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La Mora, Rabat. Época actual

Mientras Helena se iba a la cocina a charlar con Aixa y Suad, Carlos se instaló en la mesa redonda del salón porque resultaba más acogedora que la inmensa superficie de madera basta que prácticamente llenaba todo el comedor y podía acoger a veinte personas.

El wifi funcionaba, lo que le arrancó un suspiro de alivio, y antes de que volviera Helena e intentaran hablar con Almudena, decidió hacer otra búsqueda que se le acababa de ocurrir.

Abrió Google Maps, metió la dirección que había en la carta de M y esperó con paciencia hasta que se cargó el mapa de Halifax. No tenía grandes esperanzas en una dirección de casi cincuenta años de antigüedad, pero si había suerte y se trataba de una casa familiar como La Mora, había posibilidades. Si, por el contrario, era un piso de soltero, quizás incluso un simple piso alquilado, no solo no habría nada que hacer sino que ni siquiera podría preguntar a los actuales ocupantes.

En Halifax no existía esa dirección.

Se quedó mirando la pantalla, pensando qué hacer a continuación. ¿Le había dado M a Alicia una dirección falsa? ¿Por qué, si parecía desesperado por estar con ella?

Buscó en las ciudades más cercanas a Halifax por si se tratara de un suburbio, o un pueblo que en aquella época se subsumiera también en Halifax como distrito general.

Nada.

Se le ocurrió hacer una búsqueda con la dirección añadiendo 1968, lo que arrojó veintisiete resultados, incluidos algunos documentos en pdf que no le apetecía ponerse a mirar.

Estaba ya a punto de cerrar la búsqueda cuando por el rabillo del ojo vio algo que sonaba prometedor: «Brekenridge Row, Halifax, to be renamed».

Se trataba de un artículo de periódico de 1976 en el que se hablaba de la próxima construcción de un gran centro comercial en los terrenos de unos bungalós que acababan de ser demolidos. La calle cambiaría de nombre y pasaría a llamarse Northern Lights, como el mismo complejo de ocio.

Ahora sí que había llegado a un callejón sin salida, aunque al menos la existencia de una calle con el nombre que figuraba en el remite de la carta había quedado probada. M no había mentido al dar su dirección. Eso era lo positivo. Lo negativo era que no había forma de dar con él.

Sacó de nuevo la carta que habían leído en el avión. Lamentaba no haber traído la hoja de la otra carta, donde solo quedaba ese último párrafo firmado por M para comparar las letras.

El papel no era nada especial, el típico papel azul, fino e incómodo que se usaba antes para las cartas que se enviaban «por vía aérea»; solo que este era ligeramente rugoso, como si estuviera hecho de lunares prensados, parecido al de las cartas que su madre recibía en Australia cuando él era joven.

Sin saber bien por qué lo hacía, levantó la hoja hacia las ventanas, por las que en ese momento entraba la última luz anaranjada del atardecer, para mirarla al trasluz. Había algo en el papel, una especie de dibujo, ¿una marca de agua?

Sacó la lupa y se concentró bien. Era una especie de globo: un círculo dividido verticalmente por una línea y con rayas que lo cortaban también a lo ancho, con unas letras en la mitad. Le sonaba aquel logo pero no era capaz de descifrar las letras. La primera era una P mayúscula, la última una M. ¿Dónde había visto él algo así?

Aviones, tenía que ver con aviones. Quizá con compañías aéreas.

Escribió «Airline logos» en el buscador y clicó «Imágenes».

Al cabo de diez minutos tenía la impresión de haberlos visto todos, pero el que él buscaba no estaba. Quizá no fuera una línea aérea.

O quizá fuera una que ya no existía. La carta era de 1968.

Cambió la búsqueda y escribió «Old airlines logos».

Continental, Singapore Airlines, Transworld Airlines, TWA, BOAC… a la mitad de la página, lo encontró: Pan Am. Blanco y azul.

