Capítulo 11

AMANDA y Chad ya estaban en Per Se, esperando a los demás. Liliam y Paula llegaron en seguida y ella saludó a su cuñada de forma efusiva. Sólo faltaba Jacob, pero había avisado que estaba aparcando el coche, así que decidieron pedir un aperitivo mientras lo esperaban.

El iPhone de Paula vibró en su bolso; era un whatsapp. Lo miró pensando que era de Alex, que debía de seguir insistiendo, pero al desbloquear la pantalla vio que era de Chloé. Entonces lo abrió y vio que, con el mensaje, había llegado una foto de la puerta de una habitación.

—Paulette, amiga, estoy nerviosa como si fuera la primera vez. Él me pone en este estado, me paraliza y, cuando me habla, pierdo la razón. Estoy a punto de llamar a su puerta. Mañana te contaré cómo me fue con Alex, pero intuyo que es un gran amante; me encantan sus manos, no veo la hora de que, por fin, me haga suya.

Paula empalideció, se mareó y hasta sintió náuseas. Volvió a releer el mensaje; no podía creerlo y tenía la esperanza de haberse equivocado al hacerlo por primera vez, pero no, no había error posible. Alex estaba a punto de traicionarla, de tirar por la borda todo lo que tenían. Guardó el teléfono y miró a Amanda con desesperación; ella había notado en seguida la lividez de su rostro y la cogió de la mano.

—¿Pasa algo? ¿Te sentís mal?

—Creo que me bajó la tensión de golpe. —Estaba consternada. La miró a los ojos y vio en ellos los de Alex.

—Vamos al baño —le sugirió Amanda. Liliam quiso ponerse de pie, pero Paula la frenó, sin importarle resultar grosera, y le indicó que su cuñada la acompañaba. Ya en el baño, se apoyó sobre el lavamanos; sentía que las piernas le cedían.

—Paula, me estás asustando, estás muy pálida. ¿Llamo a urgencias?

—¡No! —Sacó el móvil de su bolso, buscó el mensaje y se lo enseñó a la joven.

—Lo mato, lo mato... Te juro que lo mato. —Inmediatamente, Amanda rebuscó su teléfono en el bolso.

—¿Qué vas a hacer?

—Llamar al malnacido de mi hermano e interrumpirle el polvo.

—¡Noooo! —gritó Paula con vehemencia—. Ya todo ha terminado, dejalo que se siga revolcando con esa zorra, con ella seguramente tendrá lo que merece. —Paula recordó las palabras de Gabriel en la cafetería y se tambaleó—. No me interesa nada más, sacame de acá, Amanda, por favor, llevame... no sé dónde, pero sacame de acá, no quiero que me vean así de destruida. Tu hermano acaba de aniquilarme.

—No llores, no lo hagas, Alex no merece una sola de tus lágrimas.

Amanda le secó las que habían escapado de sus ojos.

—No puedo creerlo, no me entra en la cabeza que me haga una cosa así.

—Pero... ¿por qué esa calientapollas te envió ese mensaje a vos?

—Supongo que se confundió. Ella es la inversionista con quien Alex fue a negociar la apertura de Mindland en París. Su amiga debe de llamarse Paulette, mi nombre estará arriba del de ella, o no sé, es obvio que ese mensaje no era para mí. Por favor, no quiero regresar a la mesa ni al Belaire.

—Salí a la calle que yo busco a Chad y nos vamos a casa. Te juro que lo voy a asesinar con mis propias manos; esto no tiene perdón. No te preocupes por nada, no estás sola, Paula, yo estoy a tu lado —le dijo y la abrazó con fuerza.

Amanda se disculpó frente a Liliam y Jacob, les dijo que Paula no se encontraba bien y que la llevaba al Belaire para llamar a su médico personal. Le sugirió a Chad que se apresurase en pedir el coche, porque Paula esperaba afuera; había salido para que le diera el aire fresco en la cara.

—Me siento culpable, ¿será que caminó demasiado? Alex va a matarme.

—No, Liliam, no es culpa tuya. —Le acarició la espalda intentando quitarle presión, parecía muy angustiada—. No te preocupes, cuando venga el médico te llamo para contarte qué nos ha dicho.

—Por favor, no dejes de hacerlo, ¡hemos pasado una tarde fantástica!

En cuanto Amanda se separó de la mesa, y mientras salía a la calle, marcó el número de su hermano haciendo caso omiso a lo que Paula le había pedido. El teléfono sonó unas cuantas veces antes de que él atendiera.

—¡Agarrá el teléfono, maldición! ¡Atendé Alexander! ¡Dejá de follarte a esa zorra y atendeme!

