1

 

CAROLINGIA YA NO VIVE AQUÍ

 

 

 

 

P-00-209.jpg

 

Mais além, mais além! («¡Más allá, más allá!»).

 

Lema del infante portugués

DON HENRIQUE,

O príncipe do mar, siglo XV

 

 

No es verdad que la tormenta económica haya pillado por sorpresa al presidente del Gobierno español, tozudo en su empeño de evitar la palabra crisis, hasta que no hubo otro remedio que rendirse a la evidencia. En julio de 2007, la Oficina Económica del Gobierno, dirigida por el economista David Taguas, advirtió al Jefe que se estaban dando las condiciones para una tormenta perfecta. Hombre de carácter impetuoso, Taguas es un brillante economista formado en el servicio de estudios del BBVA, donde trabajaba a las órdenes de Miguel Sebastián, al que hace unos meses podríamos haber definido como el valido de José Luis Rodríguez Zapatero. Valido en minúsculas.

¿El nuevo duque de Lerma? ¿El Olivares del zapaterismo? Un poco sí. Hasta hace unos meses. Sebastián es uno de los hombres en quien más ha confiado un hombre bastante dado a no fiarse ni de su propia sombra. Dicen, sus admiradores, que solo Zapatero sabe quién es José Luis Rodríguez Zapatero. Un núcleo rocoso se esconde bajo tanta flexibilidad y tanto deleite por la astucia.

Un metálico instinto de supervivencia política. Y una fe posiblemente desmesurada en las artes de la imagen. Zapatero se resistió a hablar de la crisis por dos motivos: por no aparecer como un mentiroso después de la campaña electoral de marzo de 2008, y para proteger los intereses de la banca española, cuyo talón de Aquiles es el riesgo de una morosidad a gran escala en un país de gente hipotecada hasta las cejas. Había riesgo real de catástrofe. El presidente del Gobierno no podía precipitar la sensación de debacle económica en una España muy endeudada, extraordinariamente endeudada. Y contó para ello con la preciosa ayuda de Emilio Botín, presidente del Banco de Santander. A la vuelta del verano de 2007, cuando la oposición intentaba centrar el debate preelectoral en el progresivo deterioro de la economía, el banquero más poderoso de España se quiso fotografiar con Zapatero para lanzar un mensaje de tranquilidad: no pasa nada, tenemos un buen futuro por delante, las hipotecas se podrán pagar. Ese mensaje protector de la banca acompañó al líder del PSOE hasta el día de las elecciones. Pedro Solbes no estaba solo la noche que derrotó a Manuel Pizarro en aquel decisivo debate económico ante las cámaras de Antena 3. El mensaje tranquilizador del vicepresidente económico —«vamos a un aterrizaje suave»— tenía detrás a la banca y a los principales grupos inmobiliarios, lógicamente interesados en evitar una brusca caída que ya se temían. Pero Taguas, el intempestivo Taguas, había avisado.

La Oficina Económica de la Moncloa, tantas veces denostada por los adversarios del Gobierno, envió la señal de advertencia, pero el presidente Zapatero se hallaba prisionero de un relato político en el que no había espacio para la crisis económica. Fracasado el proceso de paz con ETA por la negativa del sector más duro de la banda a la rendición a cambio de unas contrapartidas políticas más retóricas que reales y de una indulgencia que la magistratura española no estaba (ni está) dispuesta a otorgar, al líder del PSOE solo le quedaba una buena baza para afrontar la campaña electoral en ciernes: la aparente buena salud de la economía y la perspectiva de un futuro social más igualitario.

