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ANDALUCÍA, LA INTOCABLE

 

 

 

 

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A la fuente del deseo dice mi mare que vaya,

a ver si me sale novia la más bonita de España.

 

EL BARRIO, grupo musical, 2000

 

 

El mapa de Andalucía debería destacarse con una trama espesa. Una trama que lograse oscurecer todos los matices y contradicciones que conforman la región española más poblada y más enamorada de sí misma. La que aporta más diputados al Parlamento español, gracias a lo cual podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Andalucía ocupa el cuarto puesto en el ranking de poder del sistema peninsular: detrás del Gran Madrid, detrás de Portugal y detrás del Gran Luxemburgo hispánico (País Vasco y Navarra). Andalucía tiene poder, no lo duden. Por ello es la esfera autonómica más adulada. La intocable.

Andalucía podía haber sido Calabria si la restauración democrática de 1977 no hubiese logrado articular con suficiente energía y eficacia los afanes de progreso material que latían en todo el país, una sed de mejora que en realidad fue el motor principal de la transición. Los españoles querían democracia, es cierto; querían olvidarse del franquismo, también es cierto; querían ser europeos, lo cual todavía es más cierto; pero sobre todo querían vivir mejor que sus padres. Aspiraban a un empleo mejor en un momento en el que comenzaba a ser visible el lento ocaso del trabajo manual. Querían tener un buen coche y un buen piso. Querían más libertad para ser felices. En los pueblos y en las ciudades muchos españoles ambicionaban el futuro que a sus padres les fue negado. Y en no pocos pueblos de Andalucía el primer peldaño de ese futuro consistía en tener agua corriente en casa. Este fue el nervio principal de la transición y no debiéramos olvidarlo, ahora que buena parte del programa de mejora se ha cumplido y el futuro se halla aquejado de un preocupante vacío argumental. La transición fue, ante todo, un pacto, una articulación de pactos, para poder vivir mejor.

Y los andaluces aprovecharon la oportunidad que se les presentaba. Vaya que si la pillaron. La implantación de un sistema electoral basado en la proporcionalidad provincial (artículo 68 de la Constitución) otorgó a Andalucía un papel muy importante en el proceso democrático desde sus inicios. Quien gana en Andalucía no tiene la victoria asegurada en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo de Madrid, pero se coloca muy cerca del triunfo. Con una superficie equivalente a la de Portugal y una población de ocho millones de habitantes (dos millones por debajo de la población portuguesa), las ocho circunscripciones electorales andaluzas aportan 71 diputados al Parlamento español.

La pelea empezó el primer día. La Unión de Centro Democrático, la amalgama centrista, el partido-autobús de Adolfo Suárez, Fernando Abril Martorell y Rodolfo Martín Villa, sufragaba bajo mano a los andalucistas de izquierda (el Partido Socialista Andaluz del incombustible Alejandro Rojas-Marcos) con el ánimo de pasar la lima a las expectativas del PSOE, cuyo joven y dinámico grupo dirigente era sevillano. Lo cuenta con bastante precisión el historiador Charles Powell en España en democracia, indispensable relato de la transición. La respuesta de la gente de Isidoro (seudónimo de Felipe González en la clandestinidad) no se hizo esperar: el PSOE decidió empuñar la bandera blanquiverde, encabezando la reclamación de una mayor autonomía para Andalucía, mientras Suárez jugaba su primera tanda de póquer con vascos y catalanes. El PSOE no se dejó desbordar por el flanco regionalista y lo hizo con un potente grito de guerra: «¡Nosotros, los andaluces, no seremos menos que los catalanes!». Retenga el lector ese lema, porque sin él no se entienden los últimos treinta años de democracia en España.

