Madrid. Época actual
—¡Helena!
La voz de Carlos le llegó al cuarto de baño en cuanto salió de la cabina de ducha y, antes de que pudiera ponerse el albornoz y salir a ver qué quería, él ya había abierto la puerta y le mostraba un pequeño álbum de fotos.
—Tienes que salir a ver esto. Es muy curioso, de verdad.
Se instalaron en el sofá con el álbum en el regazo de Carlos.
—¿Reconoces esta letra? —preguntó, enseñándole una lista de nombres y anotaciones en tinta negra escrita en una caligrafía pulcra y disciplinada.
—Sí, claro. De mi padre.
—Lo que yo pensaba.
—¿De qué se trata?
—A ver… tengo que empezar desde un poco antes. En el rato que tú has hecho la siesta yo he estado trabajando —Helena le sacó la lengua— y me he enterado, por el informe policial, de que el tipo que fue detenido por el asesinato de Alicia se suicidó en la cárcel; de hecho creo que ya en el calabozo. Al parecer consiguió robar un arma y se pegó un tiro.
—Sí, eso lo sabía. Nos lo contó papá para que nos sintiéramos algo mejor.
—¡Vaya, qué cosas! Eso de sentirse mejor, digo. Parece ser que lo acusaron porque intentó vender una cadenita de oro con un pequeño brillante que Alicia siempre llevaba puesta.
—Sí. Se la regalaron mis padres cuando cumplió los veintiuno, igual que a mí después.
—El acusado juró y perjuró que la robó del cadáver porque «a la señora ya no le iba a hacer falta y él tenía familia», pero que él no había tenido nada que ver con el crimen.
—Sin embargo, se suicidó, con lo que para todos nosotros en ese momento quedó claro que era una confesión.
—¿En ese momento?
Ella se encogió de hombros, se levantó del sofá y empezó a frotarse el pelo con la toalla mientras miraba hacia fuera, hacia las farolas de la plaza que acababan de encenderse.
—Cuando pasa una cosa así… es muy duro, ¿sabes? Una quiere saber, quiere venganza, que se acabe, comprender qué ha pasado, cerrar y seguir adelante. Por eso a todos nos alivió pensar que ya estaba todo claro. Había sido mala suerte, una horrible mala suerte, nada más. Solo que luego… con el tiempo, poco a poco todos empezamos a pensar que había sido demasiado fácil, que nunca había habido pruebas contra ese desgraciado, que de verdad era un raterillo de poca monta bien conocido por la policía… y empezamos a dudar.
»Pero yo para entonces tenía mis propios problemas. Estaba en España, me acababa de quedar embarazada, todo el mundo estaba supercontento de que por fin hubiera una buena noticia, algo positivo, y todos querían que nos casáramos. Jean Paul seguía deshecho, creo que aún estaba en una clínica en la Suiza francesa. Mi madre parecía un fantasma y solo con lo de mi boda se animó un poco. Fue mi padre quien empezó a obsesionarse con descubrir la verdad, pero conmigo de eso no hablaba por esas manías que tenían los hombres de la generación anterior de que a una mujer embarazada hay que tratarla con guantes de seda. Ya no supe más.
—Pues mira, parece que tu padre se lo tomó en serio de verdad. Fíjate en esto.
Carlos empezó a pasar páginas del álbum. Todas estaban llenas de fotos de la fiesta de aquella noche y en todas había marcas, anotaciones, flechas y círculos. Entre la última página y la tapa, había también varias cuartillas llenas de notas, preguntas y tachaduras.
—Debió de llegar a la conclusión de que el asesino estaba en la fiesta y, por lo que se ve, empezó a identificar y a seguir a todo el mundo. Mira la lista.
Helena echó una mirada y, conforme sus ojos pasaban por los nombres, iba reconociendo a la mayor parte de ellos, gente a la que ya había olvidado.
