Capítulo 14
ALEX no permitió que ella se levantara, se colocó una bata y fue hasta la cocina a preparar algo de comer.
Antes de regresar a la habitación, caminó hasta la entrada del apartamento donde habían quedado sus maletas y buscó el estuche con el regalo que le había comprado en París. Lo metió en el amplio bolsillo de su bata y fue al dormitorio. Paula estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas y hablaba por teléfono con Maxi.
—Sí, cabezón, te digo que estoy bien. Lamento no haberte contestado los mensajes, pero tuve unos días muy intensos y desconecté el móvil. —No quería contarle nada de lo ocurrido en Francia. Alex se sentó frente a ella imitando su postura y puso la bandeja en medio de ambos.
—Te llamaba porque tengo algo que contarte —le dijo Maxi.
—¿No me digas que rompiste con Daniela?
—No, todo lo contrario, nos fuimos a vivir juntos. —Paula pegó un grito y Alex se sobresaltó. La miró con el cejo fruncido—. ¡Me acabás de dejar sordo!
—Lo siento, es que me cogiste por sorpresa. Acá, Alex está haciendo un montoncito con los dedos porque no entiende mi efusividad. —Le contó rápidamente a Alexander qué pasaba para incluirlo en la conversación.
—¡Hacele saber que los felicito!
—Ya oí, muchas gracias; estoy un poco asustado, porque ya tuvimos nuestra primera pelea de convivencia.
—Tranquilo, Maxi, al principio es normal. No es lo mismo que verse de vez en cuando para compartir alguna que otra noche.
—Sí, eso espero, aunque me parece que vamos a chocar por todo.
—Te digo que es normal. Ahora comparten más horas al día juntos, sus caracteres y costumbres deben amoldarse.
—Tengo miedo de que nos hayamos apresurado y de que lo que teníamos se vaya al garete.
—No seas gallina, Maxi, no te rindas ante la primera dificultad.
—¡No soy gallina, pero no quiero perderla!
—Sí la perdés es porque el amor entre ustedes no es verdadero. —Paula extendió su mano para buscar la de Alex y entrelazar sus dedos con los de él—. Pero, antes de llegar a eso, tenés que luchar. No debe de haber sido tan grave la pelea, Maxi, estoy segura de que se trata de algo que pueden superar.
—Bueno, pero ¡tampoco está bien que crea que puede manejar mi vida porque estamos viviendo juntos!
—De eso se trata la convivencia, de ceder un cincuenta y un cincuenta, sin perder la esencia de uno mismo, con equilibrio. —Mientras hablaba, Paula fijó sus ojos en Alex y él levantó su mano para besarle los nudillos.
—Te amo —le dijo él gesticulando y mordiéndole un dedo; ella le sonrió.
—Ya veo que estás de su lado —protestó Maxi.
—Escuchame, chiquito, yo no estoy del lado de nadie, sólo te estoy aconsejando, pero si no te sirve y estás enojado con Daniela, podés decirme, simplemente: «Paula, quiero que me digas esto y esto», ¡y así puedo repetirte, como un loro, lo que deseás escuchar!
—Bueno, bueno.
—¿Y por qué fue la discusión?
—Porque después del trabajo me fui de copas y no la avisé.
—¿Y qué cuernos querías? ¿Que te aplaudiera por irte de picos pardos?
—Pero ¡no me fui de picos pardos!
—Bueno, Maxi, es una manera de hablar... Pero tendrías que haberla avisado, ahora ya no vivís solo.
—Pero me fui a tomar una cerveza, sólo eso, y no llegué tan tarde como para que me montara el escándalo que me montó.
—¡Estás cegado! Cuando estás así, no pensás y no escuchás.
—Cuando ella salió del gimnasio, también se fue con sus amigas a tomar algo y no vino directamente. Además, cuando llegó, yo ya estaba en la cama.
—¿Eso fue antes o después de que vos lo hicieras? —Maxi no respondía—. ¡Hey! ¿Reformulo la pregunta?
—Después.
—Entonces no te quejes, te pagó con tu propia medicina.
—Lo sé, lo sé.
—¿Entonces?
—Nada, que si lo hablo con vos me cuesta menos reconocer que Daniela tenía razón.
Paula se rió en silencio para que su amigo no se cabreara.
—Ay, yo también extraño nuestras charlas... Podés llamarme cuando lo necesites, Maxi. Sabés que estaré siempre ahí.
—Boba.
