Capítulo 27
AQUÉLLA iba a ser su primera noche en casa con los niños. Al final, habían decidido poner ambas cunas en el dormitorio principal hasta que fueran un poquito más grandes, pues como había que atenderlos cada tres horas, era más cómodo y facilitaba las cosas tenerlos cerca. Ya habría tiempo de sobra más adelante para que cada uno ocupase su dormitorio.
Alex cambió los pañales de Melissa, que justo había terminado de tomar el pecho, mientras Paula amamantaba a Nicholas.
—Uy, uy, sí, mi princesa. Ya sé que no te gusta que te moleste, pero te has hecho cacona y papá debe limpiarte, para que esa piel tan tersa no se resienta —le hablaba Alex con una voz ñoña, mientras le levantaba las piernitas para limpiarla.
Paula los miraba embelesada. Alexander se desenvolvía con sus hijos de manera extraordinaria, parecía todo un experto en el cuidado de bebés. Después de cambiarla y de arroparla bien, se sentó en el borde de la cama para darle el suplemento de leche que le habían indicado como refuerzo para su alimentación, ya que, como eran dos, la leche de Paula no era suficiente para que se alimentaran como correspondía.
—Despacio, princesita de papi, te vas a atragantar. —De repente, Paula se quejó—. ¿Qué pasa?
—Es que Nicholas me hace ver las estrellas cuando succiona. ¡Este bandido es muy tragón!
—Estás hermosa amamantando a nuestro hijo. Sinceramente, no puedo creer cómo han cambiado nuestras vidas.
—¡Son tan bonitos, Alex...! Y no es porque sean nuestros hijos, pero son unos bebés realmente bellos.
—Sí, lo son.
—Me siento feliz de que ambos hayan salido con el color de tus ojos.
—A mí me hubiese encantado que tuvieran el tuyo.
Paula se estiró y le acarició la mejilla a contrapelo.
—Ahora tengo tres ojitos en casa. —Alex se movió y la besó en los labios.
El período de cuarentena pasó y ellos ya habían aprendido a organizarse bastante bien con los niños. Todo estaba establecido al dedillo: los horarios de la comida, los del baño, los de los cambios de pañales. Los dos pequeños eran adorables y descansaban bastante bien por las noches.
Pero a pesar de lo tranquilos que eran, tanto Alex como Paula estaban bastante agotados y tenían la sensación de no disfrutar de tiempo para ellos. Así que, después de hablar largo y tendido sobre ello, y aconsejados por el pediatra y también por Edward y Lorraine, decidieron buscar ayuda para comenzar a gozar más de la paternidad y también de su relación de pareja. Al final, optaron por contratar a una niñera para que los ayudara durante el día.
—Me siento angustiada por haber sacado las cunas de nuestro dormitorio.
—¡Hey, mi amor! Tenemos los monitores instalados correctamente. Mirá, desde acá podemos verlos y oírlos: están perfectamente dormidos.
—Lo sé, sin embargo me preocupa que ya no estén acá con nosotros, ya me había acostumbrado.
—Pero ¡con tan hermosos dormitorios que hiciste decorar! Lo lógico es que los usen, ¿no?
—Tenés razón. —Se abrazaron.
—Además, señora Masslow —le dijo Alex con voz melosa, la cogió de la cintura y la oprimió contra su pecho—, su marido la extraña demasiado.
—Lo sé, yo también te echo de menos, mi amor.
Alex la besó con intensidad.
—En ese caso, déjeme decirle, que hoy usted está irresistible con ese pantalón que lleva puesto. —Su mirada se oscureció—. Tu culo me volvió loco durante todo el día, me muero de ganas de hacerte el amor, Paula.
Ella cogió su rostro entre las manos y le lamió los labios.
—Yo también quiero que retomemos nuestra actividad sexual y que sea tan intensa como antes de saber que estaba embarazada. Deseo que me hagas el amor de todas las formas en que se te ocurra hacérmelo.
Alex la besó con urgencia, con sumo apremio, moviendo su lengua por toda su boca. Sin abandonar sus labios, la llevó hacia atrás, hasta que finalmente chocaron con la cama, entonces la tendió sobre ella y se recostó sobre su cuerpo, metió una de sus manos bajo el suéter de hilo y le acarició los senos sobre el sostén.
—Estoy realmente desesperado por entrar en tu cuerpo.
Paula alzó los brazos sobre su cabeza y él levantó el suéter para quitárselo; con la palma extendida le recorrió las formas, le acarició su tersa piel y admiró aquellas curvas tan conocidas para él, pero que ese día parecían nuevas, diferentes.
Había pasado un mes y medio desde que Paula había dado a luz a los mellizos, pero su cuerpo lucía escultural otra vez, idéntico a como había sido antes, sólo que ahora tenía la huella de la maternidad, algo que él conocía muy bien porque la había acompañado en todo el proceso. La deseó como nunca, se estremeció acariciándola mientras la recorría una y otra vez con sus manos, la atrapó de la cintura y volvió a dominar el néctar de su jugosa boca, se adueñó de sus labios de terciopelo y los arrulló con su lengua mullida y sedosa.
