19

La Mora, Rabat. Época actual

Cuando llegó Helena con una bandeja llena de cosas de picar, Carlos empezó a quitar papeles a toda prisa. Estaba deseando decirle lo que había descubierto, pero algo en su expresión le sugirió que esperara; daba la impresión de que también ella tenía algo que decirle.

—¿Pasa algo? —preguntó él mientras acomodaba los platos, los cubiertos y las cosillas de comer.

—Que no salgo de mi asombro con la cantidad de cosas que no he sabido nunca.

—¿Como qué?

—Lo que me acaba de contar Suad, por ejemplo. Que la mañana en que nos dieron la noticia de la muerte de Alicia, poco después de haber hablado con ese chico alto y guapo que no sabemos quién es, mi madre subió al cuarto de Alicia, sacó una maleta que había debajo de su cama y empezó a deshacerla y a guardar ropa suya en el armario.

Carlos la miró en silencio.

—Cierra la boca. Yo tampoco lo entiendo.

—Dices que estaba… ¿deshaciendo la maleta?

—Eso me ha dicho Suad. —Helena se sentó frente a Carlos, cogió una oliva negra y empezó a masticarla casi con rabia.

—Y tú, ¿dónde estabas?

—¡Yo qué sé! ¿Cómo quieres que me acuerde? Yo estaba convencida de que estuvimos juntas toda la mañana, llorando en el sofá del salón, hasta que…

—¿Hasta que qué? —Carlos tuvo la impresión de que había habido un destello de reconocimiento en los ojos de Helena.

—Nada. Hasta que llegó la policía, supongo, y subieron todos a investigar la habitación de mi hermana.

—Helena… —Carlos le cogió la mano con delicadeza y se la besó en la palma—. Ya está bien de ocultar cosas, ¿no crees? No le sirve de nada a nadie. Cuéntame qué has recordado.

Ella sacudió la cabeza en una negativa, se encogió de hombros y se quedó mirando por las ventanas aunque no hubiese nada de particular que ver. Carlos esperó con calma, masticando unas almendras fritas.

—No es que lo haya recordado ahora, Charlie. Es algo que me ha perseguido toda mi vida. Algo así no se olvida.

—A veces ayuda contar este tipo de cosas, ¿sabes? Ponerlas en palabras para librarse de ellas.

—No creo que sea tan fácil.

—Inténtalo, cariño. Te escucho.

Helena inspiró hondo, abrió la boca y volvió a cerrarla. Nunca le había contado eso a nadie y, aunque Carlos aseguraba que podía ayudar, ella nunca había creído que las palabras tuvieran el poder de conjurar los monstruos o aliviar el dolor.

Carlos seguía esperando pacientemente.

—Aquella horrible mañana, cuando llegó la policía y nos dijo que habían encontrado el cuerpo de Alicia, papá y Jean Paul se fueron con ellos a la ciudad y nosotras nos quedamos en casa. Mi madre… —empezó Helena, carraspeó, tragó saliva y siguió hablando—, mi madre había estado abrazada a mí, las dos llorando desesperadas, diciendo las cosas estúpidas que se dicen en esas circunstancias, que no era posible, que por qué ella, que quién había podido hacer una cosa así… De repente, mamá se suelta de mi abrazo como si acabara de darse cuenta de algo, me mira fijamente y me dice: «¿Por qué ha tenido que ser Alicia? ¿Por qué?». Ya había empezado a gritar y se le había puesto cara de loca: pálida, con ojeras, con el pelo sudado pegado a la frente. «Deberías haber sido tú.»

»Lo decía en serio, Charlie. Totalmente, mortalmente en serio. Terminó de decirlo y se puso a aullar de dolor y a dar puñetazos al sofá. Yo me levanté y me fui a mi cuarto. No bajé hasta que oí la puerta de la entrada. Desde entonces he estado dándole vueltas a aquello. Creo que llegó un momento en que pensé que la había perdonado, que en momentos así se dicen cosas raras quién sabe por qué. Pero no he podido olvidarlo jamás y muchas veces, cuando la tenía delante, relajada, sonriente, jugando con Álvaro de pequeño, me acudía otra vez la maldita frase y tenía que alejarme un rato para no empezar a gritarle, a reprocharle todo el daño que me había hecho. Yo creo que ella ni se acordaba.