Escribió «Pan Am logo» y enseguida apareció: «Blue Globe Logo», también llamado «The blue meatball» (la albóndiga azul), «símbolo de la compañía más moderna y chic de los años sesenta». «The Ritz-Carlton of airlines, located at John Kennedy International Airport, New York

Sonrió. Algo había encontrado. Pero con eso seguían sin saber nada del elusivo M, salvo que escribía sus cartas en papel del que daban como cortesía en los aviones, lo que podía significar que volaba con mucha frecuencia.

Se pasó la mano por la frente, se subió las gafas de lectura y se masajeó la nariz. Hacía demasiado tiempo de todo aquello. ¿Qué pensaban descubrir a estas alturas? Suspiró y volvió a ponerse las gafas. De todas formas, pronto estaría la cena y algo tenía que hacer hasta entonces.

Decidió cambiar de tercio.

Si no encontraba a M. podía buscar el único otro nombre de aquella época que tenía: el del tercer americano, the Boss.

Escribió John Fleming en el buscador, perfectamente consciente de que debía de haber millón y medio de hombres llamados así. Lo que esperaba: nombres y nombres y nombres. Añadió una probable fecha de nacimiento, 1945. Las posibilidades no se redujeron demasiado. Añadió «+ fotografía», ya que le sonaba que Helena había dicho en algún momento que era fotógrafo. Añadió «imágenes». Apareció una página llena de fotos de todas clases. Debía de haber varios fotógrafos con ese nombre.

De pronto una le llamó la atención y la amplió: podría jurar que esa foto estaba tomada en el mismo jardín que él veía ahora por las cristaleras. Y que la casa del fondo era La Mora.

Entró en la página. No había mucha información, pero era todo nuevo para él.

El pie de la foto decía: Jardín secreto, de John Fleming, 1973.

Y debajo un párrafo:

John Fleming, nacido en Albuquerque, Nuevo México, en 1946, fue uno de los jóvenes fotógrafos americanos más emblemáticos de la década de 1960. Son famosas sus fotos del movimiento sociocultural conocido como flower power, de los primeros conciertos multitudinarios, como el de Woodstock (1969) y el de la isla de White (1970) y las de sus frecuentes viajes al norte de África, sobre todo a Marruecos y Túnez.

Murió en 1979 en un hotel de Rabat de una sobredosis de heroína.

Rabat, 1957

Blanca salió del baño envuelta en la toalla blanca con el pelo enrollado en un turbante y se quedó clavada en medio de la habitación mirando, perpleja, el vestido que reposaba sobre la cama recién hecha.

—¡Micaelaaa! —llamó, de mal humor.

La mujer asomó la cabeza por la puerta con una ligera sonrisa en los labios.

—¿Se puede saber qué narices es eso, qué hace ese vestido ahí? Por si no te has dado cuenta, estoy de luto por mi hijo.

—Aquí todos nos hemos dado cuenta hace tiempo, doña Blanca —dijo Micaela en voz suave, para que el enfado de la señora no fuera a más—, sobre todo don Goyo.

—¿Qué tiene que ver el señor en esto?

Micaela se acercó a ella, le tendió el albornoz, la ayudó a ponérselo y solo entonces contestó despacio lo que llevaba tanto tiempo ensayando.

—Doña Blanca, usted sabe cuánto la aprecio. Llevamos más de quince años compartiéndolo todo, lo bueno y lo malo. Siento muchísimo tener que dejarlos, pero mi padre me necesita…

—Ya lo sé —interrumpió Blanca de mal humor—. Está todo hablado; no es culpa tuya.

—No quería hablar de eso. ¿Me va a escuchar? Por favor, doña Blanca, por su bien, por el bien de su familia.

Blanca sintió un principio de angustia. ¿De qué quería hablarle Micaela dos días antes de marcharse, de dejarla definitivamente sola? Hizo un gesto hacia los dos sillones que ocupaban la zona del mirador y se sentaron.

—Doña Blanca, usted sabe que le estoy muy agradecida por todo lo que don Goyo y usted han hecho por mí y por los míos, y que la quiero como a una hermana mayor. Por eso tengo que hablar claro. ¿Puedo?

Ella asintió con la cabeza, apretándose las solapas del albornoz contra el cuello.