Los socialistas fuerzan la celebración de un referéndum sobre la vía rápida a la autonomía y colocan al partido de Suárez contra las cuerdas. El ministro de las Regiones, José Clavero, patriarca de un posible y nunca realizado andalucismo de derechas, presenta la dimisión, disconforme con la negativa del comité directivo de UCD a colocar a Andalucía en el carril preferente. El Gobierno Suárez acaba perdiendo el referéndum, pese a que las condiciones del mismo juegan claramente a su favor (la pregunta es casi ininteligible y el sí debe triunfar en las ocho provincias). El 28 de febrero de 1980, el electorado andaluz dice sí a la autonomía rápida, con la única excepción de la provincia de Almería. Suárez no se atreve a paralizar el proceso (Almería será repescada más tarde) y el PSOE comienza a afianzarse como el gran partido regional del sur de España. Se inicia el descalabro de la UCD y se reparten las tazas del «café para todos»: extensión del sistema autonómico a todo el país a una velocidad superior de la inicialmente prevista, con la consiguiente licuación del estatus diferencial de vascos y catalanes; sobre todo de los catalanes. Un año después, fracasa el golpe militar teóricamente destinado a tomar el mando de la cafetera. Y otro año después Isidoro, el andaluz, el oportuno regionalista andaluz, es ya presidente del Gobierno, con una mayoría parlamentaria colosal.

Veintisiete años después de aquel decisivo referéndum, el domingo 18 de febrero de 2007, los andaluces casi ni se tomaron la molestia de ir a votar el nuevo Estatuto de autonomía que actualiza el lema fundacional «¡Nosotros no vamos a ser menos que los catalanes!». Aquel domingo, Sevilla fue a tocar la guitarra a orillas del Guadalquivir. El día era soleado y las terrazas estaban llenas a rebosar. Era difícil encontrar en las paredes de la ciudad un solo cartel o pasquín de partido llamando a votar. Se respiraba una suave astenia. Una evidente despreocupación de fondo. Finalmente, los porcentajes de votación acabaron confirmando los pronósticos más pesimistas: la participación apenas alcanzaba la cota del 36 %, muy por detrás del 48 % del Estatut de Catalunya, tremendamente criticado ocho meses atrás por su anemia participativa. Aparentemente, muy aparentemente, a la gran mayoría de los andaluces la ampliación de la autonomía les importaba una higa.

Aparentemente. Este era el diagnóstico, el día de autos, del economista Manuel Ángel Martín, antiguo alto cargo de la Junta de Andalucía, que ha evolucionado del socialismo a un liberalismo moderado, un buen observador de la realidad andaluza: «No creo que estemos, en absoluto, ante una reacción antiautonomista, más bien me parece pertinente recordar un concepto acuñado por el sociólogo Manuel Pérez Yruela: estamos ante la paradoja de la satisfacción».

¿Paradoja de la satisfacción? Así la explicaba el economista Martín: «Pese a convivir con múltiples carencias, una de las notas dominantes en la actual sociedad andaluza es el sentimiento de satisfacción; la miseria ha quedado atrás y el fantasma de la marginalidad, también. La paradoja es la siguiente: la satisfacción impide hoy a los andaluces acumular las tensiones internas necesarias para moverse y romper esquemas. Es muy posible que este mecanismo paralizador sea una de las razones de la masiva abstención, aunque evidentemente hay otros factores mucho más inmediatos y mucho más visibles: la ausencia de un fuerte combate político entre el sí y el no, y la desgana de los votantes del Partido Popular, que seguramente deseaban castigar a los socialistas».

Análisis casi perfecto que introduce en nuestro relato un concepto nuevo: la paradoja de la satisfacción. La imagen es interesante, pero no estamos solo ante una construcción metafórica. En términos económicos, Andalucía ha sido la región más «mimada» de España desde la restauración de la democracia. La más favorecida por la solidaridad interna durante treinta años, una solidaridad imposible de cuantificar, puesto que no existe una contabilidad pública al respecto (solo unos primeros esbozos de balanzas fiscales). Pero también ha sido Andalucía la más beneficiada por las ayudas europeas, ese generoso maná que en veinte años ha depositado 118.000 millones de euros en España. Lo han leído bien: 118.000 millones de euros, 20 billones de las antiguas pesetas, el triple de lo que percibieron los países europeos beneficiados por el Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial. De esa cantidad, Andalucía ha percibido casi la cuarta parte, el 23,3 %: 27.508 millones de euros (4,58 billones las antiguas pesetas). Con ocho millones de habitantes, Andalucía representaba a principios de 2007 el 17,8 % de la población total española.

Con todo ello, Andalucía se halla actualmente 18 puntos por debajo de la renta media europea y se mantiene, junto a Extremadura, en el furgón de cola de la renta per cápita española, según los datos del Instituto Nacional de Estadística referidos a 2006: 17.401 euros por habitante, frente a los 28.747 euros de la Comunidad de Madrid, los 28.431 del País Vasco, los 27.856 de Murcia y los 26.279 euros de Cataluña. Y, sin embargo, Andalucía ha mejorado enormemente. Es la paradoja.