—A veces en ciertos momentos se dicen cosas sin pensar —intentó ayudar Carlos.

—Sí, cosas que salen del corazón, esas verdades que nunca se formulan porque uno sabe que duelen demasiado, pero hay momentos en que falla el control y las palabras salen. Y lo malo es que, una vez las has pronunciado, no puedes recogerlas ya. Es como tirar un vaso de agua al suelo: no es posible recuperar el agua y que vuelva a estar en el vaso igual de transparente que antes de caer.

Hubo un silencio en el que Helena se quedó mirando el sofá en el que tanto tiempo atrás estuvo abrazada con su madre hasta que ella… O quizá mientras tanto Jean Paul y su hijo hubieran cambiado el sofá y ella nunca hubiese estado sentada allí con su madre llorando por Alicia. Empezaba a estar cada vez más segura de que los recuerdos no son de fiar y la historia que uno hilvana con su ayuda es siempre una invención.

—Entonces —comenzó Carlos, tratando de reconducir el tema para apartarla de aquellos pensamientos—, ¿tú podrías haber estado en tu cuarto mientras tu madre hacía lo que dice Suad?

—Sí, supongo que sí. Me figuro que mi madre pudo usar ese tiempo para ir a la habitación de Alicia y deshacer esa maleta que dice Suad. Para qué quería hacerlo, ya… ni idea. Suponiendo que Suad no se equivoque de día, o que mamá estuviera haciendo una maleta, no deshaciéndola, pensando en marcharse de casa.

—Entonces no estaría en el cuarto de Alicia, sino en el suyo.

—Es verdad.

—Anda, vamos a comer algo. Este pollo al limón tiene una pinta estupenda.

—No tengo hambre.

—Da igual. Hay que alimentarse para poder pensar. Y además, tengo algo que contarte. Mira de cuántas cosas me he enterado mientras estabas en la cocina.

A medida que escuchaba, Helena fue redescubriendo su apetito y empezó a picar de aquí y de allá mientras Carlos le contaba lo que había averiguado tanto sobre el canadiense como sobre el americano.

—Así que mi hermana estaba enamorada de un piloto. El famoso atractivo de los hombres con uniforme. Pero ¿por qué no me lo dijo?

—¿Porque tenía miedo de que no la apoyaras, quizá? ¿O de que fueras a contárselo a su marido?

Helena sacudió la cabeza. No conseguía entenderlo, de modo que cambió de tema, dejando esa cuestión para otro momento.

—¿Qué te ha hecho buscar el nombre de John? —preguntó.

—Dos cosas: que era el único con nombre completo, lo que me permitía buscar algo mejor, y que tu padre sospechaba de él, a juzgar por todos los círculos rojos y las flechas que dibujó en el álbum.

—¿Y cómo te has enterado de que era fotógrafo?

—Me lo dijiste tú.

Helena negó con la cabeza.

—El que era fotógrafo era Sacha.

—¡Ah! Entonces ha sido pura serendipia. Pero si mal no recuerdo, en la foto en la que se lo ve llegando a la fiesta vestido con americana y pantalones de lino lleva una cámara colgada al cuello, ¿no?

—Ni idea. Pero ahora que lo has nombrado, sí que es verdad que se pasaba la vida con una cámara en la mano cuando no estaba durmiendo la mona o totalmente frito de algo que se había metido. Creo que quería que Alicia y Jean Paul lo contrataran para fotografiar una de sus colecciones; no hacía más que darle la vara a él y hacerle la pelota. A Alicia le caía fatal, ahora que lo pienso. Estaba deseando quitárselo de encima. Pero es que el tipo no hacía más que mirarla y decirle lo guapa que era, seguramente para congraciarse con Jean Paul.

—¿Qué hacía esa gente aquí? ¿Pegar la gorra?

