Madrid. Época actual
Un par de horas más tarde, ya en la cama y con la luz apagada, Helena, con un suspiro, cogió la mano a Carlos, carraspeó y empezó a hablar como si se lo contara a sí misma.
—La casa estaba llena a rebosar. Eso es lo primero que me acude cuando pienso en el verano del 69. Gente a montones, por todas partes, entrando y saliendo. Muchas visitas. Bastantes marroquíes que venían a ver a mi padre no recuerdo por qué, aunque sí me acuerdo de que había casi un ambiente de fiesta, con muchas felicitaciones a los marroquíes. Pero no se quedaban mucho, les servían un té con pastas y en menos de una hora se habían ido.
»Mi madre pasaba un momento como buena anfitriona a ver si iba todo bien y se retiraba enseguida para que los hombres pudieran hablar a sus anchas. Ella había vivido muchos años en Marruecos, estaba acostumbrada a lo que se hacía y a lo que no se debía hacer. Mi hermana y yo lo sabíamos también pero nos negábamos a comportarnos como si fuéramos musulmanas. Al fin y al cabo éramos chicas modernas, habíamos estudiado en Suiza, Alicia era una mujer de negocios y yo casi también.
»A ver… estábamos papá y mamá, Alicia y yo, ¿quién más? Jean Paul, claro. Otros años se había quedado en París para la fête nationale, pero este vino mucho antes y la celebramos en casa con una cena en el jardín y unos pequeños fuegos artificiales. También estaba mi tía Pilar no sé por qué, ella sola, sin el tío Vicente ni la prima Amparo ni ningún otro de sus hijos.
»No sé. No me acuerdo de nadie más en concreto, pero tenía que haber más gente porque luego, el día de la fiesta, aquello estaba lleno de amigos, y la mayor parte no tenía casa en Marruecos, de modo que debían de estar en la nuestra, pero no recuerdo a nadie en particular. ¿No habrá alguna foto de entonces en la caja?
—Apenas he mirado, Helena, pero la caja es grande. Podría ser. Descríbeme la casa, quizás eso te traiga más recuerdos.
—La llamábamos La Mora. Era grande y al principio algo destartalada, aunque luego mi padre empezó a arreglarla poco a poco, pero era lo que diríamos una casa de planta caótica, como los palacios de Knossos en Creta, valga la comparación. Cuando hacía falta más sitio, se añadían un par de habitaciones o se ponía otro piso encima de algo, de un garaje, del establo… Creo que la casa en sí fue un regalo que le hizo el sultán a mi padre al poco de instalarse en Marruecos: una especie de palacio venido a menos en medio de un montón de terreno con palmeras, granados, olivos y algarrobos, cerca del mar pero sin vista. En La Mora el mar se sentía, se olía, pero no se llegaba a ver hasta que, paseando una media hora por el sendero viejo, se llegaba a la playa y al esplendor del Atlántico.
»Abajo teníamos la cocina, muy grande, un comedor enorme, una especie de sala de estar con chimenea, sofás marroquíes, pufs y mesitas bajas, llena de alfombras, un baño blanco y verde muy amplio para la familia, otro pequeño para invitados y uno fuera, pegado a la cocina, para el servicio. En el centro teníamos un patio con una fuentecilla, arcos pintados de blanco y azul, un zócalo de azulejos granadinos y muchísimos geranios y plantas de olor como las llamaba Micaela, la criada que mi madre se trajo de Valencia antes de que naciéramos nosotros y que era algo así como un ama de llaves. Arriba había varios dormitorios y al principio otro baño. Luego, poco a poco, fueron añadiendo más. Y cruzando una terraza se llegaba a otras tres o cuatro habitaciones muy sencillas donde poníamos a los invitados cuando ya no cabían en la casa principal. Pero la vida se hacía sobre todo fuera, en el jardín, en el patio, junto a la piscina, que primero fue una simple alberca y luego fue modernizándose hasta acabar convertida en una especie de fantasía a lo Beverly Hills pero en marroquí.