—Hola, ¿le pasa algo a Paula? —Alex sabía que iban a cenar juntas y se alarmó.

—¡Sos un jodido! ¿Ya te la tiraste o te interrumpí justo en mitad del polvo?

—¿Qué? ¿De qué hablás?

—¿Cuál es el número de tu habitación?

—No entiendo nada, Amanda, ¿de qué mierda estás hablando?

—¿Cuál es el número de tu habitación? Alex, no seas tan jodido, no me tomes por estúpida. ¿Cuál es el maldito número de tu habitación? —le gritó Amanda y varias personas que estaban en el lugar la miraron.

—El 118.

Amanda cerró los ojos; la última gota de esperanza se había escapado: era el mismo número que aparecía en la foto.

—Tenés a esa zorra ahí dentro, ¿no? ¿Cómo pudiste hacerle eso a Paula? No puedo creerlo, jamás pensé que podías llegar a ser tan ruin. Me siento sumamente decepcionada. Lo siento, hermano, en ésta no voy a acompañarte, me defraudaste. Olvidate de que existo.

—¿Qué? ¿Estás loca? No sé de qué me estás hablando.

—De la zorra esa que tenés en tu habitación, ¡de Chloé te hablo!

—¿Cómo sabés el nombre de Chloé?

—Suficiente, ya me dijiste todo lo que necesitaba saber.

Amanda cortó y tiró el teléfono en su bolso; estaba colérica, agresiva. Llegó hasta el vestíbulo del restaurante, se cogió la cabeza entre las manos y salió a la calle. Chad y Paula esperaban en el coche a que ella saliera.

—¿Qué está pasando, Amanda? ¿Podrías explicármelo? Le pregunto a Paula y no para de llorar... Que alguien me cuente algo, por favor.

—Vamos a casa, mi amor, ahora te explico. Mi hermano ha metido la pata hasta el fondo. Te juro que lo que ha hecho no tiene perdón.

El teléfono de Amanda no paraba de sonar; Alex la llamaba frenéticamente sin poder entender bien el embrollo.

—¿Cómo mierda sabe Amanda que Chloé estuvo acá? —se preguntó en voz alta mientras intentaba volver a comunicarse con ella. Le escribió un mensaje de texto.

—¡Atendeme, estúpida! Te juro que cuando llegue a Nueva York te vas a arrepentir. Atendeme y explicame lo que creés y por qué. ¿Cómo mierda supiste que Chloé había estado en mi habitación? Te juro que tengo ganas de molerte a palos como cuando éramos críos. Cogería un avión sólo para ir a patearte el culo.

Amanda estaba furiosa con Alex y no pensaba contestarle. «¡Encima tiene la desfachatez de exigir y hacerse el nervioso!», pensó. Iba sentada atrás, arrullando a Paula, que no dejaba de llorar. Llegaron a su casa en seguida.

La noche no podía ir peor para Alex. Primero se había enterado de que Paula y el bróquer se habían encontrado. Después se le había presentado Chloé en la habitación y se había desnudado frente a él esperando que se la follara; y, ahora, lo llamaba Amanda y daba por sentado que sí se había follado a Chloé.

—Pero ¿cómo mierda supo que Chloé había estado acá? —gritó sin poder entender nada.

La cabeza le iba a estallar. Estaba sentado en el borde de la cama y se apretaba las sienes mientras intentaba, una y otra vez, que Amanda lo atendiese. Como sabía que la testaruda de su hermana no iba a hacerlo, pensó en llamar a Paula. Pero desistió de la idea de inmediato: era más que obvio que ella tampoco iba a responder a su llamada. Además, quería saber antes qué era lo que Paula suponía. Finalmente, decidió probar con su cuñado.

—¿Chad?

—Hola, Alex.

—Pasame con Amanda.

—No creo que quiera atenderte, está furiosa con vos y además está con Paula.

—¿Están todavía en el Per Se?

—No, Paula se descompuso y nos vinimos para casa.

—¿Cómo que Paula se descompuso? —Se puso de pie mientras se pasaba la mano por el pelo, desesperado—. ¿Qué tiene, Chad? ¿Llamaron al médico? No me asustes, ¿qué le pasa?

—Está destrozada, ¿qué le va a pasar? No para de llorar después del mensaje y de la foto que recibió de la francesa. Cuñado, no sé cómo vas a salir de ésta. Lo que hiciste no tiene escapatoria, estás jodido.

—No entiendo nada, Chad, pasame con Paula.

—Vas a conseguir que me pelee con tu hermana.