—Bobo.
—Gracias por escucharme.
—Gracias por llamarme y seguir considerándome tu amiga.
—Sabés que siempre será así.
Terminó de hablar con su amigo y volvió a centrar toda su atención en su amor.
—Lo siento. Maxi necesitaba que habláramos.
—No te preocupes. Él es tu amigo y yo... yo sé que tengo toda tu atención —le dijo clavando sus ojos azules en los de ella y utilizando una voz muy dulce.
—Vos tenés más que mi atención, Alex. Tenés todo mi amor, mi alma y mi vida —le aseguró Paula mientras se estiraba sobre la bandeja para acariciarle la mejilla y apoderarse de sus labios. Metió la otra mano dentro de la abertura de la bata y lo cogió por la cintura. En ese momento, sintió algo duro sobre la mano y se alejó con curiosidad—. ¿Qué tenés ahí?
—Hum, algo que compré para vos. ¿Recordás que te envié una foto en el obelisco? Estaba yendo a buscar esto.
—Quiero mi obsequio. —Ella quiso sacarlo de su bolsillo pero él no la dejó.
—Primero comamos. —La esquivó Alex mientras mordía su sándwich—. ¡Estoy hambriento!
—¡Alex! ¡Sabés que soy muy ansiosa!
—Chis, comamos, luego te daré el obsequio, porque tengo una fantasía en mi cabeza y creo que es mejor que nos alimentemos.
—¿Fantasía?
—Ajá. —Asintió con la cabeza—. Comé y después te cuento. Necesito que recuperes tus fuerzas.
Paula frunció el entrecejo mientras masticaba un bocado.
Cuando terminaron de comer, él apartó la bandeja y se sentó más cerca de ella. Acto seguido, le pidió que cerrase los ojos.
—Ahora podés abrirlos.
Cuando Paula lo hizo, se encontró con una caja de cuero con las letras grabadas de Boucheron, que descansaba sobre la palma de la mano de Alex.
—Es para vos, ¡abrila!
Ella cogió la caja, la miró unos instantes, estudiándola, levantó la vista y apartó el estuche, cogiendo por sorpresa a Alex. Se movió con rapidez, se aferró a su cuello, se acurrucó en su regazo y le habló desde muy cerquita:
—Vos siempre sos el mejor regalo para mí.
Se besaron y luego él tomó la caja nuevamente e insistió para que la abriera. Paula lo hizo y se encontró con el fulgurante brillo de las piezas de joyería exclusiva.
—¿Te gustan?
—Son hermosas, exquisitas, me encantan los pendientes y el brazalete. ¿Qué decirte, Alex? Vi a muchas actrices en las revistas que los llevan puestos; y siempre los admiré.
Alex sonrió.
—Entonces acerté con el regalo. Y lo más importante es que éstos son tuyos y ya no tendrás que admirar más los de las fotografías.
—Gracias por hacerme sentir siempre tan especial.
—Sos especial para mí, por eso necesito demostrártelo. —Se besaron—. Aún debo comprarte una sortija de boda; prometo encargarme de eso con celeridad.
—Que sea algo sencillo.
—Chis. —Le guiñó un ojo—. Te dije que me encargo yo.
—Yo también tengo un regalo para vos.
—¿En serio?
Ella asintió con la cabeza.
—Te salvaste porque te lo compré antes de todo ese mal rollo.
—¿Creés que no me lo merezco?
—Pues creo que sí, te lo merecés.
Él le besó la punta de la nariz y le mordió un carrillo.
Luego Paula se levantó de la cama y fue hacia el vestidor. Volvió con dos sobres azules: un estuche de joyería y otro paquete mucho más grande, que acarreó con dificultad. Primero, le entregó uno de los sobres. Alex lo abrió y sacó un certificado emitido por el Global Star Registry, que indicaba el nombre dado a una estrella, «Alex y Paula»; también testificaba que el registro se había realizado en la oficina de la propiedad intelectual de Estados Unidos y señalaba, además, sus coordenadas astronómicas.
—¡Mi amor! ¿Una estrella con nuestro nombre?
—Sí, tal vez es un poco cursi, pero me gustó mucho la idea —admitió ella encogiéndose de hombros—. Después de todo, dicen que el amor es ñoño. —Dejó escapar una risita.
—¿Cursi? ¡No digas eso, me ha encantado! Me parece fantástica la idea de que haya una estrella que lleve nuestros nombres, ¡gracias! Vení acá, ñoña. —La cogió por la nuca y besó sus labios con pasión, los succionó y los lamió con mucha ternura.
