con todas sus fuerzas que él tuviera razón; inmediatamente desistió de llamarlo: no tenía sentido recurrir a él por despecho; ella no era así. No conseguía entender cómo después de todo, él se había comportado de esa forma. ¿Dónde había quedado todo el amor que decía sentir por ella?

Amanda preparó una bandeja con el desayuno y se fue a despertarla, al no verla se asustó, pero la encontró en el baño; entonces, respiró aliviada.

—Hola, Pau, te traje el desayuno.

—No tengo apetito, gracias.

Paula estaba ojerosa y demacrada, tenía los ojos hinchados; se notaba que había seguido llorando.

—Vení. —La cogió de la mano y la llevó hacia la cama; hizo que se sentara y ella se acomodó a su lado. La abrazó y le acarició la espalda para reconfortarla, porque Paula parecía un cachorrito indefenso—. Anoche hablé durante largo rato con Alex. Creo que nos precipitamos con ese mensaje. Sé lo que parecía pero estoy convencida de que no pasó nada.

—Amanda, por favor, leíste el mensaje y viste la foto.

—Lo sé, lo sé, pero no te ciegues. —Cogió sus manos y le habló mirándola a los ojos—. No cometas el mismo error que cuando no permitiste que Alex te explicara en Buenos Aires.

—Yo entiendo que él es tu hermano y que vas a abogar por él, pero no puedo seguir pasando por tonta. Alex se cagó en mis sentimientos, en nuestro amor. Se ha mofado de todo cuanto teníamos, le importaron una mierda todos nuestros planes. Por unas tetas y un culo, se olvidó de todas nuestras promesas, Amanda.

—No es así, tenés que tranquilizarte. No se trata de pasar o no por tonta, se trata de escuchar lo que tiene que decirte y luego decidir si le creés o no. Paula, vos sabés que mi hermano es lindo, es un bombón, el desgraciado, y siempre habrá mujeres al acecho; es algo con lo que vas a tener que aprender a convivir, pero anoche lo noté muy sincero cuando me hablaba. Yo, más que nadie, sé cuándo Alex está mintiendo y creeme que si hubiera metido la pata, no lo consentiría. En ésta, estoy de tu lado, Paula. —Llamaron a la puerta y Chad les habló desde afuera.

—¡Paula, está sonando tu móvil en el bolso!

—Pasánoslo, amor, debe de ser mi hermano. Paula, atendelo, escuchalo, después de todo, no perdés nada. Según vos, a estas alturas, está todo perdido, ¿no? —le dijo mientras la cogía por los hombros. Paula no sabía qué hacer, pero quizá era cierto que debían hablar. El móvil dejó de sonar, pero ella titubeante le devolvió la llamada.

—¿Qué querés? —Amanda se levantó y la dejó sola.

—Hola, mi amor, ¿te sentís mejor? Anoche Amanda me dijo que no te habías sentido muy bien.

—Te pregunté qué querías. —El tono de Paula era muy distante.

—Que hablemos, estoy desesperado, no dormí nada, sólo quiero sacarte de la cabeza todos esos pensamientos que tenés, Paula... Jamás pondría en riesgo nuestra relación después de todo lo que ha pasado, de que creí que podías morirte. ¿Cómo pensás que podría arriesgar nuestro amor por una simple aventura? —Alex estaba en el balcón con una mano en el bolsillo mientras hablaba, mirando hacia el patio del hotel con la vista perdida—. Te amo, sólo quiero estar con vos, no necesito una aventura con nadie, vos hacés que me sienta completo.

—Son sólo palabras bonitas, pero yo me remito a los hechos.

Un profundo silencio se instaló entre ellos, un silencio que helaba el alma, que hacía más largas las distancias. Paula necesitaba creer lo que él acababa de decirle, pero debía ser realista. Inspiró con fuerza y continuó hablando:

—Me llegaron por error una foto y un mensaje que no iban destinados a mí. De no ser así, nunca me habría enterado, ¿o me equivoco?