—Lleva usted seis años así. ¡Seis años, que se dice pronto! Todos llevamos seis años esperando que mejore, que vaya saliendo poco a poco de esa tristeza, que vuelva a ser usted misma. Y no hay nada que hacer, cada día está más callada, más muerta en vida. Ya ni siquiera las nenas le hacen ilusión, con lo preciosas que son. Ya no le hace usted caso a su marido, que es más bueno que el pan blanco.

—He perdido un hijo, Micaela, he perdido a mi único hijo.

—Ya lo sé, señora. Todos hemos sufrido mucho por eso. Usted más, mucho más, por supuesto, pero ya está bien. Tiene que salir de ahí. Si no hace un esfuerzo, lo perderá todo. A sus hijas, a su marido, su propia vida. Tiene que hacer de tripas corazón y salir adelante, antes de que sea tarde.

Micaela se mordió los labios y dejó que las implicaciones de lo que acababa de decir traspasaran la dura coraza que Blanca se había construido a su alrededor.

—¿Qué quieres decir? ¿Sabes algo que yo no sepa? —preguntó mirándola fijamente y apretándose los dedos unos contra otros.

—Sí. Y usted también lo sabría si se fijara en el mundo que la rodea.

—El señor siempre ha tenido horarios raros.

—Pero ahora, cuando vuelve, huele a perfume de mujer.

—No me he dado cuenta.

—Sí, ese es el problema.

Se interrumpió, debatiendo consigo misma si hablar más claro o no. Decidió que, considerando que dos días más tarde ya no estaría allí para sufrir las consecuencias, lo mejor que podía hacer era explicarse con toda claridad.

—Mire, doña Blanca, hace tiempo que oigo cosas, que me fijo en detalles, pero no sabía nada concreto. Sin embargo, hace muy poco, cuando al salir de la iglesia me mandó usted a Chez Paul a traer aquellos panecillos para el señor, lo vi cruzando la calle. Con una mujer.

—Eso no está prohibido.

—No se haga la tonta. Con una mujer más joven que usted, guapa, pelirroja, de ojos verdes. No como los suyos, pero también bonitos. Con un vestido de flores, riéndose con él. Él le abrió la puerta del coche, metió la cabeza dentro y la besó.

Hubo un largo silencio. Los labios de Blanca empezaron a temblar y los ojos se le llenaron de lágrimas que un segundo después se deslizaban por sus mejillas sin que ella hiciese nada por enjugarlas.

—No quiero defender a don Goyo, pero tiene que darse cuenta de que es natural, señora. Lleva usted seis años vestida de negro, sin hacerle ningún caso. Pasa más tiempo en la iglesia que en casa. Esto no puede seguir así.

—¿Y qué quieres que haga? —preguntó Blanca ya entre sollozos.

—¡Luchar por lo que es suyo! Ponerse ese precioso vestido verde que le he sacado del armario y que ni siquiera ha estrenado, volver a ponerse tacones, pintarse, perfumarse y esperarlo esta noche como si los últimos seis años no hubiesen sido más que una pesadilla.

Micaela se levantó, fue al tocador y volvió con un par de pañuelos masculinos.

—Suénese la nariz y pruébese el vestido por si le está grande, que aún me dé tiempo a arreglárselo.

—Pero si Goyo… si es verdad que huele a perfume al llegar a casa es que le da igual que yo me entere, que ya ha decidido dejarme. —Apenas se entendían sus palabras entre los sollozos.

—Señora, don Goyo es muy inteligente. Si quisiera engañarla, se lavaría bien antes de volver. Si se deja ese olor encima es justamente para que usted lo note y haga algo, ¿no lo ve?

—¡Esto es otro castigo de Dios!

Micaela se puso de pie echando fuego por los ojos. No era alta, pero furiosa como estaba de golpe, parecía una torre oscura con sus ojos negros y el pelo, negro y abundante, recogido en un moño en la coronilla, vestida de negro por deseo de la señora.