La paradoja de la satisfacción: Sevilla tocando la guitarra a orillas del Guadalquivir mientras en las urnas se dirimía el futuro de la supuesta España plural, con unos aires de Primera República, aquella inédita experiencia federal que acabó como el rosario de la aurora y con la despedida a la francesa de su primer presidente, el catalán Estanislau Figueras, que se marchó a París, no sin antes exclamar: «¡Señores diputados, estoy hasta los cojones de todos nosotros!».

Si el hábil Javier Arenas no hubiese convencido a Mariano Rajoy de que lo mejor para el Partido Popular era conjurar el fantasma de la UCD y sumarse a la corriente del «sí», pese a todo lo dicho sobre la desintegración y la balcanización de España en los meses anteriores, el índice de participación en el referéndum habría sido más alto. Con un adversario claro enfrente, el PSOE habría movilizado a un mayor número de electores con el lema más atractivo de cuantos se puedan proclamar en la España meridional. ¿Qué lema? Cuál va a ser: «¡Nosotros no vamos a ser menos que los catalanes!». «Nosotros no vamos a ser menos..., Nosotros no vamos a ser menos..., Nosotros no vamos a ser menos»..., es el canto hispánico de las sirenas, una melodía irresistible que convoca a todos. Y una proclamación del orgullo herido, un embellecimiento del resentimiento: nosotros, que hemos sufrido tanto.

Y es verdad, Andalucía ha sufrido. Hoy podría ser Calabria, hoy podría ser Nápoles, hoy podría ser el desastre social del sur de Italia. La compleja vitalidad andaluza se ha desparramado por toda España, coloreando su alma; sus almas. En Madrid de una manera, en Cataluña de otra, y en el País Vasco de otra. El costumbrismo andaluz ha dado simpatía y perspicacia al «pille» madrileño: móntatelo, pero con gracia. Vive la vida. Impera y disfruta.

El factor andaluz ha dado una forma esférica al catalanismo, puesto que la presencia del «otro» le ha permitido desarrollar inteligentes estrategias de integración, habilidades de inconfundible matriz católica («Catalunya, un sol poble»), que durante tres décadas han alimentado la catalanidad, otorgándole una indiscutible hegemonía política y moral, hoy doliente, hoy en crisis, por la cruda evidencia de los cambios de escala en el complejo sistema peninsular, por el agotamiento de la generación que durante treinta años ha llevado a cabo el provechoso intento de síntesis, y por la irrupción de nuevos intereses en la órbita del «Estado» catalán realmente existente. Sí, Estado catalán realmente existente: en una sociedad de escasa tradición burocrático-estatal, la Generalitat da hoy empleo a 200.000 personas, administra un presupuesto de 34 millones de euros y determina, todavía a la manera socialdemócrata, múltiples ámbitos de la actividad económica y social.

En el País Vasco, la irrupción del «otro», del trabajador castellano-andaluz al que Sabino Arana veía todos los defectos del enemigo de la raza, fue un poderoso reactivo, un motor de identidad y afirmación nacionalista para, años después, alimentar a su facción más radical: no pocos militantes de ETA y de la constelación abertzale son hijos de trabajadores inmigrantes. Paradójicamente, y al contrario de lo que ocurre en Cataluña, quizá la problemática alteridad esté entrando hoy en Euskadi en una esperanzadora fase de sosiego y pacificación.

Pero la aportación andaluza al magma hispánico no puede reducirse al estímulo, al masaje aquí y allá. Un costumbrismo vitalista y euforizante en Madrid; estímulo y alimento moral del nacionalismo y del positivismo católico-socialdemócrata en Cataluña, o un silente y lento, muy lento, desorganizador del etnicismo vasco. El regionalismo andaluz, base hasta ahora indestructible del socialismo español, ha alimentado el mito de la igualdad, el más fuerte sostén de la moderna identidad española.

Expliquémonos. Los españoles no celebran la toma de la Bastilla como los franceses, o la liberación del nazi-fascismo como los italianos, o la victoria en la batalla de Trafalgar como los ingleses. Los españoles, hijos de un imperio que secuestró y deformó a la nación hasta abocarla a cuatro guerras civiles, tienen muy poca historia que celebrar en común.