—Sí, los recuerdo. Sasha, este rubio nórdico de aquí, era el fotógrafo, por eso solo sale en esta foto. Lo tenían contratado Alicia y Jean Paul para su atelier. Y mira, aquí estaba el que faltaba en la otra foto, el tercero de los americanos que vinieron a visitarme en Marruecos.
—¿Los de la comuna?
Ella sonrió.
—No se te ha olvidado, por lo que veo. Yo, mientras tanto, he conseguido acordarme de sus nombres: Barbie, Jimi (bueno se llamaba de otro modo pero quería que lo llamáramos Jimi, por Hendrix) y John, el jefe.
—¿Cómo que el jefe?
—Era una broma. Los otros lo llamaban a veces the Boss porque era el único que se preocupaba de comprar los billetes de avión o de tren y de llegar a tiempo al aeropuerto; el que escribía las cartas, por ejemplo para venir a visitarme a Marruecos; el que, a pesar de lo que consumía, como todos, aún tenía más o menos la cabeza en su sitio.
—Pues parece que era, de entre todos los invitados, del que menos se fiaba tu padre. Fíjate que siempre hay marcado un círculo rojo a su alrededor. ¿Tú puedes leer su letra?
—Si la viera, sí, pero es tan pequeña… Dame la lupa y enciende la lámpara, que nos estamos quedando a oscuras.
Pusieron el álbum sobre la mesa y Carlos ajustó el flexo de manera que le diera bien la luz. Helena puso la lupa sobre una copia de la foto de grupo en la que se veía la figura desenfocada. Rodeando su cabeza había un círculo rojo y una flecha que llevaba a una anotación en el margen.
«¿De dónde viene? ¿Por qué va vestido así? No es su estilo.»
—Curioso. A tu padre se le ocurrió lo mismo que a mí, ¿te acuerdas?
Tres o cuatro fotos más adelante, en otra foto de grupo, otro círculo y otra anotación.
«Se ha cambiado de ropa y va otra vez de hippy. ¿Por qué?»
En otra foto, solos él y Jean Paul, cogidos por los hombros y con una botella de cerveza cada uno.
«¿Qué lo hace tan feliz? Está radiante. JP está muy preocupado. Debía de ser ya cerca de medianoche.»
Pasaron páginas y páginas. La fiesta se iba volviendo cada vez más loca. Gente bailando, gente tirándose vestida a la piscina, gente tumbada por todas partes haciendo el saludo hippy, gente fumando canutos como cucuruchos. La madre de Alicia, pálida, preocupada, pero aún no desesperada; curiosamente, si uno se fijaba en su expresión en la foto, parecía haber un fondo de sonrisa en su preocupación, como si se alegrara de algo pero necesitara asegurarse. Helena brindando con Jimi, entre angustiada y nerviosa, fingiendo que no pasaba nada.
En una foto la gente bailaba en la terraza, y detrás de ellos, mirando bien con la lupa, a través de las cristaleras se veía a Goyo telefoneando.
—Aquí estaría ya tu padre llamando a la policía.
Helena pasó páginas sin fijarse hasta llegar a la lista de nombres. Pasó el dedo por encima hasta encontrar el que le interesaba. Su padre lo había subrayado dos veces.
—John Fleming. Eso es. Ahora me acuerdo. Así se llamaba el tercer americano.
Tánger, 1943
Blanca no había estado más nerviosa en su vida, a pesar de que Goyo no se apartaba un momento de su lado, pero ella nunca antes había estado en un hospital y le impresionaba todo: los largos pasillos con su limpieza agresiva, el olor a desinfectante, a lejía y medicinas, las monjas vestidas de blanco o negro que pasaban casi flotando, apresuradas, como espíritus desencarnados, las camas de tubos de metal color crema y colchas blancas, los enfermos en bata…
—¿Y si nos topamos con algún conocido? —preguntó Blanca bajando la voz.
—A nadie puede extrañarle que una señora embarazada de muchos meses haya venido a un hospital a dar a luz. ¿No crees?