»El jardín era muy grande y estaba lleno de pequeños patios, caminitos, laberintos de arrayán, pabellones, fuentes, bancos de azulejos, pérgolas cubiertas de trepadoras… todo sombra contra el calor, salvo una zona a la entrada dominada por las palmeras y los cactus y otra en la parte alta donde mi padre había diseñado un jardín formal tipo Generalife y donde solía pasear por las noches entre cipreses y clavellinas. Lo masculino y lo femenino, como decía a veces.
—¿A qué se dedicaba tu padre?
—Nunca lo supe con seguridad. Era comerciante. Compraba y vendía toda clase de cosas. Se relacionaba mucho con todas las delegaciones diplomáticas y a él acudía todo el que quisiera montar un negocio en Marruecos o tuviera que tratar de conseguir permisos del tipo que fuera. Viajaba mucho. Conocía a todo el mundo. Tenía muchos amigos en la policía y en el Ejército. Al final de su carrera, sobre los cincuenta y tantos, llegó a ser incluso gobernador de Ifni. Luego, después de lo de Alicia, se jubiló, volvió a España y lo dejó todo.
—¿Y no volvió a La Mora?
—No. La había puesto a nombre de Alicia por no sé qué historia de impuestos, aunque todos teníamos derecho a usarla. Luego ya no quiso volver.
—Entonces, ¿la heredó su marido, Jean Paul?
—Yo creía que sí, pero me acabo de enterar de que, al parecer, Jean Paul solo tenía el usufructo siempre que no se volviera a casar, y la heredera soy yo.
—Pues tendremos que ir a echarle un vistazo.
—No sé. No creo.
Carlos no dijo nada. La conocía lo suficiente como para saber que, si seguía en silencio, hablaría ella.
—Lo he pensado, no te creas… Claro que me gustaría volver, ver cómo está todo… pero me da miedo.
—¿Miedo? ¿De qué?
—De los recuerdos. De que de pronto me acudan recuerdos de momentos que ya había olvidado y vuelvan a hacerme daño, como entonces. Me asusta pensar que es como un viaje en el tiempo… como volver a mi infancia, a mi juventud…
—Pero eso es precioso, ¿no? —interrumpió él.
—No. Porque ya no queda nadie. Si vuelvo… —Se le cortó la voz—. Si vuelvo, aquello estará lleno de fantasmas esperando verme aparecer para saltarme encima.
—Esta vez vas conmigo. No dejaré que ningún fantasma te haga daño —dijo Carlos abrazándola en la oscuridad.
Helena, en circunstancias normales, se habría reído y le habría tomado el pelo por su salida machista y paternalista. Esta vez, sin embargo, se apretó contra él, metió la cabeza en su hombro y se echó a llorar, muy bajito. Entonces es cuando Carlos se dio cuenta de que Helena hablaba en serio. Nunca la había visto así: estaba aterrorizada.
Marruecos, 1940
Blanca abrió los ojos en el camarote con un suspiro de felicidad, tendió la mano hacia la derecha y al notar que estaba sola, se estiró hasta ocupar toda la cama y volvió a suspirar mientras su rostro se abría en una sonrisa. Goyo ya se había levantado; se habría tomado un café y estaría dando una vuelta por cubierta, esperando a que ella se despertara para desayunar juntos.
Resultaba curioso llevar casi cuatro años de casada y estar ahora disfrutando de un viaje de novios, de una luna de miel como decían las películas americanas. ¡Y qué viaje, además! Todas sus amigas, cuando pensaban en un viaje de novios, soñaban con unos días en Madrid, para conocer la capital, o en Barcelona, o en Mallorca; y las más ricas, antes de la guerra, soñaban con una semana en París si el marido era de los que se atrevían a salir al extranjero. Ahora, con la guerra de Europa, París se había convertido en un destino imposible y la situación en España tampoco era como para pensar en viajes de placer. Pero ella había tenido la inmensa suerte de que el hombre con el que se había casado acababa de ser destinado a Marruecos y eso le iba a permitir conocer un país exótico, tener una casa estupenda con servicio y relacionarse con gente interesante y nueva. Por lo que había oído decir, Casablanca estaba llena de gente de paso, artistas de todas clases, millonarios que huían de los nazis, espías de todas las nacionalidades… para ella un mundo nuevo por descubrir.