—No, quizá no te equivocás del todo —le contestó Alex intentando parecer sereno; estaba muy apenado y utilizó un tono más grave de lo normal—. Quizá tengas razón. No creo que me hubiera atrevido a contarte que ella llegó a mi habitación sin invitación, porque te juro que no la invité ni la alenté para que creyera que podía presentarse así. —Paula agitaba su cabeza, con la vista fija en el techo; se había dejado caer en la cama—. Llamó a mi puerta y entró sin que pudiera decirle que no, y en cuanto entró se quitó el vestido. Venía decidida a hacerlo, pero la rechacé. Te juro que eso fue todo lo que pasó. Le dije que jamás te traicionaría, que te amaba y que iba a casarme con vos y se fue. Paula, mi amor... —Ella seguía en silencio, pero él escuchaba su respiración. Alex le hablaba suplicante—: Decime algo, por favor.

—¿Qué puedo decirte? No sé, todo resulta muy difícil de creer.

—Creeme.

—Una parte de mí quiere hacerlo, Alex, pero no sé si debo.

—¿Acaso en ese mensaje decía que yo la había invitado?

—No tenía por qué decirlo, somos adultos y ambos sabemos que, a veces, uno no precisa invitación para leer entre líneas.

—No le di ninguna señal para que creyera que podía hacerlo, Paula.

—Es evidente que tu habilidad para hacérselo entender no fue muy exitosa.

La rudeza de sus palabras y la entonación de su voz dejaban claro que Alex no estaba siendo muy convincente.

—Paula, yo te entiendo, te juro que te entiendo, pero te pido que me creas. No pasó nada. Entró, se desnudó frente a mí, cogiéndome por sorpresa, le alcancé el vestido para que se cubriera y le pedí que se fuera. Estuviste en mis pensamientos todo el tiempo; te juro que no me movió ni un pelo verla desnuda frente a mí. —Él le hablaba con toda la tranquilidad que podía; intentaba calmarse, pero sentía que la voz le temblaba.

—¡Qué historia más estúpida! ¿Y pretendés que te crea?

—Paula, por Dios, tenés que creerme, nunca le rogué nada a ninguna mujer, pero con vos todo es diferente, no me importa hacerlo. Me tenés loco de amor, si me pedís que me vuelva y deje todo esto a medias, te juro que lo hago. Y, cuando vos puedas viajar, ya te encargarás. Si pudiésemos rescindir el contrato con su compañía, también lo haríamos; sólo deberíamos buscar la forma, aunque tuviésemos pérdidas, no me importa. Si te pierdo, no sé lo que haría, no puedo imaginar cómo sería mi vida sin vos. Mi amor, mi vida, te amo, bonita, no puedo arriesgarme a perderte; además, no me interesa otra mujer que no seas vos. Paula, te juro que no son sólo palabras lindas, te estoy hablando desde el corazón, estoy expresando mis sentimientos como nunca lo hice con nadie. —Ella lo escuchó sin interrumpirlo, no había pronunciado una sola palabra.

—Dejá de vacilarme, Alex, ¿cómo podés creer que voy a tragarme el cuento de que se te puso enfrente desnuda y la rechazaste? Tu historia es grotesca.

—¡Fue así, mierda! ¡Te juro que fue así! —le gritó y Paula se despabiló de repente.

—¿Qué estarías pensando vos, en este momento, si hubieses leído un mensaje como el que leí yo? —le gritó ella más fuerte.

—Probablemente lo mismo que estás pensando vos, lo sé, pero no es lo que parece. No pasó nada y no ocurrió porque no quise, porque no lo necesito.

—Siempre va a ser así, Alex. No sé si voy a poder soportar que cada mujer que se te acerque quiera tener algo con vos.

En el fondo, Paula necesitaba creer que Alex le estaba siendo sincero.

—En ese caso, estamos a la par, Paula. Decime que el estúpido del bróquer no volvió a insinuarse. —Se hizo un silencio—. Paula, contestame, no te quedes callada.

—Sí, lo hizo, claro que lo hizo, pero lo frené y me fui.

—¡Desgraciado, lo sabía! Cuando regrese a Nueva York le voy a romper la cara... Te juro que se la voy a partir, porque parece que no entiende.

—No estábamos hablando de Gabriel.

—No, pero, ya ves, vos también guardás tus trapos sucios debajo de la alfombra.

—Pero mis trapos sucios no son comparables a los tuyos.

—Pero son trapos sucios, al fin. —Se quedaron de nuevo en silencio.

