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DON MARIANO RAJOY EN TIEMPOS DE OBAMA
No olvidemos nunca las idioteces que ha hecho George Bush.
PAUL A. SAMUELSON,
Premio Nobel de Economía en 1970
Mariano Rajoy tenía un cuaderno para enseñar a las visitas. Una de esas libretas grandes, con tapas de plástico transparente, tan frecuentes en empresas y oficinas. El cuaderno de Rajoy contenía un resumen de los sondeos del Centro de Investigaciones Sociológicas entre los años 2000 y 2004, con unas gráficas en azul y rojo que mostraban la evolución del Partido Popular y del PSOE durante la segunda legislatura de José María Aznar. Rajoy llegó a alimentar una verdadera obsesión por aquel cuaderno, de manera que lo mostraba a todos sus interlocutores. «Fíjese —decía—, siempre hemos ido por delante, excepto en dos momentos, durante las grandes manifestaciones contra la guerra de Irak y tras los atentados del 11 de marzo».
Efectivamente, solo en dos ocasiones la línea azul quedaba por debajo de la línea roja. «Íbamos bien, pero...», venía a decir Rajoy, con su galaico sentido de la distancia. Solo le faltaba añadir «¡Maldita guerra!», como le dijo personalmente a Aznar la misma noche de la debacle electoral del 14 de marzo de 2004: «Tú y tu maldita guerra». Las noches electorales suelen ser algo dramáticas en la calle Génova, como veremos más adelante.
Desde 1996 el mapa electoral no es adverso al PP. No lo es a primera vista. Ni tampoco lo es después de una segunda o tercera lectura, yendo un poco más a fondo, examinando los resultados en pueblos y ciudades. No es el PP un partido encerrado en el centro de España. No es un partido estrictamente de la Meseta, ni exclusivamente «nacional-castellano», aunque buena parte de sus dirigentes y de sus patrones ideológicos responden a una mentalidad castellanizante, tuneada y madurada en los vericuetos de la política madrileña. Los dominios electorales del Partido Popular van del Atlántico al Mediterráneo. De Galicia, donde sigue siendo el partido más votado, a la Comunidad Valenciana, donde ha conquistado un dominio casi apabullante. Tan fuerte e intensa es su hegemonía en Levante que el arraigo del centroderecha en Valencia posiblemente determinará la evolución del partido en los próximos años. El actual alejamiento del aznarismo pasa por Valencia. Dicho de otro modo, Madrid no lo es todo en España, pese a la obstinación de algunos dirigentes políticos en querer verlo así. Madrid no lo es todo, ni siquiera en el interior de la derecha española.
Rajoy pasó cuatro años aferrado a la línea azul que solo en dos momentos era sobrepasada por la línea roja, pero poco o nada hizo para alejarse de la estrategia de tensión que la evolución del gráfico desaconsejaba seguir. La libreta de tapas de plástico transparente decía una cosa muy clara: en los momentos de alto voltaje, la derecha tiende a asustar a mucha gente en España. En los momentos de mayor excitación es fácil que cristalice una coalición anti-Partido Popular.
Si tan fácil era leer el gráfico, ¿por qué Rajoy no reorientó la línea del partido desde un primer momento? Porque no pudo. Porque no le habrían dejado. Y porque no está del todo claro que este fuera su principal propósito entre 2004 y 2008. Rajoy heredó un partido consternado por la derrota; un partido liderado moral y tácticamente por José María Aznar, controlado ideológicamente por este a través de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES); un partido atado de pies y manos a determinados medios de comunicación de Madrid; un partido del que muchos migraron en busca de mejores puestos en la empresa privada o en el Parlamento Europeo, nada más producirse el brusco aterrizaje en la oposición. «En la calle Génova nos quedamos pocos, nos quedamos los que nos quedamos», explicaba Rajoy con su peculiar sorna en el verano de 2007, cuando la suerte ya parecía echada: volvería a perder las elecciones, pero iba a luchar para perder dignamente. Y lo consiguió.