—Algo así. Habían venido a ver Europa empezando por venir a verme a mí, más que nada porque yo, idiota de mí, les había dicho que aquí podían vivir gratis. Cosas que se dicen sin pensar y luego hay quien te toma la palabra. Mis padres acogían a cualquiera que trajéramos nosotros. Increíble lo abiertos que eran, pienso ahora, para haber nacido a principio de siglo; papá en 1905 y mamá en 1912. Los americanos llegaron aquí, les gustó, claro, y se instalaron. John se dedicó a ganarse a Jean Paul, y los otros dos se pasaban la vida en la cama, fumando y durmiendo. No recuerdo bien cómo fue, pero sabían que tenían que irse a finales de julio; por eso lo de la fiesta era a la vez casi una despedida. Yo, la verdad, ya estaba bastante harta de ellos y fue un alivio que se marcharan una semana antes de lo acordado, pero claro, con lo de Alicia no estábamos para visitas. No volví a saber nada de ellos.

—¿Y eran todos drogadictos?

Helena se echó a reír.

—No se me había ocurrido que se les podría llamar así, la verdad, pero supongo que sí. En esa época todos tomábamos algo.

—¿Tú también? ¿Ya entonces, en casa de tus padres?

—Poca cosa: algún canuto, alguna dexedrina para combatir el sueño o el cansancio… Más tarde, en Asia, probé muchas más cosas, hasta que me aburrí y descubrí mi droga favorita: la pintura, el trabajo.

—¿Y el tal John? En internet se dice que murió de una sobredosis de heroína.

—Se aficionaría después. Cuando estuvieron aquí seguro que no. Eso sí que mi padre no lo hubiera consentido. Fumar sí, en Marruecos se ha fumado kif toda la vida, no parecía nada del otro mundo. Creo que John también le daba al ácido de vez en cuando, pero heroína no; no recuerdo que llevara mangas largas ni que temblara al fotografiar. ¿Qué hacías tú en esa época, Charlie?

—Estudiar en Inglaterra, trabajar para mi doctorado, salir con chicas serias —bromeó él—. Correr maratones cuando aún no estaba de moda.

—¡Qué decente has sido toda la vida!

—Sí. ¡La de cosas que me he perdido! En fin… ¿seguimos trabajando?

Carlos recogió los trastos en la bandeja y la llevó a la cocina. Karim estaba en la zona de la piscina recortando un rosal, se lo veía trabajar a través de los cristales. Pensó acercarse, ahora que estaba solo, y preguntarle sobre el suicidio del sospechoso, pero decidió ir más despacio y tratar de ganarse poco a poco su confianza. Suponía que lo que fuera que hubiese sucedido en aquel calabozo no era algo que estaría dispuesto a contarle sin más a cualquiera.

Rabat, 1961

Los jóvenes se habían retirado después de comerse el trozo de tarta y los mayores estaban terminando el café en la terraza. Goyo acababa de darles a elegir entre coñac francés y whisky escocés, pero había entrado en la casa a traer las dos botellas en lugar de esperar a que eligieran.

—¡Qué internacional se nos ha vuelto tu marido, Blanquita! —comentó Vicente, con sorna, pasándose la mano por la panza llena—. Parece que los licores nacionales ya no son lo bastante buenos para vosotros, ¿eh?

—Es que, la verdad, Vicente, donde esté un Courvoisier, que se quite el Veterano. Y lo mismo vale para eso que tomáis en España por whisky y que llamáis Dyc.

—Pues yo, con una copita de mistela o de málaga dulce, tan contenta —dijo Pilar tratando de resultar conciliadora—. ¿Tenéis, por casualidad?

—Seguro que sí. Goyo tiene de todo.

—Sí, ya lo veo. —Vicente paseó la vista ostensiblemente por la casa, por el jardín—. Ha sido lo bastante listo para saltar del Ejército a la primera oportunidad, no como nosotros, de ascenso en ascenso y de destino en destino, recorriéndonos España. Y parece que no ha perdido el tiempo. No sé bien lo que hace, pero está claro que compensa.