Alex restregaba la bragueta de su pantalón contra el de ella, para enseñarle lo duro que estaba. Llevó sus manos a la cremallera del vaquero, la bajó y se apartó para quitarle el pantalón. De pie junto a Paula, se quitó el jersey por encima de la cabeza, desabotonó su pantalón y se deshizo de él. Ambos estaban en ropa interior. Paula se sentó en la cama con los pies apoyados en el suelo y le recorrió los huesos de la cadera con las manos y, cogiendo el elástico del calzoncillo, se lo bajó para liberar la sublime erección de su esposo. Le atrapó el pene con la mano y lo apresó con la boca, le lamió la punta recogiendo una gota y lo miró mientras lo succionaba. Entonces se dio cuenta de que estaba desarmado, entregado a la caricia que su boca le proporcionaba. Alex se inclinó y la cogió por los hombros, mientras emitía un sonido gutural. Hizo reptar sus manos de los hombros hasta la espalda y le desabrochó el sostén, la ayudó a recostarse y, con las palmas extendidas, le acarició el vientre. Acto seguido, enganchó sus dedos en las tiras de su tanga para deslizarlas por sus muslos y Paula lo ayudó levantando sus caderas. Alex la miró obnubilado, la admiró desnuda, tentado por la exquisitez de su cuerpo, le acarició la pelvis con la palma de su mano, descendió lentamente y hundió un dedo en su vulva, mientras con el pulgar le rodeaba el clítoris y la hizo gritar. Presuntuoso disfrutó de verla retorcerse de placer, sonrió con lascivia y la deseó con lujuria. La cogió por la cintura con habilidad y la hizo girar sobre la cama, la dejó boca abajo y arrodillado se inclinó para apoderarse de su espalda, le pasó su lengua por toda su extensión, lamiéndola, mordiéndola y dándole chupetoncitos sobre la piel. La sentía más suya que nunca, él era su único dueño; Paula le pertenecía en todos los sentidos.
Sin poder resistirse más, le separó las nalgas y se hundió en su vagina, introdujo su pene y comenzó con la fricción. Ella había estirado sus brazos hacia adelante y él también estiró los suyos hasta apresar sus muñecas, mientras seguía con el intenso vaivén de su cuerpo. La embistió, la espoleó con su sexo, mientras gemía en su oído con desenfreno.
—Te amo, Alex —dijo ella con voz entrecortada.
—Yo también, Paula, tenerte así es glorioso.
—Te extrañaba más de lo que creía.
—Hum, sos exquisita, nena. —Alex, embriagado con el aroma de su cuello, no dejaba de moverse. La pasión los consumía sin mesura.
Paula reptó sobre la cama, lo hizo poner de espaldas y se subió sobre él a horcajadas. Él posicionó su sexo a la entrada de su vagina y volvió a penetrarla. Ella trotó sobre él, lo cabalgó desbocada y Alex movía su pelvis para encontrarla en cada movimiento. Ambos habían fijado su mirada en el otro y sus ojos decían mucho más de lo que sus labios podían pronunciar. Se deseaban de forma irresistible, sus cuerpos necesitaban calmar su sed de pasión. Se cogieron de las manos, Paula inclinó su cuerpo para besarlo y ella le habló sobre la boca:
—No aguanto más.
—Tranquila, preciosa, tranquila.
Alex detuvo sus movimientos dejándola con ansiedad. La colocó bajo su cuerpo y se metió despacio en el hueco que sus piernas le dejaban. Con su miembro en su interior, la miró, le acarició los muslos y dejó escapar un quejido audible. Después, comenzó a moverse de nuevo, a espolearla, a arremeter contra ella con más furia que antes; todas sus pretensiones de autocontrol se habían disparado. Tenía una mano en sus caderas y con la otra le acariciaba el vientre.
—¡Voy a correrme, Alex!
—Lo sé, mi amor, lo estoy sintiendo.
Ambos consiguieron el alivio a la vez. Paula apretó las sábanas y él se aferró a sus nalgas, le clavó los dedos en los muslos y también se dejó llevar.
Delirantes, agitados aún, se quedaron de costado mirándose a los ojos. Paula le recorría el puente de la nariz con un dedo y Alex le acariciaba la espalda desnuda, estaban extenuados, la pasión había acabado con sus fuerzas.
—No puedo creer que nuestra vida sea tan perfecta.
—Hum, es que nuestro amor es inmenso, Paula, por eso es posible.
Miraron los monitores para cerciorarse de que ambos bebés dormían y, entonces, Alex cogió el cobertor y los tapó; entrelazaron sus brazos y sus piernas para entregarse también a un sueño reparador.