Muy contusionado psicológicamente por el desastre de marzo de 2004, Aznar quería salvar a toda costa su legado político y, sobre todo, su reputación. Cualquier atisbo de autocrítica podía enterrarle en vida y reducir drásticamente sus expectativas profesionales en los circuitos colindantes con la política. Un hombre totalmente derrotado nada podría hacer en los despachos de Estados Unidos. «En algo nos habremos equivocado», dijo Alberto Ruiz-Gallardón en la apertura del XV congreso del partido (días 1, 2 y 3 de octubre de 2004, en Madrid). «No nos hemos equivocado; no dejéis convenceros de que nos hemos equivocado porque esa sería nuestra derrota», le respondió vigorosamente Aznar en la sesión de clausura. Aznar quería salvar su obra y, sobre todo, su prestigio como dirigente. Si el partido le abandonaba o se distanciaba de él por el camino de la autocrítica, podía desvanecerse la intensa carrera profesional que había proyectado (conferencias, asesoramientos y contactos de alto nivel con los círculos del poder republicano en Estados Unidos) cuando decidió renunciar, gallardamente, a un tercer mandato. Acosado por la izquierda, Aznar no podía ser un político estigmatizado por los suyos. Se jugaba la biografía y las expectativas profesionales. Por consiguiente, dibujó y subrayó con energía los límites que Rajoy no debería traspasar. Y a Aznar nunca le falta energía.
Eduardo Zaplana no lo enfocó de manera muy distinta. Tampoco él quería ser enterrado en vida. Forjado en Benidorm, bregado en los más espesos enredos de la política valenciana, político de extraordinaria habilidad, ideó una apuesta a todo o nada: impedir el asentamiento de Zapatero, bloquear la maduración de un nuevo ciclo político en España; fijar en la sociedad la idea de que el regreso de los socialistas al poder político era un mero paréntesis, un accidente de la historia... y el fruto de una perversa conspiración. Zaplana integró la estrategia parlamentaria del Partido Popular en la planificación comercial de dos medios de comunicación fuertemente radicados en Madrid: el diario El Mundo y la cadena católica COPE, dispuestos a jugar fuerte, muy fuerte, para convertirse en los más exclusivos órganos de referencia de la oposición. Estamos hablando de un público potencial de más de diez millones de personas en toda España. Zaplana consiguió unificar la agenda parlamentaria del PP con las prioridades de ambos medios, hasta formar, los tres, un circuito perfectamente integrado. Las iniciativas parlamentarias del PP dibujaban la prioridad informativa del singular «holding» y a su vez las informaciones y «revelaciones» de ambos medios marcaban la pauta del PP en el Congreso de los Diputados. Una alianza de nuevo tipo. Así se pautó, por ejemplo, la agresiva campaña contra el nuevo Estatut de Catalunya, que concluyó con un llamamiento al boicot a los productos comerciales catalanes. «Yo no he sido», decía el PP. «Yo no he sido», decía El Mundo (y publicaba en sus páginas dominicales el elenco de los principales productos catalanes susceptibles de ser boicoteados). «Yo sí he sido», decía la COPE. La emisora episcopal, colonizada por el radiofonista Federico Jiménez Losantos, era el vector más agresivo, hasta que... Hasta que cuatro años después, el episcopado comenzó a inquietarse seriamente por los efectos negativos de tanta agresividad en la imagen de la Iglesia católica en España. El Papa estaba preocupado y así se lo hizo saber en Roma al renovado comité ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española a finales del mes de abril de 2008. Habían transcurrido cuatro años de tremenda excitación.