—Hay más —dijo Paula señalando el otro sobre. Entonces, Alex extrajo del paquete un mapa que proporcionaba un trazado exacto para poder navegar por el cielo con un telescopio y localizar la estrella. En aquel momento, y después de que Alex desplegase el mapa, Paula gateó sobre la cama para levantar el paquete que había llevado hasta allí con dificultad, pero como era muy pesado, Alexander se movió rápidamente para ayudarla. Entre los dos, abrieron el envoltorio y la caja quedó al descubierto: le había regalado un telescopio astronómico computarizado.
—¡Vaya! ¡Nena, qué regalo tan fantástico! —exclamó con asombro al descubrir el reluciente aparato de color blanco y cromo.
—¿Te gusta?
—¡Me encanta! Me muero por aprender a usar esto y ubicar nuestra estrella. Vení acá, te merecés otro beso; yo también me siento ñoño. —Se carcajearon y, después, él le rodeó el cuello y volvió a tomar sus labios por asalto.
—Me explicaron que se usa muy fácilmente, sólo hay que orientarlo en la línea norte-sur, y con la inclinación de la latitud del lugar, algo que se obtiene fácilmente con un reloj. Creo que con tu Hublot podrás conseguirla fácilmente. —Él asintió—. Luego hay que cargar las coordenadas de las estrellas más brillantes en este ordenador, para calibrarlo. —Paula sacó de la caja un aparato que parecía un mando a distancia pero que, en realidad, era el ordenador del telescopio, y se lo enseñó—. Trae un software explicativo con las instrucciones. —Mientras ella le explicaba, los ojos de Alex bailoteaban extasiados del aparato a su rostro. Esa mujer tenía un poder increíble sobre él, lo tenía fascinado o, como ella misma decía, atarantado—. Bueno y esto forma parte del kit de la estrella —dijo ella entregándole la caja de joyería, que Alex abrió con impaciencia. En ella encontró un llavero de plata, donde estaba grabado el nombre de la constelación y sus coordenadas exactas.
—Sos increíble, Paula, jamás se me hubiese ocurrido algo así; sólo tu mente pudo haber volado hasta este regalo tan especial.
—Tenía miedo de que no te gustase, es que... ¡tenés de todo!
—No tengo de todo.
—No seas modesto. —Paula se recolocó la bata de seda, que se le había abierto dejando escapar uno de sus senos, y se acurrucó entre los brazos de Alex. Él la recibió gustoso—. Me dijiste que tenías una fantasía con tu regalo, ¿no?
—Así es.
—¿Cuál es?
—Hum, despejemos la cama. —Quitaron todas las cosas que había encima de ella y luego Alex le pidió que lo esperase ahí. Se dirigió resuelto hacia el vestidor, llevándose consigo la caja de Boucheron. Al regresar, le explicó que había dejado preparado allí lo que deseaba. Paula lo miró sin entender demasiado, pero se levantó para darle el gusto.
—¡Es ropa! —chilló Paula desde allá y regresó. Alex estaba sentado en la cama con la espalda apoyada en el cabezal—. ¿Adónde vamos?
—Quiero que te vistas y que, después, te desnudes para mí.
—¡Me da vergüenza!
—Pero ¡si ya lo hiciste en el Faena!
—Pero eso nació de forma espontánea.
Alex juntó sus manos y apoyándolas en su boca le suplicó:
—Quiero que me vuelvas loco como aquel día y que te quedes sólo con las joyas y los zapatos puestos. —Paula gateó sobre la cama.
—¿De verdad te volví loco?
—¡Muy loco! Me enardeciste y me pusiste tan duro que creí que me iba a correr sin necesidad de tocarte.
Paula le lamió los labios, luego lo estudió mientras decidía y él le dedicó una mirada tan pícara que la tentó.
—Esperame acá, Ojitos, ya vuelvo. —Pero cuando ella quiso alejarse él la cogió por la nuca y la miró oscuramente.
—No tardes —le dijo con voz grave y sensual.
—Lo bueno se hace esperar y mi imaginación se acaba de despertar, así que paciencia. Si querés un espectáculo, dejame prepararme. —Le mordió el labio y se marchó. Regresó con un pañuelo de seda negro entre sus manos, aún no se había cambiado—. Tenelo a mano —le dijo y le guiñó un ojo—, cuando te indique quiero que te vendes los ojos. —Alex se quedó pasmado y superexcitado.
