Capítulo 15
RACHEL estaba recostada en su fría celda del Metropolitan Correctional Center de Nueva York, junto a la plaza Foley y cerca del Palacio de Justicia Federal de Manhattan. El tamaño de la habitación era más pequeño que el del vestidor de su apartamento de Park Avenue South. Las paredes eran de bloques de cemento y el suelo de linóleo. Una litera, un retrete, un armario diminuto y un lóbrego escritorio conformaban todo el mobiliario del calabozo. Allí, los días y las noches parecían no tener fin. Se sentía sofocada en esas diminutas dimensiones; la soledad abrumadora le pesaba como nunca.
El caro abogado que pagaba su padre había conseguido que no tuviese que compartir celda con nadie durante su estancia en el correccional, a la espera del juicio. Y, aunque no había sido tarea fácil, gracias a que no tenía antecedentes penales, pudo lograr ciertos privilegios.
Rachel repasaba en su mente, una y otra vez, la noche vivida con Alex en el apartamento de la calle Greene. Le bastaba con cerrar los ojos para poder sentir el peso de su cuerpo sobre el suyo, mientras se movía dentro de sus entrañas llenándola con su sexo. Pensar en eso la sosegaba; si aspiraba con fuerza hasta creía oler su perfume. Se obligaba a recordar, porque no quería que esos momentos se borrasen de su mente. Y tejía un reencuentro imaginario con él, que pudiera disipar todos sus pesares. Se imaginaba con Alexander en su casa de la playa, tendidos en la arena haciendo el amor, mientras solucionaban todos los malentendidos que, desde su punto de vista, los habían separado.
Pero hacía días que su talante presentaba algunos cambios: estaba distante, retraída, casi no hablaba, parecía no interesarse por mantener contacto con el mundo exterior. Durante las últimas visitas, cuando sus padres habían ido a verla, les habló muy poco y, a ratos, se los quedaba mirando con los ojos vacíos. Ya no les suplicaba que la sacaran de allí ni hacía uso de las llamadas que tenía permitido hacer. Bob y Serena Evans estaban convencidos de que Rachel se había sumido en una profunda depresión y se les partía el alma viéndola así, arruinada y acabada, pues eran muy conscientes de que no encontrarían la forma de poder liberarla. Por otra parte, su comunicación no sólo había menguado con sus padres, sino que Rachel también había dejado de lado la fluida relación con su abogado, con quien —en un primer momento y debido a su conocimiento de leyes— había intentado trazar una línea clara de defensa que la favoreciera ante las elocuentes pruebas que la incriminaban de manera tangente e irrevocable.
Estaba ojerosa y demacrada; no quedaba ni la sombra de aquella mujer altiva y elegante, que sólo vestía marcas de diseño y miraba a todos por encima del hombro.
Ninguno de sus amigos ni amigas habían ido a visitarla, nadie parecía acordarse de la exitosa abogada que había caído en desgracia, aunque antes siempre destacara en su círculo social.
Ese día tenía visita con su abogado. Él llegó, enseñó su pase de seguridad, que lo identificaba para el ingreso, y dejó su móvil, el localizador, la billetera y demás objetos prohibidos en un armario del vestíbulo. Después caminó hacia la sala de visitas y ordenó sus papeles. Entretanto, llegó Rachel, escoltada por un guardia, y se sentó sin mirarlo. Stephen la saludó, pero ella no emitió gesto alguno: su postura era rígida y no demostraba ningún interés en la presencia del abogado, que la visitaba para informarle de las últimas novedades sobre su causa. De pronto, levantó la vista hacia la silla de al lado, que estaba vacía, y dijo:
—Hola, Alex, has venido a verme, mi amor.
Su tono era dulzón; en sus ojos se veía cierta emoción y en sus labios se esbozó una sonrisa. El abogado la contempló unos instantes sin entender.
—Rachel, soy Stephen —le habló.
—Hola, Stephen, gracias por conseguir que Alex pudiese entrar. —Ella hablaba sin mirarlo, como si se dirigiera a alguien que estaba sentado a su lado—. Yo también te he echado de menos, mi amor. Sabía que no ibas a dejarme aquí sola. Llévame contigo, Alex. —Rachel se estiró como para tocar a alguien.