Aquel verano, mientras Taguas, el intempestivo Taguas, señalaba el horizonte y advertía: «Cuidado, que ahí veo unas nubes que no me gustan nada», el ministro de Trabajo y Bienestar Social, Jesús Caldera, en funciones de ideólogo presidencial y de secretario de acción electoral del PSOE, abría la caja del superávit para ensayar una política «socialdemócrata» hasta la fecha casi desconocida en España: la política del cheque. El 3 de julio de 2007, mientras Taguas advertía de los riesgos de tormenta y Mariano Rajoy intentaba noquear a Rodríguez Zapatero en el Congreso de los Diputados, castigando sin cesar el fracasado proceso de paz, el presidente se escabullía y lograba romper el juego de su oponente prometiendo un cheque de 2.500 euros por cada hijo recién nacido. Qué caray, España iba bien.

Luego, en septiembre, vendría el cheque juvenil (bonificación de 210 euros mensuales para los jóvenes, con una renta máxima de 22.000 euros anuales, que alquilasen una vivienda). Y luego, ya en plena campaña, la promesa de una devolución horizontal de 400 euros, a cuenta del impuesto sobre la renta. Tres planes de rescate electoral que se demostraron eficaces, puesto que el PSOE logró alejar del centro del escenario los dos argumentos preferidos por la oposición: la ETA irreducible y los densos enredos de la política territorial. En una brillante operación táctica, el foco quedaba situado en la promesa de una política social más igualitaria y especialmente atenta a los jóvenes y a las mujeres. El mensaje era: hay dinero para repartir y algunas libertades aún por conquistar.

El Partido Popular también acabó orillando el discurso de ETA. Se olvidó Mariano Rajoy, con buen criterio, del «España se rompe», y ofertó a los españoles una catástrofe de nuevo tipo: «Nos vamos al garete». Manuel Pizarro, el fichaje estelar de los populares en la campaña, defendió la inminencia del desastre con verdadero tesón aragonés en su debate con Solbes. Y perdió. Perdió, porque era mucho más seductor el discurso del aterrizaje suave. Perdió Pizarro apuntando en la buena dirección. Perdió Pizarro, porque la mayoría de los españoles no deseban comprar la estampa depresiva. Ningún dirigente empresarial —ninguno— movió un dedo en esa dirección. Ni el banquero Botín, evidentemente, que no escatimó mensajes de apoyo a Zapatero. Ni Francisco González, presidente del BBVA, siempre distante del Gobierno socialista. Ni los presidentes de las cajas de ahorro. Ni los grandes constructores, ni los gestores inmobiliarios, que aguantaban la respiración ante el vértigo de una caída que sabían próxima. Ni el recién elegido presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), Gerardo Díaz Ferrán, quiso apuntarse al coro de la catástrofe. Una parte muy importante de España se resistía al pesimismo. Y esa resistencia tiene un origen antiguo que en este primer capítulo intentaremos explicar. Con un planisferio. Con un mapa del mundo. Un mapa cuyo centro ha cambiado.

 

 

España fue forjada por el Imperio de los Austrias, dicen los historiadores. España no creó el imperio, sino que fue este, con sus expolios, requerimientos y exigencias, el que dio forma a un país invertebrado, que llegó a la pubertad nacional (siglo XIX) en plena agonía del dominio colonial. España fue, durante siglos, un «subcontinente» (la península más las Américas y otras posesiones), atormentado por las conspiraciones externas y las contradicciones internas.

Una rápida plenitud imperial y una larga agonía, que comienza a mediados del siglo XVII con la crisis de Flandes y concluye con la sangrienta guerra civil del siglo XX. Tres siglos de lento atardecer. Esa deriva dibujó un mapa muy tortuoso en la mentalidad española. Un mapa con muchas curvas, mucho orgullo y mucho resentimiento. Y mucho incienso de la Iglesia católica. Stendhal lo describió con brillantez y desdén en sus notas sobre la Vida de Napoleón: «El español, como el turco, al que tan poco se parece por su religión, no sale de su país para llevar la guerra al de los demás, pero en cuanto ponen el pie en su casa todo el mundo es su enemigo [...]. Se tiene tanto orgullo nacional, se es tan patriota en España, que hasta los sacerdotes lo son. Hoy, la mitad de los generales que combaten en América por la libertad han sido educados en las clases de los curas. Ese es otro parecido con los turcos. Tal vez la fisonomía del clero sea el rasgo que más separa a España del resto de Europa [...]. El español no es avaricioso, atesora, sin ser avaro, pero no sabe qué hacer con su fortuna; se pasa la vida, ocioso y triste, pensando en el orgullo, en el interior de un soberbio aposento. Sangre, costumbre, lenguaje, modo de vivir y de combatir, en España todo es africano. Si el español fuera mahometano, sería un africano completo». África empieza en los Pirineos. Como vemos, el autor del eslogan que tanto impacto ha tenido en sucesivas generaciones españolas es Marie Henry-Beile, Stendhal, el grandísimo creador de El rojo y el negro y de La Cartuja de Parma.