El bienestar, el progreso material —catorce años de crecimiento económico sin interrupción, caso único en la Europa unida y el mito de la igualdad («Nosotros no vamos a ser menos que...»)—, han dado una sólida cohesión al país sin necesidad de grandes exhibiciones de la bandera rojigualda y de cánticos de un himno sin letra..., al menos hasta hace unos meses. Progreso, bienestar e igualación han trenzado el nervio principal de la sociedad española en los últimos treinta años, los mejores de su historia, sin lugar a dudas. Bien, pues la matriz principal de este nervio, de este aliento, está en Andalucía. En la paradoja de la satisfacción de Andalucía.

Este nervio, sin embargo, está perdiendo fuerza. El relato político-moral que lo ha hecho posible está perdiendo vigencia. Las desigualdades sociales están creciendo en España, las expectativas de progreso material de las nuevas generaciones se han reducido y nuevas tensiones apuntan en el horizonte territorial. La crisis dibuja un horizonte muy preocupante: parálisis del ascensor social, empobrecimiento de sectores de la clase media, posible colapso de servicios públicos vitales, como la sanidad y la educación públicas... El día que los socialistas, en Barcelona y luego en Madrid, decidieron apostar por la reforma del Estatut de Catalunya como instrumento táctico para romper la alianza del Partido Popular con Convergència i Unió... no sabían cuántos fantasmas iban a convocar. El «nosotros no vamos a ser menos...», el primero de ellos.

Para conjurar este fantasma hubo que reformar el Estatuto de Andalucía, fabricando, casi, una fotocopia del nuevo Estatut de Catalunya. ¿Una fotocopia? Algo más que una copia. El verdadero vencedor del galimatías territorial de estos últimos cuatro años es la nomenclatura socialdemócrata andaluza, a la que podríamos llamar tranquilamente, sin riesgo a equivocarnos, la CiU del sur.

El palacio de San Telmo —sede principal de la Junta de Andalucía, en Sevilla— es el verdadero vencedor de la partida, puesto que casi todas las bofetadas se las ha llevado la excitación catalanista —algunas de ellas, ganadas a pulso, merced a una serie de errores clamorosos—, cómodo chivo expiatorio de una España que comienza a estar necesitada de nuevos signos de identificación. Nada se ha hecho estos últimos cuatro años contra los intereses de la clase dirigente andaluza. Nada se ha hecho sin su permiso, no en vano el presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, ejerce de presidente-árbitro del Partido Socialista Obrero Español. Ni nada se hará, puesto que el Partido Popular solo podrá volver al Gobierno de España avanzando en Andalucía. Ensanchando su zona de influencia de las ciudades al campo. De las capitales de provincia a las ciudades intermedias. De la costa al interior.

Es por ello por lo que Andalucía tiene la sartén por el mango. Andalucía, la conservadora. Como hemos podido comprobar, tiene fundadas, y sobradas razones, para un conservadurismo de nuevo tipo. El conservadurismo de izquierdas.

 

 

EL ÁNGEL DE LA GUARDA

EN FUENTES DE ANDALUCÍA

 

Fuentes de Andalucía cuenta la verdad. Este pequeño pueblo de la campiña sevillana, a escasos kilómetros de la ciudad de Carmona, explica alguna cosa importante del sistema peninsular. Explica el rotundo éxito del reparto socialdemócrata en el sur de España y de cómo este éxito bloquea hoy cualquier modificación sustantiva del cuadro español. Fuentes de Andalucía, 7.000 habitantes, es un pueblo tranquilo, silencioso, aseado, muy aseado, como todos los pueblos andaluces, con un coche ante cada puerta y una ambulancia en la plaza. Siempre de guardia. Las veinticuatro horas del día.