—Rachel, ¿te encuentras bien? —le preguntó el abogado mientras cogía su mano.
—Mejor que nunca, con Alex aquí todo es perfecto.
De pronto, giró la cabeza hacia la izquierda y miró con furia hacia el final de la sala. Se puso en pie con fiereza y comenzó a gritar.
—¡¿Qué hace ella aquí?! ¡Ella me robó a Alex, ella es la única culpable de que Alex me abandonara! ¡¿Cómo ha conseguido entrar?! ¿Por qué, Alex? —Volvió a dirigirse hacia la mesa—. ¿Por qué la has traído contigo?
Caminó con decisión hacia la pared del fondo y empezó a pegar puñetazos al muro de cemento, mientras insultaba y golpeaba; sus nudillos comenzaron a ensangrentarse.
—Tranquila, Rachel, te estás haciendo daño.
El letrado intentó calmarla; se aproximó a ella y probó a sostenerla, pero Rachel parecía tener más fuerza que él. El carcelero que estaba en la puerta se percató de que algo no iba bien allí dentro. Stephen comenzó a llamarlo sin parar para que lo ayudase, cuando ella empezó a tirar sillas contra la pared.
—¡Guardia! ¡Guardia!
—¡Perra! ¡Vete a tu país, sal de nuestras vidas, déjanos en paz! Nadie me va a robar a Alex, ¡él es mío, él me ama!
Rachel seguía gritando y arrojando cosas contra la pared. El oficial pidió refuerzos y, con la ayuda del abogado, intentó controlarla, pero ella estaba muy violenta y no había forma de detenerla. Llegaron más carceleros y, entre todos, la sacaron del recinto y la llevaron a la enfermería del correccional, donde el médico de turno le aplicó un sedante. La inmovilizaron hasta que el medicamento surtió efecto en su organismo; luego, el facultativo salió a informar a su representante legal de lo que estaba ocurriendo.
Stephen Wells resolvió y actuó con prontitud, y en menos de dos horas había conseguido su traslado. Bob y Serena Evans esperaban a su hija en el hospital adonde la habían derivado.
Ajenos a su suerte, en el apartamento de la calle Greene, todo estaba listo para la cena. Paula estaba entusiasmada porque iban a comer todos los hermanos de Alex con sus parejas y también Liliam, Jacob, Mikel y María Pía, que estaba en el país.
Aunque Alex había insistido hasta la saciedad en pedir comida preparada, Paula se había tomado el día libre para cocinar ella y agasajar a sus invitados.
Estaban ya todos en la casa y, de fondo, amenizaba el ambiente una selección de temas que Alex había elegido de Maroon5 y de Usher.
—Me encanta verte haciendo de ama de casa, mientras atendés a nuestros amigos y familiares; te queda muy bien ese papel —le dijo él al tiempo que destapaba unos vinos en la isla de la cocina—. Este apartamento nunca estuvo tan animado.
—Considerando que estamos a dos meses de la boda, debo ir ejercitándome, porque quiero que esta situación se repita muy seguido. —Se dieron un beso.
—¿Te ayudo, Paula?
—Gracias, Amanda, todo está bajo control. Hoy sos nuestra invitada.
Su cuñada insistió y le echó una mano llevando las tapas que Paula había preparado.
—Les sienta muy bien el papel de anfitriones, hermanito. Esta faceta nueva de tu vida definitivamente te pega mucho. —Alex le guiñó un ojo a su hermana. Estaban terminando de cenar.
—Cuñada, debo reconocer que mi hermano tuvo suerte, tenés muy buena mano en la cocina. Sabía todo exquisito, pero esa carne al horno a la mostaza con verduras, humm, estaba para chuparse los dedos.
—Gracias, Edward.
—Pasame la receta, Paula.
—Por supuesto, Lorraine, después te la anoto.
—Y que esta cena se repita —añadió Jeffrey—. ¿Podrás creer, Paula, que hace más de dos años que este incivilizado vivía aquí y nunca nos había invitado? —Paula le dio un casto beso en los labios, mientras le acariciaba la mejilla.
—Sobre eso estábamos hablando hace un rato en la cocina —agregó ella mirando a los ojos a su hombre—. Nos encanta teneros aquí.