—¡Haga usted el favor de dejar a Dios tranquilo, que tiene mejores cosas que hacer que castigarla a usted con tonterías! A ver si se da cuenta de una vez de que no es usted el centro del universo, y que hay mucha gente que ha perdido hijos y madres y hermanos en la guerra y, mucho peor, en la posguerra que nosotras nos hemos ahorrado estando aquí. ¡Venga! ¡A probarse el vestido! Y voy a recoger todos esos trapos negros de su armario y los voy a dar todos. Como tenga que ir pronto a un funeral, va a tener que vestirse de colores porque no voy a dejar ni un pañuelo negro en esta casa.

A su pesar, Blanca esbozó una pequeña sonrisa. Se levantó, insegura, y se dirigió al tocador. Se quitó el albornoz y el turbante. No tenía pudor de estar desnuda delante de Micaela, que se había pasado meses poniéndole el vientre falso cuando esperaba a Alicia y lavándole las heridas de los dos partos.

Se miró al espejo, cada vez más cerca de la luna. Se pasó las yemas de los dedos por las patas de gallo, por las comisuras de la boca, por las cejas y las arrugas que se le habían ido formando en la frente, por la raya del pelo donde brillaban las canas, por las puntas abiertas de la melena que ahora siempre llevaba recogida en un moño.

Luego se pasó las manos por los pechos, que seguían pequeños y erguidos, el vientre, más flojo de lo que hubiera querido, los muslos que también se le habían aflojado desde que no salía a montar.

—Tengo cuarenta y cinco años, Micaela, y estoy horrible. No hay nada que hacer.

—¡Qué va! Al contrario. ¡Hay muchísimo que hacer! Usted misma lo ve.

Sus miradas se cruzaron en el espejo y se echaron a reír a la vez.

Desde el pasillo les llegó la voz de Suad.

—Madame, la peluquera está abajo. La espera en la cocina.

—¡Pero qué callado te lo tenías, Micaela! ¡Estáis compinchadas Suad y tú!

—Quiero que sea mi regalo de despedida. Que cuando mañana me lleven ustedes al aeropuerto la vea tan guapa como siempre, del brazo de su marido, y pueda irme tranquila. La pobre Suad también sufre mucho al verla así. Ande, póngase el albornoz, no se vaya a resfriar ahora.

Blanca se lanzó a abrazarla y cuando se separaron, Micaela tenía el hombro mojado y las dos sonreían entre lágrimas.

Rabat. Época actual

Salieron temprano de La Mora y recorrieron el camino inverso, hacia la ciudad. Helena al volante, Carlos a su lado y Karim, que no había consentido en sentarse delante, en el asiento de detrás.

La noche antes habían hablado unos minutos por Skype con Almudena pero aún no había reunido bastante información y no quiso decirles nada de momento. Había pedido ayuda a un compañero en paro y confiaba en que, entre los dos, pronto podrían tener algo que contarles. Paloma había llamado diciendo que el vestido de Helena ya estaba de prueba. Almudena le había contado que su abuela estaba de viaje relámpago en Marruecos y le había arreglado otra cita para cuando volvieran.

Helena había estado también bastante rato al teléfono con el director del museo, tratando de quitarle un poco el enfado por no haber podido encontrarse con ella como estaba previsto. Habían quedado para la semana entrante y, al final, Helena había colgado con una sonrisa misteriosa.

—¿Ha ido bien a pesar de todo? —preguntó Carlos, extrañado—. Has dejado plantado al pobre hombre en una cita concertada semanas atrás, y no es precisamente cualquiera; es el director de uno de los museos más importantes del mundo.

—Si se lo hubiese hecho Picasso o Rothko o Cy Twombly lo habría encajado de maravilla. Yo no soy menos artista que ellos. Ahora, de repente, tiene más interés que nunca. Y si no, el mundo está lleno de museos.

Cuando terminaron de ponerse al día de lo que Carlos había encontrado en internet, se tomaron un coñac en la terraza y solo entonces se plantearon la cuestión de dónde pensaban dormir. Suad les había dicho que todas las camas estaban limpias y recién puestas y que monsieur Luc, en su último viaje, no había dicho nada de que no pudieran ocupar una habitación concreta.