Ella empezó a morderse los labios en silencio. Llegaron a otro pabellón, con grandes ventanas por las que entraba la luz a raudales y hermosas vistas a un jardín lleno de palmeras.
Una enfermera de mediana edad, gruesa y con aire de autoridad, les tomó los datos y los fue apuntando en un formulario mientras Blanca quería fundirse con las paredes o que se la tragara la tierra lo antes posible.
Llevaba meses haciéndose el ánimo de lo que iba a pasar, pero ahora que había llegado el momento, la vergüenza no la dejaba respirar ni alzar la vista. Nunca hubiera creído que ella sería capaz de una cosa así. Sin embargo, cuando Goyo se lo propuso, estuvo muy pronto de acuerdo. Le repugnaba un poco la situación, pero no veía más remedio. Y en cuanto pasara por ello, luego todo sería mucho mejor hasta que lentamente lo fueran olvidando.
—¿Niño? —preguntó la enfermera.
Los dos asintieron.
—Si Dios quiere —añadió él, sabiendo que era la mejor contestación posible en un hospital regentado por religiosas.
—Vamos a ver.
La enfermera se puso de pie y les entregó unos papeles.
—Habitación 325. Puede ir usted instalándose. Desnúdese, póngase el camisón más amplio que tenga y espere hasta que llegue el médico.
—¿Cuánto… —empezó ella; se le cortó la voz, carraspeó y repitió—: cuánto se suele tardar?
La mujer se encogió de hombros.
—En estas cosas, hija mía, nunca se sabe. Pueden ser horas, días… incluso una semana. Los partos empiezan cuando quieren, pero si se retrasan mucho, se pueden inyectar fármacos para agilizar el proceso. Hay que tener paciencia. Dentro de nada, si Dios quiere, podrán irse a casa los tres.
Había tenido miedo de que la hubieran puesto en una habitación doble pero Goyo se había encargado de todo y estaba sola como habían pedido. «El dinero no dará la felicidad —le había dicho él con un guiño—, pero compra cosas que se le parecen mucho.»
Se instaló como le habían dicho y se metió en la cama. Ahora no podía hacer más que esperar. Ya pronto acabaría todo.
Goyo se aseguró de que Blanca estuviera cómoda y tuviera todo lo que pudiera necesitar antes de marcharse un rato; tenía cosas que hacer aprovechando que estaban en Tánger y se iría pasando regularmente por el hospital.
Le dio un beso a su mujer antes de despedirse; Blanca tenía la frente perlada de un sudor frío y temblaba, aunque hacía calor.
—Vamos, pequeña, ánimo, no temas —dijo, apretándole fuerte la mano—. Todo saldrá bien. Te lo aseguro. ¿Tú no querías tener un hijo? —Acabó con una sonrisa traviesa.
Blanca cerró los ojos, inspiró hondo y se acomodó entre las almohadas.
—Sí. Tienes razón. Anda, vete y vuelve pronto.
Una monja abrió dos dedos la puerta y le hizo una seña a Goyo, que salió enseguida al pasillo. Un par de minutos después había vuelto.
—No. Aún no. Niña. Descansa, Blanquita. Ahora mismo vuelvo.
Cuando volvió al pasillo, la hermana Virginia lo estaba esperando junto a la ventana del fondo. Recortada contra la violenta luz del exterior, era apenas una sombra, la silueta de cartulina de un pajarraco negro.
—Lo siento mucho, don Gregorio, pero en todo lo que llevamos de semana no han nacido más que niñas. Solo queda ya un parto que está en marcha en estos momentos. Si lo quieren, sea lo que sea, es suyo. Si no… ya sabe. Siempre podemos hacer como que ha salido mal, que han perdido ustedes la criatura que esperaban y vuelven a intentarlo el año que viene.
—Si lo retrasamos más, mi mujer se vuelve loca.