—Hum, esto se está poniendo muy interesante.
Después de unos minutos, y antes de aparecer en el dormitorio, Paula le gritó a Alex que se vendara los ojos, pero no se quedó ahí.
—¿Adónde vas? —Alex oyó sus pasos.
—¡Chis! Ya vuelvo, no hagas trampa y te destapes los ojos. ¡Ah! y quitate esa bata.
Alex se rió divertido e hizo lo que ella le indicaba. Paula fue hasta la cocina y, tras unos minutos, regresó con una copa de champán, fresas en un recipiente y un bote de nata.
Apoyó todo con mucho cuidado en una mesilla, intentando no hacer ruido para no delatarse, y luego conectó su iPod al sistema de sonido del dormitorio. Se reía en silencio por todas las travesuras que su mente estaba maquinando; la vergüenza se le había esfumado: Alex la desenfrenaba y le hacía vivir y sentir como nunca. Estaba excitada, nunca hubiera pensado que un juego como ése la podía poner en ese estado. Se había vestido con las prendas que Alex había elegido de entre su ropa: un corsé, unas ligas color caramelo que sostenían sus pantis y un vestido muy ajustado con escote palabra de honor, con lentejuelas negras y plateadas. Se había calzado unos Louboutin con purpurina asimismo plateada y llevaba puestas las joyas que Alex le había regalado. Entonces, sin más demora, apretó el play para que Etta James comenzara a cantar A sunday kind of love, una melodía muy sugerente que hizo que Alex se removiera sobre el lecho y se pusiera en una actitud expectante. Notó en seguida que la cama se movía y supuso que Paula se había subido a ella, pero como tenía los ojos vendados no pudo verlo. Ella gateó hasta él, le separó las piernas para hacerse un hueco entre ellas, se le acercó y le respiró sobre el rostro. Él estaba muy receptivo. Se acercó a su oído y le habló susurrando:
—Prohibido tocar, Ojitos. —Con una voz más oscura aún, le preguntó—: ¿Entendido?
—Entendido —le contestó él.
Ella había trasladado todos sus complementos a la mesilla de noche; se estiró, tomó una fresa que sumergió en La Grande Dame, la roció con abundante nata y se la colocó en la boca, sosteniéndola entre los dientes; se acercó a la boca de Alex y la apoyó en la de él. Se sorprendió; encendido, abrió la boca y la aceptó. Paula introdujo su lengua junto a la fresa y lo besó; lo succionó tomando plenamente el control. Alex ya estaba enloquecido, porque Paula sabía cómo ponerlo a mil; su erección había crecido: estaba duro y muy excitado. Luego cogió la copa de champán y repitió la maniobra anterior, sólo que esta vez le puso la fresa a él entre los dientes para que se la pasara a ella.
Alex estaba deseoso de levantar sus manos y asirse a su cuerpo, atraparla y aprisionarla contra él, pero ella no se lo permitía.
—No, señor Masslow, usted pidió jugar a este juego, así que ahora tiene que aguantarse.
—Nena, estoy muy caliente.
—Tranquilo, vas a tener todo lo que ansías. —Se acercó a su oído de nuevo y le habló muy cerca—. Lo prometo, mi amor, te daré todo lo que tu mente está imaginando. Te amo, Ojitos.