—Esta casa nos la regaló el rey de Marruecos cuando aún era sultán —dijo Blanca, ya un poco tensa.

—¡Suerte que tuvisteis con el bueno de Mohammed, que era tan liberal! Seguro que con su hijo Hassan, el nuevo rey, ya no haréis tan buenas migas; aunque se lleva cada vez mejor con el Generalísimo. Te habrás enterado, ¿no? —dirigió la pregunta hacia Goyo que acababa de salir con unas cuantas botellas en una bandeja—. Cualquier día este rey disuelve el Parlamento, lo que yo te diga. Parece que incluso ha pedido asesoramiento a España para hacer desaparecer a unos cuantos elementos de la oposición que le molestan, ya sabes, las típicas moscas cojoneras que hay en todos los países, los del Istilal ese o como se llame, los putos nacionalistas que no dejan de dar por culo.

—No estoy al tanto, Vicente. Lo mío son los negocios.

—Ya. Ya le comentaba a Blanquita lo bien que vivís.

—Sí, no podemos quejarnos. ¿Whisky o coñac?

—Coñac, puro, como sale de la botella. Y echa sin miedo, hombre, que no quiero una muestra —añadió, al ver que Goyo llenaba poco más que el fondo de una gran copa de balón.

—¿Pilar?

—Algo dulce, si no te importa.

—Toma, te gustará. Es un Lacryma Christi napolitano original. Lágrimas de Cristo —terminó, guiñándole el ojo a su cuñada, cuyo amor por la Iglesia era conocido de todos.

—¿Blanca?

Whisky on the rocks.

Goyo sirvió dos vasos y le pasó uno a su mujer mientras Vicente comentaba:

—La verdad es que dais asco. ¡Pues no os habéis vuelto finos ni nada! Y eso que vivís en un país mugriento lleno de mierda y de cabras donde ni siquiera son cristianos. —Se bebió el coñac de un trago y gesticuló pidiendo más, a pesar de que ya iba muy cargado con todo el vino que había tomado en la comida y los vermuts del aperitivo—. Y… no sé si será verdad —dijo bajando la voz con una mueca salaz—, pero dicen que aquí las mujeres se depilan el coño. ¿Tú sabes si lo hacen, capitán? —Se echó a reír descontroladamente mientras ellas se miraban y apartaban la vista—. Cuando eras capitán de regulares debiste de ver muchos, ¿eh?

—Vicente, haz el favor. Hay señoras presentes.

—¿Señoras? ¿Estas? ¿Nuestras mujeres? Estas están puestas a todo. Al menos la mía. Si la tuya se ha hecho demasiado fina para esto, que se vaya a la cocina, que es donde deberían estar las dos, fregando.

Pilar se levantó con las mejillas enrojecidas y los ojos llenos de lágrimas, apartó la silla y echó a correr hacia la casa. Blanca la siguió después de cambiar una mirada con su marido.

Goyo se echó hacia atrás en su silla, mirando al cielo y dando vueltas a los cubitos de whisky en su vaso.

—Bueno, campeón, pues ya has vuelto a conseguir darnos el día. ¿Y ahora?

Vicente se sirvió otro coñac, se palpó el bolsillo de la camisa y sacó dos habanos.

—Ahora nos fumamos estos dos puros y de hombre a hombre me cuentas qué coño haces para vivir tan bien. Y de paso podrías contarme por qué cojones después de ser el héroe de la Ciudad Universitaria dejaste el Ejército. Tú mandabas el segundo tabor de regulares, el Alhucemas, ¿no?

Goyo asintió en silencio.

—Os dieron la Laureada de San Fernando colectiva, y a ti te ascendieron a comandante.

—De eso hace mucho tiempo, Vicente. Vamos a dejarlo.

—¡Lo dejaré cuando me salga de los cojones! ¡Soy tu superior! —Se puso de pie, dando un empujón a la silla, que cayó al suelo. La lengua se le trababa y tenía la cara encendida y las venas marcadas, como a punto de un ataque.