Primero habían pensado embarcarse en Lisboa y llegar por mar a Casablanca. Luego les habían dicho que las cosas estaban demasiado mal, que el Atlántico estaba lleno de submarinos alemanes y de todo tipo de buques de guerra; que no era conveniente arriesgarse a que un torpedo disparado por error contra un barco civil acabara con todas sus ilusiones para el futuro. Se habían informado de las posibilidades de cruzar a Melilla desde Cartagena y luego seguir viaje por tierra, pero las comunicaciones eran demasiado malas y Goyo se había negado en redondo a arrastrar a su mujer a un viaje de semanas por caminos de cabras.
Al final, casi milagrosamente para ella, las cosas se habían arreglado del mejor modo posible, de un modo que era casi de película americana: irían de Madrid a Lisboa en el tren nocturno, pasarían allí dos o tres noches en un buen hotel y luego se embarcarían en un transatlántico que hacía el trayecto Lisboa-Río de Janeiro y los dejaría en Casablanca, la ciudad rosa. No se lo podía creer. Era un sueño hecho realidad.
Solo con pensarlo se sentía como las heroínas de las novelas que le gustaba leer: muchachas que por razones familiares tenían que viajar a países lejanos y descubrir el mundo que había más allá de las estrechas fronteras de su comarca. En esos viajes aprendían, maduraban y, después de muchas aventuras y dificultades, encontraban el amor junto al hombre de su vida.
En cuestión de viajes, Madrid y ahora Lisboa era lo más lejos que ella había llegado hasta el momento, pero por otro lado ya había conseguido encontrar el amor. Goyo era el hombre que Dios le había destinado, de eso estaba absolutamente segura a pesar del poco tiempo que habían pasado juntos, porque en los tres años que había durado la guerra apenas si se habían visto cuatro veces. Nada más casarse, después de unos días en la finca de Denia los dos juntos con los otros recién casados, Pilar y Vicente, Goyo había tenido que salir a toda prisa para Canarias porque se le necesitaba para una misión de urgencia. Poco después había empezado la contienda y no habían vuelto a verse hasta noviembre, en una acción secreta y muy arriesgada que llevó a Goyo tras las filas enemigas a las cercanías de Valencia. Luego estuvieron cerca de un año sin verse y hasta casi sin noticias. Pero no quería pensar en el pasado. Ahora el futuro se presentaba exótico y luminoso, y había que aprovecharlo, sacarle el jugo hasta la última gota.
Le daba un poco de pena pensar en Pilar, en Zaragoza, la ciudad de su patrona, la Virgen cuyo nombre llevaba, que era donde habían destinado a Vicente. En su última carta le decía que, aunque no quería quejarse, se sentía casi desterrada en aquella zona tan distinta de su Valencia del alma, que la gente era seca y desconfiada, y había mucha miseria. Y, como su pobre hermana, igual que ella misma, no estaba acostumbrada al trato con militares y sus esposas, se encontraba muy sola, ya que aún no había conseguido hacer ni una sola amiga.
Le pido a Dios todas las noches que nos dé un hijo. Eso es lo único que podría llenar mi vida que, de momento, está tan vacía. Vicente se pasa el día en el cuartel, yo en casa limpiando sobre limpio con la muchacha que él me ha buscado para que me ayude. Luego, cuando llega, está cansado y no tiene ganas ni de salir a ninguna parte ni de hablar siquiera. Ponemos la radio un rato y luego a dormir.
¡Menos mal que tengo a Amparito, tan buena y tan graciosa! Y sin embargo, Vicente no le hace demasiado caso, seguramente porque es una nena, cuando él se había hecho la ilusión de que fuera chico. Hay domingos en que sí que le gusta que la ponga guapa y que yo me arregle, y salimos los tres a misa y a dar un paseo. Me haría ilusión que pudiéramos tomar un aperitivo como hacíamos en Valencia antes de que pasara todo esto o que nos reuniéramos con otras familias a tomar café y que los niños jugaran juntos, pero no hay nada que hacer.