De modo que subieron al primer piso y fueron mirando los dormitorios como si estuvieran visitando un hotel o un apartamento amueblado.

—Esta era la mía —dijo Helena—, ya la conoces; esta la de Alicia y Jean Paul, supongo que sigue siendo la de él; esta la de mis padres y, por los libros que hay en la mesita y las cosas del tocador me figuro que es la que usa Luc. Cuando éramos pequeñas, Alicia y yo dormíamos juntas y la que fue luego la mía era la de Goyito. Todas las otras eran de invitados. Así, que… tú eliges.

—Yo, si no te importa, preferiría dormir en la tuya —dijo Carlos.

—No es la mejor. La de mis padres da a la piscina.

—Me gustaría imaginar que los dos hemos vuelto a los años setenta y me acabo de colar en tu cuarto y en tu cama.

Helena sonrió, se acercó a Carlos y se besaron en el pasillo. Luego ella caminó de puntillas hasta su puerta fingiendo sigilo, la abrió y empezó a hacerle señas con un dedo mientras con el otro se cruzaba los labios en un gesto de silencio. Entraron en el cuarto muertos de risa.

Se habían despertado con la primera luz, con un revuelo de pajarillos en el jardín y las llamadas de las tórtolas, con la sensación de estar en un lugar de paz.

—Este sitio es bueno para el alma —dijo Carlos en voz baja, sin moverse, sintiéndose caliente y arropado entre las sábanas planchadas, olorosas a hierbas y a sol—. No sé cómo has podido estar tantos años lejos.

—No era mío.

—Ahora sí.

—Cuando muera Jean Paul.

—¿Estás llorando? —Carlos se giró hacia ella para abrazarla, pero Helena se zafó con rapidez y saltó de la cama frotándose los ojos.

—No. Voy a ducharme y nos vamos a Rabat.

Y ahora estaban en el coche intentando reproducir, con ayuda de la memoria de Karim, aquel último día de Alicia.

—Aquí, madame, aparque usted aquí. Es más o menos donde encontramos el coche de mademoiselle Alice.

—¿En esta dirección? ¿De cara a la ciudad?

—Sí. A medio camino entre la Rue des Consuls y los Oudayas. Supusimos que encontró aquí un buen hueco para aparcar y que pensaba acercarse a pie a la tienda, pero, por lo que fuera, debió de dirigirse primero hacia los Oudayas pensando recoger las telas al volver. Y ya no volvió. Las telas seguían en la tienda, y no había nada en el maletero del coche.

—Me gustaría ver dónde se encontró el cadáver —dijo Helena, forzándose a sonar normal.

—¿No lo viste entonces? —preguntó Carlos, extrañado.

Ella negó con la cabeza.

—Mamá y yo estuvimos en casa todo el tiempo. Papá y Jean Paul vinieron a identificar el cadáver y a ver el lugar.

—Me acuerdo muy bien —dijo Karim—. Nunca he visto a un hombre más afectado. No se lo podía creer. Se echó a llorar como una criatura, se abrazó a su suegro, que se había quedado pálido y rígido, y estuvieron allí no sé cuánto tiempo sin que nadie dijera nada. Yo no sabía qué hacer. ¡Me daba tanta pena la señorita! ¿Cómo era posible que alguien hubiera querido hacerle daño? Y luego, cuando nos dijeron lo que había pasado… Monsieur Jean Paul se volvió loco con lo de la violación. Si hubiéramos tenido a un sospechoso, lo habría matado con sus propias manos. —Mientras hablaba, Karim los iba guiando por la acera empinada que discurría junto a la muralla de la fortaleza hasta el gran portón de entrada—. Igual que el señor. Pero él siempre fue más frío, más curtido. Al fin y al cabo, monsieur Jean Paul hacía vestidos de mujer…

Carlos le echó a Helena una mirada discreta acompañada de una media sonrisa que ella no captó. Había quedado claro que, para Karim, alguien que se gana la vida como modisto de señoras no podía ser un hombre de verdad.