Alexander sonrió con ese gesto de perdonavidas que tan bien le sentaba y que a ella la descolocaba. Paula no pudo resistirse a los encantos de su hombre y se aferró a su nuca para poseer sus labios; luego se apartó de él. Alex respiraba entrecortado, intentando oír los movimientos de Paula, pero la música se lo impedía. De pronto, sintió que ella enganchaba su dedo en el pañuelo que le cubría los ojos. La seda se desató con facilidad y pudo disfrutar de una imagen incomparable de Paula caminando de espaldas a él. El vestido resaltaba todas sus curvas, como si estuviera impreso en su cuerpo; su culo, que lo enloquecía, parecía realmente grande enfundado en él. Ella se detuvo junto al jacuzzi que estaba incorporado en el dormitorio, abrió las piernas y se agachó cogiéndose de los talones. Después se levantó despacio, de manera muy sensual, mientras se acariciaba las piernas. Cuando llegó con sus manos al bajo del vestido, fingió que iba a levantarlo, pero sólo le mostró el muslo, la puntilla de sus medias de seda y el broche de sus ligueros; luego volvió a cubrirse. Llevó entonces su mano a la cremallera del vestido y la bajó unos centímetros; después se dio vuelta para mirarlo de forma seductora, volvió al cierre y terminó de bajarlo. Sostuvo la prenda a la altura de sus senos con un brazo, para evitar que se viera más de la cuenta, y jugó con su pelo. Lo tiró hacia un costado y se pasó un dedo por los labios. Acto seguido bajó sus manos despreocupada y dejó que el vestido se deslizara por su cuerpo. Alex la miraba alucinado, respirando con dificultad. Paula se quedó en corsé y tanga, dos prendas de encaje transparente que dejaban apenas cubiertas, tras el tul, sus partes más íntimas, esas que él tanto deseaba. Desinhibida y excitada, se pasó la mano por el cuello y lo exhibió ante Alexander echando su cabeza hacia atrás. Embriagada por el momento, hundió los dedos de su otra mano en su cabello. A esas alturas, a Alex ya le costaba tragar; su mirada la recorría y seguía cada uno de sus movimientos. Paula enderezó la cabeza y clavó la mirada en la increíble erección que Alex presentaba ante sus ojos. Lo deseó, sintió electricidad en su cuerpo, un hormigueo en su vientre y una punzada en su sexo; instintivamente, se llevó la mano al pubis y se acarició por encima de la ropa interior, mientras se relamía. Entonces, sin poder contenerse más, se aproximó a su hombre, se apoderó del pañuelo y volvió a arrastrarse sobre la cama de manera muy sensual. Mientras gateaba, la cabeza de Alex iba a mil por hora: Paula se había convertido en fuego, pasión, delirio y Alexander se movió un poco esperando recibirla, pero ella lo sorprendió y le pidió, con una voz muy gutural, que se acostara. Le indicó que levantara ambos brazos por encima de su cabeza y lo ató de las muñecas con el pañuelo; después se sentó a horcajadas sobre él. Alexander estaba entregado, abandonado a sus exigencias. Ella se acercó y le pasó la lengua por los labios; él los quiso atrapar, pero Paula fue muy rápida y se apartó. Se estiró, cogió el bote de nata y escribió «I love» en su torso con él. Alex la observaba fascinado; Paula se inclinó despacio y posó la lengua en su piel mientras lo miraba con verdadera lascivia, hasta que comenzó a lamerle la nata con la que había impregnado su cuerpo. Él se sintió sumamente excitado y cerró los ojos dejando escapar un hondo gemido; imaginó que se iba a correr porque estaba muy caliente, pero intentó serenarse.
Paula enderezó su cuerpo y admiró a su hombre, que yacía vulnerable, entregado. Al notar el movimiento de su cuerpo, él abrió los ojos para verla y, entonces, ella se desabrochó el corsé y le ofreció sus pechos. Inmovilizado, pero deseando tocarlos, le rogó que le permitiera besarla, pero ella se había convertido en una chica muy mala y negó con su cabeza. Se arrodilló en la cama, cogió las tirillas de su tanga y comenzó a deslizarlas, subiéndolas y bajándolas por sus muslos, hasta que, finalmente, de un tirón las rasgó mientras dejaba escapar un gritito de placer contenido.
—¡Dios, Paula, voy a morir en esta cama!
Paula se había transformado en Afrodita, una deidad del deseo, del amor, de la lujuria: era su diosa de la belleza, la sexualidad y la reproducción; era su divinidad personal, emergida de la espuma del mar y creadora de su propio universo, la única capaz de enamorarlo, de hacerlo sucumbir, de volverlo ciego de amor. Se sintió Ares, dios de la guerra, amante de la deidad que tenía sentada sobre su cuerpo. Recordando la mitología griega, creyó que tendría que invocar la clemencia de Poseidón por desearla tanto, por claudicar ante ella como un simple mortal sin voluntad que sólo pensaba en amarla, en hacerla suya, en entregarse lujurioso a su cuerpo.
—Dejame tocarte, nena, dejame fundir mis manos con tu piel.
—Aún no —le negó ella.