España africana. España mahometana. Casi un siglo después de las anotaciones de Stendhal sobre la frustrada aventura napoleónica en el solar hispánico, el escritor y poeta portugués Fernando Pessoa observó la dimensión no europea de España de la siguiente manera: «El tercer grupo religioso europeo es el ibérico, compuesto por tres naciones reales y dos políticas [España, Portugal y Cataluña]. Se yuxtaponen en nuestra península dos religiones: el cristianismo y el mahometismo. Un tipo de fe, que no teniendo nada que ver con el protestantismo, tampoco es el catolicismo latino tradicional. Decaída la civilización árabe, que fue notable aunque breve; decaído el arabismo, quedó su parte inferior: el fanatismo religioso. Este, que tenía sobrada capacidad para infiltrarse en el cristianismo, produjo una de las formas crististas más desoladoramente antipáticas que ha habido: este catolicismo de salvajes de nuestra península, esta fe que había de producir la Inquisición» (Fernando Pessoa, El regreso de los dioses).

Africanos, sí. Solar de fanáticos, sí. Poseídos por un furor mahometano, sí. La guerra civil de 1936-1939 lo confirmó con creces. Perdidas todas las posesiones imperiales, el ejército colonial se lanzó sobre la península espoleado por el temor de las oligarquías al desmembramiento del país tras la proclamación de la autonomía catalana, y por el terror del clero ante la pérdida de poder e influencia, a manos de un anticlericalismo compulsivo, que también cedió al salvajismo, como demuestra la sistemática quema de iglesias y conventos. Fanáticos contra fanáticos. Africanos (en el sentido stendhaliano) contra africanos.

Este mapa tortuoso y aparentemente incorregible de España comenzó a modificarse en las elecciones democráticas de 1977. Sorpresivamente, el país cambiaba de régimen de manera pacífica y sin entregarse a los tormentos del pasado. Bajo la cápsula del franquismo habían madurado, por fin, unas clases medias capaces de dotarse de un régimen parlamentario estable. También habrían madurado las clases medias con la República, si esta hubiese podido asentarse. Con libertad, habrían madurado mucho mejor, con mayor hondura, con más sentido de la responsabilidad cívica. La democracia es sólida en España, pero no deberíamos olvidar cuáles han sido sus dos principales nutrientes en estas últimas tres décadas: el bienestar económico y el despliegue de una libertad hedonista. Dos nutrientes que hoy se hallan en apuros. Tendremos noticia de ello en los próximos años, si la crisis económica persiste con la dureza hoy prevista.

El mapa comenzó a modificarse y de pronto los españoles se vieron mentalmente inmersos en Europa. De nuevo Stendhal: «Aunque la nación española se sienta muy contenta en su estercolero, tal vez dentro de doscientos años logrará arrancar una Constitución, pero una Constitución sin más garantía que ese viejo absurdo que llamamos juramento, ¡sabe Dios, además, con qué ríos de sangre habrá de comprarla!». Ríos de sangre los hubo. E hicieron falta ciento setenta años desde el 1808 napoleónico. En 1978 se aprobaba la nueva Constitución democrática y en 1986 —casi doscientos años después del vaticinio stendhaliano— España conseguía abrir las puertas de Europa. El mapa ya era otro. Presos de un optimismo inédito, los españoles se sentían casi en el centro del mundo: cada vez viajaban con más frecuencia al exterior, sus hijos aprendían idiomas y muchos de ellos marchaban a estudiar y trabajar al extranjero. Ese es un dato clave en la historia reciente del país.