Cruzaron la entrada umbría, torcieron a la derecha por el pequeño jardín árabe y desembocaron en un café al aire libre desde cuya terraza se tenía una preciosa vista de la desembocadura del Bouregreg y la ciudad de Salé en la orilla opuesta, junto al mar. Solo un par de mesas estaban ocupadas por turistas que tomaban té con pastas.

Karim los llevó a la derecha, por una callejuela angosta pintada de añil hasta un parapeto desde el que se podía mirar hacia abajo. Señaló con el dedo un punto entre las rocas.

—Allí, más o menos donde está ese hombre pescando, la encontramos. Puede que la echaran desde esa ventana de ahí, o desde aquella otra, y que la marea la arrastrara hasta esas rocas donde se enganchó. Si no, quizás el mar se habría llevado el cadáver y nunca la hubiéramos encontrado.

«¿Qué hacías aquí, Alicia? —se preguntó Helena, tratando de entender—. ¿Estaba aquí M y habías quedado con él? ¿Por qué no me dijiste nada, idiota? Yo te habría ayudado, te habría cubierto. ¿Fue él quien te mató?»

—Sí que encontramos restos de piel bajo las uñas de la señorita, pero entonces no se podían hacer los tests de ADN que se hacen ahora. No nos sirvieron de mucho, pero cuando cogimos al sospechoso que había tratado de vender la cadenita del brillante, tenía un arañazo en la cara. Su mujer declaró que se lo había hecho ella en una pelea, pero… claro, era su mujer, ¿qué iba a decir? —Karim estaba hablando con Carlos, viendo que Helena se había quedado pensando en otras cosas.

«Bien, Alicia, bien, te defendiste, no sirvió de nada pero te defendiste.»

—Luego se suicidó en la cárcel, ¿no?

Karim asintió con la cabeza sin añadir nada más. Carlos tuvo la sensación de que le habría gustado decirle algo pero no se atrevía, o quizá fuera la presencia de Helena la que lo coartaba. Ya le preguntaría más adelante, cuando estuvieran a solas. Quizá se tratara de una de esas cosas que Karim no encontraba adecuado contar delante de una mujer.

Volvieron solos a La Mora porque Karim tenía cosas que hacer en la ciudad. Habían pensado dar una vuelta por la medina y comer en algún lugar típico, pero el paseo por los Oudayas les había quitado las ganas de hacer de turistas y decidieron regresar y seguir investigando entre los papeles antiguos. Los dos notaban cómo los iba ganando la obsesión de comprender, aunque supieran que tenían muy pocas posibilidades. Helena empezaba a darse cuenta de por qué sus padres, cada uno a su modo, no habían podido sustraerse a esa necesidad de entender para poder cerrar el asunto por fin, y por qué durante años y años habían seguido dándole vueltas a lo mismo mientras ella estaba al otro lado del mundo buscándose a sí misma en las drogas, los viajes, el sexo y la pintura.

De algún modo, sin embargo, ellos lo habían conseguido. No sabía cómo y cuándo pero estaba claro que hubo un momento en que comprendieron o creyeron comprender, o fueron capaces de decir «ya basta» y reemprender su vida. Por lo que ella recordaba, hacia finales de los años setenta sus padres habían vuelto a ser personas equilibradas, alegres, encantados de tenerlos a ella y a Álvaro de vacaciones en Santa Pola. Hacían paellas en el jardín, iban a bucear a Tabarca, paseaban por los mercadillos nocturnos, llevaban a Álvaro a los tiovivos de caballitos y, al menos por fuera, habían vuelto a ser una familia normal. Ahora se daba cuenta de lo bonita que había sido esa etapa, cuando sus padres disfrutaban de tenerla un par de semanas y ella acababa por dejarse llevar por esa inercia veraniega de baños en el mar, comidas, siestas, paseos y juegos con su hijo, que día a día iba abriéndose a ella, riéndose, contándole cosas de su vida cotidiana durante el año. No se explicaba por qué lo había dejado perder, por qué había pensado que dos semanas al año eran suficientes.