—¡Deja de hacer el mico, Vicente! ¡Ya está bien! Estás en mi casa y yo ya no estoy en el Ejército ni estoy a tus órdenes, mamarracho. Déjame en paz y, como vuelvas a insultar a mi mujer o a la tuya mientras estés aquí, te rompo el alma, ¿estamos? Si todos se han vuelto como tú, me cago en el glorioso Ejército español.

Goyo se acabó el whisky de un trago que le supo amargo y, dejando a Vicente abriendo y cerrando la boca junto a la mesa llena de platos sucios de tarta, se alejó por el jardín a pasos regulares.

La Mora, Rabat. Época actual

Cuando Carlos volvió al salón con el café, Helena ya había conectado con Almudena y estaban hablando de Paloma y de vestidos, de modo que se sentó en uno de los sillones y se dedicó a oírlas hablar como música de fondo mientras su mente giraba en torno a lo que habían averiguado hasta el momento.

—Venga —se oyó la voz de Chavi de repente—, ¿queréis saber lo que hemos sacado?

—Ah, ¿tú también has estado trabajando, pobre?

—Sí, al final Almudena y Felipe me han reclutado. Entre los tres hemos podido reunir muchos datos. ¿Listos?

Los dos jóvenes sonrieron, encantados, mientras extendían sobre la mesa unas cuartillas llenas de anotaciones.

—Escuchad: Gregorio Guerrero Vázquez, nacido en Orihuela en 1905. Ingresa en la academia general militar de Zaragoza en 1928 como oficial cadete a los veintitrés años después de haber hecho el servicio militar como voluntario en Melilla y haberse reenganchado en los regulares. En esa época, ¿sabéis quién es el director de la Academia? Pues nada menos que el mismísimo Francisco Franco, el futuro caudillo de España.

»Sale como teniente y es destinado de nuevo a Marruecos, donde sirve en diferentes cuerpos y lleva a cabo ciertas misiones que, por lo que nos ha parecido entender, debían de ser de inteligencia o similar. En esta época el jefe del Ejército de Marruecos es, casualmente, también Franco, aunque solo durante tres meses, en 1935.

—Ah —interrumpió Almudena—, poco antes, en el 34, encontramos a Gregorio luchando en Asturias, colaborando en la represión de la revolución minera, donde el Ejército demostró una violencia inusitada incluso para la época.

Continuó Chavi:

—En su estancia marroquí se destaca por su valor en combate, lo que le vale el ascenso a capitán antes de los treinta años, y por su labia dando cursillos a suboficiales y oficiales. Entonces es cuando se le empieza a llamar el Tigre. ¿A que eso no lo sabías, Helena?

—Lo sabía, pero no tenía ni idea de que tuviera que ver con el Ejército. En casa todos suponíamos que era un mote por su agresividad en los negocios.

—Pues espera, que hay más. Muy poco antes del levantamiento de los generales, tu padre es destinado de urgencia a Tenerife, donde Franco acaba de ser nombrado comandante general de Canarias, ¡qué casualidad! No se sabe para qué ni consta con qué puesto o empleo, y un par de semanas más tarde se produce el golpe. Franco se traslada a Marruecos y marcha a España desde allí con sus hombres, entre los que indudablemente se cuenta Goyo.

»Tiene que ser así porque en 1936 lo encontramos mandando un tabor de regulares…

—¿Un qué? —interrumpió Carlos.

—Un regimiento. Pero en los regulares se llaman «tabores» y en la Legión «banderas», como en los paracaidistas.

—Vaya, parece que os habéis documentado a fondo. Perdona, sigue.

—Pues eso, que con sus regulares del tabor Alhucemas, y ya comandante, lucha en una de las peores batallas de la Guerra Civil y una de las más largas y cruentas, la de la Ciudad Universitaria de Madrid, que no se rinde a los sublevados hasta 1939.

—No hemos encontrado nada que cubra el periodo entre el final de la guerra y 1943, como si se lo hubiese tragado la tierra, en lo que respecta al Ejército, digo. Tú a lo mejor sabes más, abuela.