Si no fuera por el mercado y la iglesia, y los ratos que saco a pasear a la nena para que le dé un poco el sol, no vería más que las paredes de nuestro piso, que es amplio y luminoso, pero que antes o después aburre. No sabes lo que yo daría por poder estar ahora contigo otra vez en Valencia como cuando éramos solteras. Pero hay que conformarse, ya vendrán tiempos mejores.
Había recibido la carta en el último momento, cuando ya estaban saliendo de casa de sus padres para emprender viaje, y la llevaba siempre en el bolso para leerla, sobre todo cuando le venía un ataque de miedo, cuando en algunos raros momentos tenía la sensación de estar abandonando todo lo que conocía y le daba seguridad para marcharse a un lugar extraño con un hombre que, aunque fuera su marido, era casi un desconocido.
Los dos días pasados en Lisboa habían sido realmente un viaje de bodas, como lo estaban siendo estos días en el barco. Goyo había estado galante, apasionado, encantador, tanto como en los primeros días en la finca de Denia, pero más gracioso, más travieso, más él que nunca; como si el hecho de estar por fin los dos juntos y solos hubiera hecho florecer su carácter y estuviera sacando lo mejor de sí.
Se puso la mano en el vientre como tantas veces cuando estaba sola, como si con eso pudiera conjurar la presencia de una semilla que empezara a germinar en su interior, deseando con todas sus fuerzas que sucediera.
En ese momento sonaron unos golpes discretos y antes de que pudiera alcanzar la bata se abrió la puerta del camarote y el rostro sonriente de Goyo apareció por el hueco.
—Ya iba siendo hora, marmota mía. Nunca he conocido a nadie que duerma tanto como tú.
—Porque te has pasado la vida de cuartel en cuartel con toque de diana.
Le hacía un efecto curioso verlo vestido de civil. Estaba muy guapo, pero de alguna forma no parecía realmente él. Hasta el momento lo había visto desnudo, en bañador y en pijama; todas las demás veces, siempre uniformado, en traje de faena o de gala, pero siempre de uniforme. Por eso, desde que habían emprendido viaje, cada vez que lo veía de traje, o con pantalones grises y camisa blanca de manga corta como ahora, le parecía un actor de cine, guapo y atractivo como Jorge Negrete, pero falso, como si estuviera haciendo un papel. Lo que hasta cierto punto era verdad: Goyo seguía siendo militar, al final de la guerra lo habían ascendido a teniente coronel, pero la misión que lo llevaba a Marruecos era secreta o al menos reservada, semisecreta, y nadie debía saber que no era un funcionario civil como cualquier otro. Esa era una de las primeras cosas que le había dicho en cuanto terminó la guerra y empezó a esbozarle el futuro cercano de su vida matrimonial.
«Ni yo mismo sabré en ocasiones por qué estoy destinado en un sitio u otro. Hay ciertas cosas que podré decirte y otras que tendré que callar. Tendrás que tener paciencia conmigo, Blanquita, y no preguntar demasiado. Lo que pueda contarte te lo contaré. Puede darse el caso de que tenga que viajar y te deje sola unos días, pero no te preocupes, tendremos servicio y te prometo que siempre habrá un hombre en casa para tu protección o para cualquier cosa que necesites. Lo que sí te pido por favor es que no me hagas escenas de celos. Tú sabes que te quiero por encima de todo; no te voy a engañar con nadie, no me voy a buscar una querida ni voy a ser cliente de ningún burdel. Ni siquiera de soltero me han interesado esas cosas, ya lo sabes. Así que te pido que confíes en mí y, si tengo que entrar y salir a horas intempestivas, quiero que sepas que es mi trabajo y que te fíes de mi palabra. ¿De acuerdo?»
¿Y qué iba a decirle ella más que sí, que bueno, que no le hacía gracia tanto secreto, pero que no tenía más remedio que aceptarlo? Iba a tener que acostumbrarse a no saber qué hacía realmente su marido. Él le había dicho que se hiciera a la idea de que el suyo era una especie de puesto diplomático y que ya le diría en cuanto fuera posible qué podía contestar ella cuando alguna nueva amiga le preguntara a qué se dedicaba su esposo.