En todos los países la política suele fabricar episodios pintorescos, cuando no grotescos, pero el que acabamos de narrar tiene mimbres que hubiesen gustado a Ramón María del Valle-Inclán, el dramaturgo que retrató el Madrid de principios de siglo XX con la técnica del esperpento, el famoso espejo cóncavo del callejón del Gato. Dice Max Estrella en Luces de Bohemia: «El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada. España es una deformación grotesca de la civilización europea».
Ahí tenemos a tres caballeros españoles perfectamente ajenos al catolicismo y a sus doctrinas —Eduardo Zaplana, forjado en las bregas insomnes de Benidorm; el periodista Pedro J. Ramírez, excepcional en el arte de la emboscada, y el radiofonista Federico Jiménez Losantos, antiguo extremista de izquierda y furioso como el cierzo de Teruel—, convertidos en la tríada atacante del partido conservador, bajo el manto de la Iglesia católica, apostólica y romana. Para estar a la altura de Valle-Inclán, solo les faltaba la cooperación de sor Patrocinio, «la monja de las llagas», que tanto influyó en el reinado de Isabel II y tan bien retrató Valle en La corte de los milagros.
¿Y Rajoy? Rajoy consentía, porque no le quedaba otro remedio. Y porque compartía, al menos en una primera fase, la partitura del terceto: zarandear, zarandear y zarandear. Tensar la opinión pública para que Zapatero no cuajase como gobernante. Casi lo consiguieron. Puede incluso que lo hayan conseguido. Lo veremos estos próximos años, en pleno temporal económico.
Era una estrategia inteligente, en los dos frentes, el político y el periodístico, o mediático, como se dice ahora para indicar las nuevas reverberaciones de la información en los dominios del poder. El tridente forzaba a los demás medios de comunicación ubicados en el ámbito del centroderecha a un gregarismo casi inevitable. Al ABC, el diario más tradicional y genuino del conservadurismo español, no le quedaba más remedio que seguir la pauta de sus competidores o intentar la construcción de una agenda informativa propia, sin el concurso de la dirección del PP. Dos directores del diario, Ignacio Camacho y José Antonio Zarzalejos, lo intentaron y ambos sufrieron por ello. La COPE, con el aparente beneplácito del cardenal Antonio María Rouco Varela, a la sazón presidente de la Conferencia Episcopal Española, llegó al extremo de pedir públicamente a los suscriptores del ABC que se diesen de baja del diario, publicitando para ello el número de teléfono del departamento de suscriptores. Valle-Inclán habría observado el episodio con verdadero interés. Dice don Fliberto, director del diario El Popular, dirigiéndose a Max Estrella y a don Latino de Hispalis en Luces de Bohemia, siempre Luces de Bohemia: «El Congreso es una gran redacción, y cada redacción, un pequeño Congreso. El periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferente espacio. Teosóficamente podría explicárselo a ustedes si estuviesen ustedes iniciados en la noble Doctrina del Karma».
Política y periodismo son travesuras. La denominada crispación política —en última instancia beneficiosa para el PSOE, como se demostraría en las elecciones del 9 de marzo de 2008— fue una estrategia política perfectamente calculada, pero también resultó ser una eficaz estratagema comercial. Fue una travesura conjunta del periodismo y la política. Conviene no olvidar este dato. Conviene retenerlo porque descubre aspectos verdaderamente interesantes de la anatomía española; de algunos círculos de poder madrileños, para ser más precisos. Tensar el ambiente, asustar a la opinión pública con el fantasma de la «balcanización», esto es, con el espectro de la guerra civil, no solo fue una eficaz táctica política, una puesta en escena necesaria para evitar la dispersión del electorado de centroderecha. También fue una buena campaña comercial. Se trataba de crear un público. Y los públicos siempre exigen emociones fuertes. «Política y periodismo son el mismo círculo en diferentes espacios».
Fue una estrategia política inteligente, aunque repugnante en algunas de sus manifestaciones más extremas. Y no puede negarse que consiguió el primero y principal de sus objetivos: evitar que Rodríguez Zapatero abriese un surco profundo en la sociedad española, que el PSOE volviese a aparecer como la «mayoría natural» de Gobierno, al menos con la misma intensidad con que lo logró Felipe González en los años ochenta.