—Sí —cabeceó Helena—. Sé que mis padres vinieron a vivir a Marruecos en 1940 y creo que él estaba destinado en un puesto diplomático o algo así, en el consulado de Casablanca, algo que tenía que ver con comercio, negocios, esas cosas.

—Luego ya… agarraos… vuelve a aparecer como oficial de inteligencia militar destinado en Marruecos con el rango de coronel. Eso fue a partir de 1943. De toda esta época en adelante, como os podéis figurar, no hay datos que puedan ser consultados libremente. Todo lo demás tendremos que suponerlo, pero lo que queda claro, querida Helena, es que tu papá era espía. Como James Bond —terminó Chavi con una risotada.

—¡Joder! —Fue todo lo que se le ocurrió a Helena—. ¿Estáis seguros? ¿No puede ser otro Gregorio Guerrero?

—¿Gregorio Guerrero Vázquez? ¿Nacido en Orihuela, en 1905? ¿El Tigre? Serían muchas casualidades, ¿no crees?

Helena siguió mordiéndose el labio inferior mientras Almudena y Chavi les explicaban cómo habían dado con toda la información y cuánto les había ayudado Felipe, que estaba haciendo una tesis sobre historia militar y conocía bien los archivos.

—Pagadle lo que os parezca bien. El chico está en paro, habéis dicho, ¿no?

—Es un amigo, lo hace por nosotros.

—No. El trabajo se paga. Especialmente el trabajo bien hecho. Y dadle las gracias de nuestra parte. Ya lo invitaremos a cenar cuando volvamos.

—Eso, ¿cuándo volvéis? Falta una semana para la boda, a ver si se os va a pasar con todo este lío.

—No seas tonta, Almudena, ¿cómo se nos va a pasar?

—¿Qué habéis averiguado vosotros?

—Os dejo con Carlos. Él os contará. Voy a preparar un té.

Salió del salón con la cabeza pesada, como si todos los datos que acababa de recibir tuvieran un peso y ocuparan un espacio preciso en su cerebro, como se siente el estómago después de un día de fiesta en el que has comido más de lo que deberías.

Ya había caído la noche y el jardín era una gran sombra amenazadora a través de los cristales. En su juventud siempre había alguien que encendía los faroles de velas que Alicia amaba y había colgado por todas partes para que brillaran entre las frondas con todos los colores del paraíso. Ahora no había más que oscuridad dentro y fuera. La cocina estaba también oscura y vacía. Encendió la luz y puso agua a hervir. Su vista paseaba lentamente por los armarios, que seguían siendo los mismos de entonces, de madera oscura, por la gran mesa de mármol blanco donde tantas verduras se habían cortado al correr de los años, donde tantas veces ella y Alicia se habían tomado un último vaso de leche con Cola-Cao antes de irse a la cama.

Hacía mucho tiempo que la presencia de su hermana no era tan intensa como en ese momento en ese lugar, como si Alicia estuviera allí mismo, detrás de la puerta, a punto de entrar para decirle algo, para leerle un pasaje de una revista que la había impresionado; como si hubiese estado todos aquellos años escondida en La Mora, esperando a que ella volviera para susurrarle todo lo que entonces no había llegado a saber. Casi podía oler su perfume favorito, de flores de muguet o lirios de los valles, esas florecillas diminutas blancas, frescas, que en su juventud en Francia y Suiza se regalaban a las chicas el primero de mayo para que las pusieran en sus solapas. Luego, cuando Alicia se fue haciendo más sofisticada se pasó a Shalimar, que a ella nunca llegó a gustarle.

Por un momento le pareció verla, sonriente, con su pijama de franela blanco de lunaritos rojos, con el codo en la mesa y la mano metida dentro de la melena rubia, despeinándose a propósito, dándose un masaje de cuero cabelludo «para estimular la creatividad», riéndose de sí misma y de sus aires públicos de couturière parisienne. Pero no estaba allí. Parpadeó. Nunca estaría.

Todo pasado. Todo perdido.

¡Y tantas cosas que pudo saber y nunca supo!

Apoyó la frente en un armario y se mordió los labios para no llorar.