Alex asintió mientras terminaba lo que quedaba en su plato. Después él se levantó para descorchar varias botellas de La Grande Dame para acompañar el tiramisú que Paula estaba sirviendo. De repente, su móvil comenzó a sonar y él dejó su cometido para atender la llamada. Paula notó en seguida que algo no iba bien, porque Alex se alejó y se metió en el estudio para continuar hablando. Ella, desde la cocina, no apartó los ojos de él ni un instante. Alex parecía discutir con alguien, aunque su rostro estaba angustiado; se cogía la cabeza con la mano. Sin embargo, ninguno de los allí presentes se había percatado. Paula miró hacia donde estaban sus amigos y familiares y todos conversaban sin prestarles mayor atención. En el preciso instante en que Alex levantó la vista y se dio cuenta de que ella lo observaba, Paula corroboró que algo, efectivamente, no iba bien. Su hombre se había quedado helado cuando la había descubierto, así que, sin pensarlo, tiró la servilleta sobre la encimera y caminó con decisión hacia el estudio, abrió la puerta corredera y lo que alcanzó a oír fue suficiente.
—Sí, ya se ha dado cuenta; ahí viene, Jason, llámame en un rato.
Paula escuchó el nombre del abogado y se quedó de piedra. Alex cortó la comunicación y esbozó una deslucida sonrisa, atrapó a Paula entre sus brazos y la apretó con fuerza.
—¿Qué pasa, Alex? No me mientas, sé que algo no marcha bien... Sobre todo por la hora que es. ¿Para qué te llamó el abogado?
—Tranquila, mi amor.
Paula se separó de él y le cogió el rostro entre las manos; lo miró a los ojos, allí donde sabía que podía encontrar la respuesta si él le mentía.
—La verdad, quiero la verdad. —Sus iris azules palidecieron, luego los cerró.
—Rachel tuvo un brote psicótico y está internada en el Columbia Psychiatry.
—¿Qué significa eso? ¿La van a sacar de la cárcel?
—No nos apresuremos. Todavía tienen que probar que su estado mental no es bueno y Jason no se quedará con los brazos cruzados.
Paula había comenzado a temblar como una hoja y sus lágrimas brotaban sin contención.
—Por favor, Alex, por favor.
—Tranquila, mi amor, estoy acá con vos.
La tenía aferrada por la cintura y la aprisionaba con fuerza contra su pecho; intentaba infundirle confianza, aunque él estaba tan asustado como ella.
—Lo sé, pero tengo miedo. No quiero sentirme así, pero no puedo evitarlo.
Alex la sacó de ahí y la llevó hacia la habitación sin dejar de abrazarla. Amanda y Jeffrey notaron que algo no iba bien y se hicieron señas. Sin pensarlo, la melliza de Alex se levantó para averiguar qué pasaba. Golpeó la puerta de la habitación.
—¿Está todo bien?
—Entrá, Amanda —le pidió Alex y, cuando ella estuvo dentro, la puso al corriente. Paula no dejaba de temblar—. ¿Querés que llame al doctor Kessel?
—No, Alex, no quiero hablar con él, sólo quiero estar entre tus brazos... y huir de todo mal.
El móvil de Alex volvió a sonar.
—Dejame atender, Paula, puede ser importante. Amanda, quedate con ella.
De hecho, quien de nuevo lo llamaba era Jason Parker. Salió de la habitación y, a esas alturas, todos se habían dado cuenta de que algo extraño estaba ocurriendo. Jeffrey y Edward se situaron a su lado mientras Alex, desencajado, no paraba de hablar y de pegar puñetazos sobre la mesa. Estaba muy nervioso y el abogado sólo le hablaba en términos técnicos que no le satisfacían.
—Jason, no me vengas con toda esa palabrería barata. No intentes que parezca algo menos grave de lo que en verdad es: eso no funciona conmigo.
—No seas drástico, Alexander. Presentaremos una moción que desestime todo lo que quieran probar.
—No me interesa lo que vayas a presentar; sólo quiero saber si dará resultado, ¡porcentajes, Jason!, ¡lo mío son los números!