Una primera generación de cuadros profesionales formados en el exterior, hijos o sobrinos de la vieja nomenclatura madrileña, retomaba en los años noventa el timón de los negocios capitalinos y conseguía articular una poderosa coalición de negocios inmobiliarios, capital financiero, poder mediático y empresas de servicios privatizadas que acabaría quebrando la hegemonía del PSOE de Felipe González. El banquero Mario Conde intentó ser su profeta, pero amenazó demasiados intereses. Por ello, por amenazar demasiados intereses y por infringir descaradamente las reglas del juego, acabó dando con sus huesos en la cárcel. España había conseguido madurar. Solo un partido de masas bien articulado con los centros de poder podía echar a los socialistas del Gobierno.

La coalición de las nuevas potencias centrales (inmobiliaria, financiera, mediática, telefónica y energética) acabó siendo liderada por José María Aznar, nieto de uno de los hombres más astutos de la vieja nomenclatura madrileña, Manuel Aznar Zubigaray, joven tradicionalista navarro, luego nacionalista en el País Vasco (admirador de Sabino Arana y columnista del diario Euskadi con el seudónimo Imanol), después director del diario republicano El Sol, falangista al finalizar la guerra civil, hábil director de La Vanguardia en los años cincuenta, y embajador de Franco en Marruecos, Santo Domingo y las Naciones Unidas. Un perillán, según Indalecio Prieto. Un tipo verdaderamente simpático, según Manuel Irujo, patriarca del nacionalismo vasco.

Al frente de la más poderosa coalición de la España emergente, Aznar intentó redactar una nueva cartografía española, con eje en el océano Atlántico. A su izquierda, el continente americano; a su derecha, España y Gran Bretaña como cabezas de puente. Era el mapa de la alianza preferente con Estados Unidos. Un mapa que nunca acabó de convencer. Apegada sentimentalmente a la vieja cartografía carolingia, la mayoría de los españoles se puso del lado de la «vieja Europa» (Francia y Alemania) cuando los preparativos de la guerra de Irak abrieron una tensión inédita en Occidente. La propia expresión «vieja Europa», utilizada despectivamente por el secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, resultaba muy grata a los españoles. Identificarse con la «vieja Europa» les hacía sentirse antiguos miembros de un club al que siempre habían anhelado pertenecer. Y los que no lo habían anhelado, no podían sino asociar la marca carolingia con el bienestar de los últimos treinta años. En España, en la España stendhaliana y africana, en la España medio mahometana de Pessoa, hace solo treinta años las cosas estaban francamente mal. Vale la pena recordárselo a los más jóvenes. Hace treinta años la gente tenía que ir a por agua a la fuente en muchos pueblos. Y los suburbios de las grandes ciudades eran infames. Había barracas en Madrid y en Barcelona. En esos mismos pueblos hoy hay un coche frente a cada casa. Y en los suburbios, la vida es mucho más decente. Entre 1986 y 2006 los carolingios han entregado 118.000 millones de euros a España en concepto de ayudas y subvenciones. Tres veces el Plan Marshall. Se comprende, por lo tanto, que exista cierto apego a la «vieja Europa».

El mapa aznariano era ambicioso, muy ambicioso. En él dominaba el color azul del océano, el color azul de la intemperie. Era vanguardista. Era gélido aquel mapa.