—¿Estás ahí?

—Sí, acá estoy —le contestó Alex de mala manera.

—Gabriel no me interesa, nadie me interesa, sólo vos y nunca nadie podría llegar a tanto conmigo, Alex. Yo te respeto.

—Yo también te respeto, a mí también sólo me interesás vos. —Volvieron a quedarse callados—. Paula, decime qué creés de mí, no soporto tus dudas.

—Es evidente que no me respetás lo suficiente, porque una mujer se metió en tu habitación y se te ofreció, según tu versión, claro está.

—No dudes, Paula, fue así como te digo.

—¿Cómo no tenerlas, Alex? Todo lo que nos pasa tiene que ver con vos y resulta que siempre sos inocente —le dijo ella con sorna y él suspiró sonoramente.

—Quiero saber algo, Paula. Algo que me da vueltas en la cabeza desde anoche y que, quizá, pueda demostrar que lo que te digo es cierto.

—¿Qué cosa?

—Amanda me llamó a las tres y media de la madrugada, pero Chloé vino a mi habitación a las diez de la noche y no pasó adentro más de diez minutos. ¿A qué hora te mandó ese mensaje? Por lógica, si se lo envió a su amiga cuando estaba entrando, tuvo que haber llegado antes de las diez, o sea antes de las cuatro de la tarde de Estados Unidos. Paula, en conclusión, tiene que haberte llegado al rato de que nosotros cortáramos, porque no pasó mucho tiempo entre que nosotros hablamos por teléfono y ella llegó a mi habitación. —Paula se quedó pensando—. ¿Me has oído? Contestame.

—Me llegó en el restaurante, pero me acabás de hacer un lío con los horarios en la cabeza.

—¡Lo hizo a propósito! ¿Te das cuenta? ¡Se vengó porque la rechacé!

—El mensaje pudo haber llegado más tarde, eso no tiene nada que ver; además, es tu palabra contra la imagen y el texto que yo recibí.

—Paula, por favor, no le busques cinco pies al gato, ¿qué más pruebas querés que los horarios?

—En realidad, lo que querría es que nada de esto hubiera pasado... Es un sentimiento horrible no poder confiar en vos, no saber a ciencia cierta si me estás hablando en serio o si me estás vacilando.

—¿Qué hago para que vuelvas a confiar en mí? Nena, no hice nada, te juro que nada pasó entre Chloé y yo. Esto es agotador, no sé cómo justificar algo que nunca ocurrió.

—No sé, Alex, dejame procesar un poco todo esto; dejame pensar en todo lo que ha sucedido, suponiendo que nada haya pasado...

—¡No pasó nada! —la cortó él.

—Suponiendo que nada haya pasado —retomó la frase Paula— cuando ella se desnudó.

—Pero ¡yo no la desnudé, Paula, se quitó el vestido antes de que pudiera reaccionar!

—¡Ah, sí, claro! Alex, te conozco.

—Precisamente porque me conocés, tendrías que saber que te amo.

—Sí, pero vos y yo... hace tiempo que no tenemos intimidad y seguro que ella te excitó.

—Aunque suene chistoso e increíble, me dio miedo; ésa fue mi reacción, porque sólo pensaba en vos, en que podía perderte.

—Son mentiras.

—No seas necia, Paula, estoy que me muero por follar, pero sólo quiero hacerlo con vos. Pensá en lo que te dije de los horarios, por favor, nena. Ahora mismo cojo un avión y me vuelvo, sólo quiero estar a tu lado. ¿Tan mierda me creés como para pensar que, después de que te hayan pegado un tiro, puedo pensar en acostarme con otra, cuando ni siquiera estás repuesta del todo? ¿Tan poco creés en mis sentimientos? ¿Qué hacés a mi lado, entonces?

—Dejá de atacarme, ahora resulta que la víctima sos vos. —Paula intentó calmarse—. No sé, es todo muy confuso, no sé... necesito pensar.

—Supongo que no tengo otra opción. —Aunque estaba cabreado por no poder convencerla, por la situación y porque ella desconfiaba, tenía que ser realista. Había un motivo claro para que Paula dudara y Alex tuvo que obligarse a pensar las cosas al revés para poder entenderla.

—Creo que no tenés otra opción —repitió ella.