—Tenemos al fiscal de nuestro lado; mañana mismo, ordenará pericias psicológicas y ya está trabajando sobre las cintas de las cámaras donde quedó registrado el incidente.
—¿Y... esas grabaciones son buenas o malas para nosotros?
—Me temo que no son todo lo buenas que quisiéramos.
—¡Mierda! Estoy esperando que me des el porcentaje de posibilidades que tenemos de revertir esta situación. —Alex volvió a acorralar al abogado.
—Ínfimo, no quiero mentirte.
—¿Te estoy pagando una fortuna para que me digas que esa perra no volverá a la cárcel?
—Alexander, si ella realmente está loca, a los abogados les va a ser muy fácil demostrarlo. De todas maneras, habrá que esperar. Te estoy explicando todo esto antes de tiempo para poneros sobre aviso, para que estéis preparados. Es mi obligación hacerlo, pero aún habrá que aguardar las valoraciones de los peritos del fiscal. De ser necesario, también aportaremos los nuestros, debemos ser cautos y aguardar su evolución. Puede haber presentado desvaríos mentales pasajeros que bien podrían revertirse con una medicación determinada. Quizá sólo se trate de un desequilibrio emocional debido al encierro y eso no afecte a su poder de entendimiento como para que un juez pueda llevarla a juicio. Sin embargo, te vuelvo a repetir, esto que ha ocurrido la beneficia porque da argumentos a su abogado para aducir que en el momento del ataque ella no estaba en pleno uso de sus facultades mentales. Ahí es donde nosotros debemos darle la vuelta a la jugada y demostrar que sí lo estaba y que hasta lo había planeado.
—Más te vale que lo logres. —Sonó como se oyó, como una dura advertencia. Alex estaba desencajado y repleto de ira e impotencia.
—Que no te quepa la menor duda de que intentaré utilizar todos los recursos legales que estén a mi alcance; emplearé hasta la última artimaña que exista en jurisprudencia. Por lo pronto, mañana temprano presentaré un recurso donde estipule que la institución psiquiátrica debe tratarla como una paciente de máxima peligrosidad y que deben mantenerla aislada con seguridad extrema.
—Su padre es médico, le será muy fácil conseguir beneficios de sus colegas.
—Pero también debe cumplir la ley y, si no lo hace o pretende utilizar su buen nombre para que sus colegas se la salten, terminarán todos entre rejas, porque los perseguiré y haré que el peso de la ley caiga sobre todos los implicados. ¿Quieres que hable con Paula?
—No, Jason, ahora no atiende a razones, está muy asustada.
—No es para menos. Buenas noches, Alex, te mantendré informado.
—Por favor.
—¡Maldita zorra loca, vas a acabar volviéndonos locos a todos! —gritó mientras tiraba su iPhone sobre la mesa.
Tras el estupor del primer momento, Paula se había tranquilizado y había decidido que quería hacer frente a la situación. Entendía que, pasara lo que pasase, no podía rendirse, porque el miedo la anulaba. Dejarse vencer por la histeria no la dejaba pensar con claridad, la paralizaba y ella no era así, siempre había afrontado los problemas; no iba a cambiar entonces.
Se sentaron en el salón, para que María Pía y Jeffrey les explicaran la situación legal de Rachel frente a los acontecimientos que estaban ocurriendo y que Alex les había expuesto. Todos bebían el café que Alison había preparado, salvo Paula, que estaba tomándose una tila.
Había hecho un mes de tratamiento y la habían sometido a diferentes evaluaciones psiquiátricas. Ese día, se había dispuesto una nueva revisión de la salud mental de Rachel Evans, solicitada por el juez, para decidir su curso legal.
Una psiquiatra del sistema médico correccional junto con otros profesionales que representaban a ambas partes, acusado y demandante, habían diagnosticado a Rachel y su resultado era devastador, claro e irrefutable: tenía esquizofrenia de tipo catatónico, paranoide no residual y un trastorno bipolar importante.
