Casablanca, 1940
La mirada de Goyo, entrenada en muchas situaciones similares, registró el rápido segundo de reconocimiento por parte del sultán y su cuerpo se puso en marcha de inmediato. Apenas llegado frente a él, se cuadró —algo menos que un militar, algo más que un civil—, e inclinó la cabeza durante un par de segundos —pocos para resultar servil, muchos para que pudiera considerarse solo un gesto de cortesía.
El sultán sonrió al estrecharle la mano.
—¡Ah! El gran comerciante, por lo que he oído, el amigo Gregorio Guerrero que en unos meses ha conseguido conocer no solo a los residentes españoles sino al tout Maroc.
—Su Alteza me hace un gran honor acordándose de mí.
—Mal gobernante sería si no recordara a los hombres que aman mi país.
—Soy español en cuerpo y alma, pero mi corazón está dividido entre España y Marruecos —contestó Goyo con toda la galantería de que era capaz, y sin faltar a la verdad.
—Yo también amo su país, señor Guerrero, a pesar de que últimamente me está dando algunos disgustos.
—¿Disgustos, Alteza?
—Quizás exagero, pero las autoridades españolas tienen retenido en Tánger a un hombre a quien aprecio como a un hermano, y hasta ahora las diligencias que hemos llevado a cabo para que sea puesto en libertad no han dado ningún fruto.
—¿De quién se trata?
—Del hijo de un gran amigo de mi padre: Sidi Ahmed bin Hassan. Un gran recitador del Corán a quien echo mucho de menos.
—¿Puedo preguntar de qué se le acusa?
El sultán hizo un movimiento como de abanico con la mano derecha, quitándole importancia al asunto.
—De algo absurdo. Algo relacionado con unas tierras de cultivo que siempre han sido propiedad de su familia y ahora parece que el gobierno español de la ciudad de Tánger reclama para su uso desde que se han hecho cargo del control de la que hasta hace poco era ciudad internacional, «para garantizar la neutralidad». —Las comillas eran audibles—. Oficialmente, también en mi nombre. —Terminó con un claro deje irónico—. Le supongo enterado.
Goyo cabeceó afirmativamente. La ocupación de Tánger en junio por las tropas del coronel Yuste, nada más conocerse la derrota francesa frente a Alemania, no había dejado indiferente a nadie, sobre todo en la comunidad internacional.
—Parece que ha habido ciertos malentendidos —continuó el sultán— y Bin Hassan ha expresado su descontento de un modo que no ha gustado a las autoridades militares de su estimado país. Es un hombre… más bien enérgico, fogoso en sus convicciones y acostumbrado a decir lo que piensa.
—Lo siento mucho, Alteza. Si hay algo que yo pueda hacer…
—Hasta la fecha era el cónsul quien, al parecer, se encargaba del asunto, pero ya le digo, con poco éxito. Si pudiera usted hacer algo, cualquier cosa… se lo agradecería infinitamente, amigo mío.
—Haré cuanto esté en mi mano.
Desde el otro extremo del salón, con una copa de champán francés en la mano, Blanca seguía la conversación de su marido con un caballero calvo para ella desconocido pero que tenía un aura de poder que llamaba la atención incluso de lejos. ¿El sultán, quizá?
No se podía negar que Goyo tenía una elegancia natural fuera de lo corriente. Le bastó apenas un movimiento con los ojos y las cejas para indicarle que debía acercarse. Seguramente nadie más que ella lo notó, y si ella se había dado cuenta era solo porque desde el comienzo de la fiesta no había dejado de mirarlo, por si acaso se perdía sus señas. Con toda discreción, claro, no fuera a ser que las otras mujeres pensaran que no se fiaba de él y quería controlarlo.
Se disculpó con suavidad con el corrillo en el que se encontraba y se acercó a Goyo y al hombre de mirada intensa que le había llamado la atención. A su alrededor, otros hombres permanecían a un par de metros respetuosos, en silencio.
—Alteza, permitidme que os presente a mi esposa, Blanca Santacruz. Querida, su Alteza Real el sultán de Marruecos.