Terminó de vestirse con un sencillo vestido estampado de verano y sandalias, se cepilló la melena, se pintó los labios de rosa claro y unos minutos después se instalaron en el comedor.
—En cuanto acabemos, hay que recoger los trastos. Llegamos dentro de dos horas —dijo él mientras se untaba una tostada con margarina.
—¡Qué lástima! ¡Con lo que me gustaría seguir aquí unos días!
—Cuando el mar vuelva a ser seguro, nos iremos de crucero.
Ella palmoteó entusiasmada, cosa que a él siempre le arrancaba una sonrisa. En privado le encantaba tener una mujer apasionada y sensual, pero en público muchas veces disfrutaba de verla sonreír y entusiasmarse como una niña pequeña en una feria. Cuando, con el tiempo, consiguiera unir los dos aspectos en los dos ámbitos se convertiría en una mujer irresistible. Blanca Santacruz de Guerrero. Su mujer. La mujer de los ojos verdes con brillo de faca de la que se había enamorado perdidamente hacía casi cinco años ya.
Había tenido tanta suerte como ojo. Y ahora empezaba realmente su vida. Todo lo que había hecho hasta el momento había sido un preludio de lo que iba a comenzar. Habían vencido. Ahora podrían hacer de España lo que se merecía llegar a ser, lo que había estado a punto de perderse para siempre en el caos rojo. Él había contribuido con todas sus fuerzas a la victoria y Dios se la había concedido. Si por el momento no tenía más remedio que llevar a cabo una misión secreta que no era en absoluto lo que él había imaginado para el día en que la patria estuviese de nuevo en manos de los suyos, tendría que cumplir sus órdenes como lo había hecho siempre: sin preguntas, sin retrasos, sin escrúpulos. Luego ya vendrían otros destinos más acordes con su idea de futuro.
Franco le había dicho personalmente que lo necesitaba en Marruecos, pero no de uniforme y a la vista de todo el mundo, sino al revés, con una cobertura civil, comercial, para enterarse de primera mano de todo lo que no llegaba nunca a oídos militares, para mover ciertos hilos. Él era el hombre idóneo para la misión: curtido en Marruecos pero en otra zona, mucho más al norte, en los territorios españoles, con lo cual en Casablanca, que era territorio francés, no lo conocía nadie; recién casado con una muchacha joven y bonita de buena familia; un hombre de fidelidad probada, como había demostrado en su último destino en Canarias antes de la guerra. Un hombre, además, que hablaba árabe darija y francés con fluidez y que conocía bien tanto la mentalidad marroquí como la mentalidad militar; con la elegancia necesaria para mezclarse sin desentonar en ambientes comerciales y diplomáticos y a la vez con la dureza indispensable para realizar otro tipo de tareas, caso de hacerse necesarias. Simplemente perfecto.
El único problema era que aquello no era en absoluto lo que él se había esperado para el fin de la guerra. Él imaginaba un ascenso a coronel y un destino en la península donde pudiera contribuir al nuevo orden de la patria a cara descubierta. Más adelante, quizá, una vez sobradamente probada su valía, Madrid, algún destino ministerial, algún puesto político, algo que a él le permitiera colaborar en la creación de la nueva España, a Blanca entablar amistades de provecho y a sus futuros hijos les diera ocasión de ir a buenos colegios y relacionarse adecuadamente.
Pero no había que desesperarse. Esto era solo el principio. Y era una buena oportunidad para hacer relaciones, crear ciertas redes de dependencia, empezar a sentar las bases de una fortuna.
Miró a su mujer con orgullo. Blanca no solo era guapa; era inteligente, graciosa, bien educada, culta. Había estudiado magisterio e incluso había ejercido unos meses antes de que empezara la guerra. Sabía estar y recibir y, algo a lo que muchos no daban importancia y a él le parecía esencial, era una mujer moderna, no una mojigata como su hermana Pilar, de las que se asustaba por todo y todo se lo consultaba al cura. Blanca, no. Blanca y él, a poco que la suerte les viniera de cara, se iban a comer el mundo.