Pero ahora ya no tenía arreglo. Sus padres llevaban mucho tiempo muertos, su hijo era un hombre de mediana edad con el que ya no la unía casi nada y estaba casado con una mujer que no le tenía a ella ningún cariño. Era tarde para todo. Salvo quizá para rescatar la relación con su nieta, Almudena, que tenía ahora la misma edad que ella cuando todo se perdió.

Eso aún podría intentarlo.

Por lo demás, si conseguía alguna respuesta al acertijo y era capaz de hacer las paces con aquella época, quizá consiguiera lo que casi le había prometido al director del museo: presentar como broche de la retrospectiva su obra más reciente, una obra que no tenía ni siquiera pensada y que debía ser una especie de inauguración de un nuevo periodo, la apertura de un camino nuevo. Todavía no le había dicho nada a Carlos y no pensaba hacerlo hasta que acabara todo aquello y pudiera de nuevo plantearse pintar.

Ya casi llegando a la zona de La Mora, Carlos le mostró un cartel gigantesco, una valla de publicidad que anunciaba la próxima construcción de un campo de golf de dieciocho hoyos.

—¡Increíble las cosas que construyen donde más falta hace el agua!

—Ahora que lo dices, tendremos que informarnos de cuánta agua necesita La Mora para mantenerse como está. No tengo ni idea de los precios ni los suministros de aquí. —Puso el intermitente y enfiló el camino mientras Carlos sonreía para sí mismo. Desde que estaban en Marruecos, Helena decía cosas que poco antes hubieran sido impensables. Ese «tendremos que informarnos», por ejemplo, en lugar de «tendré». Si la constelación no había servido de momento para disipar las sombras del pasado, al menos parecía estar resultando útil para que Helena se diera cuenta de que eran dos en el juego. Hacía mucho que no se había mostrado tan cariñosa, tan comunicativa, tan abierta con él. Solo por eso ya había valido la pena todo.

Se instalaron a la mesa del salón y mientras Helena iba a la cocina a traer algo de comer, él empezó a repasar los datos que había encontrado el día anterior sobre M. Nada grande. Todo cosillas sin mayor importancia que no servían para mucho.

Sacó de la mochila la carpeta gruesa donde había metido todos los papeles que aún no había tenido tiempo de repasar y empezó a intentar clasificarlos por años. Había recortes de periódicos, cuartillas mecanografiadas y una carta del coronel Vicente Sanchís a Gregorio Guerrero, pero todo parecía ser de finales del año 1980 y principios de 1981, de modo que decidió dejarlo para después.

Sacó luego un cuaderno con tapas de flores en colores psicodélicos, lo hojeó por encima —en la primera página ponía «Alicia Guerrero»; muchas otras habían sido arrancadas— y lo apartó para empezar a leerlo enseguida. Al hacer a un lado la carpeta que había decidido dejar para después, se dio cuenta de que se le había caído al suelo una tarjeta de visita. Se inclinó a recogerla y se quedó pasmado.

En el borde superior derecho estaba grabado el logo circular de la «albóndiga azul», el símbolo de Pan Am. La cogió con ansia, como si temiera que fuera a echarse a volar.

Michael O’Hennesey
197, Breckenridge Row
Halifax. Canada

Aquí estaba el misterioso M, Michael. Un canadiense de lengua inglesa que, al parecer trabajaba para Pan Am, la compañía más moderna del mundo en 1969.

Algo se encendió en su cerebro, le vino a la cabeza una foto que había visto el día anterior, volvió a escribir «Pan Am imágenes» en la ventana del buscador y unos momentos después tenía allí lo que recordaba: la foto de dos pilotos y varias azafatas, todos jóvenes, todos sonrientes, haciendo publicidad de la aerolínea con sus magníficos y atractivos uniformes: azules los de las mujeres, negros los de los hombres, con gorras de plato blancas.

Tenía razón Suad; al lado de aquellos uniformes, el que debía de llevar su marido, un simple número de la policía rabatí en 1969, no tenía punto de comparación.

El misterioso Michael O’Hennesey no era militar ni policía; era piloto de Pan Am.

Ahora sí que había posibilidades reales de encontrarlo.