—¿Tanto le importa a usted que sea varón?
—¿A mí? No, hermana, a mí me da igual. Pero ella está empeñada en que los hombres necesitamos un heredero, por tonterías que dice mi cuñado, que es un ignorante.
—Pues entonces, la que acaba de venir al mundo es una monada y, si no, esperamos a ver qué pasa con este parto y elige usted.
—¿Y la otra criatura?
—Ya hay otra pareja esperando, pero le daríamos a elegir a ustedes primero.
—Gracias, hermana. Sabré recompensarles las molestias.
La monja bajó los ojos, metió las manos en las mangas contrarias y se alejó despacio por el pasillo.
Goyo se quedó mirándola hasta que desapareció detrás de las cristaleras. Si todo iba bien, la próxima vez que la viera llevaría en brazos a su hijo o su hija. Para Blanca sería una decepción que fuera niña, pero estaba convencido de que en cuanto le viera la cara, no habría más que hablar. De todas formas, ni siquiera habían pensado en nombres femeninos. Un varón sería también Gregorio, como él, por expreso deseo de su mujer. Una niña podría llamarse Blanca, o Carmen, como su abuela valenciana, o Rosa, como su otra abuela, la que ya había pasado a mejor vida, pero la verdad era que él preferiría un nombre distinto, más moderno, menos rancio.
Decidió entrar de nuevo a ver a Blanca para que fuera haciéndose a la idea de que a lo mejor volvían a Rabat con una niña.
—¿Se sabe ya algo? —lo recibió ella, nerviosa.
Goyo le contó lo que le había dicho la hermana Virginia.
—¿Qué te parece a ti? —le preguntó su mujer con los ojos muy abiertos.
—Que no es plan de que vuelvas a pasar por esto y que tengamos que esperar otro año. Además, imagínate, todo el mundo dándote el pésame y tú teniendo que hacer como que fue un parto horrible y que hemos perdido a la criatura. No, ni hablar.
—Entonces… ¿una niña? ¿No te importa?
—¿Por qué iba a importarme, tontina? Tu padre tuvo dos, y bien orgulloso que está de vosotras, con toda la razón del mundo.
Blanca se puso las manos sobre el falso vientre.
—Si hubiera podido ser verdad…
—A lo mejor también sería una niña. Así que no le des más vueltas.
—Es seguro que la madre no la quiere, ¿verdad? No irá a arrepentirse ahora…
—No. Es seguro. La criatura es hija de madre soltera. A nosotros nos va a arreglar la vida y a ella se la destrozaría. Es una muchacha joven, sin haberes, sin marido que la mantenga. ¡Menuda suerte ha tenido de encontrarnos a nosotros, que le vamos a dar a esa criatura lo mejor del mundo!
—Pero ella, la madre, nunca sabrá quiénes somos, ¿verdad?
—Te lo juro. Nadie sabrá nunca nada.
—¿Y el nene o la nena?
—Tampoco, chatita. Nunca se lo diremos. A todos los efectos nosotros seremos sus verdaderos padres para siempre.
Volvió a abrirse la puerta unos centímetros.
—Don Gregorio, venga conmigo, dese prisa. Y usted, doña Blanca, prepárese, van a venir a buscarla con una camilla para llevarla al paritorio.
Se dieron un beso rápido y se separaron.
Madrid. Época actual
Cuando volvieron de cenar, ya muy tarde porque habían salido tardísimo con lo del álbum de fotos de la fiesta, Helena cometió el error de abrir su correo electrónico para ver si había surgido algo relacionado con la entrevista que tenía concertada dos días después con el director del museo.
No había nada de eso, pero, a cambio, acababa de llegar un correo de Jean Paul. En el asunto: «No tardes, Helena».