—Sólo me queda una reunión el lunes por la tarde y, para que te quedes tranquila, pediré que sea con su padre. Exigiré seguir tratando con Luc Renau.

—Hacé lo que quieras.

—No me hables así, con tanta frialdad.

—¿Y cómo querés que te hable? Pensé durante toda la noche que te habías revolcado con ésa; ahora te escucho muy predispuesto, me decís que no pasó nada, pero que se desnudó delante de ti. No sé qué creer, Alexander, todo es... ¡es tan confuso!

—No me llames Alexander; me hacés acordar a Bárbara cuando me regañaba. —Paula puso los ojos en blanco.

—¿Y encima pretendés que te trate como si nada hubiera pasado? ¿Por qué no sos más coherente? ¡Te pusiste furioso porque me tomé un simple café con Gabriel!

—Ni lo nombres, no quiero que pronuncies su nombre. Te juro que ese malnacido se va a enterar.

—¡Ja! ¿No querés que lo nombre? ¿Imaginate, entonces, cómo estarías si lo que supuestamente te pasó a vos me hubiese ocurrido a mí? ¡Me hubieses metido en la guillotina como a María Antonieta!

—Dejemos de pelearnos ya. No pasó nada más que lo que te he contado, sólo eso. —Volvieron a quedarse en silencio—. Te llamo más tarde, ¿puedo? —Le pareció que era bueno dejarla procesar toda la conversación, aunque se moría de ganas por escucharla convencida, sabía que debía permitirle pensar un poco.

—Te llamo yo. —Paula colgó e inmediatamente él volvió a llamarla.

—¿Qué querés? —preguntó ella con sequedad.

—Sólo decirte que te amo, no me dejaste despedirme.

—Adiós.

—¡No, Paula, adiós no! Prefiero un ciao deslucido, pero «adiós» suena a «nunca más». Voy a estar esperando tu llamada. —Ella volvió a cortar la comunicación.

Alex colgó con ella y llamó a Chloé.

—¡Alex, no esperaba tu llamada! ¡Qué sorpresa!

—¡Cínica! Te ha salido todo mal, no previste el horario en que mandaste el mensaje y subestimaste a Paula. Pensaste que se cegaría y que no se daría cuenta. —En realidad, no había sido exactamente así, pero Alexander pretendía que lo creyera.

—No entiendo de qué hablas.

—No te hagas la despistada, ¡fue muy estúpido lo que hiciste! Me has demostrado muy poca inteligencia, de todos modos ni a mí ni a Paula nos interesa. La realidad es que te llamo para exigir que, de ahora en adelante, las negociaciones prosigan con tu padre, porque si no es así, rescindiremos el contrato con Renau Société. No quiero verte el lunes en la reunión o te juro que revocaré todas las negociaciones con vosotros.

—¡Alex, cálmate, no es para tanto! Mandé un mensaje por equivocación y no sabía cómo disculparme, me siento apenada por todo lo que ha pasado.

—No lo hiciste por equivocación, la hora delata tus intenciones. Te vuelvo a repetir que no te he llamado para discutir sobre eso. Lo que tengo con Paula es muy grande y puro como para malgastar mi tiempo polemizando sobre algo que, ni con el pensamiento, pudo haber ocurrido. No quiero verte el lunes allí, ¿está claro? Así que ve pensando en una buena excusa para darle a Luc, porque ni Paula ni yo queremos negociar contigo. —Alexander colgó.

El miércoles, a las 12.35 horas, la nave de Air France aterrizó en Nueva York. Paula lo había llamado el domingo muy brevemente y no habían hablado más, sólo alguna que otra efímera cadena de mensajes que siempre iniciaba Alex. Heller lo recogió en el aeropuerto.

—Bienvenido, señor, yo me encargo de su equipaje. —De allí, fueron directamente a Mindland.

—¿Alguna novedad, Heller?

—Nada, señor. —Alex se lo quedó mirando.

—¿Qué pasa, Heller? ¿Ya no te interesa trabajar conmigo?

—¿Cómo, señor? No entiendo por qué dice eso. —Alex frunció la boca.

—Creo que se te olvidó contarme que el bróquer se encontró con Paula en el aeropuerto, ¿o acaso no pensabas decírmelo?