Fue, también, la aplicación en España de la fórmula de éxito del Partido Republicano de Estados Unidos: agrupar los distintos segmentos del electorado con discursos de alto voltaje emocional; extremar la percepción de los peligros (el terrorismo en Estados Unidos; el terrorismo de ETA y la desintegración territorial, en el caso español), polarizar al máximo las opiniones hasta generar un ruido ensordecedor capaz de disuadir a los sectores sociales menos informados y más sensibles a todos los viejos prejuicios antipolíticos: «todos son iguales», «la política no sirve para nada»... No olvidemos que en España la antipolítica siempre ha tenido un fuerte arraigo popular.
Zarandeo, zarandeo, zarandeo. No es solo una estrategia política. También aquí debemos tener en cuenta las importantes transformaciones materiales que las nuevas tecnologías de la información han introducido en los medios de comunicación convencionales. El tono de la voz ha subido en todas partes. Hay que hablar fuerte para hacerse oír. La consagración de Internet, especialmente entre las nuevas generaciones, ha fragmentado de tal forma las audiencias que todo el mundo se ve obligado a hablar más alto, a extremar posiciones y perfiles para llamar la atención.
Alto y claro. Alto y claro es la consigna más moderada en el nuevo universo de los medios. Valga como ilustración una pequeña anécdota catalana. Una banal anécdota del verano de 2008. El programa estival de la cadena pública TV3 tuvo como principal mordiente la ruta de dos nudistas en bicicleta por los pueblos de la costa. Un hombre y una mujer jóvenes y atractivos llamaban la atención de los veraneantes... y de los televidentes. En TV3, la televisión que Jordi Pujol impulsó en 1983 con voluntad ejemplarizante, con el sello casi calvinista de la BBC británica: rigor, seriedad, reflexión, elegancia y catalanismo mesocrático. Han pasado veinticinco años y el mundo es muy otro. Ahora hay que llamar la atención como sea. Toda identidad reclama hoy una voz fuerte, algún tipo de estridencia. Como mínimo.
En TV3 (la «Corpo», Corporació Catalana de Mitjans de Comunicació, verdadero «poder dentro del poder» en la política catalana) quizá podrían sentirse ofendidos si sus ingenuas escaramuzas de verano fuesen equiparadas a las estrategias de Madrid, pero lo cierto es que ambos acontecimientos, la banal anécdota televisiva y la apuesta estratégica del primer partido de la oposición en el periodo 2000-2004, forman parte de un mismo universo. El universo en el que hay que llamar la atención como sea. En la sociedad de audiencias fragmentadas, en la modernidad líquida de Zygmunt Bauman (sociólogo polaco), en la era de la espuma de Peter Sloterdijk (filósofo alemán), en la sociedad del espectáculo de la que en 1967 ya hablaba el situacionista francés Guy Debord, los esfuerzos para conseguir la atención del público se han convertido en una actividad casi deportiva, agonística, cuando no agónica, así en el periodismo como en la política, el comercio y todas las disciplinas del entretenimiento. Todo fluye y no hay más remedio que pegar brincos, como los salmones que avanzan río arriba.
Lo repito: la estrategia de la tensión del PP ha sido efectiva. Ha impedido en todo momento que Zapatero abriese un surco profundo en la sociedad española, como ha quedado de manifiesto al estallar la crisis económica, la crisis que el presidente se negó a llamar por su nombre durante varias semanas, creyendo —vana ilusión— que la presidencia del Gobierno aún conserva una potestad decisiva sobre el lenguaje. Fatal ilusión. Sin desearlo, Zapatero ponía a prueba los límites de su autoridad política; mostraba la relativa profundidad del surco abierto durante sus primeros cuatro años de mandato: una hendidura, no una trinchera difícil de sortear. Lo veremos en los próximos tiempos, si la crisis no remite.