El hombre la miró fijo con unos ojos oscuros que parecían traspasarla, tomó la mano que ella había tendido y la besó.
Hablaron casi a la vez:
—Alteza Real… es un honor.
—Madame… el honor es mío. Un caballero ha de inclinarse siempre ante la belleza.
Blanca se sonrojó sin poder evitarlo. El sultán no dejaba de mirarla.
—¿Cómo se siente usted en nuestro bello país, madame?
—Muy bien, muy feliz, Alteza Real.
—Me alegra oírlo. ¿Y sus hijos?
—Aún no tenemos familia —se apresuró a contestar Goyo, sabiendo que para Blanca el de los hijos era un tema doloroso.
—Ah, deben ustedes tenerlos. ¡Una pareja tan joven, tan agraciados los dos! Una casa grande, un gran jardín, cuatro o cinco hijos e hijas… la felicidad en este mundo. Señora, ha sido un placer. Amigo Guerrero, espero que volvamos a vernos.
El sultán avanzó unos metros y volvió a detenerse a conversar con otras personas. Goyo tomó a Blanca del codo y la guio hasta las cristaleras que daban al jardín. Al pasar junto a un camarero dejó la copa de su mujer en la bandeja y cogió dos nuevas.
—¿Ha ido bien? —susurró ella.
Él asintió con la mirada.
—Si las cosas me vienen de cara, pronto le habré hecho un favor al sultán —contestó, sonriendo. Alzó su copa—. ¡Por nosotros, preciosa! ¡Por el futuro!
Madrid. Época actual
—Charlie…
Carlos levantó los ojos de la caja que acababa de abrir para empezar a extender su contenido en la mesa del salón. Por suerte se trataba de una de esas mesas extensibles y, apretando un poco las cosas, quizá cupiese todo.
—¿Sí, cielo? —Cuando Helena lo llamaba Charlie era como cuando Katharine Hepburn en La Reina de África decía «Mr. Allnut» con esa dulzura especial: quería algo que sabía que a él no le iba a gustar.
—¿Te importa que te deje un rato solo con todo esto? Me acabo de acordar de que necesito comprar un par de cosas de droguería, perfumería… unas cuantas pequeñeces que no me traje de casa y, como ahora no estamos en un hotel, me hace falta gel de baño, champú… cosas así. ¿Quieres tú algo?
Era evidente que Helena necesitaba salir, que las horas pasadas en el hotel, lo poco que habían encontrado hasta el momento, habían sido ya suficiente para ella. No tenía sentido decirle que si a ella no le interesaba, igual podían tirarlo todo a la papelera porque a él le daban igual la vida de sus padres y la muerte de su hermana. Helena era la impaciencia personificada; el único proceso que le resultaba atractivo era el de su pintura; por lo demás, quería respuestas, no preguntas, y el lento camino que se necesitaba para contestarlas la agotaba. No era una investigadora como él, que se había pasado gran parte de su vida en archivos y bibliotecas, hurgando en el pasado.
—Podríamos ir juntos y seguir más tarde, o mañana.
Ella ya estaba cogiendo el bolso y buscando las gafas de sol.
—No, no, voy más rápido si voy sola. Además, quiero echarle una mirada a los escaparates y poder probarme algo si me apetece sin que estés dando vueltas por la tienda como perro sin amo mientras me esperas. Vuelvo pronto y me cuentas lo que has descubierto, detective.
Con un rápido picotazo en la mejilla taconeó hasta la puerta. Sus ganas de marcharse eran tan evidentes que le arrancaron una sonrisa. Carlos estaba seguro de que en cuanto Helena se viera en la calle soltaría un suspiro de alivio.
Una vez cerrada la puerta, de repente recordó algo, se plantó en la entrada en dos saltos y abrió la puerta. Helena, que aún estaba esperando el ascensor, se quedó petrificada al verlo, temiendo que hubiera sucedido algo que la obligara a quedarse.
—Trae algo de beber, anda. Un par de botellas de vino o algo, ¿de acuerdo? Me acabo de dar cuenta de que aquí no hay servicio de habitaciones. ¡Y café!
—Hecho.