Suspiró y estuvo tentada de cerrarlo de nuevo, pero Carlos estaba tumbado en el sofá mirando algo en su tablet y decidió echarle una mirada rápida antes de irse a la cama. Al día siguiente ya estaba todo planeado: por la mañana Marc y sus puñeteros cuadros, por la tarde Almudena y Chavi para cenar. Era mejor leerlo ahora, por si se trataba de verdad de algo urgente.
Helena querida, quizá ni siquiera te hayas preguntado por qué no te he vuelto a escribir desde el jueves, desde el momento en que puse en tus manos la pulsera que fue tuya y estuvo casi cincuenta años desaparecida. Sé que en el mundo real, el que existe más allá de estos muros y este jardín de plástico que me rodea, la vida pasa de otro modo y el limbo temporal en el que yo me encuentro es apenas comprensible para las personas que aún estáis sanas. Mi existencia pasa entre goteros, análisis, cambios de turno de las enfermeras, pastillas de todos los colores, tazas de infusiones, la elección del menú de la semana.
Por fortuna sigo pudiendo usar mi ordenador y eso me permite seguir vicariamente, a golpe de calendario, los días que han pasado desde la última vez que nos vimos. Cuatro. Cuatro largos días en los que he estado pendiente de la bandeja de entrada del correo electrónico, del móvil —que había metido en un cajón y he vuelto a sacar desde que tú viniste a verme—, de cada golpe de nudillos que suena en mi puerta y que nunca es tuyo.
Sé que sueno patético, que pensarás que estoy poniéndome en ridículo para llamar tu atención, hacer que te sientas culpable por abandonarme de este modo y que vuelvas a visitarme; y no te voy a negar que hasta cierto punto es así, Helena. Mi cerebro, o lo poco que me queda de lo que fue un cerebro inteligente y rápido, no deja de dar vueltas y más vueltas a lo que los dos sabemos: al pasado, a las sombras, al dolor, a qué podríamos haber hecho para evitar todo aquello; y aunque sé que es ocioso, que lo pasado pasó y no tiene arreglo, no dejo de pensarlo, de hacerme preguntas, de imaginar que te las estoy haciendo a ti y que tú me contestas.
¿Nunca te extrañó que no volviera a llamarte después del funeral de Alicia? A mí —ya que he decidido decir la verdad, voy a tratar de hacerlo en serio— sí me extrañó que tú no lo hicieras. Porque yo tenía mis motivos, que antes o después te explicaré. Pero tú, amor mío, ¿qué motivo tenías para rechazarme? ¿Por qué no me buscaste cuando los dos estábamos tan heridos? Podríamos habernos consolado el uno al otro, darnos la fuerza y el valor que nos faltaba, buscar un nuevo sentido a la vida —tan jóvenes como éramos— y seguir adelante, juntos quizás o incluso separados, pero en contacto, cuñados, amigos.
Cuando fueron pasando los meses y no volviste a llamarme, me perdí en una niebla de dolor, de remordimientos, en un bosque al ocaso hundido en medio de una ciénaga de la que no me veía capaz de salir. Y en algún momento alguien, ya no sé quién, me dijo que te habías casado, que habías tenido un hijo; y me perdí de nuevo hasta que, de algún modo, conseguí salir y retomar mi vida. Solo que para entonces ya no era mi vida; era otra cosa. Una vida sin Alicia, sin ti, sin Goyo y sin Blanca, sin mi equipo de Alice&Laroche que, mientras tanto, habían tenido que buscarse otros empleos, hasta que poco a poco fui recuperándolos, no a todos, pero sí a la mayor parte.
Lo único que me quedaba de mi vida auténtica era La Mora. Increíble, ¿verdad?
Lo hablé con tu padre. No me parecía justo quedármela yo cuando los demás no estabais. Él, de momento, no quería volver; no se sentía con fuerzas. Había empezado a construir el chalé de Santa Pola y, a partir de ahí, le entró el gusanillo de la construcción en la costa del Mediterráneo; eso lo mantenía en marcha y no le dejaba pensar tanto en lo que no quería pensar. Me prometió que volvería a La Mora cuando se sintiera capaz, solo o con Blanca. Me prometió que hablaría contigo para que volvieras también, de vacaciones, unos cuantos días, con tu nueva familia si querías. No sé si llegó a hacerlo. No sé si fuiste tú quien se negó.