Regresamos a la «vieja Europa» de la mano de un gobernante en apariencia intrépido, en apariencia cumplidor de la palabra dada, llamado Rodríguez Zapatero. El presidente francés Jacques Chirac y el canciller alemán Gerhard Schröder viajaron pronto a Madrid para plasmar la restitución de la alianza con los exafricanos y exmahometanos, sin los cuales franceses y alemanes están demasiado solos. España volvía a sentirse en el centro de un mundo pacífico y civilizado. Y frágil, como están demostrando los acontecimientos. Llevados por el súbito furor carolingio de Zapatero, los españoles fueron los primeros en aprobar la Constitución Europea en referéndum. Excepto los almuecines de la emisora católica COPE, muy pocos se atrevieron a hacer campaña por el no. Al cabo de unos meses, ¡oh, sorpresa!, los franceses rechazaban el tratado constitucional en las urnas. Y después, los holandeses. Y después, una vez enmendado el texto, los irlandeses. La idealizada Carolingia era, en realidad, un avispero movido por el miedo... Miedo al fontanero polaco, miedo a los inmigrantes, miedo a la inflación, miedo a los rusos, miedo a los chinos, miedo a dejar de ser el centro del mundo. Miedo a lo que ya comenzaba a ser evidente.

Hasta que un día, el intempestivo David Taguas, advirtió, desde la Oficina Económica de la Moncloa, lo que Rodrigo Rato ya había adivinado desde las altas almenas del Fondo Monetario Internacional, antes de solicitar el finiquito —con gran sentido de la oportunidad—. Dijo Taguas: «Esos nubarrones no me gustan nada». Y vino la tormenta.

La economía ha pegado un frenazo en seco en todo Occidente, haciendo trizas el angelical pronóstico de quienes creían superado para siempre el capitalismo cíclico. El frenazo está siendo brutal para los neumáticos de la economía española. En menos de un año el país ha pasado de un crecimiento del 3,7 % a un crecimiento negativo. Es la mayor contracción del producto interior bruto conocida en la historia contemporánea. Es el frenazo en seco de una camioneta que avanzaba a más de 160 kilómetros por hora por la autopista del bienestar, con el pasaje entregado a la juerga en los asientos de atrás. The party’s over. La matriculación de coches ha descendido en más de un 30 %. La matriculación de vehículos de carga, cerca de un 50 %. La disponibilidad de bienes de equipo, un 31 %. El consumo de cemento, un 30,4 %. Los afiliados a la Seguridad Social, un 14,2 %. El índice de confianza industrial, un 22 %. Y el índice de confianza del consumidor, un 39 % (datos comparativos entre 2007 y el tercer trimestre de 2008, publicados en el informe de noviembre de la consultoría Freemarket, que dirige el economista Lorenzo Bernaldo de Quirós). The party’s over. «La fiesta ha terminado», titulaba la prestigiosa revista The Economist en noviembre de 2008.

Las previsiones varían en función del laboratorio que las elabora. Los informes anuales de prospectiva del Banco de Santander y del BBVA, publicados en la primavera de 2007, preveían un batacazo severo, pero algo menor del que en estos momentos registran las estadísticas. Evidentemente, los dos grandes bancos españoles no tenían, ni tienen, ningún interés en propagar el pesimismo y, menos aún, el pánico, factores que multiplican y acentúan toda situación de crisis. Como señala uno de los principios de la física cuántica, la mera observación modifica el objeto observado. Todo pronóstico modifica el objeto pronosticado. De manera que nos abstendremos en estas páginas de mencionar los boletines económicos de la FAES (Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales), en los que la negatividad del pronóstico apenas puede disimular el disfrute de sus redactores. He ahí uno de los persistentes problemas de la derecha española, de la derecha aznariana, en el actual momento: su lenguaje sugiere demasiadas veces un sincero deseo de ruina total. Como referencia severa es más creíble el observatorio de Freemarket, la consultoría de Bernaldo de Quirós, economista liberal, muy crítico con los actuales efluvios neokeynesianos, poco amigo del Gobierno y valorado como muy solvente.