—Disculpe, pensé que la señorita Paula se lo diría, no quise saltármela. —Alex lo miró fulminándolo.

—¡Te pago para que me mantengas al tanto de todo y eso incluye que me informes sobre quién se acerca a Paula! —le gritó—. Por eso te dejé en Nueva York, para que te mantuvieras alerta. Sinceramente, me siento muy decepcionado.

—Lo siento, señor Alex, es que fue un encuentro fortuito. La señorita Paula no lo había planeado, pero veo que ella misma se lo dijo, como supuse.

—¡Como has supuesto! ¡Y una mierda! Quiero saber todo con lujo de detalles, ¡todo, Heller! Desde que le dijo «hola» hasta que le dijo «adiós» y espero que hayas estado lo suficientemente cerca como para oír completamente todo lo que hablaron, porque, si no, ya puedes considerarte despedido.

El horno realmente no estaba para bollos. Lo que Heller le contó lo puso furioso, pero su enfado no era con Paula, sino con Gabriel Iturbe.

—¡Ese malnacido, parece que no entiende!

Finalmente, llegaron a Mindland. Alex entró en la empresa y saludó brevemente a todos los que se cruzaron en su camino y casi ignoró a Alison, que ya se había reincorporado al trabajo. Sus pasos eran urgentes, necesitaba verla; necesitaba que, de una vez por todas, las cosas se arreglasen entre ellos, que entendiera que la amaba, que la necesitaba como nunca creyó que podría necesitar a otro ser humano. Entró en la oficina de Paula y encontró allí a Jeffrey, que estaba discutiendo con ella la legalidad de unos contratos. En pocas zancadas, llegó hasta donde su amada estaba sentada, hermosa como siempre. Su corazón se derretía cuando la tenía enfrente. Sin importarle que estuviera su hermano, la puso de pie y se fundió en un abrazo desmedido con ella; su gesto fue tan colosal que empezó a tener efectos curativos. Ese simple contacto físico, de pronto, compensó y mejoró la angustia contenida durante tantos días. Alex sintió un gran alivio emocional.

Ella, en un primer momento, reaccionó con frialdad, pero luego, al captar las connotaciones que tenía ese abrazo, levantó sus brazos y también lo envolvió; ella también lo necesitaba. Alex cerró sus ojos y hundió sus dedos en la espalda de Paula, la quería traspasar, y ella simplemente se echó a llorar en su hombro. Jeffrey se dio cuenta de que estaba de más y, sin que lo advirtieran, salió de la oficina y los dejó solos.

Entonces, Alexander se apartó de ella y le cogió el rostro entre sus manos, la besó y le habló sobre los labios.

—No llores, nena. Basta de lágrimas, por favor, no quiero que llores más. Te aseguro que te amo mucho más de lo que tus dudas te dejan ver.

La incertidumbre de Paula se disipó al verlo y supo, en ese mismo instante en que él la aprisionó contra su pecho, que utilizaría su sabiduría intuitiva y escucharía a su corazón; ese que le decía que necesitaba a ese hombre en su vida, con sus aciertos y sus errores, con todo y más. Ese abrazo significó la sanación a tantas indecisiones, alguien que no la amara realmente no hubiera podido abrazarla como Alex lo había hecho; se sintió protegida, en confianza, con fortaleza y segura, por encima de todo.

Alex tocó el borde de su boca con la lengua, la palpó y examinó esos labios, dulces como la miel y ardientes como el fuego, que ansiaba poseer con locura; los sedujo con los suyos, los acarició una y otra vez con su lengua experta, proporcionándoles cariño y cuidado, hasta que se abrieron dándole paso a todos los rincones de su boca. Entonces su lengua ansiosa y voluptuosa se encontró con la suave y mansa de Paula, que se entregaba para permitir que la complaciera. Trazó con ella una danza alocada de pasión y urgencia que parecía no tener fin. En ese momento, se separó de sus labios por un instante y, sin aliento y de manera exacerbada, le habló:

—No puedo esperar para tenerte. No es la forma en que soñé volver a reanudar nuestra intimidad, pero no puedo aguardar más, Paula.