Paula se movió con poderío y levantó ligeramente su sexo para introducir el pene en su cavidad, y ambos gimieron aliviados ante ese contacto tan íntimo. En ese preciso instante empezó a mover las caderas; las hizo girar una y otra vez, mientras Alex emitía sonidos desconocidos para ella. Estaba tan extasiado que parecía otra persona y empezó a arquear con violencia su pelvis para enterrarse más en Paula y encontrarla en sus bamboleos. Sus ojos le suplicaban de tal forma que ella se apiadó y desató sus muñecas. Con extrema premura, Alexander movió sus manos ávidas para tomarla de la nuca y la besó: necesitaba empaparse de su sabor, devorarla por completo.
Se movió con astucia hasta dejarla bajo su peso, se apoderó de sus muñecas y la penetró nuevamente, la enloqueció con sus embestidas y se sintió un Adonis sobre su cuerpo. La adoró y se enterró en ella hasta caer rendido, saciado. Paula, por su parte, sintió que las fuerzas la abandonaban, que su cuerpo no le pertenecía y que sus sensaciones eran irreales, míticas. Satisfecha, dejó escapar su nombre entre sus labios y también se dejó ir.
Alex se despertó aturdido y recordó, de pronto, que tenían que ir a cenar a casa de sus padres. La habitación estaba sumida en la penumbra, así que imaginó que debía de ser bastante tarde. Preocupado, cogió su iPhone y miró la hora; efectivamente, rendidos por el esfuerzo en la práctica del sexo, se habían quedado dormidos hasta casi las ocho de la noche. Miró a Paula, que dormía a su lado, desnuda y boca abajo, en ligueros y medias, y se rió recordando lo bien que se lo habían pasado. No pudo resistirse y besó y acarició su espalda; después, con voz de arrullo, la llamó para que se despertase:
—Vamos, nena, nos esperan en el Belaire.
—Hum...
—Venga, Pau, vamos a darnos una ducha rápida y nos vamos.
—¿Qué hora es?
—Las ocho.
—¡Dios! ¡A tus padres les gusta cenar temprano! Pero estoy rendida no puedo levantarme, me duele cada uno de los músculos de mi cuerpo.
—Vamos, bonita, ¿querés que te cargue hasta la ducha?
—No, dejame descansar un poquito más. —Paula se dio la vuelta y Alex le apartó los mechones de pelo que le tapaban la cara. Sus ojos brillaban en la semioscuridad—. Soy verdaderamente afortunada.
—¿Ah, sí?, ¿por qué?
—Porque no hay nada más hermoso que despertarme y encontrarme con tus ojos azules que me miran amándome.
Él le dio un casto beso en la boca.
—Vamos, señorita Bianchi, debemos irnos.
La reunión en el Belaire, junto a toda la familia, fue encantadora. Liam y Harry, los mellizos de Edward y Lorraine, estaban mucho más grandes y compartían más tiempo con sus tíos y abuelos, puesto que ya no dormían tanto. Paula se pasó la noche con Liam en brazos, porque el pequeño tenía predilección por ella y, cada vez que la veía, quería sentarse en su regazo.
—Creo que Liam está enamorado de ti, Paula —le dijo Lorraine mientras intentaba cogerlo en brazos para darle el biberón. Harry ya se lo había tomado y se había dormido, pero el otro pequeñín lloraba y se aferraba al cuello de la joven; no quería ir con su madre.
—¿Sabés? Con mis sobrinos me pasa lo mismo, cuando voy a la plantación no hay quien los despegue de mí, parecen pequeñas garrapatas; mi hermano dice que soy su ídolo.
—Tienes feeling con los niños, se nota —le dijo Lorraine, mientras Liam chupaba el mentón de Paula.
—¡Oh, Dios, Alex! ¡Mirá a tu sobrino! Creo que quiere robarte la novia.
Su cuñada llamó la atención de Alexander, que estaba un poco lejos, bebiendo una copa de champán junto a Chad. Sonrió mientras se les acercaba, besó la mejilla del niño y le hizo monerías en su regordete cuello.
—¡Vamos mal, entonces! Pero te entiendo, Liam, es imposible resistirse a esta belleza, ¿verdad? Creo que definitivamente tiene tan buen gusto como su tío. —El niño pareció escucharlo con atención, pues le clavó la mirada y sonrió achinando sus ojitos y dejando escapar una carcajada. Después agitó las manitas y le estiró los brazos a Alex, que no pudo resistirse y se agachó para levantarlo, después de entregarle su copa a Paula. Pero cuando el pequeño vio que se separaba de ella, se tiró de nuevo en sus brazos haciendo un puchero—. ¡Hey, hey, no llores! Tu tía no se va a ningún lado, se queda acá con nosotros.