El criterio para el diagnóstico de este tipo incluía: la poca reacción a los estímulos y el mutismo presentado en ciertas ocasiones; la inmovilidad que implicaba la resistencia a ser físicamente trasladada; las formas extravagantes, bizarras y de exaltación que se le habían manifestado durante el brote; y la desconfianza, delirios y alucinaciones que seguía manifestando aún medicada. Entre los síntomas evidenciados, presentaba ansiedad, enfado y violencia ocasional, sin motivo aparente, contra el personal que la atendía y a quien confundía a veces con otras personas. Sospechaba continuamente y manifestaba ideas extrañas y falsas. Demostraba, además, falta de contacto con la realidad, pues se quejaba de que los médicos intentaban leerle el pensamiento para conchabarse contra ella; o decía que, por las noches, la vigilaban en secreto y urdían un plan, junto a Paula, para matarla. Por último, manifestaba que los enfermeros la amenazaban para someterla. Todo era producto de su imaginación perturbada.
Jason Parker había decidido transmitirles el veredicto del juez personalmente. Tras la audiencia, se trasladó a Mindland y fue recibido por todos los Masslow y por Paula en la sala de juntas. Alison y Chad también los acompañaron.
El letrado fue lapidario y categórico a la hora de informarles de la decisión tomada con Rachel, basada en los informes médicos. Había sido declarada mentalmente insana y no iba a ser sometida a juicio, pues la conclusión era que el estado actual era idéntico al que presentaba en el momento del ataque contra Paula. Por consiguiente, quedaba en libertad aunque la obligaban a cumplir un tratamiento psiquiátrico que incluyera informes periódicos a los médicos judiciales. Por último, también quedaba expresamente asentado que Rachel debía permanecer confinada en un centro mental de máxima seguridad para continuar el tratamiento.
—Pero, si se mejora, ¿saldrá de ahí? —preguntó Paula con un hilo de voz y Alex le cogió la mano con fuerza.
—Lo siento, Paula, es muy probable, no quiero mentirte, pero ten en cuenta que los médicos también han sido categóricos al decir que su estado mental es prácticamente irrecuperable.
Ella asintió con la cabeza. Alison, que estaba sentada a su lado, le acarició la espalda. Joseph, de pie junto al ventanal, miraba hacia afuera con las manos en los bolsillos. Pensaba en los sobresaltos que amenazarían siempre la paz en la vida de su hijo y su nuera, pero también tuvo un recuerdo para su amigo y se apenó por él, desde el lugar de padre. Su familia había quedado destrozada.
—Paula, de todas maneras y llegado el caso, un juez tendrá que dictaminar su salida del establecimiento y seremos pertinentemente informados, ¿verdad, Jason? —intervino su cuñado.
—Así es, Jeffrey.
Alex había permanecido en silencio, impávido y con la mandíbula apretada. Pegó un grito que retumbó en la sala, se levantó furioso tirando la silla y le dio una patada a una papelera. Después cogió la silla volcada y la arrojó incrustándola sobre la puerta vidriada que se hizo añicos. Todos saltaron de sus asientos, atónitos ante la intempestiva reacción de Alex. Paula se angustió, tembló, pero en vez de abandonarse a la desesperación, reunió fuerzas y se abrazó a la espalda de Alexander. Él se dio la vuelta y la abrazó, las lágrimas empezaron a brotar incontenibles, y la separó para mirarla a los ojos.
—Perdoname, mi amor, te fallé. Te prometí que no iba a dejar que saliera y no pude cumplirlo.
—Chis, no permitamos que esto paralice nuestras vidas. Anoche lo hablamos, Alex; sabíamos que podía pasar algo así.
Ella le cogió con dulzura el rostro angustiado y lo acunó entre sus manos.
—Tenemos planes, mi amor, pensemos en ello. Quizá no tuvo el castigo que pretendíamos, pero tampoco lo está pasando bien: su mente está perdida.
—Lo sé, pero tenía esperanzas de que ocurriera un milagro. ¡Sos tan buena persona!
—No es verdad, no entiendo mucho lo que está pasando, pero debemos continuar con nuestras vidas y aceptar las cosas como son. Siempre me dices, que no debo permitir que el miedo me obnubile y ahora estás dejándote llevar vos.
—No es justo, Paula, que vivamos todo el tiempo con miedo.
Joseph se acercó y acarició la espalda de su hijo para tranquilizarlo.
—Ya has escuchado a tu hermano y también al doctor Parker. En caso de que se presente una modificación, nos avisarán. —Alex levantó la vista y, sin soltar del todo a Paula, miró a Parker.