Se alejó un poco de ella y trabó la puerta. Luego se acercó de nuevo y volvió a asaltar su boca, probando el sabor de su aliento y las caricias de su respiración. Le levantó el vestido hasta la cintura y se aferró a sus nalgas con posesión, marcando territorio mientras le hundía sus dedos abrasadores. La alzó sosteniéndola por el trasero y apretándola contra su cuerpo. Paula, entonces, le enredó las piernas en la cintura y afianzó los dedos en su espeso cabello para darle más profundidad al beso. Alex la apoyó contra la pared y se refregó en su entrepierna; no podía pensar, sólo anhelaba que ella sintiera cuánto la deseaba. Sin soltarle las nalgas, la sentó en el escritorio y se apartó unos minutos para admirarla. Necesitaba que sus ojos azules se fundieran con su cuerpo, quería glorificarla; para sus pupilas, era una celebración poder encandilarse con ella. Se acercó de nuevo y se perdió en el escote de Paula, lamió el nacimiento de sus senos y, aunque intentó liberar uno de ellos, la hechura del vestido no se lo permitió, pero no iba a seguir perdiendo el tiempo. Bajó sus manos hasta sus caderas y se las acarició, la sedosidad de su piel era perfecta, ella estaba expuesta y casi sin respiración frente a él. Enganchó sus dedos en el tanga y lo deslizó por sus piernas, se agachó y besó su bajo vientre. Se quedó embelesado durante un momento con su monte de Venus depilado; lo acarició y deslizó sus dedos entre los pliegues de su vagina. Ella estaba muy húmeda, preparada para él, se había hecho agua entre sus manos y, entonces, un cúmulo de ansiedad se apoderó de sus entrañas. Alex se bajó los pantalones hasta la rodilla y blandió su erección, dirigió su pene hasta la entrada de su vagina y se introdujo en ella despacio, mientras cerraba los ojos. En ese mismo instante, dejó escapar un gemido contenido y tembló; Paula, en cambio, permanecía expectante a todas sus emociones: necesitaba verlo gozar más que nunca, estudiar cada una de sus expresiones, pues descubriría en ellas lo que Alexander sentía de verdad. Aquel hombre estaba perdido, entregado; su rostro, extasiado, era más perfecto aún. Los músculos de su cara estaban en tensión. En ese preciso momento, abrió los ojos y clavó su profunda mirada azul en la de Paula.

—Esto es todo lo que necesito, esto es la gloria.

Tras permanecer unos segundos hundido en ella, comenzó a moverse muy lentamente, una y otra vez; se balanceaba dentro y fuera, acariciándola con su sexo, le apretaba las caderas sin dejar de mirarla; la boca de Alex estaba entreabierta y, con cada penetración, dejaba escapar el aliento. Paula metió sus manos por dentro de la camiseta para enterrar las uñas en su espalda y ayudarlo a ir más allá en sus embestidas, mientras abría sus piernas lo más que podía para que Alex se encastrara en ella más y más profundamente.

—No me duele, Alex, acelerá un poco, por favor, necesito más.

—Nena, tengo miedo de hacerte daño.

—Es mi cuerpo, yo te diré hasta dónde, más fuerte, por favor.

Susurraban para que nadie los oyese. Entonces, Alex le cogió las piernas y se contoneó como ella le pedía, aunque sintió que así todo iría más rápido de lo que quería. Sin embargo, en una ráfaga de conciencia, pensó que estaban en la oficina y decidió que era lo mejor.

Paula le habló al oído.

—Podés terminar adentro, ya he comenzado a tomar los anticonceptivos de nuevo.

Alex enarcó una ceja y le sonrió oscuramente, la contempló mientras seguía bamboleándose en su interior y buscaba ese éxtasis al que sólo ella podía hacerlo llegar. Paula esperaba ansiosa esas cosquillas en su vientre, sentía que estaban muy cerca y, aunque le hubiese encantado que el momento no terminase nunca, tuvo la lucidez de pensar que estaban en Mindland.

Su vagina empezó a presionarlo y Alex lo notó de inmediato: ambos estaban muy receptivos a pesar de la urgencia.

—Te amo, nena, te amo... Esto es sublime.

—Voy a correrme.

—Lo sé, yo también, terminemos juntos, mi vida.