Cuatro años después de la muerte de Alicia regresé a Rabat. Mientras tanto la familia de Suad había estado ocupándose de La Mora. Su marido era policía, ¿te acuerdas?, pero sus hermanos trabajaban el campo y yo les enviaba dinero para que se encargaran del jardín mientras ella y su madre cuidaban la casa. Todo estaba igual cuando volví, salvo que era febrero. Muchos árboles estaban pelados, la piscina vacía, las hojas secas amontonadas en los rincones menos accesibles a la escoba de las dos mujeres. Exactamente como yo me sentía.
Me quedé seis semanas y fue lo más difícil que he hecho en la vida. Todos los días salía a la terraza y, poco a poco, metro a metro, iba reconquistando el jardín, superponiendo recuerdos más antiguos o mucho más recientes —del día antes, de tres días antes— sobre los lugares más peligrosos, los que guardaban los recuerdos más intensos y bellos de nuestra historia común. Durante esas seis semanas fue como estar en el infierno, Helena, como quemarse día tras día en una fiebre de deseo, de nostalgia, de imposibilidades, cada día un poco más, hasta que la piel del alma se va encalleciendo y las quemaduras son tantas que todo tu espíritu, lo que hace que tú seas tú, se convierte en un costurón ya insensible.
Y las noches… Esas noches imposiblemente largas en las que recorría la casa como un alma en pena —tú sabes muy bien cuánto odio los clichés, pero era exactamente como me sentía, como un ser desencarnado, como un condenado a la vida eterna— sin poder encontrar la paz en ninguna parte, ni frente a las llamas de la chimenea, ni en el sillón orejero de la biblioteca que siempre fue mi preferido, ni en la cama que compartí con Alicia, ni en tu cuarto de baño, donde nos abrazamos por primera vez.
A base de noches y noches fui endureciéndome hasta que, en algún momento, creo que años después, volví a sentirme en casa, pero no en aquella casa que fue de todos, aquella casa habitada por una familia, sino en una nueva hecha a medida de mi soledad, el cascarón de un cangrejo ermitaño que me protegía de las influencias del exterior y se me iba pegando a la piel hasta que no hubo diferencia entre yo y La Mora. Por eso no traté de buscarte ya, ni de devolvértela. No habría sobrevivido sin esa casa, sin ese jardín que guardaban lo mejor y lo peor de mi existencia.
Ahora que esta se acaba ha llegado el momento. Muy pronto será tuya y tendrás que ganártela como hice yo. Ven a verme y te daré las llaves.
Lo que más me gustaría, ya que todo lo demás es imposible, sería que fueras a verla ya mismo, mientras yo aún respire, y que volvieras aquí para hablar de ella, para despedirme. Los dos nos iremos pronto, Helena, tú a las antípodas, yo al otro mundo, ese que no existe y en el que no creo. Pero tampoco he estado nunca en Australia y, al parecer, está ahí. Ya veremos. Siempre me han gustado las sorpresas.
Por favor, Helena, ven a recoger las llaves de La Mora. Quiero ser yo quien te las dé. No tardes.
Cerró los ojos y volvió a suspirar. La abrumaba esa cantidad de sentimientos, esa impudicia repentina al desnudarlos de ese modo para ella. Cuarenta y tantos años atrás Yannick no era tan verbal; casi toda su relación estaba hecha de encuentros sexuales al rojo blanco seguidos de conversaciones susurradas en las profundidades de una cama y que nunca trataban de sus sentimientos, sino de cualquier otra cosa: cine, política, novelas, actualidad, recuerdos infantiles… Rara vez se habían dicho palabras de amor y a los dos les gustaba así. Sin compromisos. Sin ataduras. Sin promesas de futuro.