La deriva de España presenta grandísimos interrogantes, si nos atenemos a las previsiones en curso. Veamos qué dice Freemarket. Previsión del producto interior bruto: caída del 2 % en 2009. Caída de la formación bruta de capital fijo: 10 % (12 % en el sector de la construcción). Tasa de paro: crecimiento del 11 al 18 %. Existe la posibilidad de que en solo dos años (2008 y 2009) más de dos millones de personas engrosen las listas del paro. Los efectos de este brusco cambio de perspectiva en el horizonte vital de tanta gente dibujan un interrogante al que ningún sociólogo es capaz de responder, puesto que los patrones de comportamiento de los últimos treinta años se han basado siempre en una perspectiva de prosperidad, incluso en aquellos momentos de gran crisis y zozobra.

«Nunca había visto algo parecido», es la frase recurrente estos meses. A finales de los años setenta, cuando la crisis del petróleo golpeaba tardía y severamente a las empresas españolas (fracasado el intento de la dictadura franquista de sortearla o puentearla), el país tenía un horizonte casi épico. Existía un fuerte aliciente colectivo: la democracia, el ensanchamiento de las libertades individuales. Existía la promesa de una nueva vida. Y de un nuevo mapa.

«Atención, mucha atención, porque estamos ante algo realmente nuevo en España. La posmodernidad se ha acabado de golpe», advierte el sociólogo Fernando Vallespín, director del Centro de Investigaciones Sociológicas entre 2004 y 2008. Volvemos a la modernidad, señala Vallespín, sin que ello signifique una vuelta atrás. La crisis acentuará los valores «densos», en detrimento del fluido posmoderno. Regresarán los valores y referencias capaces de actuar como asidero en la zozobra. Orden y seguridad. Regreso al Estado, por tanto. Un Estado al que seguramente se le exigirá mucho más de lo que puede dar. Demanda de protección y reafirmación de las identidades. Hasta hace cuatro días, el país parecía ir en dirección opuesta: libre flujo de la economía tras la total privatización de las empresas públicas, postradicionalismo (relajación de los vínculos familiares, de la religión y de toda carga del pasado), hedonismo, gasto desenfrenado, arrogancia y barullo político muy teatralizado, pero siempre bajo control: dos días de excitación, por cada dos de tranquilidad. Todo eso va a cambiar. Está cambiando ya.

La lectura del pasado también cambiará. Es posible que se revalorice la transición, tantas veces criticada. En 1977 el país se hallaba al borde de la suspensión de pagos y las élites políticas, sociales y económicas supieron encontrar la vía del acuerdo en los pactos de la Moncloa. ¿Por qué no ahora?, comienza a preguntarse mucha gente. ¿Por qué no ahora?

En la crisis de 1993, España ya estaba en Europa, pero aún quedaban dos alicientes en el horizonte: el acceso a la moneda común y el alba de las nuevas tecnologías de la información (telefonía móvil e Internet). La crisis fue dura, pero obedeció a unos patrones clásicos, dentro de los cuales el Gobierno aún dispuso del principal margen de maniobra de los viejos manuales del Estado nacional: la devaluación de la moneda.

Instalados en el euro y en la era de Internet, ¿cuáles son ahora los alicientes que pueden evitar que el estancamiento genere una auténtica depresión colectiva? La «economía verde», dicen los más optimistas, con la mirada puesta en Barack Obama, ese san Martín de Porres de los tiempos modernos, que todo lo va a solucionar, al decir de los progresistas europeos. Basta con una nueva mirada, basta con desearlo (Yes, we can), basta con creerlo. Nunca, desde las primeras luces de la Ilustración, la racionalidad europea (la de la izquierda y la de una buena parte de la derecha) había estado tan cerca del pensamiento evangélico.