Pero Liam no lo entendía así y Paula decidió cogerlo en brazos otra vez.
—Dame, Lorraine, yo le doy el biberón y me encargo de que duerma —se ofreció gustosa Paula.
—Pero mirá que tenés que acostarte en la cama con él; Liam es el más difícil de dormir.
—No te preocupes, será un placer.
A Alex le generó muchísima ternura descubrir ese lado tan maternal de Paula y, de pronto, empezó a fantasear.
—Ya vuelvo, amor, voy a darle de comer a este tragón y a hacerlo dormir.
Alex sonrió con el corazón en la mano y le guiñó un ojo.
Paula estaba tardando más de la cuenta, así que decidió ir hasta el dormitorio que Bárbara había preparado para sus nietos. En cuanto entró, ella le indicó que no hiciera ruido, llevándose un dedo sobre los labios. Se quedó mirando a Paula y a Liam, que dormía aferrado a su cuello. Su corazón dio un vuelco ante esa imagen tan entrañable y sintió cosquillas en el alma. Especuló una vez más con tener un hijo propio y esa idea le gustó más que nunca. Se acostó con sigilo al otro lado de la cama.
—Chis, se acaba de dormir —le susurró ella.
—Estás hermosa con un bebé en los brazos... —le dijo él bajito, con un codo apoyado en la cama.
—Me encantan los niños y Liam parece estar encantado conmigo.
—Creeme que lo entiendo.
—Tonto. —Ella hizo una pausa—. Mientras lo hacía dormir imaginaba cómo sería un hijo nuestro.
—Hermoso, como la mamá.
—Hum, yo quiero que se parezca a vos.
—Y yo quiero que se parezca a ambos.
—¿Te gustaría tener hijos pronto?
—No me molestaría, sería la forma de perpetuar nuestro amor. ¿Y a vos te gustaría?
—Sí, me encantaría que fuera rápido, porque así cuando ya sea grande, tendremos tiempo para nosotros.
—De todos modos, tendremos tiempo para nosotros.
—Sí, lo sé, pero deberemos repartirlo con él.
—O con ella.
—O con él y ella, o con dos varoncitos o dos nenitas; no te olvides de que, siendo vos mellizo, las posibilidades son altas.
—Hum, eso sí que sería complicado, ¿verdad? Con dos niños, necesitaríamos ayuda.
—En mi próxima consulta con el doctor Callinger, le preguntaré cuál es el tiempo prudencial que tiene que pasar para que me pueda quedar embarazada.
—Me parece perfecto.
—No puedo creerlo.
—¿El qué?
—Que estemos planeando tener hijos.
—A mí también me cuesta creerlo, antes nunca... nunca me imaginé con un hijo en brazos y hoy, Paula, debo confesar que es uno de mis más grandes anhelos, después de que nos casemos.
Alex la besó y Liam hizo un ruidito, se removió y se estiró, dándole con el pequeño puño en la cara a Alex.
—No quiere que me beses —le advirtió Paula. Se rieron y Alexander le dio un beso en la manita a Liam... ¡Olía tan bien!—. Dejame ponerlo en la cuna, así podemos volver con los demás.
—Sí, además Bárbara está esperando para servir la cena.
Como de costumbre, cuando terminaron de cenar, la reunión se extendió al salón, donde tomaron café y siguieron charlando. Los temas de conversación en familia siempre eran variados e inagotables; pero, ese día, Amanda y Chad estaban esperando ansiosos que todos estuvieran preparados porque querían comunicarles algo.
—Tenemos una noticia que darles. —En cuanto Bárbara oyó esas palabras, supo en seguida lo que iba a decir su hija y se cubrió la boca—. Sí, mamá, emocionate, porque en ocho meses va a llegar el primer McCarthy.
Alex fue el más efusivo, se levantó como un resorte y se abrazó a su hermana; le besó el cabello y el cuello y se mostró realmente conmovido, y es que la unión que ellos tenían desde el útero era imposible de disimular. La apartó para contemplarla y le palpó el vientre con perplejidad.
—No puedo creerlo, pendeja, ¡vas a ser mamá!
—Sí, hermanito, podés creértelo porque es cierto.
—¡Dios! ¡Estoy contento como si el padre fuera yo!
Todos se rieron, Chad le palmeó la espalda y Alex lo abrazó.
—¡No quiero imaginar cómo te vas a poner el día que te enteres de que vas a ser padre!