Ahora era como si todo lo que alguna vez sintió por ella y todo el amor retenido que había ido rezumando a través de los años se hubiera recogido en un embalse y estuviera desbordándose fuera de control. O como si la cercanía del final le hubiera hecho recordar y exagerar lo que una vez sintió por ella para dar a su vida un cariz más heroico, más novelesco.
Ella también lo había querido. Mucho. Hubo momentos en los que habría estado dispuesta a cualquier cosa por estar con él, incluso a renunciar a su familia, que en esa época era todo su mundo; pero eso acabó años atrás. Durante mucho, mucho tiempo, dolió como una herida abierta, pero llegó un momento en que todo quedó tras un velo que permitía adivinar los contornos de lo que fue, pero ya no distinguirlo con claridad. Hasta que un día dejó por fin de verlo.
Recordaba con total precisión ese momento: fue en Indonesia, unos meses después de haberse establecido en Bali. Unos amigos que estaban de viaje por Asia la convencieron de acompañarlos a Java a ver los grandes templos: Prambanan y Borobodur. A ella, por entonces, los templos de la religión que fuera le resultaban indiferentes, pero le encantaba viajar, estar en movimiento, reunirse con desconocidos, fumar todo lo que le ofrecían, compartir extrañas frutas y platos picantes, tumbarse a dormir en cualquier parte, en una estera, bajo un techado que la protegiera de la lluvia tropical, pintar de vez en cuando cosillas que vender a los turistas para sobrevivir sin tener que recurrir a su padre, olvidar que alguna vez había sido una niña rica protegida y mimada.
Cuando se fueron los amigos después de ver lo que habían venido a ver, decidió quedarse unos días más, y en Yogiakarta se unió a unos americanos que querían visitar Candi Ijo, el templo verde, al atardecer.
Tardaron horas en subir por un camino que serpenteaba siempre hacia arriba entre bosques tropicales, pasando casitas de techo de palma, jardines minúsculos donde picoteaban las gallinas, orquídeas silvestres de todos los colores, altísimas palmeras desde donde algunos monos contemplaban el ascenso de los humanos.
Cuando por fin llegaron, el sol estaba ya bajando hacia el ocaso, iluminando los templos ruinosos con una luz anaranjada, cálida, que bañaba las piedras con un barniz dorado y endulzaba los ojos y las caderas de las estatuas de las danzarinas y las misteriosas sonrisas de los príncipes de loto esculpidos en las fachadas.
Al cabo de un rato de entrar y salir de la oscuridad de los templos, se sentaron en el muro de roca, con las piernas colgando y un cigarro entre los dedos, a ver ponerse el sol que descendía como un mango maduro hacia la línea refulgente del océano en la lejanía, todo el inmenso valle verde entre sus ojos y el mar.
Olía a humo y a tortas que se tostaban sobre el fuego, a tabaco, a pachuli y a hierba seca. Las rocas estaban calientes de sol. La vida era leve, como un pañuelo de seda naranja.
Unas nubes caprichosas, incendiadas de carmesí y escarlata, se deshacían despacio cambiando de forma como sus pensamientos. Una tenía la forma del mapa de Francia, donde Yannick estaría rodeado de suntuosos tejidos preparando otra colección mientras ella intentaba deshacerse, como las nubes, para cambiar de forma de una vez y dejar de ser la misma.
En ese momento, en uno de esos prodigiosos vislumbres que también se llaman epifanías, supo que, igual que el sol estaba terminando su carrera, también su amor pasado tenía que acabar definitivamente para que la noche lo limpiara y todo en ella pudiera renacer al día siguiente.
Esperó con el alma en vilo a que el último borde dorado se hundiera en el mar, inhaló la última bocanada de humo y, con suavidad y firmeza, corrió un último velo sobre el fantasma de Jean Paul. Para siempre.