—¡Chad, no me jodas, pasame con Paula! —le gritó.

Su cuñado golpeó la puerta de la habitación de huéspedes, donde Amanda seguía consolando a Paula, entró y le dijo que Alex quería hablar con ella. Entonces, ésta chilló para que él pudiese oírla:

—¡Que se vaya a la mierda, no quiero hablar con él nunca más, que se olvide de que existo!

Chad se puso el teléfono en la oreja.

—Alex, lo siento.

—Ya la escuché, ponele el teléfono en la oreja —le ordenó.

—No quiere, Alex, no la puedo obligar.

Amanda se levantó y le arrebató el móvil de la mano después de mirarlo con furia.

—¿Qué carajo querés? ¿No entendés que no quiere hablar con vos? Nadie acá quiere hablar con vos. ¡Sos un maldito infeliz, Alex!

—No me cortes, no te pongas histérica y contestame a lo que te pregunto: ¿qué foto y qué mensaje le llegó a Paula?

Amanda miró a Chad como si se lo quisiera comer, apartó el teléfono de su oreja y le habló a su esposo:

—Sos un soplón. —Volvió a colocarse el móvil en la oreja, se lo llevó por delante y salió de la habitación—. La francesa le mandó un mensaje a Paula por equivocación justo cuando estaba entrando para follar con vos. Supuestamente era para una tal «Paulette». ¡Se te atragantó la aventurita que pensabas echarte en París sin que Paula se enterara! Y la foto era de la puerta de tu habitación. No tenés excusa ni perdón, Alexander, ¡te fuiste a la mierda!

—¡Mierda! ¡Maldita hija de puta! Pasame con Paula y dejame que le explique, no pasó nada. Es cierto que Chloé vino, pero la rechacé, te lo juro, Amanda, no pasó nada.

—No te creo.

—¿Por qué no me crees? ¡Sabés de sobra cuánto amo a Paula! ¿Pensás que, después de todo lo que pasó, voy a arriesgarme a perderla? ¡Esto es una gran putada, Amanda! —le gritó Alex desesperado—. ¡No seas estúpida, amo a Paula más que a mi propia vida, te juro que la he rechazado! Pasale el teléfono, por favor, porque esta vez no puede ser como en Buenos Aires, tiene que dejarme que le explique, ¡ponme con Pau!

Amanda entró de nuevo en la habitación, pero el llanto y el cansancio habían vencido a Paula. Estaba adormilada y dopada, puesto que su cuñada le había dado un calmante; era obvio que le había hecho efecto.

—Alex, se ha dormido. ¿Por qué no dejás que descanse? Mañana va a estar más tranquila y te escuchará más predispuesta.

—Necesito aclarar esto ahora mismo, no quiero que crea algo que no es cierto. No deseo que sufra por nada.

—¿De verdad no te acostaste con la francesa? Jurame que puedo creerte.

—¡Te digo que no! ¿Cómo podés desconfiar de lo que siento por ella? He cambiado, Amanda. Paula ha transformado mi vida, con la única persona con la que quiero estar es con ella... ¿Tanto te cuesta creerlo? Yo no la invité; se me apareció y la despedí inmediatamente.

—Es que ese mensaje se puede interpretar de varias maneras; o que ella fue o que vos la invitaste.

—¿Qué mierda decía el mensaje?

—No recuerdo bien.

—Buscá el móvil de Paula y leémelo.

—Esperá que baje al salón, creo que el bolso de Paula quedó ahí.

—Leeme el mensaje y despertá a Paula; necesito que me pases con ella, no es justo que crea algo que no es.

—No seas cabezón, de tanto llorar, hace un rato le dolía la herida; dejala que descanse. Le di un calmante para que se relajara. —Al otro lado, se hizo un profundo silencio, sólo se oía la respiración acongojada y cansada de Alex.

—No es justo que nos pasen todas estas cosas, Amanda. Te juro que quiero descuartizar a esa zorra de Chloé. No puedo creerme que esté pasando esto. Leémelo y mañana la llamo.

—Mejor te lo envío a tu número.

—Muy bien.

Alex leyó y releyó el mensaje, y no paraba de insultar a Chloé mientras lo hacía. Tenía ganas de romperlo todo. Era realmente increíble; parecía que los problemas los perseguían y que nunca se alejarían de ellos. Pensaba en Paula, en lo mucho que se habría angustiado, y no podía dejar de sentirse impotente; odiaba estar tan lejos de ella. Al final, entre el ahogo y la desazón que sentía en su pecho, terminó durmiéndose cuando ya despuntaba el día.