Los datos están ahí. El PSOE triunfó en marzo de 2004 y de 2008 gracias al voto de quienes, por encima de todo, deseaban que no ganase el PP, especialmente en Cataluña y el País Vasco. Los estudios poselectorales del PSOE señalan que un 12 % de sus votantes acudió a las urnas motivado por el exclusivo deseo de evitar la victoria de la derecha. Los mismos estudios indican que un 13 % de los electores del PP se dirigió a las urnas con idéntico propósito, en sentido contrario. He ahí el fruto de la dialéctica de la crispación: buena parte del electorado de los dos grandes partidos se ha movilizado en los últimos años única y exclusivamente para evitar la victoria de la parte contraria.
La estrategia ha sido inteligente por parte del PP y beneficiosa, en términos inmediatos, para el PSOE. Puede parecer contradictorio, pero no lo es. No lo es. La derecha corría el riesgo de la dispersión y el ablandamiento; de la decepción y del fatalismo, puesto que en treinta años de democracia solo ha gobernado durante ocho, solo dos de las once legislaturas. (Los cinco años de la Unión de Centro Democrático se deberían considerar como capítulo aparte.) Corría el riesgo, el Partido Popular, de ahondar en el complejo de inferioridad que atenaza al segmento más inquieto y agresivo de su vasta base social. ¡Cuidado con la minusvalía!, ese fue el grito de alerta que lanzó Aznar en el XVI congreso de Valencia. Pero la receta de Aznar siempre es la misma: el choque del carnero. Contra la hegemonía ideológico-moral de la izquierda; contra el «relativismo»; contra el pactismo; contra el centrismo; contra el ecologismo... Contra casi todo.
Será interesante ver cómo Aznar y la FAES se adecuan a las nuevas derivas del American Enterprise Institute (principal laboratorio de ideas conservador de Estados Unidos), en pleno declive de la ola republicana. El nexo PP-American Enterprise Institute está muerto o profundamente agotado, pero Aznar sigue siendo el surco profundo de la derecha española.
La agudización de la dialéctica política hasta el límite del insulto —hasta traspasar el límite del insulto— ha encontrado una tierra abonada en España. Lo nuevo y lo viejo se han dado la mano. Así se dirigía Quevedo a su rival Góngora en el siglo XVII, un tiempo que fue, dicen, de Oro:
Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino. / Apenas hombre, sacerdote indino, / que aprendiste sin christus la cartilla; / chocarrero de Córdoba y Sevilla, / y en la Corte, bufón a lo divino. / ¿Por qué censuras tú la lengua griega / siendo solo rabí de la judía, / cosa que tu nariz aun no lo niega? / No escribas versos más, por vida mía; / aunque aquesto de escribas se te pega / por tener de sayón la rebeldía.
Quevedo hubiese triunfado en las tertulias radiofónicas de la España del aznarato y en las del primer zapaterismo. Quevedo tendría un espacio fijo en La Mañana de la COPE. Góngora, más sutil, le respondió así:
Anacreonte español, no hay quien os tope, / que no diga con mucha cortesía, / que ya que vuestros pies son de elegía, / que vuestras suavidades son de arrope. / ¿No imitaréis al terenciano Lope, / que al de Belerofonte cada día / sobre zuecos de cómica poesía / se calza espuelas, y le da un galope? / Con cuidado especial vuestros antojos / dicen que quieren traducir al griego, / no habiéndolo mirado vuestros ojos. / Prestádselos un rato a mi ojo ciego, / porque a luz saque ciertos versos flojos, / y entenderéis cualquier gregüesco luego.
Góngora lo tendría un poco más complicado en las ondas. Debería conformarse con aparecer en un programa de libros de La 2, a altas horas de la madrugada.