—Es cierto que con mis otros sobrinos también lo disfruté —le dijo Alex a Edward—, pero con el embarazo de Lorraine estábamos todos tan asustados...
—Te entiendo, hermano, no hace falta que te justifiques.
—Además, todos sabemos cuán unidos están ustedes —añadió Jeffrey—. La época de los celos ya se nos pasó. No somos críos.
—¡Desde luego que no sois críos, está a punto de llegar mi tercer nieto!
—O nieta, papá.
—¡Vení acá, chiquitina mía, no puedo creerlo! —Joseph también estaba muy emocionado.
Todos querían felicitar a Amanda, pero como Alex no acababa de soltarla, se abalanzaron a abrazar a Chad, que esa noche también estaba muy conmovido. La noche se convirtió en un gran festejo en casa de los Masslow. No era extraño: la familia se agrandaba y la niña mimada de todos se iba a convertir en madre.
Por la mañana, Alex se levantó muy temprano. La noche anterior le había dicho a Paula que quería retomar su actividad física y que saldría a correr antes de ir a la empresa; así que se calzó las zapatillas deportivas, se puso un chándal y, mientras ella se quedaba remoloneando en la cama, se fue a trotar.
Pero, en realidad, su verdadera intención era otra. Lo de salir a correr sólo había servido de excusa para Paula, porque él todavía tenía algo pendiente con Gabriel Iturbe y pensaba acabar de una buena vez con el asunto. Se dirigió hacia Broome Street, donde esperó al acecho la oportunidad de que alguien entrase en el edificio de Gabriel y, finalmente, logró colarse en él.
—Hola, Samo, ¿cómo le va? —Había averiguado el nombre del portero y lo llamó por su nombre para que pensara que se trataba de alguien conocido y no lo detuviera. Aun así, intentó ocultar su cara. Subió hasta el ático, golpeó con decisión y, en cuanto se abrió la puerta del apartamento, se encontró con él. Entonces, sin mediar palabra, le encajó un puñetazo que cogió a Gabriel por sorpresa y lo hizo trastabillar.
—¡Hijo de perra! ¡No te acerques más a mi mujer! —le espetó furioso.
—Paula aún no es tu mujer —le contestó Gabriel—. Además, si la quisieras tanto como decís, la hubieras cuidado mucho más; ¡casi la mata una de tus putas!
Gabriel se envalentonó y le lanzó un guantazo que Alex supo esquivar muy bien, porque practicaba artes marciales y era muy diestro. ¡Cómo se atrevía a juzgar lo que él sentía por Paula! Alexander respondió lanzándole otro puñetazo que le dio de lleno en la mandíbula y le cortó el labio: estaba furioso. Gaby cayó al suelo y Alex, irascible y totalmente fuera de sí, se abalanzó sobre él y lo cogió por el cuello.
—¡No te metas más en nuestras vidas! ¡No sabés una mierda de mí como para juzgarme de esa forma! ¿Quién te creés que sos para decirle a Paula las cosas que le dijiste? ¡Olvidate de que ella existe! ¿Me oíste? ¡Olvidate de mi mujer, porque Paula es mi mujer y muy pronto será mi esposa! No quiero volver a enterarme de que te acercás a ella. Si querés conservar tu salud, ni pienses en ella, porque la próxima vez no te voy a romper la boca, te voy a romper cada uno de tus huesos —le gritó furibundo.
Gabriel le atizó un puñetazo en el pómulo desde el suelo y esta vez sí acertó, pero Alex le encajó otro en la nariz que le hizo brotar la sangre y lo dejó casi sin sentido por el dolor. Luego lo soltó, dejándolo tirado allí, y se escurrió por la escalera.
Salió del edificio y corrió hasta el Washington Square Park. Necesitaba serenarse, así que dio una vuelta al parque trotando y después paró un rato, para surtir de aire sus pulmones. Se compró un refresco en uno de los puestos que había por la zona y decidió regresar a casa.
En el ascensor, se dio cuenta de que tenía la camiseta salpicada de sangre, así que cuando entró en el vestíbulo del apartamento de la calle Greene, se la quitó y la enrolló en su mano. Paula ya estaba a punto de preparar el desayuno para ir luego a la empresa. Alex entró, se le acercó, la abrazó y le dio un profundo beso; luego se fue a duchar. En el baño, se miró al espejo, pero no tenía rastros en su cara del puñetazo; mejor así, así no tenía que explicarle nada a Paula.