El Ángel de la Guarda llegó a Fuentes con la autonomía regional y con el Plan Marshall que la Alemania Federal de Helmut Kohl decidió desembolsar a cambio del decisivo apoyo español a la reunificación alemana: la mejor de todas las buenas jugadas que llevó a cabo Felipe González en sus catorce años de mandato. Hay un dato que conviene recordar siempre, que convendría escribir en cada punto y aparte de la crónica política española, un dato que la mentalidad española actual ignora expresamente, quizá por orgullo, quizá por miedo a enfrentarse a la realidad: desde su ingreso en la Comunidad Económica Europea (CEE) en 1986, España ha percibido subvenciones, ayudas y transferencias por valor de 118.000 millones de euros, la más colosal operación de solidaridad que ha tenido lugar en el continente europeo tras las reparación de daños de la Segunda Guerra Mundial. Un arco de triunfo debería conmemorarlo en Madrid y una placa en homenaje al contribuyente alemán debería exhibirse en la plaza de cada pueblo. Orgulloso hasta la médula, el español prefiere no hablar de ello, ni que se lo recuerden. Solo un discreto monumento conmemora en la capital de España el ingreso en Europa: un murete de hormigón ubicado frente al palacio de Santa Cruz, vieja sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. Un murete al alcance del orín de los perros. España es así de agradecida.

El Ángel de la Guarda, decíamos, descendió en Fuentes de Andalucía y ahí le tenemos montando guardia, día y noche, en la plaza del pueblo. Cuando alguien se sienta enfermo, el ángel volará raudo hasta el hospital comarcal de Écija para que le atiendan. Tiene Fuentes de todo: una escuela pública, un instituto, un buen polideportivo y un coche ante cada puerta, en sus calles siempre bien aseadas. En un extremo del pueblo están las casas de los jornaleros: casas confortables y autoconstruidas a base de pulso y riñón, con la ayuda de padres, suegros, primos, hermanos y conocidos. Son casas que hablan de un viejo deseo de felicidad y bienestar; casas que han crecido poco a poco, muy lentamente, con cimientos muy profundos. Los cimientos del comunitarismo andaluz.

Sobre esta base rural y pequeño-pequeñoburguesa se asienta la hegemonía electoral del Partido Socialista Obrero Español en Andalucía. Suyos son los ángeles de la guarda en pueblos y ciudades de tamaño intermedio. Suya es la silente satisfacción que se respira en las calles de Fuentes de Andalucía: una tranquilidad estática, cada cosa en su sitio, con limpieza. Una satisfacción frágil que podría romperse en cualquier momento. Suyo del PSOE es el pegajoso costumbrismo que a todas horas emite Canal Sur. Y suyo, el conservadurismo que de él se desprende.

Las grandes ciudades andaluzas hace años que han dejado de votar mayoritariamente a los socialistas, al menos de manera sistemática e inercial. En las últimas elecciones municipales el partido de José Luis Rodríguez Zapatero no consiguió ser el más apoyado en ninguna de las ocho capitales de provincia. E Izquierda Unida tampoco consiguió el primer lugar en su legendaria Córdoba. Las grandes ciudades andaluzas, escenario de nuevas contradicciones sociales, comenzando por la próspera Málaga, indiscutible capital económica de la región, han virado lentamente a la derecha, así como la costa mediterránea, sandunguera, golfa e inmobiliaria. Ese nuevo «sistema urbano» que suma tres millones de habitantes la tercera área metropolitana española tras Madrid y Barcelona también se ha escindido del comunitarismo socialdemócrata.

¿Cuánto tiempo logrará mantener Andalucía su actual equilibrio interno? ¿Cuánto tiempo resistirá la actual «paradoja de la satisfacción»? No es fácil que surja una alternativa a corto plazo, pese a que el liderazgo del presidente regional Manuel Chaves empieza a estar agotado. El nuevo Estatuto, legitimado por la astucia táctica del ala centrista del Partido Popular, ha reforzado de manera indudable el poder de la nomenclatura socialdemócrata andaluza en dos planos que se complementan y se potencian entre sí: le ha consolidado como poder regional y como nódulo decisivo del sistema político peninsular. Andalucía, hoy por hoy, es intocable. Ninguno de los dos grandes partidos españoles hará nunca nada que pueda enojar o herir la susceptibilidad de los andaluces. Que pueda mermar sus intereses. En este sentido, y solo en este sentido, Andalucía se ha colocado a la par que el País Vasco y Navarra. Ha ingresado en el club de los inamovibles. Sentimentalmente, Andalucía es la novia de España.

Así se respira en Fuentes, con su pequeño orden, con su serena tranquilidad, con su coche ante cada casa. Y con su Ángel de la Guarda.