El conceptismo agresivo, sin embargo, va un poco de baja desde el verano de 2008. Tras intensa y fértil polémica interna, el Partido Popular decidió virar al centro en su congreso de Valencia, con el consiguiente desarme dialéctico. Desarme que a su vez coincide con la nueva ola proveniente de Estados Unidos. La elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos ha puesto de manifiesto el agotamiento de las estrategias de polarización y choque continuo en un momento de triple crisis: financiera, energética y moral. Estados Unidos, o al menos una importante mayoría de sus electores, se ha sentido atraído por el discurso de consenso de Obama. Estamos ante el «neoconsenso», podríamos decir por emplear un neologismo muy adecuado a la fluidez de los tiempos. Tras el desastre de Irak, la vieja guardia neoconservadora está cediendo el paso a pensadores más jóvenes, alejados del ultraliberalismo y de la denominada «agenda cristiana»; más interesados en el problema de las fuentes energéticas y en una nueva consideración del concepto mismo de bienestar material. A los novísimos pensadores del conservadurismo norteamericano les sorprende que los mexicanos, más pobres y más desatendidos que los norteamericanos, se sientan más felices.
Nuevos tiempos en el American Enterprise Institute y nuevos tiempos, también, en el Partido Popular español, donde las apuestas por el moderantismo ganaron algunos enteros en el XVI congreso de Valencia.
El cambio de orientación es importante, pero no es fruto de una renovación a fondo del pensamiento de la derecha española, anclada todavía en muchas de las coordenadas que llevaron a Aznar a apoyar incondicionalmente la aventura de Bush, hijo, en Oriente Medio. La reorientación táctica del PP es fruto de un orgullo herido y de una lectura muy profesional de los resultados electorales del 9 de marzo.
En primer lugar, es consecuencia de la obstinación personal de Mariano Rajoy en no ser humillado por quienes ya le daban por amortizado antes de las elecciones de marzo de 2008. La noche del 9 de marzo todo, o casi todo, estaba preparado para el segundo «motín de Aranjuez». Confirmada la derrota electoral que la gran mayoría de las encuestas pronosticaban, Esperanza Aguirre debía salir aquella noche al balcón de la sede del PP en la calle Génova muy a la vera de Rajoy, del derrotado Rajoy. En la calle, una multitud suficiente para llenar el encuadre de las cámaras de televisión, lanzaría vítores a su favor. La calle, llena de militantes del PP madrileño, la aclamaría como nueva «lideresa» de la derecha española.
Aguirre, decíamos, sería aclamada bajo el balcón de Génova y, al día siguiente, el dueto El Mundo-COPE se lanzaría al ataque con peticiones de inmediato relevo de Rajoy. Así estaba pensado; así estaba ideado; así estaba pronosticado. Estaba tan bien planificado que un importante príncipe de la Iglesia, monseñor Antonio María Rouco Varela, cometería la temeridad de dar por descontada la caída de Rajoy, de su paisano Rajoy. (El líder del PP nació en Santiago y se formó en Pontevedra; Rouco Varela es hijo de Villalba, también pueblo natal de Manuel Fraga, en la provincia de Lugo.)
En previsión de lo que le podía venir encima, poco después de los comicios, Rajoy invitó a cenar al cardenal Rouco, arzobispo de Madrid, presidente de la Conferencia Episcopal Española y amigo personal del papa Joseph Ratzinger. La cena tuvo lugar en casa de la periodista Cristina López Schligting, presentadora del programa de las tardes de la COPE, muy próxima al movimiento Comunión y Liberación, propagandista católica poco proclive a los apaños, pero no siempre entusiasta de los furores matinales de Jiménez Losantos. Rajoy pidió neutralidad a la Iglesia católica en el debate interno que iba a abrirse en el PP y de manera especial la no injerencia de la cadena COPE en el proceso congresual que se avecinaba. La cena acabó mal. Monseñor Rouco Varela se lavó las manos. Apostó por la caída de su paisano. Movió ficha a favor de Esperanza Aguirre.