Mientras treinta años de optimismo se desencuadernan, la política muchos días parece cabalgar la situación a ritmo de SMS y spot en YouTube. Bien pegado a Carolingia, Zapatero ha logrado aparecer en los foros principales del nuevo relato: en las reuniones europeas donde se han tomado decisiones de gran calado y en la cumbre de Washington del 15 de noviembre de 2008, que no decidió nada importante, pero dibujó el marco de una posible gestión mundial de la crisis. Rodríguez Zapatero, aun a riesgo de parecer el Zelig de la película de Woody Allen, el tipo que se adapta perfectamente a cualquier circunstancia, sea cual sea, ha sabido moverse bien. Por ahora.

Zapatero, el gobernante que creía estar al frente de un largo ciclo de prosperidad en España («Presidente, el país va como un tren, hemos avanzado a Italia, pronto atraparemos a Francia y que se vayan preparando los alemanes», le susurraba Miguel Sebastián al oído), capea como puede el temporal, entre decisiones de fondo de importante envergadura financiera (sucesivos planes de intervención en la economía a cuenta del déficit público) y tácticas de Photoshop, que en más de una ocasión invitan a la sonrisa, pero que, a la postre, dibujan un retrato hiperactivo del presidente. Se hace lo que se puede y se hace con mucha rapidez ante las cámaras de televisión.

En un breve margen de tres meses, entre octubre y diciembre de 2008, la Moncloa consiguió borrar la imagen de pasividad, falta de previsión y obcecado optimismo. Zapatero tuvo más de una bronca con sus asesores más próximos. A la vuelta del verano, el presidente aún se resistía a un cambio radical de discurso. «En un momento determinado le vi perdido, vi que la corriente podía llevárselo río abajo. Si cristalizaba la imagen de fragilidad y de desorientación ante la crisis, políticamente era hombre muerto. Y, de golpe, reaccionó. Cuando vio que la situación se estaba complicando en toda Europa, activó los reflejos, se movió y tuvo la habilidad de vincular su reacción al discurso europeo. Moduló muy bien su mensaje: la crisis era un problema global, provocado por los neoconservadores de la Administración Bush, y España, perjudicada por la economía ultraliberal norteamericana, se movía al mismo ritmo que todos los demás países importantes. Supo esperar a que la elección de Barack Obama estuviese cercana. Realmente tiene una gran frialdad y una gran destreza en la administración del tiempo», confiesa, no sin admiración, uno de sus asesores. Las encuestas, sin embargo, no opinan exactamente lo mismo. La valoración de Zapatero ha sido mellada por la crisis. Pero sí es verdad que ha evitado el desastre. A finales de 2008 su puntuación seguía siendo más alta que la del jefe de la oposición y se mantenía un virtual empate entre PSOE y PP. Poco, realmente muy poco, para quienes a diario predican la inminencia del Apocalipsis.

Pese al moderantismo de Mariano Rajoy, las cosas no le están yendo mejor a la oposición. La derecha sigue teniendo graves problemas en la modulación y cohesión interna. En la práctica, hay dos partidos dentro del PP. El mapa que a diario dibuja la oposición es demasiado abrupto, demasiado catastrófico, para un país que ha vivido catorce años consecutivos de crecimiento. La sociedad, en definitiva, detecta una alarmante merma de calidad en el ejercicio de la política (barullos autonómicos incluidos) y las encuestas comienzan a reflejarlo. El partido de los abstencionistas crece y sube también el partido de las soluciones fáciles, la UPyD (Unión, Progreso y Democracia), el nuevo partido de la señora Rosa Díez, por ahora simple como una consigna: unidad nacional. Queda por ver si el filósofo Fernando Savater será capaz de aportar un poco más de grosor y densidad a esa «tercera vía», que puede llegar en el momento oportuno.

Por consiguiente, en España coinciden en estos momentos tres crisis.

Primera: una severa crisis económica en forma de L.