Se menearon algunas veces más hasta que un abanico de sensaciones los invadió y expelieron todos sus fluidos. Se quedaron respirando sin resuello, jadeando. Él la tenía aferrada de las caderas y mantenía su frente apoyada en ella; Paula le había clavado sus manos en la nuca. Alex levantó los brazos, le acarició la espalda y la aprisionó un poco más contra él, para brindarle calor. Ella se agarró con fuerza a su cintura y lo rodeó con las piernas.

—Te amo, Alex, necesito confiar en vos.

—Podés hacerlo, nena. Te juro que, desde que me enamoré de vos cuando te conocí, me he convertido en la persona más transparente del mundo. Me has cambiado la vida, Paula.

Se limpiaron y compusieron sus ropas.

—¡Qué vergüenza, Alex! ¿En qué momento se fue Jeffrey?

—No te aflijas.

—Pero ¿cómo salgo ahora de acá?

—De mi mano, nena.

—Estamos locos. —Se carcajearon.

—Vayamos a saludar a mi hermano y a mi padre, y nos vamos a casa, ¿te parece?

—No, esperá, dejame recomponerme un poco; me siento avergonzada. —Se abanicó con la mano.

—Vamos, Paula, nadie notará lo que acaba de pasar acá.

Fueron al despacho de Jeffrey y entraron sonrientes. Alex soltó a Paula y abrazó a su hermano, a quien no había visto desde la boda; se palmearon la espalda.

—¡Ah, veo que te acordaste de que tenías un hermano!

—Lo siento, no quería ser desconsiderado, pero fue una semana intensa en París y no veía la hora de encontrarme con Paula.

—Ya me di cuenta, ni siquiera se enteraron cuando me fui, me quedó bastante claro que estaban en su mundo. —Paula se removió incómoda—. Pero los comprendo; hoy, antes de venir para acá, comentábamos con Alison que tenemos suerte de trabajar en el mismo lugar, porque después de los días compartidos en la luna de miel, nos hubiera costado horrores separarnos.

Alex había vuelto a cobijar a Paula entre sus brazos y le besaba el cabello, la sien y la nariz.

—¿Cómo fue esa luna de miel?

—¡Increíble! Un viaje soñado. —Jeffrey le palmeó la espalda a su hermano—. Les recomiendo esa escapada para ustedes también. ¿Ya saben dónde van a ir de luna de miel?

—Aún no lo hemos decidido —contestó Paula, mientras se daba la vuelta y miraba a Alex a los ojos.

—Pasaron tantas cosas que nuestros planes se detuvieron un poco, recién ahora estamos retomando nuestra normalidad —explicó Alex y Jeffrey hizo una mueca para demostrarles que lo sentía.

—Pero no cambiaron la fecha, ¿verdad?

—¡No! —contestaron ambos al unísono.

Llamaron a la puerta y Joseph se asomó, después de que Jeffrey le indicara que entrase.

—Alison me dijo que estaban acá. Me enteré de que habías llegado, Alex, y fui a tu oficina. —Se estrecharon en un abrazo que los dos necesitaban desde hacía semanas. Joseph le guiñó un ojo a Paula, para indicarle que todo volvería a estar bien con su hijo; luego se apartó, le palmeó el carrillo y le retiró el pelo de la cara—. ¿Todo bien por Francia?

—Todo perfecto, papá.

—Paula me contó alguna cosa.

—Cuando llegaste, estábamos revisando todo lo que nos habías enviado —acotó Jeffrey.

—¿Por qué no van a casa? —les sugirió Joseph a Alex y a Paula—. Andá a descansar del viaje, hijo, y por la noche vienen a cenar al Belaire con nosotros. Ahora que estamos todos en el país de nuevo, tu madre estará encantada de tenerlos allí. Le pediré que avise a Edward y a Amanda también. ¿Qué les parece? —Buscó la mirada de Jeffrey, que asintió.

—Me parece perfecto —contestó Alex—. La verdad es que necesito descansar unas cuantas horas, uno nunca duerme del todo bien en un avión.

En realidad, en este último viaje no había pegado ni ojo, porque sólo deseaba llegar y ver a Paula.

—Ustedes también vienen, ¿verdad? —insistió Joseph mirando a su otro hijo.

—Sí, viejo, seguro —le prometió Jeffrey.