—Necesito esa tranquilidad, Jason.
—Calma, Alex, nos notificarán cualquier cambio en la situación. Y, si no lo hacen, patearemos muchos traseros.
—No quiero patear el trasero de nadie, Parker —le dijo en un tono nada amistoso—. Sólo quiero tener la seguridad de que me enteraré en seguida. Quiero tener la certeza de estar siempre un paso por delante de este sistema de mierda.
—Tranquilo, mi amor, el abogado dice que así será.
—Parker me ha dicho muchas cosas que, al final, no se han cumplido.
—Alex... Jason ha hecho su trabajo de manera impecable, no seas injusto —intervino Jeffrey—. Con el giro que ha dado la salud de Rachel, era poco lo que podía hacerse.
—Tranquilo, entiendo el estado emocional de Alexander —le explicó el letrado, evitando un enfrentamiento entre ambos hermanos—, y también entiendo que él, en su profesión, se maneja con cifras exactas —se justificó sin dejar de mirarlo—. Esto también es exacto, el Estado debe notificar a los damnificados cualquier cambio.
—Eso espero. —Volvió su vista a Alison—. Liquídale los honorarios al abogado —le indicó a su secretaria—; Paula y yo nos vamos.
Cogió a Paula de la mano y fueron a que recoger sus cosas en sus respectivas oficinas.
Se metieron en el Competizione de Alex y él condujo por Madison Avenue, buscó aparcamiento y la llevó hasta el interior de la catedral de San Patricio. Paula estaba extrañada, pero él estaba tan acongojado que no se atrevió a preguntarle y se limitó a seguirlo.
—Sabés que no soy un creyente ferviente, sólo practico lo justo y necesario, pero después de que esa bala se hundiera en tu cuerpo, empecé a creer que las manos de Dios habían guiado a las de los médicos para que hoy yo pudiera estar acá diciéndote todo esto.
—Tranquilizate, Alex.
—No puedo. Estoy asustado y me duele sentirme así, porque sé que debo ser tu sostén; pero la angustia se ha apoderado de mí. Te traje hasta aquí porque creo que es oportuno pedirle a Dios que bendiga nuestro amor.
Se sentaron en uno de los bancos del frente y Paula acarició a Alex.
—Todo irá bien, porque nuestro amor es muy grande.
—Lamento haberte fallado.
—No me fallaste, Alex; a veces las cosas pasan porque sí, y se nos hace difícil encontrarle una explicación lógica. Lo aprendí con la muerte de mi papá. Mi amor, Dios nos puso a prueba con lo que nos está pasando para unirnos más.
Él asintió con la cabeza y cerró los ojos, mientras ella seguía sosteniéndole la cara; ladeó el rostro y le besó la mano. Emitió un suspiro y sacó una caja de joyería del bolsillo de su americana.
—Deseo reafirmar mi promesa de pedirte matrimonio, creo que es un día especial para hacerlo, porque hoy, más que nunca, quiero que sepas que defenderé nuestro amor con mi vida.
—Mi amor, nunca imaginé que llegaría a vivir momentos como éste. Cosas así son las que hacen que el resto se vuelva insignificante; no sabía que se podía amar tanto a alguien. —Él abrió el estuche, sacó el anillo y cogió su mano.
—Sólo deseo convertirte en mi esposa.
—Sólo deseo serlo.
—En tus brazos... y huir de todo mal. —Alex leyó la inscripción que había hecho grabar en la sortija, se la puso en el dedo y la besó.
El anillo era más impresionante que el anterior. Se trataba de un auténtico Harry Winston, con un diamante central en corte esmeralda, flanqueado a cada lado por unos más pequeños del mismo formato y contenidos por una hermosa banda de platino, también adornada con diminutas gemas. Paula se quedó extasiada mirando la exclusiva pieza de joyería que Alex había colocado en su dedo.
—¿Te gusta?
—Me fascina, me gusta incluso más que el anterior.
—¡Qué suerte, porque me costó mucho decidirme! El otro tenía un valor emocional diferente; estuve tentado de comprarte el mismo, pero nos hubiera traído malos recuerdos, así que opté por uno distinto, para que su historia también se diferenciase.