Avisado de la maniobra del balcón, Rajoy tomó sus precauciones. La tarde del 9 de marzo, en los despachos de la calle Génova el aire se podía cortar con un cuchillo, cuentan quienes estuvieron en la sede central del PP al anochecer. Conocidos los resultados electorales —una derrota clara, pero con más votos que en los comicios de 2004, es decir, una derrota con saldo positivo—, Rajoy dispuso quiénes debían acompañarle. A su vera, su esposa, Elvira Rodríguez, formando ambos una imagen poco habitual en el cuartel general de los populares. Una mirada infinitamente triste la de Elvira Rodríguez aquella noche, porque sabía lo que a ambos se les venía encima.
El motín había fracasado, pero la presión sería muy fuerte en los meses siguientes. Rajoy la está resistiendo. En junio de 2008 nadie en Madrid apostaba medio euro por él. En España solo un diario defendió abiertamente su continuidad al frente del primer partido de la oposición, como acto de afirmación de la necesaria autonomía de la política. «No se vaya, señor Rajoy», titulaba el principal editorial de La Vanguardia del 17 de mayo. «No se ha ido y ha ganado, señor Rajoy», rezaba el editorial del 22 de julio. Medio año después, duramente castigado el Gobierno por la crisis económica, el PP maduraba como alternativa. Parecían cumplirse los pronósticos de Pedro Arriola, el gurú sociológico de los populares: mejorar la percepción del partido entre los jóvenes y las mujeres, relajar el discurso antinacionalista en Cataluña y el País Vasco y esperar a que la crisis económica cueza a Rodríguez Zapatero a fuego lento. Pero algunas cosas siguen fallando en el engranaje del centroderecha español. Algunos de sus dispositivos básicos tienen problemas de conexión con el fondo social realmente existente. ¿Sabrá desenvolverse don Mariano Rajoy Brey, tranquilo conservador de Pontevedra, en la era de Barack Obama? ¿Sigue siendo válida la fórmula de un único partido de la derecha y el centro para conquistar la mayoría social en España? ¿No habrá caducado el modelo Aznar, de la misma manera que ha caducado el modelo republicano neocon?
El viento sopla a favor del Partido Popular. O al menos eso parece. Las señales de erosión de la izquierda comienzan a ser visibles en las grandes áreas metropolitanas españolas (especialmente en Madrid y Valencia) y juegan a favor de la configuración de un mercado electoral «posideológico» en el que, según el sociólogo Juan Ignacio Wert, los viejos relatos declinan y abren nuevos espacios para la competición política. La virulencia de la crisis económica, sin embargo, puede alterar estas previsiones. Un alto oleaje social amenaza las cuadernas del PSOE, sí, pero también puede arrastrar al PP hacia los arrecifes de una nueva hostilidad a la derecha, si en todo Occidente se impone un discurso reformista e incluso intervencionista en la economía. El Partido Popular deberá prestar mucha atención al norte, a lo que ocurre más allá de nuestra principal frontera, para adaptarse a las nuevas corrientes y contradicciones que la crisis traerá consigo. Y deberá navegar con templanza rumbo noreste, para que en Cataluña no se repita la gran coagulación anti-PP del 9 de marzo de 2008. La tentación de ganar a costa de los viejos prejuicios anticatalanes ha perdido intensidad, pero todavía figura en algunas cartas de navegación de la derecha política. Y la crisis excitará la pulsión antiautonomista de una intelectualidad muy radicada en Madrid —y el País Vasco— que cree haber redescubierto el estado nacional como sinónimo de libertad. La brújula del PP marca norte-noreste, pero la aguja vacila: al magnetismo le falta intensidad.