Cuando se cerraron tras ella las puertas del ascensor, Carlos volvió al piso silbando. Eso de «detective» le había gustado.
Sacó la botella de whisky que había comprado en el aeropuerto de Dubái, buscó hielo por la neverita, se sirvió una buena cantidad y echó una mirada a las cajas como el explorador que, desde una colina, contempla el territorio virgen en el que va a internarse. Luego, disciplinadamente, empezó a sacar cosas y a colocarlas en la mesa.
Como todo aquello no tenía para él ningún valor sentimental, ni potencial de asociaciones, ni nada que pudiera despertarle recuerdos salvo si se encontraba con una foto antigua de Helena, consiguió trabajar con rapidez sin detenerse a mirar nada mientras lo iba sacando. Al cabo de tres cuartos de hora lo tenía todo extendido a su alrededor en un orden aproximado: de lo más antiguo a lo más reciente.
Decidió empezar por lo que tenía relación con el asesinato de Alicia. Si obtenía alguna información nueva para cuando volviera Helena, eso sería lo más importante. Después podría ir mirando las cosas de los años cuarenta a sesenta y mucho más tarde le echaría un ojo a lo poco que había de la época de la Transición española, entre los setenta y ochenta. Su suegra —le hacía una cierta gracia referirse a Blanca como «su suegra»— parecía haber guardado papeles y fotos familiares de casi todo el siglo XX que, una vez leídos y valorados, darían una imagen bastante coherente de la vida de los Guerrero-Santacruz hasta la muerte de ella, en 1992. Era un desafío que le resultaba extrañamente atractivo. Y si consiguiera dar respuesta a alguna de las preguntas que obsesionaban a Helena, tendría la sensación de que había valido la pena, e incluso más que eso: que había conseguido demostrarle cuánto le importaba su felicidad dedicando su tiempo y su esfuerzo a resolver su problema.
Echó una ojeada amplia por la mesa y, de inmediato, su mirada se posó en una carpeta de plástico transparente llena de recortes de periódico. La cogió y se instaló con su whisky en el sillón al lado de la ventana por la que se veía la plaza del Carmen, a esa hora una superficie desierta quemada por el sol, con unas farolas y unos cuantos árboles desmedrados, quizá plátanos o castaños de Indias —nunca había sido bueno reconociendo árboles— con todas las hojas mustias por la falta de agua.
Bajó un poco la persiana, sacó los recortes y empezó a leer.
En el diario España aparecía una foto de Alicia en la que se la veía viva y feliz saludando al público al final de un desfile de modas. El titular rezaba: «Misterioso asesinato de la famosa diseñadora Alicia Laroche, nacida Guerrero». El artículo era breve y se limitaba a indicar el lugar donde había sido hallado el cadáver —la desembocadura del Bouregreg, el río de Rabat, a la altura de la antigua fortaleza de los Oudayas—, y a ofrecer una pequeña semblanza de Alicia. Terminaba dando el pésame a su familia, el «conocido hombre de negocios don Gregorio Guerrero y su esposa doña Blanca Santacruz, tan presentes como benefactores en la comunidad rabatí», en una extraña mezcla de objetividad periodística y ecos de sociedad.
El suelto del Diario de África era aún más breve y no aportaba ninguna información adicional.
En otros boletines para españoles en Marruecos y hojas parroquiales se repetían los datos, se hacía referencia a la empresa de Alice&Laroche, se hablaba de la generosidad de la familia para todo tipo de obras sociales y del brillante futuro que siempre se había augurado a Alicia. Nadie podía explicarse lo que había sucedido. La policía seguía buscando pistas y solicitaba ayuda de la población para encontrar a alguien que hubiera podido ser testigo de lo sucedido. En otro artículo de L’Opinion, el periódico de Rabat en francés, aparecido tres días más tarde, se daba la hora aproximada de la muerte, que el forense había fijado entre las seis y las ocho de la tarde del 20 de julio.