Desestimada por utópica, la hipótesis de una crisis en forma de V (caída rápida, rebote y recuperación igualmente rápida), los expertos llevan meses dudando si la crisis tendrá forma de U o de L. O de L con la base muy alargada. La U es hoy la premisa de los optimistas razonables: caída rápida, cierto periodo de recesión y estancamiento, para después volver a crecer. Esta es la esperanza del presidente Zapatero: la esperanza y el deseo de que en el último año de la actual legislatura (2011-2012) haya recomenzado la recuperación del empleo. La crisis en L, hipótesis de los realistas que no tienen fobia al pesimismo, describe la caída en vertical de los últimos meses, augura un incierto periodo de estancamiento y no se atreve a pronunciarse aún sobre el momento de la recuperación. Los creyentes en la L alargada son más pesimistas: ven venir una depresión de larga duración, con las consiguientes derivadas políticas y sociológicas.

Segunda crisis: la brusca interrupción de la cultura del apalancamiento, el abrupto final del festín.

Con la brusca caída del sector de la construcción, todo un modelo de éxito social se viene abajo. Ruidosamente abajo. Aparatosamente abajo. Un modelo basado en la financiación a crédito de las ambiciones: de las pequeñas, de las medianas, de las grandes y de las gigantescas ambiciones. Es el joven albañil de Murcia en paro, con un BMW en la puerta de casa, una hipoteca por pagar y los estudios colgados por el reclamo del dinero fácil. Es el constructor de tamaño medio que creyó poder sumarse al festín madrileño comprando a crédito una empresa mucho mayor que la suya, y ahora yace en el lecho de la suspensión de pagos. Es el señor Luis Del Rivero, patrón de Sacyr, que hace un año reprochaba a los empresarios catalanes ser demasiado timoratos por no lanzarse masivamente hacia el apalancamiento y ahora bordea el precipicio. Las tremendas tensiones políticas y financieras que la crisis de Sacyr ha generado en los últimos meses son bien conocidas. En Madrid y en Moscú. Es el palco del estadio Bernabeu, la mayor lonja de contratación de España durante años, que creyó ser uno de los centros del mundo y hoy apenas disfruta con el fútbol de su equipo. Es el inmigrante que llegó a España creyendo pisar El Dorado —y así fue durante un tiempo—, y ahora se ofrece a precio de saldo en el mercado de esclavos. Es el columnista quevediano que hace un par de años chasqueaba los dedos y escribía en la prensa de Madrid: «¡Bah, Portugal! Si España quisiese, lo compraba entero». Es el eje rotor de la economía española, seriamente averiado. Es el principal mecanismo de acumulación de capital, el binomio banca-construcción, el dueto cajas de ahorro-inmobiliarias, gripado. Es, en definitiva, una arrogancia que se ha ido a tomar viento. Habrá que inventar algo nuevo. Y eso lleva tiempo. Mucho tiempo.

Tercera crisis: tremenda perplejidad ante un mapa que nos ubica en la periferia.

Frenada la economía, rota la época de la plata fácil y de las ambiciones desmedidas, colapsada la arrogancia y devaluada la calidad de la política, así en el centro como en la periferia, hay un tercer factor de crisis a tener en cuenta: nos han cambiado el mapa. Carolingia ya no vive aquí. Los últimos acontecimientos internacionales: la guerra de Irak y sus múltiples derivadas, los inquietantes vaivenes del precio del petróleo y de los alimentos, la persistencia del terrorismo islamista, el creciente protagonismo de las nuevas potencias (China, Rusia, India, Brasil), la crónica dificultad de la Unión Europea para absorber, metabolizar y dar respuesta a tantos problemas internos y externos (el desbordamiento del ideal europeo), en suma, la sensación de desorden generalizado, han lanzado dramáticamente a la opinión pública internacional en busca del milagro. La han lanzado en brazos del señor Barack Obama, que no podrá atender ni una cuarta parte de las esperanzas en él depositadas. Cuando una sociedad santifica a un político antes de que comience a actuar, es que algo muy grave está pasando.

Nos han cambiado el mapa. Carolingia ya no vive aquí.