EL TODO CONTRA EL UNO
(DEL XVI CONGRESO NACIONAL DEL PARTIDO POPULAR)
Hay en el debate del Partido Popular el síntoma de una discusión filosófica. Sobre la figura del Adversario. Acerca de los Adversarios: socialistas y nacionalistas, estos últimos siempre provisorios —hoy en la otra orilla, ayer aliados simpáticos y preferentes, mañana ya veremos.
Hay (o había) en el PP una duda existencial sobre la conveniencia de aproximarse al campamento de los Otros o, por el contrario, combatirles de frente, con cera en los oídos para no sucumbir al cántico de las sirenas izquierdistas y periféricas.
En el congreso de Valencia (20, 21 y 22 de junio de 2008) quedó perfectamente claro que dos escuelas pugnan, casi como en la Grecia clásica, en el interior de ese gran contenedor que en las elecciones del 9 de marzo logró captar el voto de más de diez millones de españoles. Dos ramas metafísicas conviven en el número 13 de la calle Génova de Madrid, junto con las ambiciones, marrullerías y navajazos que suelen habitar, sin excepción, todos los rellanos de la política (y de las empresas, y de los clubs, y de las familias, si mucho lo apuramos, y de todos los recintos humanos donde el poder adquiere forma).
Dos almas hay en Génova. La escuela taoísta, que desde los albores del Celeste Imperio concibe el mundo como la unidad dialéctica de los contrarios. Y la corriente místico-castellana, de más reciente aparición histórica, que vive la existencia como un deseo infinito de plenitud y unicidad. El Todo oriental frente al Uno occidental. A Mariano Rajoy se le está poniendo cara de chino mandarín. Rajoy está abrazando el taoísmo, que no es una fe, sino una manera de estar en el mundo. «Uno cobra mucha más fuerza cuando se sabe decir sí», dijo el de Pontevedra desde el atril, en el congreso valenciano. Y parecía estar leyendo el Tao Te Ching, el libro del sabio Lao Tsé, bajo un naranjo: «Las cualidades de flexibilidad y suavidad son habitualmente superiores a las de rigidez y fuerza». Para un gallego no es muy difícil ser taoísta. Hay en el espíritu atlántico, quizá por influjo de los antiguos celtas, una notable predisposición a entender que el Todo siempre está en movimiento; que una cosa es una cosa y a la vez puede ser su contrario. Uno de los más recurrentes símbolos de la mitología celta es la espiral. Y es sabido que los gallegos suben y bajan las escaleras en un mismo movimiento. Dijo el druida Rajoy, levantando las manos en la Fira de Valencia: «No basta con tener razón, es necesario que nos la den».
Unas horas antes había hablado el Caballero de la Mano en el Pecho. Fiel a la mística castellana, tomó posición Aznar contra esa brumosa doctrina de Finisterre donde nada es exactamente lo que parece: «Nunca he comprendido y sigo sin comprender esa idea del centro como el final imposible de un viaje interminable». Así hablaba Aznar. Así hablaba san Juan de la Cruz: «Él moraba en el principio y principio no tenía».
Lucha filosófica, sí. Pero en el PP, efectivamente, nada es lo que parece. Rajoy no es el Buda reencarnado, sino un señor de Pontevedra que, en un momento dado, cuando el Madrid oligárquico ha querido humillarlo, se ha trincado a todos sus adversarios, uno a uno, con la frialdad de Clint Eastwood en la película Sin perdón. (Esperanza Aguirre era en el congreso un aguafuerte de Goya: una maja derrengada.) Rajoy demostró en Valencia que es un buen profesional de la política.
Y Aznar, melena al viento, camisa abierta y abundante colección de pulseras, aquellos días recién salido de la portada del ¡Hola! en la boda del millonario italiano Briatore, no es un místico, sino un personaje de Quevedo: «La Liga, de furor y astucia armada, / vuestro imperio procura se trabuque; / el daño es pronto, y el remedio tardo».
¿Dos maneras de entender el mundo? Más bien, dos maneras de habitarlo. En Génova, 13.