Curiosamente, en ninguno se indicaba la causa de la muerte. Se hablaba de que la joven señora Laroche había sido «vilmente asesinada», se comentaba que el crimen podía deberse al robo de una pulsera de gran valor que la mujer llevaba puesta, pero no se decía de qué modo había encontrado la muerte, si había sido apuñalada, estrangulada o muerta a tiros. Tampoco había ninguna foto del levantamiento del cadáver; solo una del lugar donde había sido hallado.
En otro artículo posterior del mismo diario, después de informar de que no había nuevos desarrollos en el caso, se decía que el cuerpo presentaba contusiones y heridas post mórtem a consecuencia de haber sido arrojado desde el parapeto de los Oudayas, presumiblemente para que la marea lo arrastrara hacia el océano. En otro más se hablaba de que el cadáver había sido hallado por unos niños que jugaban entre las rocas y quizá por eso no había dado tiempo a que la marea hiciera el efecto requerido.
Era llamativa la falta de información. O bien la policía no había conseguido averiguar nada en absoluto o bien el padre de Alicia había usado toda su influencia para que se dijera lo menos posible sobre el asesinato de su hija mayor.
No había entrevistas con nadie, ni con ningún miembro de la familia, ni con el comisario encargado del caso, ni con los niños que habían descubierto el cadáver. Quizás en la época aún se consideraba de mal gusto hurgar en una herida tal en el seno de una familia acomodada. De hecho, Carlos mismo recordaba que su madre, cuando los periódicos en Sídney empezaron a dar detalles morbosos en casos criminales, siempre decía que en España eso sería inadmisible fuera de publicaciones como El Caso, un periódico sensacionalista para gente casi iletrada especializado en crímenes lo más truculentos posible.
Si hubiera sido ahora, toda la prensa se habría llenado de fotos, detalles y entrevistas, de preguntas imbéciles como «¿qué sintió usted cuando le comunicaron el asesinato de su hija?», de programas de televisión en los que unos cuantos descerebrados, vulgares e incultos, hablarían durante horas, a gritos y quitándose mutuamente la palabra, sobre la muerta, su familia y su trabajo, inventando sobre la marcha detalles picantes o macabros.
En algunas cosas el pasado sí era mejor, se dijo Carlos, cerrando la carpeta y los ojos.
Siempre se había supuesto que el ataque contra Alicia había sido un robo que, por lo que fuera, se había torcido y acabado en asesinato, pero ahora él y Helena, y Jean Paul, sabían que no podía haber sido así porque la pulsera no había salido de la casa.
¿Y la violación? De eso, por fortuna, no se hablaba en la prensa. Con dinero o con amenazas Goyo habría impedido que se ultrajara así a su hija después de muerta. Pero no dejaba de ser raro que la hubiesen violado, dada la hora de la muerte. No era como si la hubiesen atacado en la medina después de medianoche; a las seis de la tarde en julio la luz sigue siendo muy intensa y la fortaleza de los Oudayas, si él había entendido bien, era un lugar público donde el violador y asesino tendría que haberse topado con mucha gente. ¿Podía significar eso que Alicia conocía a su violador y por eso había entrado con él en algún lugar, alguna casa desde la que luego pudieran haberla arrojado por la ventana? ¿Había casas en los Oudayas o era solo un monumento histórico? Tenía que preguntárselo a Helena.
La policía tenía que haber seguido el mismo tipo de razonamiento y habrían peinado las casas de la zona; era lo más lógico.
Se levantó, dejó el vaso vacío en el fregadero, colocó la carpeta en su lugar en la mesa y eligió otra que ya le había llamado la atención al sacarla de la caja porque era gruesa, de cuero negro y con cerradura metálica, de las que se abren con una pequeña llave como las de las maletas.
Alguien había forzado la cerradura con un alambre o algo similar; se veían las rayaduras de algún tipo de instrumento y resultaba evidente que quien la hubiera abierto no tenía la llave correspondiente.
Volvió al sillón y la abrió con curiosidad. Dentro, en los diferentes bolsillos de plástico transparente, había fotos, papeles, transcripciones de interrogatorios, un informe forense y documentos varios.
Carlos silbó entre dientes. Aquello tenía todo el aspecto de ser el acta policial del caso Alicia Laroche.